SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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El segundo Kim comprende la construcción del gran en?/u y la ascensión del Igana Nionyi. Estos dogmas no son más que una deforme mezcolanza de la leyenda de la torre de Babel y de la fábula de icaro. Cuando estos hechos ocurrieron, los mayas no tenían ya cola, y sabían hablar correcta- mente; su deseo de conocer lo que hubiera en las alturas les impulsó á construir una cabaña en •forma de pirámide; pero como no percibieran desde 'tal observatorio más de lo que habían percibido desde la tierra llana, eligierou de entre ellos á un hombre valiente y audaz, le hicieron subir á la cúspide de la pirámide, y después de adaptarle dos alas, hechas con plumas de pájaro, soplándole por ambos conductos le hincharon de tal suerte, ■que adquirió el volumen de un hipopótamo; in- mediatamente el Igana Nionyi se elevó como un globo y fué subiendo, subiendo, hasta perderse de vista, sin que hasta el día haya vuelto á parecer.

El tercero y último Kim refiere cómo el Igana Nionyi llegó á una tierra que está en el firma- mento 7 que ocupa sobre nuestra tierra la misma posición que ésta ocupa sobre la inferior, de donde nacieron los mayas; porque el mundo es como un inmenso edificio compuesto de muchos pisos de gran altura, y cada capa terrestre es á un tiempo el tejado del mundo que está debajo y el suelo del que está encima. En esta nueva tierra, cuyo suelo es muy pobre, no existen hombres ni mujeres; pero hay muchas ciudades habitadas por monos, blancos como el armiño, y hábiles en toda suerte de industrias, los cuales, aunque no saben hablar, reconocieron á Igana Nionyi por su rey y le ju- raron ser sus esclavos. Pasando el, tiempo, el rey, forzado por la necesidad, se unió con numerosas esclavas, y de sus enlaces nacieron seres mixtos, morenos, habladores é irracionales, que por su doble naturaleza recibieron el nombre de cabilis. Tenían de las madres la voracidad y el amor á la esclavitud, y del j^adre el dón de la palabra y cierta tendencia á rebelarse cuando no sentían el látigo sobre las espaldas; por lo cual, entristecido el rey, bien que amara su obra con el amor de l)adre, y temeroso de que la nueva raza,' cuya pro- pagación era muy rápida, agotase todas las subsistencias, determinó hacer envíos de ella á la tierra baja j)ara que trabajase en provecho de sus antiguos hermanos, los hombres. Son muchas las comarcas afortunadas donde se verificó ya la irrupción de los cabilis, y en todas las demás se -verificará si los hombres saben congraciarse con Igana Nionyi. El dia que Maya reciba su lote se acabarán para siempre las penalidades y los tra- bajos, cada hombre tendrá un grupo de cabilis á su servicio y se dedicará á holgar y á bendecir el nombre de Igana Nionyi. Ese día está próximo; será forzosamente en el ucuezi, esto es, en el se- gundo día de un plenilunio, que por esta razón se celebra con fiestas en honor del gran padre de los cabilis.

Sin entrar en una crítica detallada y compara- tiva de estas creencias, cabe hacer una ligera exé- gesis que nos aclare su sentido y nos oriente en cuanto á su verdadero valor. A mi juicio, el pri- mer Kim, ó sea todo lo relativo á la creación de la tierra, de las plantas, de los animales y del hombre, es de puro origen africano, puesto que, más ó menos adulterada, esta creencia se extiende por casi toda Africa, y antes de llegar á Maya la había yo recogido en dos distintas localidades: en Sinyanga, pequeño Estado regular cerca del Se- qué, en el Usocuma, y en Mavona, en la frontera del Caragüé.

El reformador Lopo, ya por habilidad, ya por instinto, había sin duda aprovechado una creen- cia arraigada y popular para establecer sobre ella el castillo ' de naipes de sus fábulas. Porque esta son, y no otra cosa, la erección del gran enyu, la ascensión del hombre-pájaro, la formación de la raza de los cabilis y la venida de éstos á la tierra. iNo es posible que un pueblo tan atrasado en Ar- quitectura y en Física haya siquiera concebido la idea de construir una pirámide y de lanzar al es-* pació un hombre-globo; y en cuanto á la inven- ción de una nueva tierra en el firmamento, la — 81 — contradicción es patente con el primer Kim; por- que en éste el mundo es semejante á una calabaza hueca, y en aquélla se le compam á un edificio que, como un teatro ó una plaza de toros, tuviese varias galerías superpuestas,- dejando un gran hueco central para que alumbraran el sol y la luna.

Lopo tuvo relaciones con los navegantes portu- gueses que por aquel tiempo arribaron á. diversos puntos de la costa occidental de Africa, y no es aventurado suponer que les acompañase hasta Europa, y que de las impresiones de su viaje compusiera una religión acomodada á las necesi- dades de su patria, introduciendo el principio fe- cundo de un dios bienhechor, Igana Nionyi, con- trapeso muy conveniente del dios malo Eubango. Esta suposición explica el origen de las reformas religiosas de Lopo, y nos ofrece el medio de co- nocer, en su curiosa invención de los cabilis, las impresiones y juicios de un hombre de Africa sobre la sociedad europea de fines del siglo xvi.

Pero la principal reforma de Lopo consistió en instituir el culto público. La religión antigua de Rubango tenía carácter individual ó familiar, y si algún acto público se realizaba, era con el con- curso de hombres solos; la religión de Igana Nionyi fué pública y nacional, y no admitía dis- tinción de sexos en cuanto al cumplimiento del deber religioso. Nació de aquí un inevitable dua- lismo; sin flaquear en la fe, los hombres se incli- naban á la creencia antigua, que estaba más en su naturaleza; y las mujeres á la reformada, que comprendían con más dificultad; entre los hom- 6 - 82 - 6 - 82 - bres, visto que el tiempo pasaba en balde, se ge- neralizó la opinión de qne la venida de los cabi- lis tendría Ingar un poco más tarde, cuando quizás toda la generación viviente hubiera pere- cido; entre las mujeres se hizo de día en día más popular el ucuezi, y bien pronto- el día libre se llamó muntu, y fué el pensamiento constante del bello sexo. Este dualismo cesó con el edicto de Tisana, quien] dispuso muy cuerdamente que el ucuezi y el afuiri se celebrasen en un mismo día y con el mismo carácter público: la oposición no tuvo ya razón de ser, y bien pronto el espíritu nacional, sobreponiéndose á los convencionalis- mos, exaltó la ceremonia clásica y deprimió la ceremonia nueva, que hoy ha perdido toda su sig- nificación.

En los primeros tiempos de la reforma, el afuiri se celebraba sin día fijo, siempre que, con motivo de un crimen, se imponía al autor [la última pena; el ucuezi tenía lugar el día segundo de los plenilunios, y se festejaba con gran pompa. Toda la ciudad entraba en júbilo y concurría al templo del nuevo dios, donde el Igana Iguru entonaba bellos cánticos caminando alrededor de un altar que servía de peana al hipopótamo sagrado, pro- visto para esta solemnidad de dos grandes alas extendidas, como si fuera á volar. Todos los asis- tentes cantaban en coro y gritaban llenos de en- tusiasmo; había discursos, banquetes y danzas; se repartía trigo á los enfermos pobres, y para ter- minar se leía el tercer Kim, que contiene la pro- mesa de la venida de los cabilis.

Después del edicto de üsana el afuiri se celebró — 83 — •en el plenilnnio;.se separaron las jurisdicciones, quedando á cargo de jueces ordinarios los delitos menores, y á cargo del Igana Iguru los de maerte, y la pena capital no pudo aplicarse más que un día de cada mes, lo cual representaba un gran pro- greso jurídico. En cambio, el ucuezi fué decayendo: dejó de darse trigo á los enfermos pobres; se su- primieron los banquetes y los cánticos; después se -suprimieron las alas del hipopótamo, las cuales se habían roto con el uso, y, por último, para facilitar la ceremonia se suprimió también el hipopótamo, poniendo en su lugar un gaHo, al que por medio de una cuerda se le hacía bailar.

A los diez días de mi llegada á la corte presen- cié, siendo yo el actor principal, estos ejercicios religiosos y demás divertimientos que caracteriza- ban el día muntu. Muy de mañana, contra la cos- tumbre ordinaria, me despertaron mis mujeres, cuyo número ascendía ya á diez y siete con la lle- gada de Ñera, la amiga de Niezi, y de Canúa, otra bella joven, regalo de Lisu, rey de Mbúa, y nota- ble por su boca grande y sensual, á la que es deu- dora de su nombre. Me levanté y me vestí al instante, porque me aguardaba á la puerta el hi- popótamo, ricamente engalanado por mis siervos; y montando sobre él, me encaminé al lugar de la fiesta, fuera de la ciudad. Toda mi familia, sin exclusión de persona, me acompañaba, y en el camino íbamos encontrando nuevas familias, diri- gidas siempre por sus jefes, con las cuales nos re- uníamos sin confundirnos. A la salida del sol todo el mundo está en los alrededores del templo, en la hermosa colina del Myera, y la animación es tan — 84 - viva como en las ferias, verbenas y romerías espa- ñolas.

Cada familia elige un lugar jíara hacer alto y para depositar los pequeñuelos y las provisiones; y una vez el sitio elegido, todo el mundo se des- parrama y se mezcla, grita, danza y corre y hace cuantas diabluras le sugieren sus malos instintos. Aquí un grupo de hombres graves se dedica á apu- rar panzudos cazolones de vino dulce, ligero é in- ofensivo; allá un coro de mujeres, cogidas de la mano, danza al compás de una canción, mientras los jóvenes las rode^ y las dirigen frases más ó menos galantes; ya es un montón de negrillos des- nudos que se revuelcan por el suelo, ya una banda de galancetes que, laúd en mano, rondan de un lado i>ara otro festejando á las mujeres que son de su agrado, ya una pareja de negros tórtolos que desaparece en el bosque vecino.

Un hecho que se compadecía mal con la suje- ción de la vida diaria, era la libertad en que los padres dejaban á sus hijas para retozar con quien bien las pareciera. Esa libertad, sin embargo, no producía malos resultados, porque, aparte de la poca importancia concedida á la castidad de las donce- llas, era muy raro el caso de que una joven con hijos, y algunas solían llevar varios como dote, no se casara con el padre de éstos, quien se apresuraba á concertar la boda ó por amor ó por interés. Como un hijo representaba un valor constante, pues va- rón se le podía vender como siervo, y hembra como esposa, no ocurría, como entre nosotros, que un padre se negara á reconocer á su hijo. En Maya todos los hijos tenían padre, y el infanticidio, segim — 85 — — 85 — pude ver, era cosa inaudita. En los casos de adnl- tmo en que por la calidad superior del amante no había ofensa personal, el marido consideraba como honroso j lucrativo aceptar los hijos ajenos, sin que jamás mediara ignorancia, pues estas mu- jeres no supieron jamiís mentir ni tenían interés en engañar á sus esposos. Por una extraña ano- malía, los hijos nacidos de una manera irregular, los que nosotros llamamos naturales y adulterinos, eran allí mirados con predilección, por suponérse- les engendrados en día muntu y porque, como hijos de la pasión, solían aventajar en méritos y defectos á los hijos del deber. Vese, pues, que en Maya existían iguales vicios que en otras sociedades, pero con la ventaja de tener día fijo; el ¡^adre y el esjíoso podían ser ofendidos en su autoridad ó en su de- coro, pero solamente un día de cada mes.

Las ceremonias del día muntu se regían por la marcha del sol. El ucuezi tenía lugar cuando el sol había recorrido la cuarta parte de su arco, hora de almorzar; el afuiri, cuando estaba en el cénit, hora de las libaciones. El regreso se emprendía después de comer, antes que el sol se pusiem. Ya he dicho que la puesta del sol suspendía la vida pública, abriendo la vida de familia. Llegada la hora del ucuezi, todos los concurrentes se coloca- ron de pie alrededor del templo, cuya cortina des- corrida dejó á la vista cuatro altos pilarotes sobre los cuales descansa una montera piramidal de fa- gina y pizara, y en el centro un túmulo de piedras toscas, que apenas levantaría una vara del suelo. Me acerqué á uno de los pilarotes, y desatando la cuerda que á él estaba amarrada, la dejé correr por — 86 - un travesaño enclavado en lo alto del techo. Déla extremidad de esta cuerda pendía un gallo joven, ó pollo muy zancón, degollado aquella mañana por mi bella esposa Memé, al que hice bailar en ■el aire un buen rato ante el silencioso concurso. Después volví á amarrar la cuerda al poste, hice correr la cortina j di por terminada la ceremo- nia, que en realidad era poco divertida.

Comenzó de nuevo la algazara, y una vez ter- minado el almuerzo ó primera merienda del día, aproveché el tiempo para recorrer la colina y co- nocer á las mujeres más notables de la ciudad. Me acompañaba la esbelta Memé, cuyas relacione» eran muy numerosas. Yí en primer término unas ochenta mujeres que formaban la familia real, entre las cuales estaban interinamente las mujeres del desaparecido Yiaco; las cincuenta esposas del cabezudo Quiganza eran notables por su obesidad, pues éste las elegía con un criterio exclusiva- mente cuantitativo, y en particular la favorita, á la que llamaba el pueblo la reina Mcazi, la «vaca^i), dejaba entrever bajo su túnica verde, adornada con plumas de colores, dos pechos gigantescos, se- gún fama, los más grandes de todo el país. La hermana mayor del rey, madre de mi yerno Mu- janda, era una gallarda negra con los bríos de una sultana mora; entre las esposas del orejudo Mato había una mujer de bello y puro tipo etiópico^ que me hizo descubrir la existencia de un dualis- mo de razas, cuya fusión no se ha realizado aún en absoluto, pues al lado de aquella mujer y de otras que, como la esbelta Memé, conservan indu- dables rasgos de la raza superior, se encuentran; — 87 — — 87 — entre la gente baja muchas de talla más pequeña j de color más claro, de tinte moreno verdoso, que deben proceder de la raza indígena. Mis impre- siones, sin embargo, en esta primera ojeada fueron muy confusas, porque la falta de costumbre no me permitía distinguir las particularidades de cada tipo, y fuera de algún caso excepcional, todos me parecían iguales, con pequeñas diferencias. Lo que sí comprendí á primera vista fué que las mujeres más bellas, las de facciones más regulares, como Memé, eran las menos apreciadas por el pú- blico, de lo cual me alegré no poco, pues así me sería fácil completar mi harén á poco costo j sin excitar rivalidades.

Nada hay tan fatal para el hombre como el medio que le rodea, y yo, que al principio me aho- gaba entre mi nueva familia, la encontraba ahora insuficiente viendo las de los demás. Cuando nos habituamos á vivir con una sola mujer, no sólo no queremos otras, sino que ésta única acaba por cansarnos y hacernos amar la soledad; pero si nos. acostumbramos á vivir con varias, desearemos ir aumentando el número y no nos encontraremos bien sin ellas; porque si una familia pequeña sirve de martirio, una familia numerosa sirve de di- versión.

En Maya, de ordinario, el hombre sólo busca la primera mujer, que es la favorita, y ésta, por no vivir sola, se encarga después de traer nuevas com- pañeras, procurando siempre que sean de su con- fianza ó que no tengan méritos suficientes para deshancarla. Y como las mujeres se conocen entre sí mejor que los hombres pueden conocerlas, sa — 88 — ven elecciones muy acertadas, j no ocurre que jó- venes de bellaí? cualidades queden postergadas por su aparente fealdad. El día de que voy hablando me presentó Memé una joven muy flaca (y fea, según los gustos mayas), habilísima en el manejo del laúd y en el canto, y á sus instancias la acepté por esposa mediante la oferta de tres onuatos de trigo. El onuato, medida en forma de «canoa», equivale próximamente á dos fanegas de Avila. Mis demás mujeres entraron en deseos, y visto que yo no ofrecía resistencia, me concertaron hasta una docena de mujeres, natumlmente de entre sus amigas, por precios variables desde tres á cinco onuatos.

Estas chalanerías eran frecuentes en toda la feria, pues entre el ucuezi y el afuiri se celebran siempre gran número de transacciones matrimo- niales, sin que haya temor de que las mujeres escaseen, porque vienen muchas de otros puntos del reino. La desproporción entre los sexos es tan grande, que, según mis cálculos, de las veinte mil personas allí reunidas, no llegarían los hombres á cuatro mil.

Guando llegó el sol al cénit tuvo lugar la se- gunda ceremonia, el afuiri. Cinco hombres y dos mujeres eran acusados: uno de ellos de profana- ción, dos de hurto de ganados reales, y los otros dos y las mujeres, de adulterio cometido en el día muntu precedente, con la circunstancia agravante de ser ellos servidores de los esposos ofendidos; á estos delitos se atribuyó una herida que el cabe- zudo Quiganza se había hecho en un pie mientras afilaba una flecha, y que, según la creencia general, j — 89 — era un aviso de Rubango. Por los mismos proce- dimientos usados en Ancu-Myera, todos fueron condenados á muerte, bien á mi pesar j sólo por dar gusto á la concurrencia, que lo deseaba unáni- memente, j decapitados sobre una plataforma que para el efecto está construida junto al templo de Igana Nionyi.

Después de terminado el fúnebre acto hice re- dactar el acta del día, con la que terminaron las fiestas religiosas. Desde este momento hasta la re- tirada, el espectáculo se convirtió en una espan- tosa bacanal, en cuya comparación las saturnales romanas serían autos de moralidad y cuadros de edificación. La pluma no se atreve á describir lo que estos hombres en un rato de expansión se com- placen en hacer.

* CAPÍTULO VII Algunas noticias históricas y geográficas del reino de Maya^ — La antigua organización y el juego de los partidos po- líticos.

El día que siguió á las fiestas religiosas fué de calma y de recogimiento, porque todo está tan sabiamente previsto en la naturaleza humana, que el dolor, impotente para destruirla, se prolonga sin medida, en tanto que el placer, que la aniqui- laría en breve término, es fugaz y se desvanece por sí mismo, transformándose en un nuevo dolor más lento, en el dolor de la pasividad, á que vi~ vimos sometidos. Así, aquellos hombres vigorosos^ . que, con afán ciego de morir entre las brutalidades- de la orgía al aire libre, caían fatigados, se levanta- ban después y se rehacían para emprender, como una manada de ovejas, la vuelta á los hogares y continuar á otro día sus faenas con mayor regu- laridad que la acostumbrada. Unas cuantas horas consagradas á la religión y á la crápula aseguran un mes de trabajo y honestas costumbres, y era tal la pureza regeneradora del día muntu, que al siguiente se resolvían los negocios graves del país con más calma y más justicia que en una sociedad constantemente trabajadora y honesta. Por la, I — 92 — I — 92 — tarde debían reunirse los iiagangas, y estaba acor- dado que yo hablaría para ampliar la relación de mi vida subterránea y para proponer algunas re- formas de utilidad pública. Este ¡programa no pudo realizarse; pero antes de referir los aconte- cimientos que lo impidieron, y que inopinada- mente cambiaron la faz del país, presentaré al- gunos antecedentes indispensables para conocer el teatro de los sucesos y los actores que en ellos tomaron parte.

Los documentos que pude consultar relativos á la historia de Maya son demasiado modernos y no traslucen nada de la antigüedad. Se ha su- puesto que en época muy remota, que algunos fijan en la de los Faraones, se verificó una irrup- ción de gente asiática en el Africa central, y que desde entonces se entabló una lucha á muerte, cayo término, con el transcurso de los siglos, fué la fusión de razas, bien que conservando el pre- dominio los invasores ó sus más puros descen- dientes. En medio de la lucha constante de unas tribus con otras, aparecieron varios núcleos de poder y centmlización, y antes que llegaran los primeros navegantes europeos á las costas africa- nas, puede afirmarse que las tribus del litoral, más ricas y más adelantadas, ejercían sobre las del interior ciertos derechos soberanos.

Este lento tmbajo de formación fué interrum- pido por k presencia de los europeos, que, con su absurda política de conquista, se apresuraron á someter á los jefes de las tribus costeñas, debili- tándolos y disolviendo en una hora los imperios embrionarios que, después de guerras sin cuento, comenzaban á dibujarse sobre el suelo africano. Las relaciones de las tribus del interior con las marítimas fueron extinguiéndose, porque el temor á los invasores hizo que se adoptase una política de retraimiento, acentuada más aún al aparecer un nuevo enemigo: el árabe. El plan de los ára- bes, bien que con menos aparato militar, era también de conquista: introducii*se en el corazón de las tribus, comerciar con ellas, atizar la dis- cordia por todas partes, adquirir como esclavos los vencidos en las guerras intestinas, y, por fin, sustituir poco á poco la autoridad hereditaria de los reyes indígenas por su propia autoridad.

Ante estos elementos extraños, que pretendían meter por fuerza la felicidad en los países de Africa, sólo el reino de Maya supo defenderse y resistir, porque sólo él tuvo á su cabeza un ver- dadero hombre de Estado, Üsana, el legendario rey Sol. Mas no se crea que me coloco parcial- mente del lado de la raza indígena, como pudiera desprenderse de mis palabras; entre los más altos fines del esfuerzo del hombre he colocado siempre los descubrimientos geográficos. Amante de la humanidad, me ha regocijado siempre la idea de que esos descubrimientos de nuevas tierras y de nuevos hombres no son inútiles, puesto que llevan consigo, por el carácter humanitario de nuestra^ especie, el deseo de mejorar á nuestros hermanos,, de colonizar los países que ellos ocupan, civili- zándolos con mayor ó menor suavidad, según el temperamento de la nación colonizadora.

Grande es en sí esta idea; pero más grande es aún cuando se nota que nosotros sufrimos también ~ 94 — las tristezas y dolores de esta vida, v que, á pesar de estas tristezas y de estos dolores, sacamos fuer- zas de flaqueza y acudimos en auxilio de otros hombres que juzgamos más desventurados que nosotros. Este es un rasgo característico y conso- lador de la humanidad en todos los tiempos y en todas las razas; yo tengo por seguro que si esos mismos pueblos retrasados y aun salvajes de Africa •tuvieran un claro concepto de la ley de solidari- dad de los intereses humanos y una navegación más perfeccionada, vendrían á su vez á llenar en nuestra propia casa la misma humanitaria misión que nosotros cumplimos en la suya.

Cuando Tisana ocupó el trono, el reino se ha- llaba dividido en banderías de toda especie; y como era necesario realizar la unión de los súbdi- tos antes de intentar alguna acción provechosa en el exterior, dió varios edictos notables que resta- blecieron la paz. Ya hablé del edicto que dió fin á las divergencias religiosas originadas por la reforma de Lopo. Otro edicto célebre fué el que instituyó la asamblea de los uagangas, encami- nada á aplacar las ansias de mando de algunos 'ambiciosos y á dar más estabilidad á los tres ua- gangas consejeros, que antes estaban sometidos á cambios frecuentes. Creó el cuerpo de pedago- gos y estableció que el rey y los reyezuelos hicie- ran concesiones temporales de parcelas de tierra á los hombres libres y á los siervos (á quienes su señor debería dejar tiempo libre para cultivarlas), con la condición de labrarlas diez años seguido^ y devolverlas con las mejoras introducidas. En :-suma, Usana fundó la paz de los corazones y la — 95 — — 95 — justicia en la distribución de la riqueza. « Mas no por eso — dice el documento de donde saqué estas noticias — los hombres dejaron de sufrir; sufrían, aunque con más contento y resignación. » El co- ronamiento de la obra de Usana fué una serie de victoriosas campañas contra los pueblos vecinos, la fijación de los límites del reino y el estableci- miento de las tropas fronterizas para aislarlo com- pletamente del exterior.

El reino de Maya tiene próximamente la misma extensión que el de Portugal, y su figura es la de un bacalao preparado para el comercio. La raspa central es el río Myera, que lo divide en dos por- ciones casi iguales de Oriente á Occidente, hacia donde cae la cola. La región Norte, la más abun- dante en bosques, tenía, cuando yo llegué al país, trece ciudades: Maya, la capital, y Misúa, en el in- terior, en tierra abierta; más al Korte, en el bosque, Yiti, Uquindu, Mpizi, Cari, ürimi y Calu; y en la margen derecha del Myera, Unya, Quitu, Zaco, Talay y Rozica. La región Sur tenía once ciuda- des; sólo dos en el bosque, cerca de la frontera, Yiloqué y Tondo; cuatro en tierra abierta, Ruzozi, Boro, Quetiba y Viyata, y cinco en la margen iz- quierda ó inferior del río, Ancu-Myera, Mbúa, cerca del ünzu. Upala, Arimu y Ñera, casi en- frente de Rozica, en el extremo occidental de la nación. En resumen: diez ciudades fluviales, cu- yas riquezas consistían en la pesca y algunas pe- queñas industrias; seis en tierra llana, que se dedicaban principalmente á la agricultura y á la cría de ganados, y ocho en los bosques, las más pobres y retrasadas, cuya ocupación era cazar, re- - 96 - - 96 - coger las frutas alimenticias y construir canoas y otros objetos de madera y de hierro, que cambia- ban por artículos de primera necesidad. Todas es- tas ciudades estaban unidas por sendas qae per- mitían el paso de los hombres y de las caballerías, excepto ürimi, cuyas sendas fueron interceptadas por orden del antecesor del cabezudo Quiganza, en castigo de varios hurtos cometidos por sus na- turales. Urimi es nombre moderno y quiere decir «ciudad sin caminos»; antes se llamaba Mtari.

Siglo y medio hacía de la muerte de üsana, j en todo este tiempo parece como que su espíritu había seguido dirigiendo la vida de los mayas. Ninguna reforma importante se había hecho des- pués de él, y la dinastía plebeya de üsana se había, sostenido en el trono y reinado sin dificultada Después de üsana, que fué rey durante veintiocho años, su sobrino Ndjiru, del que se decía que era. dueño de la «lluvia», gobernó medio siglo; su hijo üsana, que fué proclamado en edad muy avan- zada, diez años; su nieto Yiti, corpulento como un «árbol», cuarenta y cinco; Moru, el rey de «fuego», sobrino de Yiti, cuarenta, y el cabezudo Qaiganza, sobrino de Moru, hasta la actualidad. La trans- misión de la corona sigue la línea femenina, por- que los mayas temen mucho la adulteración de la sangre de sus reyes, y, en caso de duda, confían más en la honestidad de las madres que en la de las esposas; así, el heredero es siempre el hijo de la hermana mayor, y sólo á falta de sobrinos en- tra á heredar el hijo de la j)rimera mujer del rey, como ocurrió en tiempo del segundo üsana.

La causa de esta sorprendente estabilidad de los- — 97 — gobiernos, que envidiarán muchos monarcas de Europa, era, de un lado, la sabia organización po- lítica, y del otro, la prudencia de los partidos go- bernantes. La monarquía absoluta, concentrando el poder en unas solas manos, era la única forma de gobierno posible en estos pueblos, en que se ca- recía de soltura })ara sacrificar las ideas propias cuando convenía aceptar las ajenas; pero ofrecía el peligro de negar toda participación en los ne- gocios públicos á algunos hombres distinguidos que se sentían con aptitudes políticas y guberna- tivas, y que, si no encontraban medios de expan- sión, conspiraban contra el poder constituido. Este peligro lo desvaneció Usana creando la asamblea de los uagangas y el cuerpo de pedagogos.