Cuando me resignaba ya á morir y pensaba tomar algunas disposiciones para asegurar el por- venir de los infelices accas, uno de éstos se me presentó trayendo cogido entre el j)ulgar y el índice, por una de las pastas, cual bicho extraño y peligroso, un libro que me enseñaba, como preguntándome si aquello era animal, vegetal ó mineral. Yo tomé con ansiedad el libro y vi que era una Biblia en inglés, y que, á juzgar por unas lineas manuscritas en la portada, perte- necía á un misionero de alguna de las misiones protestantes próximas. Reanimado un instante por tan feliz hallazgo, ordené á los accas que recorrie- ran todo el territorio en diversas direcciones, j^ara ver si se encontraba en. él algún hombre blanco; — 356 - y fué tai mi fortuna, que á las dos horas poco más volvió el rej Bazungu acompañado de un blanco, al que seguían varios hombres armados de fusiles. Era mi visitante un Hércules por lo recio j mus- culoso de su constitución, y bajo su mirada dura é impasible parecía ocultar un al,ma bondadosa,: puesto que instintivamente inspiraba conñanza y simpatía, y el instinto rara vez se equivoca en su primer movimiento. A mis saludos y preguntas en su lengua, respondió ser, en efecto, el dueño del libro extraviado, y venir á ruego de los accas, sin comprender apenas lo que éstos habían querido decirle. Viéndome postrado en el suelo, abatido por la fiebre, se felicitaba del encuentro y se ofre- cía amistosamente para cuanto fuese menester. Yo le declaré que me hallaba á las puertas de la muerte (cosa que él claramente veía sin que yo se lo dijera); pero que mi naturaleza era tan dura y vigorosa, que, si pudiera tomar algunas dosis de quinina, aun podría ser que levantara la cabeza. El misionero se apresuró á contestarme que tenía establecido á corta distancia un gran tembé donde había todo género de provisiones y artículos de comercio, y que no tendría inconveniente en abas- tecerme de todo cuanto yo necesitara á cambio de marfil. Y diciendo esto no apartaba sus ojos del montón de dientes de elefante, como si se extra- ñara de ver junta y en poder de un solo hombre y en estos parajes, trillados por los mercaderes ára- bes, tan asombrosa colección. Yo accedí de buen grado á la permuta propuesta, y en la tarde de aquel día, la mitad y un poco más de mi caudal, hasta un millar de defensas, había pasado á poder del misionero ó comerciante, á cambio de un pa- quetito de quinina, seis botellas de coñac, tres piezas de tela de colores muy subidos, y un vestido, ya usado, con el que pude cubrir mi desnudez.
El misionero ó comerciante siguió viniendo to- dos los días, pues esperaba el regreso de dos de sug hombres para levantar el tembé y dirigirse á la costa, no sé si por el Uganda ó si por el Cara- güé. Por él supe que me encontraba cerca del Mpororo, no muy lejos del riachuelo de este nom- bre y del lugar donde me separé de la caravana de Uledi; (|ue la cuenca del Nguezi era á la sazón el punto donde confluían las esferas de influencia del Estado libre del Congo, Alemania é Ingla- terra, y que existían ya muchos establecimientos europeos en el Africa Central. En estas conversa- ciones, el misionero ó comerciante me manifestó su extrañeza ante la imprevisión é insensatez con que yo me había arrojado, solo y sin defensa, en el centro del Continente africano, entre pueblos tan salvajes y tan poco respetuosos de la vida de los europeos.
— Aunque mi proceder fuera tan insensato como os parece — le contesté con cierta arrogancia (pues con el empleo de la quinina iba poco á poco recu- perando mis fuerzas), — yo no sabría seguir otro más prudente, porque, aunque indigno, soy descen- diente de aquellos conquistadores españoles que jamás volvieron la vista atrás j)ara examinar los peligros vencidos, ni precavieron la imposibilidad de vencer los que se ¡presen tasen, ni pensaron en asegurar la retirada, siendo, como era, su idea única, avanzar siempre, si la muerte no les obli- — 358 — gara á caer. Justo será qne los mercaderes, que no buscan más que la ganancia material, cuiden de salir á salvo con la vida, sin la que sería poco apetitosa la riqueza; pero el héroe del ideal debe liuir de esas soluciones prosaicas, no mirar más que de frente, concebir una empresa de tal modo ligada con su vida, que ó ambas sean glorificadas en la victoria, ó perezcan juntas en el vencimiento.
El misionero ó comerciante se sorprendió de que yo fuera español; porque, fundándose en cierto aire desdeñoso con que 70 le había mirado al de- volverle la Biblia, me había tomado ¡Dor católico irlandés; y acaso este error suyo contribuyera, en gran parte, á que con tanta habilidad y prontitud me extrajese los mil dientes de elefante. A su jui- cio, mis ideas eran fantásticas y disparatadas, é impropias de nuestro tiempo. — Nadie duda — me decía — de la utilidad de las misiones para la con- quista y civilización de los pueblos africanos; pero ¿quién sería el osado que intentase predicar á es- tos salvajes sin contar con el apoyo' de la fuerza? Si nos confiásemos al amparo exclusivo de la pa- labra divina, la conversión de cada negro, aun excluidos los antropófagos, costaría la vida á me- dia docena de joredicadores.
— Aunque así fuese — le replicaba yo, — aunque hubiera que lamentar la pérdida de tantas vidas humanas, no vacilaría en darlas, y las daría gus- toso, en cambio de las del último y más despreciable antropófago, sacrificado en nombre de la civili- zación. En el apostolado hay que atender á la redención de los miserables, pero no olvidar la dignificación de los apóstoles: el martirio de un — 359 — nftllón de misioneros no rebaja, mucho más que ya lo está, la condición de los salvajes, mientras qne la muerte de uno solo de éstos destruye en absoluto la base misma de la civilización que se intenta inculcarles. Al enseñar, son dos los que deben levantar el espíritu á las alturas; cabe aún que, por rebeldía del inferior, sea uno solo; pero que aquel que blasone de apóstol j se lance re- sueltamente á la predicación de su fe, cuide más de probarla con su propio sacrificio que con la conquista de gran número de adeptos, j no espere que éstos sean leales si los ha catequizado desde una fortaleza. Hasta los hombres más salvajes sa- ben adorar el ideal cuando lo ven simbolizado en el sacrificio de otros hombres que, pudiendo em- plear la fuerza, se ofrecen en holocausto por la humana fraternidad. Si nuestro ideal no nos ins- pira el sacrificio de nuestra vida, no es digno ya de que nos molestemos en propagarlo ó imponerlo á los demás hombres; y si no es tan puro que se acomoda á aliarse con vulgares intereses, vale más prescindir de él y no deshonrarlo aún más con los crímenes cometidos por la ambición de la riqueza ó del poder. ¿Quién sérá tan menguado que se imagine á Jesús explicando alguna de sus admirables parábolas, y sacando luego un variado sur- tido de baratijas para venderlas á buen precio á sus oyentes? Y ¿ quién hubiera depositado su fe en Jesús si, luchando contra sus enemigos ó salván- dose con sus parciales, hubiera rehuido la gran prueba que, engrandeciéndole á él, ennoblecía al resto de la humanidad? ¡ Grave error es creer que los triunfos parciales conduzcan al triunfo final, — 360 — porque es ley eterna que la victoria definitiva sea siempre de los vencidos I Con estos j otros discursos pasábamos el tiem- po; y si bien yo no lograba convencer á mi inter- locutor, me hacía respetar más de los accas, asom- brados de oirme hablar en una lengua que ellos no comprendían. Algunos días transcurrieron sin que el misionero ó comerciante me hiciera su vi- sita acostumbrada, y yo supuse que estaría muy ocupado en la organización de su caravana; nunca pudo ocurrírseme que la fatalidad le tuviera pre- destinado para un fin tan trágico como el que tuvo. Mis accas recorrían con frecuencia las coli- nas y bosques inmediatos á nuestro punto de pa- rada con objeto de recoger ó comprar víveres; y un día, de vuelta de una larga expedición, me trajeron la terrible é inesperada noticia: unas ban- das salvajes, establecidas recientemente en el país, habían sorprendido en los alrededores de Qui- quere al hombre blanco y á algunos servidores que le acompañaban en su excursión, y los habían hecho prisioneros; las gentes de la comitiva habían sido libertadas por su cualidad de indígenas, y bajo promesa de entregar varios fusiles y cierta cantidad de pólvora; pero el jefe había sido deca- pitado después de sufrir grandes torturas, y su cuerpo había servido para celebrar un gran festín.
Según parece, algunas tribus del Niam-Niam, acosadas por el hambre ó por otras tribus enemi- gas, habían abandonado su territorio é invadido la región situada al Sur de la Ecuatoria, donde todo lo asolaban con sus correrías. Una de estas bandas de Niam-Niam había descendido hasta las — 361 — — 361 — inmediaciones del lago Ngnezi, más que por pro- pia decisión, empujada por los habitantes de los territorios invadidos, v acampaba cerca de Qui- quere, cuando mis accas acertaron á alargarse hasta allí á tiempo de presenciar, escondidos en el bos- que, la horrible matanza y el banquete antropo- fágico de los salvajes. Cuando los accas me descri- bieron la angustiosa escena, imitando con sus gestos, mohines j contorsiones la rabia impotente y la desesperada agonía de la víctima, el crispa- miento amenazador de sus brazos atléticos, su mirada suprema á los cielos impasibles, sentí pro- funda piedad por el misionero ó comerciante, y me apresuré á levantar el campo antes que se nos echasen encima tan famélicos huéspedes. Carne, á decir verdad, yo no tenía ninguna, pues más que hombre era una momia, y podía confiar en que los antropófagos me despreciarían y no intenta- rían roerme los huesos; mas los accas habían en- trado también en tierra de miedo, y deseaban huir de aquellos parajes, y yo aproveché tan buenas disposiciones para proseguir mi penosa marcha hacia la ansiada liberación.
Mi deseo hubiera sido dirigirm-e á pie hasta Yambuya, importante estación en el Aruvimi, vender el marfil que me quedaba, despedir á los accas, aconsejándoles que volviesen á Banga, y dándoles en especies algún socorro para el camino hasta el Nguezi y tomar yo la vía fluvial liasta Boma, donde me embarcaría para las Canarias. Pero la presencia en el territorio del Estado libre congolés de los bandidos de Niam-Niam me hizo cambiar de ideas y de rumbo y emprender la mar- — 362 — cha hacia el Ujiji, con ánimo de establecerme en los alrededores del Tanganyica, hasta que, com- pletamente restablecido, pudiera continuar el viaje á Zanzíbar.
La impresión que me produjo el relato mímico de los enanos, unida á los recargos de la fiebre j á las penalidades de nuestra precipitada marcha, influyó, sin embargo, tan desastrosamente sobre mí, que desde entonces no acerté á darme cuenta del camino que seguíamos, ni puede decirse que estuviera en mi juicio cabal; no recuerdo ninguno de los mil incidentes que debieron ocurrimos desde el día que abandonamos nuestro campa- mento del íÑíguezi, hasta aquel en que volví á mi estado normal y me encontré en Santa Cruz de Tenerife, en un sanatorio ó casa de salud desti- nada esj)ecialmente á asistir á los enfermos de fiebres africanas, que antes de volver á Europa desean restaurarse un poco con ayuda del suave clima de Canarias.
Sólo he llegado á reconstruir de una manera vaga el tipo de un etnólogo alemán, de perfil ju- daico, con quien me reuní en el Üjiji y por cuya mediación vendí las pocas defensas de elefante que se habían librado de los saqueos de que fuimos víctimas por parte de los pueblos del camino, los cuales no permiten el paso si no se les paga un derecho de peaje, tanto más fuerte cuanto más débil es el viajero. Asimismo creo recordar que en una misión establecida al Sur del Ufipa me in- corporé á una expedición, á cuyo frente venía un hidalgo capitán de la marina portuguesa, y cuyo objeto era explorar el Africa Central, desde Mo- — 363 — zambiqiie á San Pablo ele Loanda, pasando por el Njaza, por el lago Tanganyica j por Cazongo. A ambos providenciales encuentros soy deudor, sin duda, de haber escapado con vida de tan largas y arriesgadas peregrinaciones. Ni olvidaré tampoco mencionar el movimiento de terror que se apoderó de mí cuando, al recu^Dcrar mi juicio, vi distinta- mente los primeros hombres blancos, en quienes mis ojos, hechos ya á la vista de los africanos, creían descubrir cadáveres moviéndose como som- bras.
Una vez que me encontré con fuerzas para mo^ verme, sin esperar más me embarqué con destino á EsjDaña, deseoso devolver al seno de mi fami- lia, que debía darme ya por muerto después de tantos años de ausencia. Mi pensamiento no cesaba de formar conjeturas, y á veces mi corazón se an- gustiaba con tristes presentimientos; pero no quise hacer preguntas ni averiguaciones, sino verlo todo por mis propios ojos, presentándome de improviso por las puertas de mi casa. Y quizás si me hu- biese astado en Canarias hasta recibir noticias de los míos, y hubiera sabido allí el cruel desencanto que me aguardaba, en vez de seguir hasta Europa, regresara á Africa á morir entre mi familia negra, en la que volvía á concentrar mi cariño al fal- tarme la de mi primer amor. La noticia de mi desaparición y de mi muerte, desfigurada al prin- cipio y confirmada después por varios conductos fidedignos, había costado la vida á mi padre, que se culpaba á sí mismo de lo ocurrido por el em- peño con que me había apartado de la casa y lanzado involuntariamente en mi peligrosa vida — 364 -* aventurera; y poco después á mi madre, herida en su más entrañable afecto. Sólo sobrevivía mi her- mana menor y única, y ann ésta había snfrido todo género de infortunios. Casada con un agente de Bolsa de Madrid, su marido, después de gas- tarle todo cuanto mis padres la habían dejado, se había comprometido hasta el extremo de tener que suicidarse por salvar siquiera el buen nombre; y mi hermana había quedado en la miseria con una hija de pocos años, y continuaba viviendo en Ma- drid sola, con sus apuros y sus amarguras. ' Decidí, pues, irme á vivir á su lado para acom- pañarla y ayudarla con lo que yo pudiese ganar. El matrimonio me estaba vedado, porque, prohi- bida en España la poligamia, yo no me hallaba dispuesto á sufrir las incomodidades que lleva consigo la posesión de una sola mujer; me pareció preferible cerrar la historia de mi vida de pro- genitor, dejar apagarse las cenizas de mis pasiones africanas, y consagrar todo mi cariño á mi sobri- nilla, á la que encontraba gran parecido con mi hijo Josimiré. Sólo me debía preocupar en ade- lante el triste problema de la manutención, el cual era para mi casi insoluble por haber perdido la brújula y hallarme en mi país tan desorientado como si jamás hubiera vivido en él. Para los negocios me incapacitaba el no tener capital ni cré- dito; para la política ó el periodismo, el no saber distinguir á unos hombres políticos de otros, ni siquiera este de aquel partido; para la abogacía, el haber olvidado casi todas las leyes que aprendí y haber caído en desuso las pocas que recordaba. Y aparte de esto, la contrariedad de tener el hígado echado á perder y estar casi siempre de malísimo humor. En tal apuro, no fué escasa fortuna que la protección del diputado de mi distrito, antiguo criado de mi casa, me proporcionara un destino de ocho mil reales en la Dirección de la Deuda, en una de cuyas oficinas me propuse, si nie dejaban, pasar el resto de mis miserables días. Allí, con papel, tinta y plumas del Estado he ido urdiendo esta relación de mis aventuras y descubrimientos, desti- nada en un principio á quedar manuscrita, para uso reservado de mis parientes y escasos amigos, y publicada sólo porque así me determinó á ha- cerlo un sueño que tuve, y que me pareció de buen augurio.
SUEÑO DE PÍO CID Hallábame, no sé cómo ni por qué, paseando á las altas horas de la noche por uno de los patios del monasterio del Escorial, cuando se me acercó un hombre de mediana talla, de rostro agresivo, su complexión toda aguileña, en quien creí des- cubrir alguna semejanza con un retrato de Her- nán Cortés que, allá en mi niñez, recordaba yo haber visto. Aquel hombre ó fantasma me saludó familiarmente, como si de muy antiguo me cono- ciera, j sin rodeos ni preámbulos entabló conmigo el diálogo siguiente: — No he querido pasar por estos lugares sin es- trechar tu mano en prueba de amistad, y sin aconsejarte que des á luz la historia de tus descu- brimientos y conquistas, de la que nuestra pobre patria está en gran manera necesitada.
— No sé si dar las gracias ó si entristecerme y afligirme — dije yo con un movimiento de descon- fianza, y retirando mi mano con modestia no exenta de orgullo; — porque me hallo indigno de merecer estímulos que parecen venir de tan alto, y temo ser víctima de un ensueño engañoso. ¿Cuá- les son mis hazañas y mis conquistas? ¿Qué nuevo — 368 — imperio he colocado yo bajo el dominio de Espa- ña? ¿A qué amistad soy acreedor yo, pobre diablo, que tras mil aventuras incoherentes é infruc- tuosas, tengo que vivir á expensas de la caridad del Estado, de una limosna disfrazada de sueldo, soportando humildemente que mis superiores je- r¿írquicos, que en Maya no servirían ni para mna- nis, me reprendan cuando llego á la oficina con retraso, ó cuando dedico á componer mis Memo- rias los ratos perdidos, que otros consagran á ha- blar de lo que no saben ó á contemplarse mutua- mente?
— Si alguna humillación hubiera en lo que dices, recaiga toda sobre la sociedad degenerada, que no sabe conocer á sus hombres; y si faltó á tus triunfos la glorificación exterior, échese toda la culpa á la fatalidad, que nos trajo á tan com- pleta ruina. En cuanto á ti, ¿qué pudiste hacer más? Los más descollados conquistadores necesi- taron de auxiliares, pocos ó muchos, pero algunos, para acometer sus empresas, en tanto que tú fuiste solo, y solo terminaste la pacífica conquista de muchas tierras y de muchas y varias gentes, y aun te bastaste para fundar un numeroso plantel di- nástico, que durante muchos siglos prolongará tu dominación.
— Quiero creer que todo eso sea verdad; pero, aun así, considero mi obra más como capricho de mi fantasía que como real y positiva creación; porque hombres somos, y para que nuestras obras sean humanas han de ser conocidas de otros hom- bres, y mi conquista quedará ignorada de todo el mundo por haberle faltado dos importantes de- — 369 — talles: la sumisión del rey Josimiré á la soberanía de España, y el solemne reconocimiento de las potencias. ¿A qué bueno pueden servir esos des- cubrimientos y esas conquistas, que no traen con- sigo ningún provecho, ni siquiera un cambio en la composición de los mapas?
— Y ¿en qué libro está escrito que las conquis- tas deban producir provecho á los conquistadores? ¿Qué utilidad trajeron á España las grandes y gloriosas conquistas de todos conocidas y celebra- das? Ellas se llevaron nuestra sangre y nuestra vida á cambio de humo de gloria. ¿ Qué significa ni qué vale un siglo, dos ó cuatro de domina- ción real, si al cabo todo se desvanece, y el más poderoso y el más noble viene á quedar el más abatido y el más calumniado? Quizá nuestra pa- tria hubiera sido más dichosa si, reservándose la pura gloria de sus heroicas empresas, hubiera de- jado á otras gentes más prácticas la misión de po- blar las tierras descubiertas y conquistadas, y el cuidado de todos los bajos menesteres de la colo- nización. Por esto tu conquista me parece más ad- mirable. No será útil á España, ni debe serlo; pero es gloriosa y no ha exigido dispendios, que en nuestra pobreza no podríamos soportar. Los grandes pueblos y los grandes hombres, pobres han sido, son y serán; y las empresas más grandiosas son aquellas en que no interviene el dinero, en que los gastos recaen exclusivamente sobre el ce- rebro y el corazón.
— Yo también me entusiasmo más con las glo- rias sin provecho, que con los provechos sin gloria; mas, á decir verdad, mis aventuras no sólo han 24 sido inútiles, sino que no aumentarán en un adarme la gloria de nuestra gloriosísima nación; porque careciendo', como carezco, de pruebas do- cumentales en que apoyarlas, aunque me deter- mine á darlas á luz, ¿quién, por los tiempos que corren, las tomará por verdaderas?
— He ahí una razón que debe decidirte sin más réplicas á seguir mis consejos. Nunca es más oportuna la verdad que cuando se sospecha que no ha de ser creída. El genio de la acción tiene mucho que penar si nace en naciones decadentes, porque necesita del concurso de las fuerzas nacio- nales, y cuando éstas faltan, las empresas mejor concebidas se quedan en el mundo de lo imagi- nado; pero el genio de la idea tiene siempre el campo expedito para concebir y para crear, y debe cumplir su misión con tanto más celo cuanto mayor sea la sordera y la ceguedad de los que le rodean. Si Cervantes, el más poderoso y universal héroe que yo descubro en nuestra raza, viviera en estos tiempos raquíticos, de seguro que no tendría ocasión de quedarse manco, á no ser que el pobre se cayese por las escaleras de algún quinto piso; pero no dejaría de escribir su Don Quijote para señalarnos á qué altura podemos llegar cuando huímos de las groseras y vulgares aspiraciones que contrarían nuestra naturaleza y nos apartan de nuestra congénita austeridad.
— Pero ¿cómo me atreveré yo á remontar mi espíritu á esas alturas ideales, si con los pies fir- mes en el suelo, con sólo fijar el pensamiento en esas grandezas, se me desvanecen todos los senti- dos? Yo adoro y reverencio á los héroes inmortales que, enseñoreados de toda la Creación, lo mismo escriben una epopeya con la pluma que con la es- pada; sin embargo, en mi pequeñez, tan desme- surados ejemplos me oprimen, me descorazonan y mé quitan los pocos ánimos que tengo para aco- meter empresas literarias. Quizás haya en mí algo de eso que tú has llamado genio de la acción, y en otra época ó en otro país hubiera podido figu- rar dignamente entre los hombres más resueltos, más atrevidos y más audaces; pero mis medios pacíficos de expresión son muy pobres. Sólo he parecido elocuente en Maya por el prestigio de mi antecesor Arimi, y sólo en aquel país, casi salvaje, llegué á escribir medianamente, porque su lengaa contiene pocas palabras, y de éstas nin- guna inútil. Mis Memorias no contendrán, pues, méritos de forma, y por lo que hace al fondo, tengo también mis dudas; pues la mayor parte de los que llegaran á leerlas me censurarían por haber sacado á los mayas del estado de paz en que mal ó bien iban viviendo, para iniciarles en los peligrosos secretos de la civilización.
— No te importe la opinión de los demás, y atente á la tuya propia. Los verdaderos escritores no buscan el placer en la obra terminada; el pla- cer está en el esfuerzo, no en la obra, porque ésta es siempre despreciable para el que la compuso. Quédese para la muchedumbre, en la cual existe un fondo permanente de salvajismo, la admira- ción de los hechos consumados. Los mayas eran felices como bestias, y tú les has hecho desgra- ciados como hombres. Esta es la verdad. El sal- vaje ania la vida fácil, en contacto directo cania — 372 — •Naturaleza, y rechaza todo esfuerzo que no tiene una utilidad ¡jerentoria; el hombre civilizado de- testa, quizá con motivo, esa vida natural, y halla su dicha en el esfuerzo doloroso que le exige su propia liberación. Conquistar, colonizar, civili- zar, no es, pues, otra cosa que infundir el amor al esfuerzo que dignifica al hombre, arrancándole del estado de ignorante quietud en que viviría eternamente. Yo veo pueblos que adquieren tie- rras, y destruyen razas, y establecen industrias, y explotan hombres; pero no veo ya conquista- dores desinteresados y colonizadores verdaderos. Así, tu obra es más bella. Porque tú saliste de Maya como entraste (salvo lo del tesoro de marfil, que allí no hacía ninguna falta, y á ti te era in- dispensable para el camino); amoldaste tu vida á la del pueblo que ibas á regenerar, para que tus ideas parecieran como salidas del seno de la misma nación; fuiste introduciendo con habilidad los gérmenes de la reforma, la levadura que había de hacer fermentar el espíritu de los mayas; y en vez de destruirlos tú, les diste los medios necesarios para que ellos entre sí se destruyeran, para que el placer que en ello recibieran les llevara de la mano á la cumbre de la civilización. Morirán mu- chos, sin duda, pero nacerán más, porque en los estados poligámicos, si quedan á salvo las muje- res, pocos hombres bastan para que la especie se propague; y tú estuviste inspiradísimo decretando que las mujeres fuesen irresponsables y libres de la acción destructora de la ley penal.
— Hay, sin embargo, un punto en el cual mi con- ciencia no me absuelve: el de los sacrificios. Cuando veo el respeto casi supersticioso que en Europa" se tiene á la vida de los hombres, las prolijas for- malidades que están en uso para imponer la úl- tima pena, me horrorizo recordando la serenidad, por no decir la frescura, con que yo les separé las cabezas de los troncos á las ciento cincuenta 7 cinco nueras de la reina Mpizi, junto á la gruta de Bau-Mau.