— No comprendo ese horror* antes estoy conven- cido de que el progresivo envilecimiento de las naciones cultas proviene de su ridículo respeto á la vida. El principio jurídico fundamental no debe ser el derecho á la vida, sino el derecho al ideal, aun á expensas de la vida. Yo repruebo resueltamente el sacrificio de vidas humanas si los móviles del sacrificio son el engrandecimiento pasajero de este ó aquel país, las disputas sobre propiedad, juris- dicción, supremacía v demás mezquindades en que los hombres se interesan. Tal es también tu sentimiento, puesto que, habiendo asistido impá- vido á mil degollaciones en Maya, estuviste á dos dedos de perder el juicio sólo de oir á los accas el relato de una decapitación y un festín, en los que no tenías arte ni parte. Pero el noble sacrificio de las mujeres de Mujanda en aras de su fidelidad conyugal, ó la muerte en las corridas de búfalos, tan bella, tan artística, paréceme que, lejos de de- gradar al hombre, le ennoblecen mucho más que su desmesurado apego á la vida y su cobarde as- piración á terminarla en un lecho, agarrado hasta el fin á los jirones de carne que le emponzoñan el espíritu con su fétida emanación. Amable es la vida; pero ¿cuánto más amable no es el ideal á que podemos elevarnos sacrificándola? De igual suerte, con ser la Biblia libro de tantos quilates, yo no vacilaría en destruir el único ejemplar que exis- tiese en el mundo si había de servirme para pren- der fuego á tantas ciudades degradadas del pre- sente ó del porvenir. Yo amo á los hombres; si me dieran el mando de grandes ejércitos para em- prender nuevas conquistas y para triunfar en nue- vos combates, lo rechazaría, porque creo que ha llegado la hora de que cese la eterna disputa, el viejo afán del efímero poder; pero no vacilaría en ponerme al frente de hordas amarillas ó negras que por Oriente ó por Mediodía, como invasores sin entrañas y proféticos verdugos, cayeran sobre los pueblos civilizados y los destruyeran en gran- des masas, para ver cómo, entre los vapores de tanta sangre vertida, brotaban las nuevas flores del ideal humano. En el paso de la barbarie á la civi- lización se encuentran siempre las mayores cruel- dades de nuestras historias, como para indicar que esa eflorescencia de los ideales exige un riego abun- dantísimo de sangre de hombres. Y lo que hoy llamamos civilización, bien pudiera ser la barbarie pi^cursora de otra civilización más perfecta; así como en Maya la aparente civilización de hoy es sólo el anuncio de un esplendoroso porvenir, al que la nación camina con paso firme bajo la dura mano de tu hijo Josimiré.
— ¡Mi hijo Josimirél ¿Tú le has visto? ¿Qué noti- cias de él puedes darme, ya que tan bien enterado pareces de lo que ocurre en aquellos lejanos paí- ses, en donde yo vivo casi siempre en pensamiento? Creo tener de continuo delante de mis ojos todas — 375 — aquellas figuras conocidas, y la primera de todas la del tierno Josimiré, enano y gordinflón, seme- jante á un botijo.
— pesar de su mala presencia, Josimiré es un rey que asombra. Con varios que hubiera en Africa de su temple, la supremacía de Europa no lo pa- saría muy bien. Al llegar á su mayor edad, com- prendiendo con rara intuición el alcance del ma- trimonio entre sus hermanastros, el elocuente Arimi y la cabelluda Vitya, decidió no aceptar mujeres indígenas y tomó por esposas á todas sus hermanastras, para conservar en lo posible la su- perioridad de la sangre; y como además de gran rey es hombre limpio, ha designado como favorita á la hija mayor de la glotona Matay, tan hábil como su madre en el lavado de las túnicas. Pero el alma del palacio y el tirano de la moda en todo el país es la flaca Quimé, ahora en el apogeo de BU belleza. La pobre Memé está ya muy alicaída, y la reina Mpizi continúa con sus devaneos amo- rosos. También vive en el palacio real, aparente- mente como sierva del rey, la reina Muvi, que es ahora, como siempre, un modelo de madres.
— Entonces, ¿no existe ya el reino de Banga?
— Sí existe, y muy próspero y celebrado por la perfección de sus túnicas de colores. El primogé- nito de Enchúa es hoy uno de tantos reyezuelos mayas, por haberlo así dispuesto Josimiré en su primer viaje á Rozica. Entonces fué cuando tuvo lugar su entrevista con la reina Muvi, de la que salió que ésta viniese á vivir en la corte; no fué ella la primera, pues muchas enanas se habían in- troducido subrepticiamente en el país, y habían — 370 — hallado excelente acogida en todas las ciudades. Otras, las que tenían esposos ó hijos, continuaron viviendo en Banga en estrechas relaciones con Ro- zica, y contando siempre con la benevolencia del generoso reyezuelo y poeta Uqnindu.
— Desde luego suponía que los accag del bando del experimentado Batué, guiados por su olfato amoroso, volverían sin tropiezo junto á sus amadas esposas; pero los otros, los de Bazungu, des- orientados y en medio de pueblos enemigos, ¿qué se han hecho? ¿Dónde viven, si viven?
— Viven, y han hecho gran fortuna como eunu- cos de los harenes de los jefes europeos que go- biernan las diversas estaciones del antiguo sulta- nato de Zanzíbar. Estos jefes, pasado el primer ímpetu guerrero, y no llegados aún á la última y más indigna fase de la' colonización, la explota- ción comercial, se hallan en el período que pudiera llamarse erótico, el más bello de todos. Su afición actuahes el mejoramiento de la raza por el sistema más recomendado de los antropólogos: el cruce. Tenían, pues, gran necesidad de eunucos que man- tuvieran el orden en sus bien repletos harenes, y los accas llegaron á tiempo de salvar á otros infe- lices predestinados á la mutilación. El que los in- trodujo fué tu compañero de viaje, el etnólogo ale- mán, que, de vuelta del Ufipa, mostró algunos de ellos como ejemplo nuevo y nunca visto de tribus practicantes de la poligamia, que someten á la cas- tración á todos los varones, excepto algunos pri- vilegiados, haciendo resaltar el hecho curioso de que esas tribus, que parece debían ser más pusilá- nimes, eran valentísimas, á juzgar por la variedad — 377 — — 377 — de armas de gnerra que en poder de las mismas había encontrado. No todos los accas, sin embar- go, han tenido colocación como eunucos; más de doscientos están aún en el Ufipa, de soldados mer- cenarios de la reina viuda, á quien les recomen- daste antes de abandonarlos é incorporarte á la expedición portuguesa. La buena suerte de Ba- zungu ha querido que éste sea rej por cuarta vez; pues la reina viuda le ha aceptado como esposo, para dar una prueba patente de fidelidad á la memoria de su primer marido.
— Mucho me alegran esas noticias, porque los accas se condujeron conmigo con una lealtad digna de las más altas recompensas. Y ahora se me ocurre otra duda, á saber: si los regentes de Josimiré continúan en sus puestos después que éste ha llegado á la mayor edad.
— No siguen de regentes, pero forman parte del consejo de los uagangas, el cual se compone ahora de nueve miembros. El zanquilargo y ya decrépito Quiyeré hace de presidente, y de secretario el in- imitable calígrafo Mizcaga. Aparte de esto, ha ha- bido otros cambios. El consejero Lisu cerró para siempre sus espantados ojos, y ha sido sustituido, como consejero y director de la banda musical, por tu grande amigo, el valiente ücucu, para que la revoltosa y glotona Matay, que es su actual favo- rita y su ojo derecho, pueda vivir en la corte al lado de la reina, su hija. También murieron el viejo y honrado Mcomu y el humanitario Racuzi; y como el listísimo é influyente Sungo no tenía más hijos que colocar, han sido creados reyezuelos dos de sus sobrinos: uno, hijo del mímico Catana, — 378 — — 378 — y otro, Mjo de Mjndsu, el de la trompa de ele- fante, juntamente, con el hábil nadador Auzú, que actualmente gobierna Ruzozi, su ciudad natal. El narilargo Monyo está en la fiel Mbúa, y el veloz Nionyi en Upala. En suma, si se exceptúa al can- tor Uquindu, que no quiere salir de Rozica, y al corredor Churuqui y al dormilón Viami, que con- tinúan en Bangola y Lopo, no hay reyezuelo que siga en el gobierno en que le dejaste. Y á las de- más autoridades les ocurre lo propio.
— Y de adelantos científicos y artísticos, de re- ligión, de costumbres, ¿no hay nada nuevo?
— Hay mucho. El jefe de los astrónomos de Boro, Cañé, ha.publicado unas tablas astronómi- cas. El geógrafo Quingani aprovecha los ratos que le deja libres ia vieja Mpizi para trazar el mapa del país. Hay muchos y muy notables cantores, y en los frescos prados del Myera se alza una esta- tua más, obra del astuto Tsetsé: la del cabezudo Quiganza, la cual, desde lejos, parece un lanzón sosteniendo el globo terráqueo. Los monopolios crecen como la espuma, y las corridas de búfalos tienen lugar todas las semanas, y apasionan más cada día á todas las clases sociales. Las industrias prosperan que es un contento, figurando siempre en primera línea la fabricación de rujus y de al- cohol y la venta de fetiches.
— Y mi hijo primogénito, el silencioso Arimi, ¿qué es de él? ¿Seguirá al lado de su hermano en el palacio real?
— Allí continúa — contestó la sombra, empe- zando á retirarse, — y es el mejor y más leal conse- jero del rey. La cabelluda Vitya le ha hecho padre — 379 — de dos hijos varones, y el primogénito ha sido re- conocido como príncipe heredero bajo el nombre insustituible de Arimi, que en Maja es hoy el símbolo de todas las esperanzas. Tu hijo Arimi es, además, uno de los jóvenes uagangas más asiduos; dirige con gran tacto las deliberaciones del ala derecha y sobresale en la ílgura del conejo.
— Una última pregunta — dije yo yendo detrás de la sombra, que comenzaba á desvanecerse: — ¿qué han heclio cuando se les acabó la escasa pól- vora que les dejé, los cuarenta fusileros, capita- neados por el prudente Uquima?
— Se han convertido espontáneamente en reyes de armas — suspiró el fantasma desde lejos, — y son el ornamento más precioso de la corte, cada día más etiquetera y ceremoniosa, de J osimiré.
FIN t E! reino de Maya antes de mi conquista.
-o.
OES TE ( BANGA) ESTE □ remo de Ma^a después de mi conquista » BxA N G A XXX OESTE ÍNDICE PÁGS.
Capítulo primero. — Donde hablo de mí mismo, de mis ideas y de mis aficiones, y comienzo el relato de mis descubrimientos y conquistas. — Primeros viajes desde la costa oriental de Africa á la región de los grandes lagos 5 Cap. II. — Mis comienzos en el reino de Maya. — Cu- rioso relato de mi prisión por los mandas y de mi evasión 17 Cap. III. — Ancu-Myera. — Boceto de una ciudad cen- troafricana. — De cómo una falsa apariencia me elevó, desde la humilde situación de condenado á muerte á los altos honores del pontificado 31 Cap. IV. — Desde Ancu-Myera á Maya, por Ruzozi y Mbúa. — Mi recepción en el palacio de los repre- sentantes.— Espectáculo original, llamado danza de los uagangas 49 Cap. V. — La vida privada de los mayas. — Antigua organización de la familia. — Recuerdos de mi pri- mera noche en la mansión del Igana Iguru 63 Cap. VI. — La religión maya. — El afuiri y el ucuezi. — Descripción de estas ceremonias y de la vida maya en un día muntu 75 Cap. vil — Algunas noticias históricas y geográfi- cas del reino de Maya. — La antigua organización y el juego de los partidos políticos 91 Cap. Vlll. — Revolución. — Batalla de Misúa, y des- tronamiento y muerte de Quigaüza. — De cómo Viaco dominó todo el país y estableció la reforma — 384 — PÁGS.
territorial ó ensi. — Contrarrevolución y restableci- naiento del poder legítimo 105 Cap, IX. — Por qué y cómo se realizó la revolución. — Estado del país. — Primeras medidas restaura- doras.— Creación de la piel moneda 121 Cap. X. — Pacificación del país y abolición de la ser- vidumbre. — Invasión y establecimiento de los uamyeras y de los accas. — Continúan las emisio- nes de valores fiduciarios 139 Cap. XI. — Continúa la restauración. — Reformas in- troducidas en el mobiliario y en la indumentaria. — Invención de la pólvora 153 Cap. XII. — Regreso de Mujanda á la corte. — Infor- mación sobre el estado del país. — Reorganización del poder central y creación de los cuerpos de es- cala cerrada. — Reformas radicales en la asamblea de los uagangas 169 Cap. XIII. — Medidas higiénicas. — Creación de los canales de Rubango. — Invención del jabón. — Es- tablecimiento de un lavadero público y del lavado obligatorio nacional 185 Cap. XIV. — Nuevas costumbres políticas. — Intervención de la mujer. — Camarillas palaciegas. — Lu- chas provocadas por la infecundidad de Mujanda. — Relación del embarazo y alumbramiento de la vieja Mpizi 199 Cap. XV. — Reformas agrarias. — Edicto establecien- do la propiedad individual. — Nuevos instrumentos de labranza. — Riegos y abonos. — Creación de un estercolero nacional bajo el patronato de Mu- janda 215 Cap. XVI. — La reforma religiosa. — Supresión de los sacrificios humanos. — Cómo fué iaiciado el nuevo afuiri, y cómo nació de él un segundo día muntu y una fiesta genuinamente nacional 23 1 Cap. XVIL— Reformas en el alumbrado. — Las lam- parillas de aceite y las velas de sebo. — Primeros ensayos de alumbrado público. — Institución de las fiestas nocturnas 249 — 385 — PÁGS.
Cap. XVIII. — Medidas políticas encaminadas á for- tificar el poder central. — Fabricación y monopolio del alcohol. — Influencia capital de este importante líquido en el progreso de la nación maya 267 Cap. XIX. — Florecimiento de las bellas artes y de las ciencias. — Exaltación de los sentimientos pa- trióticos.— Guerra con el Ancori. — Muerte repen- tina de Mu j anda é interesante sacrificio humano en la gruta de Bau-Mau 285 Cap. XX. — De cómo Asato fué nombrado Igana- Iguru, y del draconiano proyecto que concibió para corregir la creciente inmoralidad de las cos- tumbres.— Sublevación de los accas. — Paz con el Ancori SOS Cap. XXI. — Entrada triunfal del ejército en Maya. — Medidas pacificadoras. — Hallazgo del tesoro de Usana é idea repentina que me sugirió. — Promul- gación de una Carta constitucional. — De mi éxodo y de los fenómenos sobrenaturales que lo acom- pañaron 327 Cap. XXII. — Peripecias de mi viaje desde la ciudad de Rozica á la costa occidental de Africa. — Mi vuelta á Europa. — Ultimo correo espiritual de la corte de Maya 347 Sueño de Pío Cid; 366- 25 SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO TIPOLITOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADSNEYRAD EL DÍA 8 EE MARZO DE 1897 T . Véndese este libro en todas las librer de Madrid y Provincias. Los pedidos d: janse á la Librería de Victoriano Suár Preciados, 48, Madrid.
DEL MISMO AUTOR.