Pío Cid intenta desasnar á unos estudiantes.
En una modesta casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo vivía Pío Cid cuando le conoció mi amigo Cándido Vargas, de quien he recogido las escasas noticias que tengo sobre los primeros años de vida madrileña del original protagonista de esta instructiva historia. Yo le conocí algunos años después, y me interesó tan profundamente la rareza, con visos de genialidad, de sus dichos y hechos, que formé el firme propósito de estudiarle de cerca para satisfacer mi curiosidad de novelista incipiente y utilizarle en una obra de psicología novelesca al uso, que me quitaba entonces el sueño y el apetito.
Por fortuna mía, la amistad que, andando el tiempo, llegó á unirme con Pío Cid fué tan ín- tima, tan desinteresada y tan fraternal, que, aun mipuesto que yo no me hubiera arrepentido de mi deseo de ser escritor á la moderna, nunca hu- biera tenido la avilantez de emplear en esta his- toria de mi desgraciado amigo los procedimientos literarios que las escuelas en boga preconizan. No merece, en verdad, mi amado héroe que se le ob- serve, analice y maltrate como á un conejo ó rata — G — — G — de Indias, en los que el frío y descorazonado vi- visector ensaya sus venenos; merece, al contrario, que se le ame y se le saque á la luz pública para universal enseñanza, como ejemplo de un hombre que vivió muy humanamente y que con humani- dad debe de ser juzgado. Esta historia será, pues, una biografía escrita con amor; un retrato moral exacto en lo que afirma y piadoso en lo que encu- bre, que será todo lo que el original tuvo de cen- surable. Y aun sospecho que muy poco he de en- cubrir, porque los numerosos disparates que mi amigo cometió lo fueron sólo en apariencia, y de- jan de serlo cuando se los mira en el conjunto de sn extraña vida, con los ojos con que él, al reali- zarlos, los miraba; tuvo momentáneos desfalleci- mientos y dió grandes caídas, como hombre que era, y tampoco esto se ha de ocultar, porque realza la humanidad de su carácter y de sus obras; en suma, sólo he de guardar reserva sobre aquellas acciones que, por arrancar de los bajos instintos materiales, descomponen y afean la noble figura humana.
Aquella malsana curiosidad mía fué, sin embar- go, provechosa, porque me movió á conocer á Pía Cid y á averiguar muchos misterios de su vida que, sin mi diligencia, hubieran quedado ocultos, y, por último, á convencerme de que aquel hombre que yo había tomado por extravagante ó estrambótico era el prototipo de la sencillez admirable y de la noble naturalidad. Que la virtud del esfuerzo de la inteligencia se reconoce, entre otras muchas se- ñales, en la purificación de nuestro espíritu, el cual comienza á veces á ejercitarse con intención — 7— — 7— dañada ó malévola, y conforme avanza en su tor- tuoso camino va distinguiendo claramente lo in- noble de su proceder hasta concluir por el arrepen- timiento; de suerte, que el trabajo que dimos en la sombra sale á luz de pronto, transformado y como transfigurado por nuestra tardía bondad, más fecunda, de cierto, que la bondad temprana de aquellos que nunca sufrieron la atracción del mal y nunca sintieron tampoco el inefable con- tento de descubrir el bien como tesoro escondido y de regocijarse con él como con hallazgo inespe- rado. Así, esta historia, concebida con ánimo de arrojar á la voracidad pública los más íntimos se- cretos de un amigo confiado, se transfiguró al ca- lor de la amistad y de la confianza en algo seme- jante á un legado piadoso, historia escrita para cumplir un deber de conciencia: el de dar á cono- cer á quien poseyó la suma grandeza humana y vivió oculto en una envoltura humildísima, y mu- rió sin molestarse en que le conocieran sus con- temporáneos.
Porque una de las rarezas de Pío Cid, que más que rareza parecía cumplimiento obstinado de al- gún voto solemne, consistía en rehuir la conversa- ción siempre que se le preguntaba algo de su vida. No daba explicaciones ni dejaba entrever recuer- dos dolorosos, ni excitaba la curiosidad con estu- diadas reservas; su silencio era despreciativo, acompañado de encogimiento de hombros, y se podía interpretar de varias maneras: — «Me inco- moda hablar de mí mismo». — «A mí no me ha ocurrido nunca nada de particular. 5) — «No nos demos tanta importancia, habiendo, como hay, cosas más interesantes en qué fijar la atención^); ó bien, en sus momentos de aparente misantropía: — «Déjeme usted en paz.» Todo esto y mucho más lo decía sin decirlo, con los ojos, con los que solía hablar más que con la boca, salvo en las raras ocasiones en que su locuacidad retenida se desataba y se desbordaba en un hablar rá23Ído y penetrante, en el que las ideas originales salían á borbotones y se despeñaban como manantial que brota entre las rocas de un alto tajo. Pero ni en sus arranques más fieros de verbosidad rompía su natural re- serva tocante á su persona; sus ideas eran, como él decía, ideas puras, humanas, no personales; según él, la idea personal es inútil y ocasionada á trastornos en quien la tiene, y más aún en quien la conoce, la acepta y la practica. Hay que dejar dormir esa idea primitiva para que ahonde en el espíritu del que la concibió, para que lo que era esencia de una im23resión fugaz se convierta en sustancia de nuestra propia vida, en idea humana fecunda en todos los hombres que la reciben. La causa de los males de la humanidad es la precipi- tación: el deseo de ir de prisa rigiéndose por ideas en flor. Así, las flores se ajan y los frutos nunca llegan.
Comprenderá el amable lector lo difícil que ha de ser á un historiador ó novelista habérselas con un héroe de tan repelosa catadura. Un hombre que no suelta prenda jamás, un arca cerrada como el protagonista de esta historia, es un tipo que parece inventado para poner á prueba á algún con- sumado maestro en el arte de evocar en letras de molde á los seres humanos. Mi obra no es una — 9 - evocación, sino una modesta relación de un tes- tigo de presencia; pero un hombre que, si no ocultó su vida, no dió á nadie noticias de ella, dejando á los curiosos el cuidado de escudriñarla, no es posible que sea enteramente conocido y justificado. Mucho me temo que, á pesar de mi buena volun- tad, el malaventurado Pío Cid tenga que sufrir la pena póstuma de no ser comprendido ó de que le tomen por engendro fantástico y absurdo, fundán- dose en lo incongruente de mi relato, que no abraza toda su vida, sino varios retazos de ella, zurcidos por mí con honradez y sinceridad, pero sin arte.
La primera anomalía que no está en mi mano remediar, la hallará el que leyere cuando vea apa- recer al protagonista frisando en los cuarenta años y representando algunos más, y no sepa á ciencia cierta qué se hizo de él durante esos lar- gos años de obscura existencia. Los amigos decían que Pío Cid era de familia bien acomodada y qui- zás noble, pero venida á menos y obligada por la dura necesidad á esconderse en un pueblo de la costa de Granada, en donde tenían los Cides su Casa solariega. El joven, que era hijo único, si- guió estudiando leyes en Granada, y una vez ter- minada la carrera se encerró en el pueblo con sus padres y allí pasó los años vegetando, como- caballero pobre y que se resiste á doblar la raspa; á lo sumo dedicaría sus ocios á leer libros y á cul- tivar las musas, paes sólo así se explicaba su vasto y enmarañado saber y la facilidad con que componía versos en todos los metros y rimas co- nocidos y en algunos de su propia invención. Se le tenía por refractario al amor, ó, cuando menos, — 10 — — 10 — al matrimonio; así, vivía apegado á sus padres^ y cuando éstos le faltaron, se halló solo en medio del mundo, y acaso deseoso de dejar la estrechez de su pueblo y olvidar sus tristezas en la agita- ción de la corte, adonde vino, en efecto, con una credencial en el bolsillo, ya que lo mermado de sus rentas no le permitía, según parece, vivir sin empleo y con entera independencia, como hubiera sido su gusto. No podía ser más vulgar su histo- ria: un hombre inteligente, pero desilusionado é incapaz de hacer nada; extravagante más por falta de sociedad que por sobra de talento; con varias aptitudes que hubieran sido útiles á una persona activa y discreta, y que á él no le servían más que para perder el tiempo y distraer á cua- tro amigos. A ratos parecía poeta, y á ratos juris- consulto, ó músico, ó filósofo, ó lingüista consu- mado; pero en cuanto á ser, era no más que un insignificante empleado de Hacienda, que iba á disgusto á la oficina.
El buen Cándido Vargas, que sentía por él un afecto fraternal, me refirió algunos detalles que me confirmaron la falsedad de estas historias y opiniones, á las que yo nunca di crédito, porque desde el principio había adivinado en Pío Cid cierto mar de fondo debajo de la quietud y serenidad de su espíritu resignado. Notábase en él un menos- precio profundo de sus semejantes, aun de los que más estimaba, que no era orgullo ni presunción, al modo que muestran estos sentimientos los hom- bres que se creen superiores, sino que era expre- sión de un poder misterioso, semejante al que los dioses paganos mostraban en sus tratos con las — 11 — criaturas: mezcla de energía y de abandono, de bondad y de perversión, de seriedad y de burla. Entre las mil imágenes de que se valía para ex- presar este poder oculto, que indudablemente ejer- cía sobre cuantos trataba, la más graciosa y ex- traña era la de cortar el hilo de nuestros discursos soplándonos en la frente. Decía él humorística- mente que los hombres le producían el mismo efecto que grandes orzas ó tinajas llenas de aceite, en las que navegaran, lanzando sus rayos morte- cinos, mariposas diminutas como las que usamos de noche para semialumbrar nuestras alcobas. Tan triste y ridículo sería ver asomar por la boca de aquellos panzudos depósitos una luz desmirriada y relampaguceante, como lo es adivinar en la parte superior de nuestro complicado y grosero orga- nismo el miserable y angustioso chisporroteo del presuntuoso pensamiento humano. Por esto Pío Cid, que era poco aficionado á las luminarias, y que para tener poca luz prefería estar á obscuras, se incomodaba cuando alguno de sus amigos, cal- deado por el sacro fuego de la elocuencia, preten- día hacer alarde de su saber en períodos arrebata- dos y altisonantes, imitados de los tribunos, ora- dores parlamentarios, habladores académicos y demás gentuza (esta era su frase) que desde hace un siglo se dedica á encubrir con su insustancial palabrería la ignorancia sencilla y candorosa de nuestra nación; y no sólo se incomodaba, sino que á veces se sonreía diabólicamente y se levantaba, y acercándose de repente al orador, le soplaba, como antes dije, en la frente, y lo apagaba con la misma facilidad con que se apaga un candil. ¿Su- — 12 — gestión? ¿Diablura? No sé lo que había en el fondo de esta maniobra, de que yo mismo fui víctima algunas veces; lo que sí atestiguo es que los ora- dores nos quedábamos como si nos hubieran ex- traído el cerebro, sin ¡Doder pensar ni articular una palabra más, ni tener siquiera conciencia de nuestro estado, basta que algunos minutos después comenzábamos á lucir de nuevo, poco á poco, como si el calor disgregado por todo el organismo se concentrara lentamente dentro del cráneo j em- pezara á levantar llama.
Esta y otras mil artes, que en tiempos menos adelantados hubieran parecido derivadas de la ciencia misteriosa de alquimistas, magos, nigro- mantes y adivinos, las explicábamos nosotros, sin meternos en más honduras, por lo que sabíamos de la vida de pueblo que Pío Cid había llevado hasta bien pasada su juventud; puesto que es fre- cuente que los señoritos de pueblo, holgazanes y aburridos, pierdan el tiempo en cultivar las cien- cias y artes inútiles: charadas, acertijos y rompe- cabezas, juegos de sociedad y juegos de manos, hasta llegar algunos á ser consumados prestidigi- tadores y adivinadores del pensamiento, cuando no les da por el espiritismo y consiguen solos ó, con auxilio de una mesa rotatoria, trípode auto- móvil ó médium de carne y hueso ponerse en co- municación con sus antepasados difuntos ó con los personajes de más viso de la antigüedad clá- sica. Así, pues, aunque la palabra no sonó jamás, la que teníamos en los labios al hablar de nues- tro amigo era la de «espiritista:?); y aunque le hu- biéramos visto dar voz á los mudos, oído á los — 13 — sordos y vista á los ciegos, todo e^to y mncho más lo explicáramos como obra de la picardía y de la astucia de un farsante original. Yo, sin embargo, no las tenía todas conmigo; porque, no obstante la reserva de Pío Cid, veía en él rasgos de una per- sonalidad oculta, muy diferente de la que á nues- tros ojos se mostraba; y á no haberme engañado la idea que de él tenía preconcebida, hubiera desde luego comprendido que su rara sabiduría, que era su mayor rareza, no se había formado en el retiro de un pueblo, sino que era el resultado de una larga experiencia cosmopolita. Aunque parezca extraño, estos dos extremos se tocan y pueden dar lugar á confusión. Nada hay que se acerque tanto al tipo, del cosmopolita, del hom- bre que ha visto mucho mundo, como el tipo del sabio de pueblo, del doctor de secano. La diferen- cia está en que el uno tiene la realidad de la ex- periencia, mientras que el otro posee solamente el conocimiento teórico; pero tocante á cantidad, es seguro que el viajero más corrido no llega jamás á reunir tantas noticias ni á adquirir tanto saber como el arrinconado curioseador que en la quie- tud imperturbable de su aldea se propone ente- rarse de cuanto ocurre en ambos hemisferios. De- jará éste ver en ciertos detalles lo atrasado que está de noticias, pero en otros muchos sorprende- rá al que se tenga por más al corriente de las co- sas de su tiempo. Con Pío Cid ocurría, por ex- cepción, que su experiencia del mundo era real, como de un hombre que ha vivido en todas par- tes y todo lo ha visto con sus propios ojos; y al mismo tiempo su atraso de noticias en muchas — 14 — ocasiones nos hacía reir á carcajadas y pensar si aquel hombre acababa de caer de la luna. Sirva, pues, esta circunstancia para que no senos tenga por tontos de capirote á cuantos tomábamos á Pío Cid por sabio palurdo ó persona de poco más <S menos, siendo, como era, hombre de tantísimos quilates.
En la historia de familia de Pío Cid, que co- rría como verdadera, había desde luego la false- dad evidente de presentarlo como hijo único, sien- do así que tuvo por lo menos una hermana, con la que vivió algún tiempo en Madrid. Doña Pau- lita, la pupilera de la calle de Jacometrezo, estaba muy al corriente de todo, porque era granadina como los Cides y conoció á D.^ Concha y á una hija de ésta, de pocos años, en circunstancias tris- tísimas, que, siempre que había ocasión para ello, relataba con pelos y señales por habérsele que- dado muy impresas en la memoria. Según Cán- dido Vargas, D.^ Paulita era de muy buena fami- lia, hija de un médico de gran reputación, que ya no visitaba por haberse quedado ciego; pero había tenido la desgracia de casarse con un pillastre de investigador de Hacienda, que cuando no estaba colocado, y á veces estándolo, dirigía en Grana- da una Agencia universal ó poco menos, que lo mismo entendía en las sustituciones de quintos, que en el arreglo de asuntos municipales, forma- ción de expedientes administrativos y demás ne- gocios que los particulares le encomendaban. Pa- rece ser que la especialidad de la Agencia eran los negocios sucios, aunque J),^ Paulita defendía en este punto á su marido á capa y espada, ase- — 15 — — 15 — garando que si su infeliz esposo había ido á dar con sus huesos en la cárcel por falsificación de una partida de bautismo, ella sabría poner las cosas en su lugar, pues para esto había venido á Madrid, y hasta conseguirlo no pararía, aunque tuviera que remover el cielo y la tierra.
Vino á la corte esta obscura heroína del deber conyugal con escasos recursos y algunas cartas de recomendación, la principal para Pío Cid, no porque éste fuera hombre de influencia, sino por- que se sabía que era amigo ó protegido de uno de los diputados á Cortes de la provincia, á cuya amistad ó protección debía el empleo que, sin haberlo pedido, disfrutaba. Por este tortuoso ca- mino llegó D.* Paulita á conocer á Pío Cid; y aun- que no se sabe á punto fijo si éste atendió la re- comendación, se supone que sí la atendería y que haría cuanto de su parte estuviese; pues si bien no le gustaban las recomendaciones y nunca las utilizó por cuenta propia, tampoco era capaz de negarse á favorecer á los desvalidos, aunque les viera pringados y sucios desde los pies á la ca- beza. Lo que sí se sabe de seguro es que ofreció casa y mesa á su malaventurada paisana, la cual, agradecida, aceptó por lo pronto, hasta tanto que pudiera llevar adelante su plan de campana, que era traerse los muebles que en Granada tenía y comprar algunos más á plazos, poner casa de huéspedes y ver si ganaba para irse sosteniendo y recoger á sus tres chiquillos, que, por venir más desembarazada, había dejado desparramados en la familia. Porque aunque D."" Paulita sacara absuelto á su marido, y esto lo daba por cosa hecha.
— 16—- había decidido establecerse para siempre en la •corte y no volver á mirar á la cara á los muchos amigos y conocidos que en esta prueba la habían indignamente abandonado.
Como lo pensó lo hizo, y al mes de estar en Madrid, sin contar con otro apoyo que el de los Cides, tenía ya puesta su casa en la misma en que éstos vivían. Pío Cid, con su hermana y so- brinilla, estaban encaramados en el tercer piso, y D.* Paulita alquiló el principal, pensando en la comodidad de los huéspedes futuros, los cuales, no obstante ser pocas las escaleras, tardaban tanto en presentarse que la flamante pupilera pasó días amarguísimos sin más compañía que la fiel criada, que, juntamente con los muebles y como uno de tantos, había venido al lado de su señora, y que era de tanta ley que en aquellos malos días trabajaba la pobre como una condena- da, haciendo faenas, lavando y planchando en varias casas de la vecindad, para ayudar con sus gajes á su ama, la cual se avergonzaba de recu^ rrir con demasiada frecuencia á sus amigos del tercero, cuya situación no era tampoco muy bri- llante. El único huésped que vino á turbar aque- lla angustiosa soledad fué un joven valenciano, llamado Orellana, abogado recién salido de las aulas y opositor á Notarías, que no conociendo á nadie en Madrid tuvo la suerte de caer en ma- nos de D.^ Paulita. Poco eran catorce reales dia- rios para una casa y tres bocas, pero al menos eran seguros y caían en buenas manos. La inci- piente pupilera sólo necesitaba un cabello adonde asirse para salir á flote, pues poseía á fondo, como todas las mujeres de su tierra, el arte de dar vueltas á un ochavo; era capaz, como decía, de sacar aceite de una alcuza nueva, pero á con- dición de tener alcuza; y el simpático Orellana, desempeñó, sin saberlo, el papel de este indis- pensable utensilio, sin sacrificio de su parte, por- que, á pesar de ser solo en la casa, le trataban á cuerpo' de rey, como en ninguna otra le hubieran tratado. El no se explicaba el dón maravilloso de D.^ Paulita, porque era hombre poco madruga- dor; pero Pío Cid, que se acostaba muy temprano y se levantaba rayando el día, contaba, en ala- banza de su ingeniosa paisana, que la vió mu- chas mañanas, temprano, cuando los barrenderos salen en bandadas, con los escobones enhiestos, como brujas que vuelven del aquelarre, salir re- sueltamente con Purilla la criada, sendas cestas al brazo, y encajarse nada menos que en Valle- cas á llenarlas de provisiones por poco dinero, fuera del radio de consumos y sin perjuicio de reñir de vez en cuando con los guardas si éstos ponían reparos á lo que D.^ Paulita tenía por ejercicio de un legítimo derecho. Así, haciendo prodigios en la compra y maravillas en la cocina, conseguía la pobre mujer sacar su casa adelante;, y es también cosa averiguada que estos tráfagos no le impedían dedicarse á otro género de labo- res; como bordadora de fino era una notabilidad, y si le caía el encargo de bordar un equipo de novia lo aprovechaba para pagar algún mes atra- sado de casa; como zurcidora de paño había ga- nado premios en las Exposiciones de Granada, y sabía zurcir un siete de una capa con tanto pri- — 18 — mor que cuando la prenda salía de sus manos ni el más lince hallaba traza de siete ni de ningún otro guarismo. En los primeros tiempos, que fue- ron los peores, tuvo en la puerta de la calle un cartelillo anunciándose como zurcidora de capas, y más de una vez hubo de dar gracias á Dios por serle deudora de ésta al parecer inútil habilidad, sin la que algún día no hubiera tenido siquiera ni para encender las hornillas.
Mal que bien, hoy trampeando, mañana pa- gando y nunca con sobras, iba tirando de su cruz, hasta que una gran desdicha de nuestro Pío Cid vino á ser para ella aurora de días más felices. Yivían los Cides, como sabemos, con apuros, pero en paz y gracia de Dios. Doña Concha, que se había criado en la abundancia y vivido en Ma- drid, casada, con todo género de comodidades, y hasta con regalo, al morir su marido se vió de la noche á la mañana en la miseria. Había en esta historia algún punto obscuro, que D.^ Paulita no pudo penetrar; pero aseguraba que el esposo de D.^ Concha se había suicidado después de arrui- narse en el juego de Bolsa, y que sin la llegada providencial de Pío Cid quizás la viuda hubiera tenido que arrojarse por el viaducto, por no ha- llarse con resolución para luchar por la vida ni con carácter para sufrir humillaciones. La misma D.^ Concha dijo alguna vez que había estado ya determinada á quitarse la vida, y que no lo hizo por no atreverse á matar también á su hija, ni menos á dejarla sola en el mundo; pero que éste hubiera sido su fin de no aparecer su hermano, á quien tenía por muerto después de largos años de — 19 ~ :ausencia. No decía, ni acaso sabía la buena de D.* Concha, dónde había estado Pío Cid en todo ese tiempo; mas de seguro había sido en tierras lejanas, no en su pueblo, como sus amigos creía- mos. Doña Concha decía algunas veces que donde había estado era en el infierno, porque sólo allí podía haber recogido las ideas endemoniadas que llevaba en la cabeza, y otras veces aseguraba que sin duda habría vivido entre salvajes, y que de -ellos se le habían pegado muchas cosas que se le ocurrían, y que le acreditaban por loco en el juicio úe las personas vulgares. Claro está que todo esto lo decía D.^ Concha medio en broma, puesto que ;adoraba á su hermano, y tenía de él tan elevada idea, y sentía por él admiración tan fanática, que jamás se nombraba un hombre grande en la cien- cia, en el arte ó en la política, sin que ella asegu- irase que aquel hombre, grande y todo, no le lle- rgaba á su Pío á la suela del zapato. Y cuando al- guien le preguntaba qué había hecho su hermano para llegar á tan considerable altura, ella respon- día que su grandeza estaba en no querer ser nada pudiendo serlo todo; pero que, á pesar de su hu- mildad, algún día, sin pretenderlo, quizás después de morir en la obscuridad y la miseria, sería co-