nocido y admirado por todos los hombres.
Cándido Vargas estaba casi seguro de que Pío Cid había vivido en diversos países salvajes del centro de Africa, y realizado en ellos grandes proezas, dignas de pasar á la historia; y aun tenía entendido que al volver á España escribió é impri- mió el relato de sus aventuras, descubrimientos y conquistas en el continente negro, con tan mala — 20 — fortuna que no vendió ni un ejemplar de la obra; por lo cual se supone que, despechado, la recogió y la quemó, haciendo juramento de no hablar ja- más palabra del asunto en todos los días de su vida. ]No era hombre Pío Cid que se incomodara por tan poco, y más se debe creer otra versión que me dió Vargas, pues, según ella, lo que le ofendió faé que los pocos que le leyeron no le dieron nin- gún crédito, y que el único que tomó en serio la relación fué un señor cura, amigo de los Cides, quien censuró acerbamente, como contrarios á la religión, á la moral y hasta á la humanidad, los procedimientos que Pío Cid empleó para civilizar á los infelices salvajes con quien fué topando en su camino. Y había, por último, otra explicación que, si bien me parece infundada, no me atrevo á suprimir en una tan puntual historia como ésta. "Dicen que entre las contadas relaciones que doña Concha conservó en su época aciaga de viudez y desamparo, la que ella estimaba más era la de una familia asturiana, algo emparentada con su marido. El jefe de esta familia, que tuvo en Ma- drid casa de banca, había muerto hacía bastantes años, y la viuda, con tres hijos mayores, dos varo- rones y una hembra, que pasaba ya de los treinta, siguió viviendo en la corte. Los dos hijos se dedi- caban á matar el tiemj)o, gastando tontamente sus rentas, y Rosita, que se había dado por la beatitud, se pasaba la mejor parte de su vida en las iglesias, á las que iba acompañada de su madre ó de una vieja doncella de mucha confianza. Gus- taba asimismo de hacer algunas caridades, y de vez en cuando iba á casa de D.^ Concha para ofre- — 21 — cerle discretamente algún auxilio, no como li- mosna, sino como dádiva de una buena amiga. Al presentarse Pío Cid, hubo de ocurrírsele á doña Concha la idea de casarlo con una joven de tan buenas prendas; pues la pobre señora sentía su salud tan cascada, que siempre estaba anunciando que ella no haría los huesos viejos, y pensando en lo que sería de su hermano solo, con una criatura de seis años, que esta edad podría tener Pepita entonces, á lo sumo. Todo esto es muy natural, y tampoco sería extraño que no hubiera resistencias por parte de Posa, que, á pesar de lo crecido de su dote, había perdido ya la esperanza de casarse. Sin ser extremadamente fea, no era nada apeti- tosa; no tenía pizca de ángel, ni asomo de juven- tud; su figura vulgar estaba velada por un aire de vejez prematura y de agria tristeza, que no dejaba resquicio por donde el amor pudiese mirarla con buenos ojos. Después de tratarla se la estimaba, y aun se la admiraba como á una hermana de la caridad, por su espíritu humilde y resignado; pero no se pasaba de ahí. Había tenido quien la pre- tendiera, pero mostrando tan visiblemente que el interés era el único móvil de la pretensión, que ella no había querido servir de juguete á ningún cazador de dotes. Y sin embargo de lo dicho, se aseguraba que Pío Cid estuvo enamorado de ella, y ella enamoradísima de él, y que poco faltó para que se cumpliera el deseo de D."" Concha.
Una de las más nobles cualidades de Pío Cid era el saber distinguir al primer golpe de vista el lado bueno de las cosas; su pesimismo era tan hondo, que le obligaba á buscar un agarradero por donde cogerlas; y así, despreciándolas todas, por malas, sabía amarlas todas por lo poco buena que tuvieran. Eosa tenía algo bello, de belleza^ admirable, por donde pudo muy bien Pío Cid amarla; no con amor nacido de la estimación mo- ral, sino con amor corpóreo, enamorándose como un mozalbete en sus primeros revuelos, si se ha de creer al amigo Vargas; y este algo eran las manos finas, blancas, espiritualizadas por el ejercicio de la caridad, las que para Pío Cid revelaban plásti- camente, ellas solas, toda la belleza de alma que detrás de aquel rostro miserable y de aquella in- significante figura se escondían. ¿Cómo se rompie- ron súbitamente estos amoríos, rotos hasta el ex- tremo de que Rosa no volviera á poner jamás los pies en casa de los Cides? Aquí se injertaba la malhadada historia del libro que Pío Cid tuvo la ocurrencia de publicar, para que, sin darle utili- dad ni fama, le hiciera perder la estimación del mejor amigo que tenía y el amor de la única mu- jer por quien llegara á interesarse; puesto que el horror ó el miedo, ó lo que sea, que Rosa le tomó á Pío Cid, provino de la lectura del tan famoso cuanto desconocido libro, en el que, á juzgar por las señas, debía mostrar el actor y autor cualidades poco recomendables. Yo no he creído nunca que Pío Cid estuviera enamorado, ni menos deci- dido á contraer formalmente matrimonio, porque toda su vida atestigua en contra de esas invencio- nes; pero valgan por lo que valieren, aquí las consigno.
Lo que se debía sacar en sustancia de las su- posiciones de Vargas era que había de por media — 23 — alguna historia en que los salvajes habían desem- peñado un gran papel, dando á Pío Cid cierto aire salvaje ó poco menos, que se descubría, á poco que se le tratase, debajo de su apariencia de hom- bre culto. Sn amor á la vida natural, libre de ar- tificios y trabas; su desprecio de los hombres, su misma bondad, no exenta de dureza, se explica- ban muy bien por el largo contacto con gentes de raza inferior, en las que vería en forma descar- nada, en esqueleto, la baja y mísera condición de los hombres. Y su único error, que por ser suyo tenía que ser grandísimo, capital, consistía en creer que en España continuaba viviendo entre salvajes, y que podía someter á sus compatriotas á las mismas manipulaciones espirituales que sin duda ensayó, no se sabe si con buen éxito, en el ánima vil de los negros africanos; sin este error, Pío Cid hubiera sido un hombre perfecto, digno de que lo canonizaran.
Pocos hermanos harán en el mundo lo que hizo él con su hermana al llegar á Madrid, puesto que, á pesar de su gran pereza y ninguna afición á so- licitar favores, se apresuró á visitar al diputado por su distrito, que había sido administrador de los bienes heredados por D.^ Concha, hasta que el marido de ésta los malvendió para hacer frente á alguno de los compromisos que al fin y al cabo vinieron á dar con él en tierra. Y no se sabe si por agradecimiento y amistad, ó porque no se en- contrara con la conciencia completamente limpia, el ex administrador no anduvo reacio en gestionar y obtener para el hijo de sus antiguos amos un empleo que le permitiera cubrir sus más indispen- — 24 — sables atenciones. Pío Cid no tenía ningún vicio: no ñimaba, no iba al café ni al teatro, ni salía nnnca por la noche; hasta en las cosas más pre- cisas, como comer, beber y vestir, era muy aho- rrativo; comía poco y alimentos muy ligeros, ge- neralmente legumbres; no bebía más que agua, y esto sólo alguna vez en verano, y no tenía más ropa que la puesta, ni quería jamás comprar un traje nuevo mientras el puesto podía prestar de- cente servicio; por último, no gastaba ni en bar- bero, porque no gustaba de que le sobasen la cara; ni en peluquero, porque tampoco le hacía gracia que le anduvieran en la cabeza. El mismo se arre- glaba, como mejor podía, de tarde en tarde, cui- dando más de la limpieza interior del cuerpo y de la ropa blanca, que de la aparente de los vestidos, sombrero y zapatos. No usaba guantes, y llevaba la menor cantidad posible de corbata. De este modo, su sueldo iba íntegro á manos de D.^ Con- cha, y aunque no era nada crecido, bastaba para vivir modestamente, y aun para que Pepita no careciera de juguetes y chucherías, que su tío le compraba, cuando algunas mañanas, antes de ir á la oficina, la sacaba á dar un paseo. Aparte su ha- bitual mal humor, que jamás fué molesto para los que le rodeaban, considerábase felicísimo Pío Cid, y sólo le apuraba la idea, que algunas veces se le ocurría, de que su sobrinilla pudiese quedar súbi- tamente desamparada si le llegara á faltar su madre, siempre achacosa, y él, que tampoco las tenía todas consigo á causa de una molesta afec- ción al hígado, que de tiempo en tiempo hacía sus asomadas. ¡Y quién sabe si su solicitud por Pepita — 25 - no fué la razón que le determinó á escribir su di- choso libro, con la esperanza de ganar algún di- nero é ir ahorrándolo para asegurar el porvenir! Mal le salió, sin embargo, la cuenta, como sabe- mos; y aun parece que para pagar la edición tuvo que empeñar ciertas alhajas de familia, reliquias de que D.^ Concha no había querido deshacerse ni en la época angustiosa en que hasta para comer le faltaba. Pero un hombre como Pío Cid no se abate fácilmente, y ya que por la muestra com- prendió que por el camino emprendido no iría á ninguna parte, comenzó á cavilar, y de sus cavi- laciones sacó en limpio que lo que él debía ser era traductor. Ni él era capaz de escribir obras al gusto de un público tan necio y estragado como el que había de leerle, ni este público estragado y necio podía entender y apreciar las que él escri- biese según su leal saber y entender; no había motivo para escandalizarse, ni era cuerdo repetir la prueba y verse en la triste necesidad de empe- ñar hasta las sábanas. Se dedicaría, pues, á tra- ducir libros de las diversas lenguas que poseía, y sin calentamientos de cabeza ganaría algo, aunque fuese poco. Así lo hizo, procurando traducir libros útiles, porque los de puro entretenimiento, y en particular las novelas, entonces de moda, le mo- lestaba hasta el leerlas, cuanto más traducirlas. Sus trabajos más importantes fueron por este tiempo versiones del alemán de obras de Derecho, por cuenta de varios editores; su traducción y ano- tación de la Evolución histórica del Derecho civil Europa, fué considerada como obra de un ver- dadero jurisconsulto, y le produjo cerca de mil — 26 — pesetas, con las que pudo desempeñar sus queridas alhajas y aun guardar un buen pico, punto de partida de los dos ó tres mil duros que pensaba reunir para la dote de Pepita. Bueno es decir que él personalmente no salió ganando ninguna honra científica, porque firmó con el seudónimo de Li- cenciado Gregorio López de Górgolas, y nadie supo quién era el tal Licenciado. 'Otras traduccio- nes ni siquiera las firmó, y algunas las firmaron por él ciertos falsos traductores que tenían em- peño en recoger la distinción ó el aplauso que nuestro amigo desdeñaba.
Todo parecía sonreirle ó, cuando menos, mirarle con ojos de benevolencia, cuando la fatalidad, que le tenía reservadas mayores y más espinosas em- presas, derribó de un soplo el castillo de naipes que él, paciente y cuidadosamente, iba levantando; no fueron menester más de tres días para que la traidora difteria arrebatara á Pepita, dando el golpe de gracia á la pobre D.'^ Concha. Pepita se fué á la región donde descansan los ángeles, des- pués de cruzar los eriales de la tierra como ligeras mariposas, y su madre se quedó penando aiin al- gún tiempo, luchando, no contra la muerte, á la que ningún miedo le tenía, sino entre la imagen de la niña muerta, que la llamaba, y con la que, en su fe de buena católica, ella estaba segura de reunirse, y la otra imagen que tenía á su lado, la de su hermano Pío, que en recompensa de dos años de sacrificios y desvelos se iba á quedar solo, completamente solo en el mundo. Doña Paulita, que asistió á D.^ Concha con tanto amor como lo hubiera hecho con su propia madre, y que le cerró — 27 — los ojos con sus propias manos, lloraba como una Magdalena cuando recordaba este cuadro tristí- simo, y decía siempre que lo que más la impresionó fué la calma y la serenidad espantosa de Pío Cid en aquella ocasión. No derramó una lágrima, ni se inmutó, ni siquiera pareció entristecerse; él mismo embalsamó y amortajó á sus dos muertas^ como las llamaba, complaciéndose en adornarlas con todas las joyas que en la casa había de algún valor. Á Pepita la llevó él solo al cementerio, y cuando murió D.* Concha no quiso valerse de na- die, sino que él mismo anduvo los pasos para tras- ladarla, con su hijita, á Aldamar, donde los Cides tenían su panteón de familia; en lo cual gastó cuanto tenía, hasta lo que le dió un baratillero por todos los muebles de la casa. De suerte que al re- gresar á Madrid de su fúnebre viaje no le quedaba más que un baúl pequeño con contadas prendas de ropa y una maleta que le sirvió para el cami- no; volvió sin avisar á casa de D.^ Paulita, donde había dejado el baúl; se instaló sin decir palabra en una habitación que estaba enfrente de la puerta de entrada, y continuó viviendo como hasta enton- ces había vivido, acostándose temprano y levan- tándose al amanecer, paseando por las mañanas^ yendo entre once y doce á su oficina y encerrán- dose en su cuarto cuando venía de ella, sin encen- der jamás la única luz que tenía á su disposición^ una palmatoria sobre la mesa de noche. Comía también en su cuarto, y no hablaba arriba de cua- tro palabras con D.^ Paulita cuando ésta, con el pretexto de servirle la comida, buscaba ocasión para sacarle de su mutismo. Siempre fué hombre — 28 — de pocas palabras, pero ahora era hombre de nin- gunas.
— Don Pío, le decía su amable paisana, mi pleito marcha muy bien; creo que pronto voy á te- ner aquí á mi marido. — Me alegro, le contestaba. — ¿Sabe usted que hoy ha venido un nuevo hués- ped? Es un chico vizcaíno que se llama D. Serapio. Parece muy bella persona Además dice que pronto vendrá á vivir con él un amigo que se llama D. Camilo Aguirre. Creo que los dos vienen á estudiar para ingenieros, y que el D. Camilo es de familia riquísima. Necesitará dos ó tres habita- ciones buenas Yo, si sigue el buen viento, me voy á lanzar á tomar el tercero, que aun está desalquilado. — Si es así, me voy á él. — Eso no debe usted hacerlo, porque se va acabar de morir de tristeza. Aquí es, y vive usted como un hurón Eso, digan lo que quieran, no puede ser bueno para la salud En fin, no le hablo de esto por no desagradarle; pero ¿Sabe usted, D. Pío, que tiene usted de verdad buena mano? Hoy ha venido otro huésped. — Me alegro, le contestaba. — Es un estudiante de Farmacia. Este parece un chico pobre, pero muy infeliz. Le he dado un cuarto in- terior por doce reales Y ¡)or si no bastara, dice el Sr. Orellana que quizás se venga á vivir con él un amigo con quien se reúne en el café. Yo estoy ya decidida; hoy mismo, que estamos á 15, voy á tomar el cuarto de arriba — Pues lleve usted mis bártulos — No he visto hombre más testa- rudo que usted. Es inútil tratar de convencerle Supongo que no se ofenderá porque yo, como buena amiga, le hable de cierto modo Don Pío gran- — 29 - des noticias hoy. Al fin tomé el tercero. Le estamos dando una mano de limpieza, y esta noche le mudo á usted á él. Voy á ponerle frente á la puerta, como esta usted aquí, para que se figure que está en la misma habitación Ya sé que á usted no le gusta cambiar. (Pío Cid no contestó, pero miró á D.^ Pau- lita con aire de reconocimiento.) Para que no esté usted completamente solo en el piso vacío voy á trasladar también á D. Benito, y le daré un cuarto mtás grande y con más luz, porque ahora el pobre chico no puede rebullirse Ya es seguro que viene el D. Camilo Agairre y que tomará esta habitación de usted y las dos de al lado. Además ha venido á preguntar un nuevo huésped, que qni- zás vuelva, pues parece que le ha gustado la casa y el trato. Ya ve usted que no hay de qué que- jarse. — Me alegro, contestaba imperturbable- mente Pío Cid; y todos los días tenía algo por qué alegrarse y continuaba siempre del mismo humor sombrío, tétrico, con que regresó de su viaje á Aldamar.
En verdad que no tenía de qué quejarse doña Paulita, pues en menos de dos semanas se le lle- naron los dos pisos de bote en bote. Además de D. Serapio, y D. Camilo y D. Benito, vinieron el amigo de Orellana, que era gallego y estudiante del último de leyes, y se llamaba D. Perfecto Fer- nández Vila, y el joven que quedó en volver, que era estudiante de Medicina y cartagenero, llamado D. Mariano con su amigo y compañero de estudios, Pepe Rodríguez, un murciano andaluzado, dicha- rachero y alegre como unas sonajas. No fueron huéspedes todos los que vinieron, porque detrás de — so- — solos huéspedes llegó la chiquilla menor de D.^ Pau- lita, y el anuncio que de pronto vendrían los dos ni- ños que en Granada quedaban. Sin duda las buenas noticias corren tanto como las malas, cuando tan pronto supieron los parientes de D.^ Paulita que ésta comenzaba á levantar cabeza. Los abuelos, que es- taban hartos de bregar con Paquilla, que era más viva que una pimienta, se la remitieron á su ma- dre con una familia conocida que iba á Madrid, y los hermanos, en cuyo poder estaban Fernando y Manolo, que eran también muy traviesos é inco- rregibles, se dispusieron á soltar la carga. No asustaba esto, sin embargo, á una madre tan buena como era D.* Paulita, y ahora que los recursos no escaseaban se dió por muy contenta de recoger y tener á su lado á sus tres inaguantables pimpollos, y ann á su esposo si lograba sacarlo con sus in- fluencias del mal paso en que se había metido.
— Es usted un hombre de buena estrella, don Pío — repetía constantemente su agradecida pai- sana.— Pues nadie me quita que todo esto me lo ha traído usted, porque desde el día en que usted entró en mi casa parece que entró la bendición de Dios.
— Lo que hay — contestaba Pío Cid — es que yo he venido en Septiembre, en la época en que vie- nen los estudiantes. No busque usted explicacio- nes maravillosas á un hecho tan natural.
— No tan natural — insistía D.^ Paulita. — Por- que yo abrí la casa hace más de un año, y pasó Septiembre y no vino nn alma. Diga usted lo que •quiera, yo soy supersticiosa y creo que hay perso- nas que llevan consigo la buena ó la mala suerte, — 31 - j usted es de los que la llevan buena y retebuení- sima. Quizás por eso la tenga usted tan mala, por- que se la da toda á los demás.
— Usted es muy dueña — decía para terminar el afortunado sin fortuna— de creer en mi virtud oculta y en todo cuanto se le venga á las mientes; que en el creer no hay pecado, aunque se crea en grandes tonterías.
Lo mismo cuando estaba solo Orellana que cuando eran siete los huéspedes, ó cuando fueron ocho con la llegada del joven canario, Carlos Cook, amigo de los vizcaínos, Pío Cid vivía como de cos- tumbre, retraído y sin tratarse con nadie. Sólo al- guna vez cruzaba la palabra con Benito y los es- tudiantes de Medicina, que eran sus vecinos más próximos. Sin embargo, aunque seguía comiendo en su cuarto bajaba algunos días á almorzar al co- medor, que estaba en el principal, y con el tiempo conoció á toda la patulea estudiantil, con la que simpatizó grandemente, pues era amigo de la ju- ventud, y bien que su exterior fuese el de un hom- bre ya entrado en años y su carácter misantrópico, sus ideas eran tan frescas y vibrantes que cuando hablaba todos le escuchaban con la boca abierta, como cuando se oye algo nuevo é inesperado. Aquellos estudiantes eran, según Pío Cid, pelle- jos acabados de salir de manos del curtidor y lle- nos de vino viejo y echado á perder, de ciencia vana y pedantesca aprendida en los bancos de las aulas de boca de varios doctores asalariados.
No todos los comensales le pagaban estas simpa- tías, pues se sabe positivamente que algunos le te- nían cierta punta de encono, y le tachaban de re- — 32 - volncionario y perturbador, no obstante ser Pío Cid persona tan pacífica y tan enemiga de cambios y trastornos, que por no cambiar ni siquiera se afei- taba. Su deseo era perturbar el espíritu de aque- llos jóvenes ramplones, y las revoluciones que á él le gustaban eran las que llevan los hombres en la inteligencia y no salen á la superficie sino en forma pacífica, bella y noble. Pero Orellana, que era tra- dicionalista furibundo, y su amigo Yila que allá se iba con él, no comprendían estos perfiles ni veían en Pío Cid más que un predicador de ideas disol- ventes, y lo que más les llegaba al alma era que no predicaba con discursos, ni empachaba al audi- torio con abusos de palabra, sino que exponía sus ideas en frases cortas, que las más veces no tenían réplica. La reunión se alegraba con estas salidas graciosas é intencionadas, que bien pronto se con- vertían en frases hechas, usadas á diario por los estudiantes. A pesar de la diferencia de opiniones, ni Orellana ni Vila llegaron á reñir seriamente con el irrespetuoso predicador; antes parece cierto que Orellana era su mejor amigo, casi tanto como Benito, que no dejaba á Pío Cid ni á sol ni á som- bra. El que le tenía una marcada aversión, hasta el punto de que varias veces quiso tomárselas de prueba, era D. Camilo Aguirre, el único entera- mente refractario á sus enseñanzas. Dicen que el comienzo de esta enemistad vino de una discusión científica, promovida entre Orellana de una parte y de la otra Pepe Rodríguez y Mariano Avilés, sobre un tema tan espinoso como el de las causas finales. Orellana las defendía como si fueran per- sonas de su familia, y los futuros médicos sacaban — 33 — á relucir toda la Patología y la Fisiología para de- mostrar que en el mundo hay muchas cosas que no sirven para nada, ni tienen otro fin conocido que el de molestarnos y empeorar nuestra desgra- ciada condición. En semejante disputa no podía quedar en el olvido el bazo, órgano completamente inútil y sin objeto en la vida humana, según los sabios más empingorotados. A D. Camilo, que gustaba de punzar á Pío Cid, se le ocurrió pre- guntarle: — Hombre, usted que está tan enterado de todo podía acudir en auxilio del Sr. Orellana, expli- cando para qué sirve eso que dicen que no sirve para nada.
— Eso no sirve hoy para nada — contestó el alu- dido,— porque es un órgano atrofiado y condenado á desaparecer paulatinamente; pero en lo antiguo, amigo mío, el bazo era el órgano del honor, sen- timiento que, cuando los hombres lo tenían, dió lugar á muy bellos incidentes.
Rió la asamblea, Orellana se atribuyó la victo- ria y Aguirre se tragó la pildora, no sin intentar echar los pies por alto. Otros creen que la tiran- tez de relaciones nació cierto día que Aguirre, me- tiéndose en lo que no le iba ni le venía, preguntó á Pío Cid cuándo pensaba arreglarse la barba.
— Cuando usted se dedique á barbero — contestó secamente el interpelado.