Con lo cual Aguirre, que era más mal intencio- nado que discreto y que no sabía seguir una broma, comenzó á desbarrar y dijo una porción de incon- veniencias, que decidieron á Pío Cid á no hacerle caso en lo sucesivo; pues no le agradaban las dis- 3 — 34 — putas, ni los altercados, y su único medio de ven- ganza con los bellacos era el desprecio. En reali- dad la causa verdadera de este antagonismo era la pretensión de Aguirre, de que le guardaran ex- cesivas consideraciones, engreidillo, como estaba, con su gran fortuna; que más de una vez se dejó decir que él no debía estar en aquella casa, sino en el mejor botel de la corte, y que sólo estaba allí por la amistad que le unía con D. Serapio. Pío Cid sentía gran complacencia en bajar los hu- mos de los que pretendían imponerse sin mo- tivo para ello, y no podía hacer buenas migas con el flatulento, bien que bueno en el fondo, de D. Camilo.
— Todos los hombres — decía — tenemos una fuerte dosis de grosería, que procede de nuestra animalidad; velada en los unos por la sencillez que da la pobreza, en los otros por las formas nobles ó por la distinción personal, ó sólo por la buena crianza; pero los que de repente salen de la po- breza, sin haber tenido tiempo para conocer el nuevo disfraz social con que han de presentarse, éstos muestran la animalidad tan al descubierto que no es posible soportarlos. Bendita sea la na- turalidad cuando es natural, que yo soy el mayor devoto de ella; y estoy seguro que hubiera sido buen amigo de Aguirre cuando su señor padre era un pelagatos y no había descubierto ningunas minas de hierro, con las que en dos por tres, se- gún parece, se ha hecho él hombre de pro y su hijo caballero, sin dar al tiempo lo que es suyo, ni dejar á la Naturaleza que obre y dé á cada cual lo que le convenga.
— 35 — — 35 — Lo más recio de la pelea intelectual que Pío €!id había empeñado, sin darse cuenta, con sus comensales, no se reñía en el comedor, porque el maestro no era aficionado á enseñar nada á mu- chos á la vez; por esto no había pensado nunca dedicarse á la enseñanza, aunque títulos y capaci- dad tenía para ello. Todos aquellos jóvenes le de- cían que era una lástima que viviese como obscuro empleado, pudiendo ser un profesor de fama á poco que se lo propusiera; pero Pío Cid contestaba que él tenía segara su manutención y no estaba necesitado de mayor sueldo para enseñar á quien quisiera aprender algo de lo poco que sabía.
— Cierto que no es grano de anís estar detrás de una, mesa con la toga á cuestas y el birrete calado, para que las palabras salgan con la autoridad de- bida; yo pienso, sin embargo, que en una sociedad en que existe verdadero amor al saber no basta la ciencia oficial, sino que, además de los sabios de uniforme, debe de haber otros que enseñen, aun- que sea en camisa, sin ánimo de lucrarse con lo que dicen, y diciendo muchas cosas que sólo se pueden decir cuando se hace gustosamente el sa- crificio de las projjias conveniencias, y diciéndolas, no á muchos hombres reunidos, que después se van y no vuelven á acordarse más de lo que oyeron, sino á uno y luego á otro, según sus entendederas, para que se les queden bien grabadas y les sirvan de aguijón que les arranque de su miserable ru- tina espiritual.
Ese detalle de enseñar en camisa, no crea el lec- tor que venía á humo de pajas; era una alusión que Pío Cid se dirigía á sí mismo, por haber em- — 36 — pezado á enseñar en ropas menores á su primer discípulo; por donde quizás, más que por otra causa, se despertó en todos los estudiantes el de- seo de aprender algo de tan singular maestro.
Cuando no tenía éste ni pensado salir del retiro de su cuarto, donde se consumía en cavilaciones, sucedió que, volviendo á casa por la cuesta de Santo Domingo, vió á Purilla parada delante de unos anuncios de teatro, y moviendo la boca como si penosamente deletreara lo que aquéllos papeles decían.
— ¿Qué haces ahí, Purilla? — le dijo sonriendo. — Te estás empapando de fijo para ir esta noche á correrla.
— Ya sabe usted, D. Pío — contestó la mucha- cha,— que me estorba lo negro.
— Entonces estás enterándote por el olor.
— No señor, que conozco algunas letras. ¿Ve usted allí en lo alto? A ver si no dice: Pa-lo-ma.
— Eso dice; y conociendo las letras, como las conoces, y con la afición que demuestras, yo te aseguro que en un mes podías aprender á leer de corrido.
— ¡Á buena hora pidió el rey gachas! Tengo yo la cabeza ya más dura que el pernal.
— Pues el pedernal echa chispas dándole con fuerza. Si quieres yo haré de eslabón, y no sóla vas á echar chispas, sino que va á parecer tu ca- beza un castillo de fuegos artificiales.
— ¿Qué dice usted?
— Digo que, si quieres, te compro una cartilla y un cuaderno, y, desde hoy mismo, empiezo á en- señarte á leer y á escribir.
- 37 — — ¡Qué más quisiera yo que eso fuera verdadi — Pues no hay que hablar más; voy á comprar los avíos, aquí, en la calle Ancha, y desde esta no- che comienza la función.
Desde aquella noche, en efecto, comenzó Purilla á subir al cuarto de su maestro cuando terminaba sus quehaceres, que no eran pocos, porque se ha- llaba sola para acudir á tanto como en aquella bendita casa había qae hacer. Pío Cid se acostaba, como siempre, poco después de obscurecido; pero tenía el sueño muy ligero, y las más veces ni si- quiera dormía, sino que dormitaba, pensando co- sas enmarañadas, de las que salían luego ideas hondas, que á veces le despertaban y le hacían llorar como un muchacho, y á veces tomaban cuerpo en forma poética, espontánea y sencilla, que se evaporaba bajo la influencia de la luz. Todo lo que le ocurría á Pío Cid era extraño, sin que él se lo propusiera, y su inspiración maniática tenía el capricho de enardecerse en la sombra y de amortiguarse en la claridad. En pleno día, con la pluma en la mano, no era capaz este desventurado poeta de componer un solo verso; y de noche, sin necesidad de buscar consonantes ni asonantes, le brotaban las poesías hechas ya, como si se las so- plara al oído algún geniecillo benéfico. El no se molestaba en trasladarlas al papel, y á poco las olvidaba, porque venían otras nuevas y borraban el recuerdo de las anteriores; sólo cuando comenzó á dar lección á Purilla le pedía á ésta tintero, pluma y papel, y escribía las que le danzaban en la cabeza cuando su discípula entraba con la pal- matoria en la mano y le sacaba de su absorción soñadora. Entretanto Piirilla se sentaba junto á> la cabecera, sacaba la cartilla y empezaba á seña- lar las letras, á juntarlas para formar sílabas y á unir las sílabas para formar palabras, hasta que, después de varios tanteos, conseguía leer una pa- labra ó una frase, dando más ó menos tropezones, según el viento que soplaba, pues la pobre cria- tura era, como decía su ama, más torpe que un guardia valón, y particularmente en tiempo tor- mentoso estaba como alelada, y se necesitaba la paciencia de Job para meterle algo en la cabeza» En la casa era proverbial la torpeza de Purilla, á la que todo el mundo aturrullaba con adverten- cias y gritos, aun antes de que cometiera las fal- tas que tenía costumbre de cometer. Doña Pau- lita, que no obstante ser pequeña de cuerpo y menuda de facciones tenía un geniazo que mietía miedo, andaba siempre tras ella para ver de co- rregirla, aunque estaba segura de que la enmienda no era posible, y convencida de que la enmienda sería más bien perjudicial, porque la simpleza de Purilla estaba compensada por otras bellísimas cualidades que no son comunes en las criadas lis- tas. Esto sin contar con que Purilla servía de pretexto constante para que su ama desfogara en ella las irritaciones que un oficio tan enojoso como el de pupilera le proporcionaba á ella, que se había criado entre cristales, mimada y consen- tida como pocas. Siempre que D.* Paulita sufría una contrariedad, réspice seguro. Comenzaba por llamar á Purilla, despreciativamente, Albolote, nombre del pueblecillo de donde la chica era; y á poco, la infeliz, que presentía la tempestad y se — 39 — azoraba, había roto una copa, Tin plato ó una fuente, algo que, por insignificante que fuera, diera pie para que su señora se desahogara. Después, lo roto se quedaba roto y la casa como una balsa de aceite.
Pues bien; á pesar de la torpeza de Purilla, se sabe con entera seguridad que su maestro nunca se impacientó con ella, ni le dijo una palabra más alta que otra; prueba clara de la serenidad de es- píritu de nuestro amigo y de su humanidad para con los débiles. Y no sólo la enseñaba gradual- mente á deletrear, silabear y frasear, sino que des- pués de una hora de cartilla y de repasar el cua- derno de palotes, curvas y ligados, que la discípula emborronaba sola antes de acostarse, había otra media hora, por lo menos, de explicación de cosas útiles para la vida. Cuando el maestro quería ter- minar la primera parte de la lección, preguntaba á la discípula qué quería decir ésta ó aquélla pa- labra que había salido en la lectura; Purilla no sabía, ó sabía muy mal, lo que aquello significaba, y entonces Pío Cid se lo decía valiéndose de ejemplos de mucho relieve, tomados de la misma realidad vulgar que ella conocía, para que así su saber no desentonara de su condición.
— Porque el saber leer y escribir — le decía el maestro — es estúpido cuando no se sabe lo que se lee y se escribe; para esto es mejor no saber nada, porque ninguna utilidad hay en tener una cazuela cuando no se puede guisar nada en ella; pero una vez que haya que guisar algo, aunque sea un fai- sán, mejor es guisarlo en esa cazuela que no pedir trastos prestados al vecino. Esto quiere decir que - 40 — - 40 — tú eres una criada, y que, aunque llegaras á ser tan sabia como Salomón, debes seguir siendo criada para ennoblecer tu oficio, que no es peor que los demás. Tú no te salgas nunca de la esfera en que te hallas, pues si está de Dios que no vivas siempre como hasta aquí, alguien vendrá que te sacará. Ha habido hombres muy grandes que han vivido hasta en la esclavitud, y puede haber mu- jeres muy instruidas que se dediquen á fregar y á barrer si decentemente no encuentran otro modo de vivir. Es más: si tú aprendes con ánimo de ser más de lo que eres, serás más infeliz que eres, por- que en cuanto adelantes un paso ya no querrás pararte, y si llegas á doncella de buena casa, que- rrás untarte con las pomadas de tu señora, y po- nerte, como ella, sombrerillo, que te pegará pro- bablemente muy mal, porque, por mucho que aprendas, la cara que sacaste de tu pueblo no es fácil que la cambies. Al contrario, si te contentas con ser siempre lo que eres, todo te saldrá á pedir de boca; cada día estarás más despierta para des- empeñar tus servicios, romperás menos platos y te evitarás muchos disgustos. Y quién sabe si, an- dando el tiempo, volverás á tu pueblo y te casarás con el hijo del alcalde.
— ¿Cómo sabe usted — interrumpió ella — que el alcalde de mi pueblo tiene un hijo?
— No lo sé, pero me lo figuro.
Y Purilla, después de un rato de silencio, como si examinara las ventajas é inconvenientes que tenía el casarse con el novio que le proponía su maestro, contestaba: — No crea usted que yo vaya nunca á dejar á — 4:1 — mi ama, que no tenía yo quince años cuando entré á servir con ella, y no me acostumbraría á vivir sin los niños. Á Paquilla, sobre todo, la quiero como si fuera mía, porque, como quien dice, la he visto nacer.
En estas y otras pláticas semejantes les daba muchas noches la una, y más de una vez asomaba D.^ Paulita la cabeza y decía: — Bueno está lo bueno, D. Pío, que si no por la mañana no podré despertar á la chica ni á caño- nazos.
— Eso no lo diga usted, que yo me levanto siem- pre á las seis — replicaba Purilla.
— Cállate, que á respondona no hay quien te gane. ¿Crees tú que todos vamos á tener la calma de D. Pío? A buen seguro que no me calentaría yo los cascos contigo para que saques luego lo que el negro del sermón.
— Mala idea tiene usted de Purilla — decía Pío Cid interviniendo; — yo doy palabra de que es muy buena discípula y de que la enseño con gran gusto. A ratos pienso que quien está á mi cabecera no es una pobre sirvienta, sino España, toda España, que viene á aprender á leer, escribir y pensar, y con esta idea se me va el santo al cielo, y me ex- playo como si estuviera en una llanura sin hori- zontes, en vez de estar, como estoy, encerrado en esta jaula.
A más de Pío Cid, D.^ Paulita, con su niña y la criada, dormían en el tercero D. Benito y los estudiantes de Medicina, á los cuales intrigaba sobremanera el teje maneje de su vecino. Los hués- pedes sospechaban que entre el ama y Pío Cid ha- — 42 — bía algo, porque D.^ Paulita mostraba por su paisano excesiva predilección; hasta que más adelante tuvieron ocasión de conocer que Pío Cid no era hombre á propósito para andar en semejan- tes trapisondas, y D.-' Paulita, mujer muy hon- rada, aunque algo coqueta cuando se le desper- taba la vanidad oyendo adulaciones y piropos á su gracia y á sus andares, que eran lo mejor que tenía. El buen Orellana, no obstante sus acen- drados sentimientos religiosos y las relaciones formales que sostenía con una joven valenciana, con la que pensaba casarse en cuanto faera nota- rio, fué el único que se propasó seriamente, lle- gando su osadía en cierta ocasión hasta á dar á D.'*^ Paulita un beso, nada menos que en la boca, cuando ella estaba en la cocina con las manos ocupadas en colocar una olla en la cornisa de la chimenea. El atrevido mancebo fué despedido de la casa, y si no se marchó fué porque Pío Cid, puesto al corriente del caso, aconsejó á la ofendida que no llevara las cosas tan á sangre y fuego, y que se contentase con exigir del ofensor que de rodillas, como convenía á un hombre tan cristia- no, le pidiese perdón de aquella falta de respeto, que al fin y al cabo no era ningún crimen. A todo lo cual se sometió humildemente Orellana, asombrado de hallar tales ejemplos de virtud en una casa de huéspedes de la calumniada corte de las Espauas. No era inferior en honestidad la Puri- 11a, arisca y repelosa como un erizo con todo el que pretendía bromear con ella; pero viéndola entrar todas las noches en el cuarto de Pío Cid, los del tercero comenzaron á murmurar y á decir — 43 — que la criada, aunque fea en conjunto, no tenía malos ojos y era sanota y rolliza, y no del todo mal formada; y aun llevaron sn malicia hasta el punto do espiar por detrás de los visillos del cuar- to, cuya puerta era de cristales y dejaba ver la cama frente por frente; mas nunca observaron nada contrario al buen recato. La criada leía la cartilla ó escuchaba con todos sus sentidos pues- tos en lo que se le decía, y Pío Cid, sentado en el lecho, el codo izquierdo apoyado sobre las almo- hadas y el brazo derecho libre, para acompañar con el gesto las explicaciones, oía ó hablaba repo- sadamente. Sobre la blancura de las ropas del le- cho y de la camisa de dormir, resaltaba con vigor sn cabeza, más bien grande que pequeña, poblada de cabello muy obscuro, largo, que casi le llegaba á los hombros, formando, juntamente con la es- pesa y descuidada barba que le cubría parte del pecho, un marco en el que se ocultaba parte del rostro. Sólo quedaba descubierta la frente anchí- sima, y debajo de las salientes órbitas, los ojos, penetrantes y duros, cuya mirada estaba sostenida por la expresión punzante de la nariz, correcta, fina y afilada como una lezna.
Tan contagioso es el bien como el mal, y aque- llos mal aconsejados estudiantes, que si hubieran visto alguna indignidad se hubieran apresurado á ser también indignos á expensas de la criada, viendo tan edificante escena sintieron el deseo de entrar en amistad con aquel maestro tan desinte- resado que, según D.* Paulita, era comparable á un sastre de su tierra, el célebre sastre del Cam- pillo, que cosía de balde y ponía el hilo.
— 44 — — Puesto que es usted tan amigo de enseñar — le dijo un día Pepe Rodríguez, — ¿por qué no nos da usted á D. Mariano y á mí algunas lecciones de alemán, que buena falta nos haría para leer obras de fondo?
El alemán era un pretexto, y asi lo conoció el profesor; pero el pretexto era lo de menos, pues con uno ú otro se puede enseñar cuanto se quiere, y Pío Cid era capaz de enseñar á liacer pajaritas de papel é incidentalmente explicar un curso completo de Metafísica. No era completa- mente lego en Medicina, puesto que á la sazón tenía empantanada la traducción del inglés de un Tratado de Obstetricia^ que comenzó cuando vi- vía con su familia, y no había vuelto á mirar ahora que la necesidad no le apremiaba. Así, pues, accedió á dar las lecciones que se le pedían^ en las que injertó después algunas nociones de griego, que — decía — un buen médico debe siem- pre conocer, para emplear con acierto el tecnicismo de su profesión. Al mismo tiempo ejercía tam- bién de consultor de Orellana, que terminaba el doctorado y se preparaba para las oposiciones.
Pero el discípulo predilecto fué Benito, el estu- diante de Farmacia, al que no instruía en nin- guna rama del saber, sino en el arte dificilísimo é inagotable de vivir, del que el infeliz mucha- cho estaba completamente en ayunas. En la casa todos le tenían por medio simplón y se divertían á su costa. La broma más inocente era la de los garbanzos. Benito era de Fiientesaúco, patria de los garbanzos más gordos y tiernos de España, y D.^ Paulita guisaba ¡ doloroso contraste! unos — 45 — garbanzos durísimos que Pepe Rodríguez decía que eran traídos directamente de Fuentepiedra. Se había, pues, decidido solemnemente que Be- nito encargara un saco, no ya de garbanzos, sino de garbanzas, de su pueblo, que los huéspedes pagarían á escote; j como Benito no se daba por enterado, no le dejaban vivir con el martilleteo de si venían ya de camino ó estaban para llegar las célebres leguminosas. Cuando no eran los gar- banzos era algo peor, y lo que más incomodaba á Benito eran los consejos para persuadirle á que dejara la carrera emprendida, en la que después de estudiar mucho — le decían — necesitaba un ca- pital para establecerse, y, al fin y al cabo, para estar siempre pegado á un mostrador como un tendero de ultramarinos. Benito volvía por los fueros de la farmacopea, y argumentos le sobra- ban para defenderse si él hubiera sabido mane- jarlos; pero el más fuerte de todos, el que achicó á la tertulia y agigantó la enclenque figura del maltratado estudiante, fué inventado por Pío Cid y aprendido con entusiasmo por el futuro botica- rio en las conferencias que ambos celebraban. Y fué que, lamentándose Benito de lo ingrato do su carrera, y mostrándose arrepentido de haberla comenzado, comprendió el maestro que era preciso fortalecerle el ánimo é inspirarle la idea madre de todas las enseñanzas, el amor á lo que se aprende y la convicción de que aprendiendo aquello se es tan digno, si no más, que apren- diendo otra cosa cualquiera, y se cumple en la vida un fin trascendental; porque nadie se entusiasma cuando su trabajo es menospreciado, y sin entu- — 46 — siasmo no liaj fuerza para acometer grandes obras. Así, pues, tomó la palabra, y contra su costumbre de hablar largo, habló así: — Siento tener que decirle, amigo Benito, que es usted una criatura sin fundamento, y que el día menos pensado le van á asegurar á usted que los barros vuelan y usted los va á ver volar. No fal- taba más sino que por influencia de cuatro tontos renegara usted ahora de la profesión de su padre y de su abuelo, y dejara la lionrada y útil carrera que comenzó muy á gusto de su familia, para se- guir la de leyes, que más que carrera es calami- dad piiblica en España. Abogado soy yo y no me arrepiento, porque no me gusta arrepentirme de ninguna cosa que hago, y de ésta menos, que la hice por consejo de mi buena madre; pero ni ejercí nunca mi profesión, ni he ganado con ella un real, mientras que con las manipulaciones quími- cas he ganado dinero y he influido beneficiosa- mente en mi país. Ya veo que usted se extraña de que yo haya metido también las narices en asun- tos tan ajenos á mi oficio; pero aquí donde usted me ve, yo he sido, entre otras mil cosas, director de una explotación de abonos químicos y he in- ventado algunas fórmulas, empleadas hoy mismo con buen éxito en el cultivo del olivo y de la vid, que constituyen la mayor riqueza de nuestro sue- lo. Y algunas veces, cuando me dedicaba á estos estudios, se me venía al entendimiento una idea que le voy á explicar en pocas palabras. Segura- mente el sistema de abonos químicos es nn nota- ble adelanto económico, y aun estético; el estiércol es sucio, mal oliente y difícil de transportar por — 47 — sn gran volumen; ¿cuánto mejor no es usar el abono en pasta ó en poho, en el que se combinan diversas sustancias, como en una receta, para pro- ducir en las labores el efecto que se apetece, se- gún la clase de tierra, el clima y la especie de cultivo? Pues bien: mi idea es introducir este ade- lanto en la vida humana. No digo yo que el hom- bre sea comparable á un árbol, y los alimentos de que se nutre comparables á la basura; pero como ejemplo se puede admitir la semejanza, y si yo tuviera empeño, no me costaría mucho trabajo demostrar queda mayor parte de las cosas que co- memos son verdaderas porquerías. Sería más lim- pio, más cómodo y más sano cambiar la actual alimentación por el «alimento químico», y esta revolución, que yo estoy cierto ha de acaecer para bien de la humanidad, ha de ser obra de ustedes los farmacéuticos. Supóngase usted que á un mo- desto boticario se le ocurra componer pastillas concentradas, en las que se contiene la alimenta- ción completa del hombre; una pastilla repre- senta igual cantidad de sustancia nutritiva que los cuatro ó seis platos que nos sirven en cada comida; y no es esto sólo, sino que hay pastillas de diversas clases, según la edad, el tempera- mento ó estado de salud de quien las consume, de suerte que el alimento, además de nutrir, cura las enfermedades ó impide que se presenten, en cuanto sea posible; y por último, las hay para los diferentes paladares, á fin de que sea más fácil y grata la deglución. Quien tal compusiera pasaría quizás por inventor extravagante, pero esté usted convencido de que había cambiado la condición — 48 —