— Mamá — dijo Paca — déjale que acabe, que deseo saber quién es la que por fin se lleva la palma. Porque es seguro que el Rey se enamorará.
c(Se enamoró Abd-el-Malik — prosiguió Pío Cid — de quien menos podía nadie figurarse. Des- pués de Yazminé, y de Aina y de Seniha, hubo otras que intentaron la prueba, y ni la que lloró, ni la que tocó el arpa, ni ninguna, le sacaron de sus casillas. A la que tocó el arpa, aunque lo hizo con arte exquisito, le recomendó que viniera á la — 171 - — 171 - hora de comer, y á la que lloró le dijo qne viniera una vez al año, el día del aniversario de la muer- te de Abd-el-Eddin, porque no era cosa de oir llo- rar todos los días. La que llevó el gato al agua, como suele decirse, fué una pobre esclava, llama- da Esma, que la madre del Rey había comprado para su servicio. Esma era también hermosa, de piel muy morena y aterciopelada, y de expresión humilde y graciosa; pero no tenía ninguna habili- dad notable, y apenas si sabía mal leer y escribir. Esta esclava venía muchas veces con recados de la Reina madre para su hijo, y se enamoró locamente del Rey; hasta el extremo de que una noche, no obstante su timidez natural y la que le imponía lo ínfimo de su condición en el palacio, se fué calla- damente á la puerta de la alcoba de Abd-el-Malik, y, sin saber cantar, cantó con voz ardiente y con- dolida una canción que ella no había inventado, sino que le brotó de los labios como un lamento, y que decía: «Abd-el-MalIk, si no duermes, ^Escucha á tu esclava Esma, 3)La que vino á tu palacio ))Desde los montes de Armenia.
))Sabrás que un hermoso niño j)Todas las noches se acerca 3)Á mí cuando estoy dormida, ))Y con besos me despierta.
3) Yo no sé de dónde viene, ^Viene de lejanas tierras, 3)Mas á ti se te parece, iDComo si tú mismo fueras.
»Tiene tu mirar de fuego 2)Y tu obscura cabellera.
»Como tú los labios rojos, ))Como tú la tez morena.
))Sus brazos, con ser tan tiernos, »Tienen del león la fuerza, »Como hechos para empuñar »La8 nobles armas de guerra.
)) Redondas y torneadas dSou sus infantiles piernas, ))Pero se agitan nerviosas, 5)Cual si un corcel oprimieran.
))Su pecho débil suspira, »Mas su corazón golpea ))Con brío, como el de un héroe, »Ciego en la lucha sangrienta.
))Debe ser un hijo tuyo »E1 que á mi lecho se acerca, ))Y cuando me ve dormida, »Con sus besos me despierta.
j)Abd-el-Mahk, si no duermes, » Escucha á tu esclava Esma, j)La que vino á tu palacio )) Desde los montes de Armenia.»
)) Apenas acabó Esma de cantar, se abrió la puerta de la alcoba y asomó la figura imponente de Abd-el-Malik envuelta en un manto blanquí- simo. Esma se quedó sobrecogida de espanto y pesarosa de haberse atrevido á turbar el sueño del Rey, de quien temió alguna admonición se- vera; pero el Eey no le dijo nada; le cogió tierna y amorosamente las manos y la condujo al inte- rior de su cámara, cerrando tras sí la puerta. Y al día siguiente supo todo el palacio con asombro que la esclava armenia era la esposa de Abd-el- Malik. En honor de la verdad debe decirse que, cuando fué pasando el tiempo, el Rey se hizo más humano y tuvo muchas esposas por no romper — 173 — — 173 — las sanas costnmbres de su tierra; y ninguna de las que habían intentado agradar al Rey perdió sii trabajo, pnesto que la bailarina, y la consejera, y la cantora, y la arpista, y hasta la llorona, y mu- chas más que no se habían tomado ninguna mo- lestia, todas fueron amadas, cuál más, cuál me- nos, por su soberano; pero la favorita fué siempre Esma,- y el Príncipe heredero fué el hijo de la es- clava, el cual nació tal y como ésta lo había so- ñado, y llegó á ser un rey digno de su padre, y aun muchos aseguran que le superó.» Y aquí se acaba el cuento.
— Es precioso — dijo Paca, — nos ha gustado mucho. ¿Veis como yo decía que D. Pío sabía his-. torias muy bonitas?
— Pues á mí — dijo Martina — no me gusta ese empeño en hacer que los hijos mejores nazcan de las esclavas.
— ¿Pero no ves — replicó Paca — que el Rey era hijo de una esclava? ¿Qué más natural que buscar para favorita una mujer que fuera lo que había sido su madre?
— De todos modos, el cuento ese es bueno — afir- mó D.^ Candelaria — y tiene mucha filosofía.
— ¡Vaya si la tienel — apoyó Pío Cid. — Como que lo que quiere demostrar es que Abd-el-Malik, como sabio que era, deseaba para esposa y madre de su primogénito una verdadera mujer; y la más mujer de todas las mujeres que había en el palacio, y la que, por ser más mujer, debía de engendrar hijos mejores, era la esclava Esma; y por esto la eli- gió, aunque era una humildísima esclava, y la hu- biera elegido, aunque fuese un horrible monstruo.
— 174 — — Pero vamos á ver — preguntó D.*^ Candelaria, — ¿ese cuento es árabe de verdad ó se lo ha sacado usted de su cabeza? Porque en usted no me ex- trañaría nada.
— Yo apostaría algo — dijo Martina muy ufana — á que lo ha compuesto él; por lo menos los versos.
— Como que ustedes, los granadinos — añadió D.* Candelaria, — son medio moros. Y lo bueno que en Granada tienen ustedes es obra de los mo- ros, porque desde que ellos se fueron no han he- cho ustedes nada.
— Algo se ha hecho, y mucho se podría hacer — dijo Pío Cid, — pero somos muy holgazanes. Y á todo esto no vemos á D.^ Justa que está dando cabezadas.
— Tengo un sueño que no puedo más — dijo la aludida. — Me voy á dormir, y mañana será otro día.
Martina comenzó á mirar á todos lados, porque las palabras de su madre la hicieron pensar nue- vamente en lo que tan preocupada la había tenido. Casi se arrepentía de su decisión de seguir dur- miendo con Candelita, ahora que el ejemplo de la esclava Esma le había hecho comprender que pue- den casarse una mujer y un hombre sin grandes preparativos ni requilorios, y tener, si llega el caso, hijos célebres en la historia que dejen ta- mañitos á los que nacen después de muchos años de noviazgo y palabrería amorosa. Por fortuna la providencial D.* Candelaria cortó por medio aquel nudo que Martina no sabía cómo desatar.
— Tú, Candelita, duermes con Paca y nos dejas — 175 — tu cama á las dos — dijo, señalándose á sí misma y á Valentina.
— Paca, es menester que te cures bien — dijo Pío Cid. — ¿Te acuerdas de lo que te dije?
— Pues claro está — contestó Paca. — Candelita me pondrá el paño cuando me acueste.
Diciendo esto se fué á la cocina por una botella, y cuando volvió se retiraron ella con Candelita, y D.* Justa, después de dar las buenas noclies. Mar- tina se deslizó sin decir nada en el cuarto elegido por Pío Cid, y á obscuras se desnudó en un segun- do, y se acostó en el extremo de la cama grande, que estaba junto á la pared. Doña Candelaria dijo á Valentina que se fuera también á dormir, que ella iría muy pronto, y se hizo la entretenida re- cogiendo los manteles. Apenas se vió sola con Pío Cid, que tampoco quería retirarse para que Mar- tina tuviera tiempo de desnudarse á solas, le hizo una pregunta que él ya esperaba: — ¿Sabe usted que cuando empezó á contar su cuento me figuré que iba conmigo? Porque como esta mañana me dijo usted aquello de mi esposo — Efectivamente— contestó Pío Cid; — yo tam- bién noté la coincidencia, y por eso la miré á usted; pero la coincidencia es casual, y no tiene nada que ver lo uno con lo otro.
— Así lo he pensado yo después — asintió doña Candelaria; — pero aún no me hago cargo de cómo ha podido usted saber un secreto que yo creía que se había quedado en mí, puesto que mi esposo y mi madre política, que lo conocían, murieron ya.
— Nada más fácil — contestó Pío Cid, que no quería declararle que aquel secreto era un secreto — 176 — á voces. — Su marido de usted pudo tener un ami- go de confianza j decírselo, y por éste lo he sabi- do yo.
— ¿Es quizás — preguntó D.^ Candelaria — el jo- ven murciano de que habló usted? Aunque éste por la edad no puede ser. ¿Cómo se llamaba su padre?
— Eso no lo sé — contestó Pío Cid. — El apellido es Rodríguez, y creo que tenía unas minas cerca de Cartagena.
— ¡No me diga usted más! — exclamó D.* Can- delaria.— Ya sé quién es, y por ahí viene la histo- ria. Por cierto que mi marido perdió buenos cuar- tos por meterse en negocios de minas, y ese señor Rodríguez fué el que le engatusó.
— Pero, mamá — gritó Valentina desde la puerta, — ¿no vienes á acostarte?
— Niña, ya voy, déjame en paz y duerme tú — contestó D.^ Candelaria.
Y, siguiendo su interrogatorio, preguntó de nuevo: — Eso que usted me dijo es verdad, no tengo por qué negarlo; pero lo que yo desearía saber con certeza es el motivo que tuvo mi esposo para hacer lo que hizo. Y usted lo sabe, no me cabe duda.
— ¿Yo? — preguntó Pío Cid por no contestar, aunque pensaba que algo tendría que decir para aplacar la curiosidad que él mismo había desper- tado.
— ¡Usted! — insistió D.*^ Candelaria, cuyo rostro estaba animado por un arrebato de celos póstu- mos, que le daban cierto aire juvenil é interesante en pugna con sus cuarenta y pico de años. — Usted — 177 — lo sabe, y si no me lo dice es quizás por no mor- tificarnie. Pero ya ve usted, ¿qué mal puede ha- cerme saber la verdad ahora que estoy viuda y que á lo pasado se le dijo adiós?
— Lo cierto es — contestó Pío Cid, decidido ya á inventar una mentira piadosa — que yo supe el secreto de usted por casualidad. Le daba yo lec- ciones á Pepe Rodríguez y á otros amigos, y ha- blábamos de todo lo divino y lo humano, y un día tocó hablar de las rarezas de los hombres, y Pepe Rodríguez habló de un vecino snyo y amigo de su padre, llamado Fermín Colomba, y contó algunas de sus extravagancias; por ejemplo, que llevaba en los bolsillos seis ú ocho relojes, todos parados — Eso es mentira — interrumpió D."" Candela- ria.— No tenía más que uno, y quizá en lo único que era ordenado era en darle cuerda al reloj to- das las mañanas.
— Pues ya ve usted — dijo Pío Cid — qué crédito se le puede dar á Pepe Rodríguez, ni á la explica- ción que diera de esa otra extravagancia que á usted tanto le duele todavía.
— De todos modos, digámela usted — insistió la celosa de ultratumba con tanta resolución, que Pío Cid se convenció de que no había escape.
— Pues bien— contestó Pío Cid; — lo que dijo Pepe Rodríguez fué que Fermín Colomba tenía hecho firme propósito de hacer lo que hizo porque una gitana que le dijo la buenaventura le profe- tizó que viviría tantos años como días dejara pa- sar, después que se casara, sin tocarle á su mujer ni al pelo de la ropa; y si esto fuera cierto, yo 12 — 178 — afirmo que Fermín Colomba fué un héroe, porque tal es el apego á la vida que tienen la mayor parte de los hombres, que otros en su lugar, aunque el anuncio viniera de boca de gitana, por sí ó por no, hubieran dejado pasar años enteros con la espe- ranza de vivir más que vivió Matusalén, mientras que él no resistió más que unos cuantos días, y quién sabe si por eso murió tan joven, y si el anuncio de la gitana era realmente una verdadera profecía.
— ¿Sabe usted que quizás eso sea verdad? — dijo D.^ Candelaria llena de confusión. — Porque mi Fermín era muy supersticioso, y daba mucho cré- dito á las adivinaciones por las rayas de las ma- nos, y hasta por el modo de desgastar las suelas j tacones de las botas.
— Pues si era así — concluyó el piadoso embus- tero,— debía usted venerar la memoria de un hom- bre que por amor sacrificó una gran parte de su vida.
— Vamos, me ha dejado usted sorprendida de verdad — dijo D.^ Candelaria. — Aunque yo hubiese estado cavilando medio siglo no se me hubiera ocurrido esa explicación, que, después de todo, j)arece la más natural.
— Pues si á usted le parece — dijo Pío Cid — nos iremos á acostar, y ojalá que esta vida que hoy hemos comenzado felizmente dure muchos años, y sea para bien de todos, que por mi parte no quedará.
— Yo le confieso á usted — terminó D.* Cande- laria cogiendo el quinqué para retirarse, — que no comprendo cómo ha ocurrido; pero que algunas - 179 — horas han bastado para que yo, y creo que todas, tengamos en usted tanta confianza como si le hn- biéramos visto nacer y crecer á nuestro lado.
Doña Candelaria se fué á dormir con Valentina, y Pío Cid entró en su cuarto; encendió la palma- toria, y levantándola más arriba de su cabeza, vió á la luz tenue, que el techo y las paredes reflejaban, á Martina dormida al parecer, y tan arrebujada que no se descubría de ella más que algunos rizos negros como de ébano, que resaltaban más aún sobre la blancura de las sábanas y almohadas. Luego se sentó junto á la mesa y meditó un largo rato.
Sin duda la sociedad en que vivimos descansa sobre muy frágiles fundamentos cuando un hom- bre como él, que ya iba para viejo y que además era pobre, pudo en veinticuatro horas constituir una familia natural contra todas las leyes y cos- tumbres artificiales que rigen, y que, como artifi- cio que son, se evaporan en cuanto una voz verda- deramente humana y sincera habla inspirada por el amor, no por el amor brutal de la carne, que para amar algo tiene que declarar la guerra á todo lo demás, sino por el amor que viene del co- razón, y que lo ama todo, y aun falta realidad para satisfacerle.
; — Esta familia — pensaba — ha tenido confianza en mí, y yo he de ¡Dagarle esa confianza como me- jor pueda, y ya tengo ahora algo en qué pensar seriamente.
Con estas meditaciones se fué desnudando, apagó la luz y se acostó sin hacer ruido para no despertar á Martina.
TRABAJO TERCERO.
Pío Cid quiere formar un buen poeta.
Al día siguiente comenzó á funcionar la casa de la calle de Villanueva bajo la prudente dirección de Pío Cid. Las mamas eran las dueñas del bol- sillo mancomunada y solidariamente, que hu- biera dicho el insigne Orellana; las niñas trabaja- ban en las faenas de la casa y en los nuevos estudios en que las fué iniciando un maestro tan consumado como Pío Cid, y éste ganaba y pen- saba por todos. Se levantaba al ser de día á pe- sar de los regaños de su mujer, y escribía hasta la hora de almorzar; después se iba á la oficina, y á la vuelta recogía á las muchachas y las llevaba á dar un paseo, ordinariamente por el Retiro; de regreso comían, y luego dedicaban el resto de la noche al piano, al canto, á la guitarra y á otros mil entretenimientos y enseñanzas útiles y recrea- tivos. No entraba nadie de la calle al principio; pero más tarde solían concurrir á las reuniones dos muchachos excelentes, y no ciertamente por- que Pío Cid los buscara, sino porque ellos solos se presentaron, y Pío Cid á nadie le cerraba la puerta. Cuando D."" Paulita se quedó sin su pai- — 182 — — 182 — sano, á quien tan obligada y agradecida estaba, no pudo resignarse á una despedida tan seca ni se atrevía á ir á visitarle, é ideó valerse de alguien para meter las narices en aquel lío, ó lo que fuera. Acudió en primer término á Purilla, y le dijo que debía ir á dar las gracias á su antiguo profesor por el regalo del pañuelo; pero la muchacha se negó resueltamente, prefiriendo que la mataran antes que conocer á la familia con quien Pío Cid había ido á hospedarse. Entonces recurrió doña Paulita á Benito, y le dió á leer la carta de Pío Cid, y le convenció de que cuando éste le mostraba mayor afecto que á los demás, nombrándole á él solo en la posdata, era porque no quería romper con él.
— Debe usted ir á visitarle — le recomendó, — y procure usted ver cómo vive nuestro buen amigo, pues en Madrid hay muchas lagartas, y me temo que le hayan engañado como á un chino.
— ¿Cree usted — replicó Benito — que D. Pío es un niño de teta? Cuando tiene más cabeza que todos nosotros juntos — No le hace — insistió D.^ Paulita; — los hom- bres de más talento son los más tontos para cier- tas cosas, y D. Pío, con tanto como sabe, es una criatura en cuestión de faldas.
— Bueno, iré — dijo Benito, — y procuraré ente- rarme, aunque á mí no me gusta mezclarme en vidas ajenas.
Y fué, en efecto, una mañana, y Pío Cid le re- cibió muy amablemente en la sala principal, que á Benito le pareció la de un palacio comparada con los cuartos de la casa de huéspedes.
— 183 — — Está usted aquí mejor que un príncipe — le dijo. — Esto se llama entender la vida. Yo he sen- tido mucho que se vaya usted, porque pierdo sus lecciones; pero ahora casi me alegro, porque ¡qué demonio! no hay que ser egoístas, y usted está aquí mil veces mejor.
— Y rodeado — dijo Pío Cid — de unas cuantas muchachas muy listas, y muy bien educadas y muy honestas, que, aunque han venido á menos, son dignas de casarse con hombres de bien. Hay una que se llama Valentina, que si la viera usted, estoy seguro que se enamoraba de ella.
— Presénteme usted — dijo Benito, — aunque yo mientras no acabe la carrera no puedo enamo- rarme.
— Eso es mucho decir — replicó Pío Cid; — lo que no puede usted es casarse; pero enamorarse, ¿quién lo impide? Una novia es á veces un que- braderillo de cabeza, y un motivo para recoger á fin de curso abundante cosecha de calabazas; y á veces es lo contrario, es un aguijón para estu- diar más y hacerse hombre de pro. Sin embargo, lo que yo he dicho de Valentina es broma, porque la muchacha hace poco que viste de largo, y no piensa más que en jugar con cinco gatos que tiene.
— ¡Dios me asista! — gritó Benito. — Cualquiera carga con una mujer aficionada á los gatos.
—Dice usted bien, amigo Benito — contestó Pía Cid, — una mujer gatera es una calamidad; pero una niña gatuna es una joya de gran precio, por- que el amor que tiene á los gatos es indicio y pre- ludio del amor que tendrá después á sus hijos.
— 184 — Valentina será una excelente madre de familia y en cnanto tenga el primer chiquillo no tarda un mes en dar pasaporte á todos sus gatos, y se queda convertida en mujer perfecta, sin este de- fectillo que ahora la deslustra.
Tan entusiasmado quedó Benito con esta pin- tura, que volvió dos ó tres veces para ver si lo- graba conocer á las amigas de Pío Cid. Este se las presentó un día, y Benito las encontró á todas muy simpáticas, aunque miró más á Valentina, no porque ésta valiera más que las otras, sino porque era más joven y porque había sido la indicada por Pío Cid. Benito no tenía experiencia en materia de amores; y como llevaba ya hechas las entrañas por lo que había oído de Valentina, se fijó más en ella, aunque no le dijo ojos negros tienes, sino que le habló de los malos ratos que le daba la Química y de otra porción de cosas desprovistas de oportunidad. Cuando se retiraron las jóvenes, Pío Cid invitó á Benito á que viniera los domin- gos á oirías tocar el piano, á condición de que fuera él solo y de que no llevara el cuento á la casa de huéspedes.
— Descuide usted — prometió Benito, — que yo no diré nada, j lo único que he dicho á D.* Pau- lita, porque me preguntó mucho, fué que estaba usted admirablemente, y que la familia ésta era tan buena como la mejor. Además, la casa ha cambiado mucho con irse usted y Orellana, y yo no me trato apenas más que con los doctores, que dicen que se van á ir por una disputa que han tenido con los bilbaínos.
— Eso me disgusta — dijo Pío Cid, — pero puede que al fiu no se vayan. Influya usted con ellos, aunque no sea más que por D.* Paulita, que sabe usted que tiene un familión á su cargo.
— Eso ni que decir tiene — contestó Benito.
Y desde aquel día vino todos los domingos, sin faltar, á oir música, á charlar y á decir tonterías á Valentina, que, aunque inexperta, sabía de sobra para iniciar al infeliz estudiante en el arte miste- rioso de conocer el corazón femenino.
Muy otro era el segundo concurrente á casa de Pío Cid. Cuando éste salía á pasear por las tardes con las muchachas, notaba algunas veces cuchi- cheos y risas é indirectas que ponían á Paca colo- rada como un tomate. Miraba como quien no mira, y veía á lo lejos la figura entelerida de un joven que tanto tenía de hortera como de licenciado en cualquier facultad, y que lo que más tenía era frío, pues siempre iba con las manos metidas en los bolsillos de un raído gabán, que juntamente con su dueño tiritaba.
— Ese será Pablo del Valle — pensó Pío Cid. — Del Valle de lágrimas debía llamarse, por- que, ó mucho me equivoco, ó ese hombre lo está pasando rematadamente mal. Hay que desencan- tar este castillo, pues de lo contrario Pablo del Valle va á seguir haciendo la ronda y no vamos nunca á saber si es pez ó rana.
Con esta idea preguntó un día de repente á Paca: — ¿Cuántas cartas te ha escrito ya ese joven que te sigue por las tardes?
— Me ha escrito tres vecgs — contestó Paca sofo- cada.
— 186 — — Pues aconséjale — dijo Pío Cid — que venga á hablar con tu mamá.
Yino Pablo del Yalle, que no era otro el ron- dador, y habló con D."^ Candelaria, y ésta le dijo que no tenía motivo para oponerse á sus preten- siones amorosas, pero que antes de decidirse que- ría que diese su parecer el marido de su sobrina, el cual á falta de otro hombre hacía de cabeza en la casa.
Volvió Pablo del Valle al día siguiente y tuvo con Pío Cid una larga entrevista, de la que éste dió cuenta á toda la familia aquella misma noche en los términos siguientes: — He hablado con Pablo del Valle, y no estoy disgustado ni creo haber perdido el tiempo; es un joven decente y de buena familia, como saben us- tedes, y si se le ayuda un poco y logra conseguir una colocación fija cumplirá religiosamente sus deberes, porque ha pasado grandes miserias, y su ideal es tener casa y plato seguro, sin pedir más gollerías. Yo le he dicho, en vista de que ahora no tiene otra cosa en que ocuparse, que venga todos los días y me ayude á escribir y á corregir prue- bas de la traducción que traigo entre manos. Con este pretexto él vendrá y le invitaremos todos los días á comer; donde comen siete comen ocho, y esto no ha de arruinarnos; yo le daré para tabaco y para lavarse la ropa, y así le pondremos en es- tado de que aspire á algo, pues tal como hoy se encuentra no es posible que haga cosa de pro- vecho.
No era Pablo del Valle un hambriento vulgar, de esos que salen diariamente al paso, ni era tam- — 187 - poco nn genio desconocido, un poeta de guardilla ó un bohemio al estilo romántico; era un joven que tenía hambre muy á disgusto suyo, y que soñaba con ganarse honradamente la vida, aunque no pudiera conseguirlo por su falta de talento prác- tico. Sabía muchas cosas y no sabía ganar el pan. Tenía mucho talento y vivía como si faese tonto de remate. Tenía familia en Pamplona y un hermano rico en San Sebastián, y la familia y el hermano le habían abandonado porque no quería aplicarse al comercio ni á ningún trabajo útil, ni había te- nido paciencia para concluir los estudios de Filo- sofía y Letras, que comenzó con gran afición. Pensaba acabar la carrera y hablaba de prepa- rarse para ingresar en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios y Anticuarios; pero por lo pronto su único cargo era el de inspector ó investigador de los carteles públicos de la corte, y rara vez se dió el caso de que Pablo del Valle viera que un cartel no tenía el indispensable timbre, no porque no hu- biera defraudadores de esta novísima renta, sino porque él no se fijaba, aunque en el fijarse le iba el comer. En cambio sabía de memoria los libros raros y curiosos, y aun los simplemente viejos que había en todos los baratillos de Madrid, porque su vocación era la bibliografía, y su cabeza era el catálogo de todos los libros de España. La biblio- grafía es un arma de dos filos: bien comido y con un buen traje de levita y su gran erudición, Pablo del Valle podía ser un sabio notable y un distin- guido académico; pero con la erudición sola era una desdicha andando. Quizás la única cosa acer- tada que hizo en su vida fué entrar en el baile de — 188 — la Zarzuela y bailar con Paca, aunque probable- mente lo hizo porque la vió vestida pobremente y no se atrevió á acercarse á máscaras de más rango. Su instinto de hombre desordenado adivinó ú olió ' allí una mujer ordenada y casera, y no fué menes- ter más para que Pablo del Valle siguiera este rastro que debía llevarle á la tierra de promisión.
Pero con estos encuentros la carga de Pío Cid era cada día más pesada. El sueldo no bastaba para comer, y había además que pagar casa y alquiler de piano, vestir y obsequiar de vez en cuando á las jóvenes. La traducción del inglés marchó á paso de carga y le permitió salir adelante aquel mes, que por fortuna era el más corto del año, y sacar las alhajas que había en el empeño; porque, en- cima del 23recio estipulado, el editor le dió cua- renta duros por las anotaciones luminosas que él puso de su cosecha, j que versaban sobre diversos extremos de embriología humana, y muy particu- larmente sobre la manera de dar á luz las muje- res de raza negra. Estas últimas notas llamaron la atención de los doctos y dieron gran crédito al Dr. D. Juan López Calvo, seudónimo que Pío Cid empleó en esta ocasión. Por cierto que su idea fué poner Juan López Mata, pero el editor dijo que ya que el nombre era falso no debía ponerse Mata, que es nombre poco favorable para un mé- dico. Pío Cid replicó que el nombre era lo de me- nos, y que Mata se llamó el doctor que organizó los estudios médicos en España, el cual fué un gran publicista y hombre de positivo valer; pero por dar gusto al editor sustituyó Mata por Calvo, apellido que anuncia á una persona que tiene po- — 189 — eos pelos en la cabeza á causa de sus estudios j vigilias. No hubo por el momento nuevos trabajos editoriales, y Pío Cid, con la presteza que le era propia, imaginó otros medios de ganar dinero para hacer frente á sus obligaciones domésticas, á las que no quería faltar por nada del mundo. En- tonces fué cuando yo le conocí en la Redacción de JSl Eco, periódico recién fundado por Cándido Vargas, y del que yo fui redactor, encargado de la crítica teatral y de las cuestiones sociales.
Me hallaba tm día en la Redacción solo y sin ganas de escribir, cosa que me sucedía con frecuen- cia, cuando vi entrar á Pío Cid, cuya figura y nombre no me eran desconocidos, porque Cándido Vargas me habló de él una vez que le encontra- mos en la calle, y aun recuerdo que extrañó que yo no le conociera siendo paisanos y habiendo seguido los mismos estudios. Preguntó Pío Cid por D. Cándido Vargas, y yo le respondí que poco tardaría en llegar, y le ofrecí una silla que junto á mí estaba. El la aceptó y me dijo, sin darme las gracias: — Parece usted paisano mío por el tipo y por el acento.
— Y lo soy — le contesté yo, — y me alegro de te- ner ocasión de hablar con un paisano de quien don Cándido me ha hablado con mucho elogio.
— Cándido Vargas — dijo Pío Cid — es un buen chico, y es lástima que se haya metido en estos trotes, cuando podía ser un gran autor dramático.
— ¿Cree usted eso? — pregunté yo, que no cono- cía aquella habilidad de mi director.
— Sí que lo creo, y tengo pruebas, y más que — 100 — pruebas, hechos; porque el año pasado me dió á leer una comedia, y le digo á usted que era una comedia magnífica. Yo se lo dije así, como lo pen- saba, y luego le aseguré que el público la silbaría, con lo cual ya no quedaría duda de la excelencia de la obra. Pero Cándido no está por la gloria con silbidos, y se hizo atrás; mal, muy mal hecho En esto entró Cándido Vargas; él y Pío Cid se saludaron con gran afecto, y seguimos hablando de la comedia en tono de broma, hasta que Pío Cid dijo que tenía que irse y que á lo que venía era á que le anunciáramos, sin dar su nombre, como profesor de lenguas vivas.
— ¿Tan mal andas — le preguntó Cándido Var- gas— que tienes que tascar el freno?