Martina también se echó á reir, y de pronto preguntó: — Vamos á ver, ¿qué nombres les has puesto ya á mis primas? Dínoslos para que nos riamos.
— Pero, mujer — dijo Pío Cid, — si á tus primas las lie conocido por sus nombres verdaderos cuan - do me las presentó su mamá.
— No le hace, no le hace; dígalos usted — ro- garon las primas.
— A Paca no le he puesto nombre — dijo Pío Cid; — se ve que es una joven encogida y apocada, pero esto es por la enfermedad; así que esté bien de la vista cambiará mucho, y entonces la bautizaré.
— ¿Y á Candelita? — preguntó Martina con in- terés.
— A Candelita— contestó Pío Cid — le he puesto «La Cometa». Se entiende, una cometa de esas que remontan los muchachos para entretenerse. Si Candelita tiene quien le dé hilo, puede remon- tarse muy alto; si no, andará dando cabezadas, y quizás se rompa antes de subir. ¿No habéis visto vosotras las cometas?
— Sí, sí — contestó Candelita; — pero ¿qué com- paración más rara se le ha ocurrido á usted? Esa es una profecía triste.
— O alegre — dijo Paca, — porque también pue- des subir muy alto. Ahora faltas tú, Valentina.
— A Valentina — dijo Pío Cid, — la he puesto cr Relamida» Varias carcajadas le interrumpieron, que él no comprendió hasta que Paca le explicó que Valen- tina tenía cinco gatos, y entre ellos una gata lla- mada Relamida, y que no habían podido conte- nerse ante el acierto extraordinario con que le había puesto el mote. Entretanto, Valentina se levantaba apurada, diciendo: ¡Pobres gatos míos, que los había olvidado, y aún están metidos en la carboneral Pronto volvió con sus cinco dijes, que recogie- ron ávidos las migajas que quedaban de las tos- tadas hechas para tomar el café. Las muchachas estaban fuera de sí, porque después de dos meses de conversación sosa y aburrida, como es siempre la de las mujeres solas, les gustaban sobremanera las ocurrencias y dichos de Pío Cid, quien á duras penas logró convencerlas de que debían dormir un rato para estar luego mejor dispuestas para comer y beber y celebrar dignamente la fiesta de las Candelas.
Se fueron, por fin, á echarse un rato, y le deja- ron solo, meditabundo, sentado en una butaca; pero al cabo de algunos minutos volvió Martina y se sentó en el sofá, apoyando un codo sobre el brazo del que debía ser su marido. Le miró unos segundos en silencio, y después le preguntó con seriedad fingida: — ¡Con que pájaro de plomo, eh!
— Lo que es andando — dijo Pío Cid, cogiéndole las manos — no eres de plomo, que tienes un aire gallardo y arrogantón que quita el sentido. Yo dije de plomo por abreviar, pero debí añadir que el plomo era muy poco y estaba por dentro, y que por fuera no se veía porque tenía un baño de oro finísimo y un engarce de pedrería de la más rica, y dos diamantes, que están en tus ojos, y dos sartas de perlas, que están en tu boca — Cállate — interrumpió Martina avergonzada, — que cada vez me pareces más tuno. Tvi eres más pillo que bonito, y á tener gramática parda no — 154 — hay quien te gane. No me extraña qae me hayas engañado á mí, cuando te has metido en el bolsi- llo á mi tía Candelaria. Buen peje estás.
— Todo eso me lo dices — prosiguió Pío Cid con voz apasionada y mirando con tanta viveza que parecía haberse quitado veinte años de encima, — porque te he llamado pájaro; pero pájaros hay muchos, y se me olvidó decir que tú eras como un águila caudal, que, escondida en lo más remoto del cielo, ve todo lo que pasa en la tierra y hace temblar sólo con su mirada.
— Y con las uñas, míralas — dijo Martina des- asiéndose de Pío ('id, poniendo las manos como garras y amenazándole con sacarle los ojos.
De repente se levantó, y cogiéndole la cabeza le dió un beso muy apretado en la boca y huyó, diciendo: — Me voy con mis primas, porque no digan El la siguió con los ojos y murmurando entre dientes: ¡qué pedazo de mujer!
No había pasado un cuarto de hora cuando llegó el mozo con el baúl y la maleta y con una esquela para Pío Cid, en laque D.^ Paulita, des- pués de darle las gracias, le decía que sus órdenes estaban cumplidas, y que, aunque había sentido mucho aquel cambio inesperado, se figuraba que sería por razones muy justas, y quedaba más ami- ga aún que antes. Pío Cid hizo al mozo colocar la carga que traía en una habitación, al lado de la sala, junto á la puerta, le pagó el mandado, y dejando entornada la puerta para cuando llega- ran las mamás, volvió á la habitación, donde ha- bía solo una cama muy grande, un tocador y una — 155 — — 155 — mesa, y se entretuvo en colocar sobre ésta sus libros y papeles, dejando á mano la traducción del libro de Obstetricia para proseguirla sin le- vantar mano á fin de aumentar un poco sus des- medrados ingresos. Unas cien cuartillas tenía traducidas, y desde luego pensó llevarlas al edi- tor para tomar algún dinero y anunciar que en breve tendría terminado el trabajo y estaría en disposición de comenzar otro si se lo encomen- daban. En esta faena le sorprendieron las ma- más, y no fué poca la sorpresa de D.^ Candelaria cuando le vió leer aquel libro, abierto precisa- mente por una página que tenía un grabado es- peluznante.
— Pero hombre de Dios — le dijo, — ¿qué es eso que tiene usted ahí?
— Es un Tratado de partos^ que estoy tradu- ciendo del inglés — contestó Pío Cid.
— Pues por la Virgen del Carmen escóndalo usted, no vayan á verlo las niñas — le dijo la alar- mada mamá.
— En dando orden de que no entren en mi cuarto — insinuó él.
— Por lo visto, usted se ha apropiado ya este cuarto, que era el mío — exclamó D.^ Cande- laria.
— Es que en la casa en que yo vivía tenía un cuarto parecido á éste, y sin darme cuenta me he metido aquí, donde hay todo lo que yo necesito: una mesa para escribir, un tocador para asearme y una cama de matrimonio.
Doña Candelaria se echó á reir, diciendo: — Es usted más pillo que bonito.
— 150) — — Eso mismo acaba de decírmelo Martina — replicó Pío Cid, riendo también.
— Y se lo dirá á usted toda la familia — conclu- yó D.* Candelaria; y cuando se lo dicen todos, por algo será.
— Las niñas duermen — entró diciendo doña Justa; — tendremos nosotras que hacer el al- muerzo.
— Eso es lo mejor — dijo Pío Cid, — y después de almorzar se acuestan ustedes también un rato, y yo me entrentendré en preparar la medicina para Paca.
Así se hizo. El almuerzo ñié ligero, y una vez terminado, Pío Cid salió un momento á comprar en la botica los componentes de la receta que él había combinado en su imaginación, en tanto que las mujeres seguían hablando de los nombres que Pío Cid les había puesto á todas, y que fueron el tema de discusión durante el almuerzo. De vuelta con sus compras, puso á cocer en una olla grande, llena de agua, varias hierbas olorosas, y metió entre los carbones encendidos una paleta pequeña de cocina, á falta de otra más á propósito para el caso. Cuando las hierbas hubieron hervido un buen rato, volcó la olla en un lebrillo de fregar, de modo que no cayesen las hierbas, y diluyó en la infusión unos polvos morados como el lirio. Des- pués, en la paleta, encendida al rojo, echó otros polvos blancos, que debían ser de vitriolo, y cuan- do se derritieron y consumieron metió la paleta en el lebrillo y agitó aquel extraño cocimiento, que fué tomando diversos colores, hasta que, des- pués de repetida tres veces la operación, se quedó — 157 — — 157 — en un color de violeta claro con reflejos rojizos. Luego preparó un filtro con un colador y un pe- dazo de tela muy tupida, y filtró el agua cura- tiva en dos botellas, que Paca liabía fregado con •gran esmero. Todas estas manipulaciones las liizo con mucha calma y cuidado para producir mayor efecto, no porque le gustase el aparato teatral, sino porque pretendía reforzar más aún el crédito de que ya gozaba su colirio. Tapó, por último, muy bien las botellas y las puso en agua en el le- brillo para que se enfriaran y reposaran.
— Ahora no falta más — dijo á Paca para con- cluir,— que esperar que llegue la hora de acos- tarse y usar este agua como te dije. Al principio sentirás un gran escozor y los ojos se te pondrán más irritados; pero después ya verás cómo te curas. Por cierto que tienes unos ojos melados, muy gra- ciosos, y que en cuanto estés curada vas á volver loco al pobre Pablo del Valle.
Aunque sea adelantar los efectos de la medi- cina, hay que decir que Pío Cid no era ningún cu- randero de tres al cuarto y que Paca se puso buena en cinco días, mejor quizás que si la hubieran asistido los oculistas más afamados del orbe.
Las mamás, luego que vieron componer el agua milagrosa, se fueron á descansar, y las niñas se quedaron navegando por la casa, ocupadas en pre- parar la comida, en la que echaron el resto de su saber culinario, que no era muy considerable, pues á excepción de Paca, que era la más casera, las demás entendían de casi todo menos de las fae- nas de la casa.
Martina era muy dispuesta, pero muy regalona é - 158 - ignorante de lo que era pasar fatigas y miserias, á las que ahora empezaba a habituarse. En todo el día no dió pie con bola, porque estaba dominada por una idea que parecerá pueril, pero que para ella era una montaña. No hacía más que entrar en el cuarto donde Pío Cid escribía, y dar vueltas y pen- sar cómo iba ella á dejar á Candelita y á venirse á dormir con su marido, ó con quien debía serlo, sin tener confianza con él, y luego, así, tan de repen- te, cuando la costumbre era estar un hombre y una mujer varios años diciéndose cosas y prepa- rando el acto imponente y la hora solemnísima en que debían quedarse solos y mirarse á un es- pejo, abrazados, él muy vestido de negro y más tieso que un huso, y ella muy vestida de blanco, con su velo y su corona de azahar, y con un susto que no le cabía en el cuerpo, todo según ella se lo figuraba, porque lo había leído así en una novela, y porque debía ser así, y no como á ella le iba á suceder. ¿Qaé modo de casarse era éste, ni qué niño muerto? Verdad es que ella se había ido la noche antes con aquel hombre, pero Dios sabe lo que después de pasadas las amonestaciones harán las demás novias Y ella tampoco era novia de aquel hombre, ni éste le había hablado como ha- blan los novios; esto lo sabía ella muy bien, por- que había tenido varios: el primero militar, luego un estudiante, después nn abogadillo, después el único que no había sido novio iba á ser su ma- rido, quien, para que todo fuera raro, ni siquiera tenía es decir — Oye, tú, Pío — exclamó de repente, cuando esta idea se le ocurrió, — pero tú, ¿qué eres?
— 159 — — Yo soy nn hombre — contestó él.
— Valiente contestación — replicó ella, — hom- bres son todos los que no son mujeres. Lo que yo te pregunto es que qué eres.
— Yo no soy nada — contestó él.
— Nada no puede ser — insistió ella, — tú vives de algo.
— Vivo de lo que como, y como lo menos posi- ble— contestó él.
— Vamos, no seas guasón — insistió ella. — Tú tienes un empleo, ó una carrera, ó una ocupa- ción — Tengo un empleo — contestó él — que me da para ir tirando; tengo una carrera, y podría ser abogado, pero no ejerzo; y me ocupo en traducir libros por necesidad, y en una porción de cosas por mi gusto.
— De modo que eres abogado — dijo ella.
— No lo soy ni quiero serlo — afirmó él; — ya te digo que yo no soy nada, ni seré jamás nada, por- que no me gusta que me clasifiquen.
— Bueno — dijo ella cambiando de tono y lan- zándose á decir algo que le escarabajeaba en el pecho. — Además, tenía que decirte que yo sigo durmiendo con Candelita.
El no contestó, y ella se fué á la cocina, donde las primas hablaban con entusiasmo de lo que iban á divertirse cuando Pío Cid les trajera al día siguiente el piano que les había ofrecido. La más entusiasmada era Candelita; á Paca le pre- ocupaba más el agua de los ojos, y no apartaba los suyos de las botellas, y Valentina bregaba como de costumbre con los gatos en cuanto Paca la — IGO — dejaba libre de las faenas cocineriles, á que todas tenían que ayudar.
Todo salió á pedir de boca; y como hubo algu- nos extraordinarios, vino abundante y mucba con- versación, la comida, que tuvo lugar en la sala principal, duró desde el obscurecer hasta la hora de acostarse.
— Esta vida mía es un escándalo — decía Pío Cid. — Anoche tuve un banquete y esta noche otro, y mañana no sabemos. Si me quejo mereceré que me caiga algún castigo.
— Y ¿cómo fué ese banquete?— preguntó Doña Candelaria. — Cuéntenos usted.
Y Pío Cid les habló de los huéspedes, descri- biendo sus tipos y costumbres con rasgos tan ex- presivos que á todas les parecía que los estaban viendo, y les interesaban aquellos jóvenes hasta el punto de declarar sus simpatías por unos ó por otros. Orellana y Cook eran preferidos como per- sonas serias, Pepe Rodríguez por gracioso y por ser murciano, y Benito por bueno é infeliz. Por- que Pío Cid los retrató á todos tan fiel é impar- cialmente, que aun de Aguirre, con quien no ha- cía buenas migas, dijo que era un chico algo pre- tencioso, pero muy honrado y sencillote en el fondo y nada torpe en sus estudios, con lo cual, andando el tiempo, sería ingeniero muy distin- guido y persona muy estimable.
— ¿Y qué hacía usted entre tantos estudiantes — preguntó D." Candelaria, — usted que ya es hombre hecho y derecho y poco aficionado, según parece, á la vida alegre de los jóvenes?
— Yo no me reunía con ellos más que un rato, — 161 — á la hora de almorzar — contestó Pío Cid; — comer, comía yo solo en mi cuarto antes que todos, y IDor la noche no los veía. Algunas tardes venían á mi cuarto y hablaban de mil cosas, y yo les daba algunas lecciones, de idiomas principal- mente.
Después tocó el turno á D.^ Paulita y á Purilla, de quienes Pío Cid habló con gran elogio, como se merecían, y, por último, D.^ Candelaria le pre- guntó: — Nos ha dicho usted que es de Granada, y que de allí es toda su familia: ¿cómo es que está usted solo? ¿No le queda á usted allá nadie?
Pío Cid, que, como sabemos, no quería nunca hablar de su vida, pero tampoco quería mentir, echó una alforza monumental, saltando de la época en que estaba en Granada con sus padres á la en que vino á Madrid con su hermana y sobri- nilla, de las que habló con gran complacencia, deténiendose en describir con detalles todo lo que hicieron y lo que él hizo con ellas hasta dejarlas sepultadas en Aldamar. En este relato hubo oca- sión para que D.^ Candelaria intercalase muchas noticias de su vida, y hasta D.^ Justa, que era muy callada, dijo algo, por donde Pío Cid comen- zó á conocer al padre de Martina y á la ilustre es- tirpe de los Gomaras.
Al llegar á los postres, como todos estaban un poco alegres y Pío Cid muy decidor, porque había bebido también, aunque poco, la conversación cambió de tono, y dándose ya todos por conocidos y no disgustados de conocerse cómo eran, se habló con más confianza y familiaridad; las niñas lucie- 11 ron sus habilidades en la guitarra y la bandurria, y Martina, que no sabía tocar, cantó unas guajiras muy sentimentales, para no ser menos, y después que le rogaron mucho.
— Usted debe de saber muchas cosas — dijo Paca á Pío Cid, — sobre todo muchas historias.
— ¿Cómo historias? — interrumpió Martina. — Si es también poeta, y compone unos versos pre- ciosos. Si vierais unos que leí yo anoche — ¡Poetal — exclamó D.^ Candelaria,— ahora sí que estamos frescos, y qué ratos de hambre vamos á pasar.
— No se sofoque usted, D.^ Candelaria — dijo riendo Pío Cid, — que no soy poeta, y aunque lo fuera lo mismo sirvo yo para un fregado que para un barrido. Es decir, que si me aprietan, soy ca- paz de componer un poema tan largo como la Ilíada; pero esto no quita para que sepa prepa- rar un agua para los ojos ó traducir libros de me- dicina, ó hacer cuanto sea preciso para asegurar la manutención. Porque para mí la ciencia primera y fundamental de un hombre es la de saber vivir con dignidad, esto es, ser independiente y dueño de sí mismo, y poder hacer su santa voluntad sin darle cuenta á nadie. Y para esto hay que tener pocas necesidades y mil medios para satisfacerlas, de suerte que esté uno siempre convencido, como yo lo estoy, de que no tendré jamás que bajar cabeza para obtener un pedazo de pan. El que sólo tiene un oficio puede quedarse sin trabajo y no saber por dónde echarse; pero yo sé más de treinta oficios, y siempre estoy estudiando alguno nuevo.
— 1G3 — — ¿Y cuál es el que estudias ahora? — preguntó Martina.
— Estoy aprendiendo á gobernar á seis mujeres — contestó Pío Cid entre las risas de todas, con- tentas y orgullosas* de verse protegidas por aquel hombre, que debía parecerles un gallo muy hecho y con terribles espolones.
Doña Candelaria, que tenía muy buenas ocu- rrencias, dijo á su hermana: — Justa, ¿no decías que en esta casa hacían fal- ta unos pantalones? Pues creo que nos han traído un surtido completo.
— Pero no hay que escurrir el bulto — dijo Paca volviendo á su tema. — Don Pío, tiene usted que contarnos alguna historia ó leernos esos versos que ha dicho Martina.
— Cállate, que los versos los tengo yo — exclamó Martina. — Ahora que recuerdo, me los guardé en el bolsillo de la falda. Voy á buscarlos.
Y volvió al punto con la poesía de los ojos ne- gros, que á disgusto de su autor fué leída y cele- brada por la concurrencia, no por los méritos poéticos que en ella hubiera, sino por lo extraño de la visión y del presentimiento ó previdencia que Pío Cid había tenido.
— Ahora cuéntenos usted algo — insistió Paca, que sin saber por qué se había empeñado en que Pío Cid era un gran cuentista y debía saber muchas historias maravillosas.
— Puesto que tanto empeño tenéis, os voy á contar un cuento árabe que, no me acuerdo dónde, leí hace muchos años.
Y al decir esto recogió un poco la atención para — 164 — recordar, aunque no recordaba, sino que inventa- ba rápidamente la urdimbre de la fábula sin gran esfuerzo, porque su imaginación era felicísima.
— ¿Cómo se llama ese cuento? — preguntó Mar- tina.
— No me acuerdo bien — contestó Pío Cid; — creo que se titula Elección de esposa de Abd-el-Malik^ y que formaba parte de un libro donde se contiene la historia de este famoso Rey.
— ¿Y quién era ese Rey? — preguntó Martina.
— Abd-el-Malik, el siervo del ángel, fué un Rey muy glorioso, aunque yo no sé fijamente si existió, ó si el nombre es fingido — contestó Pío Cid. — Pero lo que es cierto es que, con uno ú otro nom- bre, el Rey existió, y lo que el cuento dice ocurrió puntualmente.
Y después de una breve pausa, lo comenzó de esta manera: «ELECCIÓN DE ESPOSA DE ABD-EL-MALIK.
))En el interior de Arabia vivía hace ya mucho tiempo un Rey llamado Abd-el-Malik, que era un verdadero Rey: un hombre de valor, de talento y de humanidad. Juntaba á las más nobles cualida- des del espirita una figura gallardísima, heredada de su madre, que fué robada por unos salteadores en un escondido lugar del Kirgis y vendida como esclava á Abd-el-Eddin, padre de Abd-el-Malik, quien la elevó al rango de favorita, prendado de su belleza, de su porte y de su donosura. Y entre tantos hijos como tuvo aquel buen rey Abd-el- Eddin, ninguno le llegó ni al tobillo á Abd-el- Malik, que por un feliz cruce de sangre fué, como — 165 — dije, un dechado de perfección y un modelo de reyes » — ¿Cómo es eso — interrumpió Martina, — iba á ser mejor que los otros porque su madre fuera es- clava? Yo he oído siempre decir que los mulatos son inferiores á los blancos; los esclavos yo no los he visto, pero cuando los había, dicen que eran malísimos, y que había que tratarlos á latigazos.
— Yo he tenido esclavos — añadió D.* Justa, — y los que eran buenos, eran muy buenos; pero los que eran malos, era para que los quemaran vivos. Bastante ruina que nos trajo á nosotros el que les dieran la libertad.
— Todo eso está muy bien — dijo Pío Cid, — pero Abd-el-Malik no era mulato; su madre era tár- tara y sil padre árabe, y el cruce de sangre fué magnífico. Y no es éste el primer caso de que de es- tos cruces salgan grandes hombres; y al contrario, que de los cruces entre parientes ó personas que tienen mucha comunidad de sangre salgan seres sin vigor, degenerados. Ya se ve lo que ocurre con muchas dinastías de Europa, y que hoy tenemos una baraja de reyes y emperadores que, si entra- ran en quintas y los midieran, algunos no llega- rían á la marca. Y todo porque estas dinastías no quieren tomar sangre nueva y poderosa, aun- que sea algo basta, donde la hay, que es en el pueblo. Por lo que ha habido que inventar la fa- rándula constitucional, pretexto para que algunos hambrones gobiernen ó desgobiernen en lugar de los que no tienen fuerza para hacerlo.
— Vamos — dijo D.^ Candelaria,— que usted está, sin duda, por el absolutismo.
— 16G — — Yo no me mezclo en política — contestó Pía Cid — ni estoy por nada, y menos por el absolu- tismo; porque las cosas ocurren porque deben ocu- rrir, y cuando hay reyes que no gobiernan, creo yo que será porque no son capaces de hacerlo; y aunque se les declarara absolutos, tendrían que guiarse por unos y por otros, y no estaríamos me- jor ni peor que estamos. Pero dejémonos de polí- tica, que lo que á mí me interesa es decir que Abd-el-Malik no era ningún rey de mentirijillas, sino que reinaba y gobernaba; y algunas veces, á pesar de su humanidad, les hacía cortar la cabeza á los súbditos que no andaban derechos. — ¡Qué bárbaro! — exclamó Candelita. — ¿Bárbaro? ¿Por qué? — dijo su mamá. — Pues si yo mandara, ¿crees tú que no le cortaría yo la cabeza á tanto bribón como hay en el mundo?
— Con estas y las otras — interrumpió Paca — no dejan ustedes seguir el cuento. — Es verdad, prosigo — dijo Pío Cid: «Quedábamos en que Abd-el-Malik era un rey hecho y derecho, y que si heredó á su padre fué porque éste sabía lo que se hacía, y conoció que el hijo de la esclava tártara era quien reunía me- jores dotes para gobernar y hacer feliz al pueblo, sobre el que su padre, su abuelo y toda su ascen- dencia venían reinando. No tenía Abd-el-Malik cuando entró á reinar ninguna mujer, á pesar de que la costumbre del país era tener varias; pero al ser Rey se halló con que era dueño de un harén^ donde además de su madre figuraban más de dos- cientas mujeres de su padre, y, por decirlo así, madrastras suyas. Y luego, por seguir la costum- — 167 — bre, tuvo que aceptar varias esposas que le ofre- cieron los magnates de la corte; pero (aquí em- pieza lo interesante del cuento) Abd-el-Malik no hizo caso de ninguna, y continuó viviendo como vivía cuando no era más que Príncipe y no tenía ninguna mujer » Doña Candelaria aguzó las orejas y se dispuso á escuchar aquel cuento, que algo tenía que ver con el cuento ó historia de su vida. Pío Cid la miró distraídamente, y ella se puso colorada, aun- que no tanto como la primera vez que oyó sacar á plaza el proceder incalificable de su marido.
«¿Por qué se conducía de esta suerte el egregio soberano con sus esposas, algunas de las cuales eran la flor y nata del país? Esto no se ha podido nunca saber á ciencia cierta, aunque lo que sigue del cuento aclarará algo la extraña conducta de Abd-el-Malik. Sus mujeres se devanaban los se- sos, y comenzaron á inventar mil tretas para ven- cer la indiferencia del Eey y llevarse el galardón de ser, no ya la preferida (que esto ocurre siempre en los palacios árabes), sino la única es- posa de un soberano cuyas costumbres eran tan morigeradas. Una de las esposas, llamada Yaz- miné, ideó un artificio que creyó seguro. Era la hora de la siesta, y Abd-el-Malik dormitaba en un templete rústico, frente al cual había un sur- tidor de agua que, con los rayos del sol, formaba un arco de colores, que parecía cosa de encanta- miento. Yazminé se presentó á los ojos del Rey luciendo el tesoro de sus más secretas bellezas. Sólo la cubría un velo de púrpura finísimo, que casi se transparentaba, y sus únicos adornos eran — 168 - — 168 - una corona de alelíes rojos, iin collar de corales y brazaletes y ajorcas de macho precio. Parecía una visión celestial; y como si no bastaran sus encan- tos natnrales, que eran muchos, comenzó á bailar una danza caprichosa, en la que, sin tocar apenas el suelo con los pies desnudos, se cimbreaba como si, en vez de ser una mujer, fuese un tallo de azu- cena cargado de flores. Cualquier otro hombre que no fuera Abd-el-Malik se hubiera vuelto loco viendo aquella escultura admirable, que por com- placerle tomaba vida y bailaba como las huríes soñadas en el Paraíso; pero Abd-el-Malik se quedó como estaba, y dijo á Yazminé, cuando ésta se cansó de bailar: » — Ven todos los días á la hora de la siesta, y ))baila como hoy, que eso me distrae. 5) — ¿Sabe usted que ese Malik — interrumpió doña Candelaria — era un hombre difícil de contentar?
— ¡Un hombre sin corazón! — exclamó Can- delita.
— ¿Quién sabe? Ten paciencia — dijo Paca, — que puede que al fin se enamore de la mujer que fuera su media naranja.
<í Abd-el-Malik era un gran Rey — prosiguió Pío Cid — y no le daba importancia á los bailes. Más extraño es que no le diera importancia á otras cosas, como se verá por lo que le sucedió á otra de sus mujeres, llamada Aina. Esta tenía un ta- lento extraordinario para contar cuentos, y ente- rada de lo que le había sucedido á Yazminé, sintió mayor deseo de probar fortuna, y entró una noche sigilosamente en la alcoba del Rey antes que éste se acostara; y después de pedirle perdón por su — 1G9 — atrevimiento en ir á turbar aquella soledad, y de explicarle que su deseo era distraerle con algún cuento de su invención, empezó á hablar con tanta viveza y desparpajo, que el Rey la oía casi con la boca abierta. Aina cobró valor y aguzó el inge- nio, y de sus labios salieron sentencias de tan profunda sabiduría, que el Rey quedó asombrado de que en nna cabeza femenina pudieran caber todas aquellas cosas. Pero cuando Aina terminó su cuento, no le dijo ninguna terneza, sino estas solas palabras: (( — Aina, tu saber es grande; ven todas las no- ))ches á esta misma hora y háblame como me has Dhablado, que así mi sueño será más sereno, y mi »ánimo se dispondrá mejor para gobernar á mi )>pueblo con equidad y templanza » — Eso se parece á los cuentos de Las mil ij una, noches — interrumpió Candelita.
— Todos los cuentos árabes tienen alguna seme- janza— dijo Pío Cid — y, en efecto, Aina tiene al- gún parecido con Scheherazada, aunque ésta con- taba sus cuentos para que el celoso y feroz sultán no degollase más mujeres.
— Pues mire usted — dijo D.* Candelaria, — no me disgusta que el Rey hiciera lo que hizo con la sabia, porque las mujeres no deben meterse en tantas filosofías.
— Abd-el-Malik — contestó Pío Cid — no cen- suró á Aina, sino que pensó que era buena para consejera y no para mujer.
— Y ¿cuál fué la que quiso para mujer? — pre- guntó Martina, que escuchaba con gran aten- ción.
— 170 — — Déjame que prosiga, que no conviene sacar las cosas de quicio.
«Después de Aína, Seniha quiso conquistar el duró corazón del Rey. Seniha cantaba como los ángelesy y era quizá más bella que la bellísima Yazminé. Una mañana, cuando el Rey dormía aún, se acercó á la puerta de su cámara nocturna, cantando una canción que ella misma había com- puesto, en la que expresaba las más tiernas y de- licadas ansias de un alma de mujer que suspira cerca del hombre amado, y que desea endulzarle la existencia y alegrarle con los encantos del amor. Quien no fuera Abd-el-Malik se hubiera arrojado del lecho y acogido en sus brazos amorosos á la que tantas dichas le ofrecía; pero Abd-el Malik la dejó cantar, y para despedirla le dijo solamente: c( — Graciosa Seniha, tu canto es delicioso; ven )) todas las mañanas á esta misma hora y cántame; ))así comenzará más alegre el día, que bastantes 3) tristezas trae consigo.»
— ¡Vamos, eso pasa de castaño obscuro! — excla- mó D.^ Candelaria. — Ese Rey creía quizás que el mundo se había hecho para él.