SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Page 9 of 34

persona extraña ó que hubiera estado ausente cuatro años en vez de cuatro horas. Pío Cid se adelantó, y con voz reposada dijo: — 133 - — Vamos arriba pronto, y podremos hablar sin darle un cuarto al pregonero.

Y apartándose para que Martina pasara entró tras ella, y todos subieron la inacabable escalera, y se hallaron á poco en la sala principal, mientras las hijas de D.^ Candelaria, que estaban esperando, se retiraban confusas á otra habitación á una seña de su mamá. Martina se fué á sentar en el hueco del balcón, cuyas maderas entornadas dejaban pasar la claridad fría del amanecer; la mamá y la tía se sentaron en el sofá, cada una en un extremo? y Pío Cid, sin que le invitaran, se sentó frente á Martina, en una butaca, de espaldas á la puerta, y sin preámbulos tomó la palabra y dijo: — Les pido á ustedes mil perdones por el mal rato que habrán pasado; yo soy el único culpable de lo ocurrido; pero mi culpa es muy leve, porque, como ven, me he apresurado á venir para sacarlas de su inquietud y para que todo quede en familia. Si ustedes no han cometido ninguna torpeza nadie tendrá noticia de esta escapatoria, pues ni aquí ni - en mi casa nos ha visto nadie estado en casa de este hombre? ¿Quién es?

¿Cómo se llama? Vamos, responde.

Martina miró con ojos espantados, mientras Pío Cid sonreía levemente, porque al oir el nom- bre de Martina cayó en la cuenta de que ni él le había preguntado á ella su nombre, ni ella á él. Doña Candelaria hizo un movimiento brusco, como si fuera á arrojarse sobre Pío Cid; D.^ Justa seguía preguntando con los ojos fijos en su hija, y ésta se tapó la cara con las manos y se echó á llorar.

— 134 - — Esto que ocnrre — prosiguió Pío Cid — les de- mostrará á ustedes que Martina no tiene culpa; yo he sido el que la he engañado, y tan aturdidos estábamos ella y yo, que no nos hemos preguntado nuestros nombres. Ella no sabe siquiera que ya me llamo Pío, y yo no sabía que ella se llamaba Martina, hasta ahora que lo oigo por primera vez.

— Pero usted le ha dado algo á mi sobrina — gritó D.^ Candelaria; — usted es un criminal.

— No se irrite usted, señora, y tenga la bondad de escucharme — continuó Pío Cid en el mismo tono que había empezado. — Si ha habido arrebato de parte de Martina en seguirme sin conocerme, también lo habrá de parte mía en resolver, como he resuelto, unir mi suerte á la de ustedes sin sa- ber tampoco quiénes son ni cómo se llaman.

— Eso es fácil de saber — interrumpió D.^ Can- delaria, que no podía tolerar que se dudase de ella; — preguntando en la Habana por los Gomaras, y en Murcia, donde yo he vivido hasta hace poco, por los Colombas, y en Sevilla, donde vivieron muchos años mis padres, por los Montes, sa- brá usted que somos por los cuatro costados una familia dignísima, que no es merecedora, si hu- biera justicia en la tierra, de verse en la situación que nos vemos.

— Yo no he dudado de ustedes — siguió Pío Cid; — ustedes son las que dudan de mí, conside- rándome como un criminal; y yo no me ofendo ni recurro á la opinión pública, porque me basta la mía. Al contrario, sin conocerlas á ustedes me he figurado que eran buenísimas; y por figurár- melo así, y porque me parecía imposible que fuera - 135 - - 135 - de otro modo, después qne lie hablado con Mar- tina y he apreciado su gran mérito, determiné, sin pensarlo, venirme á vivir con ustedes, si uste- des no se oponían. Yo no tengo familia, vivo solo j he podido tomar casa para los dos, puesto que Martina me quiere; pero me parecía más noble presentarme y pedirles perdón por el abuso que, sin poderlo remediar, he cometido, y exponerles la idea, que tengo por muy sensata, de vivir todos juntos.

— ¿Y usted cree que no hay más que engañar á una joven y quitársela á su familia como si no hubiera leyes ni tribunales, como si estuviéramos en el centro de Africa? — replicó D.* Candelaria con energía.

— Yo no creo nada de eso — contestó Pío Cid.

— Entonces, ¿creerá usted que puede abusar de nosotras porque somos mujeres solas? — dijo doña Candelaria. — ¿Quizás porque sepa ya por esta niña loca que su madre es una mujer sin carácter? Pues está muy equivocado, que yo estoy aquí para dar la cara, y verá usted quién soy yo.

— Martina no me ha dicho nada de ustedes — contestó Pío Cid, — ni yo trato de abusar de nadie.

— Entonces, ¿se figura usted — insistió D.^ Can- delaria con la entonación de un juez que formula un interrogatorio, — que porque estamos en situa- ción apurada nos vamos á doblegar, como quien dice, á vendernos por dinero?

— Yo soy pobre — contestó el reo, — y lo que les he ofrecido es compartir mi pobreza.

Doña Candelaria desarrugó el entrecejo y tomó na aire más humano. Lo que más le llegaba al alma era la insolencia de aquel caballero desco- nocido, que se expresaba como quien posee la va- rita mágica, que cierra todas las bocas y abre to- das las puertas, el dinero, dominador y triunfa- dor. Ante tan humilde confesión de pobreza, doña Candelaria pensó que quizás aquel sujeto venía oon buenas intenciones, y que, por lo pronto, se podía hablar pacíficamente con él, de igual á igual. Cambió, pues, el tono y asunto del interro- gatorio, y le preguntó mirándole fijamente: : — ¿Usted pensará casarse con mi sobrina? ' — Yo la considero ya como mi mujer — contestó Pío Cid. — Le extrañará á usted mi respuesta, pero no soy amigo de dilaciones ni de ceremonias, y en las cuestiones mías mi voluntad y mi palabra bastan.

— Pero ésta no es cuestión de usted solo — re- plicó D.'' Candelaria; — es también de mi sobrina, y nuestra, y de la sociedad, que cuando tiene esta- blecida la manera de bacer las cosas no será por I)uro capricho.

—Deje usted fuera la sociedad — dijo Pío Cid; — yo no le doy ninguna importancia, y tengo la cos- tumbre de arreglar mi vida, no como la sociedad lo dispone, sino como yo quiero.

—Pero usted no es nadie para mandar en los demás — replicó vivamente D.* Candelaria; — y hay que ver si los demás quieren lo mismo que usted.

— Si no quieren — contestó Pío Cid, — yo les dejo en paz y continúo viviendo solo, como hasta aquí he vivido, mejor ó peor, por no someterme á las — 137 - exigencias del público. No creo valer más que los otros, pero tampoco quiero valer menos.

Doña Candelaria quiso decir varias cosas á la vez, pero no dijo ninguna; se volvió hacia su her- mana y habló con ella en voz baja. Pero Pío Cid, que tenía el oído finísimo, oyó algo, porque añadió encarándose con D.^ Candelaria: — No me compare usted con Colomba; aunque yo esté algo tocado, como usted cree, no soy capaz de hacer lo que él hizo cuando se casó, que estuvo algunas semanas sin hacer caso de su mujer.

Doña Candelaria se puso roja como el fuego, y después amarilla como la cera, y luego verde y azul y de todos los colores del arco iris. ¿Cómo este hombre, que ella veía por primera vez, esta- ba enterado de un secreto que ella había ocul- tado hasta á sus padres y que había sido el tor- mento de su vida? Y ¿quién sabe si no sólo esta- ría enterado, sino que conocería la causa de aque- lla inexplicable conducta de su esposo, que ella jamás pudo á ciencia cierta conocer? No ya á su sobrina, sino á sus tres hijas las hubiera sacri- ficado por conservar cerca de sí á una persona que comenzaba á tomar un aspecto tan interesante y misterioso.

Para que no se crea que Pío (üd andaba en tratos ocultos con los espíritus infernales, conviene explicar cómo se había enterado de tan grave se- creto de familia. Discutíase en la casa de huéspe- des, después de almorzar, si el amor era uno en el hombre y en la mujer, ó si el hombre podía sentir varios amores simultáneos. Orellana pro- clamó que el amor, como el matrimonio, era uno — 138 - é indisoluble; y que los que creían sentir varios amores no sentían ninguno en realidad, y que el fundamento del amor y de la vida humana era la mutua fidelidad entre los que se amaban legíti- mamente. Pío Cid rechazó esta idea como forma- lista y convencional, y sostuvo que el amor era indicio de la fuerza creadora del espíritu, y que si hubiera un hombre que tuviese un solo amor en su vida, sería profundamente despreciable. En prueba de ello, dijo que en Europa, donde se si- gue el régimen de la mujer única, aunque no el del amor único, el hombre ha ido achicándose hasta el punto de que la mujer se le sube ya á las bar- bas, y no tardará mucho en hacer con él lo que las ranas de la fábula hicieron con el pedazo de madera que les envió Júpiter, cuando ellas lo que necesitaban era un culebrón. Todos los huéspedes tomaron parte en la contienda, y hubo partida- rios del amor único y del matrimonio indisoluble, de los amores sucesivos y del divorcio para poder darles forma legal, del doble amor simultáneo espiritual y carnal, y de otra porción de solucio- nes. Pepe Rodríguez, que tenía un repertorio in- agotable de anécdotas, refirió una en apoyo de la opinión de Pío Cid, esto es, de que se pueda sentir á la vez dos ó más amores y revelar por ello más fuerza espiritual. Se trataba de un paisano suyo, llamado Fermín Colomba, amigo de su padre y persona de extraordinario mérito, aunque jamás hizo cosas que le hicieran famoso, porque despreciaba la fama y todo lo que el mundo pu- diera darle. Este hombre, que decían era poco amigo de las mujeres, sostenía relaciones amoro- — 131) — sas con una señora casada, y después de varios años de secreto amorío, de la noche á la mañana se casó con una joven andaluza, muy bella, hija de un militar que acababa de llegar destinado á Murcia. Y lo notable del caso fué que Colomba, aunque se casó enamoradísimo de su mujer, se mantuvo tan excesivamente respetuoso con ella, que la recién casada, después de un mes ó dos de meditaciones y de esperas inútiles, se decidió á consultar con su suegra, con cuyo auxilio logró al fin sacar á su marido de aquel triste retraimiento. Alguna criada debió de estar detrás de las corti- nas, porque toda la ciudad supo y comentó la ex- travagancia de Colomba; y de tal modo extrañaba á aquellas Cándidas naturalezas que un hombre de carne y hueso pudiese enfrenar tan rudamente sus pasiones, que se inventaron historias picantes para explicar el suceso, aunque no faltó quien, mejor pensado, aseguró que Colomba era un místico que se había casado por equivocación. Y la verdad, ¿saben ustedes lo que era? — dijo Pepe Rodríguez para terminar. — Que la antigua amante de Co- lomba, aunque había consentido en el matrimo- nio, porque al fin y al cabo ella también era ca- sada, hizo jurar á su amante que había de estar no sé cuánto tiempo sin hacer caso de su esposa.

Y él lo juró, porque, aunque estaba enamorado de la andaluza, no quería perder á la murciana, de la que estaba enamorado también. Otra criada debió de estar detrás de otras cortinas, y toda la ciudad supo esto, como había sabido lo otro, ex- cepto la joven engañada y el esposo ofendido, que éstos no se enterarían de nada, según costumbre.

— 140 — Pero mi padre lo sabía tocio muy bien, y hasta hizo algunas reflexiones á Colomba, quien le de- claró que todo era verdad; pero que á él le gusta- ban las dos, y no quería perder á ninguna.

Pío Cid recordaba esta historieta, y se sorpren- dió no p^co cuando, por cabos sueltos, sacó en limpio que la tía de Martina era la mujer del es- trafalario murciano; y como desde el principio comprendió que la tía era la fortaleza que allí había que expugnar, la hirió en el lado flaco de todas las mujeres: la curiosidad, aunque con pro- pósito deliberado de no descubrir jamás toda la verdad de lo sucedido, pues el tipo de Colomba le fué simpático, y no quería arrebatarle el afecto que su viuda pudiese conservar aún á su memoria. El tiro dió en el blanco, y desde el punto en que D.* Candelaria vió á Pío Cid dueño de un secreto que la mortificaba, aplacó sus ímpetus y se de- claró en abierta derrota. No cedió de repente, pero comenzó á hablar como si aceptase el hecho con- sumado.

— Yo comprendo, sí- -dijo, — que, después de todo, la sociedad no merece que uno se preocupe por ella, pues cuando llegan los días de apuro, todas las bocas que estaban abiertas para murmu- rar se cierran diciendo: (.(perdone usted por Dios». Pero una mujer que no está casada está siempre en el aire. Usted piensa hoy de un modo. ¿Y si mañana piensa de otro?

— Aunque piense de otro modo — contestó Pío Cid, — yo no falto jamás á mi palabra. Mientras yo viva, no les faltará á ustedes para vivir, y mientras Martina voluntariamente no estuviera — *14] - conforme en separarse de mí, yo no la abandonará, La mayor parte de los hombres busca en las mii - jeres el placer ó la comodidad, y cuando no los con- siguen, casados ó sin casar, vuelven las espaldas. Yo no busco nada de eso, y, por lo tanto, no puedo tener nunca motivo para separarme.

— Entonces, ¿qué es lo que usted busca? — pre- guntó D.^ Candelaria.

— Yo mismo no lo sé — contestó Pío Cid. — Al- gunas veces me dan ideas de hacer algo, y no hago nada, porque soy perezoso ó porque no tengo necesidades á que atender. Quizás lo que busque sea un estímulo para trabajar ¿Quién sabe? Yu les digo que yo mismo no lo sé.

— Otra cosa — dijo D.^ Candelaria. — Yo tengo tres hijas solteras ¿qué ejemplo le parece á us- ted que es para ellas ver á una prima, que es casi como una hermana, vivir en la situación en que usted quiere colocar á mi sobrina?

— A la semana de estar yo aquí — contestó Pío Cid,— sus hijas de usted me querrán como á un hermano mayor, y si se dejaran guiar por mi, sería para su bien. Usted, no me extraña, tiene ideas ajustadas á la manera usual de vivir, y no com- prende el valor de la realidad. Acaso usted lleve la razón en la apariencia, pero la realidad está de parte mía. Al principio les causará extrañeza lo que, después (jue se les haga la vista, les parecerá naturalísimo; y entonces, cuando no vean la ex- terioridad, percibirán las ventajas reales que hay en la vida tal como yo la entiendo. A mí tam- poco me gusta ponerme en pugna estúpidamente con la opinión de los demás, y en los detalles me — U2 — — U2 — avengo á todo. Ya ven cómo he procurado ser dis- creto en el modo de entrar en esta casa; si quie- ren, pueden decir que soy un huésped, ó que me he casado por poderes y he venido á reunirme con mi mujer. Ustedes tendrán pocas relaciones, y yo no tengo ninguna. Por este lado las complicacio- nes no serán graves.

— Yo — dijo D.^ Candelaria, levantándose — he hablado sin ser realmente la llamada á hacerlo. Mi hermana es quien tiene autoridad sobre su hija y quien debe decidir. Me gustan las cosas por el camino recto, y no veo con buenos ojos lo que ha ocurrido, ni me explico, ni me explicaré jamás, lo que ha hecho esta niña atolondrada. El proceder de usted es muy censurable. Sus ideas muy bue- nas serán; pero viene á defenderlas cuando ya el mal no tiene remedio, sin duda porque sabía muy bien que sin esta circunstancia no le hubiéramos escuchado á usted siquiera. ¿Qué dices tú á todo esto? — concluyó, dirigiéndose á su hermana.

— Su hermana de usted — contestó Pío Cid, le- vantándose también — piensa como usted, y estoy seguro de que ahora me detesta; pero no puede sacrificar á su hija á un orgullo mal entendido. En estas cosas que ocurren sin saber cómo, hay que ver algo superior á nuestra voluntad. Contra la mía salí yo anoche de mi casa, y no me pesa. Al contrario, me alegro de haber salido — anadió, acercándose á Martina; — me alegro, porque estoy seguro de que ningún hombre te hubiera com- prendido como yo te comprendo, y de que tu vida será al lado mío más feliz y más noble que si te hubieras casado con un príncipe. Y diciendo esto — 143 — abrió una hoja del balcón y miró al cielo, y des- pués puso la mano sobre la cabeza de Martina, que seguía amodorrada, tapándose la cara con las manos. — Tú no tienes culpa ninguna — le dijo, — ni necesitas que te perdonen; pero levántate y abraza á tu madre y á tu tía, y demos al olvido lo pa- sado. Desde hoy va á empezar aquí una nueva vida, y hay que comenzarla siendo generosos, no guardándose ningún rencor ni hablando más de asuntos desagradables. Anda, levántate, y no seas tonta.

Martina se levantó sin descubrirse el rostro, y Pío Cid la llevó casi en peso adonde estaba su ma- dre. Doña Candelaria se acercó también, y las tres juntas se abrazaron sollozando. Pío Cid permane- cía de pie junto á ellas, mirándolas como si fue- ran un grupo artístico, no mujeres de verdad.

Así que pasó un rato se acercó más, cogió por los brazos á Martina y la levantó en el aire, sepa- rándola del grupo; así quedaron las tres, mirán- dose cara á cara, y Pío Cid, para dar alguna sa- lida á la embarazosa situación, dijo á Martina; — Anda, quítate la mantilla y vete con tus primas, que las pobres desearán verte.

Martina se fué con la cabeza baja, más que por obedecer, porque le daba vergüenza de que su madre la mirara, y él, apenas la vió trasponer la puerta, añadió: — Hay que pensar lo que hacemos. Yo he de- jado en mi cuarto mis cosas ya preparadas para enviar por ellas, porque no pensaba volver por allá. Si ustedes quieren escribiré una carta y la enviaré con un mozo para que las traiga.

— ¿Qué voy yo á decir? Candelaria, si aun no me he hecho cargo de lo que aquí sucede? — res- pondió D.^ Justa llena de confusión.

— Es singular que haya conocido yo á nsted el día de su santo — dijo Pío Cid á la tía de Martina. — Hoy creo que es la Candelaria.

— Somos dos las Candelarias, porque mi hija, la de en medio, se llama como yo — dijo la inte- rrogada;—pero hablando seriamente, ¿le parece á usted natural que un hombre como usted, que se considera ya de la casa, y, como quien dice, de la familia, no supiera hasta ahora mismo nuestros nombres?

— ¿Qué tiene eso de particular? Yo no le pre- gunto nunca á nadie cómo se llama, ni necesito saberlo. Cuando veo á una persona, yo mismo la bautizo y le pongo el nombre que se me antoja para entenderme, y este nombre es más expresivo que los que ponen en la pila, que, por regla gene- ral, no tienen relación con quien los lleva. Hasta hace poco no sabía el nombre de Martina, y ya ve usted que no hizo falta para interesarme por ella.

— Y ¿qué nombre le puso usted á Martina? — preguntó D."" Candelaria.

— «Pájaro de plomo» — respondió Pío Cid, con la misma sencillez con que hubiera dicho Antonia ó Manuela.

— Quiere decir — contestó Pío Cid — que Martina — 145 - parece un pájaro por lo ligera y atolondrada; pero que cuando se la conoce se ve que tiene un gran corazón y que sus sentimientos son macizos, pe- sados como el plomo. Martina es una de esas mu- jeres (][ue se ligan á un hombre para toda la vida y que le son fieles hasta después de la muerte. Le advierto á usted que, por casualidad, el nombre propio también le cuadra, porque Martina suena algo á martillo, martinete, cosa que golpea y ma- chaca con fuerza, como ella lo hará conmigo, us- tedes lo verán.

— Vamos á ver, y á mí ¿qué nombre me había usted puesto? — preguntó D.^ Candelaria, en tono de confianza. — Dígalo aunque sea malo, porque no me he de ofender.

— A usted le había puesto— contestó Pío Cid — «Fragata encallada». Sus disparos de usted son temibles cuando puede disparar con soltura; pero ahora ha tocado usted fondo y puede uno acer- carse impunemente.

Doña Candelaria torció el gesto, como si lamen- tara reconocer que en verdad estaba embarran- cada y sin poder defenderse con el brío que ella quisiera, y luego preguntó con ciertos asomos de risa: — ¿Y á mi hermana?

— Á D.* Justa — contestó Pío Cid — la he lla- mado «Trompo».

— Eso significa— contestó el infatigable inven- tor de motes — que es una mujer muy activa y ágil, pero que es necesario que otro la baile; es 10 — 14G — decir, que otro le dé el impulso, porque ella carece de iniciativa.

— Eso es verdad; no te ofendas, Justa, es la pu- rísima verdad — dijo la hermana; — pero á ver qué dice usted de mis niñas Niñas, venid aquí — gritó, acercándose á la puerta. — Y cuando las niñas llegaron, añadió: os voy á presentar á D. Pío Mi Paca, mi Candelaria y mi Valentina.

Las jóvenes habían entrado con timidez segui- das de Martina, que ya les había explicado del modo más favorable la fuga nocturna y los pla- nes del que había de ser su esposo. Pío Cid se adelantó, diciendo: — Tiene usted tres lindísimos pimpollos; pero ésta tiene los ojos malos. A ver, qué es lo que tiene — agregó, cogiendo á Paca de la mano y llevándola cerca del balcón para examinarla bien á la luz. — Esta criatura ha tenido cegueras cuando niña, ¿no es verdad?

— Sí, señor — contestó su madre. — Hace tiempo que estamos pensando ponerla en cura — Pues en estos padecimientos no conviene pen- sar mucho; casi todas las enfermedades creo yo que se pueden curar dejando que la naturaleza obre; pero en las de los ojos no se deben dar lar- gas. Va usted á ver cómo la curo yo en pocos días.

— -No, señora; sé algo de afición Nada, yo me encargo de Paca. Hoy mismo compraré los ingre- dientes y haré un colirio, que en unos cuantos días la curará por completo.

— 147 — —;No me lo diga usted! — exclamó contentísima la madre. — Pero esa medicina, ¿no será peligrosa?

— Esté usted tranquila, que no hay peligro; yo respondo con mi cabeza de que Paca se cura — ase- guró Pío Cid para inspirar mayor confianza y para que la fe ayudara algo al medicamento.

— Pero, á todo esto, no se olvide usted — dijo doña Candelaria — de escribir esa carta de que antes habló. Yo voy á salir á la compra y puedo buscar el mozo que ha de llevarla.

— Tengo además otra idea — dijo Pío Cid. — Puesto que hay en casa dos Candelarias, hay que celebrar el día de hoy. Ustedes compran lo que les parezca. Tomen ustedes — agregó, sacando una car- tera y tomando unos billetes, — esta es mi paga del mes, tal como la cobré ayer, que fué día pri- mero; procuren estirarla todo lo que puedan, y cuando se acabe veremos. La idea del convite le pareció á Pío Cid excelente para romper la situa- ción violenta en que todas estarían hasta que pu- diesen tratarle con confianza, y se alegró de que la Candelaria viniese á punto, para que no pare- ciese que festejaban el comienzo de la nueva vida, en la que aquellas honestas amazonas entraban á regañadientes. De tal modo era Pío Cid respe- tuoso con los sentimientos ajenos, y se ingeniaba para evitar los encontronazos que pudieran darse sus ideas con las de aquella pobre familia.

Mientras D.'' Justa y D.* Candelaria se arre- glaban un poco para ir á la calle. Pío Cid pidió avíos para escribir, que Paca le trajo con gran di- ligencia, y escribió á vuela pluma la siguiente carta para D.* Paulita: «Mi estimada amiga: )) Tenga usted la bondad de entregar al porta- dor de la presente el baúl y la maleta que hay en medio de mi cuarto, disponga de éste desde hoy^ pues yo estoy instalado ya en mi Queva casa, que le ofrezco, aunque le agradeceré que no venga á verme hasta que yo vaya á despedirme personal- mente. La razón de esto, que á usted le parecerá extraño, no es otra que mi repugnancia á dar ex- plicaciones, y el disgusto que me causa dejar su casa y su amable y amistoso trato, sin motivo por parte de usted. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, y algún día encontrará us- ted justificado mi proceder, que hoy le parecerá inexplicable. Bástele saber que la casa en que es- toy atraviesa una crisis en nada inferior á la de usted cuando yo entré en ella; porque ustedes eran dos bocas y siquiera tenían un huésped, mientras (|ue aquí las bocas son seis y no hay ningún Ore- llana. Usted logró salir á flote, y en breve tendrá á su lado á su marido y á los dos hijos que le fal- tan; que siga la buena hora, y si alguna vez el carro se tuerce, acuda, antes que á nadie, á su buen amigo y paisano, ))Pío Cid.

))Pío Cid.

í>De esos dos duros haga el favor de entregar uno á Purilla para que se compre el pañuelo que le ofrecí; usted tome catorce reales por el día de ayer, y el pico para caramelos para Paquilla.

D Cuando vaya la lavandera con la ropa, dele las señas de mi nueva casa, que pongo al final.

3) Despídame de los huéspedes, en particular de Benito y los Doctores.»

— 149 — Dobló el papel, lo metió en nn sobre, junta- mente con dos duros en dos monedas, y puso en el sobre: «A Doña Paula Sánchez de Piedrahita, de su a. y p., P. C», y debajo las señas, entre- gando la misiva á las señoras que la aguar- daban.

Apenas se marcharon las mamas. Pío Cid se puso á pasear por la sala y á mirarlo todo con atención. Los cuadros de Colomba le gustaron, aunque veía en ellos cierta vulgaridad que deslu- cía los toques fuertes y personales que revelaban que el que los pintó era un verdadero artista. Después de mirar los cuadros miró á Candelita y le pareció ver en su figura algún parentesco con el estilo de los cuadros. Candelita notó que la miraba y le preguntó: — ¿Le gustan á usted los cuadros de papá?

— Me gustan — respondió Pío Cid, — y el ser hijas de tal padre las obliga á trabajar y á aspi- rar á algo grande. ¿Hay alguna pintora?

— Mi hermana Paca empezó á dibujar, pero no ha podido seguir por la vista — respondió Valen- tina.— Nos gusta más la música á todas.

— ¿Tocáis la guitarra? — preguntó Pío Cid, viendo el instrumento colgado en la pared.

— Un poco nada más — respondió Candelita; —quien la toca mejor es mamá y Paca. Valentina y yo estudiábamos el piano y Martina también.

— Yo sé muy poco — dijo ésta; — no tengo pa- íiiencia para estar mucho tiempo sentada.

— Aquí no tenéis piano — dijo Pío Cid. — Yo no tengo dinero para comprar uno, pero lo tomaré alquilado.

— 150 — — Esos son gastos inútiles — dijo Martina.

— Los gastos que se hacen para entretenerse en casa son los más útiles — replicó Pío Cid,^ — porque, si no hay nada que hacer, se va uno á la calle y gasta más.

— Eso es verdad — asintieron todas.

— Y ¿qué tal os fué anoche en el baile? — pre- guntó Pío Cid, cambiando de conversación. — ¿Cuántos novios os salieron?

— Eso va contigo, Paca — dijo Valentina.

— Diga usted que fué una broma — repuso la aludida. — No fué más que hablar por hablar.

— ¿Cómo se llama el caballerete ése, á ver si yo le conozco? — preguntó Pío Cid.

— Es un chico navarro, que se llama Pablo del Valle — contestó Paca; — no crea usted que es cosa seria. El quedó en buscarme, pero yo ni siquiera me descubrí por completo.

— Ya veremos qué clase de persona es si se presenta — dijo Pío Cid. — Por ahora, lo que tienes que hacer es curarte los ojos.

— Calle usted — dijo Paca, — pues si estoy so- ñando en que usted me dé la medicina.

-^Hoy mismo la haré — aseguró Pío Cid, — y por la noche, al acostarte, te lavas los ojos, y lue- go te pones un trapo de hilo, picado, bien empa- pado en el agua ésa y duermes con él, y ya verás después de dos ó tres días qué efecto tan sorpren- dente. Pero estoy viendo que tenéis una cara que dice á la legua que no habéis dormido esta noche. Lo que debéis hacer es acostaros hasta la hora de almorzar.

— Yo tengo un dolor de estómago horrible — — 15L — dijo Martina. — ¿Por qué no hacemos un poco café?

— Vamos á hacerlo — contestó Paca. — Tú, Va- lentina, baja por leche, mientras yo enciendo el anafe.

Hicieron el café en un periquete, y todos se sen- taron á tomarlo como viejos amigos. Después de hablar un poco del pretendiente de Paca, Martina preguntó á Pío Cid bruscamente, como si estu- viera muy ofendida: — Oiga usted, caballero, ¿qué decía usted antes de pájaros de plomo? ¿Usted no sabe que las pa- redes oyen? O si no las paredes, nosotras, que es- tábamos en la habitación de al lado.

— Al paso que vamos — dijo Pío Cid — las pa- redes, no sólo oirán, sino que verán, porque estas casas de tiritaña parecen hechas con papel mas- cado.

— Y muy bien hechas — insistió Martina, — para que anden con cuidado los largos de lengua.

— Qué, ¿no te gusta que te comparen con un pájaro? — preguntó Pío Cid.

— Si fuera un pájaro bonito — respondió Marti- na,— con plumas de colores, ó si es de metal, un pájaro de oro, no habría nada que decir; pero pá- jaros de plomo no los hay, y si los hubiera serían feísimos. Eso ha sido una ofensa que no se me ol- vidará.

— ¿Ya empieza el martillo? — preguntó Pío Cid con calma risueña.