SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Page 12 of 34

— No ando muy bien, y antes de estar peor me curo, aunque parezca que me curo en salud — con- testó Pío Cid. — Si ese anuncio no pega, recurrire- mos á la preparación para carreras especiales ó á los estudios de Derecho. Lo de las lenguas me agrada más, porque es lo que me molesta menos.

— Te voy á hacer una proposición — dijo Cán- dido Vargas: — te encargo para mi periódico una revista extranjera, de política principal- mente; semanal ó quincenal, ó trimensual, como quieras.

— Aceptado y gracias — dijo Pío Cid; — pero no olvides por eso el anuncio.

— No lo olvidaré — contestó Cándido Vargas, — porque cuenta con que no- te voy á dar ningún pu- ñado de duros; que el periódico anda de cabe- za, y lo más que podré arañar serán quince du- rejos.

— 191 — — Tú das lo que quieras — dijo Pío Cid, — y adiós.

Se marchó, y según lo convenido, siguió viniendo todas las semanas un día, y en dos ó tres horas daba un vistazo á la prensa extranjera y componía lo que él llamaba su buñuelo, y se iba como si no hubiera hecho nada. Otras veces traía las revistas hechas ya, sin haber leído los periódicos, y por raro azar éstas eran las mejores y más acertadas en sus pronósticos políticos. Pero más que sus pro- nósticos, lo que nos llamaba la atención en él era la pasmosa facilidad de su pluma, que en un ins- tante cubría de ilegibles garrapatos seis ú ocho cuartillas, de las que luego salía \m artículo tan claro y sonoro que daba gusto leerlo.

El anuncio salió en El Eco, y valió á Pío Cid dos lecciones, que, juntas con las revistas, le da- ban más de treinta duros al mes. Y una de las lecciones le dió, además, un amigo, que debía ejercer en su vida una considerable influencia. No porque este amigo fuese hombre de mucho valer, sino porque le sacó de sus casillas y le lanzó en una aventura desdichada, donde se originaron grandes infortunios. En un mismo día fueron á hablarle los dos discípulos: Severiano Tauris y Adolfo de la Gandaria. Tauris era italiano, ó griego de nacimiento, aunque su idioma natural era el alemán por haber vivido, cuando era niño, en Alemania con su padre, que, según parece, se vió obligado á huir por cuestiones políticas. Des- pués de rodar por el mundo había venido á Es- paña, y como se hallaba mal de recursos, pensó hacer oposiciones á unas cátedras de alemán, para las que no era obstáculo su condición de extran- jero. Lo que él deseaba era conocer bien el espa- ñol, estudiándolo con un maestro que supiera hablarle en su idioma. Pío Cid le dió las lecciones que necesitaba, pero sin tratarle nunca con inti- midad; porque creyó que el tipo aquel era un pájaro de cuenta, y que á poco que se ahondara en él, quizás resultaría falso hasta el nombre. Con Gandaria, al contrario, intimó pronto, porque éste era un joven que se hacia querer por su carác- ter franco y jovial, no obstante sus pretensiones de diplomático. Gandaria era diplomático efectivo; servía como agregado en el Ministerio de Estado, y esperaba que le nombrasen en breve secretario en la Embajada de Londres, por desearlo él así y contar con buenos padrinos.

— Ya ve usted — decía Gandaria cuando fué á hablar con Pío Cid, — me parece una insigne ma- jadería ir á un país sin conocer su idioma. Esto es lo que hacen todos, pero yo no quiero hacerlo, sino que estoy decidido á hablar inglés por los codos antes de cruzar el canal de la Mancha.

— Su decisión de usted me parece muy discreta, señor Gandarias — le dijo Pío Cid, — y si de mí depende, hablará usted en dos meses como una cotorra.

— No me llamo Gandarias, señor Cid — recti- ficó el joven, — sino de la Gandaria. Los Ganda- rias no tienen nada que ver con nosotros, aunque esto no es rebajarlos.

— Sea Gandarias ó Gandaria — dijo Pío Cid, — lo esencial es que usted me parece una persona muy estimable, y que le daré con muclio gusto — 193 — lecciones de inglés en cuanto usted se decida á comenzar.

— Mañana mismo, si usted quiere, á esta mis- ma hora, que es la mejor para mí, porque es cuando salgo del Ministerio.

Así comenzaron las lecciones de Gandaria, que á los pocos días no faé discípulo, sino amigo ínti- mo y admirador de Pío Cid.

Gandaria era muy entusiasta, y no era menes- ter mucho para que él pusiera á las personas en los cuernos de la luna. Pío Cid le entró por el ojo derecho, y después que le oyó hablar de una por- ción de materias que él desconocía en absoluto, se quedó pasmado. Debe de advertirse que Gandaria, cuyo talento natural era grandísimo, tenía una cultura superficial y tan estrecha de molde, que hablarle á él de labranza ó de trabajo industrial, ó de las operaciones de los diversos oficios, ó de animales, plantas y minerales, ó de los astros que pueblan el firmamento, y de las miserias que se agitan en el fondo de la vida humana, era des- cubrirle arcanos, ante los que se quedaba asom- brado y atónito. Pío Cid le pareció un pozo de ciencia, y si algo faltaba para diputarle por sabio universal, este algo llegó el día que Gandaria, creyendo estar puesto en terreno firme, intentó cegarle los ojos hablándole de diplomacia y de si á España le convenía aliarse con ésta ó con aquella nación, y de las contingencias probables en todos los casos, según la pauta que él se sabía de me- moria. Aquel día Gandaria echó el resto, y no fué el joven distinguido que sabía montar á caballo y llevar el frac con distinción suprema, sino que fué 13 — 194 — 13 — 194 — el regenerador de la vieja y carcomida diplomacia española. Pío Cid le dejó desahogarse, y después de escuchar pacientemente la elocuentísima mon- serga, le dijo por toda contestación: — Ahora mismo me he convencido, amigo Gan- daria, de que tiene usted un verdadero tempera- mento de poeta, y de que debe usted dejar en el acto la diplomacia para que ésta siga su curso natural, que es el que ahora sigue, y el que debe seguir sin que nadie lo tuerza.

— Hombre, usted me descuaja (esta palabra y otras machas eran nuevas en el vocabulario del joven diplomático). ¿Será usted capaz de sostener que nuestra política exterior es inmejorable? — preguntó á su contradictor dando un puñetazo en la mesa.

— Es inmejorable porque no existe — contestó Pío Cid.

— Pero no se precipite usted — continuó Pío Cid; — no existe, ni debe existir, hasta que nazcan en España seres racionales que comprendan lo que conviene hacer. Mientras este día llega, el mejor partido es no hacer nada, y para no hacer nada no es posible encontrar, ni buscándolas con un candil, personas tan diestras y hábiles como las que ahora tenemos al frente de nuestros nego- cios, que deberían llamarse no-negocios.

— Ja, ja, ja.; Si yo dijera en la Casa que debe lla- marse Ministerio de los No-negocios Exteriores I — exclamó Gandaria riendo como un desesperado.

— Si lo dijera usted le darían una cruz — dijo Pío Cid.

— Todo podría ser — asintió Gan daría.

— En nuestro amado país - dijo Pío Cid— todos los centros gubernativos debían llevar una partí- cula negativa. Tendríamos Ministerios de la Des- gobernación y de la Desgracia, de la Sinliacienda y de la Sinmariaa, y así por el estilo. El único que funciona es el de la Guerra, y funciona mal. Pero ahora, hablando seriamente, yo le digo á usted que hay que trabajar para que España se levante, y que hasta que se levante no hay medio de hacerla andar en ningún sentido. Por esto la diplomacia es la última que debe aquí entrar en juego, y por ahora nada bueno se podría sacar metiéndose en historias, como no fuera que nos moliesen á palos como á D. Quijote los yangüeses. Yo he conocido á muy pocos diplomáticos españo- les, y alguno de ellos ni siquiera conocía los lími- tes geográficos del país en que representaba á España; pero éste, más que los otros, tenía un orgullo á prueba de bomba; y como quiera que lo único que hoy teremos en España es ignorancia y orgullo, no se puede pedir más perfecta represen- tación de lo que somos. Ese orgullo es bueno; algún día vendrá el saber y todo se andará. Nos- otros no conocemos más que dos orgullos: el aristocrático y el militar. El día que tengamos el orgullo intelectual podremos aspirar á algo. Yo soy quizás el único español que tiene ese orgullo, pero pronto nacerán centenares que lo tengan, y usted debía también afiliarse á mi bando, y puesto que posee bienes de fortuna, dejarse de diplomacias y trabajar para ser el primer poeta de España.

Probablemente hablando así, Pío Cid recargaba — 196 — — 196 — adrede, coji colores sombríos, el cuadro, ya triste de suyo, que ofrece nuestra infortunada nación, para quitarle á Gandaria de la cabeza el propó- sito de regenerar á su patria; porque el joven diplomático era uno de esos fantaseadores cando- rosos que lo bailan todo llano como la palma de la mano, y se figuran que no bay más que imagi- nar las cosas para que luego ocurran como se las babía imaginado. El unía en abrazo fraternal á España con todas las naciones de origen hispá- nico, y con este núcleo de fuerza se convertía en arbitro, ó poco menos, de los destinos del orbe. Sobrevenía un formidable conflicto entre Europa, coligada, é Inglaterra sola, en su solo cabo, y el triunfo del continente era seguro; pero España se ponía del lado de Inglaterra, y Europa tenía que rendirse á discreción después de un larguísi- mo bloqueo. Excepto Rusia, las naciones escandi- navas y Suiza, que habían permanecido neutrales^ todas las demás salían con las manos en la cabeza, mientras que España, aparte de la restitución de Gibraltar, se redondeaba con el protectorado en Marruecos, quedando de paso fundada la unidad ibérica, porque Portugal había combatido al lado de España, y después de la victoria habían ambas naciones convenido en la unión.

— Todo eso está muy bien — le dijo Pío Cid echándole otro jarro de agua fría; — pero no se forje usted ilusiones. Casi todos los oficiales de nuestro ejército salen de las Academias soñando en arduos problemas estratégicos, y después se consumen años y años ¿en qué? en instruir á los quintos é inspeccionar el rancho. Si usted va á — 197 — una Embajada, lo que tendrá usted que hacer, si hace algo, es poner en linipio las comunicaciones que escriba algún superior, que quizás estén pla- gadas de sandeces. Y cuando á los treinta años de servicios llegara usted á ser cabeza, estaría usted tan aplanado y tan macilento que no pen- saría usted más que en cobrar la nómina.

— Pero, amigo Cid — replicó Gandaria, — por precisión hay que ser brazo si se pretende ser algún día cabeza.

— Ese es un error— afirmó Pío Cid; — el que quiere ser cabeza debe serlo desde que nace. Si usted se dedica á la poesía y logra tener una per- sonalidad, ya es usted cabeza; y si además de la poesía le gusta la diplomacia, siendo un gran poeta puede ser, de golpe y porrazo, ministro ó embajador.

— No está mal pensado eso — dijo Gandaria.

Y se fué aquel día dispuesto á ensayar sus fuer- zas poéticas, y convencido de que Pío Cid era tam- bién, por ser de todo, perro viejo en materias diplomáticas, no sólo por las muchas historias secretas de que se mostraba enterado, sino porque al despedirse le dijo: — Amigo Gandaria, para quitarle á usted por completo las ilusiones que le puedan quedar, le diré que ese señor I. K. Dávalos que firma las revistas de El Eco, y que usted ha citado como gran autoridad en apoyo de algunas de sus opi- niones, soy yo mismo; y le diré además que lo que allí escribo lo escribo para comer y porque sé que nadie ha de hacerme caso por ahora. Mis ideas no serán malas, pero son prematuras, y las expongo — 198 - para que vayan sonando en las distraídas orejas de nuestros compatriotas.

Lo que decidió á Pío Cid á aconsejar á Ganda- ria que cultivara las musas, fué la brillante ima- ginación de que aquel día hizo gala el joven; y por si la imaginación no bastase, liabía además otra circunstancia más honda, en la que el amor andaba por medio. A la tercera lección fué ya Gandaria presentado á la familia de Pío Cid, y comenzó á frecuentar la casa y á pretender llevar á Pío Cid á la suya. Este se excusó con el pretexto de sus muchos trabajos, y arregló de modo que intimasen Gandaria y Pablo del Valle, de cuya amistad se prometía muy buenos frutos. Donosa le parecería la ocurrencia á quien hubiera visto, como yo vi, entrar un día en la Redacción á Gan- daria y Pablo del Valle, cuyas figuras hacían reir viéndolas juntas. Gandaria era un poco obe- so, mny rubio, los ojos azules, la nariz aguileña y la boca un poco sumida, sombreada por un ligero bozo que aún no llegaba á bigote, y toda su per- sona era la perfección consumada en el vestir y la corrección atildada en el trato. Pablo del Valle era flaco y demacrado, casi exangüe; y con sus ojos tristes y su barba negra, parecía un Cristo crucificado, que en vez de túnica llevaba unos pantalones roídos por abajo y un gabán inverosí- mil. Este antagonismo, justo es decirlo, duró poco, porque, en cuanto Gandaria tuvo confianza con su amigo, le dió uu gabán muy decente, y luego le dió unos pantalones y un chaleco y un cliaquet, y sombrero y calzado, y hasta ropa interior. Con esto, y con algo que puso también Pío Cid, Pablo — 199 — del Yalle se metamorfoseó completamente, y Paca, que antes le miraba con lástima, comenzó á mi- rarle con satisfacción. Pablo del Valle le dió en cambio á G andarla una idea, la única que él tenía y que era su ídolo y su amor: el Libro. Su adora- ción era tal, que á faerza de mirar un volumen por fuera adivinaba lo que decía por dentro sin ne- cesidad de leer, á lo que no era muy aficionado. Gandaria empezó á hablar del tomo de poesías que estaba preparando; y aunque al principio la noticia era falsa, no tardó en ser verdadera, porque el falso poeta, sugestionado por su propio atrevi- miento, no quería quedar en ridículo, y probó sus fuerzas y vió con asombro que sabía componer versos, y oyó á Pablo del Valle afirmar que los versos eran óptimos, y se echó a volar por los es- pacios etéreos. Todas estas transformaciones las noté yo, porque Gandaria y Valle iban con fre- cuencia á El Eco á buscar á Pío Cid; y cuando comprendí por ciertos detalles que detrás del telón estaba Pío Cid moviendo los muñecos, fué cuando me fijé en el laro y original mérito de mi gran paisano, y me aficioné á él y solicité ser su amigo, y conseguí ser el predilecto, según me dijo muchas veces, y sufrir su benéfica influencia. A todos los transformaba, y á mí, por estimarme más, me trastrocó, de joven ambicioso que era, en filósofo contemplativo, y me arrinconó en este lindo car- men, quizás para que pudiera escribir la historia de sus trabajos que ahora mismo estoy escribiendo.

Además de la idea del libro de poesías, le ins- piró Valle á Gandaria la de impulsar á Pío Cid por un nuevo camino.

— 200 — — Si yo me hallara en el Ingar de usted — le dijo — no dejaría que se consumiera sin dar utili- dad al mundo un hombre como Pío Cid.

— ¿Qué me dice usted?— respondió Gandaria. — Yo soy el primero en aconsejarle que se dé á co- nocer y ocupe el puesto que merece.

— No bastan los consejos con un hombre como él — insistió Valle; — hay que comprometerle. ¿Cree usted que si le dijeran, por ejemplo, vaya usted de gobernador á tal provincia, sería capaz de renunciar? Y si su papá de usted, que manda tanta fuerza en la nueva situación, lo deseara. Pío Cid sería gobernador como yo me llamo Pablo.

— Pero Pío Cid — contestó Gandaria — no tiene condiciones para el cargo.

— Pío Cid — afirmó gravemente Valle — sirve para todo. Yo he leído versos suyos, que son una maravilla, y le he oído hablar de ciencias y de ar- tes como un oráculo, y luego le he visto hacer cosas que parecen impropias de un hombre de es- tudios y que revelan que para él no hay nada grande ni pequeño. El curó á mi novia como usted sabe, y yo le he visto hacer los collares que tienen los gatos de Valentina, que parecen obra de un maestro talabartero. Si va al Parlamento y quiere hablar, aunque no ha hablado nunca en público, hablará como Cicerón ó Demóstenes; y si le nom- bran gobernador, convertirá su provincia en un paraíso.

— No me refería yo — dijo Gandaria — á las con- diciones de inteligencia y carácter, pues de sobra conozco á nuestro amigo, sino á la aptitud legal.

— 201 — Para que fuera goberuador tendría antes que ser diputado.

— Y ¿á usted le parece que es muy difícil sacar un diputado? — preguntó Valle. — Ahora están ha- ciendo el encasillado para las próximas elecciones, y con trabajar un poco la partida — Ya hablaremos de eso — dijo Gandaria des- pidiéndose.— Si de mí dependiera Valle se fué muy contento, pensando en que, si algún día Pío Cid era nombrado gobernador, él iría de secretario del gobierno, cargo que le sedu- cía más que ningún otro. Gandaria entró en sn casa deseoso de hacer algo por Pío Cid, ahora que había encontrado la manera práctica de mos- trar su entusiasmo por su maestro.

Halló reunidos en conversación familiar á sus padres y á su única hermana, Consuelo, que tenía dos años menos que él y que era una encantadora criatura. Don Adolfo estaba de pie junto á la chi- menea; D.^ Fernanda leía, alternando en la con- versación, y Consuelo jugaba con un perrillo de lanas, mientras hablaba con su padre precisamente de Pío Cid. Porque Adolfito les había dicho algo de éste y de su familia, principalmente de Mar- tina, de la que habló con tanto interés que Con- suelo no pudo menos de decirle: — Adolfito, parece que ta maestra te ha flechado con buena puntería.

— ¿Qué me dices, Consuelito? — respondió él. — ]Ni pensarlo siquiera!

Así, cuando entró Adolfo, Consuelo se encaró con él y le dijo: — ¿No te aseguraba yo que no me era descono- — 202 — cido el nombre de tu profesor? Pues no me equi- vocaba. Hoy he hablado con alguien que le conoce y que sabe de él lo que tú no sabes.

— Cuéntame, cuéntame — preguntó Adolfo con viveza.

— No quiero guardar ningún secreto — contestó Consuelo. — La que me ha hablado es Rosita Suá- rez, á quien tú conoces muy bien. Pero te encargo que no le hables de esto.

— Y ¿qué te ha dicho Rosita? — preguntó Adolfo de nuevo.

— Te contaré— respondió Consuelo, disponién- dose á hablar con puntualidad. — Un día me vine de la iglesia con Rosita, y hablábamos de lo per- didos que están, digo, que estáis los hombres, y le pregunté yo á Rosita que si no había pensado nunca en casarse. «¿Querrás creer, me respondió, que yo misma me parezco una vieja y que no me acuerdo de que haya hombres en el mundo? — ¿Pero es posible, le pregunté yo, que no te haya interesado nunca ningún hombre? — Ninguno, me contestó; es decir, hay uno, pero éste no sé si es un hombre ó un demonio. — ¿Quién es?, le pre- gunté.— Tú no le conoces, porque no frecuenta la sociedad ni su nombre suena para nada.» Y en- tonces me dijo el nombre de Pío Cid, que se me quedó en la memoria porque no es corriente ni vulgar. «Y ¿cómo es, le pregunté yo, que habién- dote interesado no te casaste con él? — No era po- sible, me respondió; en fin, no hablemos de esto, que á nadie se lo he dicho nunca sino á ti.» Hoy recordé esta conversación, y que Rosita era la que me había hablado de tu profesor, y fui á hablar - 203 — - 203 — con ella; y ¿sabes lo que me lia dicho? Que no es posible que Pío Cid esté casado. Por cierto que se puso más pálida que un cadáver, y que para mi es seguro que ella lia tenido algo con tu profesor.

— ¿ Q üé me cuentas, Consuelito? — exclamó Adolfo. — Que me maten si comprendo.

— Pues es muy claro — dijo Consuelo. — Rosita es una joven decente; el D. Pío lia tratado de en- gañarla, y ella, aunque le quisiera, ha huido de él, como hubiera hecho en su lugar cualquier mu- jer honrada.

— Más fácil es — gritó Adolfo — que Rosita esté celosa porque Pío Cid no le haya hecho caso. ¡No irás á decirme que Rosita es una beldad!

— Celosa ó no celosa — contestó Consuelo, — lo que ella asegura, apostando la cabeza, es que Pío Cid no está casado y que la familia con quien vive debe de ser gente de manga ancha.

— Y lo que yo aseguro — gritó Adolfo enfure- cido— es que si una mujer se enamora de un hom- bre, y ese hombre quiere engañarla, no hay decen- cia ni honestidad que la salven.

— No digas esas herejías, Adolfo — exclamó doña Fernanda. — Ese no es modo de hablar con una hermana tuya.

— Es que me molesta la gazmoñería — dijo Adolfo, — y esa Rosita, que es más fea que un ga- lápago, quiere tirar piedras á las demás jiorque la rabia se la come de no haber podido encontrar quien cargue con ella.

— Y tú te enfureces — dijo Consuelo con mali- cia— porque te tocan en el punto sensible.

— ¿A mí? — preguntó Adolfo. — Déjate de cuen- — 204 — tos. ¡Pues si hoy mismo venía á hablarle á papá en favor de Pío Cid! ¿Quieres mejor prueba de que soy su amigo leal y verdadero?

— Y ¿qué ibas á decirme? — preguntó D. Adolfo, que presenciaba la escena con impasibilidad, en él habitual.

— Pues te iba á decir — contestó Adolfo — que á ti que te gusta proteger á quien vale y crear hom- bres de provecho, se te presenta ocasión de ayudar á un hombre á que sea ministro en veinticuatro horas.

— No exageres — contestó D. Adolfo, que, en efecto, era una nulidad completa, y á falta del orgullo de ser algo, tenía el orgullo de dar, como él decía, «golpes de hombro» á todos los que se figuraba que prometían.

— Ahora que tenemos en el Ministerio á D. Bar- tolomé— insistió Adolfo, — podías trabajar para que sacaran á Pío Cid como adicto, y tú verías si mi hombre daba ó no de sí. Por supuesto que voy á obligarle á que venga, y en cuanto hables con él verás que me quedo corto.

— ¿Cómo es eso? — preguntó el papá.— ¿No que- rrá él venir?

— El dice — contestó Adolfo — que su casa está abierta para todos, pero que no quiere ir á casa de nadie, porque no le gustan los cumplimientos ni los compromisos que el trato trae consigo.

— Entonces, ¿qué hombre es ese para la políti- ca?— preguntó el papá.

— Ahí está el quid — respondió Adolfo; — en que no es un ambicioso, sino que hay que forzarle y comprometerle para que salga de su obscuridad.

— 205 — — Hombre — dijo el papá, — me parece que ha- biendo tantos cientos y miles que están suplicando con el sombrero en la mano, es una insigne esta - pidez, y dispensa la frase, ir á solicitar á quien no pide nada, ni probablemente agradecería lo que por él hicieran.

— Ahí está el mérito — insistió Adolfo; — y en fin, tú le conocerás.

Fuese D. Adolfo, y tras él su esposa, y queda- ron solos los hermanos.

— Mira, Adolfito — le dijo Consuelo, — yo soy más lista que tú, y te estoy viendo, y lo que tú deseas es sacar á tu amigo de su casa para que te deje el campo libre.

— Consuelo, por Dios, eres atroz cuando te po- nes á pensar mal — exclamó Adolfo. — Que me muera ahora mismo de repente si tal idea ha pa- sado jamás por mi cabeza.

— Bueno — insistió la hermana, — yo te hago la indicación para que andes con cuidado, porque — añadió, bajando la voz, — esto no lo he querido de- cir, pero sé por Rosita que ese Pío Cid es un hom- bre terrible, que tiene cometidas las mayores crueldades que se pueden concebir.

— Esos son cuentos de vieja — afirmó Adolfo.

— Rosita lo ha leído en un libro, y desde enton- ces le tomó horror á ese hombre — dijo Consuelo.

—; Cállate! — exclamó Adolfo. — ¿ Si será ese el libro que dice Pablo del Valle que compuso Pío Cid, y del que tiene el único ejemplar que hay en España un cura que dice misa en San Ginés? Si es asi, no me extraña lo que dice Rosita, porque el cura no ha querido prestarle á Valle el libró — 206 — — 206 — á causa ele las herejías que contiene. Pero ese libro es de entretenimiento. Ya conocerás tú á mi ami- go, y me dirás si no es un hombre de gran cora- zón. ¿Quieres que le proponga venir á darnos á los dos la lección de inglés? Asi vendría sin difi- cultad.

— Bueno, haz lo que quieras — dijo la joven, que ya sentía curiosidad por conocer á Pío Cid, aunque no tanta como por conocer á Martina.

Pocos días después vino Pío Cid á casa de los Gandaria acompañado de Adolfo; y aunque la vi- sita era la primera no fué de mero cumplido, sino que en ella se trató de asuntos serios y quedó cimentada la resolución de D. Adolfo de ayudar con todo su valer á aquel hombre, que no sólo demostraba tener un talento descomunal, sino que, por una rara circunstancia, coincidía en sus pun- tos de vista con los del propio señor de la Gan- daria. Verdad es que D. Adolfo, aparte su idea fija de ejercer de Mecenas político, no tenía ideas propias ni puntos de vista personales, y se adhería á los de los demás; pero, de todos modos, es cierto que jamás se adhirió á nadie con tanta fuerza ni con tanto entusiasmo como á Pío Cid, que aquel día estuvo inspirado y certero. Se habló de cosas superficiales, llevando el peso de la conversación los dos Gandaria, padre é hijo. Pío Cid asentía ó contestaba con alguna frase breve, para que fuera D. Adolfo quien llevara la voz cantante. Hasta que al término de la conversación, estando pre- sentes D.^ Fernanda, que entró á buscar á su ma- rido para salir con él, y Consuelo, que se quedaba en casa con Adolfo para comenzar las leccio- — 207 —