me gustan más las carreras de caballos», y demás preguntas y respuestas, que se cursaban en inglés, iba Pío Cid apoderándose del espíritu de Consue- lo é inculcándole un sentimiento religioso extraño, que no era la devoción vulgar, sino más bien la complacencia artística de los ejercicios espiritua- les y la sugestión de un amor infinito, que co- menzó á tomar cuerpo en soñadas visiones, que á la muchacha le causaban sumo deleite. Un día Adolfo faltó á la lección para ir con Pablo del Valle á casa de Pío Cid, donde únicamente logró hablar con D.* Candelaria, porque las niñas hi- cieron como que estaban muy ocupadas á fin de que la visita no se prolongase. Entretanto Pío Cid y Consuelo tuvieron un vivo coloquio, que debía ser el último, y en el que se formara la voca- ción firmísima que decidió del destino de la joven. Hablaron principalmente de amor, y ella estuvo más atrevida que nunca había estado.
— Algunas veces — decía — he pensado ya si mi vocación será religiosa; pero yo creo que si lo fuera sólo pensaría en asuntos piadosos y no tendría, como tengo, estas ansias de vida y de actividad febril y esta afición á los placeres mundanos. Quizás he tenido la desgracia de no sentir una pasión que me abriera los ojos, y, á falta de amor, me acojo á la fe, y creo ó empiezo á creer que mi felicidad está en encerrarme en un convento. Pero bien sabe Dios que tengo mis dudas y que temo echarlo todo á rodar si llegara á mis oídos una palabra de verdadero amor humano, no del que brinda la necia y viciosa juventud que nos galan- tea tan insulsamente que nos hace ver como de- is — 226 — testable y vana una vida que acaso sea fecunda en goces cuando se sabe vivirla.
— No sé qué pensar — contestó Pío Cid; — pero de mi digo que, si hubiera tenido creencias, seria fraile á estas horas. Me enamora sobre todo la vida del espíritu, y son tantos los obstáculos que la entorpecen cuando se transige á vivir rodeado de las obligaciones y compromisos que la sociedad engendra, que creo preferible no empeñar el com- bate y volver desdeñosamente las espaldas, di- ciendo: «¿Qué me importa, triunfador ó derro- tado, esa lucha, cuando tengo yo algo más alto adonde dirigir mis fuerzas y de donde recibir más noble premio?» Una debilidad suele costar cara, y en prueba de ello vea usted lo que me cuesta la que yo cometí saliendo de mi retiro, donde vivía como un monje, y lanzándome á crear una fami- lia. He tenido que conocer y tratar algunas per- sonas, y por ellas me veo ahora metido en la aventura política que usted sabe, y de la que no puede salir nada bueno. He tenido la suerte de tratar á usted, que es una de las mujeres más no- bles que he conocido en mi vida, y ahora sufro la tristeza de dejarla, quién sabe si para siempre.
— Eso no — interrumpió Consuelo; — aunque us- ted triunfe y consiga después los más altos pues- tos, ¿quién impide que nos sigamos tratando como buenos amigos?
— La dificultad no está en que yo triunfe — con- testó Pío Cid, — ni en que consiga lo que usted dice, que no lo deseo, sino en que, tarde ó tem- prano, nuestros rumbos se apartarán y no volve- rán á reunirse. Sin contar con que á mí no me — 227 — engañan mis presentimientos, y ahora presiento que no nos volveremos á ver, aunque sigamos vi- viendo á pocos pasos el uno del otro.
— No debe usted decir eso— afirmó resuelta- mente la joven; — mas por si acaso el presenti- miento se cumpliera, voy á rogarle á usted que, me deje un recuerdo. Adolfo me ha asegurado que es usted poeta; y aunque usted no me lo ha que- rido confesar, no se negará á escribirme unos ver- sos en un álbum, en el que hay ya algunos ^Tonterías de muchacha», dirá usted; pero son tonterías inocentes — agregó Consuelo saliendo de la sala donde daban las lecciones en busca del ál- bum, con el que volvió en breve.
Pío Cid había asentido con una ligera inclina- ción de cabeza al deseo de su discípula, y puesto en el aprieto de componer algo, tomó la pluma que se le ofrecía é improvisó una especie de do- lora, que creyó sería del agrado de la joven, y que decía así: Yo he visto una graciosa enredadera Sobre el césped tendida en la pradera, Y pensé en ti.
He visto un árbol sin ramaje, muerto, Y de plantas parásitas cubierto, Y pensé en mí.
Y soñé que aquel árbol adoraba La linda enredadera y la llamaba: — Ven, y á mi cuello abrázate amorosa; Yo seré el firme apoyo de tu vida; Tú serás la ilusión bella y piadosa En que mi muerte quedará escondida.
Pío Cid se interrumpió un momento, y la joven, creyendo que la poesía estaba concluida, se in- - 228 — elinó nn poco y la leyó en voz baja, diciendo con vivo interés al terminar: — Son mny bonitos, pero falta lo principal^ porque no se sabe lo que hizo la enredadera.
— Aun falta la segunda parte— dijo Pío Cid levantándose á mojar la pluma.
Se volvió á sentar con el álbum sobre la rodilla^ y siguió escribiendo: Pasó el tiempo, y la linda enredadera Murió; yo la busqué por la pradera Y no la vi. Murió abrazada al árbol, solo, muerto, Que de plantas parásitas cubierto, Seguía allí.
Y soñé que aquel árbol suspiraba Sumido en honda pena, y murmuraba: — Ya somos dos los muertos: la piadosa, Bella ilusión voló desvanecida, Y ya vuelve á mostrar su cara odiosa La muerte que se burla de la vida.
Consuelo tomó el libro que Pío Cid le ofrecía y concluyó de leer los versos, y volvió de nuevo á leerlos todos. Y su semblante se puso tan triste, que Pío Cid le dijo: — A quien no fuera usted no le hubiera yo es- crito unos versos tan fúnebres, que quizás estarían mejor sobre una lápida en el cementerio que en un libro de recuerdos íntimos de una niña que aun no tiene veinte años. Pero yo amo la sinceri- dad, y esa idea se me ha ocurrido y la he dedicado á usted, á quien, por lo mismo que la quiero, no podía ofrecerle una impresión risueña que, por estar lejos de mi ánimo, habría de tener artificiosa — 229 — — 229 — compostura. No me guarde usted rencor por mi ingrata franqueza.
— Al contrario — replicó la joven, — le agradezco esta prueba de estimación que me da; porque al dedicarme unos versos tan tristes, me habla como á mujer seria j formal; y esto me complace más que si me dedicara versos alegres y ligeros, como «on todos los que bay aquí. La verdad — añadió hojeando el álbum — es la que usted ha escrito. A mí se me ocurría como más natural que la enre- dadera oyese al árbol y que los dos fueran felices, hallando el uno en el otro lo que á ambos les fal- taba para serlo. Y, sin embargo, lo natural es que la enredadera se marchite y que, en vez de dar vida al árbol, muera ella también, y que el árbol se quede más solo y más muerto que antes estaba. Lo que más me entristece en esto, es pensar que, cuando á usted se le ocurren estas ideas, debe tener en su alma tin vacío inmenso que asusta. Yo le he visto á usted siempre rehnir las conver- saciones en que podía manifestar su descreimiento; pero, á pesar de su discreción, me parece ver en usted el hombre de menos fe que existe en el mundo; y si además de no tener fe no tiene tam- poco alegría de vivir, ni esperanzas, ni ilusiones, ni ambición, su existencia será como la de ese árbol muerto de que habla aquí. Y lo que más me extraña es que haya usted despertado en mí sen- timientos religiosos que estaban adormecidos. Qui- zás la pena que usted tiene por vivir sin creencias le inspire ese deseo de fortificarlas en los demás, porque de otro modo es usted incomprensible.
— No es usted sola — contestó Pío Cid— quien — 230 — ha notado en mi esa desilusión aparente de mi vida. Porque estamos acostumbrados á ver á los hombres luchar por ideas convencionales, y cuando un hombre lucha, ó mejor, trabaja sin guiarse por ninguna de esas ideas, se le cree desventurado, necio ó loco; pero nadie es capaz de penetrar en el pensamiento ajeno, y bien podría suceder que el que vive sin ideas fijas ó dejándose llevar de impulsos contradictorios, tuviera dentro de si un ideal muy alto y permanente. ¿Cómo se concibe que un hombre irreligioso trabaje en pro de la re- ligión unas veces, y otras en contra de ella, y que ese hombre no se mueva sin rumbo fijo, sino que sea tan firme é inconmovible como el árbol muer- to, que mnerto sigue clavado en tierra, mientras algunas de sus raíces están quizá echando retoños? Esto ocurre porque la maerte es fecunda y crea la vida, aunque sea sólo para entretenerse con ella; y un hombre que llevase la muerte absoluta dentro de su espíritu, y que se viera obligado á trabajar, sería un creador portentoso, porque no teniendo ya ideas de vida, que siempre son pequeñas y mi- serables, crearía con ideas de muerte, que son más amplias y nobles. Si ha habido un Creador que ha creado cuanto existe de la nada ó de la muerte para que acabe en la muerte y en la nada, y entre estos dos términos fatales ha dejado que la vida se desarrolle libremente, yo creo que re- niegan de ese gran Artífice cuantos se empeñan en someter la vida á una idea personal y mez- quina. Mejor es echar leña al fuego donde le hay, trabajar en favor de cuantos se esfuerzan por le- vantar su espíritu á las alturas ideales. Vulgar es — 231 — la comparación, pero exacta. Yo encnentro á un hombre caído en medio de la calle, y le ayudo á ponerse en pie, y después le dejo ir sin pregun- tarle adónde va. ¿Sería justo que por haberle levantado le obligase á venirse conmigo? Pues esto hacen los hombres, todos los hombres, cuando prestan un servicio intelectual; lo prestan para que el discípulo se someta á las ideas del maestro. Yo no he preguntado jamás á nadie las ideas que profesa ni he intentado cambiárselas por otras, porque yo mismo carezco de ideas personales, y si teogo alguna, la menosprecio mientras no se de- pura y se convierte en idea humana. Usted es re- ligiosa, yo lo he comprendido así, y he notado que lo más firme que hay en usted es el sentimiento religioso, y que por él llegará usted muy alto si logra tomar vuelo. Por esto yo me he permitido influir en su ánimo, aunque estoy seguro que sin mi influencia en usted sola se hubiera despertado ese sentimiento adormecido. Más le diré: cuando yo la vi por primera vez no sé por qué se me fi- guró que usted debía estar vestida de monja y que con el hábito estaría mucho más bella que con ningún otro atavío — Pero ¿cómo comprender — preguntó Consuelo emocionada — ese amor que usted demuestra á tra- bajar por todos los hombres y su afecto á la vida monástica? Bueno que simpatizara con las Herma- nas de la Caridad, que se sacrifican por sus seme- jantes desvalidos ó enfermos, pero no con las mon- jas, que viven apartadas del mundo, consagradas al rezo y á la mortificación.
— Unas y otras son dignas de que se las admi- — 232 — .re— contestó Pío Cid; — y estoy por decir que lo ,son más las religiosas contemplativas, porque su influencia en el mundo es más espiritual. Yo tengo una afición que le sorprenderá á usted. Me gusta pasar por las cercanías de los conventos de monjas á la hora de maitines ó vísperas, cuando llega á mi oído el vago rumor de las canciones, que me suenan á cosa inmutable y perenne como los mo- vimientos de los astros. Para esta inquietud mal- sana que devora hoy á los hombres no hay mejor medicina que esos cánticos, que antes eran himnos de la fe, y ahora, por el cambio de los tiempos, son además himnos de desprecio á esta sociedad, cuya gloria se cifra en agitarse sin motivo y sin objeto. Esta afición mía la tengo desde niño, y ha influido no poco para que yo sea tan pacífico como soy y tan poco amigo de apresuramientos. Sin ella quizás sería un demagogo, y el tiempo que dedico á pensar y á contemplar y á soñar, lo -dedicaría á pronunciar discursos disolventes y á fraguar asonadas ó revoluciones, como tantos otros desventurados Pero no insisto más. Ha llegado la hora de irme, y ojalá que, á pesar de mi presen- timiento, volvamos á vernos y podamos continuar estas pláticas tan agradables, para mí al menos.
— Y para mí agradabilísimas — añadió Con- suelo, mientras Pío Cid le cogía una mano entre las dos suyas y se la llevaba á los labios.
Sin decir más se separaron, quedando Consuelo muy preocupada.
— ¡Qué hombre más singular! — pensaba. — Quién sabe si me querrá y si esa idea de que yo sea monja será un refinamiento de celos..,...Él 233 — es casado, ó como si lo fuera, y no ha podido por- tarse más caballerosamente Pero lo más par- ticular es lo de haberme imaginado vestida de monja Voy á ver Y se dirigió, leyendo en el álbum, á su alcoba, donde anduvo revolviendo su ropa, hasta que, por último, cogió un delantal blanco y almidonado, con el que se formó una especie de toca monjil, sobre la cual se prendió con alfileres un manto negro que le caía hasta los pies y que con una mano se sujetaba por debajo de la barba. Todo esto lo hacía delante del espejo de su tocador, y cuando vió la imagen de su figura transformada, se quedó mirándola con asombro y como adorán- dola, porque le parecía la imagen de una Dolorosa. La frente, que era lo más intelectual de la joven, se ocultaba tras la toca; parte de la barba desapa- recía bajo el manto, y el rostro, así cortado, tenía una expresión más humilde. Pero el cambio tras- cendental de la figura estaba en el entrecejo, que ahora parecía más alto y como contraído, dando á la fisonomía un sello de dolor inefable. Aun la nariz perdía su aire descarado y burlón y aumen- taba la tristeza del rostro, porque lo que antes era respingo insolente, ahora se convertía en una como suspensión violenta, sostenida desde el entre- cejo por el arrebato y transporte de la mirada. Así quedaba casi anulada la expresión altiva y maliciosa de aquel rostro, y realzada la expresión mística de los ojos, por los que ahora miraba el espíritu venced )r. Y es tal la influencia del gesto en el espíritu, que así como el dolor íntimo se ex- terioriza en la expresión del rostro dolorido, así — 23á — el gesto del dolor puede engendrar el sufrimiento en nuestra alma.
Consuelo contempló largo rato su imagen transfigurada por la belleza del dolor, y luego entró en la alcoba, y sentándose junto á la cabe- cera de su lecho, apoyó la cabeza sobre las almo- hadas y quedó absorta y como anonadada. Su desolación era tan profunda como si hubiera per- dido á todos los suyos y se hallara sola en la tie- rra; más aún: como si fuera madre y viera muerto á su único hijo.
Mientras tanto. Pío Cid llegaba á su casa en- tristecido por la conversación que había tenido con Consuelo y disgustado por tener que empren- der aquella misma noche el viaje electoral á que le había comprometido Candaría, no sin grandes esfuerzos á causa de la resistencia tenaz que Pío Cid opuso á un proyecto que, á su entender, era descabellado. Cuantas veces le habló Candaría de este asunto, su contestación era la misma: — Amigo Candaría, yo le agradezco á usted su interés en favor mío, pero jamás me sacará usted de mi terreno. No soy tan tonto que espere ejer- cer, con mi insignificante personalidad, una in- fluencia beneficiosa en nuestra política; ni soy tan desalmado que busque en la política mi propio medro. Dígame usted, pues, á santo de qué me voy yo á lanzar en esas aventuras electorales ni en esos calentamientos de cabeza.
— No sea usted tan exclusivista— contestaba Candaría. — Si usted sale diputado y no quiere meterse en las intrigas del Parlamento, puede usted ser nombrado gobernador y desempeñar una — 235 — misión útil, donde tendrá campo ancho para sns notables aptitudes.
— Está usted equivocado — replicaba Pío Cid — si cree que yo tengo aptitudes para gobernar. No las tengo, y aunque las tuviera no podría hacer nada del otro jueves, porque dentro de nuestro sistema una autoridad secundaria queda cogida en el engranaje reglamentario y tiene que amoldarse á la situación que encuentra creada ya. Las pro- vincias son feudos á la moderna, y un gobernador está obligado á marchar de acuerdo con el señor feudal que le toca en suerte. No es un gobernador, es un poder moderador. En los sistemas políticos notará usted siempre que todos los grados de la jerarquía reflejan en tamaños diversos el tipo de la jerarquía más alta. Si hay un rey que reina y no gobierna, todas las demás autoridades manda- rán y no gobernarán tampoco; y el gobierno real y positivo residirá en las más escondidas cova- chuelas administrativas, á cargo de seres anóni- mos. Si hay dos partidos que turnen, todas las ciudades, villas, pueblos, aldeas, lugares y aun caseríos, tendrán su correspondiente turno. Yo recuerdo que en mi pueblo se llevaba con tanto rigor el sistema, que turnaban hasta los barberos. Dos había, y era tan fuerte la contribución que le imponían al de oposición, que le obligaban á ce- rrar temporalmente el establecimiento y á dedicarse á otro oficio; el de la derecha tenía que re- coger basura, y el de la izquierda emigraba á un pueblo vecino, donde un su yerno que allí vivía le daba de mal comer á cambio de buenas cavadas en los bancales que labraba ; — Y ¿cuál era mejor barbero? — preguntó Gan- daria con la curiosidad infantil que se le desper- .taba siempre que oía hablar de cosas de la vida vulgar, de las que él estaba en mantillas.
— Yo no lo sé — contestó Pío Cid, — porque no he dejado nunca que nadie me afeite, y aun llevo la primera barba que me salió; pero la gente de- <íía que el tío Zambomba, que era el barbero reaccionario, manejaba la navaja como una hoz, y que cuando se ponía á descañonar, más que bar- bero parecía segador metido en faena. En cuanto al compadre Elias, su radicalismo le hacía más temible. De él se contaba un chascarrillo quizás inventado por sus adversarios, á juzgar por la mala intención. Decían que cuando empuñaba la navaja, todos los gatos del pueblo entraban en la barbería, é inquietos maullaban á su alrededor como si en lugar de ver á un barbero afeitando á un hombre, vieran á una cocinera desollando un conejo. El paciente parroquiano preguntaba la ra- zón de aquellos maullidos, y el compadre Elias contestaba entonces con gran flema: <(No se asuste usted, amigo; es que están esperando que caiga alguna piltrafa » Pero, cuentos aparte — con- cluyó Pío Cid, mientras Gandaria se desterni- llaba de risa, — lo que yo quería decirle á usted es que un hombre puede mucho cuando expone ideas que influyen con el tiempo para cambiar los rum- bos de la sociedad, y no puede nada cuando pre- tende reformar con su acción aislada lo que es malo por culpa de todos.
Así se iba defendiendo nuestro buen Pío Cid contra las malas tentaciones, cuando un revés in- — 237 - esperado dió pie para qne Gandaria se saliera con la suya. Entre los compañeros de oficina de Pío Cid había nno, llamado Salas, que le trataba con cierta intimidad y venía á buscarle de vez en cuan- do para invitarle á dar un paseo. Pío Cid no tenía carácter para desairar á nadie, y le recibía amis- tosamente, aunque no le gustaba la conversación de sn compañero, el cual tenía la mala costumbre de despellejar á sus jefes y decir horrores de la Administración pública, de la que él era uno de los peores funcionarios. Fué un día Salas á la calle de Jacometrezo, preguntó por su amigo, y supo qne éste no vivía ya en la casa.
— ¿Cómo se explica este cambio? — preguntó á Purilla, que había salido á abrir. — Habrá sido hoy mismo, pues él no ha dicho nada en la oficina.
— Hace pocos días — contestó la prudente mu- chacha;— y yo no sé decir más sino que se marchó, y ni recuerdo dónde vive ahora, aunque dejó las señas.
Creyó Salas que cuando Pío Cid nada le había dicho, tendría algún motivo para ello; y deseando enterarse, fué aquella misma noche al café donde se reunían algunos huéspedes de la casa, y allí cada cual le expHcó la cosa á su modo, y ninguna favorable. Salas sacó en limpio que Pío Cid se había ido á vivir con varias mujeres, y que éstas no debían ser nada buenas; y al día siguiente llevó el cuento á la oficina, no con ánimo de da- ñar á su amigo, sino deseoso de aparecer enterado de una aventura picante, á la que él dió algún colorido de su propia cosecha, con el que Pío Cid podía pasar por un bajá turco de seis ó siete colas.
— 238 — — 238 — Rodando la noticia, llegó á oídos de D. Eustaquio, el jefe del Negociado, que era una excelente per- sona, salvo su manía censurable de meterse á arreglar vidas ajenas, y su exagerada devoción á la jerarquía administrativa. A D. Eustaquio alu- día Pío Cid cuando habló de las fórmulas que al- gunas personas emplean para hablar con sus se- mejantes; y diciendo que eran veinte, se quedó corto, porque pasaban de cuarenta las fórmulas estudiadas por aquel hueco funcionario. A Pío Cid le recibía sentado, inclinando un poco la cabeza, y diciendo: ccHola, Sr. D. Pío; acérquese»; y que- daban aún ocho ó diez fórmulas por bajo, hasta la última, usada con los mozos de limpieza, que era sólo un ligero gruñido. Con la fórmula habi- tual recibió, pues, á Pío Cid un día, y después del «acérquese», le dijo que se sentara, que tenía que hablarle, y le habló así: — Siento mucho mezclarme en asuntos que no son de mi incumbencia, en sentido estricto; pero como jefe de usted que soy, me juzgo obligado á llamarle la atención acerca de algún pormenor ó incorrección, ó no sé cómo llamarlo, de su vida, que indirectamente puede afectar á la conside- ración pública que debe merecer un empleado, no sólo por sí, sino que también por el cuerpo admi- nistrativo de que forma parte. Ha llegado á mis noticias, sin que yo lo pregunte, que usted vive no es fácil calificar cómo ¡amancebado! Esta es la palabra Pío Cid se levantó con aire indiferente, y como si fuera á buscar algo que hubiera echado de me- nos, salió del despacho, dejando á D. Eustaquio - 239 — con la palabra en la boca. Fué á su mesa, recogió una cartera que tenia con algunos papeles par- ticulares, se puso el sombrero, cogió el bastón bajo el brazo, y se marchó sin despedirse de sus com- pañeros, quienes se figuraron que saldría por en- cargo del jefe. Desde la oficina se encaminó á paso largo á la plaza del Angel, donde vivía el dipu- tado de su distrito, D. Romualdo Cañaveral, que aun no se había levantado, aunque ya era cerca de la una. Pasó Pío Cid al gabinete como amigo de confianza, y D. Romualdo le recibió, diciendo desde la alcoba: — Llega nsted con oportunidad, pues deseaba hablarle de lo mismo que usted vendrá á hablar conmigo probablemente. Siéntese, que voy á ves- tirme ahora mismo. ¡Qué vida endiablada lleva uno en este Madrid! Y usted tan perdido como siempre. Anoche hablamos de usted en Goberna- ción, porque le oí nombrar como candidato adicto. ¿Qué hay en esto?
— Pues hay — contestó Pío Cid, — que unos bue- nos amigos han querido meterme en ese berenje- nal; pero yo no he aceptado. Por cierto que una de las razones que he tenido era mi amistad con usted. Ya que me sacaran diputado, me parecía lo más decente no salir como un pobre cunero; y para que yo fuera elegido en mi distrito había el in- conveniente de que usted lo representa desde hace muchos años, y de que usted es quizás la única persona á quien yo debo algún favor y á quien no puedo jugarle una mala pasada. Y entonces me dijeron que usted se había declarado adicto y que le iban á dar una senaduría vitalicia. Si es así, re- — 240 — ciba usted mi enhorabuena, y conste que ni antes ni ahora he pensado meterme en elecciones ni como elector, ni como elegible.
— Pues hace usted mal, amigo Cid — replicó don Komualdo; — hace usted muy mal. Precisamente deseaba hablarle á usted para que nos pusiéramos de acuerdo, porque tengo mucho interés en que luche usted como adicto y en que no prospere la candidatura del títere de mi primo Carlos, que se presenta de oposición.
— ¿Y lo de la senaduría? — preguntó Pío Cid.
— Es cierto que estoy indicado — respondió don Romualdo; — pero no canto victoria hasta que la combinación esté acordada. Usted debe luchar de acuerdo conmigo, y los dos juntos podríamos mandar mucha fuerza. ¿No es triste que un hom- bre como usted sirva en un empleo de última ca- tegoría?
— Ahora que habla usted del empleo — dijo Pío Cid, — le diré que del empleo venía justamente á hablarle. Lo pienso dejar porque tengo otras co- sas á que atender, y quería pedirle á usted un nuevo favor, no para mí, sino para un amigo á quien aprecio.
— ¿De qué se trata? — preguntó D. Eomualdo.