— Se trata — contestó Pío Cid — de que usted, que es de la. situación, pida al Ministro de Ha- cienda que en el puesto que yo dejo nombre á ese amigo migo mío, que es un joven muy reco- mendable. Mejor dicho, el nombramiento para mi puesto no puede ser, porque mi recomendado no tiene título, pero pueden ascender á otro que lo tenga y darle á usted una credencial de 6.000 — 241 —.
reales, con lo cual mi amigo se dará por muy sa- tisfecho.
— Casi, casi — dijo D. Romualdo, — me atrevo á decirle á usted que cuente con la credencial como si la tuviéramos en la mano. Póngame usted en un volante de esos que hay sobre la mesa el nom- bre de su amigo.
Mientras Pío Cid escribía el nombre de Pablo del Valle y los méritos que le recomendaban, don Romualdo acababa de vestirse y asearse un poco, sin dejar de preguntar: — Y ¿en qué se ocupa usted ahora que tiene que dejar el destino? ¿Es verdad que escribe us- ted en El Eco'^ ¿Conque, por fin, va usted á de- cidirse á probar fortuna en política?
Pío Cid contestaba á estas y otras preguntas sin fijarse en lo que contestaba; y, por último, se des- pidió, quedando en volver en la semana entrante, y en decidir entonces fijamente el partido que se había de tomar para la próxima elección, puesto que el ex diputado no quería dejar su distrito á merced de un pariente, que era su peor enemigo. Sin embargo, fué tan activo y puntual D. Ro- mualdo, que á los tres dírj escribió á Pío Cid di- ciéndole que estaba servido y remitiéndole la credencial á favor de Pablo del Valle. Este estaba presente al llegar la carta, y se quedó como ale- lado viendo sn nombre en el Real nombramiento, sin comprender lo que aquello significaba, aunque su protector se lo explicó con gran claridad. Pero al fin sacó en limpio que tenía un destino de plan- tilla, de los más seguros de la Administración, y en el acto fué á desahogarse con Paca, á la que 16 — 242 — 16 — 242 — habló seriamente de casarse en cuanto fuera po- sible, puesto que ya contaba con un sueldo fijo para sostener las obligaciones domésticas. Aqnella misma tarde vino Salas á visitar á Pío Cid y á de- cirle, de parte de D. Eustaquio, que al día si- guiente asistiera irremisiblemente á la oficina, pues, de lo contrario, el Director le impondría una suspensión de empleo y suelda.
— Desde que salí de la oficina sin despedirme, me suspendí yo solo de empleo y sueldo para toda mi vida — contestó Pío Cid. — Le ruego á usted que no me hable más de este asunto, y que mientras no necesite de mí me deje tranquilo en mi casa, 'sin acordarse más de que yo he sido empleado público.
No dejó Pablo del Valle de ir á llevar la buena nueva á Gandaria, y á decirle que ahora que Pío Cid estaba sin destino, sería más fácil decidirle á entrar en la contienda electoral. Á la mañana si- guiente se presentaron los dos, Sustantivo y Ad- jetivo, como les llamaba Pío Cid, y tuvieron con éste una entrevista muy larga y digna de quedar aquí consignada.
— Pero ¿qué me dice usted, amigo Cid — entró preguntando Gandaria — de esa ocurrencia de darle un puntapié á su destino? Cualquiera diría que tiene usted para vivir de sus rentas. ¿Qué diablos va usted á hacer ahora para ganarse la manduca- toria?
^ — Si una puerta se cierra, ciento se abren — con- testó Pío Cid de buen humor. — A mí se me han abierto dos por lo pronto, y una es más grande que la de una catedral.
— 243 — — ¿Qué puertas son esas? — preguntó de nuevo Oandaria.
— Dos trabajos editoriales que me lian salido ■el mismo día de ayer, entre cinco y seis de la tarde; uno de ellos, sin buscarlo. Mire usted este libro que está aquí abierto sobre la mesa.
— El Código civil — dijo Valle, viendo la im- presión de las páginas abiertas.
— Pues bien — prosiguió Pío Cid; — estoy encar- gado de escribir un comentario filosófico é histó- rico comparado á cada uno de los artículos del Código, que son — añadió hojeándolo — 1.976, sin contar las disposiciones transitorias. Ya voy por el artículo 7.° y llevo 23 cuartillas, y confío que el Código, con el comentario total, exigirá de quince á veinte volúmenes. Como que no me han puesto tasa, porque el género tiene ahora mucha salida, y en materia de jurisprudencia la cantidad mejora la calidad. Ningún abogado se asusta de tener en su despacho un testero lleno de tomos bien em- pastados, que sirvan de adorno é inspiren respeto á los clientes, y yo estoy decidido á que mi Código comentado llene él solo una estantería, con lo cual nadie pierde nada y yo gano una porción de miles de pesetas.
—;Es usted atroz, amigo Cid! — exclamó Gan- daria. — Y lo que me maravilla no es que todo eso sea verdad, que lo será sin duda; lo asombroso es que se ponga usted en el acto á escribir sus comen- tarios como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. A ver; va usted por el artículo 7.° ¿Qué comentario cabe aquí? «Si en las leyes se habla de meses, días ó noches, se entenderá que los meses — 244 — son de treinta días; los días, de veinticuatro lio- ras D — Y las horas, de sesenta minutos — interrumpid VaUe.
— ¡No interrumpa usted! — exclamó Gandaria.
— Lo que dice es: c( los días de veinticuatro horas, y las noches desde que se pone hasta que sale el sol». Y luego: «Si los meses se determinan por sus nombres, se computarán por los días que respectivamente tengan.» ¿Qué comentario va usted á poner aquí?
— Pues tengo materia para cuatro ó seis plie- gos— contestó Pío Cid; — ahí cabe explicar casi un curso de cronología, aunque sea sólo para señalar las diferencias entre el mes legal, el civil y el lu- nar, con la historia de cada uno de los meses y las reformas juliana y gregoriana. Y, aparte de esto, hay un punto rigurosamente jurídico. El Código se sirve del año natural, computándolo por doce meses, y luego preceptúa que el mes legal tenga treinta días, un término convencional, puesto que hay meses con más días y con menos. Hay, pues, un año legal con trescientos sesenta y cinco días, y los bisiestos trescientos sesenta y seis; y otro año legal con trescientos sesenta días, sumando los doce meses á treinta. Usted creerá que la con- tradicción no tiene importancia; pero en las leyes una anomalía es un semillero de pleitos — Y ¿qué iba á hacer el legislador? — interrum- pió Gandaria.
— Nada, más fácil — contestó Pío Cid — que su- primir los meses como medida de tiempo, del mismo modo que están suprimidas las semanas^ — 245 — Con dejar como unidades fijas el día y el año, que se refieren á los movimientos del sol, bastaba; la luna es un satélite de marcha irregular, y no debe servir para los cómputos legales. Sin contar con que tampoco se demuestran simpatías por el astro de la noche, puesto que el mes legal no es el lunar, sino una menos que duodécima parte del año. En suma, á mí no me importa esta cuestión, pero voy á pedir en mi comentario la supresión del mes como medida cronológico-legal, y para justificar mi petición escribiré los cuatro ó seis pliegos que he dicho.
— Es usted el diablo en persona- — dijo Ganda- ria. — Con esa vista que Dios le ha dado á usted, claro está que es usted capaz de comentar hasta el vuelo de una mosca.
— ¿Y el otro trabajo editorial? — preguntó Valle.
— El otro es cosa corta; pero representa cien duros contantes y sonantes dentro de nn mes, que tardaré en entregarlo. Para éste, cuento con usted.
— Una obrita que se me ocurrió ayer mismo, y para la que hallé editor al instante, porque es un libro de venta. Se titula Ul Médico de los pobres: consejos prácticos y recetas útiles para la curación de las pequeñas dolencias que no exigen la asis- tencia facultativa.
— Y eso, ¿cómo va usted á componerlo? — pre- guntó Gandaria casi espantado.
— Es lo más fácil del mundo — contestó Pío Oid. — Es más obra de tijera que de pluma, por- que la mayor parte de esos consejos y de esas — 246 — recetas están en libros impresos; lo único original será la manera de elegir y de ordenar los mate- riales y la claridad en la redacción, á fin de que hasta la gente más torpe comprenda y pneda uti- lizar el librito. En esta clase de obras ocurre como con los diccionarios: la mejor es la última, porque se tiene á la vista las anteriores. Exponiendo la doctrina en forma diferente, no hay peligro de que se nos acuse de imitación ni plagio, pues este saber vulgar y práctico es, como los idiomas, el tesoro de la humanidad entera, y á todos nos per- tenece y todos podemos servirnos de él en prove- cho propio ó de la comunidad.
— Mucho me alegra — dijo Gandaria — verle á usted tan metido en labor, aunque por otra parte lo sienta, puesto que ahora no podrá usted perder el tiempo en los coloquios agradables á que me había usted acostumbrado. Sin ir más lejos, hoy venía á consultar á usted sobre un asunto que me interesa mucho; pero lo primero es lo primero: lo dejaré para mejor ocasión.
— Ese es un exceso de precaución — replicó Pío Cid, — pues yo no pienso dedicar á estos trabajos más que las horas que antes perdía en la oficina, y lo mismo me da escribir por la mañana que por la noche. Cuando éntre en el comentario histórico tendré que molestarme algo; pero ahora voy á escribir de un tirón el filosófico, que es cosa de coser y cantar. Así, pues, desembuche usted lo que traiga sin reparos, pues le agradezco que me saque un rato de mis inútiles filosofías.
— Son unos versos que trae — dijo Valle, — de los que está componiendo para el tomo proyectado.
— 247 — — Ya ve usted — agregó Gandaria^ — que no echo en saco roto sus consejos. Los versos son malos, pero la culpa no es mía, sino de usted, que se ha empeñado en que yo sea poeta., — Y lo será usted, y bueno — afirmó Pío Cid con aire de autoridad. — Crea usted lo que le dice un perro viejo y de buen olfato, como lo tengo yo, aunque me esté mal el decirlo. A ver — añadió, tomando los versos que Gandaria le alargaba, y que estaban escritos en finísima vitela.
Y sin detenerse un segundo leyó los versos, con señales de gran complacencia, por el mismo orden en que Gandaria los había colocado. Cuando loa hubo leído, separó las dos primeras hojas, di- ciendo: — Estos los rompe usted, no porque sean ma-» los, sino porque tienen más sensualidad que sen- timiento. Cuando se funde el hierro en el horno, sale hierro líquido, que es el que sirve para echarlo en los moldes, y sale también alguna escoria, que hay que tirarla porque no tiene apli- cación; y en todos los trabajos de los hombres hay también una parte de escoria, de la que no se debe hacer caso, sino pensar que sin ella no habría quizás obras libres de impureza. El soneto «A Lola» no está mal compuesto; pero cuando se llega al terceto final, donde el orgiasta se emo- ciona viendo el relicario en el seno desnudo de la prostituta, es ya tarde para que se borre la impre- sión brutal que producen los otros once versos, que dejan chiquito á Espronceda en la canción «Á Jarifa», que, ó mucho me equivoco, ó le ha ser- vido á usted de modelo.
— 248 — — Así es, y él mismo me lo ha dicho — inte- rrumpió Yalle.
■>■ —La poesía en tercetos, cuyo título, ccEl beso eterno», es precioso, es una renovación original del episodio de Paolo y Francesca; y si los aman- tes salieran volando desde el principio á fundirse en el espacio y formar la estrella nueva del amor, no habría nada que decir; pero la descripción del baile es obscena á más no poder, y de una obsce- nidad elegante y refinada, de salón, que á ratos es repulsiva. No crea usted, sin embargo, que al íomperlos se pierde lo bueno que hay en esas composiciones; lo bueno siempre queda, y yo le aseguro que en otras poesías reaparecerá lo que hoy destruye usted, y reaparecerá purificado y limpio de los lunares que lo afean. En cuanto á la tercera composición — continuó Pío Cid, mien- tras Gandaria guardaba las otras y le escuchaba sin parpadear, — tiene defectos; pero está inspirada en sentimientos más nobles. Aquí ya las sensacio- nes están más espiritualizadas, son más humanas, puesto que lo humano no es lo sensual ni lo cor- póreo, sino la fusión de esto y de lo espiritual, la vena de sentimiento puro, sin escoria, del que Sacamos nuestras mayores creaciones. Al decir esto iba releyendo la composición, que era como sigue: SERENATA.
SERENATA.
Oye, cautiva de amor, la eanción de un trovador que, al suave son del laúd, viene á calmar tu dolor de la noche en la quietud.
— 249 — Yo soy un cantor errante que voy buscando anhelante á una mujer ideal que en mi alma brilla radiante como visión celestial. - Yo la llamo con pasión y le cuento mi aflicción; mas ella de mí se esconde, y á mí doliente canción la ingrata nunca responde.
Mi cantar no es muy pulido, pues mi arte no es aprendido; canto desde que nací; yo para amar he nacido, y mi amor canta por mí.
Yo vivo en la soledad, y mi vida es la ansiedad de una muerte noble y bella que á mi amada dé piedad viendo que muero por ella.
Sigo el correr silencioso de los ríos, y amoroso va flotando mi soñar hasta que encuentra reposo en las orillas del mar.
Allí el oleaje le mece y mi pena se adormece, y, en lo infinito pensando, mi dulce amor me parece que oculta me está mirando.
Cautiva que, abandonada en esta torre apartada, velas, oye al poeta errante: tú eres la visión amada que busco siempre anhelante.
Aun no he visto tu ñgura, mas, temblando, me asegura mi corazón dolorido, que tú eres la imagen pura que soñé, de amor herido.
— 250 — Dicen que un moro salvaje te condujo á este paraje para domar tus desdenes, y que tú pagas su ultraje con el amor que le tienes.
Mas yo en este amor no creo; y pues cautiva te veo en esta torre, velando, se imagina mi deseo que en ser libre estás soñando.
Yo por ti combatiré, y libertad te daré: soy un triste trovador, mas si tú me das la fe, tu fe me dará valor.
Quisiera que me miraras aunque al mirar me mataras; pero es tan triste la suerte que implacable me deparas, que sin mirar me das muerte ¡Ah! ¿No escuchas mis clamores? ¿Serán ciertos tus amores? De tu imagen soberana los suaves resplandores ge asoman á tu ventana.
Mas tú asomarte no quieres. jCuán ingrata y dura eres! Quizás mi voz te importuna, y antes que oirme, prefieres soñar mirando á la luna.
Ó quizás mi amor desdeñas No porque lánguida sueñas viendo la luna en el cielo; que eres dura cual las peñas y es tu corazón de hielo.
¡Monstruo horrible de dureza! De la tierra la aspereza tienes, la traición del mar, y del cielo la belleza, y del infierno el mirar.
— 251 — Huyo de ti y sigo errante. Beldad que brillas radiante y no tienes corazón, ¡salud! aun voy anhelante tras mi adorada visión.
— No me voy á fijar — dijo Pío Cid cuando acabó de leer — en defectos pequeños que el tiempo co- rregirá. El ropaje poético de un poeta incipiente es como el vestido de un niño que está creciendo. Bien ó mal hecho, no tarda en quedarse corto. Cuando usted esté completamente formado, ni sus sentimientos serán los que aquí aparecen, ni se- guirá escribiendo quintillas. Estas las ha com- puesto usted porque la forma arromanzada le pa- recería demasiado vulgar y no acertaría con una rima nueva á su gusto. Entre ambos extremos eligió usted un término medio para salir del paso; pero de seguro su forma personal de expresión na será ésta, y habrá que esperar á que se forme. También le censuraría á usted la pobreza de epí- tetos, y haría mal, porque usted tiene gran imagi- nación, y si no le da vuelo es porque todavía no sabe versificar con soltura. Más vale que sea usted al principio seco y prosaico, porque el defecto más difícil de corregir en un poeta es el furor descrip- tivo, con el que las más veces se suple la falta de idea y sentimiento. Bueno es que el poeta tenga vista y oído; pero antes debe tener cerebro y co- razón. En lo que yo voy á hacer hincapié es en el error grande en que usted ha caído al intentar infundir á un trovador sentimientos modernos, con- virtiéndole en un personaje de carnaval. Si usted es amante de las leyendas, puede ser poeta legen- — 252 — dario, pero á condición de conocer muy bien la historia, para que sus poesías tengan carácter de época. Más plausible, más fácil me parece expre- sar sentimientos propios, cuando se tienen, y esto es lo que debe usted hacer y lo que ha hecho real- mente, aunque se haya disfrazado de trovador. , — Pero ¿cree usted — preguntó Gandaria— que los sentimientos del hombre varían tanto que un trovador no puede sentir como yo siento ahora?
— Tanto varían — contestó Pío Cid — como el traje, aunque éste parezca depender del capricho, y aquéllos de la Naturaleza. Un trovador que vaga errante y famélico no puede dirigir á sn amada una canción en la que hay dejos irónicos á lo Heine; el trovador, por grandes que sean sus des- ilusiones, ha de tener fe en algo, por lo rúenos en el amor y la poesía, puesto que por ellos arrastra su vida miserable; sin esta fe se dedicaría á un oficio prosaico que le asegurase los medios de vi- vir decentemente, y dejaría los versos para entre- tener los ratos de ocio. Así, pues, el trovador ama y no bromea con su amor, y si su amada le des- deña, ¿sabe usted lo que hará? Echarle la culpa al carcelero que la tiene guardada con llaves y cerrojos, ó al celoso marido que la espía y no la deja respirar. Porque el amante desdeñado por una mujer enamorada de otro corre gravísimo riesgo de quedar en ridículo, y por instinto se de- fiende, atribuyendo el desdén de la amada á la iniquidad de los que la rodean. Pero en nuestro tiempo, al cambiar la condición de la mujer, estos recursos ya no tienen faerza. Ya no hay castillos üi prisiones, y una mujer enamorada puede po- — 253 — — 253 — nerse de acuerdo con su amante y aun escaparse con él, así la guarden el más ridículo D. Bartolo ó el más furibundo Otelo. El amante desdeñado no tiene aliora otra salida que reírse él mismo de su amor no correspondido, para que esta burla del propio sufrimiento inspire al espectador al- gún sentimiento de benevolencia. Este amor iró- nico, que ya no es ciego del todo, como lo pintaban los clásicos, sino que entra en el combate con un ojo tapado y otro al descubierto, como los caba- llos en la suerte de varas, es un amor que los tro- vadores no conocieron por su dicha; es una crea- ción moderna, un engendro de la libertad y de la indiferencia. «Me lian irritado y torturado cuanto han podido, los unos con su amor, los otros con su odio; pero la que más me ha torturado é irritado y martirizado, nunca me tuvo odio y nunca me tuvo amor.» Esto lo ha dicho Heine y lo han repetido en mil formas cuantos han sufrida el dolor más hondo de nuestro tiempo, el que nace de la manía diabólica de analizar los senti- mientos y despreciarlos cuando nos afligen, para que nadie se ría de nuestra aflicción. Algo de esto hay en el trovador de su serenata. Al principia parece un trovador de verdad, y yo esperaba que concluyera maldiciendo las prisiones donde yace la cautiva y lamentándose contra el tirano que la guarda. Pero de repente salta usted á nuestra época y da usted ciertos toques humoristas y me- lancólicos, que son lo más acertado de la com- posición, pero que no concuerdan con lo que precede. ¿Se figura usted que es caballeresco ob- sequiar con una tan larga serenata á una pobre — 254 — — 254 — prisionera, y decirle las lindezas que usted le dice para despedida? Estas cosas se le pueden decir á una mujer sin corazón, á una fría coquetuela que se complace en martirizar á sus adoradores, pero no á una cautiva, que por falta de libertad no es responsable del mal que sufran los que la aman. Así, pues, el temor del ridículo es el que le ha hecbo á usted torcer el rumbo de la poesía, y en la equivocación demuestra usted que su espíritu es capaz de sentir el nuevo amor.
— Usted me dispensará— dijo Valle, — pero yo no veo tan claro que un amante desdeñado tenga que ser ridículo por fuerza. Lo mejor de Becquer nos haría entonces reir.
— Esto iba yo también á hacer notar — añadió Oandaria, deseando darse aire de conocedor de los poetas modernos, sin excluir los decadentes. — Mil ejemplos podría citarle, pero el más termi- nante es el de Verlaine, cuya poesía está casi totalmente inspirada por el sufrimiento de amor sin correspondencia.
— Ninguno de estos poetas — replicó Pío Cid — tiene nada que ver con el trovador de nuestra se- renata. Ustedes confunden al amante engañado, y quizás herido á traición, con el que no es corres- pondido y no tiene, si vamos á examinar la cosa de cerca, ni derecho á quejarse. Pongan ustedes de un lado á dos amantes, ó marido y mujer ena- morados, que para el caso es lo mismo, y del otro á un pretendiente importuno que llora sus amo- res viendo á los amantes dichosos. Los amantes hablan de su ventura, mirándose el uno en los ojos del otro; oyen de repente el són del laúd del — 255 trovador que viene á dar la serenata, y para que no les moleste esta música indiscreta cierran la ventana ó balcón del aposento y dejan al poeta qae cante hasta que se desgañite. Aunque este poeta fuese el mismo Homero en persona, yo les aseguro que cuantos presenciaran la escena des- crita se reirían de él, y luego le tendrían lástima. Hay en nuestro espíritu cierta ponderación natu- ral que instintivamente descubre la cantidad de fuerza qne hay en cada amor, no por lo que ame nn amante solo, sino por el amor total que ambos amantes se tienen. Si el trovador ama él solo, su amor, por grande que sea, no puede contrabalan- cear el que nace de un afecto correspondido entre nn hombre y una mujer; y aunque éstos sean ton- tos de remate, el público no se reirá de ellos, porque representan un organismo apto para la creación de nuevos seres, un valor útil, contra el que toda burla se embotará. En cambio, el que ama sin que le hagan caso podrá crear obras es- pirituales, sublimes, pero personalmente está ex- puesto á que se le rían en la cara. Esta tristísima situación no tiene nada que ver, les repito á uste- des, con la del marido ó amante engañados. In- virtamos los términos y pongamos de un lado la mujer infiel y su amante, y del otro él amante burlado. Este no vendrá á cantar trovas debajo de las rejas de su amada, sino que se presentará violentamente y dará lugar á una escena trágica. Aquí los amores opuestos pueden sostener el cho- que, porque el que ahora no es correspondido lo fué antes, y ambos tienen, como si dijéramos, re- conocida la beligerancia. Y si el que tiene derecho 25G ^ á luchar por su amor no lucha y sé conforma con •lamentaciones melancólicas, desempeña un papel poco lucido; porque es tan egoísta por naturaleza el amor humano, es decir, el doble afecto del hom- l)re y la mujer, que cuando ha existido, aunque sea un instante, está condenado á luchar por su conservación. Nos reíamos del trovador que tur- ■^baba con sus importunas canciones los coloquios de la pareja enamorada, y pedimos al amante burlado que turbe, aunque sea con un puñal, la dicha de sus burladores. La calma, la resigna- ción en estos casos, no nos parecerá humanidad, sino cobardía. Un hombre enamorado de verdad es un héroe por fuerza. Pero sería el cuento de nunca acabar si hubiéramos de agotar este tema. Lo que le recomiendo á usted principalmente, amigo Gandaria, es que en adelante, cuando com- ponga nuevas poesías, fije antes el motivo poético en sus rasgos más salientes, del mismo modo que los pintores habrá usted visto que no comienzan á pintar, sino que antes dibujan, y aun antes de dibujar suelen trazar varias líneas que marcan las distancias ó posiciones de las figuras. Para tocar bien hay que templar el instrumento, y para escribir bellas poesías hay que templar el espíritu con arreglo á un diapasón, ó sea á un motivo poético. Si se lanza usted á componer á la ventura, la poesía saldrá desequilibrada, y á veces, por exi- gencias del consononte, concluirá diciendo algo que no tiene relación con el principio — Yo creo, D. Pío, que usted peca por exceso de crítica — dijo Yalle, que deseaba justificar en algún modo el aplauso que había tributado á los - 257 — versos de Gandaria. — Si esos versos se publica- ran, no habría nadie que los censusara por los > motivos que usted dice. Por esto yo he aconse- jado á nuestro amigo que los retoque, sin quitar ni poner nada esencial; y yo le aseguro á usted que la crítica no hallará dónde hincar el diente.
— Dejemos á un lado la crítica de oficio — dijo Pío Cid. — El mejor crítico es un amigo imparcial y desinteresado: amigo, para que vea la obra con amor, sin ánimo de lucir su ingenio, estropeán- dola por decir algún chiste ó frase espiritual á costa de ella; imparcial y desinteresado, para que no oculte la verdad, para que señale las faltas que note, que cuando las notó mirando con ojos ami- gos, faltas son y no hay que darle más vueltas. No creo que ningún poeta verdadero aspire á pa- sar sin que le hinquen el diente; aspira á ser poeta, aunque la crítica le maltrate, y á ser un gran poeta, aunque el público le insulte