SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— Eso es cierto —interrumpió Gandaria; — yo le juro que no me mueve la vanagloria vulgar, y que si me dedico á escribir versos no es para que me los aplaudan, sino para ver si soy poeta de verdad, como usted me lo ha asegurado. Así, cuanto más severa sea la crítica más me satisface, estando aquí, como estamos, entre amigos. Pero lo que yo no comprendo es su idea del motivo poé- tico. ¿Es un borrador, un boceto, un apunte, ó qué?

— Es la impresión madre, delineada en cuatro rasgos; hay impresiones que en determinados es- píritus producen una gran germinación intelectual y sentimental; el motivo poético es una de estas 17 — 258 — impresiones, recogida antes qne se mezcle y se confunda con las ideas y sentimientos que de ella arrancan. Si usted no fija el motivo, la impresión primera se pierde, y antes de terminar la poesía se ve usted perdido, y sin darse cuenta eclia mano de una idea secundaria, que se convierte en mo- tivo céntrico, rompiendo la unidad de la compo- sición, como ha visto usted en la serenata. Si quiere usted, yo le daré ochocientos motivos, aun- que lo mejor es que usted componga los suyos sobre impresiones propias; pero para explicarle mi idea ahora mismo, vea usted qué fácil es el procedimiento. Usted está enamorado, como el trovador de la serenata, y como él, sufre y llora porque la mujer amada no contesta á sus la- mentaciones á causa de que está enamoradísima de otro galán, que puede ser su propio marido para mayor moralidad de la historia; pero usted no es un trovador, es un hombre de nuestro siglo y sabe que el amor, por grande que fuera, tiene mucho de comedia. Así, pues, usted no pierde la cabeza en medio de sus más locos arrebatos, y á veces comprende que está cometiendo grandes tonterías. En tal estado de espíritu, que no deja de ser original, las impresiones corrientes, que antes no le hacían mella, ahora le dejan extrañas resonancias, manantial de fresca y sana poesía. Ve usted, por ejemplo, á su amada soltar un pa- jarillo que tiene encerrado en una jaula, y le hiere esta bondad para los pájaros, que contrasta con los desdenes de que usted es víctima. Y dando vueltas la impresión, se forma un motivo poético, que fija usted en estos rasgos — 259 — Pío Cid cogió la plama y un pedazo de papel, j escribió: Yo he conocido á una mujer extraña De tan cruel bondad, Que tenía un canario en una jaula Y le dió libertad Ma8 antes le cortó al triste las alas. ¡De oro parecen tus cabellos rubio?, Oh mujer inhumana!

Y el corazón, como el acero es duro, Y el alma ¿tienes alma?

— Aquí tiene usted un motivo poético — prosi- guió Pío Cid,— del que, ahondando, sale una poe- sía. El motivo poético no debe estar escrito en prosa, pero tampoco en versos regulares, á menos que no salga así espontáneamente. Es una impre- sión pura y espontánea, que á veces queda fnera de la poesía que se va á componer. ¿No ha visto usted á los canteros trasladar grandes piedras va- liéndose de rodillos, palanquetas y cuñas? Y luego que la piedra está colocada en su sitio, ¿no ha visto usded que todos esos útiles auxiliares quedan tirados por los suelos como si no sirvieran para nada? Pues esto mismo le ocurre al motivo poé- tico, sobre el cual debe girar ó rodar la composi- -ción hasta que esté rematada ó perfecta. Usted no se hace cargo del mecanismo obscuro de sus pro- pias creaciones; pero siga mi consejo, y quizás un día se sorprenda usted viendo que de un motivo de esos, fijado con claridad, surge de repente, por elaboración interna, desconocida de usted mismo, una verdadera poesía; es decir, una vibración clara y sonora del espíritu. La única condición que re- — 260 — — 260 — quiere el motivo poético es la legitimidad de la impresión. Por ejemplo: el género de malicia que yo atribuyo á la mujer extraña, es propio de una mujer rubia; la malicia de una morena tendría otro carácter, y el motivo poético debería ser di- ferente. Sin salir del reino de las aves, vea usted otro motivo: Jugando con la trenza de su cabello negro, Mi amada me pregunta con acento meloso: — ¿Qué pájaro, de todos, te parece el más bello? Yo la miro, y respondo: — Estoy criando un cuervo Que me saque los ojos.

Lo de que los cuervos sacan los ojos á quien los cria, es vulgar y falso; pero á nosotros esto no nos importa si la impresión es plástica y suges- tiva, porque probablemente en la poesía que de aquí saliera no subsistiría la comparación que constituye el motivo.

— Hombre — interrumpió Gandaria cayendo en el lazo, — voy á ver si saco de ahí esa poesía, y si el sistema de componer que usted me recomienda me da tan buenos resultados como á usted mismo, ¿Quiere usted darme este motivo de los cuervos?

— Tómelo usted — contestó Pío Cid; — y conste que el sistema á mí no me da buenos resultados porque yo no lo empleo; ni soy poeta, ni lo quie- ro ser.

— Pues usted escribe versos — replicó Gan- daria.

— Pero los escribo al azar, sin componerlos — - dijo Pío Cid,^ — sólo para qne sirvan á Candelita — 261 — de motivos para las melodías que compone. Y casi nunca paso de la primera impresión, porque no tengo paciencia para sacarle la sustancia. Alguna que otra vez me ha ocurrido pensar naturalmente en verso y escribir después lo que he pensado, y éstas son mis poesías.

— Vamos á irnos — dijo Gandaria levantándose y metiéndose los varios papeles en su cartera — y á dejarle á usted en paz; porque si no, usted es tan amable que perdería por nuestra culpa todo el día y aun la noche. Sin embargo, tengo mis mo- tivos de queja contra usted — añadió insinuando el motivo, no poético, sino electoral, de que otras ve- ces había tratado. — Papá, que le ha tomado una gran simpatía, me ha dicho hoy que pensaba in- vitarle á una comida, á la que asistirá D. Barto- lomé de la Cuadra, para presentar á usted y pre- X)ararle el terreno. pero yo le aseguro que estoy avergonzado de haber hablado por usted, puesto que tan en poco estima los buenos deseos de sus amigos.

— Voy á sorprenderle á usted — contestó Pío Cid — diciéndole que he cambiado de opinión y que ahora no tengo reparo en correr la aventura política que tanto le interesa. Amor con amor se paga, y ya que usted escribe versos por compla- cerme, yo seré candidato por complacerle á usted.

— Pero ¿cómo se explica — preguntó Gandaria — esa súbita mudanza? ¿Habla usted con forma- lidad?

— Hablo con toda la seriedad de que soy ca- paz— respondió Pío Cid, — y la explicación de mi conducta es muy sencilla. Deseo darle gusto á us- - 262 — ted y al ex diputado por mi distrito, á qnien debo algunos favores, el último el nombramiento de usted (dirigiéndose á Valle). No me gusta buscar las cosas, pero cuando ellas se presentan buena- mente no es justo desdeñarlas, pues ¿quién sabe lo- que podrá dar de sí este asunto, si cuaja?

— Délo usted por hecho, y no hablemos más — afirmó gravemente Gandaria, despidiéndose. — Pronto volveré, quizás hoy mismo. Hasta luego.

Se fueron él y Valle, quedando Pío Cid cavi- loso con la determinación repentina que había tomado, la cual tenía, además de los motivos que dió, otro más poderoso, que era el deseo que de pronto había sentido de ir á Granada y á Aldamar con el pretexto de la elección.

Tuvo lugar la comida anunciada por Gandaria, y en ella quedaron concertados Pío Cid y el mi- nistro D. Bartolomé de la Cuadra para celebrar una entrevista y hablar despacio del asunto; y la primera impresión fué satisfactoria, porque á otra día, por la tarde, vino Gandaria y entró en la sala diciendo: — Amigo Cid, la cosa está decidida. Don Bar- tolomé es un hombre muy grave, que no se pre- cipita nunca, y por esto ha dicho lo de la entre- vista; pero papá habló después con él, y me asegura que tiene usted su apoyo. Y basta que D. Barto- lomé, que es hombre de pocos compromisos, diga una palabra al de Gobernación, para que sea us- ted de los indiscutibles Pero no le encuentro á usted trabajando y está usted muy pensativo: ¿ha ocurrido alguna novedad?

— Sí, ha ocurrido— contestó Pío Cid. — Anoche, — 263 — cuando volví de casa de usted, hallé una carta de ese joven llamado Benito, que vio usted aquí una noche, en la que me decía que, aunque era do^ mingo, no venía porque en su casa había entrado la viruela espada en mano, hasta el punto de que en pocos días ha muerto la chiquilla de la pa- trona, y á la criada la han tenido que llevar al hospital. Ahora mismo vengo de allí, de hablar con la pobre Purilla; está fuera de peligro, y lo que me ha impresionado no es verla enferma, sino oiría discurrir como ha discurrido y mostrar la belleza de alma que ha mostrado.

— Deseche usted esos pensamientos — dijo Ganj- daria, algo inquieto al saber que Pío Cid había es- tado entre enfermos contagiosos; — yo no me juzgo cobarde, pero no me atrevería á ir á un hospital por nada del mundo; no es aprensión, es que me da miedo de ver cuadros de dolor y de miseria. ' — Eso es como todo — replicó Pío Cid; — hay que acostumbrarse. Cuando yo estudiaba leyes concu- rría á las salas de autopsia; y no ha mucho, cuando vivía en la casa de huéspedes, acompañaba á los estudiantes de Medicina siempre que había anun- ciada alguna operación quirúrgica notable. ¿No sufre usted en un teatro cuando los actores repre- sentan bien una dolorosa tragedia, y después se va usted á la calle celebrando el talento de los ac- tores y sin acordarse del mal rato que le han he- cho pasar? ¿No hay quien ve en los toros un es- pectáculo artístico, mientras el que sólo percibe el lado brutal cree asistir á escenas de matadero? Pues en los hospitales, cementerios y demás lu- gares que el vulgo considera tristes, lúgubres, repulsivos ú horripilantes, hay mncha belleza na- tural y artística, que ese vulgo no conoce porque lio quiere llegar al goce por el dolor, ni siquiera 'por el dolor teatral, fingido, puesto que ya ve us- ted que la tragedia y el drama van de capa caída y que el público lo que desea es reir mecánica y tontamente. ¡Pobre gentecilla, que ignora que el •sufrimiento llena la mayor parte de la vida, y que ,liuye de la vida por huir del sufrimiento, y se con- tenta con hacer una agradable digestión de lo bueno ó malo que comel No sea usted así, amigo Gandaria, y tenga entendido que el hombre más grande es el que comprende más y ejecuta mejor. iíYo no sería capaz de hacer eso», es lo más triste que puede decir un hombre. No lo diga usted nunca.

— Está usted hoy mal encarado — dijo Ganda- ria;— voy á procurar distraerle con una poesía que 'he compuesto sobre el motivo de los cuervos. A ver si la encuentra mala ó menos mala, porque buena no lo espero.

Pío Cid cogió el papel, y leyó en voz baja: EL CAZADOR HERIDO.

— Cazador que vas al bosque De los cuervos, Ten cuidado, que en los árboles, Traicionero, Se oculta el rey de la banda Al acecho, Para sacarte los ojos Con su pico corvo y negro.

— 2G5 — — Cazador que fuiste al bosque De los cuervos, Fuiste alegre y vuelves triste Como un muerto — Miróme una mujer pérfida, Sonriendo, Y me sacó el corazón Prendido en sus ojos negros.

e o o — Una mujer más traidora Que los cuervos, Me ha robado el corazón Sonriendo. Por eso vuelvo tan triste Como un muerto; Que, aunque no se ve mi herida, Traigo la muerte en el pecho.

— Esto es mejor que la serenata — dijo Pío Cid al terminar; — y aunque la forma ande aún co- jeando, el sentimiento está dominado y graduado con maestría. Ahora mismo estoy yo contento, como la madre que ve por primera vez al hijo que acaba de parir. El poeta ha nacido, y aunque to- davía esté en pañales, con el tiempo crecerá.

— Pero dígame usted — preguntó Gandaria, — ¿habla usted sinceramente, con el corazón en la mano, cuando me asegura que yo tengo facultades de poeta? Yo he seguido la broma, como quien dice, pero tengo mis dudas; ¿no he de tenerlas? Escribir versos, mejores ó peores, no digo que no; esto no tiene importancia. Lo que yo no creo es que se pueda decir jamás de mí el poeta Ganda- 1 — 2GG — ría, como se dice el poeta Zorrilla, el poeta Cam- poamor ó el poeta Núñez de Arce.

— Y ¿por qué no? — preguntó Pío Cid. — ¿Es usted de peor naturaleza que esos que acaba de nombrar? Malo es el desmedido amor propio; ma- lísimo es el apocamiento ante las obras de valer. No exagere usted la admiración ni siga usted el ejemplo de nuestra juventud, que parece nacida para manejar el incensario. Vea usted que, no obstante los numerosos genios que tenemos en casa, el papel intelectual de nuestra nación en el mundo no es muy brillante que digamos; y fíjese en que no hay razón ninguna para que España no sea tan grande como las demás naciones, y en que si ha de igualarlas, y si es posible superarlas, han de trabajar por ella sus hijos, que hombres son de carne y hueso como los hijos de las demás.

— Eso sí — dijo Gandaria; — yo soy patriota como el primero, y si confiara hacer grandes cosas las haría, aunque sólo fuese por orgullo patriótico, aunque no saliera ganando nada.

— Pues inténtelas sin temor, sin descorazonarse por la endeblez de sus fuerzas — dijo Pío Cid. — Siga el ejemplo de los pequeños mirmidones, que para ser grandes bailaban sobre la tumba de Aquiles. Baile usted encima de todas nuestras glo- rias nacionales.

— ¡No es mala la idea! — exclamó Gandaria, alegrándose como una criatura.

— Para que acabe usted de convencerse— agregó Pío Cid, — le diré que eso de las aptitudes y facul- tades para la poesía es un achaquecillo que se usa mucho y vale muy poco. Poetas lo son todos los — 267 — hombres capaces de ver las cosas con amor. Y ¿quién no ve algo con amor? Hay versificadores^ músicos y pintores de oficio, y ejecutantes rutina- rios de todas las obras humanas. Nada de esto tiene que ver con la poesía, que es creación; un poeta es un creador que se sirve de todos los me-» dios humanos de expresión, entre los que la acción ocupa quizás más alto lugar que las formas artís- ticas más conocidas: las palabras, los sonidos, los colores. Hoy he visitado yo en el hospital á una muchacha que es una poetisa de cuerpo entero, sin haber salido nunca de criada de servicio. Cual- quiera otra criada que no faese Purilla, hubiera entrado en el hospital con miedo y con asco, y hubiera contado las horas y momentos que tenía que pasar hasta que le dieran el alta. Purilla fué por su gusto, por no causar perjuicios á su ama^ y en vez de mirar lo que el vulgo mira, supo mi- rar y ver lo espiritual que allí flotaba, y concibió á seguida la idea de ser Hermana de la Caridad. Para que una criatura tan infeliz como Purilla tenga este arranque ha debido imaginar algo muy bello, que á falta de expresión artística sale á luz en un acto de la voluntad generosa. Y este acto es una creación poética, muy superior á lo qae us- ted y yo hemos hecho hasta ahora.

— Y ¿cómo explica usted — preguntó Ganda- ria — el proceder de esa pobre chica?

— Lo explico por el amor — contestó Pío Cid. — Por lo que se explican todas las creaciones poéticas. Mucho me duele tocar á los sentimientos del pró- jimo, pero no creo que haya ninguna grave ofensa en decir reservadamente que Purilla estuvo enamo- — 268 — rada de nn hombre que no podía corresponderle; y que este amor desventurado, que á otra mujer quizás la lanzara á cometer cualquier disparate, á ella le dió ánimo para ennoblecerse. Aprendió á leer y á escribir y mil pormenores instructivos; se afinó como una señorita, y cuando la enfermedad la llevó á un lecho del hospital, en lugar de asus- tarse, vió el cielo abierto. Cuando yo me acerqué á su cama — añadió Pío Cid coa emoción, — le co- nocí la idea en el rostro. No puede usted imagi- narse lo que se alegró de verme y de poder expli- carme el pensamiento que había tenido. «Pero, muchacha, le dije yo, eso no es tan fácil de ha- cer como de pensar. ¿Vas á dejar á tu ama? Y luego, hay que saber si tú sirves para el caso. — A mí lo que me tiraba era la Paquilla, me contestó ella, y como se ha muerto, ¿para qué voy á volver á la casa á bregar con los huéspedes? Aquí ó donde me manden estaré mejor.» Enton- ces me dijo la Hermana que me había acompañado, que estaban todas admiradas de la vocación de Purilla y de su educación, que no era la de una criada. La Superiora, con quien hablé, se mostró asimismo muy encariñada con ella. En suma, nuestra poetisa será Hermana de la Caridad, y el amor que pudo tenerle á un solo hombre se lo tendrá á todos los hombres, en particular á los más desventurados.

— Aunque no me gusta ser indiscreto — dijo Gandaria, — me parece que usted ha desempeñado algún papel en la historia de Purilla, porque, si no, no se comprende el interés que se toma por ella.

— Si lo dice usted por la pobre condición de la — 269 — muchacha— replicó Pío Cid, — tenga entendido que para mí una criada vale tanto como la emperatriz más cogotuda de Europa. Purilla asistió á mi her- mana en SQ líltima enfermedad, y por mi her- mana supe yo lo del enamoramiento, y no porque Purilla lo dijera, sino porque los moribundos ven lo que HO vemos los que disfrutamos de buena sa- lud. Y si yo le he descubierto á usted un secreto de la vida íntima y siempre respetable de una mujer, ha sido para animarle, poniéndole delante de los ojos un ejemplo de lo que pueden los sufri- mientos amorosos. Para un espíritu vulgar no son nada laá desilusiones, los desengaños, los celos; porque la vulgaridad tiene buena encarnadura, y sana de todas las heridas que recibe. Pero los es- píritus delicados no sanan tan fácilmente, y una herida en el corazón, menos, en el amor propio, se les encona, y si cura, les deja una huella indele- ble. Y cuantas veces se pone el dedo en la herida, creación tenemos segura. Así es el hombre, todos los hombres, y usted como los demás.

— Vamos, usted cree — dijo Gandaria con for- zada sonrisa — que yo soy el cazador herido de mis versos, y que alguna coquetuela me ha disparado un dardo venenoso.

— Y tan seguro como estoy, aunque usted se ría — afirmó Pío Cid. — En la herida esa confío más que en nada pai-a que sea usted un gran poeta.

— Dispénseme usted si le digo— insistió Ganda- ria— que no comprendo la relación que pueda ha- ber entre mis afectos y esas poesías que escribo por pasar el rato.

— No hay relación — dijo Pío Cid, — sino que soa — 270 — una misma cosa. Usted se enamora de una mujer y la ve con ojos de amor, y la ve distinta de como la ve todo el mundo. El mundo, es decir, la gente indiferente, ve la apariencia, y usted ve la aparien- cia y el misterio que debajo de ella se encubre. ¿Quién ve mejor? Se dice que el enamorado no ve, porque la pasión le ciega; yo afirmo que los indi- ferentes son los que no ven, porque les ciega la indiferencia. Si éstos son los que ven, entonces hay que decir que el enamorado no sólo ve, sino que ^rea, espiritualizando la realidad, y dando á la realidad lo que ésta no tiene. Así, pues, todo hom- bre capaz de amar es un creador, un poeta, cuya visión es tan grande como el objeto de sus amo- res. Para la mayor parte de los hombres, la visión Be reduce á un individuo á ó un pequeño grupo. Amo á una mujer, la mujer me ama, constituímos una familia, nos quedamos con nuestro amor de puertas adentro, y santas pascuas. La creación no pasa del primer grado, y encarna en el bello y robusto infante, que los papas acogen con júbilo. Pero si nuestro amor no halla tan expedito el ca- mino, nuestro espíritu aprovecha la coyuntura para arrancarnos del afecto carnal, y comienza otra creación más espiritual, más amplia, como que no tiene límites, y puede abarcar toda la hu- manidad y el universo entero. No le quepa á usted duda, amigo Gandaria, de esta filiación de nues- tras obras espirituales. Vea usted varios artistas, pintores ó escultores, que pintan ó esculpen un mismo modelo; muchos lo copian, lo imitan con mayor ó menor perfección; uno lo crea, y crea una obra de arte. ¿Por qué? Porque los unos son los — 271 — indiferentes, que ven las cosas como son, y el otro es el amante que descubre el sér espiritual, íntimo, del modelo artísticamente amado. Y como hay quien ama poco y quien ama mucho, hay pequeños y grandes artistas; y en el origen del arte hu- mano, en la formación del alma creadora del hombre, hay eternamente una revulsión del amor natural, sin la que este amor no se remontaría á la contemplación pura de los seres. Un carácter débil no soporta las penas de amor, y cae en el odio, en la venganza y en mil bajas pasiones, y desea la destrucción y aniquilamiento de cuanto existe; un carácter enérgico reacciona y pasa fácil- mente del odio momentáneo, engendrado por el despecho amoroso, á un amor más noble que el que primeramente tuvo. Este amor será menos vivo, pero es más hondo y más creador; y, ajustadas bien las cuentas, si bueno es el uno, mejor es el otro. Ya le decía yo á usted que el poeta errante de su serenata estaba á dos pasos de ser ridículo, como lo son los enamorados á quienes se da con la puerta en las narices; pero que también estaba muy cerca de ser sublime, como lo son los enamo- rados que saben volar por las alturas celestes y reírse desde allá de la amada desagradecida y del afortunado rival, si le hubiere. Conque ánimo, cazador sin ventura; cúrese usted la herida que lleva por dentro, y recoja con amor la sangre que de ella gotee, que esa sangre es néctar poético, digno de que lo saboreen los mismos dioses del Olimpo.

— No se burle usted, amigo Cid— dijo Ganda- ria, exasperado ante la insistencia cruel con que — 272 — Pío Cid le ponía el dedo en la llaga. — Si fuéra- mos á cuentas, quizás esté usted más herido que yo; porque yo no he hecho hasta ahora nada de particular; pero usted ha creado mucho más que yo, y, según su teoría, debe haber sufrido grandes contrariedades amorosas. Y, aun ahora mismo, ¿quién sabe si por medio habrá alguna pasioncilla contrariada? Algo podría yo decir, pues aunque no soy ningún gran observador, no soy ciego del todo — -Eso lo dice usted por tomar el desquite — in- terrumpió Pío Cid, — porque quizás cree usted que yo le he llamado cazador con ánimo de burlarme del grave accidente que le ocurrió en su excursión al bosque de los cuervos.

— No es esa mi idea — replicó Gandaria, — es más bien curiosidad que he sentido por saber si en efecto todos los poetas comienzan por ser amantes desdeñados — Pero aunque yo fuera un verdadero poeta — replicó Pío Cid, — habría que retroceder muchos años para investigar mis comienzos.

— También se refrescan las heridas — insistió Gandaria, — y así como apostaría algo á que su juventud ha sido borrascosa, estoy por pensar que ahora mismo está usted corriendo un temporal muy duro. Usted arde más ligero que la estopa cuando le sopla el diablo del amor, y sin salir de esta casa, tiene usted aquí una colección de bellí- simos diablos No hablo en mal sentido — aña- dió Gandaria corrigiéndose, temeroso de haber ido demasiado lejos. — Usted es casado, y ha de obser- var, naturalmente, sus deberes de jefe de familia.- — 273 - Quiero decir que por esto mismo, si le gustara^ alguna además de la suya, tendría que — En ese punto va usted descaminado — dijo Pío Cid riendo. — Mi combustibilidad amorosa es sólo espiritual, y no hay peligro de que yo, á estas al- turas, me enamore. Las primitas son para mí más bien hermanas ó hijas — Usted lo cree así — interrumpió Gandaria; — pero ¿y si usted mismo se equivoca? No digo yo. que sea usted un amante desdeñado, ni mucho menos; al contrario, ¿quién sabe si es usted corres- pondido con exceso? Sólo que usted es un hombre de honor, que sabe respetar á las mujeres, y por respetarlas, quizás sufra tanto como si recibiera crueles desdenes. En fin, yo soy un torpe, un ma- jadero, que no debía meterme en lo que no me in- cumbe; perdone usted mi indiscreción.

— No es indiscreción — dijo Pío Cid — hablar con franqueza, cuando yo mismo le he dado el ejem- plo. A veces una observación oportuna nos da á conocer nuestros propios sentimientos, y bien pu- diera usted ponerme sobre aviso contra mí propio diciéndome qué ha notado en mí que le autorice para pensar como piensa, puesto que yo tengo ahora la primera noticia — No es nada, es una tontería de mi parte — dijo Gandaria; — había creído notar en usted cierta sospechosa predilección por Candelita — Es verdad — asintió Pío Cid; — pero Se oyó un grito agudo, y al mismo tiempo un golpe como de un cuerpo que cae desplomado. Pío Cid y Gandaria se levantaron llenos de sobresalto y miraron hacia la puerta clavada que había de- is trás del sofá, y que en otro tiempo debió servir para comunicar la sala con la habitación de al lado, que era dormitorio y despacho de Pío Cid. Este pensó sin vacilación lo que había ocurrido: que Martina había estado escuchando y había oído la revelación de Gandaria, que, aunque infun- dada, venía á corroborar las sospechas que ella abrigaba, puesto que más de una vez se había la- mentado con su marido, insinuando vagamente los oelos que de su prima tenía. Pío Cid acudió pres- tamente á socorrer á Martina, á la que, al abrir la puerta de su cuarto, vió tendida, cuan larga era, sobre el desnudo pavimento. Gandaria, que había seguido detrás, miraba con ojos espantados; y no sabiendo qué hacer ni qué decir, se despidió atro- pelladamente luego que Pío Cid, cogiendo en brazos á Martina y sentándola en una silla apo- yada contra la mesa de escribir, dijo con tono muy tranquilo: