— Esto no es nada. Pronto pasará Después que Gandaria se marchó. Pío Cid cerró por dentro la puerta, tendió á Martina so- bre la cama, le roció el rostro con agua, y se puso á pasear, esperando que pasase aquel ligero des- mayo, sin necesidad de mover en la casa un levan- tamiento. No tardó mucho en volver en sí Marti- na, que, más que desvanecimiento, lo que sufría era un ataque de furor reconcentrado por el silencio que se vería obligada á guardar, no obstante los moti- vos de queja que tenía ó creía tener desde que Pío Cid entró en la casa; y aprovechando la oportuni- dad de su desmayo para desahogarse, se incorporó en el lecho y, se alisó los enmarañados cabellos,,.
— 275 — mientras pensaba el modo de iniciar el combate. Como mujer que era, y mujer muy femenina, sn rencor no iba contra Pío Cid, que ella creía verdade- ramente culpable, sino contra Candelita, que, aun- que fuera inocente, había cometido el delito de agradar y de ser amada, el mayor que á los ojos de una mujer enamorada puede cometer otra mu- jer. Sin embargo, no acertó á decir nada contra su prima, y hallando más á mano á Gandaria, enristró con él y comenzó con el siguiente ex abrupto: — ¿Se ha ido ya ese gomoso? Bien sabe Dios que tengo atravesado al tipo ese y á toda su familia. No sé á qué vienen esas conferencias ni esos tapu- jos; parece que vais á descubrir un nuevo mundo Lo que descubra el idiota ese Bien podía un- tarse algo para echar barba, y no que parece un chivo afeitado. Venir á sacar á las personas de sus casillas para yo no sé para qué Es decir, lo sé de sobra — añadió echando los pies hacia el borde de la cama como si fuera á apearse. — Sé que hoy las mujeres no tienen vergüenza, y que en cuanto ven á nn hombre no guardan respetos á nadie; de se- guro que te han echado el ojo para la hermana del necio ese. La joven parece una espátula; pero hay dinero y aparato Te haces el distraído; no me contestas — prosiguió con calma fingida. — ¿Qué me has de contestar, si llevo la razón? Tú eres el que no quiere nada y el que no pretende nada, y en cuanto has visto dos dedos de luz, allá vas ciego á encaramarte ó á que te encáramen, aunque tengas que perder hasta la dignidad Todos sois lo mismo, hipócritas; esto es lo que sois — 276 — los hombres...Y querer engañarme á mí como á una criatura recién nacida <rYoy á casa de esos amigos (imitando la voz de Pío Cid), á hablar un poco en inglés...D Así se les secara la lengua á todos los embusteros De fijo que ya sabrán que yo no soy tu mujer Esas cosas se saben en seguida, y si no lo sabían, lo habrás dicho tú ¿Por qué, si no, te invitan á ti, y los demás somos un cero á la izquierda? Es que un hombre es siempre un sér pri- vilegiado que es bien recibido en todas partes, aunque sea un canalla, mientras que á las muje- res no se nos perdona la falta más mínima. Tú eres más cuco que pareces: cuco no, egoísta es lo que eres, y por eso todo lo arreglas á tu conve- niencia. ¿Qué tengamos con que no quieras nada tuyo, con que lo des todo, si esto lo haces por no molestarte? ¡Eso no tiene gracia! Y además, yo quisiera verte en ciertos lugares Al fin y al cabo, tú no has sido nunca nada, y si llegara la ocasión de que fueras algo, veríamos No vería- mos, hemos visto ya — exclamó con nuevo furor. — Si apenas ha hablado cuatro palabras con una medio señorita, ya le hemos tenido haciéndose cruces ó poco menos Y todo porque la joven se da la importancia de una aristócrata, como si yo no fuera más noble que todos los nobles de Es- paña juntos, como consta en los papeles que algún día te meteré por los ojos para que los veas bien, ¡Venirme con ñato aristocrático á mí, que á or- gullo no me gana nadie cuando quiero tenerlo! Y el día que vimos á la carilacia esa, de amazona, que nos la enseñaste como si no supiéramos lo que es tener caballos Pues si hubieras tú visto el — 277 — — 277 — potrero de mi abnela, cuando teníamos el ingenio, te asustas. En el fondo, lo que tú tienes es ignoran- cia por no haber salido nunca de tus cuatro pa- redes; así es que todo te sorprende, y aunque quieras aparentar gran conocimiento del mundo, eres un babieca. Hombre, para lo único que tienes talento es para engañar y para manejar las perso- nas á tu gusto. No sé como te las compones, que siempre te sales con la tuya; sin embargo (con tono amenazador) tú no conoces aún á Martina de Gomara; ¿qué me has de conocer? Tú has creído que yo soy una muñeca, con la que se puede ju- gar; pero eso ha sido porque yo me he hecho la tonta, por no meter la guerra en la casa. ¡No creas que la cosa va á durar, no! ¿Para qué sirve sacrifi- carse? Para que todo el mundo abuse cada día más. Yo he callado hasta hoy; pero ya esto acabó, vaya si acabó. No te hagas el distraído, ni pasees más, que me mareas; atiéndeme y contéstame, que no soy ningún perro, y dime si tú crees seriamente que esto va á seguir así.
— Esto, ¿qué es? — preguntó Pío Cid sin al- terarse.
— Esto es esto — pronunció Martina con violen- cia,— de sobra lo sabes. Yo no vivo más así. Yo no tengo necesidad de que nadie me señale con el dedo. Vamos á ver, ¿son mis primas de mejor con- dición que yo?...Pues entonces, ¿por qué te parece muy bien que Paca se case y que yo sola sea la que haga el Cristo? Si eres tan enemigo del ma- trimonio, cuando Pablito ha hablado de casarse has debido decirle que las ceremonias no sirven más que para perder tiempo, y gastar dinero; pero — 278 — no, señor, no sólo no has dicho eso, sino que yo estoy convencida de que si Pablito no se casara le pondrías en lo ancho de la calle. Aquí tú solo tienes el privilegio de divertirte con la socie- dad — Pablito — interrumpió Pío Cid — es un buen muchacho, pero no sabe dónde está de pies, y hay que casarle dos ó tres veces, si es posible, para que se entere de que es casado y para que sepa, viendo lo que hacen otros matrimonios, lo que él ha de hacer. ¿Qué culpa tengo yo de que la mayor parte de los hombres sean como las mercancías que van de un punto á otro, que para que lle- guen á su destino hay que pegarles una etiqueta? Yo, malo ó bueno, me tengo por hombre, y no to- lero que me facture nadie. Tá eres mi mujer, ya te lo he dicho, y no hay que repetirlo más. Si la sociedad se incomoda, con no hacerle caso estamos listos.
— ¡Bien! — prosiguió Martina; — pero aunque yo no le dé importancia á la sociedad porque la des- precio, dime, ¿qué salgo ganando con vivir como vivo? Yo soy aquí una de tantas; ni más ni menos que mis primas. Yo he oído siempre decir que el casado casa quiere, y puesto que tú me consideras como tu mujer, quiero ser dueña de mi casa y no estar á las órdenes de nadie. Aquí las amas son la mamá y la tía, ó, mejor dicho, el ama es mi tía, porque mi madre es una mujer sin disposición. Yo no soy nadie, ni dispongo de nada; estoy aquí como estaba antes de conocerte, quizás peor; ¿crees tú, repito, que esto va á continuar?
— Sí lo creo — afirmó rotundamente Pío Cid.
— 279 — — ¿Lo crees? — gritó Martina, saltando al suelo como si le hubieran tocado á un resorte.
— Sí — repitió Pío Cid con sequedad.
— I Hola, amiguito; parece que tocan donde duele! — exclamó Martina poniéndose delante de Pío Cid. — Ya sé que yo para ti soy poco, casi nada. Y no me importa, porque tú para mí eres menos que un guiñapo. ¿Quién te va á querer á ti, cuando no sabes siquiera lo que es una mujer, ni las consideraciones que deben guardársele? Me has visto tirada en el suelo y me has recogido como se recoge un vestido que se cae, y no se te ha ocurrido darme nada Quizás deseabas que me muriera de una vez No sabes tratar á una mujer delica- da, no sabes. Otro hombre, conociendo el estado en que me encuentro, se hubiera enternecido, pero tú no me quieres á mí, ni quieres á nadie, y, si por desgracia, tienes un hijo, no le querrás tampoco, porque no tienes corazón ¡Ah! Ya te lo decía yo la primera noche que te conocí: ¡antes me hubiera muerto mil veces! Ya te lo decía: tú tienes algo bueno, pero mucho, muchísimo malo, un alma cruel como la de una pantera Eres un lobo dis- frazado de cordero ¡Qué desgracia la mía! — añadió, sentándose en una silla y echándose á llorar.
— Si yo te tratara con blandura — dijo Pío Cid — á las veinticuatro horas habrías echado de la casa hasta á tu madre, y á las cuarenta y ocho me ha- brías pegado á mí. Y lo de que me pegaras es lo que menos me importa.
— ¡Querrás decir — gritó Martina levantándose — que yo soy aquí la mala!
' —Eres más egoísta que yo — contestó Pío Cid, — porque tú no entiendes el amor sin el exclusivis- mo, y te interesaría más hacer ver que eres el ama de la casa que conservar el afecto de tu familia.
— Y ¿qué te importa á ti mi familia? — pre- guntó Martina, reanudando la catilinaria. — Tú te has casado conmigo sola, y yo quiero ser sola, como lo son todas las mujeres que se casan. Si tú tienes otras ideas, podías irte á la Morería, y allí vivir á tus anchas con cuatro ó con cuarenta mu- jeres; pero aquí estamos en España, y yo no tolero que me engañes.
— ¿Qué te importa si no me quieres? — inte- rrumpió Pío Cid.
— No es por amor ni por celos por lo que te lo digo — contestó Martina, — es por orgullo. Es por- que me considero demasiado grande para que un tipo como tú me ponga la ceniza en la frente. ¡Por amor iba á ser! — añadió con tono compasivo. — ¡Pobre infelice! A puntapiés tendría yo, si quisie- ra, hombres qne valen más que tú. Tú eres un Don Nadie, lleno de pretensiones; y si se te puede mi- rar ahora á la cara, es porque yo me he tomado la molestia de ponerte decente ¡Cuando pienso — ■ rugió de repente, amenazando á Pío Cid — que al- gunas veces hasta te he cortado el pelo y te he arre- glado la barba, para que luego fueras á presumir por ahí con otras que no son dignas ni de lavar la ropa que yo ensucio I Para eso sirvo yo, para cria- da tuya, como si tú fueras alguien. Así te has crecido tanto, que hasta te consideras con derecho n burlarte de mí, sin siquiera darme explicaciones cuando te hablo. ¡Si supieras el odio que me estás — 281 — metiendo en el alma, quizás no te reirías, porque ahora mismo me están dando ideas de clavarte un. Cuchillo en el corazónl — ¿No dices que no tengo corazón? — pregunta Pío Cid sonriendo.
— ¡No le tienes, nol — gritó Martina.
— Si así fuera — continuó Pío Cid, — me daría por muy contento, porque el corazón es un estorbo en la vida. Tú tienes un gran corazón y amas con el corazón y eres una calamidad, y lo serias mu- cho mayor si te dieran rienda suelta. Yo debo también tener corazón á juzgar por los muchos disparates que he cometido y cometo. Y si á pesar de todos los pesares nos entendemos nosotros dos, es por el corazón, porque nuestras ideas son casi opuestas. Yo te juro solemnemente que cuando me has insultado he permanecido en silencio, no por indiferencia, sino por escuchar tus insultos, que los sabes decir con mucha gracia y expresión. Ofenderme no me ofenden, porque lo dices sin motivo. Tus celos — Yo no tengo celos — interrumpió Martina; — ¡qué más quisieras tú!
— Bueno; tu amor propio, ó lo que sea — prosi- guió Pío Cid, — anda viendo visiones. Yo soy muy franco, y si algún día te engañara te lo diría, pre- cisamente para que no hubiera engaño, porque á mí no me gusta engañar á nadie. Yive, pues, tranquila y no des importancia á las necedades que á cualquiera se le ocurra decir.
— No son necedades — dijo Martina en tono más tranquilo. — Yo he oído muy bien que tú has dir cho: Es verdad.
— A lo que te decía ese joven, de que tú tenías relaciones con — No inventes lo que no has oído — rectificó Pío Cid con tono ofendido. — Ese muchacho ha dicho que si yo tenía ó no tenía predilección por Cándelita, y yo habré contestado lo que es la ver- dad, que se la tengo por su talento. Mira tú, qui^ zás quiera más á Paca; á Cándelita la atiendo más porque me interesa que estudie y que adelante.
— Pero cuando los extraños lo notan — insis- tió Martina.
— Los extraños como tú, no distinguen entre el afecto puro y desinteresado y el que oculta ma^ las intenciones. No ven más que por fuera. Tú sabes que no llevas razón, y si tus quejas fueran sólo porque yo me preocupo por el porvenir de Cándelita, demostrarías ser envidiosa, y la envi- dia es un sentimiento que me dolería mucho ver en ti.
— Yo no tengo para qué envidiar á nadie — re- plicó vivamente Martina; — y si yo quisiera, podría saber tanto como ella; sólo que no he tenido nunca paciencia para estudiar. Y luego, que las mujeres lo que deben hacer es casarse y tener hijos muy bonitos; lo demás son tonterías.
— Comienzas á hablar como un oráculo — dijo Pío Cid, cogiendo una mano de Martina y estre- chándosela con cariño. — Tú eres buena, aunque tu carácter es un poco violento. Si quieres darme gusto, no hablemos más de lo que hasta aquí he- mos hablado. Queriendo ó sin querer, pronto voy — 283 — á emprender ese viaje; á la vuelta veremos el par- tido que hay que tomar.
— Nada que venga de la familia esa — dijo Mar- tina mirando á Pío Cid con mejores ojos — me sa- tisface á mí. No sé por qué, creo que la amistad que te demuestran es falsa; quizá el tiempo te abrirá los ojos. ¡Eramos tan felices cuando no ve- nía nadie y tú no salías más que para ir á la ofi- cina! Esas entradas y salidas de ahora, esos visi- teos y convites, no me agradan. Si tú te guiaras por mí, puesto que tienes esos trabajos, que dices que te durarán más de dos años, debías dejar las lecciones y dejarte de política, y ni siquiera escri- bir para el periódico, ó por lo menos no tratarte con los periodistas, que son gente que me es poco simpática — Te advierto — dijo Pío Cid — que estamos en- cerrados no sé cuánto tiempo. Yo no sé cómo no nos han llamado ya. Quizá porque han oído tus gritos y no han querido meterse por medio. ¿Qué vas á decir si preguntan?
— ¿Yo? — preguntó á su vez Martina con cierta coquetería.
— Di — le contestó Pío Cid, acabando de arre- glarle el cabello y pasándole la mano por la cara, en la que aun quedaban huellas del lloriqueo re- ciente,— di que te has incomodado conmigo por- que no estás conforme con mi viaje.
— Y ¡no estoy conforme, no, señor! — chillé Martina, alzando el gallo de nuevo.
— No empecemos otra vez — dijo Pío Cid diri- giéndose á la puerta y desechando la llave, mien- tras Martina le preguntaba con interés: — 284 — . — Oye, cuando entraste á levantarme, ¿venías solo?
. — No, que vino detrás Adolfito; pero se fué en seguida, sin decir bueno ni malo.
— Y ¿cómo estaba mi vestido? ¿Se me habrá visto algo? — preguntó Martina, subiéndosele los colores á la cara.
— No se te veían más que las puntas de las za- patillas. Tienes talento hasta para desmayarte, y si te dedicaras al teatro serías una gran actriz — dijo Pío Cid saliendo de la habitación.
Martina le siguió, y ambos entraron en la sala sin que D.* Justa y las primitas, que allí estaban, hicieran ninguna pregunta, aunque en el aire se les conocía que habían oído algo y que no se da- ban cuenta exacta del motivo que hubiera para la gritería de Martina. «No será cosa mayor, pensa- rían, cuando tan pronto ha pasado la borrasca.»
Entretanto, el atortolado Gandaria sufría una terrible congoja, la mayor quizás que había pasado en su vida. Salió de casa de Pío Cid disparado y como loco, con el corazón oprimido, que parecía que se lo apretaba una mano muy fuerte. No acer- taba á pensar, aunque concentraba la atención para recuperar la conciencia de sí mismo; ni siquiera veía por dónde andaba, aunque no andaba, sino que corría sin tropezar con nada ni con nadie. Sin saber cómo se halló en Recoletos, cerca de la es- tatua de Colón, y allí se detuvo sin saber si debía seguir hacia su casa, que estaba en la calle de Gé- nova, ó si volver atrás y meterse en algún sitio donde hubiera mucha gente, para aturdirse un poco. Lo primero que se le vino claramente al — 285 — pensamiento fué la última estrofa de Él cazador herido, j lo que más le extrañaba era que aquellos versos que él había escrito sin emocionarse, ahora le daban escalofríos y aun le parecían poco fuertes para expresar el dolor amarguísimo que le traspa- saba de parte á parte como un finísimo florete: aunque no se ve mi herida, traigo la muerte en el pecho.
— No es que traiga la muerte — pensaba, — es que estoy muerto ya, porque parece que me han despegado la cabeza de los hombros y que yo no soy yo, sino un autómata.
Y en aquel instante, por una inconsecuencia muy propia de un poeta, que es lo que él comen- zaba á ser sinceramente, se le ocurrió dar forma á su nuevo dolor en unos tercetos que comenzó á componer á la ventura: ¡Aun resuena en mi alma el grito agudo que ella lanzó cayendo desplomada; y aun veo de su rostro el dolor mudo Mientras recitaba estos versos sin hablar, pero con involuntarias gesticulaciones, llegaba á la calle de Génova, buscando inconscientemente un refugio donde ocultarse. Como ballena que al sentir el ar- pón en el cuerpo se sumerge en el mar, hasta que muerta sale flotando á la superficie, así el pobre Gandaria, herido por el arpón poético que Pío Cid tan diestramente le había clavado, iba á escon- derse en su casa para arrancarse aquel sentimiento nuevo en su vida: el deseo de dar forma á un pe- sar tan hondo como el que sentía. No le bastaba — 286 — — 286 — sufrir, tenía que exteriorizar el sufrimiento de una paanera artística y muy plástica, porque así le pa- recía que lo tenía delante de los ojos y que no su- fría tanto como teniéndolo escondido dentro del ^echo. Y era tal su impaciencia, que por la calle seguía componiendo y recitando en voz baja, y que después de repetir varias veces el primer terceto, pasó al segundo: La vi en el frío suelo desmayada, y no pude en mis brazos darle aliento, ni dar luz, con mi amor, á su mirada, Y después de repetirlo y de una breve pausa en busca de los consonantes, que parecían sordos al llamamiento del acongojado vate, prosiguió: De amor y de dolor fué su lamento; pero no fué por mí, aunque yo la adoro — Esto no puede ser — se interrumpió; — si yo escribiera esto, me tirarían patatas á la cabeza. ¿Qué tengo yo que ver en esta escena? Ella ama á su marido, y aunque éste la engañe, ella le seguirá amando, y hasta se matará por él antes que mi- rarme á mí á la cara. Mi situación es ridicula, sí, señor. Pío Cid es el hombre más listo que existe en el globo terráqueo, y cuando él me dijo que es- tos amores sin esperanza están á dos pasos de ha- cer reír, me lo dijo con sobrada razón. Y gracias que él no sabe la verdad completa — Caballero — dijo un criado de librea que es- taba á la puerta de la casa donde entraba Ganda- ria, — ¿adónde va nsted? La señora ha salido — 287 - — ¡Ali! — exclamó Gandaria con un movimiento de cabeza que indicaba que se había distraído pensando en negocios graves.
Y sin decir más salió de allí murmurando: — ¿Qué tal? Que yo dijera en mis versos que salí tan loco de su casa que en lugar de meterme en la mía me metí en la de mi vecina la Duquesa de Al- madura Las carcajadas se oirían en el séptimo cielo ¡Ohl ¡Malditos sentimientos, que, aunque nos estén destrozando el alma, hacen reir tan fá- cilmente! Yo casi me iba también á echar á reir, y sin embargo, sufro como un condenado Como que poco me falta para llorar Á los pocos pasos llegó á la puerta de su casa y, después de fijarse bien, cruzó la entrada, ligero como una liebre fugitiva, y comenzó á subir las escaleras de tres en tres, en tercetos, como su poesía.
FIN DEL TOMO PRIMERO.
OBRAS DE ANGEL GANIVET.
E S T U D I O S.
Granada la bella. — Edición privada.— Helsiagfors, 1896. Idearium español. — Granada, 1897. La vieja Europa. — (En preparación.)
OBRAS NOVELESCAS Y DRAMÁTICAS.
La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pió Cíe?.— Madrid, 1807. Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. — Tomo i. — Madrid, 1898.
La Tragedia. — Testamento místico de Pío Cid. ( Inédita. ) La casa eterna. (Comedia de costumbres andaluzr.s.)
COLECCIONES DE ARTÍCULOS.
Cartas finlandesas. — Granada, 1898.
Hombres del Norte. — Semblanzas críticas de literatos no- ruegos, dinamarqueses, suecos y finlandeses. — (En pu- blicación ) Se hallan puestos á la venta: La coiquisia y Los trabajos á 3 pesetas el tomo, y el Idearium español á 1,50.
Diríjanse los pedidos: En Madrid, á Victoriano Suárez, Preciados, 48, y en Granada á Viuda é hijos de P. V. Sa- batel, Mesones, 52.
LOS TRABAJOS DEL [XFATKiABLE CREADOR PIO CID TOMO II MADRID t;ST. TIP. ce SUCESORES DE RIVADENEYRA )) 1898 \ LOS TRABAJOS DE PÍO CID I ITALIA-ESPAÑA LOS TRABAJOS DEL INFATIGABLE CREADOR PÍO CID COMPUESTOS POR ANGEL GANIVET TOMO II MADRID EST. TIP. «SUCESORES DE RIVADENETRA » 1898 TRABAJO CUARTO.
Pío Cid emprende la reforma política de España.
Yo tenía pensado ir á Granada á pasar las fiestas del Corpus al lado de mi familia; pero al saber que Pío Cid iba á Aldamar con motivo de su elección, y que se detendría algunos días en Granada, me decidí á adelantar mi viaje para ir con él, sin otra mira que la de nuestra desintere- sada amistad. Fué cosa convenida en la Redacción de El Eco en menos que se dice.
— ¿Qué quieres para Granada? — me preguntó, tuteándome por primera vez, aunque á poco de conocernos comenzamos á tratarnos con gran con- fianza.
— Lo que quisiera — le contesté — sería irme contigo. Si fuera tres semanas después, hacíamos juntos el viaje.
— Pues figúrate — me replicó — que ya han pa- sado las tres semanas. Yo me alegraría de que vinieras, porque te advierto que me voy á encon- trar en Granada como un forastero, al cabo de tantos años de haberla perdido de vista. Sé poco más ó menos lo que allí pasa, y que algunos de mis compañeros de estudios son ahora los direc- tores del cotarro, y lo que no lo sé me lo imagino y quizás salgo ganancioso. Pero á mí no me re- cordará nadie, primero, porque valgo poco, y se- gundo, porque, aunque valiera, nuestros paisanos no se distinguen por su buena memoria.
— Eso era antes — le dije yo. — Ahora van apren- diendo á recordar el mal que les hacen, y pronto aprenderán á recordar el bien, y nada habrá ya que pedir.
— De todos modos —insistió él, — me agradaría que fuéramos juntos, porque le tengo horror á los trenes, y con un buen amigo como tú, las veinti- cuatro mortales horas pasarían volando en gus- tosa conversación.
— No me lo digas dos veces, que se me está haciendo la boca agua, y soy capaz de enviar á paseo á la Redacción plena, aunque me cueste un disgusto con Cándido Vargas, que está estos días insufrible.
— A Cándido — me dijo — no le temas, que en queriendo yo le vuelvo lo de dentro afuera como im colozón.
— Como un calcetín querrás decir — rectifi- qué yo.
— No he querido decir calcetín — insistió él, — sino colozón. Calcetín se dice de un cualquiera, y como yo estimo á Cándido, lo he buscado un tér- mino de comparación menos deprimente.
— Pero ¿qué es eso del colozón? — pregunté yo.
— Es un animal — me contestó él, — ó más pro- piamente hablando, un embrión de animal seme- jante á un saquito ó calcetín microscópico, que lo mismo vive al haz que al revés, porque ni tiene haz ni revés. Lo único que tiene es boca, órgano i primero, fundamental y característico de todos los animales, incluso el hombre.
— Acaba de una vez — dije yo, que hasta en- tonces no tenía la menor noticia de que hubiera en el mundo colozones, y que aun ahora no las tengo todas conmigo, á pesar del respeto que me inspiró siempre la palabra de Pío Cid. — Pero de- jando á un lado este escarceo zoológico, lo que á mí me retiene en Madrid no es sólo el temor de que Cándido Vargas eche los pies por alto, sino el compromiso que he adquirido de acabar para fines de Mayo la cargante serie de artículos que estoy escribiendo sobre «La cuestión obrera», y que, según parece, llaman algo la atención.
— ¡Cómo! ¿Eres tú el autor de esos artículos? — me preguntó con aire de extrañeza. — Pues, hijo, te compadezco por el mal rato que te has dado. Yo los he leído por encima, y después de recono- cer que estás enteradísimo de la dichosa cuestión, te aseguro que estás tocando el violón con tu so- cialismo armónico. Déjate de armonías y vente conmigo, y en el viaje te resolveré yo la cuestión social y todas las cuestiones que quieras. ¿Conve- nidos? ■ • — ¿Qué hemos de hacer? — contesté yo. — Con- venidos, 'r''^ Esto ocurría por la tarde, y. Pío. Cid se despi- dió de mí para ir á casa de los Gandaria, donde tuvo con Consuelo la interesante entrevista de que el lector está enterado.
Por la noche nos encontramos de nuevo, con- forme habíamos concertado, en la estación de Atocha, y salimos en el correo de Andalucía. Ni — s — él ni yo habíamos querido que nos acompañara nadie, y como sólo llevábamos un ligero equipaje de mano, nos acomodamos sin tardanza en un coche de segunda, y yo me asomé á la ventanilla para que no entraran más viajeros. Sin embargo, mi inocente estratagena surtió efecto contrario, porque á última hora, cuando el tren estaba ates- tado de gente, se nos metió una cuadrilla de to- reros, y por si no bastaran, dos viajeros más que hablaban en francés, aunque parecían españoles. Yo me eché á temblar, porque, aunque me gustan los toros, me fastidia la jerigonza tauromáquica; pero Pío Cid no tardó en trabar amistad con la gente torera y en discutir sobre si fué buena ó mala la última corrida, á la que él había asistido con toda su familia para celebrar el cobro de los cien duros que le dió el editor de FA Médico de los po- ¿r^s; libro que, si otro mérito no tuviera, tuvo el de ser escrito en quince días y el de suministrar fon- dos para el viaje electoral. Por fortuna, los quites, pases, volapiés y golletazos concluyeron en Alcá- zar, donde la cuadrilla se apeó para tomar el tren de Valencia, y entonces nos quedamos más anchos y pudimos entablar una conversación más interesante con los otros dos viajeros. Eran dos americanos, uno de Guatemala y otro de Hondu- ras: el primero viajante de comercio por cuenta de una casa francesa, y el segundo estudiante de Medicina en París, el cual, terminados sus estu- dios, venía á dar un vistazo á España antes de volver á su tierra. El hondureño, que se llamaba Fernando Ramírez, gran hablador y muy campe- chano, había tenido el feliz acuerdo de traer una bota de vino tinto, que todos empinamos repetidas veces y que á cada nuevo saludo afianzaba más nuestra amistad. Yo troné contra los hispano- americanos que vienen á estudiar á Europa y no Se acuerdan de España, y Ramírez se defendió como pudo, diciendo que los estudios en España no estaban á la altura que debían estar, y que la vida de París era más libre que la de Madrid; y de paso nos refirió sus proezas en el barrio Latino y el feliz ensayo de vida matrimonial que había realizado con una costurerilla muy graciosa, á juzgar por el retrato que nos enseñó. A pesar de todo, E-amírez demostraba grandes simpatías por España y lamentaba no haber venido á pasar un año al menos en un país en que se hallaba como en su casa. Pío Cid le convenció con mil pruebas de que nuestros estudios médicos eran quizás lo mejor que teníamos, y de que en punto á libertad de costumbres cada uno tiene la que se quiere tomar; y por último, le dió una carta, escrita con lápiz, para un amigo de Sevilla, á quien reco- mendaba con gran interés que atendiera á los dos viajeros, los cuales tenían pensado ir á Sevilla y venir después á Granada para el Corpus.
En Córdoba nos quedamos solos, sin que entra- ran nuevos viajeros hasta cerca de Granada, y en el trayecto tratamos de muchos pormenores insig- nificantes y de otros que tienen algún valor, por- que justifican en parte á Pío Cid de haber em- prendido un viaje que, dado su modo de pensar, á nada bueno podía conducir.
— No comprendo — le preguntaba yo — cómo sé te ha ocurrido meterte en estas andancias, pues — 10 — por compromiso personal no puede ser, ni por am- bición tampoco, ni menos para sacar los pies del plato en pleno Parlamento, que no otra cosa seria exponer allí tus ideas políticas.
— Hay cosas fáciles de comprender j penosas de explicar — me contestó, — y una de ellas es mi elección. Sin meterme en más honduras, te diré que si soy elegido, no sólo no despegaré los la- bios, ni aceptaré ningún puesto, sino que ni si- quiera concurriré á las sesiones. A mi parecer, los diputados son inútiles, y creo prestar un servicio á la nación trabajando para que haya nn diputado menos, puesto que si yo lo soy es lo mismo que si no lo fuera.
— Esa es una tontería indigna de ti — le repli- qué;— y luego, que no se trata sólo de la nación, sino de tu distrito, de tu pueblo, al que perjudi- carías dejándolo huérfano de representación.
— Te hago gracia de la orfandad — me dijo; — mi pueblo sólo apetece que le rebajen la contri- bución, y esto no lo podría yo conseguir aunque me desgañitara. En realidad, yo no llevo ninguna idea política, porque no me gustan los cargos de- corativos, y en política todo es decoración. Y puesto que deseas que te explique lo que no que- ría explicar, te diré que lo que á mí me agrada en el cargo á que sin empeño ninguno aspiro, es el prestigio social de que todavía está rodeado, porque en nuestra sociedad las faltas contra las costumbres establecidas son tanto más toleradas, cuanto más alto está el que las comete. Los que insultan al pequeño, ríen la gracia al mediano, y al grande le dan la razón y aun le admiran. Yo — li-