servido para hundirme más y más.
— Y sin embargo, usted no escarmienta — dijo Pío Cid.
— Ni escarmentaré nunca — prosiguió D. Cris- pulo, — porque yo estoy ya condenado sin apelación. Pregunte usted en el palacio arzobispal de Gra- nada quién es el cura de La Rabióla, y le dirán que por lástima no me han recogido ya las licen- — 45 — cias: se contentan con dejarme en el peor pueblo de la provincia para que me muera poco á poco de hambre. ¡Asesinos!
— Me parece, amigo D. Críspulo — replicó Pío Cid, — que usted se ahoga en poca agua. Si yo fue- ra cura desearía estar en el peor pueblo de Espa- ña para ver si le podía volver el mejor; y si estu- viera mal visto de mis superiores, casi me alegra- ría, porque así podría realizar una de las obras más difíciles que está en nuestra mano acome- ter, la de destruir una mala opinión que se tenga de nosotros. En las sociedades gobernadas por la hipocresía y el artificio, es soberanamente tonto ejercer de reformador á gritos, porque todos se ta- pan las orejas para no oir lo que no les conviene. Hay que ser cautos; en vez de dar golpes contra el aguijón y salir luego hechos una lástima, lo prudente es quebrarlo sin herirse, y si no es posi- ble quebrarlo, dejarlo. Usted podía desempeñar bien su importante ministerio, y por no tener ca- chaza para tolerar las demasías de los otros, se ve como se ve. Yo creo que el amor á la justi- cia tiene más virtud cuando se muestra con man- sedumbre, y es una verdadera desgracia que usted eche á perder sus buenos deseos por la crudeza de sus palabras. Le hablo á usted con la misma liber- tad con que usted me ha hablado; y aunque no me disgusten los caracteres fuertes y abiertos como el de usted, mi parecer es que el único medio de tra- bajar por el bien, es trabajar uno solo, sin decirle nada á nadie. Puesto que las predicaciones, amo- nestaciones y reprimendas no surten ya efecto, hay que callar y obrar, y dejar á los otros hacer lo que — 46 — mejor les parezca, que si lo que hacen no es bueno, al fin no prosperará. Comprendo que le duela á usted ver que hasta la caridad es ya explotada por los picaros; pero que éstos se lleven en su pe- cado su penitencia, que ni usted ni yo somos quién para acusar á nadie.
— Todo eso me parecería admirable — dijo don Críspulo — si yo tuviera libertad para enviar al demonche á estos tunantes y vivir donde fuera mi gusto; usted dice lo que dice porque lo que pasa, lo oye, no lo ve; pero yo lo veo todos los días y me moriré viéndolo, sin poder hacer nada para remediarlo y hasta teniendo que humillarme á' veces para no morir de necesidad. Yo podría ha- cer algo si fuera rico, pero soy muy pobre y tengo sobre mis espaldas á mi madre y á dos hermanas, ¡Cuánto más me valiera á mí y á ellas haber sido arriero, como mi padre, y no llevar estos hábitos ó estos grillos que llevo arrastrando!
— Lo que me dice usted — interrumpió Pío Cid — me trae á la memoria á un arriero que iba á mi casa, el cual se llamaba el tío Nohales, y era pa- dre de ocho ó diez hijos. Á uno que salió muy des- pejado, le dedicó á la carrera eclesiástica con la idea de que fuese el sostén de la numerosa familia. El joven estudió con extraordinario aprovecha- miento, y en cuanto cantó misa obtuvo una coad- jutoría, de la que se esperaba qne pasara muy pronto á un buen curato, puesto que los superiores le mostraban gran afecto. Pero hete aquí que de la noche á la mañana desaparece sin dejar dicho nada á nadie, y que al cabo de algún tiempo se averigua que iba camino de Filipinas, enviado allá — 47 — por el superior de nna Orden religiosa, en la que había ingresado el joven según se supo, no sólo por natural inclinación á la vida monástica, sino por huir del siglo, y más que del siglo de la fami- lia que se había sacrificado por darle carrera y posición. Había que oir al tío Nohales contar á todo el mundo su desengaño y clamar contra el hijo desagradecido que tan mal le había recom- pensado sus afanes. Todos le compadecían y todos le daban la razón; pero vino á mi casa con el cuento, y mi madre se puso de parte del hijo in- grato, y recuerdo aún las palabras que le dijo al arriero, las cuales quizás le vengan á usted que ni pintadas: «Si yo estuviera en el caso de usted, me sentiría orgullosa de tener un hijo como el que us- ted tiene. Ustedes los pobres dedican sus hijos á la carrera eclesiástica con la idea de que, no pu- diendo casarse, les sirvan de apoyo en la vejez, y por lo pronto les ayuden á llevar la carga de la familia; y no piensan ustedes que quien tiene ver- dadera vocación para el sacerdocio, y no lo acepta como una de tantas carreras, sino para consagrar su vida á sus semejantes, tiene que estar libre de los cuidados de su familia, porque el atender á su familia les impediría atender á los demás. Por esto no está permitido que los curas se casen; y ustedes los que desean que un hijo sacerdote pague el bien que le han hecho dándole carrera, con el olvido y abandono de sus deberes, son los principales cul- pables de que haya tantos eclesiásticos ambiciosos y devorados por el afán de ganar buenas preben- das. Su hijo de usted vale más que todos ustedes juntos, y ha hecho muy bien metiéndose en un con- — 48 — vento, pues de no hacerlo, quizás no tuviera cora- zón para volverles á ustedes las espaldas; y uste- des sin darse cuenta del mal que hacían, le hubie- ran obligado á ser un mal cura, más atento á ganar dinero que á cumplir su obligación.» Así ha- bló mi madre, que era una señora muy discreta; yo le repito á usted lo que ella dijo con sobrada razón, según voy viendo. Como los oficios eclesiás- ticos, fuera de unos cuantos que están bien paga- dos, no dan ahora más que para comer, la nobleza y la clase media se dedican á otros más producti- vos ó brillantes, y la Iglesia tiene que estar ser- vida por pobres, que además de su pobreza sue- len llevar la reata de su familia, con lo cual el celibato ha venido á quedar sin efecto para mu- chos como usted, á quien más le hubiera valido ir á evangelizar á los igorrotes, que no llevar la vida que lleva por estos andurriales.
— Mire usted — dijo D. Críspulo, — más de una vez lo he pensado, y entre estos salvajes y los de allá, no sé cuáles serán peores; pero por lo pronto bien podían tener más consideración con el clero bajo, que es el que lleva la carga más pesada, y no tenernos á nosotros á media miel mientras los al- tos regüeldan de ahitos. En estos pueblos hay mu- cha miseria, y un cura que no tiene nada que re- partir es un soldado sin armas. Pero, en fin, bueno está lo bueno — agregó D. Críspulo, divisando el punto donde el camino se partía en dos y donde él tenía que tomar el de Seronete y separarse de sus compañeros. — Yo me alegraré mucho de que gane usted la elección y de que haga algo por este pobre distrito, tan olvidado de los gobiernos.
— 49 — — No confío mucho en el resultado — dijo Pío Cid, — y menos desde que sé que el poderoso cabaS- llero Don Dinero anda en el ajo.
— Ya que va osté á Seronete — añadió el tio " Rentero, — le dirá á mi Polonia que estoy por aquí alreor, y que como pueda colaré allá. * — No lo olvidaré — contestó el cura, — y á ver si nos vemos á la vuelta y paran un día en La Ra- bióla. Yo vuelvo esta misma noche ó mañana.
Y sin más, llegados á la encrucijada, se sepa- raron, después de saludarse como buenos amigos. Don Críspulo desapareció en breve tras un recodo que hacía el camino de Seronete, y Pío Cid y el tío Rentero apretaron el paso hacia Aldamar. El tío Rentero siguió hablando de los dichos y hechos que conocía del célebre D. Críspulo, y Pío Cid ca- llando y dando vueltas en su magín á la famosa receta, que ya iba á medio componer.
Un cuarto de legua antes de llegar á Aldamar, cuando se empieza á descender la empinada cuesta del Aire, hay á mano izquierda una fuentecilla, llamada de los Garbanzos porque sus aguas tie- nen la virtud de ablandarlos aunque sean duros como balas; así tuvieran también la de ablandar el corazón, que si así fuera se venderían á peso de oro. Los mulos, que venían fatigados y sedientos después de cuatro horas largas de caminar cuesta arriba, en cuanto olfatearon la fuente se fueron derechos al agua, apartándose un poco del ca- mino.
Pío Cid no se dió cuenta de ello hasta que su mulo, con el movimiento que hizo al bajar la ca- beza para beber, le sacó de su distracción, faltando 4 — 50 — muy poco para que le tirara por las orejas. En- tonces vió Pío Cid que un poco más arriba de la fuente, en el sitio donde debía nacer el manantial, estaba llenando un cántaro de agua una mucha- cha pobremente vestida. La estuvo mirando un buen rato y recreándose en las formas admirables de aquella tosca criatura, que parecía puesta allí para que algún escultor la tomase por modelo. Estaba de perfil y se le marcaba, á pesar de su juventud, la fuerte cadera, promesa de materni- dad, y por debajo del brazo, arqueado para soste- ner la botija, el pecho, mal encubierto por un cuerpecillo de percal medio deshilachado, que de- jaba ver lo blanco de la camisa. La cabeza se apoyaba sobre el brazo, y entre el abundoso y en- marañado cabello, castaño muy obscuro, desapare- cía casi por completo, dejando ver sólo la nariz, que de perfil parecía muy fina, aunque un poqui- 11o chata. La jovenzuela del cántaro, cuando acabó de llenarlo se lo puso á la cadera y se disponía á marchar, no sin volverse á mirar de reojo á los ca- minantes; pero Pío Cid la detuvo, preguntándole: — Sí, señor — contestó la muchacha, mirándole con curiosidad.
— ¿Quiere usted que le lleve el cantarillo? — volvió á preguntarle.
— ¿Pa qué va su mercé á molestarse? — contestó la muchacha.
— No me molesto, al contrario. Usted es la que se molestará llevando el botijo á cuestas un cuarto de hora. Espérese usted — dijo arreando el mulo hacia el altillo donde estaba la muchacha. Y — 51 — echándose todo lo atrás que pudo del aparejo, de modo que casi se quedó montado en la culata, cogió en peso á la mudiacha con cántaro y todo y la asentó á la mujeriega sobre el mulo, que al sentir la carga echó á andar sin que lo arrearan.
— ¡Válgame DiosI — exclamó la muchacha por no saber qué decir. — Naide diría que es osté tan forzúo.
— Tenga osté cuidiao con el mulo — dijo el tío Rentero, — mire osté que es un perrera en cuántico que le dan dos déos de luz.
— Va bien -sujeto — contestó Pío Cid, — no hay cuidado. La verdad es — prosiguió — que es buena ocurrencia la de venir á buscar el agua á un cuarto de legua y con el sol de justicia que ahora hace.
— Qué qnié su mercé, señor — contestó la mu- chacha;— los agüelos han perdió ya la dentaura, y en guisando con el agua de abajo no puen ron- char los garbancejos.
— Entonces no digo nada — replicó Pío Cid, mi- rando á su pareja, que sin saber por qué se le apareció ahora como una figura bíblica, quizás porque la muchacha llevaba en el pecho, entre el pañolillo de colores con que se lo mal cubría, unas matas de mastranzo, cuyo perfume sano y fuerte embriagaba y despertaba el recuerdo de los tiem- pos felices en que las mujeres, aun las más puras y delicadas, crecían como las flores campestres. Y luego, fijándose en algo brillante que se movía en las hojas del mastranzo, preguntó: — Lleva usted una marranica de luz. ¿La ha cogido usted, ó está ahí por casualidad?
— 52 — — Estaba en la mata — contestó la muchacha^ ajustándose más el pañolillo con la mano que le queda libre.
— Usted me mira como á un forastero — dijo Pío Cid, — y sin embargo, yo soy su paisano.
— ¿Osté de Aldamar? — preguntó la muchacha.
— Ya verás cómo te doy señas — dijo Pío Cid. — ¿Cómo te llamas?
— Me llamo B-osario, Rosarico — contestó ella.
— Mi padre — contestó Rosarico — se llama Juan Antonio Peña; pero le dicen el tío Rogerio.
— Pero ¿es posible — saltó el tío Rentero, que deseaba meter su cucharón — que eres tú hija de la Roqueta? Tu mae y yo semos del mesmo pue- blo y algo de la familia. ¿No la has oío tú mentar al tío Frasco Rentero?
— Vaya que sí — contestó Rosarico riendo; — y tamién sé que faé osté su novio — Justico — interrumpió el tío Rentero, per- neando sobre su mulo para ponerle al lado del de Pío Cid; — y en güeña ley tú debías haber sío mi hija si yo me hubiera casao con tu madre, que sin agraviarte á ti era una mocetona mu requería de too el mundo y con más fama en su tiempo que Barceló por la mar. Y ¿cuántos hermanos séis?
— Semos ocho vivos — contestó Rosarico, — y yo soy el rejú de la casa. Ya ve osté que mi Frasco Juan, que fué el primero, tiene una hija mayor que yo dos ú tres años.
— Vaya con Rosarico — dijo el tío Rentero, — y cuánto me he alegrao de verte. Si yo hubiera — 53 — sabio qne estabais aquí cnando vine el año pasao Yo sus creía en Salaureña.
— Aquello se acabó — dijo Rosarico, — y hemos pasao las de Caín. El probetico de mi pae ya no pué dar golpe.
— Y ¿qué jacéis ahora? — preguntó el tío Ren- tero.
— Tenemos una tierrecilla — contestó Rosarico, — y mis hermanos ayúan algo. Mi Francolín es el marranero del pueblo, y el Pepillo está muy ape- gao á la iglesia, y algo trae tamién. Pero á este señor lo habernos dejao con la palabra cortá — añadió Rosarico.
— Eso no importa — dijo Pío Cid, muy pensa- tivo.— Sigan hablando sin reparar en mí, que yo lo único que podría decir es que conocí también á los Rogerios y que todos eran muy Jiombres de bien. Díle á tu padre si se acuerda de una vez que fué á la sierra y subió al Mulhacén acompañando al señorito Pío, como él me llamaba.
— ¿Pues no se ha de acordar? — contestó Rosa- rico, mirándole con admiración; — en cuántico que sepan su venía y le vean á osté se van á jartar de llorar. ¡Válgame DiosI ¿Con que es osté el niño de Los Castaños? k\go más nos relucía el pellejo ■cuando eran ostés los amos de la cortijá; mi padre cuenta y no acaba de ostés toos.
— Pus ahora veremos lo que jace el pueblo y si es agradeció — dijo el tío Rentero, — porque el amo viene pa eso de la eleción, y ahí se ha de ver si semos moros ú cristianos.
— Ve osté — dijo Rosarico, afinando la pronun- ciación para parecer más cortés, — por esa senda — 54 - se acorta pa ir á mi casa y á la de osté, con pre- miso de mis padres. Si quiere esté, me bajaré aquí.
— Entonces, ¿vivís en el barrio alto? — preguntó Pío Cid. — Si es así, más vale que sigamos hasta el pueblo y que subas por la vereda del ba- rranco.
— Es que en el pueblo son mu jablaores — dijo Rosarico, sin atreverse á expresar su idea por completo.
— Vaya, que tienes miedo á qué se lo digan á tu novio — dijo Pío Cid en tono de broma.
— No tengo novio — replicó Rosarico.
— Le habrás tenido— insistió Pío Cid.
— Ahí me habló un estornillao, pero yo no quiero noviajos — contestó Rosarico con cierto aire de despecho.
— Pues si el noviazgo se arregla y se habla de casorio, no lo dejes por falta de padrino. Yo me ofrezco á serlo, y ojalá que sea pronto — dijo Pío Cid ayudando á Rosarico á bajar del mulo, y dán- dole luego el cántaro. — Dale recuerdos míos á tus padres, y ya haré por verles.
— Igualmente — añadió el tío Rentero, mientras Rosarico, ligera como una cabra, subía por el em- pinado sendero que conducía al barrio alto, y des- aparecía á poco detrás de unas higueras.
Se apeó de su mulo el tío Rentero y lo ató del ronzal á la anilla de la baticola del otro mulo, di- ciendo á Pío Cid: — Déme osté las brías jasta pasar la barran- quera.
Pero Pío Cid se apeó también, dejando al tío - 55 — Rentero que llevara los dos mulos y echó á andar delante por el endiablado camino que anunciaba la entrada del pueblo.
Aunque la digresión parezca inútil, diré que en Aldamar, como en muchos pueblos de nuestra provincia, se nota la influencia de la capital en que, así como Granada está cruzada por dos ríos, no muy caudalosos, y secos á temporadas, sus pueblos se asientan, por regla general, á las ori- llas de algún barranco que, aunque no lleve agua, da la ilusión de que es un río que se ha quedado en seco por un descuido de la Providencia. Sin contar con que un barranco, aunque no traiga aguas, puede traerlas en tiempo de lluvias y sirve para dividir los pueblos en barrios enemigos que, luchando por el predominio local, suelen trabajar sin quererlo por engrandecer, ó cuando menos agrandar, la ciudad naciente. Yo le oí decir al- guna vez á Pío Cid que si Aldamar era el pueblo más grande de su distrito, esto se debía á la cir- cunstancia feliz de estar cruzado no por uno, sino por dos barrancos; el más pequeño arranca del camino que viene de La Rabióla, y el mayor corre de Norte á Sur, quedando el pueblo dividido en cuatro cascos desiguales. Los dos más crecidos se llaman Aldamar Alto y Bajo, y sostienen la prin- cipal rivalidad; luego viene el neutral ó interme- dio, llamado barrio de la Iglesia, y, por último, á espaldas de éste, y algo distanciado, el del Colmenar, llamado así por ser fama que en él vivían varios colmeneros, bien que á la sazón esta indus- tria, antes floreciente, haya desaparecido y no quede ni una abeja en varias leguas á la redonda.
— 56 — Con la cría del gusano de seda ocurre lo mismo, y la vinicultura también va de capa caída á causa de la filoxera. La única planta que se sostiene y aun prospera, es el castaño; Aldamar vivía, pues, penosamente de la exportación de castaña, y se consolaba de su decadencia con recuerdos, espe- ranzas é ilusiones.
Cuando Pío Cid llegó al barranco grande, que en tiempo de sequía era como la calle Mayor ó Real del pueblo, la primera persona á quien en- contró al paso fué una pobre mujer que de rodi- llas lavaba en una poza formada por un liilillo de agua que no se cortaba nunca, porque era de un manantial que nacía un poco n\ás arriba. Al lado de la lavandera había una canasta de ropa sucia, de la que salían gritos desesperados. Pío C>id se acercó por movimiento natural á ver dónde estaba la criatura que tan desconsoladamente chillaba, y descubrió entre los trapos sucios á un niño de teta mordisqueándose los puños; lo sacó de la ca- nasta y se lo puso boca abajo sobre la palma de la mano, y el chiquilló calló al instante.
— No jaga su mercé caso de esta criatura — dijo la lavandera. — Es la más eshonrible del mundo. Como no tenga el pezón en la boca, siempre está dando barracás. Démelo osté á ver si se acalla con una tetica.
— Yo creo — contestó Pío Cid — que este niño está malo del vientrecillo. Debe estar un poco constipado.
— Quizás será que está mu sucio — replicó la lavandera, sentándose en un peñón que allí cerca estaba, y extendiendo los brazos para recibir á la — 57 — criatura. — Ven acá, tragón. ¿Ve osté lo que yo le icía? — añadió la madre.
y diciendo esto se había colocado en la falda al mamoncillo, que comenzó de nuevo á llorar, y le había abierto el pañal de muletón, hecho de reta- zos, para sacarle el metedor, lleno de verdines.
— Lo que es cierto es lo que yo le decía — re- plicó Pío Cid. — Ese niño está malo.
— Y ¿qué es lo que debo de jacer? — preguntó la madre.
— Póngale usted en el vientre un pedazo de bayeta pajiza y fájelo bien; y no estaría de más que le pusiera también una chapita en el om- bligo, que se le sale demasiado. No sé cómo se les cuajan á ustedes las criaturas con el abandono en que las tienen.
— Es que tengo que trabajar too el santo día de Dios — dijo la pobre mujer sacando un pecho y dán- doselo al niño para que callara — y no me quea tiempo pa ná. Ya ve su mercé, son cuatro los que tengo, y naide que me dé ni una sé de agua.
— ¿ Es usted viuda? — le preguntó Pío Cid.
—No, señor — contestó la mujer; — pero tengo el marío en presillo. No por na que eshonre, ¿sabe su mercé? Fué un mal volunto que le dió. La culpa la tienen los malos hombres que Dios pre- mite que haiga en el mundo — agregó en voz más baja, mirando á todos lados, como si temiera que la oyesen.
— Y ¿cuántos años le faltan todavía? — volvió á preguntar Pío Cid.
— Tres años, señor, tres añazos — respondió la mujer. — Ya ve su mercé la injusticia. Sin haber — 58 — robao ni matao le sacaron cuatro años y nueve meses, sin contar lo que había estao en la cárcel. De aquí en tres años cumple pa San José.
— ¿Qué fué lo que hizo, entonces? — preguntó Pío Cid de nuevo.
— Dicen que quería matar al alcalde. Una ca- luña que le levantaron — contestó la mujer.
Y luego, para evitar que Pío Cid formara al- guna mala idea viendo á aquel rorro, cuyo padre estaba preso hacía más de dos años, añadió: — ¡Más veces he maldecío yo este pueblo I Pero aquí he tenío que venir á la fuerza. Mi marío está en el penal de Belén, y yo he estao jasta hace poco en Graná; pero es lo que pasa Ya está esté viendo esta criatura. Y lo que yo le icía á mi marío. ¿A ónde vamos á ir á parar?
— Pero ¿cómo es posible — insistió Pío Cid — que por una simple calumnia hayan condenado á su marido á cinco ó seis años de prisión?
— Pues ahí verá osté — replicó la mujer; — toi- tico el pueblo eclaró contra mi marío. Lo que fué, fué que mi marío le pegó al alcalde; eso sí, señor; pero que sacara una jerramienta, vamos Si mi marío no gastó enjamás ni un clavete.
— Y ¿por qué fué la cuestión? — preguntó Pío Cid. — Sería quizás por política — ¡Qué! No, señor — respondió la mujer, mi- rando de nuevo á todos lados; — fué por culpa mía, y yo tan inocente. Sepa osté que el alcalde pasao era un esmandao, que ésta veo, ésta eseo, y ni mo- cica ni casá se vía libre con el maldecío del hom- bre. Yo, aunque paezgo un vejatorio — añadió ba- jando los ojos con modestia, — y eso que no he — 59 ~ llegao entoavía á los treinta, he tenío mi algo de güen ver, y las mujeres de los probes debíamos ser más feas que pantasmas. Mi marío era un rial mozo, eso sí — dijo la mujer con orgullo; — pero más probé que las ánimas benditas, y yo me casé con él enamorá, y no le faltaría por na del mun- do. Pero mi hombre tiene su sangre en el cuerpo y su alma en su almario, y quería que su mujer fuera respetá como la primera.
— Y ¿sigue el alcalde ése en el pueblo? — le preguntó Pío Cid.
— Sí, señor — contestó la mujer. — Ya no es al- calde, pero es juez munincipal, y toos son unos.
— Bien — dijo Pío Cid; — me gusta ver que es usted una mujer honrada y trabajadora, y que so- brelleva su desgracia con resignación. Tome usted esto para que salga de apuros, que, sola y con cuatro retoños, no le faltarán.
Y le alargó un billetillo rojo, que la mujer mi- raba sin atreverse á tomarlo.
— Si tuviera osté monea suelta — le dijo. — Aquí no toman esos papeles, porque dicen que casi toos son falsos.
— Voy á ver — dijo Pío Cid, echándose mano al bolsillo del chaleco y sacando todo el dinero suel- to que llevaba. — Uno, dos, tres, no llega ni á cuatro duros; á ver si viene el hombre que trae los malos y tiene para completar Es extraño que no venga el tío Rentero — añadió por lo bajo.
— Pero ¿cuánto me va osté á dar, güen se- ñor? — preguntó la mujer.
— Voy á cambiarle el billete, que es de cinco duros— contestó Pío Cid.
^ 60 — — Eso es mnclio pa mi — replicó la mujer. — Si osté se empeña, lo tomaré. Yo, con cuarenta riales tengo pa pagar el atraso de la casa, y lo otro se lo mandaré á mi marío pa que tenga pa comprar pitillos. Eso es lo que él echa más de menos.
— Pues si usted quiere — dijo Pío Cid, — yo voy á Granada muy pronto, y yo mismo puedo entre- garle los tres duros. Tome usted los dos y dígame el nombre de su marido.
— En preguntando por José Gutiérrez, no hay perdía. Pero ¿va osté mismo á ir al presillo? — observó la mujer.— Osté es más güeno que el pan.
- — Eso no significa nada, ni hay que darle impor- tancia— replicó Pío Cid marcliándose. — Paciencia y buen ánimo es lo que le deseo á usted, y que no deje de ponerle al niño el pedazo de bayeta.
— Vaya su mercé con Dios y con la Virgen de los Desamparaos, y si pa algo me necesita, no tié más que preguntar en el barrio alto por Josefa la güérfana, y too el mundo le dirá dónde vivo.
Volvió Pío Cid pies atrás, y, no muy lejos, halló parados al tío Rentero y al secretario del Ayuntamiento, á quien saludó, aunque no le co- nocía más que de vista.
— Perdone osté, don Pío — dijo el tío Rentero; — como pensaba osté ir á casa del cura lo primero, me figuré que estaba osté allá.
— Pero ¿va usted á alojarse en casa del cura, como la otra vez? — preguntó el secretario.
— No, porque como ahora traigo cierto carác- ter político, no quiero comprometer al bueno de D. Esteban, que no está ni por los blancos ni por los negros.
— 61 — — No crea usted, no crea usted — dijo el secre^ tario, — que si él pudiera ya resollaría fuerte; pero, en fin, comprendo la delicadeza de usted, y como quiera que aquí no hay sitio para que usted se hospede como es debido, yo no puedo hacer más, eso estaba diciendo al tío Frasco, que ofre- cerle á usted mi casa como amigo, paisano y co- rreligionario.
— Pero ¿ no habrá por ahí un escondrijo donde yo me meta sin incomodar á usted? — preguntó Pío Cid.
— No hay incomodidad; al contrario, honor y sa- tisfacción— respondió el secretario con afectación natural en él. — En materia de hospedaje hay que confesar, aunque sea triste confesarlo, que vamos para atrás, como los cangrejos.
— Entonces — dijo Pío Cid — no quiero hacerme rogar y acepto agradecido. Después de todo será muy breve mi estancia, pues el domingo después de la elección, ó el lunes á más tardar, me mar- charé.
— Yamos, pues, si usted quiere, á casa — dijo el secretario, — y después de almorzar le acompa- ñaré para dar una vuelta por el pueblo y empe- zar á trabajar la partida, aunque tiene usted ya admirablemente preparado el terreno, según ten- drá ocasión de ver.
— Mi primera visita ha de ser para el señor cura, con el que estoy en deuda — dijo Pío Cid; — después iremos adonde usted guste.
Fueron, pues, los dos viajeros á casa del secre- tario, que se llamaba Ramón Barajas y era un farsante de marca mayor. Toda su gloria la cifraba ^ 62 — Barajas en conservar su puesto de secretario con todos los partidos que iban pasando por el Ayunta- miento, ó, como él decía, por el poder; y para con- seguir su empeño gastaba tal suma de habilidad política y diplomática, que merecía con justicia que se le considerase como á un verdadero hom- bre de Estado, bien que sus talentos de estadista los aplicara exclusivamente á mantenerse en la secretaría y á embrollar cada día más los negocios.
Antes de almorzar fué Pío Cid á visitar á don Esteban, el párroco del pueblo. Barajas, que por dirigirle en todo quería darle hasta reglas de eti- queta, le aconsejó que fuera antes á casa del al- calde; pero él no hizo caso de la advertencia, á la que sólo contestó diciendo que tenia una deuda de gratitud con el cura, mientras que á D. Federo, el alcalde, ni siquiera le conocía. Halló al buen pá- rroco sentado de media anqueta en un viejo sillón de cuero, leyendo en un libro antiguo de mucho volumen, abierto sobre una mesa grande, de las de barandillas. Le saludó afectuosamente, dicién- dole que no se levantara, y, al acercarse á la mesa, vió que el infolio era la Biblia y que estaba abierta por el libro de Job.
— ¿Qué es eso — le preguntó amistosamente, — está usted inspirándose en la vida de este pacien- tísimo varón para poder sobrellevar los disgus- tos que le dan estas gentes?
— Ya ni la paciencia de Job basta — contestó el cura, — y los tengo abandonados porque no Iiay medio de hacer carrera con ellos por ningún lado que se tire. Pero ¿ cuándo lia llegado usted? Yo le esperaba desde hace unos días.