SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— Acabo de llegar ahora mismo — respondió Pío Oid. — El secretario, con quien tropecé en el ca- mino, me ha ofrecido alojamiento, y yo lo lie acep- tado por no mezclar á usted en mis asuntos, aun- que, si no fuera por ellos, hubiera preferido venir á esta casa.

— Ha pensado usted muy cuerdamente — dijo el cura, — porque yo estoy cada día más apartado de las discordias de este desventurado pueblo, que si no terminan, darán al traste con lo poco que queda en pie.

—Pues vea usted lo que son las cosas — replicó Pío Cid riendo; — yo creía que esto iba mejorando por cierto detalle que he notado ahora mismo, y que me ha parecido de buen augurio. He visto al pasar que en la barbería estaban afeitando á la vez dos barberos, y he visto con sorpresa que son los mismos de mi tiempo: el tío Zambomba y el compadre Elias, tales como yo los dejé, como si no hubieran pasado los años por ellos. Sólo que, en mi época, cuando trabajaba el uno tenía que ce- rrar el otro, y ahora están los dos en el mismo es- tablecimiento, y hasta han puesto colgada á la puerta una bacía que me ha hecho pensar en el famoso yelmo de Mambrino. «Este no es mi Alda- mar, pensé; por aquí han soplado vientos de to- lerancia, cuando estos dos barberos rivales se avie- nen á afeitar á la vez.»

— A desollar al prójimo, debía usted decir — replicó el cura, riendo también. — Porque ahora, como antes, separados y juntos, lo hacen pésima- mente. Mire usted lo que yo he tenido que hacer T-añadió, sacando de un cajón de la mesa un rollo — 64 — de cuero; y desliándolo, mostró á Pío Cid tres na- vajas de afeitar. — Esto lie tenido que hacer para que no me martiricen más estos gañanes; hoy, á Dios gracias, me afeito solo. Unicamente llamo al tío Zambomba para que me repase la corona, y esto durará poco, porque, como ve usted, no me quedan más que cuatro pelos.

• — De suerte — dijo Pío Cid, — que estamos como estábamos, ó peor.

— Le diré á usted — respondió el cura: — este al- calde de ahora no es bueno, pero es un santo com- parado con el que salió. Aquél era una hechura del período revolucionario, y pudiera decirse que del mismo Satán. En su época se infiltró aquí el virus racionalista, traído en hora menguada por la prensa anticristiana, y de entonces viene el desbarajuste que en todo se nota. ¡Ah! — exclamó el cura, entusiasmado con su perorata. — Usted no sabe en qué abismo nos hallamos hundidos. ¡Ya no hay fe, ni siquiera decoro! ¿Cómo ha de haber- los, si toda esta generación está amamantada con lecturas impías ú obscenas?

— Pero ¿ cómo es eso posible — interrumpió Pío Cid, — si aquí casi nadie sabe leer?

— Saben cuando les conviene — contestó el cura, — y si no leen, oyen. Yo he visto con estos ojos que ha de comerse la tierra, libros pornográficos con pinturas asquerosas, cuya vista sola ponía el pelo de punta; y esos libros los compraba y los daba á leer ese mismo alcalde infame; él decía que para ilustrar á sus gobernados; en realidad, con el siniestro designio de desmoralizar al pue- blo, de arrojar en él la cizaña más perniciosa, la — 65 — de la lujuria, cou lo cual convirtió estos lugares en una repugnante letrina. En fin, todo sea por Dios, hoy parece que mejoramos. Este D. Federo es siquiera buen católico y ha tomado á pechos restaurar el fuero de la religión. Porque aquí ya no iba nadie á la iglesia; los hombres por ser hom- bres, y las mujeres por no malquistarse con sus ma- ridos. Iban algunas pobres viejas, y pare usted de contar. Ahora, este alcalde ha dispuesto que los domingos los escopeteros del pueblo cierren todas las entradas y salidas, para que nadie pueda ir- se sin haber cumplido antes sus deberes reli- giosos.

— Y ¿produce efecto ese rigor? — preguntó Pío Cid, á quien le hacía gracia el candor con que D. Esteban celebraba este recurso á la fuerza ar- mada para restaurar el imperio de la fe á esco- petazo limpio.

— Le diré á usted — contestó el cura: — hay al- gunos tan picaros que se escapan por las bardas de los corrales por burlar á la autoridad; pero la mayoría ha comprendido la razón, y empieza á ir á misa y á oir mis sermones. Esto es todo lo que yo deseo, pues siquiera, escucliándome hay espe- ranza de que vuelvan al redil que en mal hora abandonaron. Le aseguro á usted, señor D. Pío —añadió el cura haciendo un gesto de dolor al in- tentar ponerse de pie, — que la misión más penosa que pueda caberle á un hombre en nuestros días, es tener á su cargo la cura de almas — ¿Qué es eso? — preguntó Pío Cid, notando el gesto de D. Esteban. — ¿Está usted enfermo?

— No es cosa nueva — contestó el cura: — son 5 — 66 — unas picaras hemorroides que no me dejan ni des- cansar á gusto. También hay aquí la calamidad de que tenemos un médico del año 40, que no atina casi nunca. A mí me está recetando desde Año Nuevo, y creo que cada día voy peor.

— ¿Se figura usted — preguntó Pío Cid— que el año 40 no se sabía curar lo mismo que ahora? Diga usted que el médico no habrá acertado, porque la enfermedad que usted tiene quizás se cura ahora lo mismo que en tiempo de Hipócrates.

— ¿Conoce usted alguna receta? — preguntó el cura?

— No es menester receta, puesto que conozco un aforismo muy sabio, que á usted no le será desconocido tampoco; aquel que dice: Sublata cau- sa, tollitur effectus. A mi juicio, las almorranas que usted padece provienen de la vida sedentaria que hace, y desaparecerían si dedicara usted todos los días una ó dos horas á pasear por el campo. ¿No le gusta á usted cazar?

— ¿Cómo quiere usted — exclamó el cura — que yo use armas de fuego?

— No hablo yo de la caza con escopeta — replicó Pío Cid. — Hay también la caza de pájaros vivos, con arbolillo; y en lo alto de Los Castaños hay un soto que está siempre plagado de verderones y colorines. Con ir y volver ya tiene usted un paseo de dos horas, y no un paseo tonto, sino entrete- nido, con las peripecias de la caza. Pepillo, el hijo del tío Rogerio, podrá llevarle á usted el ar- bolillo y las jaulas.

— Pero ¿cómo sabe usted que viene aquí Pepi- llo?— preguntó el cura.

— 67 — . — Me lo ha dicho su hermana Rosarico, á la que encontré en la Fuente de los Garbanzos — con- testó Pío Cid. — Por cierto qne me parece que la muchacha esa tiene unos amoríos con cierto suje- to Usted estará enterado de la historia.

— Eq efecto, con uno de los Tomasines. Bas- tante se ha hablado de eso y no para bien; porque el Tomasín está publicando por ahí á la pobre muchacha, y como él no se case con ella, mal va- mos. Hay cierta rivalidad antigua entre los To- masines y los Rogerios; y como los unos están ahora muy subidos de punto, y los otros á la cuarta pregunta, el padre de Tomasín no consiente en el casamiento; y el hijo, por salirse con la suya, por- que quiere á la muchacha, le está quitando el cré- dito ¿Qué le parece á usted? Días pasados le decía yo á ese facineroso: «Pero ven acá, infame, ¿no sabes lo que dice la copla aquella: «¿Para qué 3>enturbias el agua— que has de venir á beber?» ^No es innoble, ruin y hasta criminal lo que estás haciendo?» ¡Ah, señor D. Pío, está usted en el pue- blo media hora, y ya empieza á ver y á oir; si es- tuviera medio año saldría huyendo á uña de caballo, y al huir, sin volver la vista atrás, renegaría de esta tierra scecula sceculorum^ amén!

— No haya temor de qne esto suceda — dijo Pío Cid,— porque me voy el domingo. Y ahora voy á preguntarle, aunque la pregunta es ociosa, si colo- caron la lápida que yo dejé encargada para el panteón de mi familia.

— La trajeron — contestó el cura, — y yo mismo estuve presente cuando la colocaron, como le ofrecí á usted. Ahora mismo, puesto que no está — 68 -- lejos, vamos á ir, si usted quiere, al campo santo. Así comenzaré á hacer el ejercicio que usted me recomienda.

Se puso D. Esteban su bonete, cogió un para- guas rojo, muy descolorido, que en caso necesaria servía también de quitasol, y encargó á la criada que le buscara las llaves del cementerio y se las llevara allá, mientras él y Pío Cid iban de camino^ hablando de cosas del pueblo, que si fuera á con- tarlas todas aquí, no acabaría nunca. Pío Cid se cercioró de que su panteón de familia, que por cierto era el único de Aldamar que mereciera este nombre, estaba muy bien atendido y conservado, por lo que dió gracias á D. Esteban, el cual en- tonces dió comienzo á una segunda jeremiada, no para llorar los males presentes, sino para deplorar los bienes pasados.

— Yo no alcancé á conocer los tiempos de uste- des— dijo; — pero algo más valía el pueblo cuanda los Cides que están en este sepulcro vivían y eran los amos de Aldamar. Todo aquello se disolvió como la sal en el agua, es decir, algo peor; cayó en ma- nos de advenedizos que sólo miran por su medro personal. Sus padres de usted, no trato de incul- parles, faeron los primeros que abandonaron sus posesiones para ir á la capital. Le dieron á usted carrera, y usted ¿qué hizo? Desligarse en absoluto de su pueblo y disipar su fortuna, yo no sé cómo. Así ocurre que nadie puede alzar la voz contra las calamidades que nos afligen, porque en este asunto se puede decir también: «Todos en él pu- sisteis vuestras manos j> Por cierto — añadió el cura después de una pausa, y sin que Pío Cid — 69 - alegara para disculparse niagima razón de las muchas qne podía alegar, — que ya que hablo de su familia de usted, le voy á hacer una pregunta respecto de su linaje. Yo soy aficionado á sacar genealogías, y he compuesto desde su origen la de ustedes, que se remonta al siglo xvi ó comien- zos del XVII, en que se estableció en Aldamar el primer Cid, que era burgalés de nacimiento y de pura estirpe castellana. Todos los descendientes de este Cid nacieron en este pueblo, excepto usted, que nació en Granada, y que, por lo que veo, va á ser el último de su casta. Es decir, aunque dejara hijos lo sería, porque el apellido Cid lo lleva usted ya en segundo lugar, y se perdería al pasar á su descendencia. Pero voy á mi pregunta. Así como por parte de madre conozco el árbol genealógico de usted, por parte de padre no he podido averi- guar gran cosa, porque su j^adre se estableció aquí después de casado. Según aparece de los registros, era natural de Adra era natural de Adra — Yo no sé gran cosa de mi progenie — contestó Pío Cid. — La tradición esa de los Cides sí la co- nocía, y respecto de mi padre, sólo sé que, aunque nació en Adra, era levantino de origen. Esto es seguro, porque la fortuna de mi padre procedía de un hermano suyo, que murió sin hijos, deján- dole por único heredero de un gran capital, inver- tido casi todo en un negocio considerable de ex- portación de vinos en Alicante. Mi padre siguió algún tiempo el negocio, valiéndose de adminis- tradores, y, por último, lo liquidó de mala ma- nera antes que se lo echaran por completo á per- der. No creo que si entrara usted en investigacio- -io- -iones descubriera muchos pergaminos en mi rama pa- terna; estoy más bien por pensar que fueron gente pobre, pues mi padre, antes de casarse, era maes- tro bodeguero, y sabía llenar de vino una bodega con sólo que le pusieran agua á mano y le dejaran mezclar polvos y tinturas, que él mismo preparaba como si fuera químico de profesión. Esto no quita para que fuera un caballero perfecto, como lo probó cuando le vino la herencia. En menos que tardo yo en decirlo se transformó como gusano que se cam- bia en mariposa, y del bodeguero listo y de ancha conciencia salió un señorón en el que no había medio de descubrir la hilaza, y un hombre de bien á carta cabal. Claro está que en materia de finura nunca le llegó á mi madre al tobillo; pero con sólo que mi madre consintiera en casarse con él, está dicho que mi padre era un hombre de mérito. Esto es todo lo que le puedo decir de mi linaje.

— Le doy á usted las gracias por sus informes — dijo el cura. — Usted no sabe el interés que tienen para mí estos estudios, que á otros les parecen cosa de pasatiempo. Es curiosísimo averiguar, como yo he averiguado, el origen de muchos ape- llidos de esta comarca, casi todos los cuales pro- ceden de Castilla y de Galicia. Así, por ejemplo, mi apellido, que es Chiroza, viene de un Quiroga, gallego. Vea usted qué cambios ortográficos tan caprichosos. Yo he encontrado Quirugas, Chiru- gas, Quirozas y Chirozas, y todos, todos no son más que variantes del apellido originario, adulte- rado por la mala pronunciación de la gente del pueblo. Le repito á usted que es interesantísimo el estudio de las genealogías.

— 71 — De vuelta á casa del cura, despidióse de él Pío Cid, y se fué á visitar á los Tomasines, que eran hijos y nietos del Tomasín primitivo, capataz de Los Castaños en tiempo de los Cides; no tardó en averiguar que el difamador de Rosarico era hijo de Blas Tomasín, é inmediatamente formó propósito de emplear su influencia en beneficio de la buena muchacha. Pío Cid conocía muy bien el terreno que pisaba, y le bastó cruzar algunas pa- labras con Rosarico para comprender que la cria- tura estaba enamorada, y más aún que enamorada, gravemente comprometida.

— Si hubiera sólo un pique amoroso — pensó Pío Cid, — Rosarico hubiera entrado conmigo en el pueblo por darle cantaleta á su novio; esto lo sabe hacer hasta la mozuela más ramplona y pa- lurda. Cuando temió que la vieran es que él es el que manda, y un hombre sólo manda cuando la mujer ha perdido los estribos. Así, pues, las difa- maciones del Tomasín debían tener más de verdad que de mentira, y si no se apresuraba la boda, corría Rosarico grave riesgo de salir luego con un sietemesino.

Esta negociación matrimonial, que para otro sería asunto despreciable é indigno de fijar en él la atención, era para Pío Cid más importante que BU elección; porque le había gustado ver á Rosa- rico venir á buscar agua para que sus padres an- cianos pudieran roer los garbancejos.

— Aquí no hay más que un arreglo — se decía Pío Cid: — para que Blas Tomasín ceda hay que cegarle por el interés, porque otro lenguaje sería música celestial. A mí no me quedan ya más que nnos cincuenta daros, y si abro la mano voy á te- ner que volver á Madrid de limosna; pero por algo se dice que donde mucho hubo, algo queda; ahora recuerdo que, cuando vine la vez anterior, el registrador me habló de la compra de los cen- sos que mi familia tenía. Yo entonces no le hice caso, y los dichosos censos me van á prestar hoy un brillante servicio.

Esto que decía Pío Cid era verdad, pues, según parece, D.* Concha, que consintió en venderlo todo, no quiso enajenar los censos, porque le había oído decir á su madre que era lo único que restaba del antiguo señorío que los Cides ejercían sobre Aklamar, y que había que conservarlos eterna- mente, si era posible, aunque no se cobrara, como no se cobraba, el canon anual. Hay que adver- tir que, aunque los censos eran más de cien, mu- chos se habían trasconejado en los registros, y los que quedaban eran el que más de catorce rea- les al año, y algunos consistían sólo en una ga- llina. Pero aunque la renta fuera de un millón de reales, Pío Cid la hubiera regalado: tal era el des- pego que tenía á la propiedad; y aunque la renta fuera de unos cuantos ochavos, los Tomasines la aceptarían con júbilo por el prestigio señorial que á ella iba anejo. No se anduvo Pío Cid con me- dias palabras, sino que al ver á Blas Tomasín y á su hijo, á los que tuvieron que ir á bascar al campo para que vinieran á hablar con su amo an- tiguo, les estrechó las manos muy campechana- mente y les dijo de buenas á primeras: — Estoy muy disgustado con vosotros, en par- ticular con este mozuelo, porque no he hecho más — Taque llegar, y ya me he enterado de que anda por ahí poniendo por los suelos á una muchacha muy decente, y á la que debíais tener más considera- ción, siquiera por ser hija de un buen hombre, que ha pasado casi toda sii vida en el cortijo con to- dos vosotros. Esto es indigno; y como yo no tolero que se cometan indignidades donde yo estoy, he decidido, y lo haré sin demora, regalarle á Rosa- rico los censos que tengo aquí perdidos, y que re- presentan al año un puñado de duros. Ya verás tú cuando se sepa si acuden como moscas los golosos. Así los habrá — agregó Pío Cid, juntando las yemas de los dedos, y uniéndolas y separándolas muchas veces con gran presteza, — así los habrá, y tú te vas á quedar con tres palmos de narices. No me extraña — prosiguió con indignación aparente, puesto que sabía que la causa estaba ganada — que tu hijo le dé como le da á la sin hueso, porque todos los Toma- sines habéis sido siempre muy largos de lengua, y c(de casta le viene al galgo el ser rabilargo»; pero al fin, tu hijo es todavía una criatura sin re- flexión, y tú eres el que debías corregirle, y si no lo haces eres peor que él. Quizás te extrañará que yo me tome tanto calor por lo que no me va ni me viene; pero me va en ello más de lo que os podéis figurar, y punto redondo. Conque pon- gamos las cartas boca arriba; yo no he dicho to- davía á nadie mi pensamiento; si este caballerete se casa con la Rosarico, ya sabéis cuál es mi re- galo de boda; así, nadie tiene que decir que el matrimonio ha sido por interés; si no, yo haré lo que me parezca, sin dar más explicaciones.

— Don Pío, me ha dejao osté atortolao — dijo — 74 — Blas Tomasín. — Bien sabe Dios que lo que yo siento más en el mundo es que osté reniegue de nosotros, y la verdad, me ha dejao osté jecho un pan. Empués de tanto tiempo sin verlo, que tenga yo que oir lo que oigo Vamos — exclamó en- carándose con su hijo, — quítate de elante, bandío, que maldigo jasta la hora en que te di el sér que tienes. Yo le juro á osté, D. Pío, por estas cruces de Dios, que no sé ná de esas jablaurías, naíca, se lo juro cien veces pares.

— No hay que echar maldiciones — dijo Pío Cid, — porque algunas veces alcanzan. Lo que hay que hacer es reparar el mal que se ha hecho; y cuando un hombre le quita el crédito á una mujer, debe casarse con ella: si es verdad, por ser verdad, y si es mentira, con mayor razón.

— ¿Qué dices tú á esto? — preguntó Tomasín á su hijo. — Habla, hombre, que paeces una lechuza con esa cara tan espantá. ^ El muchacho no contestó nada, porque no que- ría descubrir la comedia de su padre, que era el que se había opuesto á sus relaciones con la hija del tío Rogerio y el que le había lanzado en el camino de las difamaciones, medio que suele pro- ducir buenos resultados para arreglar bodas im- posibles.

— Yo le conozco en la cara — dijo Pío Cid — que está arrepentido de su mala acción, y que si le dejan se casará con Rosarico sin replicar.

— Yo por mí — anadió el padre, — jago lo mesmo que Pilatos. Los hijos han de casarse á su gusto, para que, si les sale mal, se aguanten y no vengan luego con dolamas.

— 75 — — Paes entonces no hay más que dar un sí ó un no — dijo Pío Cid, dirigiéndose al Tomasinillo contesta de una vez, y sepa yo á qué atenerme.

— Yo— contestó el muchacho — no tengo más volunta que la de osté; y si osté me dice que me tire por un tajo de cabeza, me tiro, y cruz y luz.

— No se trata de mi voluntad, sino de la tuya — replicó Pío Cid; — y yo no te digo qne te tires por un tajo, sino que te cases con una mujer que ha sido tu novia y que cuando lo fué sería porque te gustaba.

— Me gustaba y me gusta, sí, señor — dijo el muchacho, — y me casaré con ella manque sea para ir á pedir limosna.

— Pues estamos hablando en tonto — concluyó Pío Cid, — porque todos estamos de acuerdo. Y lo que yo saco en limpio es que tú has hablado mal de tu novia por vengarte de algo que ella te ha- brá hecho, y que, aunque yo no hubiera metido mano en el asunto, tu fin era casarte con la Ro- gerilla. Lo único que has ganado es que ahora te vas á encontrar con una ganga que no esperabas; casi estaba por volverme atrás para castigar tus habladurías; pero no, la promesa se cumple, y sin comerlo ni beberlo te alzas con los censos y me heredas sin morirme. Tú debes haber nacido de pies.

Así terminó la notable entrevista, y Pío Cid se fué á casa de los Rogerios pasando antes por la del secretario, para que el tío Rentero le acompa- ñase. Entretanto, Blas Tomasín ponía á su mujer al corriente de lo ocurrido, aunque ésta estaba ya en autos, pues no había dejado de entrar y salir — 70 — con diversos pretextos, y al refilón había cogido gran parte del coloquio. Y cuentan las crónicas que la mujer de Blas era tan mal pensada, que lo pri- mero que le dijo á su marido fué: — Esto te servirá pa que veas que yo no me mamo el deo, y que cuando yo te decía que entre el señorito y la Boqueta hubo lo que hubo — No digas esatinos, mujer — interrumpió Blas; — si la Boqueta andaba ya por los cuarenta cuan- do el señorito escomenzó á mocear.

— Antes ú empués, fué siempre el señorito un tuno — replicó la Tomasina, — y perdía el sentido en cuanto que vía unas naguas. Yo no quieo que por mí paezga nadie, pero la Boqueta era de las de mátalas callando. ¿Por qué si no, vamos á ver, iba D. Pío á regalar, así porque sí, la única pro- pieá que le quea? Si le tira la hija es porque le tiróla madre, y no pondría yo las manos en el fuego porque la Bosarico no sea ¿quién sabe? hija — ¡Jesú, María y José! — exclamó Blas; — calla esa boca, que hay días que paeces un escorpión.

— Yo lo que digo — insistió la Tomasina, — es que la B )sarico es la más fina de su casa, y que el aire suyo es de señorío, que á los Bogerios no hay por dónde les venga.

— Mujer, no icías eso enantes — reflexionó Blas, — que no querías que tu hijo se casara porque la Bosarico era mu bestia.

— Como que no la han educao — replicó la Toma- sina;— pero eso ¿que tié que ver con la fisonomía de la cara?

— Pus yo te digo— sentenció Blas para concluir la conversación — que sería mucha honra empa- — 77 — rentar con los Cíes, pero que la Roqueta lia sío siempre una mujer honra, y que lo que tú dices son figuraciones.

Al mismo tiempo que los padres tenían estas razones, el hijo corría como un gamo á casa de los Rogerios. Yió á la puerta á la tía Roqueta, y ro- deó un poco para entrar por la espalda de la casa, saltando un salve de saúcos que servía de cerca al corral. Allí encontró á Rosarico tendiendo unos trapos, y se abrazó á ella, diciéndole con el poco aliento que le quedaba: — Ya eres mi mujer, Rosarico. Ahora sí que va de veras.

— Tú estás loco — exclamó ella, desasiéndose asustada.

— Lo que estoy — contestó Tomasín, — es que la alegría no me cabe en el cuerpo. No pienses que vengo trastornao. Ha sío cosa de D. Pío, el hijo de los amos, que ha convenció á mi padre; y ade- más ñus regala los censos del pueblo pa los dos.

— Vaya, que me dejas pasmá — dijo Rosarico. — Ese señor me ha traío hoy en su mulo dende la fuente, y tié cara de ser un santo. Pero ¿cómo se ha enterao?

— Se ha enterao — contestó Tomasín, — y le ha echao á mi padre un sermón, que quisiera que hu- biás estao allí, detrás de la puerta.

— Tu padre es un avaricioso — dijo Rosarico — y habrá consentío por los intereses. Y á ti no de- bía yo quererte ahora, y debía escupirte á la cara por las perrerías que me has hecho.

— Yo lo hacía pa que ñus casaran. No me guar- des rancuña.

— 78 — — Toos los hombres sois unos pillos — insistió Rosarico, — y tú no te queas atrás.

— Guano, mujer — dijo Tomasín, — vamos á con- társelo á tu madre, y pelillos á la mar.

La vieja Roqueta oyó la noticia haciéndose cruces, porque cuando supo por su hija la llegada de Pío Cid, pensó ir á hablar con él y contarle lo que ocurría, para que tomara cartas en el asunto y obligase al Tomasín á tapar la falta antes que se descubriera más y no hubiera medio de cerrarles la b ica á las gentes.

— No hay dúa — dijo la vieja — que el señorito Pío tiene alguien que le sopla too lo que pasa, porque esto paece cosa de brujería. ¡Quién había de pensar la cabeza que ha sacao! Yo le di veces cuando su madre lo criaba, y de chico paecía un tontorrón.

No tardó en presentarse Pío C/id, y tanto él como el tío Rentero, fueron agasajados como príncipes. La tía Roqueta le hablaba de tú por tú, porque ya no podía acostumbrarse á llamarle de usted, aunque le imponía la estatura y la larga barba del que ella había visto en pañales. En cuanto á la Rosarico, aunque ella no lo decía y procuraba parecer serena, lo cierto es que no po- día mirar á Pío Cid sin echarse á temblar, no de miedo, sino de algo que andaba muy cerca de la veneración. Hasta bien entrada la noche estuvo Pío Cid con aquella pobre familia, porque quiso esperar á que todos fuesen llegando, para cono- cerlos á todos y echar un párrafo con el tío Roge- lio, con quien en su juventud había hecho más de un viaje desde Aldamar á Granada. También vino — 79 — — 79 — por la noche Blas Tomasín y su mujer, y allí quedó concertada la boda y que desde el primer domingo empezaran á correr las amonestaciones. Pío Cid encargó que le avisaran al notario, que aunque lo era de Aldamar vivía en Seronete por haberse casado allí con una ricacha, para otorgar al día siguiente la escritura de los censos, y el tío Rentero, que deseaba ver á su hija Polonia, se prestó á desempeñar la comisión.

Esta liberalidad de Pío Cid le fué provechosa, porque en los breves momentos que habló con el notario se captó sus simpatías y le interesó, sin pretenderlo, en la contienda electoral. Según dijo D. Félix, que así se llamaba el Notario, D. Cris- pulo, el cura de La Rabióla, había metido el cis- ma en Seronete haciendo propaganda á favor de Pío Cid, y al marcharse había dejado como jefe de los anticañaveralistas á D. Cecilio Ciruela, maestro del pueblo, el cual estaba mal con las autoridades porque no cobraba el sueldo hacía una infinidad de años. Don Félix no era tampoco muy amigo de D. Carlos, y prometió espontánea- mente votar él, con todos sus amigos y dependien- tes, á favor de Pío Cid, aunque éste le dijo que no le gustaba encizañar á las gentes, y que así como le parecía muy mal que D. Carlos estuviese en Aldamar repartiendo dinero y haciendo promesas imposibles, no le parecía bien ir él al pueblo de su adversario á hacer trabajos de zapa. Bien que estuviera distraído en sus asuntos particulares, no dejaba de notar los manejos de sus contrarios, ni que éstos estaban favorecidos abiertamente por el Acalde, y solapadamente por el secretario, que se — 80 — — 80 — vendía como amigo de Pío Cid. Pero no se in- quietó por ello, porque sabía que sólo le faltaban siete votos, y éstos los hallaría él al volver de una esquina. llamón Barajas, por cubrir el papel, le hacía algunas reflexiones acerca de las funestas consecuencias que podía acarrearle su abandono.

— La elección se aproxima — le dijo — y hay que moverse. Hay que reunir á los electores y pronun- ciarles un discurso Yo le daré á usted la pauta, no porque usted la necesite, sino para que sepa cuáles son las aspiraciones del pueblo El barrio alto quiere que le pongan un estanco para no ser menos — Voto en contra del estanco — interrumpió Pío Cid. — El fumar es un vicio tonto que no conviene prohibirlo, ni tampoco fomentarlo. Hasta ahora nadie se habrá quedado sin famar porque haya un solo estanco; si se ponen dos, se fumará más, y más dinero se irá en humo.

— ¿Y los caminos? — preguntó Barajas torcien- do el gesto. — En una región eminentemente agrí- cola...— En una región eminentemente agrícola — in- terrumpió Pío Cid, — lo que hace falta es trabajar eminentemente en el campo, y no intrigar, que es lo que usted hace.

— Don Pío, ¡por DiosI — exclamó Barajas.