SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— ¿Cree usted — prosiguió Pío Cid — que yo he venido á Aldamar para que usted juegue conmigo? Sepa usted que la elección la ha hecho ya quien puede, y que no tengo necesidad de usted. Sepa usted que estoy enterado de que el alcalde, á quien no he visto ni quiero ver, está de acuerdo con los — 81 — Cañaverales, porque D. Carlos le ha ofrecido traerle de Madrid un sombrero para su hija, para que vayaá Granada estas fiestas del Corpus.

— Eso es verdad — interrumpió Barajas, — y es cierto también, y usted quizás no lo sepa, que le ha ofrecido, además del sombrerillo, un cinto de siete hebillas, igual que otro que D. Carlos tiene, y que dice que lo compró en Madrid en la calle de Preciados. Ya ve usted si yo estoy al corriente de todo, y este detalle del cinto es quizás lo que más ha decidido á D. Federo, porque está dis- gustado de tener un buche que hasta le molesta para andar.

— Pues razón de más — dijo Pío Cid — para que yo no quiera verle; porque no me gustan los hom- bres buchones.

— ¿Y el juez municipal? — preguntó Barajas. — Ése está por usted y ha venido dos veces á bus- carle.

— 'Ese es un mal sujeto — contestó Pío Cid, — y se me ha puesto no recibirle. Y, en resumidas cuentas, le he dicho á usted, y le repito, que la elección está ya hecha y que no necesito de us- tedes.

— No son esas mis noticias — dijo el socarrón de Barajas. — Yo creía que le faltaban á usted algu- nos votos y que la elección se ha de decidir aquí...porque con Seronete no hay que contar para nada.

— Y ¿cree usted — preguntó Pío Cid — que los contados votos que me faltan no los tengo yo se- guros sin salir de la familia de los Tomasines, que es más larga que una t?oga? Y aunque por sus trapacerías de usted no obtuviera yo aquí ni un 6 — 82 — voto, ¿no es mucho hablar eso de que con Sero- nete no hay que contar para nada? ¿Oree usted ser el único trapalón que ha}^ en España, y que Aldamar tiene el privilegio de las miserables en- vidias contra sus propios hijos? Lo mismo que us- tedes me harán á mí una trastada por ser yo de aquí, en Seronete se la harán á Cañaveral por ser él de allí. Lo natural sería que los pueblos apoya- sen á sus hijos, y no á los del vecino; pero quiere decir que si apoyan á los del vecino y no á los suyos, como todos caen en la misma falta, lo que se pierde por un lado se gana por otro, y no hay por qué lamentarse. Para terminar, amigo Bara- jas, porque este tema me incomoda: yo sé que us- ted hace á dos caras, y le comunico, para que luego no le coja de nuevas, que si gano la elección le quito á usted la secretaría. Al alcalde no le haré nada á pesar del buche, porque siquiera es franco y me hace la guerra á cara descubierta; pero á usted le quito la secretaría, y si no, al tiempo.

Con estas amenazas estaba el secretario que no le llegaba la camisa al cuerpo; pero su amor á la intriga era tal, que no se decidió á jugar limpio. Seguía de acuerdo con Cañaveral, y la noche antes de la elección quiso hacer ver que echaba el resto por Pío Cid, y reunió en su casa á los amigos de éste para obsequiarles con un gran convite, en que hubo vino y aguardiente en abundancia. Para ame- nizar la fiesta, aparte el discurso que él había preparado,quiso que hubiera intermedio cómico, y trajo al tonto Almecina, que era la figura más po- pular del pueblo y servía de instrumento de di- versión al grupo espiritista, de que era presidente — 83 — el mismo Barajas, anaqne, á decir verdad, ninguno de los agrupados sabía ni jota de espiritismo.

El tonto Almecina era una infeliz criatura de cerca de veinte años, que apenas representaba ocho ó diez de puro miserable y revejido que es- taba; era cojo y manco, medio ciego y medio sordo y algo tartamudo; su familia lo había abandonado, y él andaba rodando por las calles haciendo reir con sus bobadas, á cambio de las que recogía de sobra para comer; su única habilidad consistía en roer almecinas y tirar los huesos con un canuto de caña con tal tino, que, aunque no tenía más que un ojo medio chuchurrido, donde ponía el ojo ponía el proyectil; de donde le vino el sobrenom- bre que tenía. Otro de los motivos de su popula- ridad, además de su desgracia, era la broma que los espiritistas habían hecho correr, asegurando que Almecina era ni más ni menos que Felipe II. Barajas creía en la metempsicosis, y decía que el alma de Felipe II había transmigrado al cuerpo de aquel niño tonto y lisiado, para purgar en la tierra el mucho mal que había hecho la primera vez que en ella vivió y reinó. Sin duda le daba el corazón que en tiempo de Felipe II él no hubiera podido ser secretario, y de aquí la inquina que le tenía á aquel templado Monarca.

Vino, pues, el tonto Almecina, y Pío Cid, que no sabía nada de él, le sentó en una silla á su lado, y le preguntó que cómo se llamaba.

— Me lia lia...llamo AllU me me mecina.

— Ese es un apodo— dijo Pío Cid. — Te pregun- to el nombre y el apellido.

- 84: - — No lo lo lo sé — tartamudeó el tonto.

— Dichoso tú — dijo Pío Cid — que no sabes si- quiera cómo te llamas. Y ¿qué es lo que tú haces? ¿Qué eres?

— Yo...yo yo — tartamudeó el tonto — soooy Fe Fe Fe lipe se se segundo.

— Y ¿cómo sabes eso? — preguntó Pío Cid.

— Porque lo lo lo icen — contestó el tonto.

— Por lo visto, á ti te han tomado como cosa de juego — dijo Pío Cid. — Bien podían enseñarte algo, que tú no eres tan tonto como pareces. Vamos á ver, ¿quién es el hombre más pillo de Aldamar?

— Don Don Don Ramón — repiqueteó el tonto entre las carcajadas de la concurrencia.

Barajas rió también, pero estaba más corrido que una mona, y más cuando Pío Cid se levantó diciendo: — Me voy á dormir, porque no me gusta diver- tirme á costa de la infelicidad.

Y, en efecto, se retiró, y cuando subió á su cuarto le dió al tío Rentero una camisa y unos calzoncillos para que mudaran de ropa al tonto, que estaba para que lo cogieran con tenazas.

No tardó en disolverse la asamblea alcohólico- electoral, y entonces salió Barajas á avistarse con el bando contrario. Era cosa decidida que no hu- biera elección legal; de haberla, aunque Pío Cid se dedicara á insultar á los electores, habría siem- pre muchos que votaran por él, porque era hom- bre de esos que tienen buena sombra.

Barajas propuso el medio hábil para triunfar, que era avanzar tres horas el reloj de las Casas — 85 — Consistoriales, reunirse á las seis ó antes los ami- gos de confianza y volcar el puchero, es decir, poner todos los votos presentes y ausentes á favor de Cañaveral. Para que no hubiera duda respecto á la hora, propuso asimismo Barajas una señal segura. Francolín, el hermano de Rosarico, era porquero del pueblo, y recogía todas las maña- nas los cerdos para llevarlos al monte mediante una cantidad módica, que era de quince cuartos por cabeza al mes. Antes que rajara el alba salía tocando su bocina por las calles del pueblo, á <iuya señal los vecinos daban suelta al ganado. Barajas ideó que el toque de bocina sirviera aquel domingo para convocar á los conjurados, y el pobre Francolín prestó inocentemente un buen servicio á los enemigos del protector de su her- mana, por el cual decía él que si tuviera voto vo- taría cuarenta veces seguidas, aunque tuvieran los marranos que quedarse en el pueblo. Todo sa- lió á pedir de boca, y no eran aún las seis cuando ya estaba muñida la elección, en la que todo el pueblo había votado por D. Carlos, excepto Bara- jas, que se abstuvo por prudencia inocente. Sin embargo, Pío Cid lo supo todo porque se levantó muy temprano, y al notar cierto movimiento de gente, se asomó á la plaza y vió el reloj que apuntaba cerca de las ocho cuando apenas se veían los dedos de la mano. Volvió á su casa, esto es, á la del secretario, pues por no gustarle las nove- lerías no había querido cambiar, aunque iba á comer á casa de sus conocidos. Se entretuvo en redactar la receta que había venido elaborando aquellos días, y que en aquel momento le salió de — 86 — un tiróü, y al punto de terminarla oyó que el tío Rentero llamaba á la puerta del cuarto.

— Adelante — dijo; — está abierto.

— Señor D. Pío — exclamó entrando el tío Ren- tero,— ¿sabe su mercé que me paece que nns la han pegao?

— A buena hora se desayuna usted — dijo Pío Cid. — A las seis estaba ya hecho el amasijo.

— ¡Y osté se quea tan fresco!— gritó el tío Ren- tero.

— Espere usted á que vengan noticias de Sero- nete, y entonces hablaremos — dijo Pío Cid. — Ahora vayase usted á pasear, que creo que sube el secretario.

— Don Pío — entró diciendo éste, — aquí se ha cometido con nosotros un atropello, porque de otro modo no me explico lo que pasa. Pero ¿qaé es eso? — preguntó mirando los papeles que Pío Cid tenía sobre la mesa, para ver si era algún es- crito relacionado con la elección.

— No es nada— dijo Pío Cid, recogiendo los pa- peles;— es una comunicación al Observatorio as- tronómico para que vea qué ocurre en este des- graciado país, porque no comprendo cómo daban las ocho en el reloj del pueblo mucho antes de que saliera el sol. Algún cataclismo nos amenaza, y bueno es vivir prevenidos.

— Es que hoy está nublado — dijo Barajas, que no las tenía todas consigo.

— Está raso como un pandero — dijo Pío Cid, — y el nublado es usted. Si no fuera por considera- ción á que estoy en su casa, le tiraba por la ven- tana de un puntapié.

— 87 — — Yo le juro á usted — dijo Barajas — que no he intervenido en la elección, y si aparece mi voto en ella, que me corten el cuello.

— Hemos terminado la conversación — dijo Pío Cid. — Cuando sepamos lo que ha pasado en Sero- nete, hablaremos.

A eso de medio día llegó un propio enviado por D. Félix con una carta para Pío Cid, en la que el notario le daba cuenta de la elección en estos términos casi telegráficos: «Muy señor mío y muy distinguido amigo: Apenas terminada la elección le envío estas líneas, escritas á la ligera para decirle que de los 60 votos del censo, 27 han votado por usted y el resto por Cañaveral. La elección, intervenida por mí, per- fectamente legal, y D. Cecilio se ha portado bri- llantemente. Celebraré haber contribuido á su triunfo y que honre con su visita á su amigo afec- tísimo y servidor, q. b. s. m., — Félix Caro y Fer^ nández.D Pío Cid dió la carta al secretario, que estaba presente y se la comía con los ojos, y al dársela le dijo: — Aunque rebaje usted veinte votos, me quedan bastantes para que usted se quede sin la secre- taría.

Barajas devoró el mensaje, lo dejó caer de las manos, comenzaron á flaquearle las piernas, y, por último, cayó de rodillas, diciendo: — Señor D. Pío, usted es un hombre de corazón y no puede ensañarse en un infeliz que no le ha hecho ningún mal.

— Yo tengo el corazón más duro que una pie- — 88 — dra cuando quiero — dijo Pío Cid, — j no me ablan- dará usted aunque llorara más que Jeremías. No es que me ensañe con usted. Esto lo hago yo con la misma indiferencia con que me comería unos huevos fritos. Lo que quiero es castigarle á usted, y le castigaré.

— ¡Me va usted á quitar el pan de mis hijos! — imploró Barajas más pálido que un muerto.

— Trabaje usted en el campo, que buenos bra- zos tiene. La región es eminentemente agrícola. Usted no tiene ambición ni se dejaría sobornar por dinero, le reconozco esta virtud; pero con usted no valen ni advertencias, ni consejos, ni sermones, porque está enviciado en esos trapaleos, que le engordan más que el comer; usted no aspira más que á ser secretario y hacer ver su influencia por medio de sus manejos ocultos. Yo le he conocido á usted el punto sensible, y en ese le voy á herir para curarle radicalmente. Le veo á usted como á nna zorra que se ha cogido el rabo en una trampa, y en vez de compadecerme me dan ganas de pegarle cuatro palos. Levántese usted y no se humille más, porque cuanto haga es inútil.

Dicho esto, Pío Cid se volvió al mozo de don Félix y le dijo: — Tome usted ese duro por el recado, y dígale á su amo que muchas gracias, y que ya voy para allá.

Luego le encargó al tío Rentero que aparejara los mulos y que le esperara á la entrada del ca- mino de Seronete, á la sombra de las tapias del cementerio, adonde él iría después de despedirse de sus amigos.

— SO- FOCO antes de dejar Pío Cid la casa de Barajas, dicen que se le presentó la mujer de éste, la cual estaba embarazada con la barriga hasta la boca, y gimoteando se hincó de rodillas, con las manos cruzadas, sin acertar á decir ni una palabra.

Pío Cid la levantó y se la llevó á lo más hondo del aposento, y en voz baja le dijo: — No se sofoque usted, buena mujer, que todo lo que le he dicho á su marido ha sido para me- terle miedo á ver si se mejora. Bastara que yo hubiese dormido una noche bajo el mismo techo que ustedes para que, aunque fuesen bandoleros, me guardase de hacerles ningún daño. Pero á fin de que la pildora surta el efecto apetecido júre- me usted, por lo que lleva en el vientre, que hasta pasados cinco días no ha de decir á su esposo esto que yo le estoy diciendo.

— Yo se lo juro á usted — dijo la pobre secreta- ria sin hacérselo repetir.

— Creo en su juramento — dijo Pío Cid, — y ahora sólo me resta encargarle que aconseje bien á su marido, porque lo que hoy es broma pu- diera ser veras más adelante si él sigue con sus mañas.

No se sabe si el juramento fué cumplido, aun- que se cree que no se había apartado Pió Cid cien pasos de Aldamar cuando Barajas estaba en el secreto, porque la mujer no tuvo alma para verle sufrir las torturas que el desdichado sufría pen- sando en la hora fatídica en que la palabra cese sonaría en sus oídos como las trompetas de Je- ricó. También hay quien afirma que no es cierto que se presentase á Pío Cid la mujer del secreta- — 90 - rio, ni siquiera que estuviese preñada á la sazóo, aunque solía estarlo con frecuencia, sino que al llegar Pío Cid á Seronete, el notario, que sabía lo ocurrido porque su criado se lo refirió, le dijo que no debía ser tan duro con el pobre Barajas; entonces fué cuando Pío Cid descubrió que su idea había sido sólo hacer pasar un mal rato á aquel tunante, pero que nunca le quitaría el pues- to, porque cualquiera otro que le sucediera sería peor que él, pues la maldad no estaba en Barajas, sino en el país, que cría naturalmente hombres de ingenio fértil, que, faltos de cultura y de buena di- rección, se desahogan en las pequeñas intrigas de campanario. Y se dice también que D. Félix en- vió otro mensaje á Barajas diciéndole que había influido para que Pío Cid desistiera de sus ideas de venganza, y que la secretaría no corría peli- gro; con lo cual Barajas, agradecido, resolvió al vuelo un expediente que D. Félix había formado para quedarse con ciertos terrenos de realengo que lindaban con otros de su propiedad. Así don Félix no perdió sus trabajos electorales, y Alda- mar salió ganancioso, porque aquellos terrenos, antes baldíos, fueron metidos en labor por el nuevo propietario. Sea cual fuere la versión que se acepte, lo cierto filé que, después de despedirse de sus amigos, sin permitir que ninguno le acompañara, se encaminó Pío Cid al sitio convenido con el tío Rentero. Antes de emprender el viaje quiso ver por última vez su panteón familiar; y como no era cosa de ir á buscar las llaves, saltó por enci- ma de las tapias del cementerio con tal destreza, que ni siquiera tocó en el caballete. Estuvo un - 91 — rato viendo el sepulcro, y no rezó ni se entristeció, y sólo se le ocurrió pensar: — Cuando yo vuelva á este pueblo no seré yo el que venga, sino que me traerán muerto para en- terrarme.

Luego volvió á saltar la tapia, se montó en su mulo y echó á andar, mientras decía el tío Ren- tero: — Salta sn mercó lo mesmo que un tigre. — ¿Usted sabe lo que es un tigre? — preguntó Pío Cid.

— iSo los he visto — contestó el tío Rentero; — pero me se esfigura que son unas alimañas de las que tienen más juerza.

El camino de Seronete cruzaba lo menos una legua por medio del inmenso cortijo de Los Casta- ños. Pío Cid pasaba por allí como si no conociera el terreno, y el tío Rentero, que lo notó, no pudo contenerse, y después de tragarse la palabra va- rias veces la soltó al fin y, limpiándose los ojos llo- rones con el pañuelo rameado que para este uso llevaba, dijo: — ¡Válgame Dios, D. Pío, que debe su mercé de tener el corazón de piedra mármol cuando pasa por estos sitios sin que le jaga mella el verlos! Yo no he sío el propetario, y estuve aquí antiyer en lo alto de aquella loma, y cuando vía toa esta dix- tensión de terreno, y too de la mejor caliá, cuasi se me enrasaron los ojos en agua. Yo no sé cómo premite Su Divina Majestá que estas fincas sal- gan de manos de las güeñas familias pa que las arrecojan cuatro agoniosos, que no son encapaces de jacer una virtú á naide.

, — Todo tiene su fin en esta vida, y lo que pa- rece malo es mejor á veces que lo bueno — dijo Pío Cid. — Antes había quien usaba humanamente de la propiedad; ahora llegan los que la desacre- ditan; más tarde vendrá quien la suprima.

—No he comprendió á su mercé — dijo el tío lientero.

—He dicho que la sociedad, sin saber lo que hace, trabaja para destruir la propiedad, porque para destruir una cosa hay primero que desacre- ditarla. Hoy la propiedad se va concentrando en manos de ciertos bribones, que pretenden sacar de ella más de lo debido; y este mal traerá algún día un bien, que será que no quede un propietario para un remedio.

— Pero ¿cree osté, D. Pío — preguntó el tío Ren- tero asustado, — que se pué vivir sin propieá?

— ¿Cómo que si se puede? — dijo Pío Cid. — Pues ¿yo no vivo sin propiedades, y me va divina- mente? Y usted, ¿qué propiedad tiene? ¿No vive usted de su trabajo?

— Eso es verdá — dijo el tío Rentero.

— Su liuerta de usted — continuó Pío Cid — man- tiene á dos familias: á ustedes, que trabajan, y al amo, que cobra la renta sin trabajar. Supongamos qne la huerta es de la cuidad y que ésta cobra la renta. Su amo de usted tendría que trabajar para vivir, con lo que nadie perdería nada, y la ciudad tendría ese dinero y mucho más para emprender grandes obras, en las que tendría ocupación todo el que quisiera trabajar. Así nadie pasaría ham- bre, y las obras que se fueran haciendo, hechas quedaban.

- 93 — — Es osté encapaz de golver loco al lucero del alba — dijo el tío Rentero. — Eso que osté dice paece mesmamente el Evangelio.

En este sustancioso coloquio, del que no se dice más que lo apuntado por amor á la brevedad, llegaron á Seronete. Pararon en casa de la Polo- nia, y de allí fué Pío Cid á la del notario, á quien halló con su mujer, que era una señora algo basta, pero muy guapetona, y con D. Cecilio, el maestro de escuela, comentando la elección, satisfechísi- mos porque D. Carlos había entrado en Seroneté echando sapos y culebras, había abofeteado al al- calde por inepto, y había dicho que iba á prender fuego al pueblo por los cuatro costados; lo cual indicaba claramente la derrota de los Cañaverales y la importancia decisiva de los veintisiete votos que sin gran molestia habían reunido los amigos de Pío Cid. Después de los saludos, dió el notario amplia explicación de lo ocurrido por la mañana, congratulándose de que las manipulaciones ilega- les de D. Carlos en Aldamar hubieran quedado sin efecto merced al esfuerzo de los seronetenses; á lo cual contestó Pío Cid, diciendo: — Ahora más que nunca siento ser quien soy, porque lo que ustedes han hecho por mí merecía que el candidato triunfante no fuera yo, que tomo estas cosas á beneficio de inventario, sino un hom- bre de combate, que adquiriese prontamente una gran influencia, y les recompensara el interés qué con tanto desinterés se han tomado.

— No hay que hablar de eso— dijo D. Cecilio.— Aunque usted no volviera á acordarse de mí en toda su vida, yo me alegraría de haber contribuido — 94 — á su triunfo. Bien se dice que no hay enemigo pequeño, y que hasta las hormigas se vuelven para morder. Aquí se estaban divirtiendo conmigo los Cañaverales, y yo ahora gozo viéndolos humi- llados; ¡así reventaran por un ijar!

— Pero ¿qué daño le han hecho á usted esos se- ñores— preguntó Pío Cid, — para que tanto encono les tenga?

— Me han hecho— contestó D. Cecilio — todo lo que pueden hacer. ¿Qué más que no pagarme el sueldo y tenerme sumido en la miseria en que vivo?

— Y ¿qué razón tienen para no pagarle? — pre- guntó Pío Cid.

— Ninguna — contestó D. Cecilio. — Dicen que como no va ningún niño á la escuela, no hace falta maestro. Ya ve usted qué lógica. ¿No van alum- nos á la escuela? Oblíguenles á ir, y si no, no ten- gan maestro; pero mientras lo tengan, páguenle. Esto es claro como la luz del sol.

— Lo que yo no veo tan claro — dijo Pío Cid, — es que usted siga en este pueblo. ¿Usted no es de aquí? ¿Tiene familia?

— No, señor — contestó D. Cecilio. — Soy hijo de Santafé, y he estudiado en Granada. Pregunte usted por D. Cecilio Ciruela, y sabrá si no he sido tan buen estudiante como el primero, y si no he sacado esta escuela á pulso, sin conocer á nadie del Tribunal que juzgó mis oposiciones.

— Pues bien — dijo Pío Cid, — repito que no comprendo que siga usted aquí; comprendería que, si tuviera usted alumnos, siguiera aunque no co- brara, por amor á la pedagogía; y comprendería — 95 - mejor aún que, si cobrara usted sus haberes, siguie- ra, aunque no enseñara, por amor al dinero; lo que no rhe cabe en la cabeza es que esté usted . aquí sin enseñar y sin cobrar, porque yo que us- ted, hace tiempo que hubiera cerrado la escuela y me hubiera hecho maestro ambulante.

— ¿Qué quiere usted decir con eso? — preguntó D. Cecilio, aturdido ante la lógica inexorable de Pío Cid.

— Muy sencillo — contestó Pío Cid. — Ya que no pueda darle á usted otra cosa, voy á darle algo que para mí vale más que una fortuna; voy á darle una idea.

—Cuál se dice, según la Academia— contestó Pío Cid, — aunque usted hace admirablemente en decir cuála, pues asi se dice en nuestra tierra, y, además, es muy justo que cuál sea el macho y cuála la hembra. Y ahora voy á explicarle mi pensamiento.

El caso de usted no es único; son muchos los maestros que viven en la miseria, sin que haya remedio para este mal crónico de nuestro país. ¿Qué hacer? Ahondar en este fenómeno y des- cubrir, como yo he descubierto, que la causa de esa obstinación con que se desatiende al magis- terio no es otra que el deseo de transformarlo en instrumento de la regeneración nacional. Supón- gase usted, amigo D. Cecilio, que todos los maes- tros de España que se hallan en el caso de usted tuvieran la idea, desesperados ya, de abandonar los pueblos en que no hacen nada útil, y dedicarse á recorrer la nación y á esparcir á todos los vien- - 96 — tos la semilla de la enseñanza. Esto sería muy español; este profesorado andante haría lo que no ha hecho ni hará jamás el profesorado estable que tenemos. En nuestro país no se estima ni se respeta á quien se conoce, por mucho que valga. Usted sale á la plaza de Seronete, y se pone á predicar en favor de la instrucción ó á enseñar algo de lo mucho que debe saber, y es seguro que no le harán caso. Vaya usted por todos los pueblos de la provincia hacien- do lo mismo, y verá cómo acuden á escucharle y á favorecerle, quién con dinero, quién con especies. ¿Cómo, dirá usted, es posible que en nuestro siglo subsistan estas formas de enseñanza, que parecen coiifaudirse con la mendicidad? Sí, señor, es posi- ble, y hasta que reaparezcan no adelantaremos un paso. Bajo nuestro cielo puro y diáfano, como el de Grecia, gran parte de la vida requiere aire libre, y nuestro afán de reglamentarla y meterla bajo techado, lejos de fortalecerla, la va aniqui- lando poco á poco. No hay deshonra en la mendi- cidad; pero en todo caso, el mendigo es el que pide, sin dar, en cambio, más que un «Dios se lo pague»; el que pide tocando la guitarra y can- tando romances es un artista popular, el único ar- tista conocido del pueblo pobre que no va álos teatros; y el maestro que enseñara en la plaza pú- blica, como yo aconsejo, sería el maestro nacional por excelencia. No faltarían murmuraciones y crí- ticas de parte de los espíritus pequeños, rutina- rios; pero éstos se ensañaron también con los ar- tistas y filósofos que formaron el alma de Grecia y que legaron su nombre á la posteridad. No hay nada tan bello como el Omnia mea mecum porto; — 97 - correr libre y desembarazadamente por el mundo, ganando el pan de cada día con nuestros trabajos. (JNo conoce usted la anécdota del naufragio del poeta Simónides?

— ¿Qué anécdota es esa? — preguntó D. Cecilio? impresionado por el latinajo de Pío Cid.

— Se cuenta — dijo éste — que en un viaje qué hizo por mar, la nave en que iba naufragó. Todos los pasajeros acudían á recoger sus riquezas para ver si podían salvarlas; muchos se ahogaron abra- zados á ellas, y algunos las tuvieron que abando- nar para ganar á nado la próxima orilla. Simóni- des vió impasible la catástrofe, y se echó al agua sin llevar más que lo puesto, que no valía gran cosa. Y cuando le preguntaron que dónde dejaba sus riquezas, contestó que todas sus riquezas las llevaba siempre consigo. Los náufragos que esca- paron con vida se encaminaron al pueblo más cercano para que los socorrieran; y al llegar, vie- ron todos con asombro que Simónides comenzó á recitar sus poesías por las calles, y que el pueblo se lo disputaba para tener el honor de albergar á tan ilustre huésped. Todos fueron acogidos por lástima, pero Simónides lo fué por su pro- pio mérito. Un hombre de talento que tiene el arranque de despreciar las riquezas y arrojarlas lejos de sí, si las tiene, recibe en el acto una ri- queza mayor, la que da la fe en sí mismo; porque esta fe es el germen de todas las grandezas hu- manas.

Atónito escuchó D. Cecilio estos razonamientos del candidato triunfante por Seronete, y más ató- nitos quedaron él y D. Félix cuando le oyeron el 7 — 98 - discurso que siguió. Porque Pío Cid había mani- festado deseos de dar las gracias á sus electores, y D. Félix había dispuesto obsequiarles con algunos vasos de vino. Todos eran trabajadores del campo, excepto tres: dos cuñados del mismo D. Félix y el escribiente de la notaría, que era ex secretario del Municipio, y acudieron al llamamiento con puntualidad. Los dos cuñados comieron con Pío Cid y D. Cecilio en casa de D. Félix, y después de la comida, á eso de las ocho de la noche, salie- ron todos á un portalón grandísimo que la casa tenía, donde los electores campesinos se habían ido reuniendo. Pío Cid les saludó uno por uno dándo- les la mano, y les preguntó sus nombres y algo de sus familias. Luego, entre trago y trago, hubo con- versación animada sobre la política del pueblo; y cuando toda la asamblea estuvo suficientemente caldeada, el diputado electo tomó la palabra y dijo: