— No tenía yo escrito en mi libro que hubiera de venir á Seronete á dar las gracias á los electo- res que me han sacado triunfante; yo soy de Al- damar, y á los aldamareños les correspondía ayu- darme, aunque yo no he solicitado su apoyo, como tampoco he solicitado el vuestro. Yo siento que mi triunfo ponga de manifiesto que este pueblo está dividido en bandos, que luchan sin verdadero motivo para luchar; pero yo no soy responsable de esta división, sino los que la han promovido con sus desaciertos. Y ya que hay razón, según parece, para rebelarse contra el caci(jue de este pueblo, más noble es rebelarse que no seguir so- metidos por temor á sus demasías, y más noble — 99 — sería impedir que el cacique las cometiera, ha- ciéndole ver que una gran fortuna no basta para dominar á un pueblo cuando los habitantes tienen dignidad y entereza. Lo primero en el hombre es la dignidad; si no se puede vivir dignamente en este pueblo, vayanse á otro, y luego á otro si es preciso; y si no encuentran en ninguno trabajo y respeto, que es lo menos á que tiene derecho un hombre, les queda aún el recurso de emigrar á otros países. La patria puede exigir mucho de sus hijos, pero no puede exigir que sacrifiquen el ho- nor; más vale abandonar la patria que deshon- rarla; una nación que cría hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan. Pero esto es hablar del último extremo en que puede verse un hombre de bien; esto lo digo sólo para taparles la boca á los que dicen que cuando á hombre rico ó poderoso se le ocurre ser amo absolato de un pueblo, el pueblo no tiene más remedio que someterse; esto lo dicen los cobardes; los valientes, los que le tienen poco apego á la vida, no se someten nunca. Mueren, pero no se someten. Si vosotros estáis dominados, es por vuestra culpa, porque mostráis deseos de salir de vuestra condición, y el que se propone explotaros os conoce la flaqueza, y os coge por ahí, y se burla de vosotros. Yan á poner un nuevo estanco, ó á nombrar un nuevo peatón, en una palabra, van á dar puestos y credenciales, y todos aguzáis las orejas. El ideal es escurrir el bulto al trabajo útil y dedicarse á esas faenas que vosotros llamáis nini- nanas. Y el que ha conseguido librarse del trabajo, — 100 — piensa ahora en trasladarse á la capital, y el de la capital á la corte. Porque todos sabéis que el tra-^ bajo más inútil es el mejor pagado, y que lo últi- mo que se puede ser en este pobre país es traba- jador del campo. Pero lo que vosotros no debéis olvidar es que el Evangelio dice que los últimos serán los primeros; y yo os voy á decir, para que lo sepáis, que vosotros sois los primeros en la vida del país, no porque seáis los más útiles, que esto os podría tener sin cuidado, sino porque sois los más felices, los más humanos y los más grandes. No hay edad más dichosa que aquella en que el niño está mamando, en que para él no existe más gloria que estar colgado del pecho de su madre; y no hay condición más feliz que la del hombre que vive apegado á la tierra, madre de todos, reci- biendo de ella la vida en pago de sus esfuerzos. El niño, por su desgracia, no puede ser siempre niño; pronto empiezan á salirle los dientes, y con ellos comienzan los sufrimientos; y después de las enfermedades viene algo peor, los desengaños;: luego la vejez y la muerte irremediable. El cam- pesino puede vivir eternamente eu la venturosa infancia; no estará libre de sufrimientos, ni de en- vejecer y morir; pero mientras vive no pierde el calor de su madre, y cuando muere, deja hijos que viven como él vivió. Los que habitan eu las ciudades se puede decir que habitan en el aire, y en un aire malsano; viven dando vaivenes, sin nada firme á que agarrarse, y mueren con la tris- teza de dejar tras de sí una generación que empie- za por donde ella acaba, y que ha de sufrir mucho más que ella ha sufrido. Hay hombres grandes — 101 — que llegan á conocer con su espíritu el espíritu que llena todo el universo, y que no necesitaü vi- vir ligados á la tierra, porque han hallado otra tierra espiritual, una nueva madre qile les dé abrigo y protección; pero estos hombres son con- tados en el mundo; los más abandonan la tierra sin tener nada á qué ligarse, y viven en las ciuda- des como pájaros presos en la jaula. Cnando llega un desengaño, la falsedad del amigo, la traición de la mujer, la injusticia del mando, ese hombre sin ventura se halla entre las cuatro paredes de un triste cuarto, y si echa á andar por las ca- lles de la ciudad, quizás no halle, entre centenares •de miles de hombres, uno solo á quien confiar sus penas. Así se oye hablar todos los días de infeli- ces que se matan ó que pretenden tomar venganza de sus miserias, promoviendo revoluciones ó come- tiendo atentados espantosos con instrumentos in- ventados expresamente para destruir la sociedad. Vosotros no estáis libres de calamidades; pero si alguna cae sobre vosotros tenéis siempre abiertos los horizontes, y por poco que reflexionéis, al es- paciar la vista por estas campiñas tan hermosas y hacia estas gigantescas montañas, todos los males y todas las injusticias os parecerán pequeños comparados con esta grandeza. Aun para el hom- bre más desgraciado, para el que ha perdido el amor y la fe, hay siempre una religión indestruc- tible: la de la tierra. Y ¿quién sabe si esa felicidad que se espera que ha de venir de los cielos á la tierra, no irá más seguramente de la tierra á los cielos? Porque de la tierra no salen sólo minerales iii brotan sólo plantas; salen ideas y brotan sen- — 102 — tíinientos, que si vosotros supierais recogerlos como recogéis las cosechas, os enseñarían más que todos los libros de los hombres. Ojalá que esta tierra que, girando sin cesar, nos va descubriendo las estrellas innumerables del firmamento, nos lleve algún día á otros puntos del espacio donde brillen estrellas nuevas y nos iluminen ideas más humanas; pero mientras tanto, asi como rezáis, si lo rezáis, el Padre nuestro para pedir el pan de cada día, debéis rezar también una nueva oración, la Madre nuestra, para rogar á la tierra que re- compense con los frutos de su seno inagotable el esfuerzo de los que en ella trabajan.
Cuando Pío Cid terminó su discurso, ninguno de los concurrentes tuvo nada que decir, aunque á todos se les conocía que estaban impresionados, aun á los que, por ser más torpes, no habían com- prendido con claridad el pensamiento del orador. Don Félix le felicitó, diciéndole que si hablaba en el Parlamento con la misma serenidad y limpieza con que acababa de hablar, no tardaría en ser orador famoso y en calzarse un Ministerio, ó cuando menos una Dirección. Don Cecilio estaba orgulloso del acierto que había tenido en trabajar por el triunfo de nn hombre que se expresaba con tanto desahogo, y que parecía calzar muchos pun- tos á juzgar por las muestras. Los campesinos es- taban confusos, y sólo nno de ellos, llamado Bar- tolo Rodríguez, tuvo alientos para decir: — Si el señor se hubiera dedicao á la Iglesia, con cuatro sermones como ése lo jacen arzobispo.
Poco tardó en disolverse la reunión, porque Pío Cid dijo que quería descansar para emprender al — 103 — día siguiente sn viaje á Granada. Se despidieron todos de D. Félix, y cada mochuelo se fué á su olivo. Aunque el notario puso empeño en que Pío Cid no se fuera á dormir á casa de la Polonia, donde lo pasaría muy mal, él no quiso causar más molestias, y se retiró también, despidiéndose como para no volver, puesto que tenía pensado dejar el pueblo muy de mañana. La hija del tío Rentero preparó las alforjas para el camino, recibiendo en cambio cinco duros que Pío Cid le dió para que se socorriera, y al amanecer salieron los dos via- jeros de Seronete, tomando el camino de Júbilo, en dirección de la Sierra.
— Señor D. Pío — dijo el tío Rentero después de un buen rato de silencio, — yo no le he querío decir na á su mercé, pero creo que se acordará de que por este lao vamos á la Sierra.
— A la Sierra vamos — contestó Pío Cid. — Se me ha puesto la idea de que no he de volver vivo por estos parajes, y quiero por última vez subir á estas montañas. ¿Cree usted que se podrá cruzar al otro lado y volver á Granada por el camino de los neveros?
— Hombre, como poer, too se pué en el mundo — contestó el tío Rentero. — Trempanillo es pa su- bir; yo he subió siempre pa Santiago. Bien es verdá que este año ya se han bajao cuasi toas las nieves Vamos á tener un verano seco.
— Pues no hay más que hablar — dijo Pío Cid. — Haremos dos buenas caminatas: pasaremos por Júbilo de largo, y nos detendremos en Tontaina dos ó tres horas para que los mulos tomen un buen pienso, y después seguiremos hasta las faldas — 104: — del Veleta. Aunque se nos meta la noclie no hay cuidado, porque hace luna. Tengo el capricho de subir al Picacho á ver salir el sol. Usted no tiene que subir, sino que se queda con los mulos más abajo, en el sitio que más le guste.
— Sa mercé me perdonará — dijo el tío Rentero, — pero lo de encaramarse al Picacho me paece una temeriá. Y menúo fresquecillo que habrá, y empués los ventisqueros.
— Si cuando estemos allí veo que la subida es peligrosa, no subiré — dijo Pío Cid, — porque no me gusta ser temerario; no hay que huir del peli- gro, pero buscarlo tampoco, por aquello de que «el que busca el peligro, en él perece».
Cerca de las diez de la noche serían cuando lle- garon á las faldas del Veleta, á un sitio donde el tío Rentero sabía que había unos corrales cercados, hechos de pizarras, donde se podía pasar la noche al abrigo del viento, bien que aquella noche, por fortuna, sólo soplaba una ligera brisa. Durante el ctimino no tuvieron encuentro bueno ni malo. Aparte la parada en Tontaina, se detuvieron dos veces para merendar, y todo el día lo pasaron muy agradablemente. El tío Rentero se desahogó á su gusto contando sucesos de su vida, y Pío Cid le escuchaba con gran atención, como si no tuviera nada en qué pensar, aunque pensaba mucho en las peripecias de su excursión y en lo que aún te- nía que hacer antes de regresar á Madrid á des- cansar de sus ajetreos. Descansaron, por fin, de la larga jornada; y aunque los famosos corrales, que sin duda debían servir de guarida á los pastores que vienen en verano, estaban arruinados y no — 105 — — 105 — eran más que montones de piedras, el tío Rentero arregló un poco uno de los rincones, y con algunas lajas grandes formó una especie de techado, bajo el que extendió las enjalmas de las bestias y sn desmedrado capote, que en aquellas circunstancias valían tanto como un colchón de plumas. Pío Cid le dejó hacer, y sólo le advirtió que anduviera con cuidado al mover las piedras, no fuera á pi- carle alguna víbora de las que por allí es frecuente hallar. Luego se apartó unos cuantos pasos en busca de unas neveras que estaban algo más arri- ba, y siguiendo el curso de un arroyo llegó al sitio donde el arroyo nacía, de un quieto remanso aca- riciado por el continuo gotear de la nieve. Enton- ces sintió el deseo de bañarse en aquella pila, cuyo fondo de granos de arena, al través del agua pura y tranquila, y á la luz clara de la luna, parecía una labor de primoroso mosaico. El tío Rentero, que vino á ver en qué se entretenía su amo, co- menzó á hacer grandes aspavientos cuando le vió desnudarse y meterse en aquel agua friísima.
— Por vía de Dios, señor D. Pío — le dijo, — que esto no se debía consentir. Cualisquiera diría que no está osté bien de la cabeza. ¿No ve su mercé que esa es un agua crúa que traspasa lo mesmo que una espá? Yo he metió na más que la mano, y se me ha quedao acorcliá, que cuasi no la siento.
— Es un baño corto — contestó Pío Cid salién- dose del agua y comenzando á vertirse. — Ahora doy un buen paseo, y como si tal cosa. Y nadie me quita ya el gusto de haberme limpiado el cuerpo de todo lo que se me haya podido pegar en los días que he andado por aquí. Si usted su-.
- 106 — piera historia, mejor es que no la sepa, sabría que la gente antigua, cuando se iba de un lugar donde no lo había pasado muy bien, tenía la buena cos- tumbre de sacudir las sandalias para indicar que no quería llevarse nada, ni polvo. A mí me parece mucho mejor tomar un baño, porque el agua es el mejor medio de purificación.
— Pero esa agua no es agua — dijo el tío Ren- tero,— es nieve líquia; y Dios quiera que su mercé no coja un pasmo que ñus dé que sentir.
— Lo que ocurre — dijo Pío Cid echando á an- dar— es que estoy más fresco que una lechuga, y ahora vamos á dar un paseo. Yo no quiero acos- tarme, pues pasada la media noche voy á subir al Picacho; el tiempo ya ve usted que no puede ser mejor.
Disponíase Pío Cid á emprender la ascensión, cuando el tío Rentero le retuvo, diciéndole que él no se quedaba solo ni tampoco le dejaba ir, pues había sentido que les rondaban los lobos.
— Usted está viendo visiones — dijo Pío Cid; — ahora no viene un alma por estos parajes, y no sé qué van los lobos á buscar aquí.
— Esos malditos — replicó el tío Rentero— ven- tean de cien leguas, y andan por aquí, no hay dúa, porque las bestias están soliviantás.
— Pero ¿ usted cree que hay lobos todavía? — preguntó Pío Cid. — Yo he oído muchas historias de lobos, pero no los he visto nunca más que en los museos. Zorras sí he visto, y hasta he cogido alguna.
—Hay lobos — contestó el tío Rentero,— y no se ría su mercé; osté no los ha visto, como yo, atacar — 107 — á un pueblo, y tener todos los hombres que salir con escopetas pa ahuyentarlos.
— Pero dicen — argüyó Pío Cid — que atacan á las bestias antes que á los hombres; y en caso de que vinieran aquí, con apartarse un poco y dejar que se coman los mulos, no creo que les quedaran ganas para comernos á nosotros.
— Pronto lo vamos á ver — exclamó con voz azorada el tío Rentero. — La Virgen Santísima ñus valga, porque los lobos están aquí mesmo. Mire su mercé — añadió en tono muy bajo — aque- lla loma que tiene unos picos; una miajica á la dizquierda, ¿no ve su mercé un bulto?
— Lo veo — contestó Pío Cid, — y veo también que se mueve.
— El Señor ñus favoreja — clamó el tío Ren- tero.
— No hay que asustarse — dijo Pío Cid. — Somos dos hombres contra un lobo. Yo no tengo armas, pero usted tendrá alguna.
— Tengo ésta — contestó el tío Rentero, sacando de la faja unpistolón antiguo, de los de chimenea. — ahora verá osté Alzó el gatillo y quitó el mixto para ver si la chimenea estaba bien cebada; volvió á colocar el fulminante y apuntó un gran rato hacia el bulto negro, que se movía de vez en cuando, y del que se percibían claramente dos á modo de orejas muy largas; dejó caer el gatillo, y sonó un chasquido, no mucho mayor que el de un eslabonazo en un pedernal.
— Más vale que guarde usted esa pistola— dijo Pío Cid, oyendo el gatillazo, — no sea que el lobo — 108 — se entere de que nuestras armas funcionan mal, y aligere más á venir.
— No lo tome osté á broma — dijo asustado el tío Eentero, — que lo peor es que un lobo no va nunca solo, y que ése que está ahí debe ser el guión de la maná, y si acúen toos, ñus van á jacer trizas. Mejor sería levantar el campo — Eso de ningún modo— interrumpió Pío Cid. — Yo he oído decir que con los lobos lo peor es huir. Me apuesto á que ése que está allí se pasa la noche olfateando sin atreverse á acometernos. ¿No tiene usted más arma que esa desdichada pis- tola?
— Aquí tengo el cuchillejo que le di á osté enantes — contestó el tío Rentero.
— Démelo usted — dijo Pío Cid, quien cogió el cuchillo y lo desenvainó para examinarlo. — Con esto basta para escabechar una docena de lobos. Va usted á ver lo que yo hago para salir de dudas, 'porque me parece muy tonto estar toda la noche mirando á aquel bulto, que quizás no sea lo que nos figuramos.
— Lobo es — dijo el tío Rentero, — y si no, pierdo yo el gañote.
— Si es ó no es, pronto lo veremos — dijo Pío Cid, echando á andar con paso firme hacia la loma, mientras el tío Rentero le seguía con los ojos, sin atreverse á decirle que se volviera atrás.
Llegó Pío Cid á pocos pasos del temido lobo, y le vió dar un salto ligero y salir huyendo como una exhalación.
— Tío Rentero — gritó en voz muy alta para que le oyera, — ¡no era lobol — 109 — — ¿Qué era? — preguntó el tío Rentero.
— Una cabra montés — gritó Pío Cid. — Venga usted y verá los rastros.
— Allá voy — contestó el tío Rentero, quien fué, en efecto, á cerciorarse, como se cercioró, por las pisadas del animal, de que el lobo era cabra, y de que las tiesas y horripilantes orejas eran cuer- nos inofensivos.
— ¿Ve usted — le dijo Pío Cid — como lo mejor en todas las cosas es acercarse para verlas bien?
— Eso es verdá — dijo el tío Rentero; — mas si hubiera sío lobo — Quizás hubiera huido más pronto que la ca- bra— contestó Pío Cid. — Todos los animales le temen á un hombre resuelto En fin, acuéstese usted tranquilo, que yo, desde aquí, me voy al Picacho.
— Mire su mercé que empieza á jacer frío — ob- servó el tío Rentero, — á quien no se le había qui- tado el susto del todo.
— Yo tengo calor — contestó Pío Cid.
Y sin más explicaciones volvió las espaldas y empezó á subir cerro arriba, procurando pisar en sitio seguro para no hundirse en algún mal paso.
Iba Pío Cid decidido á no detenerse hasta lle- gar al mismo Picacho, para llegar á tiempo de ver salir el sol; pero los pensamientos del hombre son mudables, y no había andado la mitad del camino cuando comenzó á enfriársele el entusias- mo por el astro del día.
— Después de todo — ^pensaba, — el sol no ha sido nunca santo de mi devoción, y creo que esta ocurrencia de ir á ver cómo sale es un capricho — 110 — infundado, ó fundado en que, cuando yo era joven, vine alguna vez, como vienen muchos ascensio- nistas, inspirados por la curiosidad más que por el amor á la Naturaleza. De entonces acá mi espí- ritu ha cambiado tanto, que hoy, pensando con sinceridad, lo que á mí me inspira el sol es des- precio, porque su luz, tan cantada por los vates, nos presta una vida tan mísera como la que arras- tramos. Años y aun siglos hace que el sol alumbra en España para poner al descubierto nuestra de- cadencia y las ruinas de nuestro antiguo poder, y para alumbrar este cuadro más propia será quizás la luz opaca de la luna En este punto de sus reflexiones se detuvo, y viendo surgir por la cresta de la montaña la pri- mera claridad de la aurora, sintió que se apode- raba de él un sentimiento inexplicable. No fué que le apareciera la visión blanca, que tanto debía influir en su vida; fué más bien que tuvo el pre- sentimiento de la visión. Quizás se imaginó que detrás de la montaña comenzaba á levantarse, allá por el Oriente, el ideal de pureza, de amor y de justicia que él no hallaba en el mundo, y este ideal le inspiró una canción extraña, como todas las que brotaban espontáneamente de sus labios, y que decía así: Hija de Oriente, que sueñas Oculta tras la montaña, Despierta y oye amorosa La canción de la mañana: «Yo soy la noche que llora Con las lágrimas — 111 — Que el sol al ponerse deja Por doquiera Que su rastro de luz pasa.
Tú eres la noche que ríe Cuando el alba Nace y disipa las sombras Con las ondas De su luz serena y clara.
Yo soy la sombra que corre Desolada; Amor que va ciego y mudo Por el mundo, Soñando en la niña blanca.
Presa entre dos resplandores Va mi alma, Que á la blanca niña busca Sin que nunca En la tierra pueda hallarla.
Sólo una vez á lo lejos Vi á mi amada, Á altas horas de la noche Por el bosque Misterioso de la Alhambra.
Me acerqué, y no era la niña De mis ansias; Un rayo de luna era, Alma en pena Que por el bosque vagaba.
De un viejo sauce llorón En las ramas, Un ruiseñor solitario Ha entonado La canción de la esperanza.
— 112 — Yo también saludo alegre La alborada; Hija de Oriente, despierta, Y risueña, Asómate á la ventana.»
No tardó el sol en coronar Ja cúspide del Pica- cho, surgiendo majestuosamente como una evoca- ción, y esparciendo su cabellera rubia sobre las faldas nevadas de la sierra. Pío Cid sintió nuevos deseos de encaramarse en la cima para contem- plar el vago y confuso panorama de la lejana ciu- dad, entregada aún al sueño, y la ancha vega gra- nadina, cercada por fuerte anillo de montañas, recinto infranqueable como el huerto cerrado del cantar bíblico. Luego se sentó y se quedó largo tiempo absorto con los ojos fijos en las costas afri- canas, tras de cuya apenas perceptible silueta creía adivinar todo el inmenso continente con sus infi- nitos pueblos y razas; soñó que pasaba volando sobre el mar, y reunía gran golpe de gente árabe, con la cual atravesaba el desierto, y después de larguísima y obscura odisea llegaba á un pueblo escondido, donde le acogían con inmenso júbilo. Este pueblo se iba después ensanchando, y ani- mado por nuevo y noble espíritu atraía á sí á to- dos los demás pueblos africanos, y conseguía por fin libertar á Africa del yugo corruptor de Europa.
— ¡África! — gritó de repente; y conforme el eco de su voz, ahajándose hacia el Sur, desde las cos- tas vecinas parecía repetir: — ¡Africa!, se le iba pa- sando aquella especie de desvarío.
Muy entrado ya el día dejó su empinado ob- servatorio. El sol picaba de lo lindo, y la vega — 113 — que antes era un tranquilo Edén, ahora semejaba un lago de luz, en el que, como barcos en el mar, se columpiaban blancos pueblecillos, remontando ligeras columnas de humo. Por fin, á eso de las diez llegó Pío Cid adonde el tío Rentero le espe- raba, el cual lo tenía ya todo dispuesto para echar á andar.
— ¿Qué le paece á su mercé, — le preguntó á su señor — si fuéramos al cortijillo de la Muerte, que está aquí á dos pasos?
— Iremos adonde usted quiera — pero, ¿cree usted que estará su hijo allí?
— La semana pasá — dijo el tío Rentero — es- taba pa subir desde Las Puentes, donde jace la inverná. Este año va alantaillo.
— Pues vamos allá cuando usted quiera — dijo Pío Cid.
Y allá fueron en menos de media hora, y halla- ron, en efecto, á Bernardo con su mujer y su nu- merosa parva, y aun es fama que Pío Cid aprove- chó la coyuntura para pedir que le hicieran gachas de maíz con caldo, rojo como la grana, en el que navegaban unas guindillas tan picantes que sólo de olerías se trastornaba el sentido. Las gachas eran el plato favorito de Pío Cid, y no huelga por completo consignar aquí este detalle por el valor que pudiera tener en la complicada psico- logía de nuestro héroe. Después de almorzar el tío Rentero apretó las cinchas á los mulos y los trajo á la puerta del cortijo; montáronse los dos viajeros, y montados ya, se despidieron de aquella infeliz familia, y entonces el tío Rentero volvió á decir: 8 — 114 — — ¿Qué le paece á sii mercé si siguiéramos esa verea y cayéramos más abajo de Quéntar?
— ¿Qué tiene usted que hacer allí? — preguntó Pío Cid.
— Lo digo — contestó el tío Rentero — porque pasaríamos por Dúar, y allí tengo una hija que está casa con un papelero.
— Vamos allá — dijo Pío Cid; — usted, por lo visto, se ha propuesto abastecer de habitantes á casi todos los pueblos de España.
Fueron, pues, á Dúdar, adonde llegaron á la hora de almorzar; y es fama asimismo que la An- toñuela, la hija del tío Rentero, tenía dispuestas unas migas que dejaban atrás las gachas de Ber- nardo, y que Pío Cid las comió con mucho gusto, porque las migas eran otro de sus platos favoritos. En Dúdar descansaron unas cuantas horas para dejar pasar la fuga del sol, y á las cuatro de la tarde llegaron al fin á la huertecilla del tío Ren- tero, sin que durante el camino despegara Pío Cid los labios. Sólo al acercarse á la capital, en un punto desde el que se veían unas hazas de trigo con ramalazos obscuros y como afogarados, se le ocurrió decir: — Estos días ha corrido el solano, tío Rentero; mire usted esos trigos, que parece que los han tostado en un horno.
— Abrasaicos están, abrasaicos — contestó el tío Rentero, y siguió hablando de las peripecias del viaje, en particular de la aventura del lobo, que se le había quedado muy bien grabada.
La tía Rentera preparó un soberbio potaje de liabas para obsequiar á su huésped, y éste comió — 115 — el potaje con tanta satisfacción como había comido las gachas y las migas; por donde se infiere que era hombre de buena boca, no porque comiera mucho, sino porque comía todo lo que le guisa- ban. Ya era bien entrada la noche cuando Pío Cid, acompañado del tío Rentero y del hijo de éste, Celedonio, que llevaba el pequeño equipaje, se presentó en su casa, preguntando si había al- guna novedad.
— No hay más — contestó Jesusa — que unas cartas que están sobre la mesa de su cuarto. ^ — Haga usted el favor de dármelas — dijo Pío Cid.
Y cuando las tuvo en la mano las abrió y las ojeó rápidamente, porque vió que las cinco cartas eran de Martina, y temió que hubiese ocurrido algo que motivara tan copiosa correspondencia, llasgó y tiró los sobres, y se guardó el haz de cartas en el bolsillo de la americana, diciendo con aire ligeramente contrariado: — Nuestro gozo en un pozo, tío Rentero. El día de campo se queda para otra vez, porque ma- ñana mismo ó pasado, de madrugada, salgo para Madrid.
— ¿Cómo es eso? — preguntó el tío Rentero. — • ^;Ha ocurrió alguna noveá?
— No — contestó Pío Cid; — pero me urge ir para ciertos asuntos. Ahora vamos aquí al lado, pues pienso comprarle á usted un regalillo.
— Eso sí que no— dijo el tío Rentero; — antes me quee manco que tomar un chavillo partió por la mitá.
— Muy bien dicho — replicó Pío Cid — si yo — 110 — faera á darle á usted dinero. Sus servicios de us- ted son de amigo á amigo, y no se pagan con nada. Pero yo quiero dejarle á usted un recuerdo^ y usted mismo va á elegir lo que más le guste 6 lo que le haga más falta.
— Como falta, como falta — dijo el tío Rentero, — jacen falta muchas cosas; pero yo no quiero ser gravoso, y con unos alpargates me doy por pagao; y eso pa no despreciar á su mercé.
— Unos alpargates no valen arriba de seis rea- les, y se le regalan á un mendigo.
— Quien dice alpargates, dice zapatos de bece- rro— replicó el tío Rentero.