— Me gusta más — dijo Pío Cid — un regalo que no sirva sólo para los pies, sino para todo el cuerpo. El capote que llevaba usted en el viaje es un andrajo, y lo que voy á comprar es un buen capote de monte, para que cuando se líe usted en él parezca un personaje.
Doce duros costó el capote, y aunque hacía ca- lor, el tío Rentero se lo puso en el acto para dar más golpe cuando apareciera por las puertas de su casa. Y en cuanto á Celedonio, también sahó ganando un par de alpargatas, amén de otros cuatro pares más para los hijos de Bernardo, que estaban descalzos de pie y pierna. El tío Rentero se fué llorando, no como él lloraba de costumbre, por el lagrimeo de los ojos, sino llorando de ver- dad, por tener que separarse de un amo tan gene- roso.
Al día siguiente por la mañana vino Pío Cid ti buscarme para despedirse de mí; pero yo había también decidido volver á Madrid por haber re- — 117 — cibido cartk de Anita en la que me decía estaba muy enferma. Quedamos, pues, en irnos los dos en el coche de Jaén, que salía por la noche, y en reunimos por la tarde con los amigos de la tertu- lia literaria cuando él hubiese despachado los asuntos que tenía aún pendientes.
Desde mi casa se fué al penal de Belén, donde se detuvo muy poco. Preguntó por el Director, y á falta de éste, uno de los vigilantes, al saber el motivo de la visita, dió orden de que inmediata- mente viniera el penado Gutiérrez al despacho de la Dirección.
— Conozco muy bien á ese penado — le dijo á Pío Cid,' — y es de los mejores de la casa y de confian- za absoluta; aunque le dieran suelta no se iría, porque desea cumplir.
— Le advierto á usted — dijo Pío Cid con acento de convicción — que me consta que ese pobre hom- bre ha sido condenado injustamente y que he de gestionar su indulto. Supongo que si pidieran in- formes los darían ustedes buenos.
— Todo lo buenos que se pueden dar — contestó el vigilante. — Esté usted seguro. Ya le digo que <3s de los mejor notados de la casa.
Entró en esto el penado Gutiérrez, que se des- cubrió, y, sin mirar apenas, comenzó á darle vuel- tas á la gorra, hasta que Pío Cid se dirigió á él y le saludó, dándole la mano y diciéndole: — Me alegro de verle á usted tan bien de salud. Parece que no le tratan mal aquí.
— No, señor — contestó Gutiérrez, el cual, en efecto, estaba grueso y de buen color, y tenía más cara de canónigo que de delincuente. — Si voy á — 118 — decir la verdad, cuasi qne estoy aqni más bien que allá en el pueblo.
— Hombre— replicó Pío Cid, — eso se me figura que es ya decir demasiado.
— Le diré á osté — rectificó Gutiérrez, — dejuro que aquí se está más mal, porque no se tiene li- bertá y aluego separao de la familia; y la eshonra natural de que digan que uno ha estao en un pre- sirio. Pero yo lo decía porque en el pueblo estaba siempre paeciendo del estógamo, que, en cuanto que comía, me tenía osté doblao y teniendo que meterme los puños. Y aqm', como come uno el ran- cho á sus horas, lo mesmo que en un cuartel, sabe osté que he entrao en caja y comería jasta j ierro molió, tan y mientras que antes no podía jacer la cochura ni de un miajón de pan. Cuando yo entré aquí estaba en las guías. El señor me vió, y dirá si no venía yo que paecía que me acababan de esenterrar. Y ya ve osté lo bien que me ha sentao esto.
— Mucho me satisface que así sea — dijo Pío Cid, — porqne en esto veo yo claramente que hay nna justicia superior á la de los hombres. Los hombres le han condenado á usted injustamente, y la Naturaleza le ha proporcionado á usted el desquite, puesto que con el buen régimen que aquí se sigue, se le ha arreglado á usted el estómago.
— ¿Ve osté, D. Ceferino— interrumpió Gutiérrez, dirigiéndose al vigilante, — cómo es verdá lo que yo decía? Me gusta que este caballero diga lo que ha dicho pa que se vea que yo no soy un creminal.
— Lo malo es — agregó Pío Cid — que el castigo no ha recaído sólo sobre usted, que, por lo visto, — 119 — casi ha salido ganando con que lo condenen. La más castigada es la pobre mujer de usted, que tiene que trabajar como una condenada para dar de comer á los cuatro chiquillos. Aunque se dice que nadie es responsable de las faltas ajenas, lo cierto es que, cuando castigan á un hombre como usted, casado y con hijos, la pena principal la su- fre la mujer. Y vea usted por dónde las injusti- cias son más temibles por la cola que traen con- sigo. Pero, en fin, voy á mi asunto El haberle llamado á usted es para entregarle tres duros de parte de sn mujer. Tómelos usted y consuélese de su desgracia, pensando en que, no sólo se ha cu- rado del estómago, sino en que tiene una mujer que no se la merece.
— Eso es verdá— dijo Gutiérrez, tomando los tres duros, — y yo no sé en dónde habrá escarbao mi Josefa estos dineros. ¿Cómo ha sío el dárselos á osté, manque sea mucho preguntar?
— Fué estando yo en Aldamar, de donde llegué anoche. Parece que ahora, con motivo de las elec- ciones, ha habido reparto de limosnas — Todos se han quedado muy bien — contestó Pío Cid. — Yo estuve en su casa de usted con el tío Frasco Rentero, á quien usted conoce, y allí lo único que falta es que usted vuelva cuanto antes.
— En cuántico que cumpla — dijo Gutiérrez — salgo pa allá como un cohete.
— Lo que no me parece bien — dijo el vigilante interviniendo — es que su mujer, que pasa tantos — 120 — apuros, le envíe ese dinero, cuando usted tiene aquí algunos ahorrillos.
— Ha de saber osté — replicó Gutiérrez — que el dinero lo pedí yo pa tabaco jace más de tres me- ses, cuando no trabajaba. Y ahora no crea osté que lo voy á tirar, que lo que yo quiero es juntar una güeña porra de duros pa mercar dos ú tres borriquejos, y echarme al camino tan luego como salga de aquí.
— Muy bien pensado — dijo Pío Cid, — y ¡ojalá sea prontol Y que algún día le vea yo á usted he- cho un arriero rico, con la mejor recua de la pro- vincia. Conque á pasarlo bien y á no torcerse.
Se retiró Gutiérrez después de saludar con gran acatamiento al verse tan bien tratado, y Pío Cid se despidió en seguida del vigilante, diciéndole antes de salir: ■ — Si todos los presos lo pasan como Gutiérrez, le aseguro á usted que éste no es un estableci- miento penal, sino un convento muy apetecible, donde se vive retirado del mundo y sus engaños, bien comido y bien dormido, y aun ahorrando para el día que haya que abandonar la celda.
— Hay de todo — contestó el vigilante. — A al- gunos hay que apretarles las clavijas, porque si no no habría medio de barajarlos; pero en general lo que se dice de malos tratos, son cuentos de vieja. Si usted no estuviera tan de prisa vería todo el establecimiento, y en particular el taller.
— ¿Y en qué trabaja este Gutiérrez? — preguntó Pío Cid.
— No sabía ningún oficio cuando llegó, por- que ha trabajado siempre en el campo, y aquí - 121 — lia aprendido á hacer cosas de albardouería; en alpargatas es en lo que más trabaja.
— Pues repito lo dicho — dijo Pío Cid sonriendo; — si por mi desgracia me ocurre encontrar á al- guien que merezca que le corten la cabeza, yo se la corto sin temor y me hago fraile de esta nueva orden que acabo de descubrir.
— Si así fuera — contestó el vigilante siguiendo la broma, — á ver si viene usted á este convento. No se le dará mal trato.
Desde Belén se encaminó Pío Cid á casa del Gobernador para despedirse de él y recoger la <iruz de plata que había ofrecido llevar personal- mente á la Duquesa de Almadura, y de paso, para resolver el asunto de su elección de un modo ra- dical, á fin de que no le ocasionara más moles- tias en lo sucesivo. No fué su decisión improvi- sada, puesto que durante su viaje de regreso vino \ reflexionando sobre ella, siendo esta la causa de que no se fijara en el paisaje, así como en el viaje de ida tampoco se había fijado, á causa de la fa- mosa receta prometida á sus amigos. Y no está de más esta explicación, pues seguramente no fal- tará quien me censure por no hallar en este re- lato ninguna descripción de los lugares por donde fué pasando mi héroe, siendo así que yo he debido atenerme á la verdad, y la verdad es que él no hizo consideraciones de ninguna especie sobre los terrenos que iba pisando. Sea que Pío Cid amase más al hombre que á la Naturaleza, ó bien que por haber vivido en países tropicales y de vegeta- ción espléndida le pareciese pobre su país natal, no obstante ser de los celebrados de España, está — 122 — — 122 — fuera de duda que ni en esta ocasión ni en nin- guna otra se entusiasmó viendo las bellezas del paisaje. A él le gustaban más las vistas que ofrece el espíritu del hombre, cuando se tienen ojos para verlaSj y quizás no veía en la tierra más que una buena madre y fecunda nodriza del hombre, puesto que lo único que en el viaje le llamó la atención fueron los trigos muy granados, que pro- metían cosecha abundante, y los trigos abrasados por el solano, que anunciaban mala recolección. En el viaje de vuelta, pues, y probablemente cuando subió al Picacho, decidió retirarse á la vida privada antes de haber salido de ella, y asi se explica que las primeras palabras que dijera á su amigo el Gobernador, después de saludarle, fueran las siguientes: — Tengo que irme hoy mismo á Madrid y vengo á recoger el encargo para la Duquesa, y al mismo tiempo á decirte que renuncio al acta de dipu- tado, y que si aún hay medio de dársela á Ca- ñaveral, se la cedo para que no haya nueva elección.
— Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? — preguntó D. Estanislao oyendo aquella salida de tono inesperada.
— No me ha ocurrido nada — contestó Pío Cid: — pero mi decisión es firme y mi deseo es hablar lo menos posible de este asunto.
—Pues precisamente ayer — dijo D. Estanislao, — estuvo aquí Cañaveral, y me calentó un buen rato la cabeza diciéndome que no se da por ven- cido y que trata de hacer no sé qué para embro- llar la elección y para que, en caso de que se — 123 — apruebe tu acta, se le hagan á él, como dice, fune- rales de primera clase. La derrota le ha llegado al alma, porque creo que se ha gastado un dineral.
— Que haga lo que quiera — agregó Pío Cid; — yo no intervengo más en esto. Más vale cortar por lo sano desde el principio. Yo me he dejado llevar, creyendo que la broma no tenía importancia, por- que en las ciudades estamos acostumbrados á que detrás de los insultos vengan los apretones de mano; pero en los pueblos toman las cosas por donde quema, y una vez que Cañaveral no lia querido ceder y ha apelado á toda clase de me- dios, lo único que yo conseguiría sería avivar más la discordia y dar lugar á que el día menos pen- sado se cometiera algún crimen. Figúrate que al- gunos de mis amigos de Aldamar querían pren- der fuego al Ayuntamiento cuando se enteraron de que la elección había sido hecha á cencerros tapados y de que aparecían sus votos en contra mía Para seguir adelante sería menester que yo tuviera ganas de pelea y me propusiera aplas- tar á los Cañaverales, y á mí no me interesan las luchas de este género, ni aunque luchara saca- ríamos nada en limpio, porque los partidarios míos no son ni peores ni mejores que los del otro, y en sustancia, el cambio sólo serviría para que los abusos que hoy existen siguieran cometién- dose en mi nombre.
— Todo eso me parece muy bien — dijo D. Esta- nislao,— y sólo te ruego que cuando hables con D. Bartolómé de la Cuadra me pongas con él en buen lugar, no vaya á creer que no he atendido su recomendación.
— 124 — . — Por este lado no tendrás nada que sentir- contestó Pío Cid, — porque te advierto que esa re- comendación es de compromiso, pues yo no he hablado con el señor de la Cuadra más que dos veces, y no pienso hablar más con él. El interés que haya mostrado no es por mí, sino por don Adolfo Gandaria, que me recomendó á él.
— ¿De modo — preguntó D. Estanislao — que tu protector es D. Adolfo? Le conozco de sobra. Es un tonto; más tonto que mandado hacer de en- cargo.
— Pues yo le estimo en más que á D. Bartolo- mé— replicó Pío Cid. — Lo que tiene D. Adolfo es que se entusiasma fácilmente hablando de lo que no sabe y se pone en ridículo, mientras que don Bartolomé es un hombre serio y grave, un tonto que jamás descubre su tontería. Por eso el uno tiene que contentarse con ser senador y votar, sin hablar, desahogándose después en los pasillos, y el otro es Ministro y aun gozan de gran autoridad.
— Hombre — dijo D. Estanislao, — me extraña eso que dices de D. Bartolomé; todos le tienen por el hombre de más esperanzas del partido.
— Y pueden tenerlo — añadió Pío Cid, — porque, aparte su falta de luces, es un hombre formal y sincero. Sabe muy poco, pero lo sabe á macha- martillo, y lo que ignora lo cubre con frases he- chas, que á nada comprometen. Su idea de Es- paña es miserable, y con esta idea, su política es la de dar largas; si le encargan de gobernar el país no hará nunca nada malo, aunque tampoco hará nada bueno, y su inacción será preferible á la de los listos, que después de no hacer nada, se — 125 — — 125 — aprovecharían de la situación para llenarse los bolsillos. La cualidad esencial de un gobernante es la honradez, y D. Bartolomé huele á honrado, y por mi voto sería, á pesar de su ignorancia, mi- nistro universal y permanente de nuestra na- ción Pero dejémonos de críticas y despáchame cuanto antes, pues tengo el tiempo tasado. Ya te dije que me tengo que ir esta noche.
— Pero al menos — dijo D. Estanislao — hazme el favor de acompañarme á almorzar. Por media hora más ó menos nada se pierde. La verdad es que me has sorprendido con tu repentina deter- minación, y si te vas sin más explicaciones, pen- saré que no quedamos tan buenos amigos como antes lo éramos.
Quedóse Pío Cid á almorzar, y durante el al- muerzo refirió algunos detalles de su excursión electoral, con lo que se divirtió no poco el Gober- nador. Pío Cid, cuando estaba de vena, era un narrador habilísimo, que sabía describir los tipos y escenas tan puntualmente y con rasgos tan gráficos, que el que le escuchaba, por muy torpe que fuera, lo veía todo mucho mejor que si lo presenciase. Á D. Críspulo, el cura mal hablado, se le veía materialmente entrar por la puerta del comedor montado en su pollino y arrojando pro- féticas maldiciones contra la sociedad moderna. Don Esteban Chiroza parecía estar á la mesa, entre Pío Cid y el Gobernador, hablando en tono resignado y con cara de pascua, y moviéndose de vez en cuando en la silla por no poder estar sen- tado á gusto. El picaro de Barajas, concertando la terrible conjura electoral y dando el cerdoso- — 126 — — 126 — santo y seña que dió, era, más bien que secretario de Ayuntamiento, personaje de alguna graciosa comedia. El profundo tonto Almecina; el largo y cuco notario D. Félix, y el famélico y perseve- rante maestro Ciruela, con algunos más, todos fueron desfilando como salsa de aquel agradable almuerzo. Don Estanislao se hacia cruces de que en tan pocos días hubiera visto Pío Cid tantas cosas, cuando él había estado en muchos pueblos de España y nunca había visto más que gente vulgar, que no tenía nada que ver con la que Pío Cid iba describiendo.
— Sin duda — le dijo — hay hombres afortuna- dos que tienen la suerte de hallar en su camino aventuras entretenidas y novelescas > en tanto que otros no hallan más que vulgaridad y prosa. A no ser que las aventuras estén en nosotros y no en la realidad. Quizás yo no hubiera visto nada de lo que tú me cuentas por ir preocupado con los de- beres de mi oficio, y tú lo has visto todo porque no te importaba un rábano ganar la elección, y porque, digamos la verdad, eres hombre de ima- ginación y ves todo lo que te da la gana.
— No faltaba más — replicó Pío Cid — sino que ahora me dijeras que te he estado contando una sarta de embustes en pago de tu buen almuerzo. Puedes ir al distrito y ver si no es cierto todo lo que he relatado. Lo del toque de bocina de Fran- colín ha corrido tanto que hasta ha salido en la prensa de aquí; me lo acaba de decir un amigo.
— Ese toque resonará, andando el tiempo, en toda España — dijo D. Estanislao. — Y levantán- dose, cogió una copa de vino y exclamó: Brindo — 127 — por el sistema parlamentario, y adelante con los faroles.
Ya iba Pío Cid á retirarse, cuando le retuvo aún la llegada de D. Carlos Cañaveral, qnien probablemente había sido llamado en secreto por el Gobernador. Era D. Carlos un hombre de bue- na estampa, tipo acabado del caballero de pueblo. Aunque iba vestido á la moda, su aire era algo tosco, y su basteza se acentuaba viéndole los bi- gotazos negros y grandes, como cuernos de toro. De toro de mala casta tenía también el mirar cubierto y asoslayado, aunque en conjunto la ex- presión de su figura era la de un hombre más temible por su fuerza física que por su perspica- cia. Su traza era la de un hombre de no muy lar- gos alcances, muy bueno como amigo y algo peli- groso como enemigo. Pío Cid y él se saludaron, y en la manera de saludar de Cañaveral se conocía que estaba ya algo enterado de la retirada de su competidor.
- — Siento no haber hablado con usted antes de ahora — dijo Pío Cid, mientras el Gobernador se apartaba á un lado como para leer un periódico, — porque quizás se hubiera usted evitado algunos malos ratos y el Alcalde de Seronete las bofetadas que recibió por liaber cumplido con su deber. Yo no tenía ningún interés en la elección, y quien me decidió á venir fué su primo de usted. Después he visto que la enemistad entre ustedes era falsa, de lo que me alegro, y que me habían tomado á mí como juguete.
— No piense usted eso de ningún modo — inte- rrumpió Cañaveral. — Mi primo estaba en contra - 128 — mía, sólo que entre familia todo se arregla, y á última hora, cuando yo vi la causa perdida, le hice ciertas concesiones en un negocio que tenía- mos pendiente, y entonces él cejó en su oposición.
— Sea como fuere — prosiguió Pío Cid, — yo de- sistí ya de la idea de ser diputado y le dejo el campo libre, y lo único que le digo es que si yo he triunfado sin esfuerzo por Seronete, es porque usted tiene allí enemistades, y esto, en un pueblo de cuatro vecinos, en que usted es el amo, no ha- bla muy en favor de usted.
— No me diga usted nada — replicó vivamente Cañaveral, — porque si yo fuera realmente el amo pondría una horca en la puerta de mi casa, y to- dos los días colgaría de ella un vecino.
— Eso tiene un inconveniente — observó Pío Cid; — que á la semana se quedaría usted sin súb- ditos, porque no es creíble que fueran allí de otras partes por el gusto de ser ahorcados por usted. Y cuando no tuviera usted súbditos, todo lo que posee usted en el distrito no valdría un cén- timo. Hay que ser tolerantes con los que están debajo, porque si los de debajo se mueven se cae el que está encima.
— Eso que yo he dicho es un decir — insistió Cañaveral. — Yo soy bueno por la buena, pero por la mala no me dejo manejar por nadie, y en el distrito hay algunos gallos á los que hay que cor- tarles la cresta.
— No hay tales gallos — replicó Pío Cid, — como no sea en la imaginación de usted. El que ha de- cidido la elección ha sido realmente D. Cecilio Ciruela, y este buen hombre no es gallo ni gallina, — 129 — es un maestro que tiene exasperado el apetito por- que por culpa de usted no cobra su miserable suel- do. Páguenle ustedes y eviten esas malquerencias. Le he de liacer á usted una observación en tono de amigo. Yo podría poner condiciones para ceder el puesto y no las pongo, porque confío en la ca- ballerosidad de usted. Sería una gran cobardía de mi parte volver las espaldas y dejar que usted se vengara impunemente de las contadas personas que han votado por mí; yo no vuelvo las espaldas, pues aunque no sea diputado, escribo en uno de los periódicos más leídos de Madrid, y en cuan- to supiera algo desagradable, los sacaría á uste- des á la vergüenza pública. — Hoy la prensa vale mucho — recalcó en vista del efecto que á D. Gar- los le producía la advertencia, — y una pluma bien manejada vale más que una docena de diputados.
— En eso que usted dice — contestó Cañave- ral— revela que no me conoce. Yo soy incapaz de vengarme del que está caído, y una vez que usted me cede el distrito, yo lo doy todo al olvido, y lo que haré será trabajar por conseguir ciertas me- joras que hacen mucha falta. Mis propósitos son los mejores, y si usted tiene interés por el distrito por ser de él, yo lo tengo mayor por ser de él y tener en él todos mis bienes y vivir en él gran, parte del año. Usted manda allí gran fuerza por süs antecedentes de familia, lo reconozco; pero yo tengo intereses en la actualidad y me va más que á usted en que el distrito prospere.
— Pues por eso principalmente se ha decidido,á; ceder, según me ha explicado — dijo D. Estanislao interviniendo. — Sólo que el Sr. Cid es un hojnbre.
9 — 130 — de buena fe, y quiere que sn sacrificio no sea es- téril, y. que ya que él se retira y rompe con su tradición de familia, los que le sustituyan no lo echen todo á leones. Yo le soy á usted franco; yo no liaría lo que mi amigo, porque quizás, en vez de comprender su generosidad, busquen explica- ciones tortuosas y atribuyan su retirada á motivos bajos; habrá gente capaz de decir que ha renun- ciado porque le han ofrecido algo en recompen- sa ¿quién sabe? Aparte de esto, dicho se está que yo tengo que consultar á Madrid antes de de- cidir la cuestión en lo que de mí depende.
— Por eso no hay cuidado — dijo Cañaveral, que estaba dispuesto hasta á cambiar de casaca si era preciso para que el Gobierno le dejara salirse con la suya. — Yo trabajaré la partida de acuerdo con usted, y mi primo Romualdo echará el resto.
— No me parece difícil el arreglo — dijo Pío Cid. — Pueden hacer ver que he sido yo el derro- tado, y así no hay renuncia ni tienen por qué S£u carme el pellejo. En fin, este asunto es de ustedes dos. Yo me voy, que ya es tarde.
— Yo le ofrezco á usted todo cuanto soy y val- go— dijo Cañaveral, — y sin necesidad de ser di- putado, usted manda en el distrito con sólo indi- carme sus deseos.
Cerca ya de la puerta, con el sombrero en la mano y el estuche con la cruz de plata debajo del brazo, refirió Pío Cid brevemente la historia del penado Gutiérrez y la entrevista que con él había tenido aquella mañana. Don Carlos, que era ene- migo personal del antiguo alcalde, autor del atro- pello, se indignó oyendo el relato, y ofreció á Pío — 131 - Oíd trabajar con todas sus fuerzas para obtener el indulto.
— Nada, eso corre de cuenta y poco he de valer si no lo consigo — afirmó por último Cañaveral, con aire autoritario, retorciéndose y estirándose las soberbias guías del bigote.
TRABAJO QUINTO.
Pío Cid acude á levantar á una mujer caída.
<rMi adorado Pío: DMe alegraré de que hayas hecho el viaje feliz- mente. Nosotras sin novedad, y yo deseando saber de ti por horas y momentos.
2) Te escribo sólo para que tengas noticias mías. Aunque te dije que te escribiría cuando recibiera €arta tuya, no puedo esperar más, pues sólo hace veinticuatro horas que nos separamos, y ya me pa- rece que hace un siglo que no te veo. Anoche no pude pegar los ojos; ya veo que si tuviera que vi- vir separada de ti me moriría: puedes creerlo. La <;asa parece que está tonta desde que te fuiste. Yo sólo te encargo, una vez más, que no estés ahí más que el tiempo preciso, pues sufro separada de ti. Tú te ríes de mis cosas; puede que algún día te convenzas de lo mucho que te quiero, por más que tú lo sabes, y aunque te disgustas cuando te muevo gresca, me perdonas porque sabes que todo es efecto de mi mucho cariño.
)) Espero tu telegrama diciéndome que llegaste €on bien, y mañana te volveré á escribir. Escrí- beme tú también, pues así me parece que te tengo cerca de mí. No dejes de escribirme, que eres muy — 134 — distraído, y me darías muy malos ratos teniéndome sin noticias tuyas. A cnalqnier hora puede ocurrir una desgracia, y si no me escribes me figuraré qne te sucede algo.
5) Muchos recuerdos de mamá, de mi tía y pri- mitas, y tú recibe un abrazo muy apretado de tu mujercita que te quiere mucho, muchísimo. — Mar- tina.
)) Adiós. No dejes de escribir.»
«Pío de mi vida: ))No he tenido noticias tuyas, y estoy intranqui- la. Siempre serás el mismo; parece que té duele escribirme. En fin, esperaré á mañana. Mamá dice que no habrás querido telegrafiar porque es- cribirías en el acto, y que la carta no llegará liasta mañana. ¡Ojalá sea así! Lo principal es que sigas bien. En ésta todo sin novedad, aunque hoy ha habido un disgustillo; ya te contaré cuando ven- gas. No es nada de importancia.
)) Desde que te fuiste no ha venido nadie. Pablito dice que su hermano Florentino, el de San Sebas- tián, está para llegar de un momento á otro, por- que tiene asuntos en Madrid, y ha adelantado un poco el viaje para asistir á la boda. Quizás será para conocer á la familia. Mi tía dice que para este caso quisiera que tú estuvieras aquí, aunque de todos modos tiempo tendrá de conocerte el tal D. Florentino. Mi tía está arreglándolo todo para cuando tú vengas, y creo que anda buscando cuarto. Yo en esto no digo ni bueno ni malo.
))E1 disgustillo que te decía es porque yo había pensado trasladar nuestra habitación á la sala — 135 — grande, en vista de que estamos muy estrechos y de que la sala no sirve para nada, pues no tene- mos á quien recibir, y los que vienen, aunque no vinieran nada se perdería. Tu amigo Gandaria es- tuvo hoy un rato oyendo cantar á Candelita. Mi prima no le hace mala cara, pero él parece que tiene muchos humos y querrá una princesa. ¡Va- liente tipo!
))Te ruego y te suplico que me escribas con fre- cuencia, pues desde que estoy sola no pienso más que en el momento de recibir tu carta, y luego que si no me escribes parecerá que es que me quieres poco y no te acuerdas de mí.
))Adiós, recuerdos de todos, un abrazo de mamá, y sabes te adora y piensa siempre en ti, tu fea. — Martina, 3)En otra te explicaré la distribución que he dado á la casa, y verás cómo se está mucho mejor. So- bre todo tú que tienes que trabajar, verás que cuco te he arreglado el despacho. Adiós.»
c(Mi adorado é inolvidable Pío: 3) Al fin recibí tu carta, y veo por ella que estás ocupado y que piensas parar muy poco en ésa.
))No me dices si estás bien; no me dices nada; parece que tengas tanto en qué pensar que no te quede tiempo para escribirme, siquiera como yo te escribo, contándome algunos detalles de tu viaje y de cómo estás. Si fuera para alguno de los ton- tos que vienen aquí, ya escribirías las cuatro cari- llas y te faltaría espacio, y á mí sólo me escribes cuatro renglones. En fin, qué se ha de hacer: pa- ciencia; lo principal es que sigas bien de salud.
— 136 — — 136 — Por aq^ui bien, y yo muy disgastada con unas cosas y con otras. Yo no he nacido para ser feliz; parece que me persigue mi mala estrella por to- das partes. Ahora que podíamos vivir tranquilos, tú estás por un lado y yo por otro, y yo tengo ade- más que sufrir mil impertinencias. Dios quiera que esto acabe alguna vez, porque yo siempre así no podría vivir. Además, en el estado en que es- toy, dice mamá que si caigo enferma me puede costar caro.
))Si mi tía te escribe diciéndote el disgustillo que ha habido, no le des importancia. Cuando vengas ya te lo contaré todo, y verás que yo no he tenido la culpa. Ha sido cosa de Candelita, que me ha tomado entre ojos, y siempre está en con- tra mía. Yo lo único que dije, fué: «á ver si ya )>que Paca se casa con Pablo, Valentina se casa 5)después con Benito, y Candelita con Gandaria, y ))así cada una se va á su casa.» Ya ves tú, dicen que esto es que quiero echarlas á la calle, cuando yo te puedo jurar que mi idea era sólo que se ca- saran las tres, pues al fin son mis primas, y me alegraré de su felicidad. ¿No dicen que yo tengo coraje de que Paca se case, porque yo estoy en la situación en que estoy? Pues ahí verán que de- searía que se casaran todas.