SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Page 25 of 34

5)Sabrás que el amigo Ferré escribió que está formando una compañía de ópera, que trabajará en Barcelona este verano. Mi tía le ha escrito para ver si puede colocar á Candelita. Se irán las dos, y Valentina se quedaría con Paca. No sé lo que resultará; ya sabes las ilusiones que mi tía tiene con el teatro, y más que el profesor de Can- — 137 — delita dice que él responde del éxito. Yo no veo las cosas tan claras; veremos lo que contesta el amigo Ferré.

))Yo estoy deseando que vengas para que tú des ta opinión, no vayas luego á echarme á mí la culpa si hacen algo sin que tú lo sepas. Te lo aviso para que estés al tanto de todo lo que ocurre.

)>Escribeme mucho, y no olvides á tu mujercita que siempre está pensando en ti y te quiere cada día más, y desea verte muy pronto, tu — Martina, ))Un abrazo de mi madre. Te escribo á las mis- mas señas: ya te enviarán la carta. Iba á ponerte las señas del pueblo, pero no estaba segura, por- que no me lo has dicho, y puede que vayas antes á otros. Dime adonde te he de escribir, y lo me- jor es que te vuelvas cuanto antes. Yo cada día estoy más triste desde que estamos separados. Esto no es vivir. Adiós.»

tcPío de mi vida y de mi alma: )) Ayer te escribí, y aunque no he recibido carta tuya, te pongo estas cuatro líneas para decirte que te vengas en seguida, pues estoy muy disgus- tada por mil razones que te explicaré cuando es- tés aquí. No creas que esto que te digo es hablar por hablar; créeme que haces falta en ésta antes de que yo haga algún disparate. Hoy he tenido una disputa con mi tía: el porqué ya lo sabrás. No ha sido por lo de antes, sino porque yo he echado á la calle á tu amigo Gandaria, y mi tía dice que esto es una falta de educación, y que una señora no debe de proceder así. Yo no admito lecciones de nadie y sé de sobra lo que me hago.

— 138 — Cuando fce enteres me darás la razón. Me río 3^0 de los amigos; ya te convencerás de que para un hombre no hay mejor amigo que una mujer que le quiera, pues todos los amigos son falsos, y no respetan nada en cuanto se les deja dos dedos de luz. En fin, no me queda tiempo para más, pues quiero que mamá lleve esta ahora mismo al correo.

Adiós, recibe muchos besos y abrazos y cari- cias de tu fea, que te adora. — Martina, ))Te ruego y te suplico que te vengas en cuanto recibas ésta, aunque dejes abandonados tus asun- tos. Todo eso que tienes entre manos es pura ton- tería. Ya te diré lo que se me ha ocurrido, y verás qué felices vamos á ser si tú quieres seguir mis con- sejos. Adiós, otro abrazo muy fuerte de la esclava Esma. ¡Dios sabe las que me estarás jugando!»

«Pío idolatrado: )>Dos días sin tener carta tuya y sin saber si si- gues bien ni dónde estás. ¡Nada! Como si te hu- biera tragado la tierra. Dime si tengo razón para ofenderme, cuando yo sólo pienso en ti y sería ca- paz de hacer por ti los mayores sacrificios.

)>Si no me contestas á ésta, creeré que te ha ocurrido alguna desgracia, y aunque sea empeñan- do todo lo que tengo, me voy á buscarte. Esto no puede seguir así ni un día más por los disgustos que sabes. Además, ya no tengo un cuarto, pues lo que mi tía me dió, se ha acabado hoy mismo» Ella tiene, porque ha recibido la pensión de Mur- cia; pero ahora guisa aparte para las cuatro, y mamá y yo comemos solas. Se les ha puesto así en la cabeza; ¿qué se le ha de hacer?

— 139 — — 139 — 5)Si me veo muy apurada, empeñaré el relojito; pero por Dios te encargo que no te entretengas ni un día más. Ten siquiera consideración por el es- tado en que me encuentro.

))Todo el día pensando en ti, y tú desde que te fuiste no me has escrito más que unas cuantas lí- neas. Yo quisiera convencerte de lo muchísimo que te quiero y de lo que soy capaz de hacer por ti. Creo que por tu cariño voy á hacer cosas muy grandes en el mundo. Ahora estoy viendo á ver si acierto á componer algunos versos, porque sé que te gustan. He emborronado la mar de papel, pero no me salen á mi gusto; yo creía que era fácil hacerlos cuando veía cómo los escribes tú; pero es muy difícil, sobre todo para mí, que no sé. Ya me enseñarás tú, á ver si salgo poetisa, pues esto me gustaría mucho más que el piano, que lo sabe tocar todo el mundo; y además que para aprender á tocar bien, bien, hay que tener mucha paciencia.

)) Aunque te rías de mí, te voy á poner un verso de los que he escrito hoy. Es una tontería, pera lo que digo lo siento de corazón.

3)Si dando mi vida, yo salvar tu vida pudiera, aun sufriendo atroz martirio, con toda mi alma la diera.

dTo ruego mil veces que no te estés ahí con esa calma, que parece que no te acuerdas de que yo estoy en el mundo. Y luego para nada, porque todo eso no sirve para nada; pues yo tengo pen- sada otra cosa que nos conviene más que seguir — 140 — en Madrid como estamos. Ya te lo explicaré, y supongo que será de tu agrado.

)>Mamá te envía un abrazo, y yo toda mi alma y mi vida envuelta en un millón de besos de tu mujercita que te idolatra. — Martina.

))Ya ves que no te escribo más porque no cabe. No sé si entenderás estos renglones cruzados. Sí los entenderás. Adiós, feo mío.»

Así decían las cartas, y Pío Cid las leyó no se sabe cuántas veces con gran atención por ser las primeras que Martina le liabía escrito y parecerle muy superiores á lo que de ella podría esperarse; luego se quedaba con ellas en la mano mirándolas todas juntas, que formaban un buen legajo; y mo- viendo la cabeza como si se diera la razón á sí mismo por algo que pensara, ó se la diera á Mar- tina por lo que había escrito, decía: — Esta terrible criatura me ha puesto la casa patas arriba en veinticuatro horas. Hay que ir sin tardanza y ver si esto tiene compostura, que sí la tendrá. Desde luego Martina no dice lo que ha ocurrido, pues por lo qne ella dice no iba doña Candelaria á hacer lo que ha hecho. Por poco aguante que tuviera, hubiera esperado mi regreso. En fin, bueno está por hoy; mañana será otro día y estaremos todos en Madrid y veremos Pero ese tonto de Candaría ¡Bah!

Después de la visita al Gobernador volvió á bu casa; arregló en un segundo su maleta y se despi- dió, encargando que la llevasen á la oficina de los coches á la hora de salida. Vino á buscarme, y juntos nos encaminamos, dando un paseo, á la — 141 — — 141 — fuente del Avellano, donde aquella tarde había asamblea literaria. No era una reunión casual, puesto qne los poyos de la famosa fuente Agrilla estaban ya en aquella sazón lustrosos y un tanto desgastados de prestar servicio á los literatos y artistas granadinos, que habían convenido en re- unirse allí todas las tardes para beber agua pura y fortaleciente y hablar de todo lo divino y lo huma- no con la apacible serenidad que infunde aquel apartado y silencioso paraje. Nosotros llegárnoslos últimos, y hallamos la asamblea en pleno. Además de Antón del Sauce y Paco Castejón, con quienes nos reunimos en el camino, estaban allí los dos Gaudentes, Feliciano Miranda, el poeta Moro, Juan Raudo, Montero el menor y Eduardo Ceres. Todos conocían á Pío Cid -por haber comido juntos en la Alhambra, excepto el hijo de Gaudente, que era estudiante de Derecho y aspirante á escritor, y Eduardo Ceres, excelente joven, cuya mayor habili- dad consistía en dar las noticias antes que nadie, por lo cual le llamábamos en broma Don Teléfono.

— Hoy tenemos gran novedad literaria — dijo Castejón aspirando con las narices dilatadas el airecillo fresco que subía de la umbría del Darro. — Se puede perdonar el trote que hay que dar para venir aquí sólo por oir la tragedia que ha escrito éste (señalando á Sauce).

— ¿Tragedias á estas horas? — dijo Miranda.

— No hay que exagerar — rectificó Sauce; — es un articulejo más para la colección de Tragedias vulgares que voy á publicar.

— Pues Moro— agregó Miranda — trae también terminado su poema. Esto va á ser el acabóse.

- 142 — — Es el mismo que tenía empezado, el de Los olivares — me contestó Moro. — Yo estoy conde- nado á vivir siempre entre olivos.

— Lo mejor — añadió Gaudente el viejo — es que yo estoy oyendo hablar de ese poema desde hace tres años, y aun no conozco ni un verso. Hijo, acábalo de desembuchar y no nos amueles más con ese parto de burra.

— Ea, comience el fuego — dijo Castejón. — Yo, si queda tiempo, os leeré el comienzo de una his- toria morisca que estoy sacando de unos papeles viejos que he comprado en un baratillo.

Después de tomar sendos vasos de agua, senta- dos todos al amor de la fuente, nos preparamos para saborear la varia é interesante lectura de aquel día memorable. Gaudente el viejo leyó su célebre proclama poética, y pudiera decirse patrió- tica, titulada / Viva la mantilla!, en laque se can- taban las excelencias de la mantilla y se fustigaba sin misericordia el ridículo sombrero, inventado por las mujeres feas para sombrearse la cara, moda funesta que acabará por dar al traste con el carácter de las mujeres españolas; Moro, su poema Los olivares, en el que describía con extraordi- naria riqueza de colorido las fiestas populares que se celebraban antiguamente á la sombra de los olivos, en particular los de San Antón y San Mi- guel, que ya van, por desgracia, desapareciendo, y Sauce el artículo elogiado por Castejón. Así estos trabajos como los que se leyeron más tarde, son dignos de alabanza y de que se los busque para leerlos en las Revistas de aquella época, — 143 — — 143 — puesto que todos fueron publicados. Yo sólo he de insertar, por convenir á la mejor inteligencia de mi historia, el del impresionista Sauce, dejando la apreciación de su mérito al buen juicio del que leyere. Helo aquí: ((JUANICO EL CIEGO. (Tragedia vulgar.)

))Hace algunos años iba por las calles de Gra- nada un pobre ciego, llevando de la mano á una niña preciosa. Aunque vivía de la caridad pública, no era mendigo callejero. Si algún transeúnte le ofrecía una limosna, él la aceptaba, diciendo: «Dios se lo pague y Santa Lucía.bendita le con- serve la vista»; pero pedir, no pedía nunca, por- que tenía casas conocidas para todos los días de la semana, en las que recogía lo suficiente para vivir.

^Llamábase Juan de la Cruz, y todos le decían Juanico el Ciego ó Juanico el Malagueño-, la niña que le servía de lazarillo era hija suya y se lla- maba Mercedes, y ambos formaban una pareja muy atractiva.

» Juanico no era un pobre derrotado y miserable, de esos que inspiran tanta repulsión como lásti- ma, sino que iba siempre limpio como los chorros del agua. Vestía invariablemente un traje de tela de lavar muy blanca, y sólo en los días en que apretaba mucho el frío se ponía encima de su ves- timenta veraniega una cazadora remendada, de color pardusco, con coderas de paño negro y ador- nos de trencilla muy deshilachados.

— 144 — 2) Era hombre todavía joven y podía pasar por buen mozo. Se había quedado ciego de la gota se- rena, y sus ojos, aunque no veían, parecían ver. Eran ojos claros y sin vista, que daban al rostro una expresión noble y grave, realzada por el es- mero que ponía Juanico en ir siempre muy bien afeitado.

))La hija del ciego, Mercedillas, era un primor de criatura, á la que muchos de los que socorrían al ciego hubieran gustosamente recogido para qui- tarla de aquella vida peligrosa.

)) — Esta niña va siendo ya grande — le decían. — ¿Qué va usted á hacer, Jaanico, con ella cuando crezca un poco más? Sería una lástima que esta criaturica tan mona se le echara á usted á perder.

y> — -Ya veremos, ya veremos — decía el ciego; — no tiene más que diez años; todavía es una mo- cosa.

dY estaba siempre preocupado con lo que había que hacer con aquella niña, que era lo único que tenía en el mundo y que para él era más que una hija: era su alma y el único testigo de la historia dolor osa que el infeliz ciego llevaba incrustada en todo su sér.

))Nadie hubiera dicho al verle tan calmoso y^ al parecer, tan contento, que aquel hombre vulgar llevaba á cuestas el recuerdo indestructible de una terrible tragedia.

3) Juan de la Cruz había nacido en Málaga, en el barrio del Perchel, y quedádose huérfano de padre y madre cuando era muy niño. Una familia pobre le recogió y le crió, auxiliada por otras fa- milias del barrio. El muchacho creció como planta — 145 — silvestre, sin que nadie se cuidara de dirigirle; pero debía de ser naturalmente bueno, pues desde que pudo trabajar quiso aprender un oficio, y no á uno, sino á varios se aplicó con la mejor vo- luntad.

))Estuvo en una carbonería, metido entre el carbón y el cisco, basta que, barto de tizne, se decidió á entrar de aprendiz en una cerrajería, deseoso de tener un oficio formal, y, por último, se dedicó á zapatero.

5)Se había establecido entonces en Málaga, en un portalillo de mala muerte un zapatero llamado Paco el Sevillano, con tan buena suerte, que muy pronto tuvo necesidad de meter quien le ayudara. Juanico fué el primero que entró en aquella casa, y no tardó en pasar de aprendiz á oficial y en dis- poner de un salario seguro, con el que pensó desde luego que podría casarse y tener casa propia.

)) — Pero el no viajo que tienes con la Perdigona — le decía algunas veces su amo — ¿es cosa for- mal?

D — ¿Que si es formal, D. Paco? — respondía él. — Ya lo verá usted en cuanto salga libre de quintas, si salgo. Creen que no es formal porque mi novia es hija del borrachín de su padre; pero nadie puede elegir familia, y la Mercedes vale más oro que pesa.

)>En esto llevaba razón J uanico, porque su no- via, á la que él le hablaba desde muchacho, era la flor y nata del Perchel, y digna, por lo guapa, hacendosa y decente, de casarse, no ya con un oficial de zapatero, sino con un título.

3) Cuando á Juanico le tocó ir á servir al Jley 10 — 146 — estaba en su golfo la guerra de Cuba, la de los diez años, y quiso la mala suerte que á él le to- cara pasar el charco. Y allá se fué, jurando antes á su novia que si no lo mataban volvería y se ca- saría con ella, y ella le juró que lo esperaría aun- que fueran veinte años, pues, ó se casaba con él, ó no se casaba con nadie. Porque entre ellos no mediaban sólo palabras, sino compromisos graves, y á decir verdad, más que novios eran marido y mujer, pues á los seis meses de irse Juanico tuvo la Mercedes una niña, que era el vivo retrato de su padre.

5) En los apuros que pasó la mnchaclia durante la ausencia de su novio y marido contó con la protección de D. Paco, que era hombre de muy buenos sentimientos. Trabajaba la Perdigona en todo lo que le salía, y cuando más ganaba era cuando llegaba «la faena», la época del embale de las naranjas para la exportación; pero esto no era fijo, y D. Paco la decidió á que trabajara para la zapatería, que ya no era el primitivo portal, sino una tienda muy grande, convertida después en el establecimiento casi lujoso de La punta y el tacón, nno de los más populares de Málaga. Mercedes aprendió pronto el oficio de aparadora, y andando el tiempo pudo emanciparse del yugo de su padre, que le daba muy mal trato, y vivir sola con su niña, sin salir más que á compras ó á entregar su tarea.

)) — Cuando venga tu marido — le decía el amo, — vais á estar mejor montados que el Gobierno. Dos jornales seguros, y luego lo que él traiga.

D — ¿Cree usted que traerá cuartos? — preguntaba — 147 — Mercedes. — Lo que yo quiero es que venga pronto y que no me lo hayan cambiado, porque algunos vuelven con unos humos » Volvió, en efecto, Juanico, y volvió con humos. Los primeros días daba pena de oirle mezclar en su lenguaje natural algunas palabras nuevas que había recogido al revuelo, y hablar de su «masi- ta » como si trajera un moro atado. Pero á pesar de todo, Juanico era franco y no contaba hazañas fingidas. El había salido muy poco á operaciones, y aunque había sentido las balas cerca, dispara- das por enemigos invisibles, no se había echado jamás á la cara un insurrecto. Estuvo casi siem- pre en un ingenio al que nunca se aproximó el enemigo; los propietarios de la finca eran muy ge- nerosos y le habían tratado á él y á sus camara- das á cuerpo de rey; había ahorrado el plus de campaña y un poco más; y, en resumen, al ter- minar la guerra se halló con una pequeña for- tuna.

)) Aunque la mayor parte estaba en pagarés, en los que perdió más de la mitad, le quedaron libres unos ocho mil reales, largos de capellada; para él casi un capital.

» — Ahora lo que debes hacer — le dijo el amo, que le recibió con los brazos abiertos, — es com- prar con ese diuero una casa para vivirla. Tú no sabes lo que vale no tener que pagar casa. Luego sigues trabajando aquí, si quieres, y te casas con la que es ya tu verdadera mujer, que es una mujer para Un pobre, y si llega el caso para un rico, porque te aseguro, ahora que la he tra- tado, que la Mercedes es una perla. Mi mujer — ]48 — la quiere como si fuera de la casa, y tiene empeño en ser la madrina.

)) — Ya veremos, jsl veremos — contestó Juanico. — Yo había pensado establecerme.

)) — Pues si lo haces ándate con ojo, no vayas á perder tontamente lo que te ha costado exponer la salud y la vida.

5) Juanico no lo decía; no se atrevía á decirlo. Pero desde que llegó á Málaga y fué á ver á sus amos, tenía el diablo en el cuerpo. Había visto á Manuela, la hija de los zapateros, que cuando él se fué estaba recién vestida de largo, y ahora es- taba hecha una mocetona, y al verla había tenido una idea, que debía ser la causa de su perdición. Menos mal si se hubiera enamorado; esto tendría disculpa. Xo se enamoró, sino que sintió el deseo de igualarse á sus antiguos amos. Mercedes era al fin y al cabo la Perdilona, y aunque él la quería, ya, después de ver mundo, comprendía que el querer es una farándula. Lo esencial era tener pa- tacones y mezclarse con buena gente para tomar la alternativa y darse aires de caballero.

))Todo esto lo tendría él, ó podría tenerlo, esta- bleciéndose y casándose con Manuela. Mercedes era más guapa, eso sí; pero Manuela era una se- ñorita bien educada, y la educación vale más que la guapeza.

)) — La única dificultad — decía — está en este maldito compromiso Si yo fuera libre del todo Pero con este lío estoy como si estuviera casado, y hasta con una hija, que, aunque no lleva mi apellido, es mía; esto no hay perro ni gato que no lo sepa.

— 149 — ))Estas cavilaciones le agriaban el carácter á Juanico, y Mercedes era la que pagaba los vidrios rotos. Comenzaron los insultos, y vinieron después los golpes; al principio no hablaba claro, porque comprendía que no llevaba la razón; pero después su egoísmo se hizo tan brutal que á todas horas estaba describiendo el cuadro de dichas y prospe- ridades que él podía disfrutar casándose con la liija de los amos; la conclusión era siempre mal- decir el día y la hora en que conoció á la Perdi- lona^ á la que muchas veces, no contento con mal- tratarla, la echaba con su hija á la calle.

»Tomó, por fin, en traspaso una zapatería bas- tante desacreditada, y entonces se fué á vivir solo, para hacer ver que la Mercedes era para él cosa "de pasatiempo, y comenzó á propalar él mismo, ya que no se atrevía á decirlo directamente, que estaba* en relaciones formales con la hija de don Paco. No por esto dejaba de visitar á Mercedes y de martirizarla, como si se hubiera propuesto qui- tarle la vida á disgustos. A dejarla no se atrevía, y á decir verdad, no sería capaz de hacerlo, pues de pensar que ella pudiera irse con otro hombre, los celos se lo comían. Ya dije que á Juanico se le metió el diablo en el cuerpo; sólo así se explica este amor que él sentía realmente por la Mercedes y este deseo de quitársela de encima y este afán de matarla poco á poco para que nadie le suce- diera en el corazón de aquella infeliz mujer.

)>Aunque él era tosco, á veces se echaba una ojeada por dentro, y se veía tan bajo y tan ruin, que se arrepentía, y pensaba que quizás sería me- jor casarse con Mercedes y trabajar los dos unidos — 150 - en la tienda y prosperar y ser muy ricos sin de- berlo^al auxilio de nadie. En estos momentos co- gía á Mercedillas en brazos y la mecía, y la arru- llaba, y se echaba á llorar, y le bañaba al angelito el rostro con lágrimas, mientras la madre viéndo- les venía y los abrazaba á los dos, y decía: )) — Juan, tú eres bueno, tú eres siempre el mis- mo. Ayer le recé á la Virgen para que te quite esos fantasmas de la cabeza.

»Pero después volvía á aparecer el fantasma, y con que Juanico fuera un momento á casa de don Paco, y viera á Manuela, y formara de nuevo su castillo de naipes, volvían los malos tratamientos, y cobraba mayor brío la idea fija que atormen- taba al ambicioso desventurado: )) — Aunque yo fuera inmensamente rico nunca sería nada, porque al fin Mercedes sería siempre la Perdigona. • »E1 martirio de ésta no podía ser eterno, y un día, cuando menos lo esperaba Juanico, la víctima anocheció y no amaneció. No se fué con nadie, sino que se fué derecha á una casa de mal vivir; no pudo irse con nadie, porque á nadie le había hecho nunpa caso, aunque no faltó quien la solici- tara, y al irse se fué á la primera casa que le abrió las puertas. Así, aun hundiéndose en el vicio, po- día decir la Perdigona que había sido fiel á su amante. Otra mujer hubiera pasado de mano en mano, como zarandillo de bruja; pero la Merce- des no era una mujer como las otras, era mucho mejor; y cuando vió que el hombre á quien ella quería era tan malo, pensó que los demás serían peores, y sin repetir la prueba se tjró al barro. Y - 151 — Juanico no la buscó, y aunque la quería, no sintió celos. Quizá si se hubiera ido con otro la hubiera buscado para matarla.

))E1 vulgo se puso de parte de Juanico. Veía en él un buen hombre, que, á pesar de haber vuelto con dinero, no había querido abandonar á la Per- digona, y el pago que había recibido era que ésta hiciera al fin de las suyas. La cabra tira al monte, y Mercedes era de mala casta para que saliera buena. Hasta se comprendía ahora la razón de las palizas que Juanico le propinaba á diario, y que sin duda serían para corregirla. Pero todo había sido inútil. ¡Condenadas mujeres!

))Sólo D. Paco no se dejó engañar; y aunque nada dijo por lo pronto, cuando supo que Juanico pregonaba por todas partes que era ya cosa deci- dida su casamiento con Manuela, le llamó á capí- tulo y le habló con su cachaza de costumbre: — Oye tú, Juanico, ¿es cierto que andas por ahí anunciando que te vas á casar con mi hija?

)) — La gente dice lo que le da la gana — contestó Juanico. — ¿Qué más quisiera yo? Pero )) — Cuando corren las voces por algo será — le interrumpió D. Paco. — Nadie más que tú tiene interés en decir esas cosas, y, la verdad, me ha escocido que tengas tan poco respeto á esta casa. Tú tienes tu mujer, porque, aunque no os hayan echado las bendiciones, para mí esto no compone nada, y la. Mercedes es mujer tuya y madre de tu hija Yo he sido pobre y no te despreciaría por cuestión de intereses; pero aunque trajeras el oro y el moro te pararía los pies y te haría volver á tus obligaciones.

— 152 — )) — Pero D. Paco — replicó Juanico, — parece que no sabe usted lo que esa mala pieza ha hecho conmigo; para mí ella es ya como una piedra que se va á lo hondo del mar. ¿Qué quiere usted que yo haga con una mujer tan sinvergüenza?

)) — Mercedes era buena como el ]3an, y tú la has hecho mala— contestó D. Paco. — ¿Crees tú que yo no entiendo la aguja de marear? Yo sé lo que tú has hecho con esa infeliz. No te digo que la recojas, porque esta es cuenta tuya. Déjala si quieres que corra su mala fortuna y tú arréglate á vivir con tu hija como Dios te dé á entender Yo te he querido siempre, porque eras un buen muchacho; pero ahora te veo con malos ojos, sin poderlo remediar, y lo único que te pido es que no aportes más por las 2)uertas de mi casa. Mucho me duele decírtelo, pero no me gusta hacer dos caras.

)) — Pero D. Paco— suplicó Juanico temblan- do,— eso es como quien dice leerme la sentencia de muerte Yo, que no he tenido nunca más padre que usted 3) — ¡Quién sabe si más adelante — dijo D. Paco, — volveremos á ser lo que éramos! Yo hablo de ahora, y ahora no quiero que pongas más los pies en mi casa.

))Fué aquel día el más amargo de la vida de Juanico. No sólo porque vió que todo el mal que había hecho era inútil, sino porque las palabras de D. Paco le parecían la voz de su propia concien- cia. Aquella noche no durmió asustado de la sole- dad en que se encontraba y atormentado por el bullir de la sangre que parecía arderle en las ve- nas. Por la mañana notó cierto malestar en los — 153 — ojos, y vió que la casa se iba poniendo obscura como si volviera á anochecer. Se levantó y abrió las ventanas, y aun veía menos; y, por último, no vió nada.

» Despertó á Mercedillas, y comenzó á hacerle preguntas, sin que la criatura comprendiera lo que le preguntaban; después llamó á una vecina, que era la que venía á limpiarle el cuarto, á guisar y á tener cuidado de la niña, y la vecina tampoco supo darle explicación de aquella repentina ce- guera. Los ojos estaban naturales, aunque un poco apagados y como eclipsados; pero á primera vista no se notaba cambio alguno. Y sin embargo, Juanico estaba ciego para siempre.

))Todo lo que tenía, y aun lo que le dieron por el traspaso de la tienda, lo gastó en curarse, y no se curó.

jf) — Cuando yo tenga vista — decía — volveré á trabajar en casa de D. Paco y me dejaré de nego- cios. Cada uno nace para lo que nace, y yo he na- cido para ganar un jornal y vivir con él, sin me- terme en más ambiciones. Al menos si yo tuviera ahora una mujer que se interesara por mí ))Y á fuerza de darle vueltas en su majín á este pensamiento, decidió un día mandar á buséar á leu Perdigana.

))No se hizo ésta rogar y vino en seguida, de- seosa de ver á su hija, á la que todavía no le ha- bía perdido la calor. No así á Juanico, á quien casi lo tenía olvidado. Entró por las puertas del pobre cuarto y lloró al ver á su niña, á la que se abrazó fuertemente, en tanto que Juanico las bus- caba á las dos y se cogía á ellas, diciendo: — 154 — )) — Ya me daba el corazón que tú eras de ley y que vendrías. Mira la desgracia que ha caído sobre mí. Este es un castigo del cielo por lo mal que lo hice contigo. Pero ahora ya soy otro, y si Dios quiere que me cure, yo te juro que nos casaremos y que seré mejor que nunca.

)) — Válgame Dios — exclamó la Perdigona, — ha sido menester que te quedes ciego para que me quieras )) — Yo siempre te quise — contestó Juan ico, — eso te lo juro por la salud de la niña. Fué una mala hora que me vino, y ya ves qué caro lo estoy pagando.

))A1 decir esto, Juanico abrazaba contra su pe- cho á la Mercedes y sintió un olor penetrante á almizcle que tiraba de espaldas; fué á besarle la boca y le dió en el rostro una tufarada de tabaco. Quizás debió alegrarse de estar ciego para no ver el cambio que en unos cuantos meses había su- frido el rostro de aquella desventurada mujer. Así Juanico no la veía como ahora era, sino como an- tes fué, y lo único nuevo que notaba en ella eran los perfumes del vicio.

)) — ¿Qué olor endemoniado es ese que traes? — la preguntó. — Lávate y quítate eso de la cara.

)>ElIft cogió una jofaina y se lavó con agua clara, y comenzó á soltar la costra que se había ido formando de rodar por los lupanares. Pero los estragos que liabía sufrido por dentro, éstos no se limpiaban con agua; y aunque la Perdígona quiso de buena fe volver á ser la Mercedes de antes, no pudo conseguirlo, en parte porque ya había ad- quirido algunos malos hábitos, y más aún porque ahora nadie la respetaba.

— 155 — — 155 — »Juamcose casó con ella por tenerla más se- gura y por legitimar á Mercedillas. El, por hacer algo, se dedicó á hacer soga, y Mercedes volvió á aparar en la zapatería de La punta y el tacón. Lo que debió ser antes era ahora, y el matrimonio vivía feliz. Juanico, escarmentado por la desgra- cia, era un santo para su mujer, y ésta parecía resignada con su cruz; á veces le entraban deseos de romper la cadena ó de divertirse con unos y con otros; pero pronto se arrepentía de sus malos pensamientos por lástima de su marido y porque, al volver á la vida honrada, se le iba despertando de nuevo su antigua dignidad.

))Sin embargo, después de algún tiempo de cumplir bien comenzó á torcerse. Era buena con su marido, pero sentía, sin explicárselo, un secreto deseo de venganza. Parece que una fuerza miste- riosa la impulsaba á engañar al pobre ciego, no por gusto, sino más bien por necesidad de realizar una obra de justicia. La pérdida de la vista era un castigo que borraba las culpas de la soberbia, pero no un castigo de las villanías de que la Per^ digona había sido víctima. Ella había sufrido an- tes y ahora y siempre, sin culpa, y tenía sed de desquitarse; y como no acertaba á hallar el medio de tener goces en la vida, se consolaba faltando á sus deberes, á disgusto, sólo por ser acreedora á pasar las penas que pasaba. En el alma de aque- lla mujer se había incrustado tan honda y feroz- mente la idea de justicia, que, por parecerle in- justo sufrir siendo buena, quería sufrir siendo mala.

))Juanico lo adivinaba todo y callaba. Un día — 156 —