oyó subir á su mujer por las escaleras, y le pareció que no venia sola, y tuvo la idea de esconderse en una alacena, aprovechando la coyuntura de estar la chiquilla fuera, en casa de unos vecinos. Entró la Mercedes, y como no vió á nadie en la casa, salió un momento á avisar á su acompañante, que ora un oficial de zapatero, llamado Bautista, muy amigo de Juanico.
» — No hay nadie — dijo la mujer. — Habrá salido con la niña á dar una vuelta.
» — ¿Estás segura? — preguntó Bautista, á quien el ciego conoció al punto por la voz.
» Entraron en el dormitorio, y Juanico, loco de rabia, comenzó á buscar á tientas en los vasares del fondo de la alacena algunas herramientas de zapatero que él recordaba haber puesto allí; tro- pezó al fin con una cuchilla larga y tan fina por la punta que parecía una daga; la empuñó con fuerza, salió con sigilo de su escondite y se acercó andando muy quedo á la puerta de la alcoba; se detuvo un momento para escuchar y orientarse, y oyó tan bien, que casi se figuraba ver á los adúl- teros. Entonces penetró como un rayo en el apo- sento y comenzó á dar cuchilladas en el lecho, en ol aire, en las paredes. Así estuvo no se sabe €uánto tiempo. Las víctimas debieron de gritar, pues acudió el vecindario y la policía; pero cuan- do echaron abajo la puerta no hallaron vivo más que al ciego, que aún empuñaba en la diestra la cuchilla ensangrentada. En medio de la sala es- taba Bautista el oficial con la cabeza cortada á cercén, y sobre el lecho la Perdigona^ acribillada y destrozada que casi no era posible conocerla.
— 157 — — 157 — Djuanico fué á la cárcel, pero la justicia de los hombres le absolvió, y el mundo le absolvió tam- bién; porque el mundo y la justicia no veían más que la falsía de la mujer y la bondad del hombre que había recibido aquel ultraje en pago de la nobleza con que quiso regenerar á una mujer per- dida. Pero Juanico se juzgaba de otro modo, y cuando libre ya se vió solo en su cuarto, pensaba: La pobre de Mercedes ha sido mala, es verdad, pero ¿por qué fué mala? Y diciendo esto se abo- feteaba el rostro y se gritaba á si mismo: ¡ca- nalla I ))No quiso Juanico seguir viviendo en Málaga,, y, sin dar cuenta á nadie, cogió consigo á su hija y se vino á Granada con ánimo de dedicarse á pe- dir limosna. Ya había tomado algunos informes, y cuando llegó se fué derecho á la cuesta de la Alhacaba, y allí acomodó una casucha con los- cuatro trastos que traía. Comenzó á adquirir re- laciones, y como era mendigo decente y bien por- tado, casi daba gusto de socorrerle, aparte la obra de caridad. Pero Juanico no era ya ambicio- so, y pedía sólo para vivir; se contentaba con las casas que fué adquiriendo y dejaba á otros menos afortunados el mendigar por las calles.
5) Cuando su hija fué demasiado crecida para ser- vir de lazarillo iba Juanico solo, llevando un pe- rrillo atado de una cuerda. Mercedicas se quedaba en casa y el ciego procuraba estar fuera muy poco tiempo, pues sn temor constante era que le ocu- rriera algo á aquella criatura. Como la Alhacaba. no era sitio seguro decidió también mudarse, y se vino al Barranco del Abogado, donde alquiló una — 158 — cueva que tenia por delante un pequeño chamizo que le daba el aspecto de casa. La vecindad de este lado de la población tampoco era muy recomenda- ble, pero no había casas de trato ni soldadesca; había gitanos, pero á la gitanería no le tenía mie- do Juanico, porque los gitanos no roban mu- chachas.
)) Salía por las mañanas á recorrer su parroquia del día, encargando á su hija que se estuviese en- cerrada. De vuelta se entretenían los dos en con- tar los ochavos, comer y charlar, y los domingos echaban una cana al aire yéndose á pasar el día al campo. Cuando vivían en la Alhacaba iban á las caserías del camino de J aén, y en el Barranco, por estar más cerca, se iban á los ventorrillos del camino de Huétor. Pedían un jarro de vino, un plato de aceitunas, roscas tiernas y una torta sa- lada para la niña, y á veces también, si había limosna extraordinaria, pescado frito ó chorizos extremeños, bocado favorito del ciego. Se senta- ban á la sombra de un olivo y merendaban con sosiego y beatitud, salvo que Juanico se sobresal- tara alguna vez cuando oía que alguien celebraba la belleza de su hija.
— ))Mercedes, ¿quién es el que te ha dicho eso? — preguntaba el padre.
))Y la hija respondía casi siempre: — ))Es un señor viejo; yo no le conozco.
))En un ventorrillo vió á Mercedes un señor casi viejo que iba á remachar el clavo que Juani- co llevaba atravesado en el corazón desde el día <pie mató á su mujer. Llamábase D. Gonzalo Pérez Estirado, y era de Sevilla; mejor dicho, era — 159 — montañés, establecido desde muy joven en Sevi- lla, donde había ganado una regular fortuna. Estaba retirado de los negocios, y vivía de sns rentas, sin pensar más que en darse buena vida. Había sido siempre el señor Estirado un buen hombre, aficionado á los goces de la vida domés- tica, y condenado á no lograrlos nunca porque su mujer era de las que toman las enfermedades como cosa de entretenimiento, y aiinqne nunca tuvo enfermedad formal, milagro era la semana que no la visitaba el médico.
»Su marido, harto de tantas impertinencias, se acostumbró insensiblemente á buscar distrac- ción fuera de casa, y con los años sncedió que no podía vivir sin tener, además de su mujer, una pro- tegida, cuando no eran varias. De esta suerte, el señor Estirado, que había nacido para ser nn mo- delo de cónyuges, se transformó, por culpa de su mujer, en hombre de apaños y tapujos; pero aun así fué siempre un hombre de bien, que ni arruinó su casa, ni dió escándalos, ni cometió graves tro- pelías. Sus devaneos estaban, como todas sus co- sas, sometidas á un presupuesto rigoroso. Debajo del capítulo donde inscribía la suma con que con- tribuía á las procesiones de Semana Santa, estaba el capítulo destinado á la protección de doncellas desvalidas; y ambas cantidades eran fijas, aunque en caso de apuro el señor Estirado era capaz de sisar algo á las procesiones en beneficio de las doncellas.
»Fué invitado el ilustre y simpático montañés ú pasar unos días en Granada por un amigo y paisano que estaba establecido en esta ciudad; — 160 — vino en el mes de Mayo, y se halló aquí tan á gusto que los días se convirtieron en semanas. Como se hospedaba en casa de su amigo, los dependientes de la tienda de comercio se encargaron de llevarle por todas partes para que no le quedase nada por ver.
))En una de estas excursiones conoció el señor Estirado á Mercedes, y apenas la vió la echó el ojo y se projDuso no dejarla escapar. Su idea no era mala, puesto que, al saber que aquella niña era hija del mendigo, pensó recogerla á ella y á su padre, para que éste no tuviera que pedir más limosna y para hacer de la hija una señorita de mérito.
))No quería el señor Estirado perder el tiempo, y decidió valerse de una mujer hábil en oficios de tercería, cayo nombre y señas le dió uno de los dependientes. Era ésta una mala vieja, conocida por el apodo de la Gusana, y vivía en el Plega- dero Alto, cerca de la parroquia de San Cecilio; tenía fama de alcahueta, y su fama no era usur- pada, sino fundada en una brillante hoja de servi- cios, que tiempos atrás hubieran bastado para que emplumaran á la bruja.
))E1 señor Estirado se avistó con ella, y en po- cos minutos estuvo firmado el pacto de tercería mediante la oferta de veinticinco duros, de los que cinco fueron adelantados en señal. Y la Gu- sana comenzó aquel mismo día sus indagaciones, y supo cuanto tenía que saber sobre las entradas^ y salidas del ciego para trabajar sobre seguro. No desplegó ningunas artes nuevas, sino las eter- nas y conocidas de la adulación y los ofrecimien- — 161 — tos, y Mercedes se dejó embaucar como cualquiera otra muchacha se hubiese dejado en las condicio- nes en que ella se encontraba. ¿Qué iba á hacer ella el día que le faltara su padre? ¿Irse á servir y á penar bajo el poder de indecentes señoritos que tampoco la respetarían? ¿Ajarse á fuerza de fregar y barrer, cuando tenía una cara como una rosa de Mayo y era digna de vivir metida en un fanal? Siquiera el señor Estirado era un honrado caballero, que sería como un padre para la mu- chacha; se la llevaría á Sevilla y le daría educa- ción, y quién sabe si se casaría con ella y le deja- ría toda su fortuna, puesto que no tenía hijos y se iba á quedar pronto viudo, porque la mujer es- taba, como quien dice, dando las boqueadas.
»Lo más doloroso para Mercedes era abandonar á su padre; pero esto sería por muy poco tiempo, pues en cuanto el ciego se hiciera cargo de la ra- zón se iría también á Sevilla y no tendría que mendigar más.
» Salió el ciego una mañana, y cuando volvió se encontró el nido sin pájaros. Pero lo que no ave- rigüe un ciego no lo averigua nadie, sobre todo si el ciego tiene un perrillo de buen olfato. Aquel mismo día supo Juanico toda la verdad. Supo que SQ hija había ido á la estación, y supo que iba ca- mino de Sevilla en compañía de un señor muy respetable; le dió la corazonada de que el ladrón era uno que había hablado con Mercedes en un ventorrillo, y por el ventorrillero supo quiénes eran los dependientes que con el ladrón iban y 1:1 tienda en que estaban. Todo lo supo excepto el nombre de la alcahueta, porque la Gusana era 11 — 162 — maestra en su arte y no dejaba nunca ningún cabo suelto.
:?>Pensó Juanico ir á Sevilla; pero cuando se fué enterando de las buenas prendas que reunía el señor Estirado, y de que aquella desgracia quizás haría la felicidad de su liija, dejó que á ésta se le cumpliera su sino. Mucho le dolía verse tan solo, sin más compañía que el perrillo; algunas veces lo abrazaba y besaba diciendo: — ))¡Por qué no dispondrá Dios que sean perros los hijos que tenemos los hombres!
))Así resumía el pobre ciego su idea menguada de la humanidad.
5) Mas para colmo de desventura hasta el perro le faltó, porque aquel verano cogió la estricnina en la calle y murió después de una agonía horri- ble. También Mercedes había muerto para su pa- dre, porque le dieron el veneno de la seducción envuelto en palabras melosas. La muerte del perro fué la gota que hizo rebosar el vaso de la amar- gura, y aquella misma noche decidió J uanico dar fin á su calvario.
3)Por los Mártires, tanteando con su cayado, se encaminó á la placeta de los Aljibes; se acercó al Cubo de la Alhambra y escuchó para convencerse de que no había nadie. Se subió en el pretil, y enarbolando el grueso garrote lo blandió con furia y lo lanzó al aire como si quisiera dar un palo á los cielos. Oyó el eco de un golpe, por el que mi- dió lo hondo del abismo que tenía delante, y en- tonces, con una audacia sobrehumana, sin que le impusiera temor aquel vacío, se echó á volar con los brazos abiertos. Y como Juan de la Cruz iba — 1C3 — «iempre vestido de blanco, al verlo en el aire se hubiera diclio que no era un hombre, sino una cruz blanca quo caía á la tierra.
))A poco se oyó en el silencio de la noche un lamento que no parecía proferido por una gar- ganta. Era como un lamento de la tierra al cho- car con un hombre.
y)Y no se oyó nada más.v) — Bravo, bravísimo — gritó el poeta Moro, que era el más entusiasta de la reunión. — Eso es hermoso, fuerte y definitivo. Sauce, eres un barbián.
— ¿Qué le parece á usted esa tragedia, señor Cid? — preguutó Miranda con aire satisfecho.
— Me parece admirable — contestó Pío Cid, — tanto ó más quizás que á todos ustedes, porque yo conocí á Juanico el ciego y le veo ahora retratado de mano maestra.
— ¿Usted le conoció? — preguntó Sauce con in- terés.
— Digo que le conocí — afirmó Pío Cid con misterio, — y no sólo le conocí, mío que sabía la historia que usted nos ha contado y algo más que usted acaso no S3pa.
Y ante el movimiento de expectación de la asamblea. Pío Cid comprendió que iban á rogarle que contara lo que sabía, y antes que se lo roga- ran lo contó en los términos siguientes: — Juan de la Cruz iba á mi casa, y le llamába- mos el ciego de los lunes. Yo hablé con él muchas v.3ces y mi madre hacía subir casi siempre á Mer- cjdillas para darle algunas prendas de vestir, pues estaba enamorada da la bondad y de la modestia — 164 — de aquella niña, que entonces no tendría arriba de seis ó siete años.
Juanico le contaba á todo el mundo su histo- ria, pero no decía nunca que hubiera matado á su mujer, sino que ella le abandonó. Sin embargo, nosotros supimos la verdad, porque nn día vina á bascar á mi padre un señor de Málaga, que se extrañó de ver al ciego á la puerta, y nos dijo que aquel pobre era paisano suyo, y que había huida de su tierra á consecuencia del crimen que había cometido. Es hombre de historia — añadió, — y el pobre parece que tiene maldición porque es hijo del crimen. Aunque no tiene apellido se sabe, ó por lo menos lo decía la mujer que lo crió, que su padre era un caballero muy rico, que después de una vida licenciosa se encastilló en una de sus posesiones acompañado de una hija que había te- nido, se ignora con quién, aunque de fijo no sería con ninguna mujer buena. Dicen, no sé si esto será verdad, que el padre se enamoró de su hija, y que el fruto incestuoso de estos amores fué Juan de la Cruz.
Yo estudiaba entonces literatura clásica, y se me ocurrió sin esfuerzo comparar al ciego y á sn hija con Edipo y Antígona, y aun recuerdo que empecé á componer una relación en la que ade- más de lo sucedido ponía yo nuevas calamida- des, algunas de las cuales ocurrieron, según se desprende de la última parte de la tragedia que hemos escuchado; pues yo suponía que Antígona, ó Mercedes, era engañada por un Tenorio cana- llesco de los que ahora se estilan; que el ciego se suicidaba desesperado y que Mercedes se quitaba — 165 — la vida también, juntamente con un hijo que tiivo. Porque mi idea era demostrar que después de la proclamación de la ley de gracia, hecha por Es- quilo en su trilogia de Or estes, y aun después de la redención del género humano, realizada en el Gólgota, continuaba regido el mundo por la ley de sangre, y era necesario, fatal, que Juan de la Cruz y su descendencia, y los que á él se liga- ran, todos perdieran violentamente la vida.
— Me ha dado usted una gran idea — dijo Sau- ce,— y creo que voy á modificar mi artículo, para añadir lo referente al nacimiento del ciego y ex- plicar así sus infortunios por la influencia de esa irremediable fatalidad.
— Me parece bien que lo hagas — añadí yo, — porque, á mi juicio, la clave del trabajo está en el nacimiento, no porque fuera criminal, sino porque siendo Juan de la Cruz hijo de un caballero rico, se explica la ambición, que le acometió de repen- te, de ser rico y caballero.
— Yo opino al contrario — replicó Pío Cid; — que lo mejor es no cambiar punto ni coma en ese trabajo. Tal como está es como un tajo de carne cruda, y si se hace la alusión á la leyenda de Edipo, parecerá que el artículo está calcado en la tragedia clásica. Y" luego que no bastaría añadir unos párrafos por el principio, sino que habría que rehacer todo el articu- lo, porque al tomar cierto corte clásico exigía líneas más severas y habría que suprimirle algunos rasgos demasiado realistas. Cuando un escritor cambia de punto de vista, ha de cambiar también de procedi- miento, y si tiene la obra á medio hacer, no debe de remendarla, sino destruirla y hacer otra nueva.
166 — Cada cual dio su parecer, y la mayoría estnva conforme con Pío Cid, y Sauce se convenció al fin de que lo mejor era no tocar al artículo. Entonces me tocó á mí el turno, pues mis amigos quisieron que les leyera un poemita que les dije que había compuesto. A mí me tenían en la reunión por pe- riodista, con mis puntas de político ó de sociólogo r y no sé si á causa de este prejuicio, ó porque mis versos fueran malos de verdad, me condenaron sin apelación á escribir toda mi vida artículos de fon- do; pues, como decía Candente el viejo, no se debe mezclar el verso con la prosa. El ¡Doemita en cues- tión era endeble, como primerizo, y lo rompí en un momento de coraje; pero daré idea del asunto por si otro poeta puede escribir sobre él con me- jor plectro. El título era Bodas de Genilio y Dau- ra^ y su complexión puramente descriptiva y casi dijérase hidrográfica, puesto que se describía el curso del Canil y del Dauro, desde su nacimiento hasta que se juntan en Cr añada, y el viaje que emprenden, ya unidos, por toda Andalucía, hasta que, mezclados con otros ríos, pero sin confun- dirse con ellos, van á morir en el mar. Sin em- bargo de la gran importancia que tenía la des- cripción, lo esencial no era lo descriptivo, sino lo simbólico. Imaginaba yo las márgenes del Cenil pobladas de ninfas de cabellera negra, quemada por el sol. Una de ellas se enamora del astro del día, recibe un beso de él y engendra un hijo, Ceni- lio, que es proclamado rey de las ninfas morenas. Las márgenes del Dauro á su vez estaban habita- das por geniecillos rubios, casi albinos, por vivir siempre á la sombra de las avellaneras. La luna ~ 167 — se enamora de nn geniecillo, y desciende una no- che y da á luz en las aguas de un remanso una hija, Daura, que es proclamada reina de los ge- niecillos rubios. Genilio y Daura viven en perpe- tua orgía; pero no son felices, porque les falta lo más bello que hay en la vida: amor. Genilio, ro- deado de morenas, desea amar á una ninfa rubia, y Daura, rodeada de rubios, sueña continuamente en un geniecillo moreno. Ambos se adivinan, aun- que los separa la montaña roja, la Alhambra; ambos se aman sin haberse visto, y el amor les impulsa á ponerse en movimiento con sus corte- jos respectivos de geniecillos y ninfas. Júntanse los dos amantes y las dos comitivas, y comienza el alegre viaje de bodas; cuanto más andan, la al- gazara es mayor, porque se agregan nuevos con- vidados; pero la tierra que van dejando atrás se va quedando muy triste. Genilio y Daura derra- man la alegría por todo el suelo andaluz; pero esta alegría la han robado á Granada, y Granada les ve partir como las madres que despiden á sus hijos en el viaje de novios.
Este era el poema en sustancia, y tengo el or- gullo de estampar aquí que Pío Cid, aunque nada aficionado á los simbolismos, fué el único que ha- lló buena mi obra, y en particular la idea, á su juicio felicísima, de poner en la región alta anda- luza el sér íntimo, grave, de Andalucía, y en la baja el sér exterior, alegre, y de explicar cómo el uno tiene su origen en el otro. Asimismo me de- fendió de los ataques que me dirigieron los cen- sores de la asamblea por ciertas libertades métri- cas que me permití, y aseguró que nn poeta sin- — 168 — cero está autorizado para poner en los versos el número de sílabas que se le antoje y para colocar el acento donde le dé la gana, pues lo que vale es la emoción, la claridad, la vibración y la sonori- dad interiores, espirituales de la obra, y no los perfiles mecánicos que han pasado ya á la cate- goría de abuelorios.
— De suerte — preguntó el poeta Moro, que ha- bía censurado acerbamente mi poesía, — que usted no establece de hecho ninguna diferencia entre el verso y la prosa.
— Existe siempre una diferencia — respondió Pío Cid. — El verso es prosa musical, sin que esto impida que haya poesía en prosa, sin música, s-.- perior á la poesía en versos regulares. Los que creen que el verso ha de tener número fijo de sí- labas y cierto orden en la colocación del acento, aparte de las asonancias y consonancias finales, son como los partidarios de la música vieja, que no comprenden más que las melodías de organillo y no toleran que en una ópera se pueda hablar musical y humanamente á la vez, sino que de- sean que los cantantes, como muñecos, vayan sa- liendo por turno á lucir sus habilidades. Primero sale el tenor y canta una romanza; luego la tiple encuentra al tenor, y sobreviene el dúo; después acude solícita la confidente de los amores, y tene- mos el terceto, y, por último, entra toda la fami- lia, y aun el pueblo en masa, y asistimos á un con- certante, cuyo final ruidoso pone la carne de ga- llina. Todo esto es pequeño, y debe desaparecer conforme nazcan hombres capaces de abrazar ma- yores conjuntos y de ofrecernos escenas de la vida — 169 — — 169 — humana en cuadros de mayor amplitud. La gente de cerebro estrecho resiste, pero al fin concluye por comprender lo que al principio no compren- día, y el arte sale ganancioso. Así, pues, los que en una composición buscan la armonía verso por verso, se contentan con muy poco; que busquen la armonía íntima de la obra, que es superior á la del detalle, y que piensen que el oído también pro- gresa y no debe ceñirse eternamente á las caden- cias de la métrica antigua.
— Todo eso es muy curioso— replicó Moro, de- seando eludir la discusión — y nos aviva más el deseo de oir la composición que usted nos había ofrecido.
— Mi composición — dijo Pío Cid — no está es- crita en verso, pues ya le indiqué que sería una receta; y además no me ^ista leer en público, y prefiero que lean ustedes mi trabajo en letras de molde, si lo imprimen.
— Ya lo leeremos — afirmó Castejón, — pero eso no quita para que usted lo lea ahora, y así serán dos veces.
— ¿Cómo se titula el trabajo de usted? — pre- guntó Ceres.
~— No tiene título — contestó Pío Cid, sacando an pliego de papel de barbas con muchos dobleces.
■ — Eso parece una escritura de arrendamiento — dijo Miranda, viendo que el papel tenía sello de oficio.
—Lo escribí en Aldamar, en casa del secretario Barajas, y no había otro papel á mano — replicó Pío Cid. — Y lo que yo siento no es que el papel sea tan antipático, sino que el contenido no surta efecto.
— 170 — — Pero, hombre — insistió Ceres, — es nienester bautizar ese trabajo, porque, digan lo que quie- ran, el nombre sirve para dar idea de las cosas.
■ — Este trabajo — dijo Pío Cid — es tónico ó re- constituyente del carácter, y es también, por lo menos en mi propósito, el retrato de un hombre de voluntad. Pudiera titularse de muchos mo- dos Ecce homo, podríamos ponerle, como dan- do á entender: he aquí el hombre apto para crear obras útiles.
— >No está mal ese titulo — dijo Castejón.
—Pues entonces con él se queda — concluyó Pío Cid, y comenzó á leer: t>rtis initium dolor. JlJatio initium erroris. Mnitium sapientisc vanitas. gortis init|^rn amor. Hnitium vita3 libertas.
— Eso suena á letanía — interrumpió Castejón. — Será el «despáchese)) de la receta — agregó Miranda.
— i Qué diablo! Cuando se sabe un poco latín hay que lucirlo — dijo Raudo,- — porque su trabaji- lio cuesta el aprenderlo.
Pío Cid no contestó, volvió á leer los latinea pausadamente y prosiguió: «El aire es útilísimo para la vida. Siempre que se os ponga delante un hombre, debéis recordar este aforismo: Un hombre, por mucho que valga^ vale menos que el volumen de aire que desaloja.i> ■ — Eso me recuerda el principio de Arquíme- des — dijo Gaudente el mozo, que había estudiado Física el año anterior.
— 171 — — Será un principio de Física espiritual — aña- dió Moro.
c(Sin aire no se puede vivir, y sin hombres se puede vivir perfectamente. Los grandes místicos so forman en la soledad, y los grandes filósofos en el silencio. Un hombre sumergido en una nume- rosa asamblea humana pierde izarte de su inteli- gencia, y la pérdida está en razón directa del nú- mero de los congregados. Y esto i^roviene de la sustitución del aire puro por emanaciones mefíti- cas, recargadas de ácido carbónico, según dicen los químicos, y de secreciones intelectuales, vene- nosas siempre, y más las de hombre que las de mujer. La condición esencial de la vida terrestre es el aire, y en las artes plásticas la maestría su- prema está en representar los seres respirando. El pintor más grande del mundo, Velázquez, fué un pintor del aire. Si pintáis un monstruo con siete cabezas y catorce patas, y el monstruo respira, habéis pintado un sér real; y si pintáis ima figura real que no respira, no habéis pintado nada.
3>También es importante la luz, porque en ella se funda un criterio permanente de moral. Lo que sale de la sombra á la luz, es bueno; lo que liuye de la luz y se esconde en la sombra, es malo. La sombra es el ambiente propio de la creación; pero si la creación es noble y espiritual, busca luego la luz. Los amantes que se hablan de amor puro escondidos en la sombra, son como esos ti- madores audaces que protestan de que se sospe- che de ellos cuando llevan en el bolsillo el objeto que acaban de robar. Quizás el amante más espi- ritual que ha habido en el mundo fue aquel ci- — 172 — nico desvergonzado que convirtió en tálamo nup- cial las plazas públicas de Atenas.
5)De los agentes exteriores que nos rodean, el más molesto es la sociedad; y el arte de vivir con- siste en conservar nuestra personalidad sin que la sociedad nos incomode. Hay quien vive en paz sometiéndose á las exigencias sociales, y hay quien vive en guerra resistiéndose á sufrirlas. Lo mejor es someterse en todo, menos en un punto impor- tante, el que más nos interese. En vez de llevar un traje estrambótico y exponernos á que nos apedreen, debemos de ir á la moda, sin perjuicio de marcar nuestro desprecio hacia la indumenta- ria ridicula de nuestra época por medio de algún -detalle caprichoso. Yo no veo inconveniente en que se vaya de levita y sombrero de alas anchas, ni en que se salga sin corbata un día que otro, ni en ■que se lleve al hombro, en lugar de gabán, unos pantalones.»
— Pero eso, ¿lo está usted leyendo ó inventán- dolo?— interrumpió Miranda, mientras el audito- rio comentaba por lo bajo las alusiones de Pío Cid, Aquel día Castejón había bebido más de la cuenta, y se había metido la corbata en el bolsillo para que no le fatigara el cuello; lo del sombrero y la levita cuadraba muy bien á Miranda, y del viejo Gaudente se contaba el lance de haber sa- lido un día ai paseo con unos pantalones al hom- bro. Y lo extraño es que Pío Cid había acertado por casualidad, puesto que las alusiones no eran inventadas, como al oirías habíamos creído, sino que venían escritas en el papel, el cual fué pa- sando de mano en mano, hasta que todos nos con- — 173 — vencimos de que el autor no estaba divirtiéndose con nosotros y de que leía textualmente los con- ceptos allí consignados.
— «Estas pequeñas infracciones de la etiqueta — prosiguió Pío Cid — son á veces útiles. Cuando yo iba á la escuela me salí un día sin corbata, j por no volver pies atrás tuve una idea atrevida. Yi en medio de la calle una mata de maíz, arran- qué de ella una hoja, y saqué de la hoja una tira, con la cual formé una corbata de lazo. Me la^ puse, sujetándola bien con el chaleco y la cha- queta, que era muy cerrada, y fui á clase y pasé el día felizmente, sin que nadie notara la super- chería. Sólo á última hora un condiscípulo, que era el más tonto de la escuela y el hazmerreír de todos, se fijó en mi falsa corbata é hizo correr la voz para que se burlaran de mí los escolares. Y yo sufrí la burla, pero descubrí una verdad, muy va- liosa en estos tiempos en que se cree que la sus- tancia del arte es la observación: la observación, como todo, puede ser buena ó mala, y hay obser- vadores tontos y discretos; pues lo esencial no es observar, si no lo que se observa. De esta suerte, un hombre (ó un niño), que osa cometer una dis- creta extravagancia, da á entender que es fuerte y que se atreve á quebrantar los estatutos de la moda y aun los de la urbanidad, si á mano viene, y de paso lleva en sí una. piedra de toque para aquilatar á sus prójimos ó para descubrir verdades trascendentales. El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indis- creto son balanzas con un brazo, trastos inútiles.