SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— 174 — ))La audacia se adquiere conociendo el mundo, y la discreción conociendo al hombre. Si me pre- guntáis cuál es el hombre más sabio, os diré: el que, viendo un mapamundi, ve en él con amplio espíritu un escenario donde se mueve la humani- dad entera; y el abarcarlo todo de una ojeada no ha de estorbarle para conocer á fondo el espíritu de cada uno de los hombres con quien el azar le ponga en contacto.

í)¡Hay que trabajar! Pero ¿en qué, cómo y para qué? El trabajo más productivo es el más libre; yo he trabajado bastante en mi vida, y nunca he trabajado más ni con más gusto que ahora, que no sólo trabajo con entera libertad, sino que ni siquiera me mueve el deseo de adquirir la riqueza. La propiedad, lejos de ser un estímulo, es la expre- sión de la fuerza que domina hoy con no menor suavidad que la de las armas. El arte de trabajar no tiene nada que ver con el de enriquecerse; el que aprende á trabajar ha aprendido á ser eterna- mente pobre; para ser rico hay que aprender á ex- plotar á los que trabajan; para ser millonario hay que saber engañar á los explotadores. > — Pues ahí le duele — interrumpí yo. — Hay que destruir este régimen abusivo por medio de leyes justas; por eso he sostenido en los artículos que tanto has maltratado que la caridad no basta, y que hay que transformarla en reparación social, en algo que no dependa de la dureza ó blandura de corazón de los que poseen.

— Esa idea — ^me dijo — la has tomado de los au- tores positivistas, que son una plaga más temible que la langosta. Lo mismo da endulzar las amar- - 175 — garas de la miseria con una limosna anónima que con una pensión consignada en algún presupuesto. La limosna parece más denigrante, pero la pen- sión es nna limosna fría, sin alma. Puesto en el extremo, yo preferiría mendigar por las calles á vivir encasillado en un asilo. Todas esas compo- nendas son inútiles, porque en ellas se conserva la causa permanente del mal; más bello que dar es no tener nada que dar, cuando se posee sólo lo necesario para el día y se deja lo demás para que otro lo recoja.

» Mejor que la observación de la vida es la acción sobre la vida. La acción exterior y casi mecánica en las obras de arte, nos parece ya ri- dicula. ¿Qué importa lo que los hombres hagan si es lo mismo que ya se ha hecho mil veces? ¿Y qué importa observar si no cambia el objeto de la observaciÓQ? Lo bello sería obrar sobre el espíritu de los hombres. Si hay gloria en matar, más glo- rioso es un microbio que el héroe triunfador en la batalla. Los héroes del porvenir triunfarán en se- creto, dominando invisiblemente el espíritu y sus- citando en cada espíritu un mundo ideal.

)) Todos los hombres creen que hay que buscar los medios de sostener una familia antes de tenerla. Esto se llama prudencia y sensatez, y yo lo llamo necedad. Tú habrás pensado en casarte, y no te decides á hacerlo hasta que tengas recursos hol- gados con que atender á la que será tu esposa y á los que serán tus hijos. El centro de tu vida ac- tual ese se porvenir desconocido, y mientras llega vives sin hacer cosa de provecho. Mejor sería que miraras el presente y que pensaras que un — 176 — — 176 — hombre debe vivir siempre como si no hubiese de cambiar jamás. El que se reserva el día de hoy para ser más el día de mañana, es tan cobarde como el soldado ó el general que aspira á ser hé- roe de la batalla decisiva, dejando que otros lu- chen y caigan en las pequeñas escaramuzas sin provecho y sin gloria; como si las escaramuzas no influyesen en el éxito final de las guerras. Vive, pues, hoy, sin reservarte para mañana, que tu valor te será recompensado; la fuerza que hoy gastes reaparecerá en ti mañana con creces; por- que el espíritu del hombre ruin es cada día más pequeño, y el del hombre generoso cada día más grande. Tú vives solo y apenas tienes para vivir, cuando con lo que tienes podrían vivir contigo diez más. Vas á tardar varios años en constituir una familia, cuando podías constituirla ahora mismo sin quebraderos de cabeza. ¿Cómo? Unién- dote á una mujer del pueblo.

))La familia actual es un centro de guerra, que justifica los egoísmos más execrables de los indi- viduos. Hay perfectos padres de familia que co- meten á diario grandes barrabasadas sin remor- dimiento de conciencia, porque les disculpa el amor á sus hijos, el deseo de dejarles bien abri- gados, á cubierto de las contingencias del porve- nir, sin pensar que antes que al porvenir de sus propios hijos deberían atender al presente de los hijos ajenos. Contra esa inexpugnable fortaleza de la familia de sangre y de intereses, causa de nuestras luchas enconadas, hay que levantar otra fortaleza más alta: la de la familia de voluntad y de ideas.

— 177 — — 177 — ))Deja que se acerquen á ti cuantos quieran acercarse y vive con ellos; y si no tienen educa- ción te ha caído un trabajo, el de educarlos á tu gusto; y si te dan mal pago, como es de esperar, no te importe, porque sin querer te pagarán, dán- dote ocasión para que por ellos seas más hombre que eras antes. Ahora vives vida falsa, porque el centro de tu vida es el porvenir; te casarás con una mujer muy distinguida, y quizás pretenciosa, que te secará el poco jugo que te queda, y ten- drás unos chiquillos que parecerán arrancados de un figurín. Yo os aseguro, y credlo, que un hombre no posee verdadera energía espiritual sino cuando trabaja para remontarse á las cumbres más altas del pensamiento y descansa de sus ta- reas acostándose al lado de una mujer esencial- mente proletaria. Si mediante un tan feliz con- cierto sale á luz un hijo bien dotado, puedes formar con él un verdadero hombre; le enseñas un oficio para que sepa ganarse el sustento con los brazos; le instruyes en ciencias y artes para que pueda aplicarse á diversas profesiones, y le aficionas á la filosofía, que da la superioridad in- telectual.

DMientras los hombres que creen ser listos redu- cen cada día más la familia y aumentan sin cesar las ganancias para que nada falte, tú, como más torpe, agrandas la familia y no te molestas en ganar más que lo preciso para vivir. Y al cabo de algún tiempo notarás que los listos se van achicando y que tú te vas agrandando, y que de las familias pequeñas, por falta de choque espiri- tual, no salen más que mentecatos instruidos; en 12 — 178 — tanto que de la tuya, aun siendo de gente pobre, que es la que se avendría á vivir del modo que voy diciendo, verás nacer la fuerza y la origina- lidad, que en vano buscan los hombres por el mundo.

)) — Y si me muero— preguntarás, — ¿qué será de esa familia sin recursos?

» — Si te mueres — te contesto, — diremos como en el juego: otro talla. Condúcete humanamente mientras vivas, y deja que otros, con el temor y el pretexto de lo que ocurrirá después de su muer- te, continúen viviendo tan mal que los juzguemos indignos de haber nacido. Aunque no dejes recur- sos, dejas jirones de tu personalidad adheridos á cuantos cerca de ti vivieron, y dejas el ejemplo de tn vida, que es el único testamento que debe dejar un hombre honrado.

))Hay quien coloca el centro de la vida humana en el poder exterior, en la riqueza, en nn bien convencional. Yo pongo el centro en el espíritu. ¿Qué soy? Nada. ¿Qué apetezco? Nada. ¿Qué re- presento? Nada. ¿Qué poseo? Nada. Ahora estoy en camino de ser un verdadero hombre, puesto que si existe mi personalidad sin buscar apoyo fuera de sí, es porque dentro tiene su fuerza.

))La personalidad se acentúa con el ejercicio. Al derrocharla en trabajos al parecer improductivos, se adquieren fuerzas para crear obras útiles. Y lo esencial no es la obra, sino que la máquina esté siempre expedita para funcionar. En una herrería lo importante es la fragua, porque sin ella, la he- rrería no existe; lo accidental es que de la herre- ría salgan trébedes, tenazas, badilas, rejas de ara- — 179 — do ó instrumentos de varias aplicaciones. Así, en el hombre lo de menos es seguir estos ó aquellos estudios, dedicarse á esta ó aquella profesión; lo de más es ser hombre, y para serlo hay que te- ner encendida la fragua.

))¿Cómo se consigue esto? Muy fácil: dándole al fuelle. La fragua del hombre está en el cerebro, y el fuelle es la palabra. El cerebro es un antro desconocido; jjero la palabra depende de nuestra voluntad, y por medio de la palabra podemos in- fluir en nuestro cerebro. La transformación de la humanidad se opera mediante invenciones inte- lectuales, que más tarde se convierten en hechos reales. Se inicia una nueva idea, y esta idea, que al principio pugna con la realidad, comienza á flo- recer y á fructificar y á crear un nuevo concepto de la vida. Y al cabo de algún tiempo la idea está humanizada, triunfa, impera y destruye de re- chazo la que le precedió. También el hombre se transforma á sí mismo expresando en alta voz ideas, que al principio son conceptos puramente intelectuales, y luego, por reflexión, se convierten en pauta de la vida; porque la realización mate- rial de una idea exige la previa realización ideal. Cuando no se tienen ideas, la palabra es inútil y aun nociva. Si la fragua está apagada, ¿qué se consigue con darle al fuelle? Enfriar más los car- bones. De aquí la conveniencia del silencio pita- górico, precursor de la idea é indicio de preñez espiritual. Quienquiera que, teniendo el cerebro vacío, hable sólo para aturdir á los que le escuchan, debe callar en el acto. El hablar maquinal- mente revela temor en la inteligencia; es como el canto con que disfraza su cobardía el pusilánime cuando pasa por un sitio que le inspira miedo. En cambio, la palabra que anuncia una idea es útilí- sima, porque es el primer paso para realizarla. Al principio nos parece la idea imposible ó absur- da; después de anunciada nos va pareciendo po- sible y natural, aunque superior á nuestras fuer- zas; por último, nuestras fuerzas se excitan, se ponen á la altura del propósito, y á veces lo supe- ran. Una arenga impetuosa decide el triunfo en una batalla. Una palabra empeñada lleva á un hombre á acometer empresas superiores á sus pro- pios intentos. Un hombre tenaz, animado por una^ idea claramente concebida y expresada, triunfa siempre, aunque luche contra él la sociedad ente- ra. No sólo el hombre, hasta los animales se de- jan influir por la acción sugestiva de la palabra; por esto la cualidad esencial de un carretero es tener buenos pulmones.

))La mayoría de los hombres son comparables á un viajero tonto, que emprende un largo viaje llevando todo lo necesario, excepto espíritu para ver las cosas. Todos procuran ser algo, y casi todos se olvidan de ser. Por lo cual, entre tantos hombres clasificados ó clasificables como existen sobre la superficie del globo, no es fácil hallar un hombre verdadero. Aunque en vez de una linterna llevásemos una lámpara incandescente, no ade- lantaríamos hoy más que adelantó Diógenes en su tiempo, porque conforme va aumentando la potencia de la luz artificial va disminuyendo la humanidad del género humano.

))Hay, pues, que ser hombre ante todo, dejando — 181 — para después los estudios y trabajos que nos en- tretienen ó nos dan el pan de cada día. Y la ca- lidad del hombre se ha de conocer, no en simples palabras, sino en hechos, en la comprensión total de la vida. He aquí un hecho usual, que puede servirnos de medio de prueba: ¿Qué hombre no ha hallado alguna vez á una mujer caída en el vicio? Este hallazgo vulgar inspira varios pensamientos, en los cuales cada hombre da la medida de su hu- manidad. La mayor parte no piensa más que en aprovecharse de la desgracia para satisfacer su sensualidad; éstos son hombres apagados, mejor dicho, son bestias. En otros más intelectuales, la mensualidad queda dominada por la curiosidad; el médico ve allí un caso patológico; el literato, un caso novelesco ó dramático; el pintor, un caso pictórico, y así por el estilo mil casos ó asuntos, según los diversos puntos de vista. ¿Cuánto más noble no es el que siente piedad y ama á la mujer caída, y por el amor la regenera y la redime? El que mira con amor al desvalido, es más humano que el que le estudia sin amarle. Pero se puede hacer por esa mujer caída algo más que redimirla por el amor: se puede subir aún más alto » Pío Cid dobló el papel y lo dió á Moro, dicién- •dole: — Guarde usted eso, y si le parece que sirve publíquelo en la Revista nonata.

— Pero ¿ha concluido usted ya? — preguntó Moro.

— Sí, ya he concluido; y el papel, aunque era grande, se concluyó también al llegar ahí.

— Pues falta precisamente lo esencial — dijo — 182 — Moro — porque yo le confieso á usted que no sé qué se pueda hacer más por una mujer mala que amarla y rehabilitarla á los ojos del mundo.

— Se puede hacer más — contestó Pío Cid; — pero esto no está en mi mano declararlo, porque, si lo declarara, les habría descubierto á ustedes la ley primitiva y perenne de la creación.

— ¿Y qué mal habría en ello? — preguntó Moro mirando á Pío Cid, como si dudase de que éste hablara en serio ó se hallara en su cabal juicio.

— Ya ha oído usted — contestó Pío Cid — que para mí el carácter humano está constituido por el equilibrio de dos fuerzas antagónicas: la mesura y la audacia. Yo he tenido ó creo haber tenido (que para el caso es igual) la audacia de concebir una ley nueva, que, más que ley, es aspiración permanente del universo; y como sé que todos los inventores lo pasan muy mal y yo no estoy por que nadie me fastidie, quiero demostrar mi me- sura reservándome el secreto. Así conseguiré ser un inventor feliz, especie nueva en la historia hu- mana.

— Dispense usted que le diga — argüyó Miranda algo amoscado, porque creía que Pío Cid hablaba en tono zumbón — que por el sistema de usted to- dos podemos ser grandes inventores. Basta decir que hemos descubierto un nuevo planeta, pero que nos reservamos fijar el punto del espacio en que se halla.

— Yo he descubierto más que todo eso — con- testó Pío Cid, — porque he descubierto que no hay tales planetas, ni tales satélites, ni tales cometas, ni astro alguno en el espacio, y en su día lo de~ — 183 — mostraré. Cuando yo digo que me reservo el se- creto de mi descubrimiento, debo decir que aplazo la revelación para después de mi muerte. Si des- pués de muerto se demuestra que desgraciada- mente me había equivocado, la demostración llega tarde, y yo me he ido al otro mundo con mi ilu- sión en el cuerpo; y si, al contrario, mi invención es verdadera, la envidia no puede ya tocarme. Yo desprecio la gloria; utilidad no la busco, ni mi invento es útil, que si lo fuera lo descubriría en el acto, porque entonces no tendría importan- cia mayor. Así, pues, no hay razón ninguna que me aconseje romper mi silencio, y les ruego á us- tedes que tengan espera y suspendan su juicio hasta después de mi muerte, que poco ha de tar- dar.

— Entonces — dijo Moro — ¿hará usted esa reve- lación en su testamento?

— Pienso morir intestado — contestó Pío Cid. — La dejaré en una tragedia que tengo ya escrita, y cuya acción se desarrolla precisamente aquí, en la Alhambra.

— ¿Y cómo se titula esa tragedia? — preguntó Ceres, que no concebía nada sin título.

— No se titula de ningún modo — contestó Pío Cid. — Interinamente la pueden ustedes llamar Tragedia, pues en realidad no es una tragedia particular, sino la tragedia invariable de la vida.

— Hombre, nos ha excitado usted la curiosidad de tal modo — dijo Gaudente el viejo tomando un vaso de agua con azucarillo, — que vamos, sin quererle á usted mal, á desear que se muera pronto.

— 184 — — Yo me moriré cuando quiera — dijo Pío Cid, — y aun soy capaz de aligerar á morirme por dar gusto á ustedes.

— Eso no — dijo Raudo; — por ahora nos conten- tamos con leer su artículo, que tiene bastante miga. Es una medicina que hay que tomar á pe- queñas dosis.

— Pues para mí es como agua destilada — re- plicó Castejón.

Después de la lectura de Pío Cid y de los co- mentarios á que dió lugar, hubo aún tiempo para que leyera Miranda su linda y breve novela La cáscai^a amarga, cuadro primoroso de costumbres del Albaicín, y Castejón el capítulo primero de la leyenda árabe que tenía entre manos desde ha- cía mucho tiempo. Con lo cual se hizo de noche, y acordamos subir á merendar á un ventorro de la Alhambra, donde Moro, que además de poeta era gran guitarrista, nos hizo pasar un rato delicioso oyéndole rasguear unos jaleos de su invención. La literatura y la música nos abrieron el apetito de par en par, y bien pronto estuvimos todos de acuerdo para declarar que nuestros trabajos jun- tos no valían lo que la pescada en blanco y el jamón con tomate con que no regaló el pico el amable ventorrillero. Hubo derroche de líquidos, discursos y su poquito de cante, y acaso nos hu- biera amanecido si no estuviera ya resuelto nues- tro viaje. El viejo Gaudente se achispó é hizo con- sideraciones muy sentidas acerca de la brevedad de nuestra vida y de la conveniencia de aprove- char el tiempo para divertirse cuanto buenamente se pueda.

— 185 — — 185 — — Yo no soy aficionado á filosofías — concluyó dirigiéndose á Pío Cid, — y no me lie hecho cargo de lo que usted nos ha leído; pero creo que cuando nn hombre aprende á pasar ratos tan agradables como éste de hoy, ha aprendido cuanto necesita para vivir, y todo lo demás le sobra. Su receta será buena; pero este vinillo blanco es mejor. Brindo, pues, por el dios Baco y por su distinguida esposa la diosa Alegría, en cuyo seno se olvida uno de todas las ciencias y de todas las artes inútiles inventadas por los tontos.

Fué tal el brío con que quiso apurar la copa, que le saltó el botón del cuello de la camisa, y como el cuello era postizo, se le quedó suelto por gola, dando al alegre viejo un aire cómico que nos hizo reír á carcajadas.

Pío Cid tomó pie de ello para pronunciar una tremenda filípica contra los puños y cuellos pos- tizos, que, en su opinión, eran la expresión más ridicula que cabe concebir de la triste instabilidad de las cosas humanas.

— Ese botón que se ha roto — añadió — es como la alegría invocada por el amigo Gaudente. Si pudiéramos ir sin botones, y aun sin camisas, yo sería el primero que me pondría en cueros vivos; pero un botón que se rompe nos obliga á buscar otro, y lo mejor es usarlos de metal duro para que no se rompan jamás. ¿De qué sirve romper la triste monotonía de la vida con una alegre borra- chera, si á poco hemos de volver á la monotonía, quedándonos sólo el amargor de boca del pequeño abuso que cometimos? Esas alegrías, postizas como los cuellos, á mí no me satisfacen. Busque- — 186 — mos la alegría en lo hondo y en lo íntimo de nues- tro espíritu, y si llegamos á hallarla nos parecerán despreciables esos breves aturdimientos con que antes distraíamos nuestra tristeza. Ya sé que el hombre aturdido, que se ríe de todas las cosas, es más simpático que el grave predicador, el cual muy fácilmente se lleva los títulos de pedante y burro. Yo he pasado con vosotros uno de los días más alegres de mi vida; pero mi alegría no pro- viene del beber, porque no he bebido; ni del co- mer, porque apenas he comido, bien que por el olor comprendiera que el amo de este castillo no es rana; si voy á decir la verdad no he comido más que aceitunas, que me gustan al perder desde pequeño; y aun os he de declarar que este plato, andaluz por esencia, por ser nuestro suelo el más olivífero del mundo, es mi plato favorito, y os lo recomiendo porque desarrolla la energía cerebral con caracteres originales. Los grandes filósofos griegos fueron devotos de la aceitima. La cultura griega debe más al olivo que á ningún otro árbol ó planta; y la nación más apta hoy para ejercer en el mundo la supremacía ideal es España, por ser la nación que produce mayor cantidad de aceite. Pero dejando á un lado estos perfiles, os aseguro que hoy he estado yo alegre, y que mi alegría no viene de excesos que no he cometido, sino de una complacencia puramente espiritual. Ya sabéis que amo el aire sano y la luz natural, el agua cristalina y el arte puro. Para mí, la verda- dera civilización es la que florece en medio de la Naturaleza. Si hubierais estado en un salón de se- siones, con un presidente que os diera y os quitara — 187 — la palabra á campanillazos, hubierais visto cuán pronto escurría yo el bulto; mientras que en una asamblea acéfala, y bajo la bóveda del cielo, me figuraba que no éramos cultivadores artificiosos de las letras, sino más bien como un grupo de brace- ros del campo que suspende sus faenas un momento y se pone á la redonda para fumar un cigarrillo. Si tuvierais paciencia para seguir muchos años estas saludables prácticas, veríais surgir verdaderos portentos; porque el arte original nace siempre al aire libre, cuando el hombre se remonta al ideal, sin separar los pies del terruño, ni los ojos de la contemplación de las bellezas naturales.

Este breve discurso mereció la aprobación del auditorio y fué la señal de la dispersión. Todos quisieron despedirnos, y jautos bajamos por las cuestas de la Alhambra en grupos. Yo vine todo el camino con Miranda comunicándonos nuestras impresiones.

— Si quieres que te diga mi verdadera opinión — me dijo, — Pío Cid me ha parecido un hombre extravagante. No es un tipo vulgar, pero tampoco es lo que tú nos habías anunciado. Mucho más va- len los versos de Moro y el relato de Antón, que la sarta de incoherencias que él nos ha enjaretado en su Ecce homo.

— No es posible comparar una cosa con otra —. repliqué yo. — Lo que han leído Moro y Sauce son trabajos literarios, á los que ya está hecho nuestro paladar, y lo que ha leído Pío Cid es cosa nueva, que no es ciencia ni arte.

— Pues ¿qué es entonces? — me preguntó Mi- randa.

— 188 — — Es una creación — le contesté. — Es incolie- rente como una receta, en la que un médico com- bina diversas sustancias que nada tienen que ver las unas con las otras; pero si la receta cura, ¿qué más se puede apetecer?

— ¿Y tú crees que la receta de Pío Cid puede reconstituir el carácter y robustecer la voluntad, ni que haya quien pueda seguir los consejos de la receta?

— Si no hay muchos que los sigan, habrá al- guno; y basta para el caso que uno los siga y los demás aprendan á tener amplitud de criterio para comprenderle y no censurarle. Lo que á primera vista parece extravagancia, puede muy bien ser como el sabor desagradable de ciertos medica- mentos; quizás después de varias lecturas des- aparezca el mal sabor, y entonces, asimiladas ya las ideas, serán como el espigón de una estatua que se nos ha metido dentro del cuerpo. Yo creo que Pío Cid conoce el espíritu del hombre; que así como un mecánico monta y desmonta una má- quina, cuyo mecanismo es para los profanos in- comprensible, así él manipula en el espíritu humano y lo transforma.

— Pero si eso fuera cierto, Pío Cid sería un hombre distinto de los demás.

— Todos los hombres son iguales, y los que des- cubren algo nuevo son tan hombres como los otros. Tienen cierta superioridad momentánea hasta tanto que el invento se divulga y caemos en la cuenta de que la idea misteriosa es como el huevo de Colón. Desde que el mundo es mundo ha ha- bido hombres que han influido sobre el espíritu — 189 — — 189 — de otros hombres; lo han hecho á ciegas, tanteando, á la manera de los pedagogos. Figúrate que se logra descomponer el alma del hombre, como se descompone la luz en el prisma, y descubrir la variedad de fuerzas que la constituyen, y combi- nar estas fuerzas para producir estados originales. Conocida la ley fundamental de la creación, ¿quién sabe adonde podrían llegar las consecuencias?

— ¿Y es ese el invento*de tu amigo? — me pre- guntó Miranda.

— No es ése — le contesté yo. — Hablo por ha- blar, pues no estoy más enterado que tú. Y casi creería que no hay tal invento, y que Pío Cid es un humorista serio, que ha tomado el mundo por vaina. Pero, aunque así fuera, él hace cosas que no es capaz de hacerlas nadie.

Después de pasar un rato con mi familia, volví á reunirme con mis amigos en la Puerta Real cuando ya iba á salir la diligencia. Nos acomoda- mos Pío Cid y yo en la berlina, y con sendos apretones de mano nos despedimos de nuestros ilustres compañeros, ofreciéndoles volver al año próximo. Así terminó la notable jornada, de la que aún conservo vivísimo el recuerdo; pues aun- que son muchas las que he pasado alegremente en la grata sociedad de estos buenos amigos, nin- guna fué tan bien aprovechada como la de este día, la cual influyó, además, en el rumbo de mi vida del modo que verá el que leyere.

Nada de particular nos ocurrió durante el viaje. Yo no tenía sueño, y quise entablar con- versación con Pío Cid, pero éste me dijo que una de las condiciones del trabajo intelectual, qxie por — 190 — — 190 — olvido no había consignado en su receta, era dor- mir ocho ó diez horas de un tirón todas las no- ches, sin lo cual el cerebro no se limpia bien de sus impurezas, y funciona con lentitud y pesadez. Esto era lo mismo que decirme que le dejara en paz, y así lo hice. Tampoco jjude pegar la hebra con el mayoral, porque éste era hombre de pocas palabras. Era tuerto y de genio áspero, y, según las ideas de Pío Cid, podía ser considerado como un silencioso activo; sólo despegaba los labios para chupar, y más que para chupar para morder y mascar la negra tagarnina que llevaba constan- temente en la boca; pero no dejó en paz un mo- mento el látigo, que tampoco producía gran efec- to, pues en particular las muías de lanza lo recibían sobre las costillas como un suave pasa- mano. En resumen, íbamos igual ó mejor que en un tren expreso. No volcamos, ni salieron á ro- barnos, ni nos sucedió nada de lo que cuentan ciertos viajeros mentirosos. El mayoral y sus muías, influidos por las ideas de ¡progreso de nues- tra época, funcionaban con la misma regularidad que una locomotora, y por añadidura no había miedo de que descarriláramos.

En Jaén fuimos á parar á casa de una amiga mía, que vivía en la calle Maestra, y se nos fué el tiempo tan sin sentir que me faltó para dar un vistazo á la catedral, y tuve que dejarlo para otra ocasión, contentándome con ver la fachada. En cuanto á Pío Cid, creo que con la fachada tendría bastante para figurarse cómo era la igle- sia por dentro, á juzgar por un rasgo sorprendente ■que tuvo aquel mismo día, cuando salimos de — 191 — Jaén con dirección á Espelúy, donde debíamos tomar el correo de Andalncía para Madrid. Hacía calor, y para ir más ventilados nos metimos en nn coche de tercera, de compartimientos corridos. Pío Cid, sentado frente á mí, leyó en el testero del coche el letrero que decía: «40 asientos;), y me hizo notar que habían raspado la 2, la e j Isl t, j ha- bían dejado: «40 asnos».

— ¿Ahora te enteras de eso? — le dije yo. — Desde que hay ferrocarriles en España, todos los coches llevan la marca de los 40 asnos. Esa es la protesta nacional contra el mal servicio que tene- mos, y quién sabe si será también una queja con- tra el sistema moderno de viajar, que parece más propio de bestias que de hombres.

— Pues á mí me coge de nuevas — me contestó; — mira qué atrasado estoy de noticias.

En esto entró en el coche, y se sentó de espaldas en el extremo opuesto, una mujer que, vista por detrás, tenía el aire de buena moza. Era alta, forni- da y ancha de hombros; la cabeza bastante gorda, con abundante cabello negro, y las orejas muy bo- nitas; llevaba un pañuelo negro, de seda, caído so- bre los hombros; pendientes de corales, y una pei- neta grande de concha. Yo me quedé mirándola un buen rato, y Pío Cid me preguntó que qué miraba.

— Es una mujer que ha entrado. No le he visto la cara, -pero tiene mucho trapío, y por detrás da gran golpe.

— Voy á ver — dijo Pío Cid, volviéndose para mirar. Y al punto añadió: — Es mejor la cruz que la cara. Tiene los ojos juntos, el entrecejo cerrado, la boca grande y su poquito de bigote.

— 192 — — Pero ¿le has visto la cara?

— No hace falta. ¿No hay quien reconstituye un animal por un hueso? Pues dame una oreja, y te reconstituyo una fisonomía.

— Lo que es ésa no pasa. No tan calvos que se nos vean los sesos.