SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— Suponte — me dijo — que te enseño dos duros por la cruz, y tú, sia necesidad de fijarte, me di- ces: éste es isabelino y éste es alfonsino. ¿Cómo sa- bes esto, si no has visto los bustos de Alfonso y de Isabel? ¿Si no has leído tampoco las inscrip- ciones? Lo sabes porque los escudos son diferentes, y has adquirido el hábito de asociar tal busto á tal escudo. Del mismo modo puedes acostum- brarte á asociar los diversos rasgos fisonómicos. Esto requiere mucha experiencia, porque las com- binaciones son infinitas; pero como posible, es po- sible: no tengas la menor duda.

Largo tiempo duró mi incertidumbre, porque la mujer de la cabeza gorda no dejaba ver la cara, bien que su reservada actitud fuera ya indicio de que no tenía grandes atractivos que mostrar; al fin bajó del tren en la estación de Menjíbar, y con asombro vi que era tal como Pío Cid me la había descrito: cejijunta, bigotuda y de aspecto agrio, como de persona que padece del estómago ó del hígado. No paró el incidente aquí, pues, excitada mi curiosidad, quise que mi amigo me explicase cómo adivinaba las fisonomías, y él me dió la pri- mera lección de este arte extraño, y para mí des- conocido hasta de nombre. No recuerdo ahora lo que me dijo; sólo tengo idea de que habló de las diversas razas que han habitado nuestra penínsu- — 193 — — 193 — la á partir de los trogloditas, precursores de ibe- ros y celtas, y de los caracteres plásticos de cada una, sola ó en las diversas combinaciones á que pueden dar lugar. Así, de la mujer cabezuda me aseguró que era una amalgama, triple, irregular y poco fecunda, y que, descompuesta en diez par- tes, daría el resultado: 10 = 1T + 7R+2M. Es decir, que tenía una unidad raíz, base túrdula; siete románicas, que daban carácter á la mezcla, y dos moriscas, apenas indicadas en los ojos. Esto, dicho por mí, quizás no tenga gracia, pero en la forma en que Pío Cid me lo explicó, sería más gracioso y entretenido que la más chispeante comedia.

Llegamos á Espelúy, y encontramos atestados de gente todos los coches de segunda, que era la clase en que nosotros viajábamos. Yo pensé pedir suplemento, pero Pío Cid se había quedado sin un real y no quería que yo pagase por él. Sin embargo, nos salió la misma cuenta, porque á úl- tima hora, por falta de asientos, un revisor, que me conocía, nos colocó, sin pagar más, en un co- che de primera, donde iban sólo dos viajeros. Apenas nos sentamos se puso el tren en marcha, y entonces me fijé en nuestros compañeros de viaje. Eran un hombre y una mujer; el hombre estaba tumbado á la larga frente á mí, y dormía con la cara tapada con un pañuelo; la mujer es- taba sentada en un rincón frente á Pío Cid, y era joven y muy simpática. Vestía como una señora, pero su tipo era más bien popular; era alta y del- gada, pero no enjuta, pues tenía muy buena pe- chera, y la manga ajustada (aun no había venido 13 - 194 — 13 - 194 — la funesta moda de las mangas en forma de ja- món), acnsaba nnos molleros muy bien hechos. Llevaba un traje claro, sencillo, y una mantele- tilla roja suelta sobre los hombros. Los ojos ne- gros, vivos; las cejas muy arqueadas, la nariz graciosa, un poco gruesecilla, y la boca fresca y risueña. Era bella y arrogante, pero lo más sin- gular de su persona era el peinado, de raya par- tida; el cabello negro, ondulante, caía en dos pabellones, tapando casi las orejas, y luego se re- cogía por detrás en cordón para formar una espe- cie de rodete de estilo bizantino, y del centro del rodete salía, á modo de plumero, un mechón de pelo rizado. Era un peinado original; transición del bizantino al griego, con añadiduras fantásti- cas, y un poco churriguerescas, pero que revela- ban cierta independencia de carácter y gusto en aquella joven interesante. Pío Cid la miraba con el descaro fraternal con que solía mirar á todas las mujeres, y por último le dijo: — Usted me dispensará la libertad que me tomo, pero tiene usted un tiznoncillo en la cara — Da pena viajar en estos trenes— dijo la jo- ven con voz armoniosa, sacando del bolsillo un pañuelo para limpiarse.

— Más acá, más allá — decía Pío Cid, sin apartar los ojos del pañuelo; y por último: — Ya está bien.

— Gracias — dijo la joven inclinando levemente la cabeza.

Yo hacía esfuerzos para no reírme de la ocu- rrencia de Pío Cid, y me íiguré que era sólo un pretexto para entrar en conversación con la guapa - 195 — viajera. Pero al verle quedarse ensimismado, le pregunté en voz baja: — ¿Para qué le has dado esa broma?

— Era para ver el pañuelo — me contestó, — j para saber, si era posible saberlo por la marca, el nombre de la joven, á la cual al punto he que- rido reconocer Ahora estoy seguro. Esta es Mercedes, la hija del ciego Juan de la Cruz.

Dijo Pío Cid estas palabras con impasibilidad absoluta, y yo las escuché con tanta sorpresa y emoción, que me corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Era la primera vez en mi vida que veía enlazarse el arte con la realidad, y al saber que aquélla era la hija de Juanico el ciego, reapare- ció ante mis ojos el cuadro de dolor y miseria trazado por Antón del Sauce, y vi en Mercedes una mujer distinta de la que antes había visto, cuya belleza no me inspiraba ahora simpatía, sino más bien lástima. Examiné con detenimiento al hombre que iba acostado, y aunque no se le veía la cara, me produjo un sentimiento inexplicable de aversión: era algo obeso, y el vientre, que des- cansaba sobre el asiento, se le movía con el tra- queteo del tren. Sus manos, finas y ensortijadas, daban á entender que era hombre todavía joven.

No tardó en despertar el viajero, y al incorpo- rarse me saludó con cierto embarazo, como no sa- biendo si debía hacerse el desconocido ó si ha- blarme con confianza. Era aquel joven antiguo compañero mío de estudios; pero sólo habíamos estudiado juntos un año, porque él se rezagó, y desde hacía ocho ó diez no nos habíamos vuelto á hablar, aunque en Madrid nos veíamos con fre- — 196 — — 196 — cuencia en los teatros. Era granadino y se lia* maba Juanito Olivares, y no sé con fijeza si ter- minaría al fin los estudios de Derecho, ¡jorque bien que se matriculara siempre, rara vez se exa- minaba. Pero aunque los hubiese terminado, él no vivía de su carrera ni de ninguna profesión cono- cida, y en Madrid le teníamos todos los paisanos por una mala persona. Era jugador y andaba siempre metido con la gente del trueno, que pasa la vida en continua francachela, unos días derro^ chando á lo príncipe, y otros dando sablazos á diestro y siniestro. Tenía también fama de Teño- rio, pero Tenorio achulado, puesto que siempre andaba entre mujeres de mal vivir, y aun se de- cía que las explotaba. Sentí, naturalmente, deseo de saber cómo y por qué caminos había sacado á la hija del ciego del poder de su viejo protector, el montañés Estirado, y al contestar á su saludo, lo hice con amabilidad y llaneza, diciéndole: — Duda usted, quizás, si soy ó no soy un anti- guo condiscípulo. Yo le he reconocido á usted al momento; usted es mi compañero de Derecho ca- nónico, Juan Olivares, y me alegro de que haga- mos juntos el viaje á Madrid.

— Yo también le he conocido á usted — me con- testó,— y al contrario, estaba en duda de que nsted me recordase después de tantos años. Ya veo que es usted buen fisonomista. ¿Ha venido usted por Jaén para evitarse el calor?

— En efecto, he venido en la diligencia con este amigo y paisano, D. Pío Cid — añadí, presen- tándole.

— Tanto gusto en conocerle — dijo Olivares. — — 197 — He leído su nombre en los periódicos Suponga que usted será el diputado electo por Aldamar...Yo tengo parientes en el distrito, y aunque hace años falto de Granada, leo siempre algo de lo que pasa en nuestra tierra.

— Entonces no viene usted ahora de Grana- da — preguntó Pío Cid, asintiendo á las pala^ bras de Olivares.

— No, señor — contestó éste; — vengo de Sevilla, donde he pasado una temporada. Y luego añadió, dirigiéndose á su compañera de viaje: — Mercedes, estos señores son paisanos y ami- gos; vamos, como quien dice, en familia.

— ¿Es también granadina? — pregunté yo, seña- lando con el gesto á Mercedes, por no calificarla de ningún modo. — Yo conozco allí átodo el mun- do, y juraría no haberla visto nunca — Es de Málaga — dijo Olivares. — Este es el primer viaje que hace á Madrid.

— Ya usted á dejar bien puesto el pabellón de ' Andalucía —le dije á la joven, que nos miraba algo inquieta, desde que al oírnos hablar com- prendió lo falso de la situación en que á nuestros ojos se encontraba.

— La verdad es — dijo Olivares — que nosotros los andaluces somos la gente más descastada del mundo. Hace años que vivo yo en Madrid, y uste- des también, sin duda, y no nos hemos visto nun- ca, ó nos hemos visto como si no nos conociéra- mos. Esto no es cosa de nosotros solos, sino de todos los paisanos. No tenemos ningún centro donde reunimos, ni queremos ayudarnos, ni si- quiera tratarnos. Así es tan difícil que hagamos — 198 — — 198 — carrera, y se ve todos los días que muchachos muy aventajados, que con algún apoyo subirían á los primeros puestos, tienen que huir de Madrid con el rabo entre las piernas, para que al llegar á sus provincias les digan que no valen un pito- che y que si no se han abierto camino es porque en la corte se hila muy delgado, y muchos que en provincias parecen algo, aquí se quedan en nada. Ya ven ustedes, cuando el alma me duele á mí de ver cómo ponen por las nubes á muchos zanguan- gos que en sus pueblos no servirían ni para lim- piar botas. El busilis es la protección y el bombo, y eso es lo que nosotros no entendemos todavía, y por eso nos dejamos apabullar.

— Estamos conformes — agregué yo; — pero el mal no tiene remedio, porque á nosotros nos falta espíritu de fraternidad, y sin él, lo más derecho es que cada uno trabaje por su cuenta, y ya que no ayude, que tampoco haga daño á los otros. Ya he pensado yo en que varios amigos fundáramos en Madrid un Centro andaluz; pero luego desistí de mi idea, porque vi que me iba á costar muchos disgustos y quizás salir entrampado, si daba la cara, aunque no fuera más que para los primeros gastos.

— Para sostener un Centro en Madrid hay que permitir el juego — dijo Olivares. — Todos los círculos echan mano de ese recurso, porque más da una mesa que doscientos socios. Si no fuera por eso, ¿creen ustedes que habría en Madrid un círculo para un remedio?

— Claro que no — asentí, no queriendo contra- decir al picaro de Olivares. — Y según la máxima.

— 199 — xima que se atribuye á los jesuítas, de que el fin justifica los medios, yo permitiría jugar á los pro- hibidos si así se lograba sostener una sociedad útil para el progreso del país.

— Para mí, la nación ideal es Monaco — senten- ció Olivares. — Ahí tiene usted una nación donde no hay cobradores de contribuciones; el juego da para todo, el arte prospera, y milagro es el año que no se estrenan obras de mérito, hasta óperas, I)ara que nada falte.

— Lo único malo que encuentro — dije yo, — es que ocurran tantos suicidios — Se exagera mucho — replicó Olivares, — y ade- más, alguna vez tiene uno que morirse, porque no somos eternos. Entre morirse de viejo apes- tando al prójimo, ó suprimirse de un pistoletazo después de sacarle á la vida todo el jugo posible, ¿qué le parece á usted? Yo, por mí, les aseguro que no llegaré á oler á rancio.

— Cada cual entiende la vida á su modo — dijo Pío Cid, — y nadie la entiende bien.

— Ahora ha dicho usted una verdad como un templo — dijo Olivares. — Lo mejor es dejar que cada uno viva como quiera y que se mate, si ese es su gusto, cuando le venga la contraria. Con prohibir las cosas nada se sale ganando, porque lo que no se hace á ojos vistas se hace de ocultis, y es peor lo roto que lo descosido.

No he de aburrir al lector relatando lo mucho y malo que se habló durante el viaje. Pío Cid habló poco, y Mercedes nada. Olivares y yo hici- mos el gasto, y sin darnos cuenta pusimos la mo- ral hecha una lástima. Olivares era muy listo y á — 200 — ratos ocurrente, y daba pena verle tan desatinado y tan sin compostura. Con él no valían predica- ciones, porque todas se las sabía de memoria, y al minuto de oirle se comprendía que su desquicia- miento moral era incurable. Sus ideas era tan ló- gicas desde su punto de vista, que para comba- tirlas había que remontarse á los fundamentos de la filosofía y demostrar que Dios existe, y que existen también el deber y la justicia, y una por- ción de cosas que para Olivares eran música ce- lestial. Yo no me hallé con fuerzas aquel día para meterme en estas honduras, y hube de seguir la corriente para intimar con aquel simpático tunan- te y ver si podía meter las narices en el embrollo de sus relaciones con la bella Mercedes. Mi deseo debía ser el mismo de Olivares, porque nos dió su tarjeta y nos ofreció su casa, y mostró gran em- peño en que fuéramos á visitarle, y su empeño fué mayor con Pío Cid que conmigo, porque cree- ría ver en él más materia explotable. Este detalle y otros muchos me fueron convenciendo de que Mercedes iba á Madrid á hacer el Cristo en ma- nos de su desalmado amante. A ratos pensaba que quizá la hija del ciego estaría ya completa- mente hundida en el vicio cuando Olivares la co- gió por su cuenta; pero me hacía dudar el aire modoso y serio de la joven y el disgusto que ma- nifestaba cuando Olivares nos hablaba sin mira- mientos de los encantos de la vida alegre, libre de trabas y de compromisos. Bien podía ser que Mer- cedes se hubiera enamorado y dejado engañar, porque mi paisano era hombre de mucha labia y de agradable figura; aunque era demasiado grueso — 201 — no tenía el aire pesado y mochilón; al contrario: las carnes le daban aspecto de caballero rico; como iba completamente afeitado, representaba menos años qne tenía (qae debían ser alrededor de los treinta), y en sn tipo había algo de cura, de có- mico y de torero; las facciones correctas, aunque vulgares, y el pelo castaño, tirando á rubio, cor- tado á estilo flamenco, de ese que llaman pan y toros; en suma, una estampa fina y rumbosa, muy á propósito para hacer honda mella en el corazón de una mujer de poca experiencia, que no com- prendiese lo podrido que estaba por dentro aquel galán tan vistoso.

En Alcázar bajamos del tren Olivares y yo para tomar unas copas; Mercedes no quiso acompañar- nos, y Pío Cid pretextó que no le gustaba beber, para quedarse á solas con ella y hablarle y saber a/lgo por donde orientarse acerca del estado de ánimo de la jóven.

— Ya habrá usted visto — le dijo apenas se que- daron solos — cómo me he apresurado á aceptar el ofrecimiento de su amigo de usted, al que pienso corresponder yendo á visitarle con frecuencia; pero mi interés no es por él, es por usted — ¿Por mí? — preguntó Mercedes, sin compren- der adonde iba á parar aquella conversación tan bruscamente comenzada.

— Por usted — repitió Pío Cid. — Deseo hablar con usted de historias antiguas. Usted no me co- noce; pero yo la conozco mucho y deseo ser su amigo.

— Yo no sé qué contestarle, ni comprendo cómo puede usted conocerme.

— 202 — — Ahora no hay tiempo para entrar en expli- caciones. Yo la he conocido á usted hace años y la he reconocido en cuanto la he visto, y usted sabrá las razones que tengo para interesarme por usted. No es curiosidad ni deseo de penetrar en las inte- rioridades de su vida; es un deber que tengo de defender á usted si necesita defensa y de prote- gerla si necesita protección. Cuando hablemos despacio sabré si usted conoce su verdadera si- tuación y si la acepta gustosa, pues en tal caso nada me quedaría que hacer; pero más bien creo que va usted engañada y que quizá agradezca hallar un amigo en Madrid, donde no conocerá á nadie — Siempre es bueno tener amigos, aunque sea en el infierno — contestó Mercedes entre confusa y amable.

— Pero hay amigos, y amigos, y los amigos de una mujer pueden llevar buenas y malas inten- ciones. Las mías son buenas, y si le hablo así es porque creo que otros las tienen malas. Yo la conozco á usted, ya se lo he dicho, y no comprendo que, á pesar de su mala estrella, haya caído tan bajo que se deje explotar por un mal vividor — ¿Qué me dice usted? — preguntó Mercedes.

— Le digo lo que siento. Mi paisano Olivares es un perdido que va á Madrid á divertirse á costa de usted. No parece muy decente que yo aprove- che estos minutos para herirle por la espalda, pero dice el refrán que el qne roba á un ladrón tiene cien años de perdón, y no he de tener yo es- crúpulos para trabajar por el bien de usted, cuan- do él no los habrá tenido para engañarla — 203 — — Yo he nacido con mal sino — dijo Mercedes, con voz triste y apagada.

— Contra el sino está la voluntad — repuso Pío Cid con energía. — Si usted no la tiene, la tengo yo. Y si usted no me agradece la intención me la agradecerá su padre, que, aunque tuvo también mal sino, fué siempre un hombre honrado. El po- bre Juan de la Cruz no merece que su hija única le afrente de ese modo Estas palabras impresionaron vivamente á la joven y le hicieron comprender que quien le ha- blaba no era lo que ella al principio se había figu- rado.

Mercedes conocía sin duda á Juanito Olivares, y sabía ó presentía el papel que iba á representar en Madrid. Se hallaba ligada á él y resuelta á pasar por todo, y acaso se justificaba en sus aden- tros viéndose condenada por la fatalidad, que pa- recía ensañarse con ella como se había ensañado con su padre. Así, al oir á Pío Cid se quedó tur- bada, sin saber qué pensar de aquella inesperada simpatía y de aquella protección generosa que le brindaban. Al principio creyó que Pío Cid comen- zaba á iniciarse como amigo; uno de los muchos amigos que en Madrid frecuentarían el trato de Olivares; luego se figuró que Pío Cid quería ju- garle á éste una mala pasada, y pasó rápida por su mente la comparación entre ambos y la idea de abandonar al uno si el otro ofrecía una situa- ción más decorosa; por último, oyó con extrañeza el apóstrofo duro y amenazador de Pío Cid, y se halló por completo desorientada. En cambio, Pío Cid había seguido atentamente todos estos movi- — 204 — — 204 — mientos, y sabía ya á qué atenerse, más aún, co- nocía á la joven como si la hubiera tratado toda la vida. Porque la atracción misteriosa que Pío Cid ejercía sobre todo el mundo sólo se explicaba por la rapidez con que penetraba en lo íntimo del espíritu de los demás. Cuatro palabras le bastaban para conocer á una persona y para descubrir el punto vulnerable y dominarla. Y en ninguna oca- sión, ni cuando engañó á Martina y se la llevó á la casa de huéspedes como si fuera una niña de pocos años, estuvo tan diestro como al apoderarse del alma de Mercedes, quizás porque al fijarse en ella era más pura la intención que le animaba. El único escollo que temía era que la joven estuviera desmoralizada y subyugada por el atractivo de la vida que su amante comenzaba á darle á conocer; pero al ver cruzar por los ojos de Mercedes la idea de la traición, se convenció de que el domi- nio de Olivares era sólo material. La esclavitud sin amor es germen perpetuo de rebeldía, y Pío Cid pensó en el acto suscitar en la joven el deseo de libertad.

— Dispense usted la rudeza con que me he ex- presado— dijo después de una breve pausa. — Yo sé que usted no tiene la culpa de lo que le ocurre, porque sola, sin tener en el mundo nadie que se interesara por usted, ¿ qué iba usted á hacer sino dejarse arrastrar adonde quisieran llevarla? Pero ahora varía la situación; si usted se halla á dis- gusto en la vida que lleva y se decide á abando- narla, cuente usted con un amigo, que soy yo, y con una casa, que es la mía ¿Qué puede usted perder en el cambio? Nada. Si no le fuera á usted — 205 — bien conmigo y con mi familia, es usted libre para hacer lo que más le agrade. El mayor mal que puede ocurrir le es el que ahora le está ocurriendo. Usted es muy bella y graciosa, y hallará siempre hombres á montones para vivir como vive. La des- gracia de usted no ha sido dar los malos pasos que ha dado; ha sido caer en manos de un tronera, que quizás, después de sacarle á usted el jugo, la tire á la calle cuando ya no sirva usted para su especu- lación. Si al menos la quisiera á usted, pero no lo creo. Hombres como Olivares, y mucho mejores, los encontrará usted en cualquiera parte á todas horas; pero una casa amiga no se encuentra fácil- mente, y puesto que usted la ha encontrado no debe vacilar. Pruebe usted á ver si puede dominar ese mal sino que cree que la persigue Yo le ayudaré.

— ¿Tiene usted familia? — preguntó Mercedes.

— La tengo y numerosa, y esté usted segura de que será recibida en mi casa con la mejor volun- tad. A usted quizás le extrañe esto, porque no es corriente que una joven desconocida éntre en una casa si no es como criada ó institutriz, ó con algún cargo que justifique su presencia; en mi casa no hay servidumbre, y usted entraría como lo que es, como una huérfana, á la que se desea dirigir y educar; ese sería mi gusto y es también mi obli- gación, según verá usted cuando yo le explique las razones que tengo para hablarle como ahora ^le hablo. Pero ahora lo que interesa es que usted sepa donde vivo No tengo tarjetas; lo pondré en esta misma — añadió, sacando la que le había dado Olivares y dándosela á Mercedes, después de escribir con lápiz su nombre y señas.

— 206 — — ¿Ha leído usted las señas de la casa donde voy á vivir? — preguntó Mercedes, mirando la tar- jeta.

— Calle de Fuencarral, conozco la casa — con- testó Pío Cid.

— ¿Está muy lejos la calle de Villanueva? — volvió á preguntar Mercedes.

— Lo cerca ó lo lejos no importa. Usted no co- noce Madrid, y lo que haría sería tomar un coche y dar la dirección al cochero. Yo iré á visitarla á usted; pero no está de más la precaución, porque pudiera convenirle á usted apresurar su escapa- toria. Cuando un hombre como Olivares tiene casa puesta en Madrid, es seguro que no está solo, y quizás encuentre usted algo que no sea de su gusto.

— Dice que tiene un ama de gobierno paisana suya.

— Puede que sea así — asintió Pío Cid. — Pronto lo verá usted.

— Pero aunque yo quisiera romper — dijo Mercedes. — ¿Con qué cara me presentaría te- niendo usted familia?

— Si no estuviera mi familia por medio — re- plicó Pío Cid, — podría usted creer que iba á salir de Herodes para entrar en Pilatos Yo no soy ningún vejestorio y usted es muy guapa, y si le propusiera vivir sola conmigo Pero ahí están; cortemos la conversación.

Hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, seguimos Olivares y yo en vivo coloquio, como grandes amigotes. Pío Cid no habló más con él, porque le sería penoso fingir amistad ó confianza, — 207 — después de la treta que acababa de jugarle. Mer- cedes siguió silenciosa, rumiando la idea de rebe- lión que Pío Cid le había metido en la cabeza. No hay nada que impresione á la mujer tanto como las verdades útiles y de sentido común; y Pío Cid, á vueltas de proyectos moralizadores, indicados sólo para justificar su intervención, había desli- zado la idea esencial, la única que Mercedes podía comprender entonces: con Juanito iba á sacrificar todo lo que puede sacrificar una mujer y á sacar lómenos que puede sacar una mujer; aunque al plantar á J uanito tuviera que irse con otro hom- bre, más de lo perdido no podía perder, y en cam- bio podía salir gananciosa. Juanito le había gus- tado mucho los primeros días, y ya comenzaba á hacérsele empachoso. Mercedes no se explicaba el porqué, siendo como era una infeliz, á pesar de su aparente señorío y de su finura contrahecha; pero lo que sentía era el disgusto natural é instin- tivo que causa el egoísmo descarado, que no oculta sus bajas intenciones. Juanito estaba acostumbra- do á manejar mujeres completamente perdidas, y había tomado á Mercedes por una de tantas, y acaso en una de tantas la hubiera convertido en poco tiempo si Pío Cid no se le hubiera atrave- sado en el camino. Nuestro encuentro fué providencial, y más que suceso verídico parecerá á mu- chos combinación novelesca, no sólo por la pers- picacia que demostró Pío Cid al reconocer á Mercedes, sino por la circunstancia singular de estar nosotros al tanto de su historia por el relato que de ella nos hizo Antón del Sauce. En este concurso de felices coincidencias no ha de verse, — 208 — sin embargo, la mano de nn novelista; ha de verse la mano oculta que gobierna las cosas humanas, la cual quiso darle á Mercedes un amigo y defensor que luchara contra la fatalidad misteriosa que lle- vaba dentro de su sér la hija del desgraciado Juan de la Cruz.

Llegados, pues, á Madrid, nos despedimos de Olivares 3^ de Mercedes, anunciándoles que iría- mos á verles pronto, y pensamos tomar juntos un coche que nos llevara primero á casa de Pío Cid y después á la mía. Pero no contábamos con que estaban esperando á la salida Martina y su ma- dre, D.^ Candelaria y Paca. Candelita no había querido venir, y Valentina se quedó con ella para que la falta faera menos notada. Aunque yo ape- nas las conocía, las saludé á todas y me retiré para no servir de estorbo. Pío Cid buscó quien le llevara la maletilla para ir á pie, paseando con la fresca, y para evitar que tuviera que dividirse en dos coches la comitiva de las cuatro mujeres, las cuales venían ya divididas, según fácilmente se notaba.

— Al diablo se le ocurre — dijo — venir á estas horas á la estación; y además que yo aseguré que vendría hoy.

— ¿Crees tú que yo no huelo? — replicó Martina. — Yo estaba segura de que vendrías en cuanto re- cibieras mi última carta. ¿ Las has recibido todas?

— He recibido cinco — contestó Pío Cid. — Por cierto que ninguna se ha acordado de ponerme ni unos malos recuerdos. ' — ¡Como Martina escribía por todas! — dijo Paca.

— 209 — — Bueno, vamos andando — agregó Pío Cid, — y andando hablaremos.

Eclió á andar delante Martina, y Pío Cid se puso á su lado; D.* Justa, que iba á alcanzar á su hija, se hizo atrás para reunirse con su hermana y sobrina, que venían las últimas.

— Te encuentro muy bien — dijo Pío Oid á Mar- tina;— de buen color y un poco más gruesa.

— Pues yo creía lo contrario — contestó Marti- na.— Con los disgustos que han pasado . — Tempestades en un vaso de agua — dijo Pío Cid. — ¿Te parece bonito que vayamos en dos sec- ciones? Por lo visto, no os habláis siquiera.

— Con Paca sí — dijo Martina. — La culpa no es mía Ellas no quieren ceder, y no voy á ser yo la que me rebaje.

— Todo eso va á terminar hoy mismo.

— Ya lo creo que terminará — aseguró Mar- tina.— Como que tienen buscado cuarto y espera- ban que tú vinieras para irse á él. Don Floren- tino, el hermano de Pablo, se va á Barcelona en cuanto se celebre la boda, y mi tía y Candelita se van con él para ir más acompañadas. Dice mamá que la prima tiene ya la contrata segura. Yo no sé nada más que lo que oigo; pero me parece muy bien que se vayan si es por su gusto.

— Ya hablaremos de eso. Voy á decirle algo á tu tía, no sea que tome á desprecio el que yo las deje á un lado.

— ¡Y qué te importa! Que lo tome por donde quiera.

— Me importa, y á ti debía importarte más, porque, al fin, es tu tía, y el desprecio que yo le 14 — 210 - hiciera recaería sobre una persona de tu familia. Nosotros estamos siempre cumplidos, y con tu tía tengo que guardar más miramientos No es gran cosa lo que tengo que preguntarle Sujetó un poco el paso para acercarse á doña Candelaria. Doña Justa y Paca se pasaron al bando de Martina, y Pío Cid continuó sus traba- jos de diplomacia peripatética.