SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— ¿Cómo es que no han venido las otras niñas? • — le preguntó. — ¿Están buenas?

— Candelita está un poco echada á perder — contestó D.* Candelaria. — No es cosa mayor.

— No me ha escrito usted nada sobre el disgus- tillo que ha habido.

— No he escrito por no distraerle á usted con cuentos Más valiera que no se hubiera usted ido, pues, según me ha dicho mi hermana, viene usted como fué. Ha hecho usted mal en seguir los consejos de Martina.

— ¿De qué consejos habla usted?

— Dice mi sobrina que le escribió á usted que se dejara de política, y que, como ha ocurrido con Gandaria lo que usted sabe, usted no querría nada que viniera por su mediación.

— No está mal pensado; pero la verdad no es ésa, sino que me he convencido de que no sirvo para esas andancias. La política les da á muchos de comer, y á otros les cuesta el dinero, y yo no tengo ningún dinero que perder. Y ahora voy á decirle algo que importa más, y es que no com- prendo que usted, que es una mujer de carácter, haya tenido tan poca espera y haya hecho tanto caso de las necedades de Martina.

— 211 - — ¿Usted sabe lo que esa niña ha heclio? Porque supongo que ella le habrá pintado las cosas á su <íapricho.

— Sólo me ha hablado del cambio de muebles y de no recuerdo bien.

— Eso fné lo primero, y eso y mucho más lo hubiera yo pasado; que, á Dios gracias, no me falta aguante. No le habrá dicho que exigió el di- nero que usted nos dejó, diciendo que ella quería ser el ama; y que luego que tuvo el dinero nos dijo que, puesto que habíamos recibido la pensión de Murcia, nos arregláramos con lo nuestro; ni le habrá dicho que la tomó con Candelita y que le ^raüó la cara, como usted lo verá.

— Y ¿cómo fué eso?

— Y ¿cómo fué eso?

— Fué porque mi hija se cansó de oir sus indi- rectas y le dijo que era una envidiosa Esa es la única palabra que ha podido ofenderla. En <iambio ella ha dicho cuanto le ha venido á la boca, y hasta ha tenido la osadía de asegurar que mi hija lo estaba soliviantando á usted, y que le ha visto á usted darla un beso ¿Qué le parece?

Con las pocas chichas que tiene mi Candelita, y Martina que tiene más fuerzas que un toro, le digo á usted que si no ando lista. Dios sabe si hu- biera ocurrido una desgracia Por prudencia, por consideración á usted he seguido en la casa hasta que usted viniera; pero ya tenemos apala- brado un cuarto en la misma calle, y hoy mismo nos mudamos.

— ¿Cuál es el plan de usted? — preguntó Pío Cid con mucha flema.

— 212 — mando aliento. — Candelita tiene ya contrata en Barcelona. Yo me voy con ella en cuanto se case Paca. Todo está ya arreglado; hoy es viernes, el domingo puede ser la boda.

— ¿Usted y D. Florentino serán los padrinos?

— Sí; D. Florentino ha venido á eso principal- mente — Y ¿piensa usted dejar á Valentina con los re- cién casados?

— Así tiene que ser. Yo no puedo llevármela^ porque serían los gastos mucho mayores.

— Pues bien — dijo Pío Cid recalcando la pala- bra;— todo eso me parece un disparate, impropio de una mujer tan avisada como usted Usted sabe lo que se ha gastado para arreglar nuestra casa, y no hay en ella nada del otro jueves; y es- taba casi amueblada cuando yo entré en ella Ponga usted en un cuarto á tres criaturas con un sueldo que, con el descuento, no llega á 15 reales diarios, y dígame qué apuros y qué miserias no van á pasar en estos primeros meses, que deben ser de miel y van á ser de acíbar, de vinagre y de rejalgar. Paca es una mujer de su casa, como hay pocas, y Pablo no es mal muchacho; el matrimo- nio reúne las mejores condiciones para ser bueno, j usted lo va á echar á perder con esas prisas. Usted habrá visto un nido de pájaros, y habrá visto que cuando los pájaros son culoncillos se es- tán pegados los unos á los otros, y que cuando son volantones comienzan á revolotear por los bordes del nido, hasta que, al fin, se echan á volar; y al- gunos, por volar demasiado pronto, se caen y se estrellan. No saque usted las cosas de su paso natural, y déjeme á mí hacer lo que se debe hacer. Aunque usted no me deje, yo quiero á Paca como si fuera mi hija, y no consiento que salga de donde hoy está sino para que esté mejor que está. Ese casamiento es precipitado, porque no tene- mos las dos ó tres mil pesetas que harían falta para poner otra casa — Eso es cierto — interrumpió D.* Candelaria. — Malo es empezar con boqueras, porque, como suele decirse, donde no hay harina todo es mo- hína; pero las cosas se han presentado así.

— Yo estoy conforme en que se casen — prosi- guió Pío Cid. — Les cedemos una ó dos habitacio- nes de la casa, y siguen comiendo en familia como hasta aquí. De este modo pueden dedicar el sueldo á comprar lo mucho que les hace falta y á diver- tirse un poco en estos primeros meses, y de aquí á fin de año tiempo tendrán de buscar piso y de «mpezar á vivir por cuenta propia.

— Y ¿no cuenta usted con Martina?

— Martina querrá lo que yo quiera. Al verse sola ha pretendido ser jefe de la casa, y para hacer visible su autoridad ha cometido algunos abusos; pero ahora estoy yo aquí y ya no hay autoridad; yo no mando, pero no tolero que manden otros; quien debe mandar es la razón, y si usted me demuestra que lo que yo digo no es razonable, obedeceré las órdenes de usted. Hay que despedir ese cuarto que han tomado y dejarse de niñerías. En cuanto á Candelita, no quisiera que comenzara como va á comenzar; pero las co- sas no pueden ser pintadas, y aunque la compa- ñía sea de verano y quizás de poco fundamento, nada se pierde con probar fortuna. Lo que yo deseo es que si ocurre una contrariedad cuenten conmi- go. En cuanto yo sepa que en un apuro acuden á otro y no á mí, les niego mi amistad para siempre. Y si por culpa de Martina me vuelven las espal- das, le aseguro á usted que me iré á vivir solo — Eso no — interrumpió D."" Candelaria. — Us- ted tiene obligaciones.

— Yo tengo la obligación de darles á todas us- tedes para que vivan, porque así lo he ofrecido; pero no estoy obligado á vivir con una persona á quien le estorba todo el mundo. Solo se vea el que solo se desea; y si Martina quiere estar sola con- migo, yo la dejaré sola sin mí Pero esto es ha- blar de la mar Usted guíese por mí, y no le pe- sará. Ahora me voy con Martina, porque ya sabe usted que es picajosa y se ofenderá si hablamos demasiado.

Volvió de nuevo al lado de Martina, que, en efecto, iba ya rezando, y la apaciguó diciéndole que ya estaba resuelta la crisis doméstica y expli- cándole el plan concertado con D.^ Candelaria. Esta no había dicho claramente que sí ni que no; pero el que calla otorga, y Pío Cid dió la cosa por hecha, aunque añadió que la había dejado pen- diente del pláceme de la principal interesada en los asuntos caseros, que era y debía ser la propia Martina. La cual no puso ningún reparo, pues para ella lo importante era que Candelita se mar- chara, cuanto antes mejor. En esto los dos gru- pos antagónicos se habían aproximado tanto, que Pío Cid, sin apartarse de Martina, pudo decirle- á D.^ Candelaria: — 215 — — 215 — — Martina está conforme y contenta, y yo creo que, una vez que no hay diversidad de pareceres, estos piques y desavenencias deben cesar.

— Yo por mí — dijo D.^ Candelaria.

— Es que ustedes les han dado á las cosas un color — agregó Martina.

— En todas las familias hay sus dimes y dire- tes— afirmó D.^ Justa. — Yo no me he mezclado en el asunto, y comprendía que todo quedaría en agua de cerrajas.

Mientras Martina le decía á Paca que el arre- glo era seguir viviendo juntos, Pío Cid entablaba un nuevo diálogo con D.* Candelaria.

— Una cosa se me ha ocurrido — le dijo. — ¿Con qué nombre va á figurar Candelita? Porque Can- delaria no es propio para una tiple.

— Ese punto no está decidido aún — contestó la mamá. — Don Narciso nos ha dicho que habrá que anunciarla con nombre italiano.

— El apellido es bueno, inmejorable, y no hay que cambiarlo. El nombre es el que no sirve. Si fuera, Valentina Colomba ó Paca Es decir, Paca no, Francesca Ahí tiene usted el nom- bre. No hay más que hablar: Francesca Colomba. Suena un poco fuerte, pero eso da importancia.

— Está usted en el torno y en las monjas — dijo D.* Candelaria. — Yo no sé lo que saldrá de este arreglo que usted acaba de hacer; pero por usted lo acepto todo con el alma y la vida ¿Quién lo había de pensar cuando nos conocimos?

Salieron de la casa en són de guerra, en dos bandos, y volvieron en paz y en uno solo.

Todos entraron en el comedor para tomar un — 216 — ligero desayuno. Valentina acudió también, y Pío Cid le preguntó por Candelita.

— Está levantada— dijo la muchacha, — pero no sale porque le duele la cabeza.

— Hoy no es día de dolerle á nadie la cabeza — replicó Pío Cid. — Dile que salga, ó si no iré yo mismo á decírselo.

— Señorita Francesca — dijo en voz alta, acer- cándose al cuarto de la futura tiple, — tenga la bondad de acompañarnos. Las paces están fir- madas, y sería de muy mal gusto desairarnos á todos.

Francesca no contestó, y Pío Cid tuvo que en- trar en el cuarto á buscarla. La vió de pie junto al balcón, y se quedó un momento embobado mi- rándola. Estaba la joven vestida de blanco, con una bata suelta, sobre la que caían los rizos de cabello rubio como rayos de sol; el rostro pálido, y la mirada de los ojos azules triste, melancólica. Pío Cid se acercó, y sin decirle una palabra más, la cogió de la mano y la trajo al comedor, cerca de donde estaba Martina.

— Ahora mismo — dijo — os tenéis que abrazar delante de todos. Siempre os habéis querido como hermanas, y ahora que pronto os vais á separar, no estaría bien que os quedara ningún rencor.

— Yo no me acuerdo ya de lo que hice — dijo Martina, abrazando á su prima y llorando. — Es que tengo mal genio, lo reconozco; pero después que se me pasa el arranque, me pesa — Vamos, no seas tan guardosa — dijo D.* Can- delaria, viendo que su hija se mantenía tiesa y sin ablandarse por las lágrimas de Martina.

— 217 — — Yo también lo olvido todo — dijo al fin la ofendida.

Y abrazó á su prima, aunque sin perder su aire serio y grave.

— Ahora sólo falta — pensó Pío Cid — que no queden rastros de lo ocurrido. Es menester que la casa vuelva á estar como yo la dejé.

Y con esta idea añadió en voz alta: — ¿Sabes, Martina, que estoy pensando que la sala no puede seguir como está? El día de la boda habrá convidados, y aquí, en el comedor, no se cabe. No hay más habitación grande que la sala, y siempre es bueno para este y otros casos tenerla libre. Nosotros nos podemos arreglar en el cuarto que antes teníamos.

— Yo no tengo interés — contestó Martina. — Lo hice para que tú tuvieras una habitación más grande para escribir.

— Yo escribo aunque sea sobre la tabla de la- var— dijo Pío Cid. — Por mí no hay que moles- tarse.

— Pues entonces — dijo la impaciente Martina — vamos á mudar los muebles — Ahora mismo — añadió, dirigiéndose á sus primas. — Venid conmigo A mí me gusta revolver.

Aquel mismo día volvió la casa á su estado normal, y el silencio reconcentrado de los días de disensión se desató en charla inacabable y en ve- hementes manifestaciones de afecto. Todas rivali- zaban en atenciones cariñosas para destruir el recuerdo de las pasadas ofensas. Pío Cid sólo salió un instante para llevar á El Eco una revista que escribió en un dos por tres y cobrar el mes caído, — 218 — pues halló la bolsa de Martina en los apures. Pa- blo y D. Florentino vinieron por la tarde y se quedaron á comer, y de sobremesa quedó resuelto que la boda fuera el domingo por la mañana, y que por la noche salieran para Barcelona las dos viajeras, acompañadas por el honrado comerciante de San Sebastián.

— Todo nos ocurre á nosotras al revés — decía D.^ Candelaria. — Siempre, después de una boda, el viaje lo emprenden los novios, y aquí los novios se quedan y nosotras nos marchamos.

Pío Cid había pensado ir á visitar á Mercedes después de la boda, cuando la casa estuviera más tranquila, y por sí ó por no estaba sobresaltado y deseoso de explicar á Martina su pensamiento de proteger á la pobre huérfana, no fuera ésta á presentarse de repente y diera lugar á un escán- dalo. Pero tuvo que ir á casa de la Duquesa de Almadura á entregarle el regalo de su antiguo administrador, y cumplido ya el encargo, volvía paso entre paso á su casa, á tiempo que vió cru- zar á lo lejos á Juanito Olivares con otro amigo. Comprendió, por la dirección que llevaban, que no iban á la calle de Fuencarral; y como se le presentaba una tan buena ocasión de hablar á so- las con Mercedes, cambió en el acto de runibo y se decidió á adelantar la entrevista. Llegó á ¿asa de Juanito, subió al tercero y preguntó por él, y la criada contestó que el señor había salido hacía poco, pero que estaba D.^ Adela.

— ¿Quién pregunta? — dijo, saliendo al recibidor una señora muy bien puesta, todavía joven, guapa y algo ajamonada.

— 219 — ■ — Un paisano de Olivares — dijo Pío Cid, — y de usted si la vista no me engaña.

— ¿Su gracia de usted? — preguntó D.^ Adela mirándole, sin acertar á reconocerle.

— Muy cambiado debo de estar — contestó Pío Cid — cuando usted no me recuerda. Yo la he co- nocido al momento, particularmente por el lunar que tiene usted en la mejilla. Pero cuando yo la conocí era usted Adelita y costurera, y yo era es- tudiante y me llamaba D, Pitopito.

— ¡Jesús! — exclamó D.* Adela. — Usted es el hijo de Entonces usted es de quien me ha ha- blado Juanito. ¡Si seré yo torpe, Señor! Pase us- ted, y no se esté más en esa puerta. ¡Digo! ¡Pues poco que me acuerdo de cuando iba á su casa á coser, y de usted, y de las diabluras que hacía, y de Es para mí un alegrón — añadió estrechán- dole la mano con desenvoltura. — "Verle aún ro- dando por estos mundos, y por lo visto sin haber sentado todavía la cabeza Así me gusta. Los hombres han de ser hombres.

— Y ¿cómo es que la encuentro aquí? — pregun- tó Pío Cid, entrando en una sala pequeña que vio abierta y sentándose. — ¿Está usted con Oli- vares?

— ¡Uy, uy! ¡Pues no es larga la fecha! — con- testó D.^ Adela. — Hace más de ocho años que nos vinimos á Madrid. Yo ya me recogí á la buena vida De todo quiere Dios un poquito. Pero ¿dónde ha estado usted metido? Pues no hace más que la friolera de ¡Qué! Más de quince años.

Quizás de todos los hombres que yo he conocido, «1 que recuerde mejor es usted ¡Cuántas veces — 220 — se lo he dicho á Juanito! ¿Se acuerda nsted de un día que aquel criado viejo que tenían se puso una falda negra y unas enaguas blancas, como un cura, y nos casó á los dos en broma? Yo creo que no se debe jugar con las cosas de Dios, y que si yo no he sido una mujer regular, casada como Dios manda, ha sido por castigo Sí, señor ¿Y sus hermanos de usted? - — Ya no queda vivo ninguno — contestó Pío Cid.

— Vaya con D, Pitopito gorgorito — dijo lenta- mente y con cara risueña la ex modista. — Y ¿cómo es que le vemos por aquí?

— Venía á hacer una visita á Olivares y á la joven que le acompañaba — contestó Pío Cid, fingiendo aire picaro. — Hicimos juntos el viaje.

— ¿Le gusta á usted la Merceditas? — preguntó D.* Adela con tono despreciativo.

— Es algo simpática y parece poco corrida — respondió Pío Cid sin dar importancia á sus pa- labras.

— Fíese usted de estas pavalacias — replicó doña Adela. — Dentro de un mes será ésa peor que las demás Yo creo que cada día tienen ustedes los hombres más mal gusto. No se fijan más que en cuatro arrumacos. En particular esta Mercedes es un animalucho, que ni siquiera sabe presentarse. Yo no sé cómo va á arreglarse cuando baje al principal — ¡Mercedes! — exclamó de pronto. — Sal, que preguntan por ti.

Mercedes debía estar en la habitación próxima, pues salió al punto. Saludó con cortedad y se sentó en una silla distante del sofá donde estaban Pío Cid y D.^ Adela.

— 221 — — Ya ve usted — le dijo Pío Cid — que no he ol- vidado lo que ofrecí. Siento no hallar á Juanito. Otro día volveré. ¿Ha paseado usted ya algo por Madrid?

— Ayer dimos una vueltecilla, poca cosa — con- testó D."" Adela. — Esta se cansó en seguida. Pero, Mercedes, hija, acércate, que parece que estás como un huésped despedido.

Mercedes se acercó; pero, en vez de sentarse, se puso á mirar el cielo al través de los visillos del balcón. Pío Cid se levantó y se puso detrás de ella, y D."" Adela no tardó en escabullirse suave- mente, dejándolos solos.

— ¿Qaé tal se encuentra usted aquí? — le pre- guntó Pío Cid en seguida.

— Muy mal — contestó Mercedes. — Hace un día que vine, y ya tengo á la tía esa atragan- tada.

— Y ¿cómo no se le ha ocurrido á usted mar- charse?

— ¿Cree usted que es tan fácil? Y luego que del dicho al hecho hay gran trecho, y yo no sé si lo que usted me dijo es posible. Yo creo que no me dejarán que me vaya.

— Claro está que no la dejarán; pero usted puede irse aunque no la dejen. No tiene usted que lle- varse nada consigo, para que así no digan que los ha robado usted. Se lleva usted lo puesto nada más.

— Pero ¿cómo va á ser eso, si estoy aquí como presa y no me dejan ni pie ni pisada?

— Cuando baje usted de visita al principal, doña Adela no estará con usted Entonces puede us- — 222 — ted decir que ha olvidado cualquier cosa y que va por ella en un momento, y en vez de echar es- caleras arriba, echa escaleras abajo. Puede llevar en el bolsillo un pañuelo de seda y ponérselo en la cabeza para no llamar la atención Sigue andando á mano izquierda hasta que encuentre una parada de coches, le da las señas al cochero y pleito concluido. Yo estoy siempre en mi casa: á cualquier hora que llegue usted es buena. A ver si el lunes se presenta la ocasión — Todo eso está muy bien; pero y en casa de usted, su familia, ¿qué dirá?

— Dejemos eso á un lado. Usted confíe en mí. Yo no quiero forzar su voluntad, y si usted tiene interés por Juanito ¿Cuánto tiempo hace que le conoce usted?

— Un mes, y estoy ya hasta la coronilla Por ese lado — ¿Cómo fué el conocerse?

— La culpa la ha tenido D.* Rufina. ¡Malhaya sea!

— Es una criada vieja de D. Gonzalo que vivía conmigo para acompañarme. Ella fué la que me llevó á malos sitios.

— Ese D. Gonzalo Estirado fué el que la sacó á usted de Granada.

— ¿Cómo lo sabe usted? — pregunto Mercedes sorprendida.

— Ya le dije que yo la conozco: la conocí á us- ted cuando era niña, cuando iba llevando de la mano á su padre ciego. Yo la he besado á usted muchas veces...No le dé á usted vergüenza de — 223 — que yo sepa que su padre fué mendigo; entonces usted no podía hacer más de lo que hacía, y su padre no podía ganar el sustento trabajando. Qui- zás lo más noble que ha hecho usted en su vida ha sido servir de lazarillo á su padre; y si de algo se debe de avergonzar es de verse como se ve, y más aún de querer continuar en esta vida después que yo, como amigo, le ofrezco mi apoyo para que salga de ella. Yo recuerdo que mi madre, que ya murió, quiso muchas veces recogerla á usted para educarla é impedir que le ocurriera lo que le está ocurriendo; y mi idea es hacer hoy lo que no pudo hacer mi madre, y por esto le dije á usted que al acogerla en mi casa creía cumplir tina obliga- ción.

— Yo no recuerdo su cara de usted — dijo Mer- cedes, impresionada por el tono fuerte y sincero con que le hablaba Pío Cid; — quizás de su madre me acordaría si la viera.

— Mi madre se llamaba D.^ Natalia, y á mi casa iban ustedes todos los lunes.

— Si, recuerdo ese nombre — dijo Mercedes, cuyos ojos parecían eclipsados. — Yo me voy á po- ner en manos de usted, y usted hará de mí lo que quiera.

— Ya le dije á usted que peor que hoy está no podrá estar nunca.

— Eso es verdad — dijo Mercedes resuelta. — Esto es lo peor. Nada, yo voy á escaparme, como usted me ha dicho.

— 'Hágalo con precaución, no vayan á conocerle el deseo Aunque, puestos de malas, yo la saca- ría á usted por encima de todo el mundo. En fin, _ 224 — me voy ya. Si le pregunta D.^ Adela qué he- mos hablado, dígale que yo deseo frecuentar la casa como amigo de usted, y qne nsted me ha contestado que eso no es posible por el compro- miso que tiene con Olivares.

— Pensará que es usted una bobalicona; pero más vale que piense esto que no que sospeche de mí. Conque adiós; lo prometido es deuda. ¡Cui- dado con faltar!

— Ya verá usted que, aunque mujer, también tengo palabra — afirmó Mercedes, estrechando con fuerza la mano que le tendía Pío Cid.

Salió éste al pasillo y tosió para que acudiera D.^ Adela, la que no se hizo esperar.

— Pero ¿cómo tan pronto? — le dijo. — Yo creía que iba usted á esperar á Juanito.

— Ya volveré — contestó Pío Cid, — no sólo por Juanito y por Mercedes, sino por usted, para que hablemos de cosas de nuestros buenos tiempos. Ahora tengo que hacer, y además, la Mercedes parece que está hoy de mal aguaje.

— ¿No le dije que era una pavona? — apoyó doña Adela. — No tiene más que fachada.

— Hay que dejar que poco á poco se despabile. Dígale usted á Olivares que he estado aquí y que soy conocido antiguo de usted, y todo lo que quie- ra usted de mi parte.

— ¡Vaya que se lo dirél— dijo D.^ Adela, rete- niendo entre las suyas la mano de Pío Cid. — Y no olvide que tiene aquí una paisana dispuesta á servirle.

— Igualmente.

De vuelta á su casa estuvo Pío Cid dando ro- deos para poner á Martina en autos de la para ella inesperada decisión de meter un nuevo huésped, y lo que es peor, huéspeda, y del género de Merce- des. Al fin decidió dejarlo para el domingo.

— Tengamos la boda en paz — pensó, — y luego que los novios estén durmiendo y los viajeros via- jando, lanzaré la noticia. De cualquier modo, na- die me libra de una reprimenda; y no es esto lo que siento, sino la llegada de Mercedes. Si fuera otra clase de mujer, ó si hubiera medio de cono- cerla antes de verle la cara Lo que es el pri- mer espetonazo será terrible, porque esa criatura no tiene más que fachada, como dice D.*^ Adela, pero la fachada es monumental.

Se celebró la boda pacíficamente, y no sin cierta solemnidad á la que era muy dado D. Floren- tino. Todo lo que Pablito tenía de informal y sin gobierno, lo tenía su hermano de grave y sesudo. Era D. Florentino un hombre chapado á la anti- gua, amante de dar tiempo á los negocios y ene- migo de que le espolearan. Aunque tenía dejado á Pablo como cosa perdida, vino á Madrid dis- puesto á deshacer la boda proyectada, que le pa- reció un disparate más, el último y el mayor que podía cometer aquella calamidad de hermano, al que jamás pudo hacer andar derecho. Cuál no fué su sorpresa al verle tan cambiado y tan metido en sí, hecho todo un funcionario público y con una novia como Paca, la cual le daba ciento y raya á la propia mujer de D. Florentino, modelo de se- ñoras serias, apañadas y económicas.

Como D. Florentino era muy aficionado á la 15 — 226 — ropa negra, su satisfacción se tradujo en un ves- tido de seda que regaló á la novia, y en un traje de levita que regaló al novio, amén de otras pe- queñas atenciones y de correr con todos los gastos del casorio.

Simpatizó grandemente con Pío Cid, y entre ambos dieron á la comida de boda nn carácter casi sacramental para producir efecto en el espí- tu volátil del novio y hacerle comprender el cam- bio que debía operarse en su vida, á partir de aquel día memorable.

Don Florentino, que no tenía hijos, anunció que si Pablo se enmendaba y se hacía hombre de provecho, le dejaría la mayor parte de sus bienes, y Pío Cid ofreció asimismo trabajar para que el joven concluyese su carrera y pudiese obtener un destino de má-s sueldo — Sin necesidad de esto — añadió — no tardará Pablito en aumentar sus haberes. Mi amigo Cán- dido Vargas confía ser muy pronto catedrático de Derecho, porque así se lo han ofrecido, y si lo con- sigue tendrá que dejar la dirección de un perió- dico tan avanzado como El Eco. Para entonces tratamos de fundar un nuevo diario que se titula- rá La Juventud^ y es cosa convenida ya que Pa- blo se encargue de la sección bibliográfica. Así, pues, el porvenir se presenta muy sonriente para esta dichosa pareja, y quizás reserva á Pablo del Valle un papel lucido en el renacimiento ideal de España.

Terminado el banquete, nos retiramos los dos únicos convidados que á él asistimos: el estudian- te Benito y yo; y la familia fué á acompañar á la — 227 — estación á los viajeros, dando lugar la separación á una triste escena de lágrimas que aguaron en cierto modo las alegrías de la jornada.

Martina lloró también el separarse de Candelita, y ahora que la veía partir le parecía incomprensi- ble haber dudado de ella, y casi se arrepentía de haber provocado con su imprudente conducta aquel repentino viaje.

Pío Cid vió en este estado de ánimo una coyun- tura que ni pintada para hablar de Mercedes, y de vuelta á casa, apenas se quedaron solos, se aventuró al fin á decir: — Te voy á poner sobre aviso de algo de que no me había acordado hasta ahora, para que en caso de suceder no digas que obro sin tu consentimiento — ^¿üe qué se trata?

— Se trata de que, viniendo de Granada, encon- tré á una pobre joven á quien yo conocí cuando era niño; venía acompañada por un individuo paisano mío, que según todas las señas es un truhán, y la trae á Madrid para pervertirla. Yo se lo dije así á la muchacha apenas tuve ocasión de decírselo, y ella se sorprendió, pues por lo visto venía engañada y consentida en que su seductor se casaría con ella, ó por lo menos viviría con ella decentemente. La joven es huérfana y sola en el mundo, y cuando vivía su padre, que era un buen hombre, mi ma- dre quiso recogerla y darle educación; así, recor- dando esto, le dije que si no quería seguir con el tunante que la ha engatusado y se veía en Madrid desamparada y sin tener adonde volver los ojos, que viniera á refugiarse en esta casa y que nos- otros la admitiríamos ^ 228 — 228 — — Tantos rodeos — interrumpió Martina — para decir que quieres meter otras faldas en casa. ¿Crees tú que vendrá?

— í»ío lo sé; pero mis informes respecto de mi paisano son malísimos, y la joven esa me parece que no está pervertida todavía por completo; si lo estuviera, claro está que se reiría de mí; pero también puede suceder que venga cuando menos la esperemos. Por eso te lo anuncio, para que si viene la recibas bien. Ahora hay una cama de so- bra; ¿qué se pierde con admitir á esa pobre mu- chacha y darle de comer hasta que podamos to- mar una determinación?

— No sé cómo te arreglas — dijo Martina inco- modada— que tu bondad es siempre en favor de las mujeres. Si te dejasen, harías de esta casa una colmena.

— Ahí tienes á Pablito, que venía antes á comer.

— Ese es el único; pero en cambio siempre tie- nes al retortero varias amigas; amigas ó lo que sean Acabamos de salir de una y quieres me- terte en otra. Porque cuando tú hablas con tanta anticipación aquí hay gato encerrado.

— Te lo digo porque pudiera venir esa joven estando yo fuera, y sería ridículo que habiéndole yo ofrecido esta casa tú le cerraras la puerta.

— Pero esta casa ¿es un convento de arrepenti- das? Yo tengo tanto corazón y tan buenos senti- mientos como el que más; pero si fuéramos á me- ternos á redimir el mundo, frescos estábamos.

— No es redimir el mundo; yo tampoco iría buscando mujeres malas para recogerlas y traérte- — 229 — las aquí; pero he encontrado una qne no es mala, sino que está en camino de serlo, y la he encontra- do por azar y la he conocido; esto no es buscar las cosas, es verlas, porque se nos ponen delante de los ojos. El mayor placer que puedes darme es acoger con buena voluntad á esa pobre muchacha y hacer con ella lo que no pudo hacer mi madre. Yo en esto no he de meterme: has de ser tú la que lo tomes por tu cuenta.

— ¿Pero es seguro que vendrá?

— Te he dicho que no lo sé; yo le aconsejé que se escapara y le di mis señas Si no viene, no hay más que hablar.

— No sé cómo te las compones — dijo Martina con voz quejumbrosa, — pero siempre me contra- rías en todos mis gustos. Yo no quiero nada, no envidio nada; sólo deseo estar sola, vivir en paz, quitarme tantos testigos de vista. Y tú parece que dices: «¿No quieres caldo? Dos tazas llenas.» Mire usted que querer que yo tome por mi cuenta á una cualquiera, recogida en medio de la calle. ¿Qué más me liace á mí falta que aguantarte á ti, que eres un tabardillo andando? Otro hombre agradecería haber dado con una mujer buena; esto no es hacerme favor, pero busca otra como yo Tú no agradeces nada, ni te fijas, porque no me quieres. ¿Qué más prueba que lo que ha pasa- do con el tal Gandaria? Si tú me tuvieras amor le hubieras conocido la intención en la cara, y no que, dándotelas de sabio y de listo, eres un verda- dero papamoscas.

— ¿Crees tú que no se la he conocido? Se la co- nocí, y sabía y sé que no te faltará nunca al res- — 230 — peto. El decirte que eres guapa es decir la' verdad, y no es delito para que se le ahorque. — ¿Y el leerme versos?