— Conozco esos versos. Te habrá leído una sere- nata en la que me llama moro salvaje^ j te habrá hablado de un cazador herido y de mil simplezas más. Peor sería que en vez de leerte versos te hu- biera escrito alguna carta llena de tonterías. Tú has hecho bien en ponerle en lo ancho de la calle, y yo si viniera haré mejor en seguirle admitiendo -^¡Cómo! ¿Serás capaz de volverle á admitir?
— Yo tengo fe en la libertad, y todo lo resuelvo- por la libertad; él ha entrado aquí libremente, y tú libremente le has despedido. Quizás si yo, al conocerle la intención, hubiera roto con él, tú le tomaras lástima, y por la lástima se comienza muchas veces. Si fuera posible que tú, tratando á ese joven ó á otro, te enamoraras y me abandona- ras, ¿no era esto prueba segura de que no me querías á mí? Prefiero saber la verdad á vivir á ciegas confiando en el amor de una mujer que- acaso me es fiel porque no tiene libertad para en- gañarme — Si tú me quisieras no hablarías con esa frial- dad, ni verías las cosas tan claras.
— Yo te quiero, y sé además que tú no puedes querer á otro hombre, aunque me dejes de querer á mí, por lo mismo que eres libre de abandonar- me cuando te plazca. Si fueras legalmente mi mu- jer podrías engañarme, porque tendrías la discul- pa del ligamen que no podrías romper y la segu- ridad de ser siempre respetada; pero ahora, por orgullo, estás más obligada á mantenerte derecha,*: — 231 — y luego que á una mujer casada se le puedea Jiacer promesas impunemente y rebelarla contra, el tirano de su esposo; pero tú tienes un medio sencillo de probar la sinceridad de un galantea- dor: dile que eres libre, que se case contigo, y le verás salir huyendo como alma que lleva el diablo, y al verle huir le conocerás y le despreciarás...— ¡Oh, astuto zorro I— gritó Martina. — ¡Ahora te voy conociendo! Tú me tienes así para tenerme más segura. Eres malo — añadió abrazándose al cuello de Pío Cid; — pero de puro malo mereces que yo te quiera y te querré cada día más, porque á tu lado todos los hombres me parecen unos muñecos Al otro día por la tarde se presentó Gandaria en casa de Pío Cid. No sabía si le recibirían bien; pero pensó que volviendo las espaldas sin expli- carse se declaraba reo, y que lo mejor era quedar dentro ó fuera de una vez.
Quizás Martina, á pesar de sus alharacas, no habría dicho nada á Pío Cid; y supuesto que éste üo se diera por enterado, Gandaria iba prevenido para contarle la historia de ciertos falsos amores con una aventurera, i)or donde Pío Cid compren- dería que el joven diplomático no se acorbaba ya de Martina.
— ¡Qué perdidos andamos! — le dijo Pío Cid al verle entrar receloso. — Yo creía que le había ocurrido á usted algo para no haber venido á la boda Pablito contaba con usted.
— Mucho sentí no poder venir — contestó Gan- daria, serenándose; — pero estos días ha habido en casa un gran disgusto ¿No sabe usted que mi — 232 — hermana se nos va á nn convento? Figúrese usted cómo estará mamá Papá aprueba la idea, pero á mamá se la puede ahogar con un cabello.
— ¿Y á usted qué le parece la resolución?
— Yo no he dicho nada; cada uno es libre de seguir sus impulsos, y siendo firme la vocación Después de todo, para las cosas que se ven, más vale encerrarse entre cuatro paredes. Yo casi, casi me alegro.
— De todos modos pudo usted venir un mo- mento. Era una comida de familia, y no lo hubie- ra pasado usted mal.
— Para serle franco — dijo Gandaria bajando la voz y mirando á la puerta, tras de la cual se oyó, en día no olvidado aún, el grito lastimero de Mar- tina,— tuve ayer un compromiso ineludible. No ha mucho fui presentado á una joven extranjera que, según dicen, es querida de cierto diplomático; una mujer asombrosa, créame usted, y parece que le he sido simpático, porque me invitó á pasear un rato y á charlar tomando una taza de té en su casa Precisamente venía á consultar con usted algo que me interesa, salvo que á usted le moleste oir hablar de estos ligeros devaneos.
— No me molesta usted — contestó Pío Cid pa- cientemente, comprendiendo que Gandaria no decía verdad.
Porque el joven tenía la flaqueza de que cuando mentía le temblaban los párpados del ojo dere- cho, y cuando comenzó á [hablar de la aventura comenzó el tembloreo sintomático. Sin esta cir- cunstancia hubiera conocido también Pío Cid que la relación era mentirosa de cabo á rabo; y, aun- — 233 - que mentirosa, la oía con gusto viendo los progre- sos que hacía la imaginación del incipiente poeta.
— Pues ha de saber usted — prosiguió Ganda- ría — que el amigo que me presentó le dijo á la jo- ven que yo era poeta, y me veo en un gran aprie- to; la joven quiso que yo le dedicara una poesía, y yo le dije que no me gustaba improvisar; pero me vi forzado á prometer que le compondría una; y recordando lo que usted me dijo del motivo poé- tico, le rogué que me diera un pensamiento, para que así la poesía compuesta sobre él fuera en cierto modo obra de los dos. Ella sacó entonces un li- bro de poesías en alemán (porque la joven, aun- que dicen que es italiana, es del Tirol y educada en Viena, y para el caso como si fuera aus- tríaca) — Pues ande usted con ojo — interrumpió Pío Cid, — porque ésas se pegan como lapas, y cuando cogen á uno, no le dejan ni á tres tirones.
— Ya veremos. El caso es que me tradujo un pensamiento de Lenau ¿Conoce usted este poeta?
— -Es un poeta húngaro de verdadero mérito. He leído algunas poesías suyas, y sé que murió loco á consecuencia del abuso del tabaco. Bueno es que usted lo sepa, porque está usted siempre fumando y escupiendo, y eso no hace ningún bien á la salud.
— Hombre, nunca le cojo á usted desprevenido. Quizás conozca usted también el pensamiento que me ha servido para mi poesía; yo lo traduje libre- mente, cambiándolo bastante, y sobre él he escrito unas estrofas, que le voy á leer para que me diga si sirven.
- 234 — — Ya escucho — dijo Pío Cid, con curiosidad. " Gandaria sacó un papel, y después de estirar el cuello y de mirarse los zapatos de charol, leyó: CANTO DE PRIMAVERA.
¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu venturaf Un momento fugaz^ irreparable^ Un enigma que surge indescifrable^ Un amor que no más que un beso dura.
Brilla el sol, y en los yertos corazones Renueva las pasiones. Ya se visten los campos de verdura Y el alma de ilusiones.
¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu venturaf Los pájaros, cantando en la enramada, Despiertan á mi amada De un deliquio dulcísimo, inefable, Arrullo de alborada: Un momento fugaz, irreparable.
El mundo de su sueño ha despertado, Y ya en su esquife alado Vuela el amante, inquieto, infatigable, Tras un amor soñado.
Un enigma que surge indescifrable.
En la noche callada navegamos. Con ansia nos besamos; De lo inmenso nos llena la amargura, Y en el mar sepultamos Un amor que no más que un beso dura.
— ¿Recuerda usted — le dijo Pío Cid, después de terminada la lectura — lo que le dije cuando leí M beso eterno? Le dije á usted que rasgara aqucr líos versos, que eran demasiado sensuales, y que con el tiempo la idea reaparecía más depurada.
— 235 — Ahí la tiene usted. Los amantes que se iban al es-i pació á formar una estrella, se arrojan ahora al mar para transformarse en un cetáceo.
— Me ha reventado usted — dijo Gandaria un tanto corrido.
— Mi idea es sólo hacerle notar el espíritu eco- nómico que rige las creaciones de los poetas, como las del último zapatero remendón. Así somos, y no hay por qué afligirse. Yo le aseguro que esta poesía de hoy, aunque tiene poco carácter espa- ñol, es preferible á la primera. Pero le diré asi- mismo que lo que usted ha compuesto no es una poesía, sino una glosa, y que si esto en un aprie- to como el j)resente puede pasar, no es bueno como sistema, pues por ese camino sería usted un poeta de salón. Una poesía debe de ser parte de nuestra sustancia, no una agrupación convencional de ver- sos alrededor de una idea convencional también. Y lo que yo saco en conclusión es que á usted no le interesa la joven austro-húngara, y que por no interesarle ha salido usted del paso con esas re- buscadas estrofas.
— Ya ve usted — asintió Gandaria. — Persona conocida de ayer, como quien dice, ¿qué interés puede despertar? Lo que yo deseo es no quedar en blanco. ¿Cree usted que no me pondré en ri- dículo con esta glosa?
— Para el uso á que usted la destina viene como anillo al dedo.
— Pues entonces no hay más que pedir — con^ cluyó Gandaria guardando los versos. — Y ahora le voy á preguntar algo que me ha metido en con- fusión Me ha dicho Pablo que ha retirado us^ — 236 — ted su candidatura, siendo así que yo había leído en la prensa su nombre entre los diputados elec- tos. ¿Cómo se explica esta contradicción?
— Ha habido á última hora actas cambiadas que han alterado el resultado del escrutinio. Una zahúrda, amigo Gandaria, de la que yo estoy me- nos enterado que usted. Lo cierto es que le dije al Gobernador que no quería ser diputado con acta sucia, y allí la dejé para que otro la recoja.
— ¡Es usted terrible, amigo mío, es usted terri- ble I — exclamó Gandaria. — Yo no sé qué tomará usted en serio en la vida; usted se divierte hasta con su sombra. Si todos los hombres fueran como usted, el mundo sería un espectáculo graciosísi- mo Pero eso que me dice, ¿es cierto?
— Y tan cierto. Ya lo verá usted. De esto he de ir á hablar con su padre en cuanto tenga un mo- mento libre.
— Cuando usted quiera; ya sabe que en casa se le estima; y mi deseo — añadió levantándose y co- giendo el sombrero para retirarse — es que nos veamos con frecuencia y que hablemos de poesía y de arte, dejándonos de politiquerías inútiles.
Llamaron á la puerta, y Gandaria mismo abrió para salir; pero se hizo algunos pasos atrás cuan- do vió aparecer la figura aparatosa de Mercedes, la cual venía puesta de tiros largos y con pañuelo á la cabeza al modo chulesco.
— ¿Está D. Pío Cid? — preguntó con su voz suave, espiritual, que engañaba más aún que su rostro.
— Pase usted, Mercedes, — contestó Pío Cid asomándose á la puerta de la sala.
— 237 — Gandaria la vió pasar boquiabierto, y salió ce- rrando la puerta y diciendo para sus adentros: — Este sí que es un enigma de verdad, no el enigma estúpido de mis versos. ¿Qué será? ¿Qué no será? Ya lo hemos de saber. ¡ Valiente hem- bra! Casi estoy por decir que es mejor que Marti- na Es decir, eso no, Martina es Dios, y Merce- des es su profeta. Pero á este hombre habría que nombrarle investigador de la belleza oculta. ¿De dónde saca este hombre estos monumentos?
Martina vió á Mercedes pasar y entrar en la sala, y salió del comedor como una flecha.
— ¿Quién es esa mujer?— preguntó con furia.
— Es la joven huérfana de quien te he hablado — contestó Pío Cid, cerrando la puerta de la sala y dejando dentro á Mercedes.
— -¡Esta casa no es ningún asilol — -gritó Marti- na recio para que la oyesen. — Esa es una mujer tirada: no hay más que verla.
— No grites — dijo Pío Cid en voz baja, — ni te dejes llevar de las apariencias. Esa mujer viene como viene porque la habrán vestido así, y no iba á desnudarse en medio de la calle. Habla con ella y te convencerás de que es una pobre muchacha.
— ¡Ahí ¡Maldita sea la mala hora!...— exclamó Martina abofeteándose. — ¿Por qué habré yo cono- cido á este hombre, por qué?
— No te irrites sin motivo, mujer.
— No, si no me irrito; lo que voy á hacer es 3char á esa individua á la calle.
— Si la echas — dijo Pío Cid muy sereno, — me iré yo también.
— •¿ Te importa esa mujer más que yo?
— 238 — — Me importa mi dignidad. Basta que yo haya traído á esa mnjer á esta casa para que compren- das que no hay mala intención; si la hubiera, no la traería aquí, la llevaría á otra parte. Habla con ella, te repito, y verás que es una. infeliz.
Pío Cid se fué al comedor, y Martina entró en la sala y se quedó mirando frente á frente á aque- lla moza, cuya insolente hermosura, vista al refi- lón, le había encendido la sangre en las venas.
— ¿Es usted la joven de quien me habló mi ma- rido?— le preguntó no sabiendo qué decir.
— Sí, señora — contestó Mercedes, que estaba de pie en medio de la habitación. — Yo temía servir de molestia y, si es así, no quiero que nadie sufra por culpa mía; me iré adonde Dios me en- camine.
— No, yo me sorprendí al verla porque me figu- raba Como creía que era una pobre huérfana, vamos, me extrañó su aparato.
— Ya ve usted, estaba como de visita, y así me salí — dijo Mercedes quitándose el pañuelo de la cabeza.
— ¿Según parece la han traído á usted engaña- da? ¿Cómo ha sido eso?
— ^Cosas que hacemos las mujeres por nuestra poca cabeza. ¡Yo estaba tan bien en Sevilla Mi Sevilla de mi alma! — exclamó infantilmente Mer- cedes, poniendo los ojos en blanco.
-^¿Es usted de Sevilla? De allí es mi mamá. Dicen que es muy bonita. ^ —Yaya si lo es Mil veces mejor que esto.
— ¿No le gusta á usted Madrid?
— Déjeme usted de Madrid. Si aquí no hay 239 — nada. Ya ve usted, ni siquiera hay mar, ni un río que vaya por mitad de la población.
— ¡Si viera usted Cuba, que es una isla, con mar por todas partes!
— En Sevilla da gusto de meterse en una barca .* y de irse á pasear por el Guadalquivir.
— ¿Y usted quiere volver á Sevilla? ¿Tiene us- ted allí familia?
— No tengo á nadie más que á un señor viejo, que era como mi tutor; pero ahora no querrá mi- rarme á la cara después del disparate que he he- cho. He perdido mi bienestar. Tenía un piso tan hermoso, con una sala como ésta, con cuadros y también mi piano — ¿Toca usted el piano?
— Casi nada; empecé cuando era ya muy grande Toco la malagueña, las sevillanas, algunos tangos y valses Decía mi profesor que tengo buen oído, pero que es más para el canto.
— Pues tiene usted que tocar algo para que yo la oiga. ¿No sabe usted tocar las guajiras?
Diciendo esto se había acercado Martina al piano y comenzó de pie á teclear. Pío Cid que la oyó se levantó en seguida y dijo á D.^ Justa, Paca y Valentina, que estaban conferenciando sobre el resultado probable de aquel embrollo: . — Yo me voy, no tardo en volver.
— ¿Me deja usted á mí ese lío? — preguntó doña Justa asustada.
— La cosa debe marchar bien cuando Martina toca el piano. Si pregunta por mí, dígale que he ido al teatro á buscar las localidades.
— 240 — — Pero ¿quién piensa en teatros con estas esce- nas que hay en casa?
— Yo le he ofrecido á Paca llevarla al teatro de la Zarzuela, donde conoció á su marido, y hoy es la función de despedida. Conque — Por mí no se preocupe usted — dijo Paca.
— Iremos todos — aseguró Pío Cid, — y este será el mejor medio para que se pase la noche pronto.
Las rabietas de Martina tenían dos soluciones: la música ó las lágrimas. Cuando no se calmaba llorando, se desahogaba cantando guajiras, de las que tenía un riquísimo repertorio, recogidas de boca de los mismos guajiros; algunas eran sátiras intencionadas, y á veces mordaces y cruentas, con- tra los peninsulares, y de éstas se servía para maltratar indirectamente á su marido, el cual, le- jos de incomodarse, tomaba el asunto por el lado musical y gracioso. Así, pues, no se equivocó Pío Cid al pensar que el tecleo era indicio de que el encuentro formidable entre Martina y Mercedes se resolvía en lamentaciones armónicas.
— ¡Oh bestezuela admirable é incomprensible, llamada mujer! — murmuraba, bajando las escale- ras;— si no existieras, sería necesario emborra- charse tres veces al día para sobrellevar la pesa- dez y sosera de la vida. Tú eres el único sér digno de amor noble y sincero, porque eres lo incohe- rente, lo que se escapa de la lógica, siendo lo más lógico de la creación.
En esto oyó la voz de Martina que cantaba; se detuvo y, apoyándose en la perinola de la baran- da, escuchó un momento, sin comprender lo que decían las palabras confusas que á sus oídos lle- gaban; sólo, al final, oyó distintamente dos versos pronunciados con más brío: tienen las patas muy largas y también son cabezones Y, después de un breve intervalo, la voz, ahora más lánguida y cadenciosa, lenta como si fuera muriéndose poco á poco, repitió: Tienen las patas muy largaaas y también son cabezoneees 36 TRABAJO SEXTO.
Pío Cid asiste á una enferma de frivolidad.
— ¿Conque usted es amigo tan antiguo de Mi- ralles? — preguntó distraídamente la Duquesa des- pués que hubo leído la carta del Gobernador.
— Sí, señora — contestó Pío Cid, — le conocí liace ya muclios años en Inglaterra.
— ¿Ha vivido usted en Inglaterra?
— Bastante tiempo.
— ¿Qué puntos son los que conoce usted?
— Casi todas la ciudades importantes; pero de asiento he estado sólo en Liverpool y en Londres.
— Hermoso país aquél, ¿no es cierto?
— Los niños ingleses son bonitos; pero cuando crecen y se hacen hombres ó mujeres — No me refería á eso. Hablaba del país en ge- neral.
— El país es triste y demasiado prosaico. Es más agradable vivir bajo este cielo de España — Eso es verdad; pero el cielo es cosa de Dios y no de los hombres. A lo que yo me refería — insistió la Duquesa, que deseaba hacer confesar á Pío Cid que Inglaterra era mejor que España — era á la vida inglesa, á la prosperidad, á los ade- lantos, á las comodidades de aquella vida — 244 — — Hay de tocio, como en todas partes — contestó Pío Cid, sin ceder al deseo de la Duquesa; — y casi estoy por decir que, por lo mismo que hay mayores bienes, hay también mayores males. Yo, puesto á elegir, elegiría España, sin que por esto piense que aquí estamos bien.
— Es usted muy patriota. Yo vivo la mayor parte del año en el Extranjero, y los meses que paso aquí me parecen tan largos — Habrá perdido usted el gusto por las cosas de España. Yo no encuentro esto tan despre- ciable.
— Vamos, no diga usted Pues si hay para no acabar. Desde que llega usted, nota ya el cambio en los trenes. Aunque viniera usted en el mejor tren de Europa, no sé lo que pasa que, al cruzar el Pirineo, cambia la decoración. Parece que entra usted en un mimdo diferente y luego este es- tado de abandono de las ciudades; En fin creo que dijo muy bien quien dijo que la mayor prueba de amor que se puede dar á España es vi- vir en ella cuando se tiene para vivir en otra na- ción.
— Pues yo, para irme á otra parte, me iría á Africa — Mira, Jaime — interrumpió la Duquesa, diri- giéndose á un niño como de ocho años que entró corriendo en el despacho donde Pío Cid había sido recibido, — aquí no haces ninguna falta. Vete á jugar al jardín.
— Déjele usted que se acerque — dijo Pío Cid^ — Tiene usted ya un hijo tan espigado — Es el primero y el único — contestó la Du- — 245 — quesa; — y crea usted que se basta y se sobra para no dejarme en paz. Es muy travieso y desapli- cadillo.
— ¿Qué estudia este mozo? — preguntó Pío Cid mirando á Jaime, que se había acercado á pesar de la orden de su mamá.
— Todavía no ha empezado á estudiar — contestó la Duquesa. — Hasta ahora ha estado entretenido con los idiomas.
— Es algo endeblito y no conviene apresurarlo.
Tiene un gran parecido con su padre — añadió Pío Cid, mirando un retrato que estaba en el tes- tero principal de la habitación.
— Muchísimo — asintió la Duquesa, diciendo en voz más baja á su hijo que se retirara. — Pues sí, señor — prosiguió, sin acertar á recoger el hilo del diálogo interrumpido por la llegada de J aime, — es necesario tener mucho patriotismo, por- que Vea usted si no este ejemplo Ahora estoy preocupada con los estudios de mi hijo Me confesará usted que en España no hay medios de educar bien á un joven. En este punto, nuestro atraso es vergonzoso — Según los estudios que ustedes piensen darle.
— Cualesquiera que sean — replicó la Duquesa. — Por mi gusto sería ingeniero. Yo estoy con el espíritu de la época. El Duque desearía prepararle para la diplomacia — ¿Y cree usted que de España no pueden salir grandes iogenieros?
— No sé qué le diga; pero no es sólo el estudio de las Academias. Se requieren otros estudios an- teriores, dirigidos por un preceptor inteligente.
— 246 — Hasta ahora Jaime ha estado á cargo de una ins- titutriz inglesa. Habría que traer un profesor ex- tranjero también — Es cierto que en España es difícil hallar buenos preceptores — interrumpió Pío Cid; — esto ocurre porque los que hubiera no tendrían empleo, ni quizás serían tan bien considerados como los de otros países; pero precisamente está usted ha- blando con un preceptor, y, aunque peque de in- modesto, le aseguro que soy capaz de dirigir á un discípulo como el maestro más entendido.
— ¿Es usted preceptor?
— No lo soy de oficio, pues nunca he tenido ne- cesidad de enseñar; pero ahora las circunstancias me obligan á ello, y no tendría inconveniente en dar lecciones.
—¿A qué enseñanza se dedica usted?
— A todas las que usted quiera. Aunque en el caso de su hijo, antes de enseñarle hay que des- cubrirle las aptitudes para no perder el tiempo en balde. ¿A qué es á lo que muestra mayor afición?
— Hasta ahora á nada, porque es muy desapli- cado.
— No crea usted, señora, que haya nadie des- aplicado en el mundo. Cuando un maestro dice que un discípulo es desaplicado, debe de enten- derse que el maestro es tonto y no sabe hablar al discípulo de cosas que le interesen. Fuera de los casos contados de idiotismo congénito, no hay niño que no muestre interés por algo, y en cuanto hay interés hay aplicación.
— Pero á veces no se logra descubrir la aptitud.
— 247 — — No se logra porque el maestro sabe poco 6 de pocas materias, y cuando ha agotado su pobre repertorio, declara que el alumno carece de apti- tudes definidas; si supiera hablar de todo, desde los trabajos manuales hasta la alta filosofía, iría cambiando de asuntos hasta que el discípulo se descubriera. Sin embargo, lo corriente es que no sean necesarias tan largas pruebas, y que pocas palabras bastan para conocer el espíritu de un niño. Yo me comprometería á darle á su hijo dos ó tres lecciones, y á decirle á usted á qué estudios deberían dedicarlo para que llegara á ser un hom- bre de mérito.
— Yo aceptaría con mucho gusto y agradecién- dole el interés que demuestra por mi Jaime; pero tampoco querría que usted se molestara Como profesor podría usted darle algunas lecciones, eso sí. Usted conocerá idiomas; le hablará en francés y en inglés, para que no los olvide ahora que se queda sin institutriz, y luego, más adelante, ve- ríamos. El Duque tiene cierto empeño en llevarle á Francia á un colegio de jesuítas, donde él se educó también.
— Yo me pongo á las órdenes de usted, y usted dispondrá de mí en la forma que más le plazca.
— Yo sólo deseo que usted no se incomode in- útilmente. Puesto que usted, según dice, se de- dica á la enseñanza, creo que nada se pierde por hacer un ligero ensayo Siempre es útil conocer las aptitudes de los niños; á ver si usted descubre las de Jaime.
— Eso puede usted darlo por hecho á las pri- meras lecciones.
— 248 — —Pues, cnando á usted le sea posible, venga por aquí; yo le encargaré á mi secretario que sé ponga de acuerdo con usted para lo relativo á honorarios Y cuando le escriba usted á Mira- lies, dígale que estimo mucho su presente — dijo, para terminar, la Duquesa, haciendo un movi- miento para levantarse.
. — No lo olvidaré — asintió Pío Cid, levantán- dose y despidiéndose con un movimiento de cabeza ligeramente ceremonioso.
Así comenzaron las relaciones de Pío Cid con la duquesa Soledad de Almadura, las cuales no pasaron, por lo pronto, de este primer cambio de palabras superficiales. Pío Cid volvió á los pocos días y se encargó de dirigir los estudios de Jaime; pero la Duquesa, aunque tanto interés había mos- trado por la educación de su hijo, no volvió á acordarse de este grave asunto. No le pareció mal que el niño tuviera un preceptor interino, hasta que se decidiera más adelante los estudios que había de seguir; pero seguramente estos estudios los seguiría en el Extranjero, porque era cuestión resuelta ya que en España no era posible que un jbven ilustre recibiera una educación apropiada; y ni Pío Cid, ni un preceptor bajado del cielo, serían capaces de destruir la mala opinión que los Du- ques tenían de su país. Era éste, quizás, el único punto en que los Duques coincidían; en lo demás siempre estaban en desacuerdo ó lo habían esta- do, puesto que á la sazón rara vez se veían jan- tos, y más rara vez aún se dirigían la palabra. Sin embargo, no tardó la Duquesa en desear ver de nuevo á Pío Cid, porque recibió una carta de — 249 — D. Estanislao Miralles en la qne hablaba de él con extraordinario encomio, sin olvidar lo relativo á la elección, y asegurando que era para Jaime una fortuna haber caído en manos de tan buen maestro. La Duquesa tenía una fuerte dosis de vanidad, y su vanidad más saliente era la preten- sión de conocer á las personas con sólo echarles la vista encima. Aunque no parezca bien aplicar á una tan bella señora una tan fea palabra, hay que decir que la Duquesa se creía á sí misma « psicó- loga5), y que su idea de la vida se reducía á la perspicacia psicológica y al arte de hablar espiri- tualmente y al desarrollo del sistema muscular por medio de los ejercicios elegantes. Así, pues, no pudo tolerar que Pío Cid se hubiese escapado á su observación; ella le tomó por un preceptor (y para la Duquesa un preceptor estaba á poca más altura que un ayuda de cámara), por un hom- bre vulgar y medianamente educado, y de los in- formes de Miralles se desprendía, al contrario, que era un ave rara en España. Quizás, dadas las ideas de Pío Cid, lo más pequeño que liizo en su vida fué renunciar el acta de diputado; y en cambio á la Duquesa le parecía incomprensible que quien podía ser padre de la patria se aviniera al obscuro oficio de preceptor; y de todos los elogios que es- cribía D. Estanislao para recomendar á su amigo, el único que produjo efecto fué éste, que demos- traba que Pío Cid era persona de categoría y á la vez hombre desinteresado.
Un día, al terminar la lección, cuando Jaime, y Pío Cid tras él, salían del gabinete donde te- nían sus coloquios, se asomó la Duquesa á la — 250 — puerta del despacho, que estaba contiguo, y, como quien hace una pregunta sin importancia, dijo, tomando la cara á Jaime: — ¿Qué tal el discípulo? ¿Le da á usted mucho que hacer? ¿Es muy desaplicado?
— Es la aplicación misma — contestó Pío Cid deteniéndose. — Aprende la mitad ó más de lo que le enseño, que es cuanto se puede apetecer.
— ¿Qué le enseña usted ahora? — volvió á pre- guntar la Duquesa. — Pero pase usted Y tií, Jaime, vete á comer, que ya será hora. ¿Conque es tan aplicado? Así me gusta.
— Sí, señora — dijo Pío Cid, entrando en el des- pacho y sentándose en una silla que le señalaba la Duquesa, — adelanta mucho, y vamos á sacar de él una notabilidad.
— ¡Una notabilidad! — exclamó la Duquesa con admiración un poco forzada. — ¿Pero notabilidad en qué? ¿Qué le enseña usted ya?
— Le estoy enseñando en primer término á ha- blar— aseguró Pío Cid gravemente. — Jaime ha empezado muy pronto á estudiar idiomas, y el que menos conoce es el suyo propio; lo habla como un extranjero.
— Dicen que esta es la mejor edad para estu- diarlos — Sí es la mejor, á condición de que al estudiar los idiomas extranjeros no se olvide el propio, y de que con las palabras extranjeras no éntre tam- bién el espíritu extranjero.
— Usted es españolista rígido por lo que se ve.
— Soy español nada más, y no me asusto de que abramos las puertas de par en par á todas las — 251 ideas, vengan de donde vinieren. Lo que no me parece bien es que perdamos nuestra personalidad y seamos imitadores serviles. Jaime ha tenido una institutriz inglesa, y es casi por completo un inglesito, y yo no veo la razón de que esto sea así. Cada cual debe de ser por fuera lo que es por dentro; el que se retoca para no parecer lo que es da mala idea de sí mismo, puesto que él mismo empieza por despreciarse.
— Eso está muy bien; sin embargo, no crea us- ted que sea hoy por hoy ninguna gloria nacer en este rincón de España. En otros tiempos fuimos algo, pero ahora ya ve usted adónde hemos ve- nido á parar.
— Usted, señora, cree sin duda mucho de lo que por ahí se dice en contra nuestra, y la mayor parte de lo que se dice, somos nosotros los que lo decimos. Para mí la primera nación es España — ¿Primera en qué? — interrumpió vivamente la Duquesa.
— No es necesario ser primero en nada para serlo en todo. Hay naciones que tienen muchos barcos, un ejército poderoso ó grandes riquezas, y en esto son superiores á nosotros; pero tontos se- ríamos si aceptáramos como puntos de compara- ción esas exterioridades. Hay una Guía de España^ donde están los nombres de nuestras personalida- des más distinguidas, con sus títulos, cargos y honores. Si busca usted allí mi nombre, no le en- contrará; y ¿cree V. que valgo yo menos que todas esas personalidades? Si se quiere hacer la prueba, que se nos ponga en un sitio donde haya que des- arrollar plenamente nuestras facultades; en un — 252 —