— 252 — lugar apartado de la influencia de nuestra civiliza- ción; en el centro de Asia ó de Africa, donde no tuvieran valor ciertos prestigios convencionales que entre nosotros lo tienen. Casi estoy por decirle á usted que en nuestro tiempo los títnlos y hono- res, conseguidos de ordinario por el camino de la adulación y de la bajeza, son indicio de pequenez espiritual; de igual suerte que la supremacía de las naciones, fundada en el abuso de la fuerza ma- terial, revela una inferioridad palmaria. ¿Conoce usted el dicho popular de que «la gracia del bar- bero es sacar patilla donde no hay pelo?» Pues esta gracia es la gracia de España. Nosotros so- mos capaces de hacer más que nadie, con menos medios que nadie, sin duda porque la falta la su- plimos con algo nuestro propio, con algo que está en nuestra sangre y que constituye nuestra fuerza y nuestra superioridad.
— Es usted un hábil polemista, amigo mío; pero si en otros tiempos hicimos algo grande porque tieníamos fe, y ya se dice que la fe hace milagros, ahora no hacemos más que copiar, y copiar mal lo que otros inventan. Han cambiado los tiempos — ¿Piensa usted, pues, que nosotros, que hemos sido capaces de crear cosas muy altas, no serviría- mos para componer ciertos artefactos modernos? Todo sería que nos lo propusiéramos. Si usted quiere puede tener en casa un inventor; precisa- mente Jaime tiene aptitudes naturales para la Mecánica.
— ¿De veras?
— Y tanto. La primera afición que ha descu- bierto es á la Agricultura. Esto debe de ser en parte — 253 — 'por instinto, porque su constitución es bastante • delicada y exige una vida enteramente rústica por lo menos hasta los veinticinco ó treinta años; más que seguir carrera, lo que al niño le convendría, como á la mayoría de los hijos de los aristócratas, sería vivir y estudiar en el campo é interesarse por los progresos de la Agricultura en general y por los de sus haciendas en particular. Usted me dijo que por su gusto el niño sería ingeniero; po- día ser ingeniero agrónomo y tener su correspon- diente título; aunque con el de Duque que here- dará le sobra, y lo que más falta le hace es saber. Saber cosas bellas y útiles, y luego iniciarle en el secreto de las invenciones, para que ilustre su apellido con alguna hazaña moderna de esas que á usted tanto le seducen.
— Ahora que me habla usted, recuerdo que Jaime, cuando estuvo la última vez en el campo, construyó un molino (cosas de muchachos), y todos los que lo vieron decían que estaba muy bien y que revelaba mucho ingenio. Pero ¿cómo es posible aprender á ser inventor? Yo creía que los inven- tos eran obra del azar; es decir, hay también que estudiar, pero entre tantos como estudian, uno por casualidad tropieza con algo nuevo.
— El inventar — aseguró Pío Cid con aplomo — es cuestión de independencia y de audacia. Usted habrá notado que yo en naateria de educación dejo mucho que desear. Soy mal educado, lo reconozco; y si usted me lo dice no me ofendo, porque, á mi juicio, la educación es una de tantas rutinas. Pues bien; en la ciencia hay sabios mal educados, y éstos son los inventores; no siguen las reglas — 254 — usuales, sino que piensan ó manipulan á su an- tojo, y así revelan su originalidad, sacan á luz hechos ocultos, inventan. ¿No se le ha ocurrido á usted pensar que yo sea un inventor desconocido?
— Me ha parecido usted un tipo extravagante — contestó la Duquesa con sonrisa amistosa. — ¿Cuál es el invento de usted, vamos á ver?
— Quizás se imagina usted que mi invento es como el de una señora que yo conocí, la cual an- daba revolviendo oficinas para obtener patente de invención en todas las naciones, y luego supe con sorpresa que el invento consistía en una red em- plomada para embalar y resguardar las seras de carbón ó los canastos de fruta No es mi invento de esta clase, ni es un invento sólo, sino que son más de veinte, y con cualquiera de ellos, si yo quisiera darlo á conocer, podría hacerme millo- nario.
— Pues si no los ha sacado usted á luz por falta de medios — dijo la Duquesa en un tono entre bur- lón y benévolo, — yo le ofrezco mi protección. He aquí algo original que no me disgusta del todo. En vez de proteger artistas, ¡ cuánto más me satis- faría que por mi mediación tuviera España la honra de contar entre sus hijos á algún inventor famosol — No es protección lo que necesito — contestó Pío Cid inclinándose en señal de gratitud, — pues algunos de mis inventos podrían proporcionarme dinero en abundancia sin exigir grandes desem- bolsos. La dificultad está en que 5^0 creo que los inventos son perjudiciales al hombre, y en que los míos lo serían también, y el aliciente de la ganan- — 255 — cia no basta á decidirme á echar sobre mí la gran responsabilidad de hacer un daño positivo á mis semejantes.
— Eso es según y conforme. Hay inventos úti- lísimos Tantas máquinas para ayudar al hom- bre en sus trabajos, el ferrocarril, el telégra- fo, centenares podrían citarse.
— A mí, al contrario, me parece que es tanto mejor la vida cuanto más sencilla y natural. Si continuamos por el camino que hoy seguimos, bien pronto será la existencia una carga tan pe- sada que no habrá quien la soporte. Los nervios, sacudidos por tantas y tan fuertes excitaciones, harán de nosotros autómatas despreciables, cuando no nos lleven á la locura. Hay inventos útiles, los pequeños inventos de la industria humana, que más que inventos son aplicaciones de las fuerzas naturales que están á la vista y al alcance del hom- bre; pero las invenciones verdaderas, las que ver- san sobré fenómenos ocultos y misteriosos, son perjudiciales porque sacan las cosas de quicio. Vea usted, por vía de ejemplo, una de mis inven- ciones. Usted no ha pensado nunca, ni quizás ningún sér humano pensó jamás, que en nosotros hay luz latente; más claro, que somos focos de luz espléndida y admirable que hasta el día ha per- manecido invisible. Pues bien; yo he descubierto esa luz, á la que podríamos llamar «luz hu- mana».
— ¡Usted! — exclamó la Duquesa con curio- sidad.
— Yo — afirmó Pío Cid con acento convincente.— Y no crea usted que le doy importancia á mi des- — 256 — • cubrimiento. Sé que las más altas concepciones de la idea pura, á la que yo profeso culto y amot, interesan ahora menos que una innovación insig- 'niñeante en los velocípedos; figúrese usted qué revolución no armaría en el mundo mi invento de la luz humana. El aparato para producirla cuesta menos de dos pesetas y dura una infinidad de años; y la luz es eterna, puesto que dura tanto como la vida del hombre; el que se muere ya üo luce más; pero nacen otros que empiezan á lucir, y la luz aumenta conforme crece la humanidad Y ahora que tanto se habla de negocios,;qué ne- gocio éste si se piensa en la millonada que el mundo gasta en alumbrarse, y que se ahorraría por completo con la nueva luz, que no cuesta ab- solutamente nada!
— Pero eso parece un cuento fantástico.
— Es una realidad tan insignificante, que, una vez conocida, nos sorprende haya podido perma- necer oculta. ¿Usted tiene corazón?
— ¡Qué pregunta!
— Me he explicado mal. Quiero decir que si us- ted se ha fijado alguna vez en su corazón. ¿No se ha puesto usted la mano sobre él y no le ha sen- tido latir?
— Naturalmente — dijo la Duquesa, llevándose la mano al corazón por movimiento maquinal.
— Pues bien; donde hay movimiento hay luz en germen. No sé si usted sabrá que los sabios ya no admiten varios agentes ó faerzas; los reducen todos á un fenómeno único: la vibración de éter. Con el tiempo se llegará á ver claro que no hay tal éter ni tal vibración. Pero sin meternos en — 257 — honduras, para que usted no se fatigue, le diré en dos palabras que mi invento consiste en un apa- rato sencillísimo, con el que saco del latido casi imperceptible, y hasta aquí no utilizado, del cora-: zón un fluido transmisible, á semejanza de una corriente eléctrica, aunque nada tiene que ver lo uno con lo otro — ¿Y de ese fluido sale la luz?
— Aun no. Ese fluido del corazón es la mitad de la nueva luz. Para que haya tormenta ha de haber dos electricidades que se atraigan y cho- quen, y del choque nacen relámpagos y rayos, que son como miradas é imprecaciones del universo. También la luz humana brota de un choque de dos corrientes, aunque brota más silenciosa y se- rena.
— ¿Y de dónde sale el otro fluido? — preguntó la Duquesa con el mismo interés con que un niño pregunta el descenlace de una historia.
— Sale del cerebro; está oculto en las sienes, como el otro estaba oculto en el corazón. Enlaza usted ambos fluidos por un conductor Un cor- doncillo tan fino como ése (dijo señalando el de que pendían los impertinentes de la Duquesa), y ya está creada la luz humana.
— ¿Usted la ha visto? ¿Ha hecho la expe- riencia?
— La ha hecho una sola vez, y la vi en forma de arco sobre mi cabeza; vi un nimbo de luz roja como la sangre, con franjas amarillentas; y no obstante lo subido del color, aquella luz alum- braba como una estrella que fuera descendiendo y acercándose más y más á la tierra; porque el asom- 17 bro agitaba todo mi sér, y conforme aumentaba el latir de mi corazón y la panzada de mis sienes, aumentaba la fuerza de la luz, hasta tal punto que creí arder y consumirme en mi propia llama, y asustado rompí el hilo que enlazaba las dos co- rrientes — Eso parece un invento infernal — dijo la Du- quesa, mirando asustada á Pío Cid, quien al hacer la revelación había tomado involuntariamente un aire misterioso y diabólico.
— Yo me he jurado á mí mismo no descubrir jamás el secreto de mi invención; pero sin descu- brirlo sería capaz de mostrarle á usted, en usted misma, esa luz maravillosa, brillando en su en- sortijada cabellera como una diadema de fuego; fuego del cielo ó de los infiernos, ¿qué importa? — agregó Pío Cid, como burlándose del miedo in- fantil que en el rostro de la Duquesa se retrataba.
— Sólo de pensarlo me da miedo — dijo la Du- quesa levantándose. — E s usted un hombre verdade- ramente original Usted no es lo que parece, aunque dice que todos debemos parecer lo que somos.
— ¿Qué cree usted, pues, que soy yo? — preguntó Pío Cid, levantándose también, como para reti- rarse.
— Usted vale demasiado para simple precep- tor Usted debía aspirar á cosas más altas; por más que ya sé que no es usted ambicioso y que no há mucho renunció usted á un cargo político bri- llante, por el que tantos otros se afanan Lo sé por Miralles, quien me ha hablado de usted como usted se merece.
- 259 — — Usted tiene quizás, señora, una idea dema- siado alta de la política. Yo creo que enseñar vale más que gobernar, y que el verdadero hombre de Estado no es el que da leyes, que no sirven para nada, sino el que se esfuerza por levantar la con- dición del hombre. Quienquiera que haga de un tonto un discreto, de un haragán un trabajador, de un tunante un hombre de bien, ha hecho, él solo, más que diez generaciones de hombres polí- ticos, de esos que se contentan con ver funcionar por fuera el mecanismo de las instituciones.
— Esa idea será todo lo noble que usted quiera; pero vengamos á la realidad, y dígame si los hom- bres de entendimiento superior no tienen su puesto marcado en la política, y si un preceptor, en el hecho de serlo, no se condena él mismo á ser un cero á la izquierda.
— Eso piensa todo el mundo; pero yo pienso lo contrario, y sigo mi parecer. Supuesto que yo va- liese algo, no valdría tanto como Aristóteles, por ejemplo; y Aristóteles fué preceptor, y nada per- dió con serlo — Pero, amigo mío — interrumpió la Duquesa, dándose aires de bien enterada, — Aristóteles fué preceptor del hijo de un rey.
— Y yo soy preceptor del hijo de usted — replicó Pío Cid, dando intencionadamente á su galante- ría el tono de una réplica escolástica.
— Tiene usted salida para todo — asintió la Du- quesa, esponjándose al oir el argumento, mientras Pío Cid aprovechaba la ocasión para despedirse, sin añadir una palabra más.
No era asunto fácil despertar interés en el es- - 260 - píritu superficial y voluble de la Duquesa, y no fué escaso mérito en Pío Cid acertar; la revelación del invento de la luz humana (que no era broma, como alguien podría suponer, sino invento real y verídico, como otros que por amor á la verdad, ya que no á la ciencia positiva, se declararán en el curso de estos trabajos) fué un medio muy eficaz, empleado muy hábilmente por el original precep- tor para conseguir su objeto. La Duquesa pensó varias veces en la famosa ocurrencia de convertir á los seres humanos en farolas ambulantes, y aun . deseaba saber si también todos los animales ten- drían luz latente como el hombre. Este punto no lo había tratado Pío Cid; pero á la Duquesa con la primera lección le bastaba para comenzar á tener ideas personales. Dos ó tres veces estuvo para entrar de nuevo en el despacho y preguntar al maestro por los adelantos del discípulo, pero lo dejaba para otro día por no familiarizarse, ni me- nos mostrar curiosidad.
Hubo al fin un motivo natural para que la Du- quesa hablase de nuevo con Pío Cid: el de des- pedirse para emprender la acostumbrada excur- sión veraniega, que casi siempre se prolongaba hasta fines de año, y recomendarle eficazmente que no dejase de la mano á Jaime, cuya aplica- ción y apego al maestro eran ya notorios.
Estaba la Duquesa en un gabinete contiguo al despacho, leyendo un libro muy lindo de poco vo- lumen, y al ver entrar á Pío Cid y á Jaime, se asomó un momento para que su presencia fuera notada, y dijo: — Den tranquilamente la lección. Cuando ter- — 261 — minen, tengo que hacerle á usted algunas indica- ciones; no es cosa de importancia Después se retiró con el libro abierto y conti- nuó su lectura, aunque más atención que al libro prestaba á las explicaciones que dió aquel día Pío Cid, las cuales eran las últimas de una curiosa serie sobre el tema tan útil como poco estudiado de la elaboración del j)an, comenzando desde que se siembra el trigo, hasta que sale la hogaza co- cida del horno.
Había tomado pie el maestro para estas leccio- nes, de la noticia que le dió la Duquesa de que Jaime había construido un molino de juguete. Los Duques tenían en una de sus posesiones varios molinos, j el niño gustaba de ir á jugar con los hijos de los molineros, y se había aficionado á sus entretenimientos y habilidades. A las primeras palabras notó Pío Cid el interés del discípulo, y decidió explicarle á fondo estas artes útiles, cuyo conocimiento da al hombre una idea más grave, noble y humana de la vida; |)orque, le decía, hay hombres que viven sin saber los esfuerzos y sudo- res que cuesta el pedazo de pan de que diaria- mente se nutren, y estos hombres no pueden com- prender la verdadera fraternidad, que consiste en considerarnos ligados á los otros hombres, altos y bajos, pobres y ricos, de tal suerte, que nuestra existencia sea imposible é infecunda sin la de los demás. Hay hombres presuntuosos que creen me- recer que la humanidad se hinque ante ellos de rodillas porque han tenido alguna idea nueva que redunda en provecho común, y no piensan que esa idea no la hubieran tenido si la comunidad no les — 2G2 — — 2G2 — hubiera libertado de la esclavitud de otros tra- bajos más penosos y menos brillantes, que consu- men las faerzas de tantos como luchan, piensan y se sacrifican generosamente en silencio.
Después de aprender, una por una, en lecciones anteriores todas las faenas de la molinería y pa- nadería, con ejemplos muy claros y dibujos expli- cativos, en que Pío Cid le trazaba los diversos aparatos y herramientas de ambas industrias^ quiso Jaime enterarse también de la producción del trigo, sobre la que tenía ideas muy equivoca- das. El maestro le explicó un compendio de cosas agrícolas en términos tan expresivos, que Jaime oía todo aquello con mayor atención que si fuera un cuento de hadas. Y lo que más le sorprendió fué la noticia de la rotación de los cultivos; porque él creía que las tierras producían siempre lo mismo, y que la que criaba trigo, por ejemplo, no podía llevar maíz ó habichuelas. Pío Cid le hizo notar que á semejanza del hombre que ha de variar la alimentación y alterar los diversos estudios y es- parcimientos para no fatigarse y para que su or- ganismo se desarrolle armónicamente, la tierra exige períodos en descanso y variedad en los cul- tivos, para ir recuperando las faerzas que gasta, á fin de no agotarse por completo. Porque todo cuanto existe — decía, — desde la última planta hasta el animal más perfecto, proviene de la tie- rra; todo es tierra en varias formas, y aunque las diferencias aparentes sean muy grandes, todo viene á ser lo mismo. El labrador qae cuida de sus tie- rras y el cocinero que cuida de tu alimentación, y, yo mismo, que trabajo para enseñarte, somos tres — 263 — personas distintas y xin solo hombre verdadero. Y lo peor es, que se nota con facilidad, que el la- briego abandona y pierde sus labores, y que el co- cinero guisa mal y echa á perder los estómagos, y nadie se fija en lo que es más frecuente y más grave, en que el maestro estropee la cabeza de los discípulos y la convierta en un erial, que esto, y no otra cosa, es el cerebro de la mayor parte de los hombres.
Con estas sanas consideraciones terminó el co- loquio de aquel día, y la Duquesa, que los había estado escuchando, casi se sintió pesarosa de no haber asistido á los anteriores y de no poder se- guir, á causa de su viaje, aquellas útilísimas con- ferencias.
— Ahora comprendo — dijo á Pío Cid cuando éste entró á saludarla y á recibir sus instruccio- nes— la razón que usted tenía al decirme que la aplicación del discípulo depende del profesor. En este buen rato que yo he estado oyendo á usted — añadió cerrando el libro que tenía en la mano — he aprendido más que si hubiera leído diez tomos de agricultura. ¿Qué digo de agricultura? Si lo que usted enseña es filosofía de la labor, ó qué sé yo cómo explicar. No es lisonja, pero si mi viaje no estuviera decidido, ya tenía usted en mí un nuevo discípulo. Dicen que las mujeres somos fri- volas, que no pensamos más que en cosas superfi- ciales Yo seré una excepción, pero le aseguro que me entusiasman los estudios, esos estudios agradables é instructivos — ¿Está usted, pues, de viaje? — interrumpió Pío Cid, sentándose con familiaridad. — Cuánto - 264 — siento, señora, que el viaje me prive de sus enseñanzas. Porque tiene usted un talento tan claro, que de emprender esos estudios sería yo el que aprendiera; por lo menos aprendería yo más, mucho más que usted.
— ¡Qué error! Yo soy un pozo de ignorancia.
— Ignorancia en agricultura; pero esto, ¿qué interés tiene para una mujer ni ¡Dará un hombre? Es bueno para los niños, para moldearles el cere- bro y para inñmdirles el sentimiento de la natu- raleza, de la realidad. A una mujer es otra ciencia la que le conviene, y en esta ciencia las mujeres son doctoras de nacimiento.
— ¿Qué ciencia es esa? — preguntó la Duquesa saboreando anticipadamente algún atrevido con- cepto de Pío Cid. — Supongo que no tendrá nada que ver con la creación de la luz humana.
— ¿Aun se acuerda usted de mi invento?
— Me acuerdo, y después de pensar en él, me interesa mucho más. Al principio me pareció un disparate, y después lo imagino como algo na- turalísimo. Usted tiene el don de hacer compren- der y de obligar á creer. Si hubiera leído escritas sus explicaciones, dudaría de usted, y oyéndole veo esa luz como si la tuviera delante de los ojos.
— Como verdad, lo es, yo se lo aseguro; pero como importancia, yo no creo que tenga ninguna. Le puse ese ejemplo como pude ponerle otro, por- que me entristecía ver que una inteligencia privi- legiada como la de usted, estuviera sugestionada por el atractivo de ciertas novedades. Estas inven- ciones dan dinero y poder, dominio material; pero esto, ¿qué vale? ¿Qué importa que salga luz — 265 — del corazón y del cerebro, si para ver lo que vemos sería preferible vivir á obscuras? Si yo supiera crear fuego en todos los corazones é ideas nobles y generosas en todos los cerebros, ¡ésta sí que sería una invención maravillosa! Los inventos materia- les desprécielos usted; todo eso, después de atur- dimos y molestarnos, pasa y muere sin dejar más que silencio y polvo.
— Y esa invención maravillosa, ¿tiene algo que ver con la ciencia de que usted hablaba antes y que yo no conozco, aunque usted crea que las mu- jeres la poseemos infusa?
— No puede usted conocerla porque no está en los libros; la posee nsted porque está en la natu- raleza. La ciencia que está escrita en el papel, en- vejece con el papel; pero esa otra ciencia, que más debe llamarse sabiduría, es eterna; es quizás lo único eterno.
— ¿Pero cómo se llama esa ciencia? — le pre- guntó la Duquesa, mirando la cubierta del libro elegante que aún tenía cerrado en la mano.
— No tiene nombre ni debe de tenerlo. Es un saber raro — ¿De qué trata al menos? — insistió la Duquesa sin apartar los ojos del libro.
— Es difícil de explicar. ¿Qué pensaría usted si le dijera que trata del a23risionamiento del espí- ritu?
— Tiene usted la especialidad de los pensa- mientos extravagantes — dijo la Duquesa, y variando repentinamente de idea, añadió: — Hay muchos que se llaman poetas y piensan en prosa, y usted es un hombre que se dedica á oficios pro- — 266 — saicos, y quizás sea un poeta de verdad. ¿No se le ha ocurrido á usted nunca componer novelas ó escribir versos? Ya que tiene en tan poca estima los inventos materiales, podía inventar poesías, leyendas bonitas.
— Algo de eso he compuesto, pero lo rompo después. Casi me gusta más destruirlo que inven- tarlo.
— ¿No queda usted satisfecho de su obra?
— Sólo los tontos quedan satisfechos de sus obras y se encariñan con ellas.
— ¿Y usted, como no es tonto, no se encariña?
— Yo pienso que todo muere. ¿No sabe usted que la Divinidad tiene dos principales atributos: el de crear y el de destruir? Un hombre que creara una gran obra y luego la destruyese antes que ella sola pereciera, sería un hijo predilecto de Dios. Esto no será del agrado de usted, porque la mujer es refractaria á la destrucción (y á la crea- ción también).
— Entonces, ¿para qué servimos? — preguntó la Duquesa sonriendo.
— Ustedes son las encargadas de la conservación.
— i Bello modo de decirnos viejas! Yo le ase- guro que no soy conservadora. ¡Quite usted allá! Soy de ideas avanzadas, y no me asusta la repú- blica, ni aunque sea la federal Vea usted.
¿Dónde cree usted que voy yo á pasar la mayor parte del verano? Pues voy á Suiza, á los La- gos. Conozco aquéllo muy bien, y le digo que me alegraría de que nuestro país fuera una república como aquélla, aunque tuviera usted que lla- marme ciudadana Soledad.
— 267 — — En tal caso yo la llamaría á secas Soledad Pero no llegaremos nunca á tan dichoso régimen.
— ¿Por qué no?— dijo la Duquesa con aire ma- licioso.
— Porque en Suiza la mayor parte de los ciu- dadanos se dedica á fabricar relojes, y así han ad- quirido hábitos de regularidad y de orden, que nosotros no tenemos, y sin los cuales no hay re- pública posible.
— Es usted, lo repito, un polemista formida- ble. En verdad que tiene usted unas salidas — Son hechos vulgares, y como ése hay mil. Por ejemplo: yo he estado en Suiza tres días; fui con un conocido á las fiestas del Tiro federal. ¿Qué le parece á usted de un país cuya mayor distracción consiste en afinar la puntería, en apuntar preci- samente para no matar? Ese es un país pacífico, donde se puede vivir sin gobierno. Pero nosotros que apuntamos siempre á dar donde más daño podemos hacernos, necesitamos para andar dere- chos un dictador y una batería en cada boca- calle.
— Entonces nos quedamos sin república. Pero, ¿qué estaba yo diciendo?^ — agrególa Duquesa como si quisiera recordar. —;Ah!, sí; decía que us- ted debía ser autor, pero no para romper sus obras. Si usted escribiera un libro que se hiciera famoso Vea usted algo que no muere tan filcilmente. No es menester que fuera un libro grande. A mí, las obras largas me horripilan. Un libro como éste que yo leo ahora y que es uno de mis favoritos. ¡Cuántos siglos hace que le escri- bieron, y se lee siempre con el mismo encanto!
— 2G8 — — dijo, tendiendo á Pío Cid el precioso volumen, que era una edición francesa ilustrada de la Pas- toral de Longo. — ¿Conocerá usted el Dajnisy Cloe, sin duda?
— Lo leí hace muchos años — contestó Pío Cid, cogiendo el libro. — Aunque á usted le desagrade cirio, le diré que no es santo de mi devoción. Es demasiado femenino ó afeminado; es una obra de decadencia.
— ¡No diga usted eso, ¡oor Dios! Es un idilio delicado y con un perfume silvestre que encanta.
— A mí me parece una, imitación sensual y profana de la historia de Adán y Eva. Sólo que la serpiente engañó á la mujer para que ésta en- gañase al hombre, y Liconia (creo que se llama Liconia la mala mujer que interrumpe el idilio) engaña al hombre para que éste engañe á la mujer.
— No había oído jamás esa comparación, y no deja de ser curiosa.
— Si quiere usted se la escribiré en unos versi- llos que se me ocurren ahora mismo. Usted cree que yo debo de ser poeta La Duquesa hizo un leve signo de asentimiento, y Pío Cid la miró rápidamente, como para cercio- rarse de algún detalle de su rostro: un rostro ova- lado, de facciones suaves, encerrado en el marco que formaban los obscuros bucles cayendo flotan- tes en estudiado desorden, con cuya sombra contrastaba la luz azul intensa de las pupilas. Era más bien rubia, y á ratos parecía morena, cuando le daba la sombra; producía la impresión de mujer graciosa, porque su estatura era mediana y sus movimientos veleidosos, y á ratos tomaba — 26í) — — 26í) — aires de majestad, irguiéndose con adusta rigidez. Parecía muy joven, aunque á veces, al reir con cierto dejo de presunción, se le marcaba desde la nariz á la comisura de la boca una arruga honda, que le descubría los años. Este era quizás el único defecto de su rostro, y la Duquesa debía conocerlo muy bien, y por esto se violentaba para man- tenerse seria y grave. Pío Cid miró, pues, y to- mando nna pluma la apoyó sobre la primera hoja blanca del libro con la misma sana intención con que el cirujano empuña la lanceta, y escribió unas cuantas líneas, que dió luego á leer á la Duquesa, la cual, después de examinar atentamente aquellas palabras, que más parecían palotes muy finos puestos en hilera, leyó lo que decían: ccCloe es la flor ideal que va á nacer En Dafnis, tallo tierno y floreciente; Liconia es la fatídica serpiente (Primera arruga en rostro de mujer) Que arrastra con sigilo su impureza Y se oculta en lo obscuro cautelosa, Como eterno traidor, que, generosa, Abriga entre sus pliegues la belleza.»
Después de la lectura volvió á mirar lo escrito, y ahora vió como una contradanza de patas de mosca, en la que sólo se distinguía el verso puesto entre paréntesis. ¡Pérfido paréntesis, que, en vez de quitar importancia á las palabras metidas en él, las sacaba de su sitio y las lanzaba al rostro de la lectora! Esta se quedó sorprendida ante aquella inesperada ofensa, que á ella le pareció acción grosera y villana, propia de un miserable plebeyo; — 270 — pero se rehizo al instante para no descomponerse, y dijo con frialdad: — Está bien. Ya proseguiremos nuestras crí- ticas.
Pío Cid se levantó, é inclinándose ante la Du- quesa, dijo: — Yo le deseo un feliz viaje, y aunque valgo tan poco, me ofrezco para todo cuanto me ordene. A muchos tendrá á quien ordenar; pero nadie obe- decerá con la eficacia que yo. Aunque sea un im- posible, pídamelo, y lo haré.
— ¿Aunque sea un imposible? — articuló la Du- quesa maquinalmente, midiéndole de arriba á abajo.
— Aunque sea un imposible — repitió Pío Cid retirándose.