Con razón sobrada decía Martina que su marido sería un hombre perfecto si no se tratara con na- die. Aquel verano fué Pío Cid un modelo de espo- sos, y Martina, que, bien que sin motivos fundados, estaba siempre inquieta con sus salidas y entra- das, y más desde que supo que andaba la Duquesa por medio, vivía ahora sin temores. Porque lo más curioso era que Martina hablaba de Pío Cid casi con desprecio, considerándole como hombre incapaz de enamorar á nadie, ni siquiera digno de que una mujer pusiera en él los ojos, y, sin em- bargo, los celos se la comían y los dedos le pare- cían huéspedes.
— Mirando las cosas con calma — pensaba ella, — Pío es un hombre sin gracia y sin agarradero, y hasta parece soso y bobalicón en materia de amoríos; pero alguna virtud secreta debe de tener — 271 — cuando á mí me pasó lo que me pasó y cuando á todo el mundo lo baraja como quiere. Quizás será que hoy los hombres son muy malos y muy inútiles, y Pío al menos es generoso y formal Como bueno, no es bueno; porque si lo fuera, no me daría tantos disgustos ni tendría empeño en mortificarme llevándome siempre la contraria; pero es que todos los hombres son unos tiranos, y las mujeres somos débiles y no tenemos tesón para sostener una cabezada. Primero chillamos mucho, y después nos conformamos y obedecemos como unas cabritas.
Supo, pues, con extraordinaria satisfacción que la Duquesa se iba al Extranjero y que Jaime, que había quedado á cargo de una vieja aya y de un criado de confianza, suspendía las lecciones algu- nos días después para ir á tomar baños de mar al Mediterráneo, cuyas aguas, por ser más templa- das, las había recomendado el médico en vista de la endeble constitución del Duquesito, aunque es posible que la templanza de las aguas fuese un pretexto de la Duquesa para no llevar consigo á su hijo á los balnearios del Norte, y evitarse así cuidados y molestias. También se fué Benito á pasar las vacaciones á Fuentesaúco, y, por último, Gandaria, aunque no quería moverse de Madrid, hubo de acompañar á sus papás á San Vicente de la Barquera por complacer á su mamá, inconsola- ble desde el día que Consuelo tomara la resolu- ción de entrar en el convento. Así, durante los tranquilos meses de aquel verano yo solo iba á casa de Pío Cid, de quien por este tiempo era, además de amigo, vecino y casi como de la familia.
— 272 — El mismo día de la boda de Paca, quejándose D.^ Candelaria de los abusos de los caseros de la corte y de que le exigieran un mes de alquiler por el piso que había apalabrado para trasladarse á él con sus hijas cuando Pío Cid volviera de Granada, tuve yo la idea repentina (por algo se dice que de una boda sale otra y que un casamiento hace cien- to) de dar cuerpo á los vagos planes de vida nueva que desde tiempo atrás acariciaba, y le propuse á la suegra de Pablo del Valle quedarme yo con el 23ÍSO para ahorrarle á ella el pago del alquiler y ahorrarme yo el trabajo de buscar casa, sin con- tar con que ésta tenía el aliciente de estar en buen sitio y á dos pasos de la de Pío Cid, cuya amistad quería yo estrechar. Celebrado felizmente el traspaso á la hora de los postres, al día siguiente me instalé en mi nueva casa, y para que el cam- bio fuera más radical, me traje conmigo á Anita y á su madre y hermano. Anita no debía coser más chalecos, sino estudiar y afinarse, para lo que me lancé á alquilarle un piano y á darle yo mismo algunas lecciones; D.^ Gracia era la directora de la casa, y á Joaquinito, cuya vista era cada vez más endeble, lo quité de la imprenta del periódico y lo matriculé en una Academia preparatoria de carreras especiales, con ánimo de que fuera estu- diando para ingresar en el Cuerpo de Aduanas.
Como comprenderá el lector prudente, yo pro- cedía como un verdadero mono de imitación y co- piaba con mis escasas luces lo que veía en casa de mi amigo, sin comprender que lo importante no era la exterioridad, sino algo íntimo que él sabía infundir en sus obras, sin lo cual todo se vendría — 273 — prontamente abajo, como se vino mi edificio. Mas, de todas suertes, algo bueno hay siempre en las cosas humanas, y aunque no recomiende á nadie que se meta en tales enredijos, debo consignar que el nuevo régimen familiar fué muy ventajoso para mi salud, y que mis amigos y compañeros de Redacción, aunque me criticaban, reconocían que estaba más grueso y de mejor color que nunca, gracias á los cuidados y atenciones de D."^ Gracia. Pero no se escribe este libro para sacar á luz mis pequeños y obscuros trabajos, sino los grandes y memorables de Pío Cid, y téngase en cuenta este paréntesis sólo para explicar cómo fiií yo á vivir en la vecindad de mi amigo y por dónde llegué á tratarle íntimamente á él y á todos los suyos, cir- cunstancias todas que refuerzan la veracidad de mi relación.
No era Pío Cid hombre que se rigiera por pau- tas establecidas; y aunque la costumbre es tomarse vacaciones en el estío y descansar de las faenas del año, él no descansó, sino que, al contrario, se aplicó con más ganas á sus comentarios del Có- digo para rematarlos cuanto antes y ganar lo con- venido con el editor. Aparte los gastos de la casa, tenía que enviar 50 duros mensuales á D.^ Can- delaria para que cubriesen ella y su hija los gas- tos más apremiantes, puesto que Candelita, aun- que, según escribía su madre, estaba satisfecha y orgullosa de la acogida que el público barcelonés la había dispensado, ganaba poco, y lo poco y co- brado con retraso se lo tenía que gastar en trajes para no confundirse con las coristas; á esto había que agregar lo que se le iba á Martina de las ma- 18 — 274 — nos comprando cintas y moños para el hatillo del esperado fruto de bendición, tarea previsora á la que consagraba sus días y sns noches la futnra madre, auxiliada eficazmente por todo el enjam- bre, en particular por Mercedes y Valentina.
Todas las jóvenes que se hallan en estado intere- sante tienen sus manías y antojos, y Martina, por no ser menos, tenía los suyos; los principales, la costura y el amor á la vida del campo. Las conver- saciones durante las largas horas de labor versaban siempre sobre este bello tema, que Martina domi- naba á fondo; antes de marcharse Candelita ó Francesca, como ya comenzaban á llamarla, á la ciudad condal, el deseo de Martina era dejar Ma- drid, donde decía estar muy á disgusto, é irse á vivir él Barcelona, á una torrecita por San Gerva- sio; pero ahora había cambiado de rumbo, y sus ojos se fijaban en Aldamar y ponía allí su nido de amor, apartado del mundo y de las miradas de los hombres.
— Si tú quisieras darme gusto — decía á su ma- rido,— ya que eres tan amante de las cosas natu- rales, acabarías ese trabajo, y con él y un poco más, haciendo economías, tendríamos para com- prar en tu pueblo una casita con su huerto, y allí viviríamos felices. Ya sabes que yo me contento con poco.;Lo que me gustaría tener una buena bandada de gallinas, una vaca y una cabra! ¡Qué gusto ir al corral y recoger los huevos frescos, acabaditos de poner, y no que aquí casi no los pruebo porque me repugnan! ¡Y luego la leche! Aquí lo que venden es agua, que no alimenta ni tiene onusto á nada. A mí sólo me satisface la leo — 275 — che que veo ordeñar, y bebérmela calentica y con espuma, que se quede pegada á los labios — ¡Calla, hija — interrumpía D."" Justa, — que se le ponen á una los dientes largos de oirtel — Tienes un gran talento descriptivo, que le llega á uno á lo hondo del estómago — agregaba Pío Cid. — Parece que te has propuesto mortifi- carnos.
— Eso porque quieres — replicaba Martina. — En tu mano está todo eso y mucho más. Sólo que tú hablas mucho contra la vida falsa de las ciuda- des, y luego todo se queda en conversación.
— ¿Crees tú — decía Pío Cid — que lo natural está sólo en el campo? En el centro de la corte de España estamos viviendo nosotros más natural- mente que muchos que viven en el campo, donde también hay mentiras y artificios, peores quizás, por ser más pequeños. Reconozco que este piso es un jaulón más propio para aves que para per- sonas; pero nos queda el recurso de irnos á pasear por las afueras, que, aunque no son ninguna ma- ravilla, algo tienen que ver.
— No faltaba más sino que defendieras las vis- tas de Madrid — interrumpía Martina.
— No las defiendo, y, además, te diré que yo también estuve decidido, cuando fui el año pasado á Aldamar, á quedarme allí para siempre; pero luego me daba lástima de D.^ Paulita, y pensé que lo mismo se vivía en una parte que en otra, y volví, y si no hubiera vuelto no te hubiera co- nocido.
— ¡Ojalá hubiera sido así! No estoy tan contenta de mi suerte; pero, de todos modos, aquello pa- — 276 — só, y ya no tienes necesidad de conocer á nadie más.
— Yo creo que sería una cobardía volver las espaldas. Ya tengo aquí ciertas obligaciones. Ni es posible tampoco que todo el mundo viva en el campo, ni que los hombres se consagren á comer y á beber; alguien ha de pensar y ha de luchar para que la humanidad no se embrutezca por com- pleto.
— Señores — -decía Martina dirigiéndose á la reunión, — sepan ustedes que este caballero está encargado de arreglar el mundo. ¡Valiente im- bé!
— Para ti sólo tiene importancia la vida vege- tativa; te aplaudo el parecer y sigo con el mío.
—Yo creo, Martina — intervenía Pablo, — que exagera usted. El hombre que escribe un libro de esos que forman época y que cambian el sér de la sociedad, es digno de que se le admire. Si todas las mujeres pensaran como usted y los hombres siguieran sus consejos, ¿adónde iríamos á parar?
— Usted, Pablito — le contestaba Martina, — • dice eso porque tiene la manía de los papeles; pero como usted no hay cuatro; y todos esos libro- tes, hoy unos y mañana otros, todos servirán para envolver. Y usted que se calienta la cabeza, y yo que me río de esas necedades, nos quedaremos lo mismo.
— También se queda lo mismo la mujer que se casa y la que no se casa — argüía Pablo, — y, sin embargo, todas están deseando de casarse.
— Para tener un tonto que las mantenga — re- plicaba Martina haciendo una mueca burlona, — 277 — mientras la asamblea se reía de ésta y otras mil picardigüelas que la inteligente criatura iba apren- diendo en el trato íntimo de su esposo.
Estas escenas públicas tenían casi siempre una coletilla, y cuando Pío Cid se quedaba á solas con su díscola mitad, el tema de la vida campe- sina remataba por una discusión que á Martina le llegaba más á lo vivo: la de saber cuándo iba á quedarse sola en su casa, según era su deseo.
— Cuando yo salga de mi cuidado — le decía, — habrá que tomar una niñera, y no se cabrá en la casa. Esto te lo aviso con tiempo. Por Pablo y Paca no liay que preocuparse, porque ellos están decididos á tomar cuarto muy pronto, y se lleva- rán á Valentina. Mercedes es la gran dificultad...Es muy buena y callada, y me da lástima de que tuviera que irse; pero tampoco vamos á seguir siempre así. Ayer decía la vecina del tercero á mamá que cómo era que la teníamos en casa no siendo de la familia A todo el mundo le ex- traña, como es natural, y dicen también que una mujer casada no debe tolerar esas cosas, porque á veces por hacer una obra de caridad se basca una su perdición. Una mujer así como Mercedes, es un peligro en una casa. Por algo se dice que «de fuera vendrá quien de casa te echará».
— De suerte — decía Pío Cid con calma — que aquí quien gobierna es la vecina del tercero. No hables más de esa vecina, porque te me haces fea y antipática.
— El feo y antipático serás tú, y el desaborido j el, ¡más vale callar!
— Pues callemos.
— 278 — — ¿Cómo voy á callar viendo que pasa un mes y otro, y que estamos condenados á huésped per- petuo? Siquiera, si trabajara en algo.
— ¿No te ayuda á hacer el hatillo? Criada no puede ser; aunque ella quisiera yo no lo permitiría.
— No; lo que tú querrías es que le sirviéramos de criados los demás.
— Lo que yo quiero es que seas juiciosa alguna vez y comprendas que esa criatura, que está aquí sin ocuparse en nada al parecer, está haciendo algo que vale muchísimo. Acuérdate de cómo era cuando llegó y cómo es hoy.
— Claro está que ha cambiado mucho.
— Pues bien, eso es lo que está haciendo; cam- biarse. No todos los trabajos tienen nombre, y aunque Mercedes no hiciera absolutamente nada más que estar aquí, haría algo que, aunque no se viera, no por eso valdría menos. Mercedes, á pesar de su planta, es una niña, y no tiene noción de la dignidad personal, porque la han considerado has- ta aquí como un mueble, un accesorio; es un edi- ficio sin cimiento, que se caerá con solo que le so- plen; mientras no tenga ese cimiento no es posible dedicarla á nada, porque, en saliendo de nuestras- manos, á los pocos pasos volverá á caer.
— Pues ese cambio, amiguito, me parece que se me debe á mí.
— Razón de más para que no hables de arrojarla de tu lado. Teniéndola junto á ti no te echas, cier- tamente, ningunos cinco duros en el bolsillo;- pero ganas la gloria, para contigo misma, de haber contribuido con tu ejemplo á dignificar á una mujer.
— 279 — — Yo reconozco que á veces llevas razón; pero las gentes son tan mal pensadas Mas no porque Martina se doblegase de pala- bra, seguía menos decidida á soltar la carga de Mercedes; no por maldad de corazón, pues con el alma y la vida liaría por ella cuanto pudiese, des- de lejos, sino porque era incapaz de comprender una situación sin nombre, fuera de los usos co- rrientes de la sociedad. Mercedes no era de la fa- milia, ni de la servidumbre, ni una niña huérfana adoptada por caridad; era una mujer que por donde quiera que iba llamaba la atención, y faltaba averiguar si Pío Cid la había traído á la casa por los motivos que decía ó por otros que no quería decir.
Martina tenía confianza á ratos; mas á ratos pensaba que había allí algún misterio, y aun le parecía adivinar en su marido algo que no salía á la superficie.
Pío Cid tenía, en verdad, una idea secreta, que era la de proteger á Mercedes, no por pura filan- tropía, sino también por luchar contra la fatalidad, bajo la cual él creía que la pobre hija del ciego había venido al mundo.
El fin de Mercedes, como el de sus padres, debía de ser trágico, y él se determinó á combatir por ella contra el destino, para ver si lograba ven- cerlo; de aquí su temor á, impulsarla en esta ó aquella dirección, por donde siempre iría á fondo, y su firme resolución de guardarla junto á sí y de servirle de escudo contra la adversidad.
Mas estas razones se las reservaba, porque Mar- tina no las querría comprender aunque las oyera, y 280 - Martina las sentía instintivamente y las interpre- taba como inclinación oculta, que algo participaba del amor, de Pío Cid por la pobre huérfana; así no cejaba en un pensamiento que se le había ocurri- do, y que, á su juicio serviría, para matar dos pá- jaros de un cañazo.
Mercedes, con lo que ya le había pasado, no po- dría casarse con un hombre de bien; y en vez de ir á dar, esto sería lo más probable, con un pillo que la maltratara y la acabara de echar á perder, casi sería para ella una fortuna hallar una perso- na de posición que la recogiera y la considerara, y esta persona muy bien j^odría ser el moscón de Gandaria, al que sería fácil decidirlo con sólo ha- cerle algunas insinuaciones. En cuanto á Mercedes, más fácil sería aún, porque no tenía voluntad propia.
Cuando á fines de verano regresó á Madrid Gan- daria y se presentó en la calle de Villanueva, em- joezaron los manejos de Martina.
Por estos días había también Jaime reanudado sus lecciones, y el tiempo que Pío Cid estaba fuera de casa no lo desaprovechaba el joven diplomático. Antes la treta no le valía, y lograba sólo hablar con Valle; pero ahora Martina se deja ver algunos momentos con sus primas y Mercedes. Gandaria no volvió á cometer ninguna imprudencia con Martina, sea porque se convenciera de que perdía el tiempo, sea porque se le calmaran los ímpetus viéndola tan áspera y, á la sazón, hecha un tonel, próxima á ser madre de fíimilia; en cambio no tardó en poner los ojos en Mercedes, cuya belleza y méritos le ponderaba Martina.
— 281 — — 281 — — Es lástima — pensaba Gandaria de Mercedes — que esta mujer tenga esos desplantes. En cuan- to uno se acerca y cruza cuatro palabras, se pierde la ilusión; pero el trapío es soberbio, y á distan- cia, vista en el palco de un teatro, por ejemplo, produce un efecto monumental. La verdad es que tampoco ha estado bien dirigida, y que aquí em- pieza á ganar mucho. Si yo la cogiera por mi ^ cuenta, en un vuelo la convertía en estrella de primera magnitud.
Pío Cid notaba estos trabajos de zapa, pero no quería poner á Mercedes sobre aviso, porque le conocía el flaco y pensaba que era mejor callar que abultar las cosas con prevenciones inútiles. A Martina sí le decía algunas veces: — Hay que tener cuidado con el tonto de Gan- daria, no vaya a tomarla ahora con esa criatura. Sería lo último que podía ocurrirle á Mercedes, dar con un hombre vano, que es incapaz de que- rerla porque la ve pobre y poco instruida, y que pensaría utilizarla como hembra de lujo. Yo sé que te estorba Mercedes, y te advierto que si le ocurre algo, á ti te haré responsable.
Pero no se atrevía tampoco á hablar recio por no sofocar á Martina, la cual ya estaba fuera de cuenta, y en cuanto no se hacía su gusto ó se le decía algo que no le sonaba bien, lloraba y pronos- ticaba que entre unos y otros la harían abortar, y aun le quitarían la vida; pues, como decía su ma- dre, se pintaba sola para meter la peste en un ca- nuto. Mas no eran casi nunca ciertos sus augurios, y menos esta vez.
El alumbramiento fué felicísimo y sorprendente — 282 — por varias circunstancias. Acaeció el día de los Fi- nados, al amanecer, á los nueve meses justos de la famosa fiesta de la Candelaria, y nacieron dos ge- melos: una niña y un niño, ambos de extremada belleza. Estaba decidido que si era hembra se le pondría Natalia, y si varón Natalio, en recuerdo de la madre de Pío Cid; mas siendo dos, no era cosa de repetir el nombre, y Pío Cid quiso que la niña, que había nacido la primera, se llamase Na- talia, y el niño Angel, como yo; pues además de ser el amigo íntimo de la casa, me empeñé en ha- cer todo el gasto de la grau fiesta que hubo para celebrar el fausto acontecimiento.
Martina no cabía en sí de gozo, y se consideraba casi una celebridad europea por haber dado á luz dos niños de sexo diferente, que se propuso criar ella misma para coronar con este esfuerzo su fe- cunda obra.
Pío Cid liablaba poco y se mostraba preocupa- do, pensando, quizás previsoramente, en el porve- nir de aquella su tardía descendencia.
Algunas semanas después del parto fué Pío Cid por la tarde, como tenía por costumbre, á dar la lección á Jaime, y se halló con la novedad de que la Duquesa, de regreso de su larga excursión, le hizo subir á sus habitaciones para darle las gra- cias, muy amablemente por el interés con que ha- bía tomado la educación del niño, cuyo viaje al Extranjero estaba dispuesto para el siguiente día, por haberlo ordenado así el Duque.
— Siento mucho esta determinación — dijo la Duquesa, — porque veía con gusto los visibles pro- gresos de Jaime. Aunque los niños tengan poco — 283 — fundamento, no está de más escuchar su opinión, y Jaime se halla tan contento con usted Pero el papá tiene empeño en que el niño se eduque en Francia, donde él se educó — Yo lo siento por el niño— dijo Pío Cid, sin ocultar su disgusto, — y si estuviera aquí el señor Duque le hablaría para convencerle de que está mal aconsejado. Es un dolor que los padres se atribuyan esta autoridad sobre sus hijos, sin to- marse la molestia de hablar con ellos ni conocer- les, ni saber lo que les sería más provechoso. Igual disparate sería llamar á un médico para que nos asistiera en una enfermedad, y luego romper las recetas y tomar lo primero que se nos antojara.
— Sin embargo, le advierto á usted que el co- legio á que va Jaime tiene fama..., — No digo que no, pero la educación de colegio es siempre una educación de cuartel, que da pobres resultados. La formación del espíritu de un niño es una obra de arte, y en el arte, la creación ver- dadera es la que ejecuta uno solo. Figúrese usted, señora, la cara que pondría un escultor á quien le quitaran una escultura á medio hacer, para que se la terminasen en una cantería En fin, quien manda, manda, y dispénseme usted el desahogo.
— Al contrario de dispensarle, le repito que le agradezco su interés. Y ahora le voy á rogar que deje sus señas á mi secretario, para en caso de que más adelante En casa se tienen siempre muy en cuenta los servicios prestados, y más cuando son de la importancia y de la significación de los de usted Yo no sé si á usted podrán agradarle cargos de otra índole — 284 — — De cualquier índole los aceptaría por compla- cerla á usted; pero por mí no se preocupe. En es- tos últimos días ha sido para mí una dificultad grave tener que acudir á las lecciones de Jaime, y las seguía sólo por amor al arte, como suele de- cirse. Tengo obligaciones á que atender, es verdad, y no se sabe lo que nos reserva el porvenir; pero yo tengo fe en el trabajo, y como la tengo, el tra- bajo cae sobre mí y me da para salir á flote.
— Pero un hombre como usted no debe conten- tarse con ir cubriendo sus atenciones penosamente. Eso es triste. ¿Son muchas las obligaciones que tiene usted á su cargo?
— Más bien son muchas que pocas. Y no me pesa, porque á mí me gustan las familias grandes...
— Según eso, tiene usted mucha familia. Yo no sé por qué me había figurado que era usted un hombre solo. No se ría usted — añadió con malicia^ — pero los solterones suelen ser, con el transcurso de los años de soledad, los tipos más estrambó- ticos.
— Pues aquí ha quebrado la regla; si soy es- trambótico, no será por falta de familia.
— ¿Tiene usted mujer, hijos, y quizás padres ó hermanos?
— Por mi casa soy yo solo; pero tengo mnjer y dos hijos, suegra (que es buenísima), dos primas de mi mujer, una de ellas casada, una muchacha huérfana algo pariente y, por último, la niñera.
— ¿Nada más? — preguntó la Duquesa sonrien- do.— Me gusta la frescura con que lo dice usted. Y la niñera será, naturalmente, porque tiene usted algún niño pequeño.
— 285 — — Tengo dos, los dos que le he dicho; nacieron no hace un mes, el día de los Difuntos.
— Entonces son gemelos. ¿ Son niños ó niñas?
— Una niña y un niño, para que haya de todo.
— ¡Es usted un hombre admirable! — exclamó la Duquesa mirándole fijamente. — Piensa usted cosas que no piensa nadie, y le ocurren cosas que no le ocurren á nadie.
— Si hay en esto algún mérito, será de mi mujer más que mío. Ella sí es una mujer admirable. Para empezar ha tenido dos mellizos, y además los cría ella sola. ¿Qué le parece?
— Será más joven que usted.
— Es casi una niña; pero es muy mujerona.
— Aunque sea cosa fea la curiosidad, le confieso á usted que la tengo, y grande, por conocer á su esposa, sólo por eso que acaba de decirme de ella. Y en parte también por ver el gusto de usted, porque es usted tan raro que debe de haber ele- gido una mujer que no se parezca á las demás.
— Diga usted más bien que soy hombre afortu- nado, y que he tenido la fortuna de dar con una mujer de las que hoy ya no se estilan. Aquí, en esta cartera, tengo un retrato suyo, y lo va á ver usted; aunque le advierto que lo mejor de Martina no es la cara, sino algo que no hay fotógrafo que lo saque mientras no se invente un sistema nuevo para retratar los corazones.
La Duquesa tomó el retrato que Pío Cid le mos- traba, y, levantándose, se fué á sentar en el otro extremo del sofá que estaba más próximo al balcón para examinar mejor la fotografía; la cogió entre ambas manos como para formarle un marco de — 286 — sombra, y después de mirarla despacio, disimu- lando su impresión, comenzó á pasarle por encima la yema del dedo meñique como para quitarle al- guna pelusa, y arañó suavemente con la sonrosada uña un lunarcito que Martina tenía en la mejilla izquierda, muy bajo, cerca de la nariz; y, al fin, preguntó: — ¿Está aquí mejor ó peor que en el natural, á juicio de usted?
— Está bastante parecida para lo que una foto- grafía puede expresar El natural vale más, naturalmente, y aun creo que ahí la han sacado de más edad que la que ella tiene.
— Eso iba yo á decirle á usted; que no la encon- traba tan niña. ¿Y se peina siempre así, con ese peinado tan raro?
— No, señora; ese peinado es idea mía, y no se lo pone más que cuando está de buen humor ó cuando quiere que le compre algo.
— ¿Con que esas tenemos? — dijo la Duquesa, sin poder contener la risa. — ¡Inventa usted tam- bién peinados! Este será para instalar la luz hu- mana. ¿Creía usted que había olvidado el invento? Pero si este peinado parece chino ó japonés.
— Es el peinado del porvenir — contestó Pío Cid en tono de burla. — Feo ó bonito, tiene la ven- taja de que es complicadísimo y se tarda muchas horas en hacerlo, y en esas horas la mujer no piensa en nada y deja tranquilo al hombre.
— ¡Pero, hombre! — exclamó la Duquesa con aire regocijado. — ¡Si ahora va llegando la moda de cortarse el pelo las mujeres, para no perder tiempo! En el Extranjero hay muchas con el pelo — 287 — corto. Por supuesto, con usted no rezan ni las modas ni las costumbres. ¡Dichoso usted, que tiene la suficiente frescura para reirse del mundo y hacer lo que se le antoja! ¡A todos, á quién más, á quién menos, nos vienen veleidades de saltar por encima de las conveniencias! Pero ahora sí; por ser usted tan franco le voy á decir con franqueza que me ha sorprendido este retrato. Yo creía que su señora sería muy distinta de las de- mias, y me parece un tipo corriente, casi vulgar — No es vulgar la palabra propia: más bien debía usted decir humana; pero, aun siendo vulgar, no sería una mujer vulgar, sino la vulgaridad per- sonificada, es decir, un tipo universal tanto ó más admirable que un tipo excepcional, extraordinario. La mayor parte de los hombres (hombres y mu- jeres, se entiende) somos seres vulgares con al- guna facultad saliente que nos distingue, pero que no nos libra de caer con frecuencia en la vulgari- dad de que huímos. jCuánto mejor no es ser vulgar en absoluto y atenernos á lo que nos da espontá- neamente nuestra naturaleza! Martina es así; es la realidad pura y, para no ser un genio portento- so, es lo mejor que se puede ser.
— Pero lo que yo veo difícil — replicó la Du- quesa, sin dejar de mirar el retrato — es que us- ted se entienda con (ísu Martina». Porque usted es un idealista, casi un soñador; por lo menos sus ideas no son ideas hechas, de esas que tienen curso en la sociedad y oye una á diario.
— Lo difícil sería lo contrario. Ella y yo, salvo alguna que otra riña, nos entendemos muy bien porque nos necesitamos. Una mujer debe de ser — 288 — como la tierra, y un hombre como un árbol; una tierra sin árboles se convierte en un arenal infe- cundo, y un árbol sin tierra muere porque se se- can sus raíces; la vida que la tierra le da al árbol, el árbol se la devuelve con su sombra protectora. Así la mujer mantiene al hombre ligado á la realidad, para que no se aparte de ella ni se pierda en estériles idealismos, y el hombre en cambio protege á la mujer con la sombra de sus ideas para que no se aniquile como se aniquilaría dejándola sola, á merced del viento de los capri- chos fugaces — Es bonita la comparación, ingeniosa — dijo la Duquesa, quedándose pensativa.
— Lo esencial es que sea verdadera, y yo estoy en que lo es; ¡y tanto! Conozco á muchos hombres que arrastran una vida artificiosa por haber dado con mujeres sin jugo, que no sirven más que para lucir cuatro trapos; y á muchas mujeres también que no viven mejor por falta de un hombre que sea el centro de su vida y el imán de sus deseos. Creen esas mujeres frivolas ser felices porque sa- len y entran libremente, llevando de acá para allá su aburrimiento oculto bajo las satisfacciones aparentes que proporciona la vida exterior; para mí todas esas alegrías son como los aleteos del pajarillo que se asfixia por falta de aire dentro de la campana pneumática. Sin amor profundo no hay aire para la vida espiritual.
— Quizás da usted excesiva importancia al amor. Yo misma no me oculto para decirle que siempre he considerado el amor como una estupi- dez. Es una idea mía.
— 289 — — Paes entonces no conocerá usted nunca la vida. Hay cosas muy pequeñas que se las ha des- cubierto con microscopio, y otras muy apartadas que se las ve cerca con el telescopio; y hay un instrumento que sirve para descubrir el alma de todas las cosas, y ese instrumento es el amor. Si usted amara — añadió como reconviniendo á la Duquesa, — usted vería mucho que no ha visto; porque para una mujer no hay otro medio de pe- netrar en las cosas que simbolizarlas en el hom- bre amado.
— De suerte que para usted lo primero en el mundo, casi lo único, es el amor.
— Hay algo más grande; pero para llegar á ello no hay más camino que el amor. El mejor amor es el espiritual, y si éste no basta, el amor corpó- reo. Hay semillas que sólo germinan en hoyas muy abrigadas, y casi todos los hombres son se- millas así.