— ¿Y usted comprende el amor puramente es- piritual? Sería usted el único. La mujer sí; yo, sin ir más lejos, yo he soñado siempre con un amor espiritual; es el único que yo podría sentir. ¡Pero los hombres! No digo que no. Un señor ya ancia- no, un consejero, un confesor Mas yo hablo de un amigo con quien se pueda tratar de igual á igual, íntimamente, como con una amiga; eso no es posible. Yo he intentado la prueba, y me he convencido de la falsedad del hombre. Y si yo tengo en poca estima á los hombres (no crea usted, yo también soy un poco misántropa), pues es por eso mismo.
— Yo la admiraba á usted, y ahora que ha 19 dicho eso la admiro más; pero ¿está usted se- gura de que la mujer sea más fuerte que el hombre? Suponga usted una amistad espiritual, pura, y con un hombre que tenga su mujer; ¿cree usted que la amiga vería impasible á la mujer del amigo? ¿No sería quizás este amor causa de que se rompiera la amistad ó de que se transformara en un sentimiento exclusivista?
— ¿Y usted seria capaz — preguntó á su vez la Duquesa — de ver á una amiga suya amante de otro hombre, y seguir siendo amigo noble y leal?
—Yo sí.
— Permítame usted que lo dude.
— No quiero contradecir á usted.
— Y á su esposa, ¿qué amor le tiene usted? ¿ Es- piritual también? — j)r6guntó la Duquesa, levan- tándose y dándole el retrato á Pío Cid, después de mirarlo con cierta picardía.
— Yo no siento ya más amor que el espiritual, y aun éste con trabajo — contestó Pío Cid con cierto dejo misantrópico, y se levantó también, guardándose el retrato en el bolsillo interior de la levita, estrenada por cierto aquella misma tarde.
— Ya que hemos hablado de retratos — dijo la Duquesa, notando que Pío Cid se disponía á reti- rarse,— tendría mucho gusto en que usted me diese su opinión sobre uno que me han hecho á mí. ¿Usted entiende algo de pintura? Pase usted aquí al salón Aun no está bien colocado, como usted ve. Lo han puesto ahí por el momento Me lo han hecho últimamente en París Es de un artista de gran fama.
— Ya veo, ya veo la firma — dijo Pío Cid, mien- — 291 — tras examinaba el retrato, que era de cuerpo en- tero y estaba colocado sobre una mesa en un án- gulo del salón. — Es un buen retrato, pero me gusta más el original. Quiero decir que el artista conoce su oficio muy bien, pero que no ha acer- tado á conocerla á usted, y ha tomado de usted la cáscara Esa que hay ahí es una señora, arro- gante y majestuosa, y hasta un poco teatral, pero no es una mujer, no es la mujer que hay den- tro de usted.
— ¿Usted distingue entre mujer y señora?
— Como entre hombre y caballero. Varias veces, viendo el retrato del Duque, el que está en el despacho, he pensado que tiene toda la estampa de un caballero, de un gran señor, pero que como hombre es muy poca cosa. Y es que los dichosos artistas no se quieren tomar la molestia de pro- fundizar. De su esposo de usted no puedo decir nada, porque no le conozco; pero de usted sí ase- guro que no la han comprendido; yo mismo, que no soy artista, me comprometo á hacer un retrato mucho mejor que ése: un retrato en que se adivine la mujer delicada, graciosa y espiritual, que se oculta en la señora Duquesa de Almadura.
— ¿Sería usted capaz verdaderamente? Por supuesto que no me extrañaría que supiera usted también pintar, por saber de todo.
— No sé más que dibujar, y apenas si acierto á combinar los colores; pero yo no hablo de compo- ner una obra, como la gente del oficio; con que usted esté en el retrato me doy por contento. Y además, se pueden hacer retratos con la pluma, y como tengo más hábito de escribir, ¿ quién impide — 292 — que mi retrato sea una coniposición poética, en que la describa á usted tal como es?
— A mí me gustaría más que fuera un retrato de verdad — dijo la Duquesa, recordando los ver- sos de la arruga (si es que los había olvidado por completo).
Y después, como volviendo sobre su idea, aña- dió: — La poesía también me gusta, y no debe de ser tan fácil describir en verso á una persona — Ni tan difícil cuando se la conoce bien y se sabe con precisión lo que se ha de expresar. Ahora mismo se me ocurren, de repente, unos versos que, si no son un retrato acabado, pueden servirme de boceto si usted les otorga su pláceme.
— ¿Cómo son? Dígalos.
— No son machos; pero si á usted le agradan, con esa idea puedo hacer luego el retrato. Son, como si dijéramos, la postura que ha de tomar el modelo.
— Bien, bien, dígamelos, que me ha metido us- ted en curiosidad.
Pío Cid hizo una leve pausa, y al fin recitó en tono familiar el soneto que había improvisado, y que decía así: Su fino rostro en luz azul bañado De sus grandes pupilas luminosas, Se recata en las ondas caprichosas Del mar de sus cabellos encrespado.
Su mirar dulce, suave, está velado Por plácidas visiones amorosas, Y un rumor leve de ansias misteriosas En su beca entreabierta ha aleteado.
— 293 — Su talle esbelto, airoso se cimbrea: Ora se yergue altivo, dominante, Ora se mece en lánguido vaivén, Cuando le arrulla la fugaz idea De abrir su pecho á un corazón amante Y decirle: estoy sola y triste, ven.
— Me gustan esos versos — dijo resueltamente la Duquesa. — Va usted á escribírmelos antes que se le olviden. Casi estoy por decir que me satis- face más su boceto que este retrato que me lian hecho, después de dos semanas de molestarme Si su retrato sale como el boceto...— Yo haré cuanto esté de mi parte; pero tendrá usted que darme una fotografía; yo la recuerdo á usted muy bien con la imaginación, mas para los detalles no está de más.
— ¿Cómo es eso? ¡Paes si yo creía que me iba usted á tener varios días de modelo! Me sor- prende en usted la sencillez con que hace las -cosas. Todos los artistas son algo cómicos; quiero decir, que fingen bien la comedia y nos asustan con sus preparativos; y usted trabaja con tanta naturalidad que casi, casi me figuro yo que, si co- giera la pluma, escribiría versos como los de usted. Pero voy á darle á usted á elegir la fotografía en- tre las varias que tengo — dijo la Duquesa, pasan- do al gabinete seguida de Pío Cid.
Tocó un timbre y ordenó, á una de sus doncellas que trajese recado de escribir y un álbum que es- taba sobre la mesa de su tocador.
Mientras Pío Cid escribía el soneto, ella reco- rrió rápidamente las hojas del álbum y sacó de <él varias fotografías. Cuando el soneto estuvo ter- — 294 — minado, lo tomó de la mesa para leerlo otra vez j dió á Pío Cid los retratos, diciéndole: — A ver si le parece á usted bien ése que está encima, el del sombrero. Son mi manía los som- breros; lo único á que yo doy importancia en el traje.
— Pero en este retrato mira usted á los hombres como objetos — replicó Pío Cid con viveza.
— ¿Y no le satisface á usted? Pues así soy yo Usted ha hallado una frase que á mí no se me había ocurrido; yo miro á los hombres como obje- tos— concluyó recalcando las palabras.
— Más me gusta éste de los ojos bajos.
— Ese me lo hice á poco de tener á mi Jaime. ¿Y el escotado?
— Este tiene alguna semejanza con el que ha traído usted de París. Me gusta más, mucho más, éste de los claveles en la cabeza, — Ahí era yo aún soltera.
— ¡Qué lejos estamos!
— ¿Ve usted? — interrumpió la Duquesa familia- rizándose.— Siempre hay algún veneno en sus pa- labras.
— ¿En qué palabras?
— Eso de decir que estamos lejos, es claro; lo dice usted como si hubiera pasado medio siglo.
— No era ésa mi idea — replicó Pío Cid, dando á sus palabras una entonación melancólica que hasta entonces no le había notado nanea la Du- quesa.— Aunque sólo hubiera pasado un mes, este mes sería largo, como un siglo entero, para el hombre que ve á una mujer casada ya y contem- pla la imagen de esa misma mujer cuando era — 295 — pura como una flor que comienza á entreabrir su cáliz á la luz que ha de marchitarla.
— ¿Entonces elige usted el de los claveles? — preguntó la Duquesa; y sin esperar la respuesta, se puso á leer el soneto con gran atención.
— Me decido por el de los ojos bajos — dijo al fin Pío Cid, después de examinarlos todos de nuevo. — Este es el más propio, el que mejor se armo- niza con mi idea.
— Hay en estos versos intención; en todo lo que usted hace hay intención, mala, por supuesto — dijo la Duquesa, doblando el papel. — Cada día me convenzo más de que usted no es lo que pa- rece. Quiere usted parecer un hombre tosco y vul- gar, y lo que usted es realmente es un hombre de mundo; desprecia usted la educación, y es usted un caballero discretísimo cuando quiere serlo.
— ¿Lo dice usted quizás por los versos? Ahí no me muestro yo como soy; por no ofenderla á us- ted he tomado un carácter falso, plegándome á las circunstancias; mas cuando yo encuentro en el mundo una mujer hermosa como usted, mi primer impulso, el que es en mi natural, no es cierta- mente discretear con ella — Entonces, ¿cuál es?
— Cogerla debajo del brazo y llevármela á mi casa — contestó Pío Cid con tono violento.
— ¡HorrorI — exclamó la Duquesa, y se levantó riendo á carcajadas. — Usted es un salvaje, ó por lo menos tiene la coquetería de parecerlo Por- que los hombres también tienen sus coqueterías, y peores que las de las mujeres Va usted á con- seguir inspirarme miedo.
— 296 — — 296 — — Paes para tranquilizarla me voy — dijo Pío Cid, levantándose y estrechando la mano que la Duquesa le ofrecía. — ¡Ojalá que el retrato le agra- de y me congracie de nuevo con usted!
— Yo estoy segura de que saldrá bien.
Al decir esto, la Duquesa se imaginaba ya que el retrato sería algo por el estilo de los versos: la imagen de una mujer melancólica soñando en va- gos amores. Sorprendióse, pues, no poco cuando al cabo de algunos días de espera se presentó Pío Cid con su trabajo. Era éste un pequeño dibujo al lápiz, ejecutado con tal maestría y perfección, que parecía desde lejos una miniatura de estilo origi- nal. El parecido era perfecto, y la compostura la misma que la de la fotografía de los ojos bajos; pero los ojos de ésta se fijaban en un abanico, cual si contaran el varillaje, y en el dibujo contempla- ban amorosamente, ¡cómo había de imaginarse esto la Duquesa!, un niño en pañales. La madre le apretaba con el brazo izquierdo contra sn seno, y se cubría éste con la mano derecha, en tanto que el niño parecía mamar muy satisfecho, mi- rando con el rabillo del ojo. La Duquesa veía el retrato con inquietud, sin saber si aquello era una broma intolerable ó una ocurrencia espiritual, y al fin, sugestionada por el casto y noble senti- miento que de la estampa se desprendía, la co- menzó á mirar con ojos de benevolencia y dijo: — Quien no le conociera á usted, no creería que esto es verdad aunque lo viera. La verdad es que no hay en todo el mundo un tipo tan extravagante como usted.
— ^¿A eso le llama usted extravagancia?
- 297 — — Extravagancia con asomos de locura, que algo de loco tiene usted también.
— Así se escribe la historia. Y, sin embargo, ese retrato es copia del boceto que mereció su aproba- ción.
— ¿Que está tomado del boceto? — Naturalmente. En los sonetos la idea madre está al fin, y la idea del mío era esa misma: abrir su pecho á un corazón amante, Y decirle: estoy sola y triste, ven.
¿Qué mejor amigo, qué corazón más amante y más tierno para una mujer que el de un hijo suyo, sobre todo cuando es pequeño y no siente ningún otro amor que haga sombra al amor que siente por su madre?
— Ahora comprendo — dijo la Duquesa, por de- cir algo, sorprendida por la astucia con que Pío Cid se le escabullía de las manos.
— No hay para la mujer refugio más seguro que el amor maternal. ¡Cuántas mujeres, quizás usted misma, sufren el hastío de la vida porque buscan la felicidad en frivolos pasatiempos, cuando la hallarían en el amor de madre! Y esa frivoli- dad es tanto más perniciosa cuanto que además de no aturdir por completo, ni ocultar el vacío de la existencia, desarraiga y seca los sentimientos, y llega hasta cortar el ligamen natural entre padres é hijos. Yo comprendería que se destruyera ese amor de la sangre para levantarse al amor espi- ritual y poder amar al hijo del vecino como al propio; pero destruirlo para no amar á nadie es buscarnos nuestra perdición.
— 298 — — Muchas veces se nos juzga mal — dijo la Du- quesa, como hablando consigo misma, — porque no se conoce nuestro pensamiento. ¡Mujeres hay que parecen frivolas, y que quizás llevan en el fondo de su alma grandes penas, tan grandes que no se olvidan ni en medio de esos aturdimientos busca- dos justamente para olvidarlas!
— ¿Cómo se van á olvidar, si las penas no se olvidan sino cuando se las destruye transformán- dolas? Buscar el aturdimiento es una cobardía. El que por no oir la verdad se tapa las orejas, ¿ha destruido la verdad? Lo que ha hecho ha sido afir- marla sin conocerla. Y el condenado á muerte que está en capilla y oye con angustia cómo va el re- loj dando las horas, y para no oirías se pone á gritar, ¿ retrasa con eso la hora de subir al patí- bulo? Más vale afrontar la verdad entera, porque, aunque la verdad sea dolorosa, el dolor es fecundo y crea alegrías que las agradables ficciones no crearán jamás. Si usted sufre, declárese á sí misma, sin engañarse, cuál es su sufrimiento; recójase y medite luego sobre él, y verá salir de él un deseo que la llevará, como de la mano, á un placer nue- vo, desconocido y tan hondo como el sufrimiento que lo ha engendrado.
— Ko sabía de cierto lo que era usted — dijo la Duquesa con aire grave; — pero ahora que me ha hablado usted así, pienso que usted es lo que se suele llamar un amigo de las mujeres. Sabe usted inspirar confianza como un confesor y vale usted más que un confesor, porque los confesores lo juz- gan todo con arreglo á la religión, y hay cosas que corresponden al tribunal de la psicología — 299 — 299 Una mujer casada, sin que se haya consultado su voluntad, contra su gusto, por razón de Estado, como si dijéramos (que esto suele ocurrir no sólo en las familias reales, sino también en las aristo- cráticas, y aun en las simplemente ricas), no puede, aunque quisiera, amar á su marido. He aquí un caso que no es nuevo. Un confesor le dirá á esa pecadora: «Esfuércese, y ya que no amor, tenga al menos estimación por su esposo; éste es su deber. D Y, sin embargo, pregunto yo: ¿no puede haber casos en que un hombre no tenga de- recho ni aun á esa estimación por indigno de ella?
— Claro está que los hay — contestó Pío Cid con tono resuelto. — El derecho á amar es el más sagrado, y quien lo infringe es un criminal peli- groso Esa mujer que se casó sin amor, acaso no podrá amar tampoco á los hijos que tenga con el hombre á quien no ama. La sangre tiene tam- bién sus misterios.
— ¿Qué diría usted de un hombre que, creyendo á una mujer culpable, la perdona y luego se de- dica á mortificarla diariamente con alusiones gro- seras?
—Diría que es un cobarde, ó quizás un infeliz, que creyó tener fuerza de alma para perdonar sin tenerla, y que, por no atreverse á hacer un gran mal de una vez, va haciendo el mal á pequeñas dosis Pero hay también que saber si la mujer era ó no culpable. Si era culpable, no hay disculpa para la bajeza del hombre; mas si no lo era, casi me inclino en contra de la mujer.
— ¿Cómo? Siendo inocente y ofendida por una inculpación infundada — 300 — — Por eso mismo. Si hubiera sido culpable se humillaría, y el hombre que se ensañara con ella seria un miserable; pero si era inocente, el perdón ha debido irritarla más que la ofensa, ha debido tomar odio contra el hombre, y así es natural que el hombre se haya vuelto con ella duro y despia- dado. Hay algo peor que una falta: la apariencia de la falta; porque de la falta, por ser una realidad, puede salir algo bueno; mas de la apariencia no pueden salir más que ficciones, sentimientos sin apoyo en la naturaleza Así, á la mujer de que usted me ha hablado yo le diría sin vacilar: co- meta usted inmediatamente la falta que no ha cometido, humanícese, y todo lo arreglaremos.
— Pero, por Dios, Sr. Cid — interrumpióla Du- quesa,— no eche usted á perder sus atinadas razo- nes con esas salidas de tono. No sé qué gusto saca usted de lanzar adrede esos disparates — ¡Disparates! ¿Cómo explica usted entonces que el público se complazca en impulsar con sus murmuraciones á convertir en faltas reales las simples apariencias? ¿No ocurre todos los días que una mujer comienza á coquetear inocente- mente, y que muy pronto, presa en las garras de la murmuración, es arrastrada al adulterio?
— ¡Es verdad! — exclamó espontáneamente la Duquesa. — ¡Es verdad! Ese es el caso en que se dice que el público hace de Gran Galeoto.
— Pues bien; yo creo que el público lleva razón, porque el público la lleva siempre que obra por instinto. Una mujer que da lugar á que se mur- mure de ella, es casi seguro que es desgraciada; no falta á sus deberes por miedo, y el público se lo ~ 301 — quita hostigándola con anticipadas é injustas cen- suras.
— Si en vez de hablarme usted á mí le hablara á una mujer sin experiencia, sería usted peligroso — dijo la Duquesa levantándose y poniendo sobre un velador el retrato que aún conservaba en la mano. Y ya de pie, añadió en són de reprimenda: — Con esas ideas de usted, adiós religión, leyes y moral. Todo se vendría abajo. Porque no hay escapatoria: lo que usted sostiene es el derecho al adulterio.
— Es que yo no soy sacerdote, ni moralista, ni abogado; yo defiendo los derechos del corazón.
— Pero esos derechos están en contra de la so- ciedad.
— No tanto. ¿Qué pueblos son los que matan á pedradas á la mujer adúltera ó la arrojan por un precipicio? Pueblos bárbaros donde jamás moró la belleza ni el arte. En cambio, vea usted en Grecia cuántas luchas antes de que fuera destruida Tro- ya, baluarte del amor.
— Pero al fin fué destruida.
— Fué destruida porque sin el honor es impo- sible la existencia de un pueblo, como sin el amor es imposible la de un individuo. Pero si Troya hubiera sido aniquilada en breves momentos por un rayo de Júpiter, ni hubiera existido la Ilíada, ni el arte griego, ni acaso existiríamos nosotros. Lo hermoso en aquella lucha es que hay dioses que defienden el fuero del amor, y que el mismo Júpiter, el mayor de los dioses, se inclina ya á uno, ya á otro de los bandos, como si estuviera perplejo ante la gravedad del litigio.
— 302 — — Y si usted hubiera vivido en aquellos tiem- pos— preguntó la Duquesa bromeando, — ¿hubiera sido troyano?
— Hubiera ayudado á robar á Elena por anti- patía contra Menelao, y después hubiera ayudado á destruir á Troya por antipatía contra París.
La Duquesa guardó silencio y se fué á sentar en una butaca junto al balcón, lejos de Pío Cid, como para desvirtuar con la distancia la gravedad de lo que se le ocurría decir; miró un rato al tra- vés de los visillos, y preguntó: — Pero si yo no recuerdo mal, usted me decía ayer que el amor más noble es el del espíritu. ¿Cómo ahora justifica usted que una mujer falte á sus deberes? Le comprendería á usted si fuera usted un seductor, porque un seductor no se pára en barras para conseguir su objeto. Siendo usted un hombre serio, honrado y digno, me extraña su modo de pensar. Si usted supiera, voy á suponer, que yo tenía un amante, ¿le merecería yo el mismo concepto que hoy le merezco?
— Precisamente — contestó Pío Cid con desen- fado— me han dicho, hace algún tiempo, que us- ted tenía un amante, y no le di crédito á la noticia; y aun siendo cierta, no le hubiera dado importan- cia. Yo no podía aspirar al amor de usted por mil razones que saltan á la vista, principalmente por- que yo he entrado en esta casa por la puerta de la servidumbre, y no ha sido para mí escaso honor alcanzar que usted, venciendo su prevención, me conozca y me trate como caballero. Y aunque yo aspirara á ganar su afecto, éste sería tan noble que no podría descender á envidiar otros afectos ^ 303 — vulgares. Porque yo pienso que si usted habla tan tristemente de la vida y no desdeña escuchar la palabra de un hombre de tan escaso valer social como yo, es porque no tiene puestos sus ojos en quien sea capaz de llenar el vacío que hay en su alma; y todo lo que no fuera esto, distaría tanto del verdadero amor como el guijarro del diamante.
— ¿Y quién le han dicho á usted que es ese aman- te que me atribuyen? — preguntó la Duquesa sin darse por ofendida, para ver hasta dónde llegaba la frescura de espíritu de su interlocutor.
— Me han dicho que es un capitán de húsares, y esto mismo me convenció de que la noticia era falsa.
— ¿Por qué?
— Porque la afición á las charreteras, espuelas, estrellas, galones y demás arreos militares es pro- pia de la primera juventud. Cuando una mujer pasa de los veinticinco años, busca algo más hon- do en el hombre.
— Tiene gracia eso que usted me dice. ¡Al fin, al fin, he encontrado un hombre franco en el mundol Pero ya que es usted tan franco, le voy á rogar me diga sinceramente si cree que una mu- jer puede faltar á sus deberes sin dejar de ser digna, sin que la acuse su propia conciencia.
— Sí lo creo. La indignidad está en envilecerse por satisfacer bajas pasiones; no lo está en librar- nos del yugo del deber cuando el falso deber nos envilece. Tiene además la Naturaleza leyes invio- lables, y aunque quisiéramos no podríamos burlar- las. ¿Cree usted que el amor se resigne al perpetuo — 304 — sacrificio? Un hombre joven, inexperto, halla en su camino á una mujer caída y quiere genero- samente regenerarla; mas esta generosidad es pe- ligrosa, porque bien pronto el egoísmo amoroso, que es el más violento de todos los egoísmos, re- flexionará así: «¿He nacido yo acaso para tapar faltas que otros cometieron? ¿He de satisfacerme con aspirar el perfume de una flor marchita, arro- jada en el suelo, pudiendo deleitarme con la fra- gancia pura de una flor que yo mismo corte y coja el primero en mis manos?» Y ese egoísmo irá in- sensiblemente á buscar nuevos amores aunque la conciencia proteste. ¿Qué vale la voz de la con- ciencia cuando la ahoga la lamentación de la car- ne? En cambio, un hombre que ha cometido gra- ves tropelías puede sin gran martirio emprender esa obra de redención, porque su sacrificio le pa- recerá una expiación voluntaria de sus propias culpas.
— ¡Eso es verdad!
— ¡Eso es verdad!
— Y lo mismo la mujer. Una mujer cuyos sen- timientos han sido sacrificados, que no ama ni puede amar al hombre á quien debe de amar, está al borde de un precipicio. Por muy firme que quiera tenerse, ¿qué ocurrirá si un día se subleva contra ella su corazón esclavizado? ¡Si al menos esa mujer tuviera para defenderse el recuerdo de un día de verdadero amor! Una falta cometida por instigaciones del corazón, le daría fuerzas para soportar resignadamente los más largos y duros tormentos.
— ¡Eso es verdad! — repitió la Duquesa levan- tándose con un movimiento nervioso. — Usted co- - 305 — noce el corazón humano. ¡Es verdad! — añadió, sen- tándose de nuevo; y apoyando la cabeza contra el respaldo de la butaca, cerró un instante los ojos, y reclinada sobre su esponjada cabellera, parecía dormir y soñar.
— ¡Es triste que esté hecha así el alma humanal Mas, ¿qué remedio cabe? Lo mejor sería tener fuerzas para remontarse de un vuelo al amor es- piritual; ¡pero son tan pocos los que las tienen! Cuando nos consume la sed de venganza contra una ofensa injusta ó nos muerde el ansia de des- quite por un sacrificio demasiado penoso, y no te- nemos ánimo para perdonar ni para resignarnos, es más noble dar salida á nuestras pasiones en algún acto censurable, que no guardar la protesta sorda que nos va envenenando poco á poco. Una falta es un hecho humano, y acaso tenga la virtud de aclararnos el entendimiento y permitirnos ver lo que antes no veíamos y darnos alas para subir adonde soñáramos.
— Yo no había oído jamás hablar tan sincera- mente— dijo la Duquesa con lentitud y mirando de soslayo á un espejo, por el que veía á Pío Cid sin que éste lo notara. — Yo envidio su fuerza y su resolución, y desearía ser fuerte aunque fuera para el mal. Yo debía tener siempre á mi lado á un amigo como usted Quizás es usted el único á quien yo pudiera llamarle verdadero amigo. Pero en este vaivén de la vida todo pasa volando, y ni siquiera hay tiempo para que una amistad eche raíces Hoy he estado yo triste pensando en que he de emprender mañana mismo un largo via- je — añadió volviendo la cabeza y mirando al 20 — 306 — balcón, por el que entraban las últimas laces de la tarde.
— ¿Se va usted? — preguntó Pío Cid con aire de tristeza.
— Me voy — dijo la Duquesa, notando por el es- pejo la palidez del rostro de Pío Cid, — y lo que más siento es perder su conversación, que es para mí tan sugestiva Usted no sabe las veces que recuerdo sus palabras. Ojalá supiera yo discurrir como usted y ofrecerle ideas más atractivas; pero las mujeres somos tan — Usted es una mujer adorable — dijo Pío Cid levantándose y mirándola con afecto, — y aunque me tenga por hombre tan fuerte, crea que ahora estoy impresionado como un niño de pensar que se va — ¿Qué hacer? — dijo la Duqnesa, extendiendo la mano con abandono.
Pío Cid se acercó, y al mismo tiempo que cogía la mano y la estrechaba, miró á la Duquesa con aire tan dolorido, que ella se sintió vivamente im- presionada; de repente se pnso de pie, y mientras tenía cogida una mano, se pasó la otra por los ojos y luego la apoyó en el hombro de Pío Cid, como si se afianzara para no caer; por último, le echó el brazo al cuello, cerró los ojos y juntó con los labios de él sus labios entreabiertos, desplo- mándose como si estuviera completamente desva- necida. Pío Cid la sujetó suavemente por la cin- tura, la condujo en peso hasta el sofá, la tendió con cuidado, poniéndole un cojín debajo de la ca- beza y se puso á mirarla de rodillas, temeroso de ver la tempestad que él mismo había desencadenado.
— 307 — — 307 — Ocurríansele los más varios y encontrados pensa- mientos; aun llegó á suponer que la Duquesa no estaba desmayada, sino muerta y convertida en estatua yacente. Esta idea, junta con el temor, el silencio y la obscuridad de la noche, que ya en- viaba sus primeras sombras, le enardecieron el es- píritu, y sintiéndose de súbito inspirado comenzó á recitar, con voz apagada, una canción, á cuyos conceptos la Duquesa, incorporándose lentamente, apoyó un codo en el cojín y cruzó las manos para escucharle en la actitud del que reza: ^ Bajo la verde bóveda sombría, La luz del claro día Llega á mis tristes ojos, tenue y vaga; Espléndido la envía El sol, y el bosque lóbrego la apaga.
Bajo la verde bóveda del cielo, Una luz de consuelo Llega á mi pobre espíritu insegura; Rasgó el amor su velo, Mas su imagen quedó en la noche obscura.
Yo solo sé lo que es amor humano: Vislumbro muy lejano Otro amor que, sin verlo, me fascina; Un amor soberano Que al creyente consuela é ilumina.
Yo sé lo que es amor; el amor santo, El puro y noble encanto De la madre que al niño arrulla y mece Al són de un suave canto. Que canción del espíritu parece.
Pero no sé lo que es amor divino, Ese amor que imagino Como ardiente latir de un corazón Que rige el torbellino De los astros con mística atracción.
— 308 — Yo sé lo que es amor: la viva llama De un corazón que ama, Prisionero de amor en fuertes rejas, Y, humilde, llora y clama, Sin que otro corazón oiga sus quejas.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como luz refulgente de los cielos, Espejo cristalino, Donde el amor refleja sus anhelos.
Yo sé lo que es amor: el firme lazo Que con nervioso abrazo Mi amada en torno de mi cuello anuda, Palpitante el regazo Y el universo en la mirada muda.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como éxtasis sublime de la mente, Kesplandor diamantino, Que brilla, sin quemarse, eternamente.
Yo sé lo que es amor: el noble fuego Que me roba el sosiego, Cuando una idea radiante, en la penumbra Surge, y yo, absorto, ciego, Miro, sin ver, su luz que me deslumhra.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como fuego sagrado de la idea. Artista peregrino, Que con llamas de amor sus obras crea.