humana, mejorándola hasta un extremo inconce- bible. Porque se habría hallado un producto uni- versal, de valor fijo; y así como el metro es una medida constante mientras subsista la Tierra como hoy es, así la unidad de alimentación química tendría su fundamento en nuestra naturaleza y sería la base de todas las relaciones entre los hom- bres. El Estado podría sustituir todos los recursos económicos con que hoy se sostiene por el mono- polio de la alimentación; sería propietario de la tierra y de todas las primeras materias nutritivas, que poco valor tendrían, porque, habituados los hombres á la nueva alimentación, desdeñarían la antigua y grosera; del mismo modo que hoy se gastan su dinero en casa del sastre y no quieren vestirse de pieles, hojas ó plumas, como los sal- vajes. Pero lo más importante sería que, creado un producto de valor humano, nacería la moneda humana, la «moneda alimenticia», representada realmente por las pastillas que el Gobierno fa- bricara en sus laboratorios y fiduciariamente por créditos alimenticios, pagaderos en especie, con los que cubriría todas sus atenciones. Vea usted resuelta de plano la cuestión social, de la que tanto se habla, y que sin el medio que yo le indico á usted no tendrá arreglo jamás. La sociedad tendría como misión primordial la alimentación de todos los asociados y se realizaría la verdadera igualdad humana. Porque la desigualdad no está en que unos valgan ó posean más que otros, sino en que unos tengan asegurada una excelente nu- trición mientras otros viven mal comidos y con la zozobra natural en quien no tiene más recursos — 49 — que los diarios y puede verse privado de ellos. En cuanto todos los hombres tuvieran asegurado el alimento, ¿qué diferencia habría entre el que sólo gana para vivir y el que acumula riquezas y reúne créditos alimenticios para muchos años? Que el que acumulara podría vivir en la ociosi- dad como recompensa de sus anteriores trabajos, y sin privar á los otros de los medios indispensa- bles para la vida. Porque quien quiera que no pudiere vivir de su trabajo libre, de las mil pro- fesiones que hoy conocemos y de las que aparecie- ran más adelante, tendría siempre una puerta abierta: ponerse al servicio del Estado y contri- buir á la producción de valores alimenticios, en lo cual no habría límite, pues cuanto se produjera se- ría utilizado por la nación ó por otras naciones que cambiaran por estos productos los de sus in- dustrias, ni más ni menos que como hoy, aunque en forma diferente, se realiza. Asimismo, si el Estado subvenía á la nutrición de los niños hasta la edad en que el trabajo fuera posible, el creci- miento de la población sería maravilloso y la si- tuación de la mujer cambiaría radicalmente, puesto que el vasallaje á que el hombre la tiene sometida no se funda en la inferioridad de la mu- jer, sino en la necesidad en que ésta se ve de ligarse para asegurar la existencia de la prole. En suma, amigo Benito, el día en que todas las coci- nas particulares se fundieran en una cocina uni- versal, que no sería cocina, sino laboratorio, y no uno sólo, sino varios en los diversos centros de producción; cuando los Gobiernos cuidaran de la alimentación cierta, uniforme y científica de todos — 50 — sus gobernados, se evitaría el triste espectáculo de nuestras luchas por un mísero pedazo de pan, y los hombres podrían entablar combates más no- bles por cosas del espíritu que, por no estar su- jetas á medida, permiten á cada cual subir tan alto como se lo consienten sus facultades natura- les y su aplicación. Entonces todos podríamos dormir con la conciencia tranquila, sin pensar, como yo pienso muchas veces, que en el momento que Tinos comen hay otros que se mueren de ham- bre; de donde viene que yo tenga tan poco apetito, según usted ha notado en más de una ocasión.
Contentísimo se quedó Benito oyendo este dis- curso, en el que tan lisonjero cuadro se trazaba de la vida futura, y en el que tan brillante y prin- cipal papel se atribuía á los químicos en general y á los boticarios en particular; y le parecían si- glos las horas que faltaban para la de comer, y proclamar ante sus petulantes compañeros las ex- celencias del estudio farmacológico y los horizon- tes que á éste se le abrían con la idea feliz del alimento químico, que á él le pareció tan al alcance de la mano que casi veía ya delante de sus ojos las pastillas milagrosas, que, además de sujírimir las molestias de la comida y aminorar considera- blemente las de la digestión, resolvían la «pavo- rosa cuestión social», de que los periódicos habla- ban á diario. Los comensales se dividieron en dos bandos; pues mientras la mayoría, con Orellana á la cabeza, combatió la idea por impracticable y ri- dicula, los estudiantes de Medicina y Carlos Cook, el canario, decían que mayores absurdos aparentes han llegado á tener realidad, y que no había mo- — 51 — — 51 — tivo para burlarse de D. Benito; el cual, satisfecho de aquella discordia en los pareceres, se creció de una manera extraordinaria y comenzó á mirar por encima del hombro á sus contradictores, con quie- nes sostuvo empeñadas polémicas, recordadas aún por cuantos se hospedaban en casa de D.^ Paulita, y por algunos que, sin ser huéspedes, comieron allí invitados, algunas veces, como le ocurrió á Cán- dido Vargas, amigo y compañero de estudios de Orellana y de D. Perfecto. Por él conozco yo todos estos detalles, como dije, y, por si no bastaran, la descripción de un banquete que dió Orellana á sus amigos para celebrar su triunfo en las oposiciones á Notarías. Porque Vargas, antes de dedicarse al periodismo, estuvo tentado de escribir novelas y comenzó una titulada La nueva generación, de la que sólo llegó á componer el capítulo primero, donde, bajo el epígrafe, apestosamente fisiológico, de ccEl.protoplasma», describía el banquete y el grupo de jóvenes que á él asistieron del modo que verá el curioso lector.
Entre los papeles que Vargas me envió, cuando yo le pedí que me dijera cuanto supiese de Pío Cid, con ánimo de escribir esta historia, figuraba el famoso ccProtoplasma», que me sorprendió á más no poder. Pensé desde luego utilizarlo, pero no sabía cómo, pues ni me gusta adornarme con plu- mas ajenas, ni era cosa de deshacer aquel capítulo que, bueno ó malo, había sido compuesto por un tan estimado amigo mío. Así, pues, escribí á éste una carta en que le decía: — 52 — «Sr. D. Cándido Yargas. )) Director de La Juzentud.
» Madrid.
))Mi querido amigo y compañero: Te voy á dis- traer un instante con una nueva ];)etición, referente á mi pleito de Pío Cid; y perdóname la insistencia, ya que no por mí mismo, por consideración á la memoria de tan noble amigo. Entre las cartas y apuntes que me has enviado, y que te agradezco en grado sumo, encuentro un capítulo de novela titulado c(El protoplasma», que querría publicar tal como está, como cosa tuya, se entiende. Hay en esto algo de delicadeza, pero para serte franco también hay algo de prevención. Quiero decir que tu capítulo me parece bueno, pero que yo no lo daría con mi nombre, porque entiendo los asuntos literarios de muy distinto modo que tú, en lo cual nadie pierde ni gana.
))No voy á explicarte todos los reparos que se me ocurren, sino algunos que merecen explicación de tu parte. Por ejemplo, tú pones la casa de huéspedes en la calle del Arenal, y no en la de Jacometrezo, que es la verdadera, y á mí me pa- rece el cambio poco afortunado, porque la segunda calle, como más estrecha y obscura, es más propia para colocar en ella un cuadro de la vida estu- diantil, obscura con la obscuridad que da el poco saber y el no mucho tener, y para que en ese cua- dro resalte más la figura de Pío Cid, que no es la de un maestro de relumbrón, sino la de un Dióge- nes, ó poco menos, amante de la grandeza oculta y de la virtud miserable. Además, y esto tiene más importancia, introduces dos tipos que me — 53 — — 53 — huelen á ser ele pura invención: Felipe Bonilla y Augusto Sierra piensan casi como Pío Cid, aun- que hablan de distinto modo, desluciendo la figura principal, á la que se diría que pones empeño en recortar para igualarla con las de los infelices gu- rripatos que le rodeaban. Y no sólo haces esto, sino que presentas á Pío Cid por el lado menos favorable; lo que él dice allí sobre el sexto senti- do, verbigracia, es cosa suya, esto no lo dudo, pero sí dudo que lo dijera en aquella ocasión y delante de tanta gente. Claro está que tú no te propusiste presentar solo á Pío Cid, y que lo uti- lizaste como bien te pareció en el grupo que des- cribías; pero la verdad en su lugar, y la verdad es que el Pío Cid de «El protoplasma » no es en- teramente el mismo que yo conocí y que tú me has ayudado á conocer.
)>No insisto más y te repito mi ruego de al principio, confiando en que no tendrás inconve- niente en la publicación de unas páginas tan in- teresantes para quien desee conocer con todos sus pelos y señales la vida de un hombre tan singular como Pío Cid. Escríbeme, pues, y cuenta siempre con el leal afecto de tu viejo amigo y camarada, . Ángel.»
. Ángel.»
Á esta carta se apresuró á contestar mi amigo con la siguiente, breve y sustanciosa como pocas: c(Mi muy querido amigo: )>Ya que no te escriba tan largo como deseara, no quiero que me taches de perezoso, y te contesto en el acto que recibo la tuya.
))Ni siquiera me acordaba de haber escrito el — 54 — capitulejo ese, que tú lias leído j analizado con más detenimiento que yo lo escribí.
» Llevas casi razón en lo de la calle, y la llevas por completo en lo demás. Yo hice el cambio por- que me proponía poner en solfa á la patrulla y na quería exponerme á que alguien se diera por aludido.
))Has tenido gran olfato al conocer que Sierra y Bonilla son dos pegotes. Ellos existen si no se^ han muerto, y yo los conocí; pero no estuvieron jamás en la calle de Jacometrezo, ni dijeron en su vida lo que dices que les hago decir.
)) Lo que pasó fué que yo estaba en tonces suges- tionado por la novedad naturalista; para mi una novela debía tener fisiología, mucha fisiología y muchos detalles descriptivos, y de los héroes huir como el diablo de la cruz.
))Para que en mi novela no hubiera ningún héroe se me ocurrió, sin duda, partir á Pío en tres. Era mucho hombre.
)>Dispensa todas estas tropelías y haz lo que te parezca de mi «Protoplasma». Publícalo con ó sin retoques, y cuenta que no le doy al asunto la me- nor importancia.
»Ya sabes mi opinión. Con la literatura no se va á ninguna parte, y cada día se ha de ir menos. El libro ha muerto. R. I. P. Amén.
))Y con el periódico pronto ocurrirá lo mismo.
)>Sabio tú que vives retirado en esa ciudad de los cármenes, disfrutando de tu prebenda muni- cipal, y que te entren moscas.
)) Adiós, un abrazo de tu viejo ))CÁNDID0.5> — 55 — Así decía la carta, y, no obstante la autoriza- ción de mi amigo, es tal el respeto que me inspira el trabajo de los demás, que no he querido cam- biar punto ni coma en lo que él escribió, que fué lo que sigue: «EL PROTOPLASMA.
))Poco después de oscurecido entró Pepe Ore- llana en el café Imperial.
))Se dirigió á la mesa donde tenía costumbre de sentarse todas las noches, y saludó á dos jóvenes que allí estaban discutiendo sobre la corrida de toros de la tarde anterior.
)) — Vino y se marchó hace poco — contestó uno de aquellos jóvenes con acento andaluz muy marcado.
)) — Son ya cerca de las siete — agregó Orellana, mirando al reloj del café. — Si queréis nos iremos, y en casa nos encontraremos todos.
)) Se levantaron los jóvenes, se pusieron las capas y los sombreros, y sin pagar, pues eran parroquia- nos asiduos y pagaban cuando querían ó podían, se marcharon á la calle encaminándose hacia la del Arenal.
)) — Por fin corremos la broma — preguntó el del acento andaluz, que, en efecto, era sevillano y se llamaba Augusto Sierra. — Bonilla, creía que nos tomabas el pelo.
» — Bonilla — dijo Orellana — es un informal y cree que todos son como él. A ver si no está aquí el palco — añadió, mostrando un papel encarnado. Y en casa está todo lo demás.
» — Magnífico — exclamó Bonilla; — me retracto de lo dicho, y reconozco que eres digno de una no- taría y hasta de nn archipampanato.
)>Para los lectores que no están en el secreto, con- viene declarar que Pepe Orellana acababa de ga- nar por oposición una notaría, y que con tan fausto motivo había dispuesto, en obsequio de algunos compañeros y amigos, un banquete en la casa en que se hospedaba, y para acabar de echar á perder la noche, un rato de broma en el teatro de la Zar- zuela, donde había baile de máscaras.
)) Llegaron los tres amigos á la casa donde vivía Orellana, en la misma calle del Arenal; subieron al segundo, y después de soltar sombreros y capas en el pasillo, entraron de rondón en el comedor, en el que estaban de pie vociferando varios jóvenes.
í)Aunque interrumpieron su acalorada disputa al llegar Orellana y sus amigos, debían disputar sobre un tema ya pasado en cuenta, porque Ore- llana, apenas entró, dijo: 2> — Haga usted el favor, D. Benito, de dejarnos en paz con su alimento químico, que hoy no es día de aplicar ningún invento, sino de comernos una paella valenciana que yo le encargué á doña Paulita, y que Dios haga que salga bien.
))Y dicho esto le miró con fijeza, como si fuera á comérselo con los ojos, mientras con un gesto habitual en él se subió de liombros y se tapó la boca con la mano derecha, apoyando sobre el arco que forman el pulgar y el índice la nariz ancha y aplastada, que era lo más característico de su fisonomía de hombre testarudo.
3>E1 D. Benito no contestó. Era un joven farma- — 57 — céutico, mancebo de botica y autor del invento á que se refería Orellana. Yo no sé si el invento sería disparatado, pero el aspecto del joven no daba buen indicio, pues la frente era pequeña y los ojos tan próximos, que no distaban el uno del otro más de media pulgada. Parecía más terco que inteligente.
))Los demás que estaban en el comedor tenían figura más distinguida. Uno de ellos, de aire seco y flemático, era canario, natural de Orotava, y al saber que se llamaba Cook y Pérez, se caía en la cuenta de que era un español retocado de inglés. Los otros dos eran bilbaínos, y estaban para aca- bar la carrera de ingeniero. Se llamaban D. Ca- milo de Aguirre y D. Serapio de Asúa, y eran amigos inseparables y grandes aficionados á gas- tarse alegremente el dinero.
))Don Serapio se moría por la ópera y los toros, y después de Dios ponía á Gayarre y á Frascuelo. Casi siempre hablaba gritando, como no se lo im- pidieran las ronqueras que solía coger y que le obligaban á llevar al cuello, como medida preven- tiva, un pañuelo de lana.
í)El D. Camilo era más ecléctico y se aficionaba á toda clase de diversiones, en particular á las piezas en un acto. En los teatros por horas era muy conocido, no sólo porque iba con frecuencia, sino por un rasgo fisonómico muy marcado. Sus narices eran de las llamadas de á cuarta, y segu- ramente tendrían nueve centímetros, más bien lar- gos que cortos.
))No tardaron mucho en llegar otros tres hués- pedes de la casa. Primero dos discípulos de Escu- — 58 — lapio, que eran de los más divertidos de la rennióriy y entraron tarareando á dúo la marcha de CácUzy y á poco el orensano Vila, amigo y compañero de cuarto de Orellana.
3) Vila era uno de esos hombres cuyo nombre en- gaña. Quien oyera hablar de D. Perfecto Fernán- dez Vila se figuraría á un caballero alto y enjuto^ con planta de militar ó de juez; y, sin embargo, era un tipo rechoncho, el rostro coloradote, la barba rala y los ojillos alegres, aunque poco ex- presivos.
» — Hombre — le dijo Orellana cuando le vió en- trar,— eres el último que llega, y no será por na haber ido á buscarte.
» — Ya te contaré. Un tropiezo afortunado, en fin, ya te contaré.
D — Me apuesto — dijo Sierra — á qne has empren- dido la conquista de alguna maritornes.
)) — Las maritornes para ti, que eres especialista en el género — respondió Vila.
)) — Señores, haya consideración á lo sagrado de este lugar — interrumpió con fingida gravedad Orellana, — y sentémonos.
))Y después, mirando alrededor suyo, añadió diri- giéndose ala criada, que estaba en la cocina, al lado: í> — Pura, haz el favor de decirle á D. Pío que se le ruega que venga.
)>Todos se fueron sentando donde tenían costum- bre, salvo D. Perfecto que se fué á un extremo de la mesa, dejando sitio para Sierra y Bonilla, que eran convidados de fuera, y se sentaron á la dere- cha de Orellana.
»A la izquierda de Orellana se sentaron Aguirre^ — 59 — D. Serapio y Cook, y en lado opuesto los docto ^ res, como llamaban á los estudiantes de Medicina Pepe Rodríguez y D. Mariano, y D. Benito, que- dando entre éste y el canario una silla desocupada para D. Pío.
))E1 cual se presentó á poco, y saludando con un breve «buenas noches», se sentó. Era un hombre de alguna más edad que los allí reunidos, alto y de presencia varonil, y al primer golpe de vista algo antipático. A pesar de su barba espesa y obs- cura, tenía cierto aire sacerdotal.
))Era un solterón, sin familia, empleado de Ha- cienda y paisano de la dueña de la casa, doña Paulita, andaluza muy desenvuelta, con la que malas lenguas decían que si tenía ó no tenía 6 dejaba de tener cierta intimidad. Lo cual les pa- recía á todos naturalísimo, por la costumbre que hay de que las patronas sueltas tengan algún re- queleque.
)) Mientras se servían la sopa, inició la conver- sación D. Perfecto con diversas consideraciones acerca del porvenir sonriente del afortunado Ore- llana.
)) — Aquí tienen ustedes — decía — á un hombre que ha resuelto su problema. Dentro de poco se posesiona de su Notaría, que le dará dos ó tres mil duros, limpios de polvo y paja. Y esto para empezar. Después se va á Valencia, se casa con su novia, que es una realísima moza, y no se vuelve á acordar de ninguno de nosotros.
)) — Hombre, no hay que exagerar — contestó Ore- llana. — Los amigos son siempre amigos.
)) — Yaya — dijo Sierra, — que á Yila se le hace la — GO — boca agua pensando que él podría ir de notario á Orense y casarse con la rapaciña que tendrá allí esperándole.
)) — Prefiero eso á andar, como tú, rodando por los periódicos, engañando al público incauto — contestó Vila.
)) — Pues yo afirmo — repuso Sierra — que los que piensan como tú son unos degenerados. Porque l)ueno es que las mujeres se dediquen á pensar en el casorio, j)ero los hombres deben pensar en algo de más trascendencia. En cuanto se reúnen varios jóvenes, he notado que no hablan ahora más que de tener un sueldo y casarse, lo mismo que si fue- ran mujeres. Y es que la juventud de hoy está afeminada y su único ideal es asegurar el plato.
)) — Tiene usted razón que le sobra, D. Augusto —dijo D. Pío interviniendo, — nuestra juventud debía estar encerrada en San Bernardino.
y> — Hacía falta en España un nuevo Hércules — agregó Sierra — que volviera de arriba abajo la nación.
)) — Pues yo creo — añadió D. Pío — que si Hér- cules resucitara no querría cuentas con nosotros. Porque se comprende que entre sus doce famosos trabajos acometiera al más penoso de todos, que, á mi juicio, debió de ser el de limpiar los establos de Augias. Pero aquí lo que tendría que hacer se- ría limpiar los establos por doce veces, y aún que- daría materia para otras doce; y esta operación me parece más propia de un basurero que de un héroe semidivino.
))Esta ocurrencia hizo gracia á D. Benito, quien se echó á reír al anismo tiempo que mascaba la — 61 — primera cucharada de garbanzos, y estuvo á pun- to de ahogarse con uno que se le atravesó de mala manera.
)>Don Pío le sacó del paso dándole golpes en las espaldas, mientras Pepe Rodríguez hacía reir al resto de la reunión diciendo: )) — Por fortuna los garbanzos son menudos; que si llegan á ser de los de Fuentesaúco, acaba esto trágicamente.
))Sin duda D. Benito, que era de Fuentesaúco, celebraría con demasiada frecuencia los garban- zos de su tierra, y de aquí la oportunidad con que Pepe Rodríguez hacía ver el inconveniente de los garbanzos gordos.
^Pero D. Benito, inspirado por la excitación del ahogo, replicó con gran tino: )) — Los garbanzos de mi tierra se deshacen en la boca, amigo D. Pepe, y no hay temor de que se atasquen )) — Paes sí, señores— dijo Orellana, siguiendo el tema anterior, — me parece una pretensión ridi- cula la de querer reformar la sociedad cuando no se cumplen siquiera los deberes elementales de un ciudadano. ¿Cree usted — agregó, encarándose con Sierra — que no es misión alta la de fundar una familia y dar hijos útiles á la patria?
)) — ¿Pero qué hijos puede dar quien vive sin ideales? — replicó Sierra. — Si nosotros nos conten- tamos con ganar un sueldo, echándonos después á dormir, nuestros hijos querrán jubilarse á los vein- ticinco años, y la nación se hundirá más que está. Aquí ya no hay más esperanza que la juventud intelectual, y si esta esperanza se pierde también, — G2 — no liabrá patria, ni nación; sólo habrá una gusa- nera )) — No lo tome usted por el lado patriótico — in- terrumpió Vila; — á mí no me va ni me viene con la patria, y lo que me interesa es resolver mi pro- blema. Los que hablan de la patria son los peores, y yo creo que, si cada cual se condujera decente- mente, no habría más que pedir.
)) — No exageres, Perfecto — dijo Orellana; — eso que defiendes es un egoísmo inadmisible. Yo creo que debemos interesarnos por la nación, pero no reformándola, según el capricho de éste ó aquél, sino moralizándola y manteniéndola en la fe, y lachando por implantar el reinado de Cristo.
)) — Amén — concluyó Pepe Rodríguez.
» — ¿De modo — dijo Sierra, — que las generacio- nes se van á suceder unas á otras sólo para repe- tir constantemente los mismos actos? Eso sería aburridísimo. Tenga fe el que quiera ó el que pue- da, pero que la humanidad no se pare, porque pa- rándose á ninguna parte se va.
» — Es que hemos llegado ya, amigo mío — repli- có Orellana, — y cuando uno llega adonde quería llegar, es insigne tontería seguir andando á cie- gas. Yo me río de la agitacióu inconsciente de es- tos reformadores del día, que se dan aires de sal- vadores de la humanidad porque se preocupan por mejorar lo que antes han echado á perder. ¡Habrá majaderosi D — Magnífico, Orellana — interrumpió Bonilla; — te recomiendo que, en cuanto puedas, pidas tras- lado para mi pueblo, donde te hallarás como el pez en el agua.
)) — De Toledo; j le aseguro á usted que entre vivir allá y que me ahorquen, no sabría qué elegir.
)) — Pues yo he estado una vez en Toledo — dijo Orellana, — y me parece que viviría allí muy á gusto. Aquello es una ciudad verdaderamente es- pañola.
)) — Vosotros llamáis españolas á las cosas pe- trificadas y muertas — repuso Bonilla, — y yo creo que se puede ser muy español yendo hacia ade- lante. Lo que ha dicho Sierra es mucha verdad; ese amor al reposo, á casarse y enjaularse sin mi- rar el porvenir, es un carácter de los jóvenes de hoy, lo mismo los tirios que los troyanos, y ese carácter es mujeril y revela una gran degradación. Hay que tener algo dentro de la cabeza y pensar alto. La mujer tiene como centro natural la fami- lia, pero el hombre debe salirse de esta pequenez y trabajar como si su familia fuera el mundo en- tero. Así es como progresa la humanidad.
)) — Me sé de memoria todos esos sofismas — gritó Orellana; — ahora me sales con el cuento del pro- greso indefinido y de la evolución, que están ya mandados recoger. ¿Crees tú que es posible trans- formar la sociedad? Un paso más, y creerás que se puede transformar el hombre, y hasta aceptarás que procedemos directamente del mono, como ase- guran los transformistas.
)) — No hay que levantar falsos testimonios — in- terrumpió D. Mariano, que hasta entonces no ha- bía intervenido en la discusión. — Lo que aseguran es que las especies se transforman según ciertas — 64 — leyes. Y aunque el mono es el animal que se aproxima más al hombre, han podido existir otras especies intermedias que desaparecieron ya.
5) — Llámele usted hache — replicó Orellana.
2) — Eso del mono me recuerda — dijo Pepe Ro- dríguez— un lance que le ocurrió á una criada de mi casa. Venía de visita mi profesor de Historia Natural, que era transformista, y la criada me har- bía oído á mí decir que el profesor nos explicaba que el hombre venía del mono. Un día la criada no hacía más que mirar por detrás á mi profesor, y mi madre quiso saber por qué miraba tanto, y entonces la criada contestó: )) — Como ese señor dice que venimos de los mo- nos, iba á ver si le asomaba el rabo por debajo de la levita.
)) — Pues no crea usted que el disparate es tan grande — dijo riendo Orellana, — que yo he oído decir á un catedrático que el huesecillo ese que tenemos en salva la parte es el residuo del apén- dice caudal que en otro tiempo tuvimos.
)) — Esa — rectificó D. Benito — es la apófisis )) — No ponga usted motes feos— interrumpió D. Pío.
2> — A ese huesecillo y al del codo los llaman los huesos de la alegría — dijo Sierra, — y la verdad es que no sirven nada más que para molestar.
)) — Precisamente en su falta de objeto — insistió D. Mariano — debía usted ver, amigo Orellana, usted que defiende la finalidad de todas las cosas, un motivo para buscar el por qué de que ese hueso atrofiado esté donde está. ¿Usted sabe el por qué?
— 65 — )) — Eso que lo explique D. Pío — dijo con sorna Aguirre.
)) — Ese hueso está ahí — contestó seriamente D. Pío, — para que, cuando le dan á un hombre un puntapié, le duela mucho y se enmiende.
y)— ¿Le han dado á usted alguno? — preguntó amoscado Aguirre, mientras se miraban unos á otros los comensales.
)) — A mí no, porque los puntapiés se le dan al que huye, volviendo las espaldas, y yo no he he- cho eso jamás. ¿Y á usted?
))— ¿Á mí? — repitió Aguirre, mudando de color y levantándose.
2) Al mismo tiempo D. Serapio, que estaba tan ronco aquella noche que apenas podía hablar, in- tervino para apaciguar á su paisano.
)) — Hombre, parece mentira — fué lo único que se le entendió.
)) — Eso es una ofensa que se me hace á mí per- sonalmente—dijo Orellana. — Estamos aquí pa- sando el rato como buenos amigos, y me parece una descortesía que se agüe la fiesta por una cuestión tan baladí.
)) — Bien está — dijo Aguirre sentándose, — ya arreglaremos el asunto después. Supongo— agregó dirigiéndose á D. Pío— que usted que da siempre la cara me la dará á mí cuando yo se lo exija.
)) — Ahora mismo si usted quiere — contestó don Pío; — y á fin de que nuestros compañeros no se disgusten por causa nuestra, creo que podíamos en el acto zanjar la dificultad. Usted desea apelar á las armas, y yo propongo un duelo con las ar- mas primitivas del hombre, con las manos. Ya- 5 — 66 — mos á echar el pulso, y al que venza por ser más fuerte se le da la razón, aunque no la lleve.
» — ¡Magnífico! — gritó Bonilla, y todos le hicie- ron coro con diversas exclamaciones, entre las que sobresalían los ¡bravos! de Cook, que se deshacía de gusto.
:?> Aceptó Aguirre el desafío, y después de apar- tar un frutero y algunos platos que estorbaban, pusieron los contendientes los codos sobre la mesa y se cogieron las manos. La de D. Pío era fina como la de una señora, y la de Aguirre grande y apoyada en una muñeca herciilea.
))Casi instantáneamente los nudillos de Aguirre golpearon repetidas veces en la mesa, con asom- bro de los comensales, que de pie rodeaban á los duelistas.
)) — Espere usted que me apoye bien — dijo Aguirre.
))Y D. Pío contestó: )) — Apóyese usted cuanto quiera y échelas dos manos á la vez.
)) Aguirre no aceptó esta libertad por lo pronto; pero, una vez que se vió dominado por segunda vez, echó las dos manos. Se mantuvo algunos se- gundos en equilibrio, pero después lentamente le hizo D. Pío dar con ambas manos en la mesa y aun levantar los codos.
» — Tiene usted una mano que engaña — fué lo único que dijo Aguirre, en tanto que todos los asistentes se disponían á probar también el pulso con D. Pío.
)>Y éste los fué venciendo á todos los que pro- baron con una mano ó con las dos, como á Aguirre.
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