Y al decir esto, la joven intentó soltar el brazo de Pío Cid y preguntarle por qué se dirigía á la acera opuesta.
— Vamos á la chocolatería de enfrente — con- testó Pío Cid antes que le preguntara, — un mo- — 87 — mentó nada más. Me ha interesado mucho lo que me ha dicho usted, y desde luego estoy decidido á irme á vivir á su casa si me admiten, y á traba- jar para que no se vayan de Madrid si está en mi mano hacerlo. Sólo que á mí me agrada la fran- queza, y he de decir que voy por estar cerca de usted, y no sé qué van á pensar.
— Para decir eso — respondió la joven, — más vale que no vaya y se ahorra el viaje Pero no sé á qué venimos aquí — -añadió al llegar á la puerta de la Chocolatería de Madrid; — yo no en- tro así como voy, y además se nos va á hacer muy tarde.
— Iremos á otra — dijo Pío Cid, — aquí cerca, donde habrá menos gente, y si usted quiere, mi casa está á dos pasos, como quien dice; venga us- ted y verá mi madriguera.
— Vamos, no faltaba más, sino que yo fuera sola á su casa — -dijo la joven, sin dejar de seguir á Pío Cid, y entrando con él por la calle de Peli- gros.
— Verá usted — añadió tranquilamente Pío Cid — -cómo vivo, y viéndolo tendrá más confianza en mí, pues no sé por qué me figuro que usted cree á ratos que yo soy un loco ó un libertino. Ahora no hay nadie en mi casa, y no han de verla á usted, ni aunque la vieran la conocerían, ni aunque la conocieran perdería usted nada en ello. Voy á de- jar mi cuarto mañana mismo, y quizás algún día le agrade á usted haber estado en él para saber donde vivía yo al conocerla Porque no sabemos lo que una simpatía que nace así, al azar, pue- de traer consigo; yo, sin más que esta simpatía, — 88 - deseo ya saber cómo vive usted, y dónde y cómo ha vivido desde que nació; y si llegara á quererla de veras, como lo espero y casi lo temo, desearía conocer hasta sus más escondidos pensamientos y todas las vicisitudes de su vida, prmcipalmente las penas que ha debido pasar y que le han puesto en los ojos ese velo de tristeza, que me entristece á mí también.
Con esta conversación llegaron a la calle de Jacometrezo y á la puerta de la casa, seguidos del sereno, al que al pasar le había dicho Pío Cid que viniera á abrirles. Cuando la puerta estuvo abierta. Pío Cid le dió unas cuantas monedas y le pidió algunos fósforos. La joven entró la ¡primera, y ambos subieron las escaleras, yendo delante con un fósforo encendido Pío Cid, quien, al llegar al tercero, tiró del cordón que quedaba puesto todas las noches para que la criada no tuviera que es- perar á los huéspedes rezagados, y abrió sin mo- ver ruido. Ambos entraron en el cuarto de enfrente de la puerta, y mientras la joven, fatigada, se sen- taba en un sillón colocado delante de la mesa. Pío Cid encendía otro fósforo y buscaba la palma- toria que solía estar sobre la mesa de noche.
— Tiene esto gracia — exclamó después de echar una ojeada por la habitación, — me han dejado sin luz. La verdad es que, como yo no la uso nunca, quizás me la quitaron hace tiempo, sin que yo lo haya notado hasta ahora.
— Y ¿cómo se arregla usted sin luz? — preguntó la joven, no comprendiendo aquella ocurrencia. — Se pasará usted la noche fuera de casa.
— Al contrario — resj)ondió Pío Cid encendiendo - 89 — otro fósforo, — es que me acuesto al obscurecer, y aunque no me acueste me gusta más, cuando es- toy solo, estar á obscnras.
— Todas las cosas las hace usted al revés de los demás — dijo la joven.
— Voy por aquí fuera á ver si encuentro algo con que alumbrarnos — dijo Pío Cid, — antes que los fósforos se acaben.
— Mejor es — dijo la joven — que nos vayamos en seguida, no sea que se despierte alguien y nos vea.
— Espere usted un momento — dijo Pío Cid, echando otro fósforo y saliendo del cuarto.
La joven se levantó temerosa, y en el silencio y la obscuridad oyó la primera campanada de un reloj distante, aguzó el oído y contó los cuatro cuartos y luego la una, las dos, las tres y las cua- tro. Aqnel reloj parecía el cuento de nunca acabar.
— ¿Usted no ha oído la hora? — preguntó á Pío Oid que volvía, sin haber hallado más que un pequeño cabo de vela en el cuarto de D. Benito. — Mire usted el reloj, porque no es posible que sean las cuatro.
— Yo DO gasto reloj — contestó Pío Cid, — pero creo que no puede ser tañ tarde.
— Ahora suena otro reloj — dijo la joven, — no haga usted ruido — Las cuatro son — dijo Pío Cid, con gran sere- nidad,— parece mentira cómo paseando se nos ha ido el tiempo. Sin duda nos hallábamos muy á gusto el uno al lado del otro — No hable usted de ese modo — interrumpió la - 90 — joven echándose á llorar. — Ya me habrán echado de menos, y quizá me estén buscando por todo Madrid Y ¿cómo me presento yo ahora delante de mi mamá?
— Me presentaré yo, como le ofrecí á usted — contestó Pío Cid, — y no ocurrirá nada. Lo que yo siento es que usted piense mal de mí; pero ahora que nos ha ocurrido esto, aunque me da pena de ver llorar á usted, me alegro, porque quizá de este disgustillo salga nuestra felicidad. Muchas veces — añadió acercándose á la llorosa joven y secán- dole las lágrimas, — las cosas se encargan de diri- gir á las personas, y ya verás cómo á nosotros nos dirige esta pequeña torpeza. Si tú quieres — prosi- guió tuteándola ya resueltamente, — mañana mis- mo podemos vivir juntos en tu casa, y cambiar todas vosotras y yo la vida que hasta aquí hemos llevado. Seis mujeres solas no pueden ir á ningu- na parte buena, y, sin cometer indiscreción, te diré que os hace falta un hombre en la casa. Poco me has dicho tú, pero me basta j)ara saber hasta el cabo de la historia. Tú no has sido, ni quizás tu madre tampoco, pero alguien de tu casa ha ideado ir al baile, como quien va á probar fortuna, por- que no se presenta por los caminos naturales sa- lida para vuestra embarazosa situación. Y sin va- nidad te aseguro, pues conozco bien la gente que hoy se estila, que de todos los hombres que está- bamos en el baile, 5^0 soy el más á propósito para sacaros á flote á todas juntas. No soy rico, pero lo que tengo me sobra y no me lleva ningún inte- rés bajo, ni se aviene con mi carácter aprovechar las flaquezas de los que se hallan en apuro. Yo — 91 — puedo ir á tu casa como huésped, pero con esto poco ó nada se adelantaría por faltar intimidad y confianza para que pudiérais acudir á mí; en cam- bio, si mañana nos presentamos los dos juntos y tú haces lo que yo te diga, todo se arreglará á gusto de todos.
— Pero ¿qué van á decir de mi? — preguntó la joven, que no comprendía por completo el plan de Pío Cid.
— Si dicen algo malo lo dirá tu misma familia, que se guardará de dar un cuarto al pregonero. Yo te digo esto á disgusto, porque parece que doy á entender que te tomo como pretexto para gober- nar tu casa ó que deseo que tú te sacrifiques por toda tu familia. La verdad es que si yo he pensa- do lo que te he dicho, lo he pensado por ti, y que tú eres quien me atrae y quien es el centro de to- das estas ideas mías. Pero los años no pasan en balde, y yo he aprendido á conocer que los senti- mientos deben someterse á la prosa de la vida. Yo hubiera podido preguntarte las señas de tu casa y esperar á que mañana salieras, y seguirte, y hablarte, y escribirte cartas necias y rondarte como un mozalbete y pasar las semanas en este juego tonto, en el que yo me hubiera puesto en ridículo, mientras tú y tu familia luchábais qui- zás contra la miseria y sufríais las mayores priva- ciones. ¡Cuánto mejor no es saltar por encima de ciertas convenciones, que en este caso no sirven más que de estorbo y hablar con entera franqueza! Tu familia comenzará por poner el grito en el cielo, pero despnés comprenderá la razón y calla- rá. Esto lo has de ver.
— 92 — La joven se había levantado, mientras Pío Cid hablaba, y parecía más tranquila. Sin dnda pen- saba que el mal estaba ya hecho y que lo mejor era confiar en aquel hombre que no imrecia malo y que tenía el dón de adivinar lo que á ella y su familia les pasaba. Todo aquello la sorprendía, le sonaba á música nueva y nunca oída; ni su mali- cia era tanta que imaginase ser víctima de un se- ductor astuto y perverso, ni su inteligencia tan despierta que comprendiese habérselas con un misántropo que de repente había sentido una rá- í'Aga de amor, y por ella el deseo de correr una aventura filantrópica y extravagante. Lo que la joven percibía muy bien era que aquel hombre hablaba como un libro y demostraba un conoci- miento exacto y admirable de la situación. Así, pues, sintió que se le iba del pecho la congoja que la ahogaba, y comenzó á sentir curiosidad y á mi- rar por todos lados para hacerse cargo de la habi- tación en la que, sin darse cuenta hasta entonces, se hallaba; luego, mientras Pío Cid se sentaba en el sillón que ella había dejado, comenzó á husmear los libros y papeles que sobre la mesa había; des- pués se acercó á la mesa de noche, vió un papel blanco que asomaba por el cajoncillo entreabierto; cogió el pedazo de papel y leyó en voz baja y con dificultad, porque la letra era malísima, unos versos, sin título, que decían así: ¡Oh qué extraña visión me aparecía esta noche en mis sueños! Un ángel con las alas extendidas bajaba de los ciclos; volando suavemente se acercaba — 93 - á los pies de mi lecho, y con triste expresión me contemplaban sus ojos grandes, negros.
Que era un nuncio divino yo creía, sus blancas alas viendo y su forma en el aire suspendida como un fantasma aéreo. Mas aquella figura me miraba, y yo angustiado, trémulo, mi corazón sentía que abrasaban sus ojos grandes, negros.
Yo quería escapar, pero en la huida dejaba allí mi cuerpo, y sólo, encadenado lo veía con cadenas de hierro. La piedad y el amor me sujetaban y volvía de nuevo, aunque la esfinge inmóvil me clavara sus ojos grandes, negros.
Quizás aquella esfinge no traía ningún mensaje célico, sino que era la imagen dolorida de mis amores muertos. Se fué con la primera luz del alba, y aun á saber no acierto qué me diría cuando en mí fijaba sus ojos grandes, negros.
— ¿Ha escrito nsted estos versos? — preguntó la oven cuando acabó de leer. — ¿Es usted también poeta?
— Buen poeta estoy yo — respondió Pío Cid. — Esos versos los compongo durmiendo, y no valen la pena de que nadie los lea.
— Pues me gustan mucho — replicó la joven. — Ahora veo que no era broma lo que usted me de- — 04 — cía de la visión. ¿ Es verdad que ha tenido usted esa visión?
— Sí, es verdad: pero no era visión; ahora veo que eras tú misma, ó el presentimiento de que iba á encontrarte.
— ¿Entonces por eso me dijiste— preguntó la joven tuteando á Pío Cid por primera vez — que yo tenía los ojos negros?...Pero he leído aquí una cosa á ver — añadió releyendo la poesía. — ¡Qué letra más infernall aquí cda imagen dolorida de mis amores muertos» ¿Qué amores muertos son esos?
— ¿No me quieres todavía — preguntó Pío Cid con dulzura — y ya empiezas á estar celosa?
— No son celos, pero contesta — insistió la joven. — ¿Qué amores son éstos? Por algo me ha dado á mí el corazón, y mi corazón nunca me en- gaña, que tú eras un hombre gastado, un calave- ra. Tienes el aire avejentado, pero se ve que eres más joven que pareces, y que lo que te sale á la cara son las picardías.
— Buena idea tienes de mí — dijo Pío Cid elu- diendo la pregunta.
— No es mala idea — replicó la joven. — Puedes ser muy bueno, y para serte franca, lo que me ha ■dado el corazón es que eres un hombre muy bueno y al mismo tiempo muy malo, es decir, duro y no sé explicarme — Más vale que no sepas, porque me dirías al- gún disparate — interrumpió Pío Cid.
— Pero ¿y los amores esos? — insistió aún la jo- ven.— A esto no me quieres contestar. Estarás estudiando el embuste.
— 95 - — Esos amores son — contestó Pío Cid grave- mente— las ilusiones perdidas. Yo no hablo de ninguna mujer, y aunque hablara sería de amores muertos ya.
— ¿Me juras que no has compuesto esos versos para ninguna mujer?- — preguntó la joven con voz tierna, como si de pronto se sintiera poseída de un sentimiento nuevo y extraño.
— Para ninguna; es decir, para ti, antes de conocerte. Esta es la verdad — contestó Pío Cid.
Y al mismo tiempo su pensamiento se alejaba de allí volando á tierras lejanas, donde veía som- bras de mujeres que él quizá había amado, y cuyo recuerdo había venido á visitarle en forma de vi- sión alada y á anunciarle la resurrección del amor «n aquella mujer de ojos grandes y negros que la fatalidad le había puesto delante. Y él se veía encadenado, sin poder ni querer huir, resignado voluntariamente á seguir un nuevo rumbo y á arrojarse en brazos del azar. Entonces sintió una hondísima y desconsoladora tristeza, y se echó á llorar como un niño. La joven le veía llorar con asombro sin atreverse á romper el silencio. Sona- ron en la escalera pasos de los huéspedes que vol- vían, y ella fué á la puerta á ver si estaba bien «errada; volvió junto á la mesa de noche y apagó el moribundo cabo de vela, que se derretía sobre la piedra de mármol, para que no vieran luz en- cendida los que entrasen. Luego se acercó á Pío Cid, le cogió á tientas la cabeza, se sentó sobre sus rodillas, le echó un brazo por el cuello y co- menzó á besarle los ojos para enjugarle las lá- grimas.
TRABAJO SEGUNDO.
Pío Cid pretende gobernar á unas amazonas.;;. j Azarosa fué por demás la vida del capitán de infantería D. José Montes, y si hubiera de refe- rirla punto por punto tendría materia sobrada para llenar varios volúmenes. No más que con la relación de los traslados que sufrió en su carrera^ desde que la comenzó de soldado raso á mediados de siglo, hasta que se retiró de capitán graduado de comandante á los cincuenta años de servicios, y con la descripción de los disgustos que le dió D.* Socorro, su mujer, en veintitantos años que le duró á la infeliz señora una enfermedad crónica de la matriz, que la tenía siempre en es- tado de excitación insoportable, habría asunto para escribir una docena de capítulos, Uenoá d^ abusos é injusticias, de dolores y de miserias. El capitán Montes fué perpetuamente el tipo del hombre obscuro, que se halla en todas partes, y á quien nunca le ocurre nada digno de mención. Su vida era una proeza continuada, y no había nin- guna proeza en su vida. Estuvo en la guerra de África, en el Norte y en Cuba, y nunca ttiyo ocasión para lucirse, como él hubiera deseado,: y que no por su inteligenQÍa, que era iñediana:^ ni 7 — 98 — por su pericia, que era la de un militar rutinario, por su corazón, que era de buen temple. ¡Qué re- medio! No tenía fortuna, y tuvo que tener pacien- cia y subir paso á paso y quedarse en los prime- ros escalones. Pero como el capitán Montes, aun- que pobre y sin fortuna, era un hombre á la buena de Dios y con su pizca de filosofía, se consideraba venturoso en medio de sus contrariedades, y decía continuamente que si mil veces volviera á nacer mil veces haría lo mismo que había hecho, in- cluso casarse con la que fué su mujer, la cual, aunque le dió muchos malos ratos, tenía un cora- zón de oro y había sido una madre como pocas. Así, cuando al buen capitán le llegó la hora de morirse, en Murcia, al lado de su hija Candelaria, con la que se fué á vivir cuando se quedó viudo, cuentan que mandó llamar á un capellán cas- trense, llamado D. Gualberto González, que era su mejor amigo, para tener con él una última en- trevista y cumplir los deberes de baen cristiano. Como su amigo le conocía muy á fondo, no tuvo la entrevista el carácter de una confesión, sino que ambos platicaron largamente con familiari- dad y tan sin reserva, que Candelaria oyó gran parte de las razones que su padre tuvo en aquella hora suprema, y recordaba siempre la serenidad con que, resumiendo toda su vida, dijo: «Yo no sé si será vanidad esta pretensión mía; pero crea usted, amigo D. Gualberto, que ahora que me veo tan cerca de cerrar el ojo, estoy más satisfecho que nunca de mi conducta y más con- vencido de que he hecho cuanto me tocaba hacer en el mundo. Mi pobre Socorro me echaba siem- — 99 — pre en cara mi falta de resolución, y hubiera que- rido que yo llegara á general, puesto que otros sin valer más que yo llegaron, Dios sabe cómo; y claro está que á mí me gustaría dejar á mis hijos un nombre encopetado, y que les diera más lustre que el que puede darles el de un obscuro capitán, que es lo más que yo he podido ser; pero al menos mi nombre es honrado como el primero y en mi hoja de servicios consta que yo permanecí siempre fiel á la disciplina; y habiendo estado en medio mundo, y nunca con muchos haberes, tengo el orgullo de no deberle nada á nadie y de no haber dejado á nadie un mal recuerdo mío. A mi mujer no le faltó nada en la larga enfermedad con que Dios quiso probarla á ella y probarnos á todos, y mis cinco hijos quedan colocados y no necesitan ya de nadie. Ricardo, el mayor, sigue en Barcelona, y ahora parece que sentó los cascos y que tiene un destino bastante decente en una oficina de Seguros. Ya sabe usted lo calavera que me salió este picaro de Ricardo y lo mucho que me ha dado que hacer y lo que yo he bregado para ver de darle una carrera formal; siquiera he conseguido que sepa bien de pluma y cuentas, y con esto y con su dón de gentes, creo que no le faltará nunca que comer. Por el que estoy más tranquilo es por Luis, porque éste tiene su carrera; y aunque pasa sus apuros, y más ahora que está en Madrid, donde con el sueldo de teniente no hay para empezar, pronto ascenderá y mejorará algo. Ahora le he escrito para quitarle de la ca- beza la idea que tiene de pedir para Filipinas, porque yo soy perro viejo y estoy al cabo de lo — 100 — que pasa en Ultramar. El Pepe me salió poco hábil para los estudios, y no pudo entrar en la Academia, pero él se ha sabido buscar la vida; so pasó á la Guardia civil, y ahora lo tiene usted en Cuba muy bien casado y muy contento. Este era el mejor de todos, y yo estoy seguro de que será el más feliz, porque, desengáñese usted, D. Gual- berto, para mí la primera cualidad del hombre es la bondad, y aunque se diga que los pillos pros- peran, me río yo de estas prosperidades; al fin el que es bueno es el más estimado de todo el mun- do, y aunque no consiga glorias del otro jueves- consigue vivir á gusto y hacer felices á los que le rodean. Con las mujeres es otra la canción; no tienen más salida que casarse, y si le digo á usted la verdad, ninguna se casó completamente á mi gusto. Este Colomba no es malo, usted le conoce de sobra; pero es un hombre sin pies ni cabeza y .con el que no se puede contar para nada; menos mai que tiene para vivir con desahogo, y á mi Candelaria, ya que pasa sus tragos, al menos no le falta nada y podrá educar bien á mis nietas, que en verdad lo merecen, porque lo que es la Candelita en particular, esto no es ceguedad de abuelo, va á ser un prodigio. Usted sabe los disgustos que sufre mi Candelaria y la saliva que yo he tenido que tragar para no enviar á mi yerno á paseo; pues bien, más tranquilo me moriría si tu- viera á mi Justa á mi lado, casada con otro Co- lomba, aunque fuera con otro un poco peor. Las hermanas creen que Justa es la afortunada de la familia, y casi le tienen envidia por pensar que está nadando en oro; pero un padre no se equi- — 101 — TOca, y cuando á mí no m,e lia entrado nunca el fantasmón de mi yerno, por^ algo será. En fin, nada es perfecto en este mündo', y quizá yo peque de caviloso. Despnés de todo, ¿qué más puedo apetecer que dejar á mis dos hijas puestas en es- tado? Peor sería que se quedaran solteras, con una miserable pensión y expuestas á mayores cala*^ midades. Aunque estén nüal casadas, las muje- res ganan siempre teniendo al lado un hombre que les dé sombra; así, por este lado me puedo también morir tranquilo, aunque á ratos me aflija el pensar que las mujeres nunca tienen asegurado el porvenir, y que, por mucho que un padre haga por sus hijas, tiene que confiar su suerte á manos extrañas.»
No eran vanos estos presentimientos del hon- rado capitán, y si hubiera vivido algunos años más, su muerte, turbada sólo por las leves dudas que asaltaron su espíritu de padre previsor, hubiera sido amargada por las desdichas que cayeron so- bre los suyos y contra las que no había ningún remedio. La primera víctima fué su hija Justa, que vivía en Matanzas, casada con un cubano rico, el fantasmón que tan poco simpático era á su suegro.
Los casamientos de Candelaria y Justa habían sido motivo de grandes disturbios domésticos. Don- J osé buscaba ante todo la hombría de bien, y por su gusto las hubiera casado con dos medios novios que tuvieron en Sevilla, donde estaba des- tinado cuando las niñas comenzaron á pollear; pero D.* Socorro no quería apresurar las cosas, esperando la llegada de los soñados príncipes que — 102 — sus hijas se merecían; y si no príncipes, personas de mérito y posición.
— Ya que yo me he sacrificado — decía — ^junto á un hombre muy bueno, pero muy nulo, como tú eres, deseo que á mis hijas no les ocurra lo pro- pio y que me dejes á mi decidir lo que les con- viene.
A D.* Socorro se debió, pues, la decisión, puesto que las niñas, particularmente Justa, no tenían más voluntad que la de su madre.
Candelaria se casó en Murcia, á los veintidós años, con un novio que le habló poco más de dos meses y que á D.* Socorro le entró por el ojo de- recho. Llamábase Fermín Colomba y era mallor- quín de origen y de familia de pocos pergaminos; su padre ó abuelo, el que primero vino á Murcia, era panadero, y amasando tortas y bollos de Ma- llorca comenzó á reunir la fortuna, que el padre de Fermín hizo crecer como la espuma. Fermín, como muchos hijos de industriales enriquecidos^ salió con pájaros en la cabeza y despreciaba no sólo las industrias, sino hasta el dinero que en ellas se ganaba, siendo su sueño dorado el arte, en el que no hubo rama que no picoteara. Sabía algo de música, pintaba bien, se las daba de li- terato y era un poquitín escultor; tenía, pues, varias habilidades inútiles y distinguidas, uni- das á la promesa de heredar una fortuna no muy distinguida, pero en ningún modo desprecia- ble, y D.^ Socorro vió colmada la medida de su d^seo. Poco después del casamiento fué trasladado de nuevo D. José á Sevilla, que era la ciudad de su predilección, por haber nacido allí D.'* Socorro — 103 — — 103 — y dos de los hijos, Justa y Pepe. Apresuraron el viaje á fin de llegar para la feria, y el mismo díia, que llegaron conoció J usta al que había de ser su esposo. Era éste un jovenzuelo de veinte años (al- gunos meses menos que Justa), de bella y arro- gante figura y con humos de potentado. Se fir- maba Martín de Gomara, y decía ser hijo único de una de las familias más ricas de la Habana. Tomábasele á primera vista por extranjero, pues se había educado en Inglaterra, y hacía gala de su extranjerismo para singularizarse; y á poco que se hablara con él se notaba que era un buen mu- chacho con pretensiones de hombre corrido y has- tiado ya de todo lo que da de sí la vida.
La muchacha más descontentadiza se hubiera enamorado del joven D. Martín, sobre todo si te- nía la desgracia de verle fumar, pues con dificul- tad se hallaría quien supiese manejar como él un cigarro; lo cogía con extremada delicadeza, lo en- cendía con autoridad, lo chupaba con petulancia, arrojaba el humo como un déspota y escupía des- pués con aire tan marcado de desprecio que pare- cía ofender personalmente á cuantos cerca de él se hallaban. Nada tiene de extraño que Justa se enamorara ó se encaprichara; pero en cuanto á D. Martín, no se comprende que cayera tan fácil- mente en las redes de una joven pobre y peninsu- lar por añadidura, siendo vano y pretencioso hasta dejárselo de sobra y detractor sistemático de la Península. El aseguraba que todo lo había hecho por dar un disgusto á su madre, contra la que es- taba ofendido por asuntos de familia. Como no tenía padre, ni se dejaba gobernar por su madre, — 104 —