Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que, buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.
[Marginal: _Muerte del avaro._] ¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice _río_ de las lágrimas que _lloro_. El hijo porque hereda, el pariente porque se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable! Mal, si vive, y peor, si muere.
En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.
¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no escusados.
Y él: ¿Qué? Adorar.
¿Pues qué, es gentil?
Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.
¿Pues qué adora?
Dora y adora una arca.
¿Qué? ¿Es judío?
En la condición ya podría; pero en la sangre no: que es muy noble, de los ricos hombres de España.
Y con todo eso, ¿no es hidalgo?
Antes, porque no lo es, es hombre rico.
¿Qué arca es ésta que adora?
La de su testamento.
¿Y es de oro?
Dentro sí; mas por fuera de hierro, pues no sabe qué ni por qué ni para qué ni para quién.
Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad, que cuentan de las víboras, cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho y después los hijuelos vengan la muerte de su padre, agujerándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear, cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido. Luego el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata á pesares. Á él, por heredarle, su otro hermano segundo le despacha. De suerte, que unos á otros, como víboras crueles, se emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará _senior_, antes de llegar á ser señor. [Marginal: _Morir de mal de hijo._] El padre teme al hijo y, cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta su corazón, temiéndole como á su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dice: Seáis bien venido, ¡oh enemigo de mi enemigo!
Fuéles materia de risa, entre las muchas de pena, lo que le aconteció á uno de estos guardadores. Que un ladrón de otro ladrón, que hay ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió se robase á sí mismo: de modo, que le ayudó á quitarse cuanto tenía. Él mismo llevó á cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa, transportándola y escondiéndola donde jamás la vió ni la gozó. Lamentábase después, doblando el sentimiento, de ver que él había sido el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.
[Marginal: _Avaro ladrón de sí._] ¡Oh lo que puede el interés!, ponderaba Critilo. Que le persuada á un desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para ingratos, jugadores y perdidos; y que él ni coma ni beba ni vista ni duerma ni descanse ni goce de su hacienda ni de su vida. Ladrón de sí mismo, merece muy bien los cientos contados al revés y que le destierre el discreto Horacio á par de un Tántalo necio.
Habían dado una vuelta entera á todo aquel palacio de calabozos, sin haber podido descubrir el coronado necio de su dueño, cuando á lo último, imaginándole en algún salón dorado, ocupando rico trono á toda majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le hallaron muy al contrario, metido en el más estrecho calabozo, que aun luz no gastaba, por no gastarla ni aun de día, por no ser visto para dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas.
La barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se envidiaba. Mostraba unas grandes orejas de rico trasnochado, siendo tan horrible en su aspecto. Nada se ayudaba con el vestido, que de viejo, la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta. Estaba solo quien de nadie se fiaba y todos le dejaban estar, rodeado de gatos, con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.
Así como entraron, con que á nadie puede ver, fué á abrazarlos, que los quisiera de oro; mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron, buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, [Marginal: _Infierno de plata._] palacio de Plutón, que toda casa de avaro es infierno en lo penoso y limbo en lo necio.
Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de la tiranía codiciosa, buscaban á toda priesa por dónde escapar; mas, como en casa del desdichado se tropieza en los azares, yendo en fuga, cayeron en una disimulada trampa, cubierta con las limaduras de oro de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por librarse, más le anudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera. Suspiraba Andrenio su malvendida libertad. Cómo la consiguieron contará la otra Crisi.
CRISI IV _El museo del discreto._ Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio y aun dicen corte, una casa, que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas, cuanto más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya su dicha á entrar en una y aun única. Y al punto, volviéndose á sus discretos les dijo: Ya estamos entre personas: esta casa huele á hombres.
¿En qué lo conoces? le preguntaron.
Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?
Y mostróles algunos libros, que estaban á mano: Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? [Marginal: _Fullería discreta._] No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día.
Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia borregos con bellocino de oro.
Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes, que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una, que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo: Hombre ó prodigio, ¿quién eres?
Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.
¿Cómo menos?
Sí: que á veces más valiera no haber sido.
¿De dónde vienes?
De la nada.
¿Y dónde vas?
Al todo.
¿Cómo vienes tan solo?
Aun la mitad me sobra.
[Marginal: _Deseoso de saber._] Ahora digo que eres sabio.
Sabio, no; deseoso de saber, sí.
¿Pues con qué ocasión viniste acá?
Vine á tomar el vuelo: que pudiendo levantarme á las más altas regiones en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía abatido.
Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?
De ningún modo: que no se permuta bien un adarme de libertad por todo el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.
¿Y podrás?
Siempre que quiera.
¿Podríasnos librar á nosotros?
Todo es que queráis.
¿Pues no habíamos de querer?
No sé: que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados, cuando más perdidos. Ésta, con ser un encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.
¿Cómo es eso de encanto?, dijo Andrenio. ¿Pues no es éste, que vemos, tesoro verdadero?
De ningún modo; sino fantástico.
Éste que reluce, ¿no es oro?
Dígole lodo.
¿Y tanta riqueza?
Vileza.
Éstos ¿no son montones de reales?
No hay una realidad en todos ellos.
Pues éstos, que tocamos, ¿no son doblones?
Sí, en lo doblado.
¿Y tanto aparador?
No es, sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis que todo esto es apariencia, advertid que, en boqueando cualquiera, el más rico, el más poderoso, en nombrando cielo, en diciendo: ¡Dios mío, valedme!, al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y aun cenizas.
Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos. [Marginal: _La muerte de blanco._] Los monarcas, arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros.
Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.
Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.
Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que, aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados; pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. [Marginal: _Fénix sabia._] Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé. Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de todo lo bueno.
Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio, fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.
Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba. ¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente. De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.
¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de ciencia.
[Marginal: _Bachillería del mundo, necedad del cielo._] Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio, que sabe todas las cosas malsabidas.
¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.
[Marginal: _Sabios de fortuna._] ¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.
Estrañó mucho el término y replicóle: ¿Qué cosa es ser sabio de ventura?
Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también ser.
Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose á sus compañeros les dijo: ¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!
Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.
¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.
Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. [Marginal: _Palacio del entendimiento._] Era su arquitectura extremo del artificio y de la belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien, á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las mascaban y se paladeaban con ellas.
¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.
Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.
Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no lo eran, sino sales gustosísimas.
Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo.
Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.
Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y, con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios, pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. [Marginal: _Nicho de la poesía._] Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara, haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo: Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.
Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.
Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.
Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza. Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los instrumentos: Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de verdad que no le fuera inferior.
Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular; mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética Belleza.
Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó, por lo plausible, todos los teatros de España.
Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo: En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.
Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo: Éstas más se suspenden, que suspenden.
Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.
No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.
Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón: Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo el que amo es.
Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto; aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo: Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.
Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo: Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva.
Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de que estaba todo él esmaltado: Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce tanto, que dél se puede decir: ¡El alba es que sale!
Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo; aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado Critilo dijo: ¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?
Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles; pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.
Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.
Aun no es eso, respondió la gloria de los cisnes: que son tan romancistas algunos, que no entienden el arte; sino que para las obras grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que es un otro Virgilio cristiano y tanto, que siempre se desempeña con ángeles y con milagros.
Había un vacío en buen lugar y, notándolo Critilo, dijo: De aquí algún gran plectro han robado.
No será eso; sino que estará destinado para algún moderno.
[Marginal: _Don Francisco de Sayas._] ¿Si sería, dijo Critilo, uno que yo conozco y estimo por bueno, no por ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?
No pudieron detenerse más, porque la edad les daba prisa, y así hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso y, en lo fragante, Paraíso.
Llamóles el Tiempo á un otro salón más dilatado, pues no se le veía fin. Introdújoles en él la Memoria y aquí hallaron otra bien extremada ninfa, que tenía la mitad del rostro arrugado muy de vieja y la otra mitad fresco muy de joven. [Marginal: _Historiadores._] Estaba mirando á dos haces á lo presente y á lo pasado; que lo porvenir remitíalo á la providencia. En viéndola, dijo Critilo: Ésta es la gustosa Historia.
Mas el varón alado: No es sino la maestra de la vida, la vida de la fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.
Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y otros por ruines, grandes y pequeños, valerosos y cobardes, políticos y temerarios, sabios é ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos, sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas, pero tan prodigiosas, que con una sola, que entregó á uno, le hizo volar y remontarse hasta los dos coluros. No sólo daba vida con el licor que destilaba; sino que eternizaba, no dejando envejecer jamás los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque á ninguno daba la que él quería, y esto á petición de la Verdad y de la Entereza.
Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se vuela á la eternidad en plumas alquiladas.
Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.
Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.
Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente y dijo: Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.
Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito.
Averiguó que no.
Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y bien escritos después.
Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre mucha elocuencia.
Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos.
Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo: Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí preciada.
Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.
Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas.
No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César cabal pluma y espada rige.
Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.
Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo: Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza.
Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.
Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más atenta prudencia.
[Marginal: _Don José Pellicer._] Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos.
Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole: Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.
Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.
¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.
[Marginal: _El doctor Juan Francisco Andrés._] Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.
Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.
Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.
Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros, porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia. Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.
Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de sí, diciendo: Éstas no tanto eternizan las hazañas, cuanto confitan los desaciertos.
Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada, inclinándose siempre, ya al lado del odio, ya de la afición. Fué á sacar una y dijo: Ésta ya ha salido otra vez, ya la di á otro primero y, si mal no me acuerdo, fué á Illescas, á quien le traslada capítulos enteros el Sandoval. Basta, que yo me he equivocado.
Mucho se detuvieron aquí y aun se estuvieron: tan entretenida es la mansión de la Historia.
Pasaron ya cortejados del Ingenio por la de la Humanidad. Lograron muchas y fragantes flores, delicias de la agudeza, que aquí asistía tan aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros, y escogiéndolas en romance, las florestas españolas, las facecias italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos, las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios elogios, teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales, polianteas y fárragos.
No fué menos de admirar la ninfa anticuaria, de más curiosidad que sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas, piedras, incripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas, barros, láminas, con todos los libros, que tratan de esta noticiosa antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio Agustín, ilustrada de los Golcios [Marginal: _Anticuarios_.] y últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas españolas de Lastanosa.
Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que á la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas, cuando vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas, dioptras, cilindros, compases y pantómetras, [Marginal: _Matemáticas._] conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun de las vulgares. Pero de la noble pintura y arquitectura había tratados superiores.
Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no ignorar. [Marginal: _Filosofía natural._] Así como el de la indagadora natural filosofía, levantando mil testimonios á la naturaleza. Servían de estantes á sus curiosos tratados los cuatro elementos y en cada uno los libros, que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces, brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales y en el fuego de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio, para meterlos en sí.
Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más profunda estancia y más compuesta estaba, entresacando las saludables hojas de algunas plantas, para confeccionar medidas y destilar quintas esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral Filosofía. [Marginal: _Filósofos morales._] Cortejáronla de propósito y ella les dió asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contraveneno, y mostró estimarlas mucho, si bien á algunos les parecieron algo secas y aun frías, de más provecho que gusto; pero de verdad muy eficaces. Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo: Éstas, aunque más desabridas, son divinas.
Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor, para aliviar el ánimo.
Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.
Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que de personas.
No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias, para que entiendan los hombres.
Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y, aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.
De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad.
Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así dijo: Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.
Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.
Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reir que aprovechar.
De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas á las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.
Éstas otras, aunque vulgares, son picantes y tal señor hay, que gasta su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la mostaza, que, aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.
Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo, como en los sentimientos, las remitió, más para paladear niños y mujeres, que para pasto de hombres.
Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con su buen olor recrean el cerebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque malaliñadas y tan feas, que les causaron horror; mas la prudente ninfa dijo: No se ha de atender al estilo del infante don Manuel; sino á la extremada moralidad y al artificio con que enseña.
Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fué deshojando y dijo: