SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 2)

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En el cielo, señores, todo es felicidad; en el infierno, todo es desdicha; en el mundo, como medio entre estos dos estremos, se participa de entrambos: andan barajados los pesares con los contentos, altérnanse los males con los bienes, mete el pesar el pie donde le levanta el placer, llegan tras las buenas nuevas las malas, ya en creciente la luna, ya en menguante, gran presidenta de las cosas sublunares. Sucede á una ventura una desdicha y así la temía Filipo el macedón, después de las tres felices nuevas. Tiempo señaló el sabio para reir y tiempo para llorar. Amanece un día nublado, otro sereno, ya mar en leche y ya en hiel. Viene tras una mala guerra una buena paz, con que no hay contentos puros, sino muy aguados y así los beben todos. No tenéis que cansaros en buscar la felicidad en esta vida; milicia sobre el haz de la tierra. No está en ella y convino así. Porque, si aun deste modo, estando todo lleno de pesares, sitiada nuestra vida de miserias, con todo eso no hay poder arrancar los hombres de los pechos desta villana nodriza, despreciando los brazos de la celestial madre, que es la reina: ¿qué hicieran, si todo fuera contento, gusto, placer, solaz y felicidad?

Con esto se dieron por entendidos nuestros dos peregrinos, Critilo y Andrenio y con ellos todos los mortales, añadiendo el cortesano: En vano, oh peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, os cansáis en buscar desde la cuna á la tumba esta vuestra imaginada Felisinda, que el uno llama esposa, el otro madre. Ya murió para el mundo y vive para el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra.

Disolvióse la magistral junta, quedando desengañados todos al uso del mundo, tarde. Convidóles el cortesano á ver algo de lo mucho, que se logra en Roma.

Pero lo más que hay que ver, decían ellos y la mejor vista es ver tantas personas, que, habiendo nosotros peregrinado todo el mundo, podemos asegurar no haber visto otras tantas.

¿Cómo decís que habéis andado todo el mundo, no habiendo estado sino en cuatro provincias de la Europa?

¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos, no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden llamar personas, sino fieras.

Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido de la culta Italia?

Vos lo habéis dicho en esa palabra culta, que es lo mismo que aliñada, cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines, los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos, palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes; las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes, que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía, la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia, la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: _Lo mio signore_, Eva en francés, _qui Monsiur_, y el diablo en español, echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de meninas y Roma de dueña.

Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio.

¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es?

Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención le iba deteniendo y el otro instando.

Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan deliciosa.

No es eso.

¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil herencia?

Ni eso.

¿Pues qué? ¿El estar tan dividida y como hecha jigote en poder de tantos señores y señorcitos, saliéndole estéril toda su política y sirviéndola de nada toda su razón de estado?

Tampoco es eso.

¡Válgate Dios! ¿Pues qué será? ¿Es por ventura aquello de ser campo abierto á las naciones estranjeras, palenque de españoles y franceses?

He, que no es eso.

¿Si sería el ser maestra de invenciones y quimeras, porque eso pasó de la Grecia al Lacio juntamente con el imperio?

Ni eso ni estotro.

¿Pues qué puede ser? Que ya me doy por vencido.

¿Qué? El haber tantos italianos. Que si eso no tuviera, hubiera sido sin oposición el mejor país del mundo. Y vese claro, pues Roma con el concurso de las naciones se viene á templar mucho. Por eso dicen que Roma no es Italia ni España ni Francia; sino un agregado de todas. Gran ciudad para vivir; aunque no para morir. Dicen que está llena de santos muertos y de demonios vivos. Paradero de peregrinos y de todas las cosas raras, centro de maravillas, milagros y prodigios. De suerte, que más se vive en ella en un día, que en otras ciudades en un año, porque se goza de todo lo mejor.

Un secreto ha días deseo saber de la Italia, dijo Critilo.

¿Qué cosa?, le preguntó el cortesano.

Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean, cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre están diciendo mal de ellos?

¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata?

Sí.

Pues aplica tú la semejanza.

Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad hasta el siguiente día.

Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea. Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras.

¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro siglo nos emplazas?

Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar.

Gran cosa será y gran día.

Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi.

CRISI X _La rueda del tiempo._ Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. Señalábanle á cada edad su planeta por su orden y su puesto, avisando á todo mortal se diese por entendido, ya del planeta, que le presidía, ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, á la niñez la luna con nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura y con ella la facilidad y variedad, aquel mudarse á cada instante, ya llorando, ya riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de cera á las impresiones, de masa á las aprehensiones, pasando de las tinieblas de la ignorancia á los crepúsculos de la advertencia. Desde los diez años hasta los veinte decían presidirle el planeta Mercurio, influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso que en la edad, en la perfección. Comienza á estudiar y á deprender, cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de noticias y de ciencias. Pero descárase Venus á los veinte y reina con grande tiranía, hasta los treinta, haciendo cruda guerra á la juventud á sangre que yerve y á fuego en que se abrasa y todo esto con bizarra galantería. Amanece á los treinta años el sol, esparciendo rayos de lucimiento con que anhela ya el hombre á lucir y valer. Emprende con calor los honrosos empleos, las lucidas empresas y, cual sol de su casa y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele Marte á los cuarenta, infundiéndole valor con calor. Revístese de aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra á los cincuenta mandando Júpiter, influyendo soberanías. Ya el hombre es señor de sus acciones, habla con autoridad, obra con señoría, no lleva bien el ser gobernado de otros; antes lo querría mandar todo, toma por sí las resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar y á esta edad, como á tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola el mejor tercio de la vida. Á los sesenta anochece, que no amanece, el melancólico saturnino con humor y horror de viejo. Comunícale su triste condición y, como se va acabando, querría acabar con todos, vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo y, á lo de perro viejo, royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones, tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, descuidado en su traje, destituído de sentidos, falto de potencias y á todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es el vivir y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí adelante todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años de Saturno, vuelve á presidir la luna y vuelve á niñear y á monear el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, mordiéndose la cola la serpiente: ingenioso jeroglífico de la rueda de la humana vida.

Con esto entró el cortesano, no tanto á despertarles, cuanto á darles el buen día y aun el mejor de su vida, muy entretenido con la máscara del mundo, el baile y mudanzas del tiempo, el entremés de la fortuna y la farsa de toda la vida.

¡Alto! les dijo, que tenemos mucho que hablar, pues, deste mundo y del otro.

Sacóles de casa, para más meterlos en ella, y fuélos conduciendo al más realzado de los siete collados de Roma, tan superior, que no sólo pudieron señorear aquella universal corte; pero todo el mundo con todos los siglos.

Desde esta eminencia, les decía, solemos con mucho deporte algunos amigos tan geniales cuan joviales registrar todo el mundo y cuanto en él pasa, que todo corre la posta. Desde aquí atalayamos las ciudades y los reinos, las monarquías y repúblicas, ponderamos los hechos y los dichos de todos los mortales, y lo que es de más curiosidad, que no sólo vemos lo de hoy y lo de ayer, sino lo de mañana, discurriendo de todo y por todo.

¡Oh, lo que diera yo, decía Andrenio, por ver lo que será del mundo de aquí á unos cuantos años! En qué habrán parado los reinos, qué habrá hecho Dios de fulano y de citano, qué habrá sido de tal y de tal personaje. Lo venidero, lo venidero querría yo ver; que eso de lo presente y lo pasado cualquiera se lo sabe. Hartos estamos de oirlo, cuando una victoria, un buen suceso lo repiten y lo vuelven á cacarear los franceses en sus gacetas, los españoles en sus relaciones, que matan y enfadan. Como lo de la victoria naval contra Selim, que aseguran fué más el gasto que se hizo en salvas y en luminarias, que lo que se ganó en ella. Y modernamente decía un discreto: Tan enfadado me tienen estos franceses con su socorro de Arrás y con tanto repetirlo, que no puedo ver las tapicerías aun en medio del invierno.

Pues yo te ofrezco, dijo el cortesano, mostrarte todo lo venidero, como si lo tuvieses aquí delante.

¡Brava arte mágica sería ésa!

Antes no ni es menester, cuando no hay cosa más fácil, que saber lo venidero.

¿Cómo puede ser eso, si está tan oculto y tan reservado á sola la perspicacia divina?

Vuelvo á decir que no hay cosa más fácil ni más segura. Porque has de saber que lo mismo, que fué, eso es y eso será, sin discrepar ni un átomo. Lo que sucedió docientos años ha, eso mismo estamos viendo agora. Y si no, aguarda.

Y echóse mano á una de las faltriqueras de la faldilla delantera y sacó una caja de cristales, celebrándolos por cosa extraordinaria.

¿Qué más tendrán esos, que los demás antojos?, decía Andrenio.

¡Oh, sí, que alcanzan mucho!

¿Qué tanto? ¿Más, que el antojo del Galileo?

Mucho más, pues lo que está por venir, lo que sucederá de aquí á cien años. Éstos los forjaba Arquímedes para los amigos entendidos. Tomad y calzáoslos en los ojos del alma, en los interiores.

Y hiciéronlo así, sobre la faición de la prudencia.

Mirad ahora hacia España. ¿Qué veis?

Veo, dijo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora docientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del un cabo al otro.

¿Qué ves hacia Inglaterra?

Que lo que obró un Enrico contra la Iglesia ejecuta después otro peor. Que si ya degollaron una reina Estuarda, hoy su nieto Carlos Estuardo. Veo en Francia que matan un Enrico y otro Enrico y que vuelven á brotar las cabezas de la herética hidra. Veo en Suecia que lo que le sucedió á Gustavo Adolfo en Alemania, le va sucediendo por los mismos filos á su sobrino en la católica Polonia.

¿Y aquí en Roma?

Que ha vuelto aquel siglo de oro y aquella felicidad pasada, de que gozó en tiempo de los Gregorios y los Píos.

Ahí veréis que las cosas, las mismas son, que fueron; sola la memoria es la que falta. No acontece cosa, que no haya sido ni que se pueda decir nueva bajo del sol.

¿Quién es aquel vejezuelo, dijo Critilo, que nunca para, que todos le siguen y él á nadie espera ni á reyes ni á monarcas, hace su hecho y calla? ¿No lo ves tú, Andrenio?

Sí, por señas que lleva unas alforjas al cuello, como caminante.

¡Oh!, dijo el cortesano, ése es un viejo, que sabe mucho, porque ha visto mucho y al cabo todo lo dice sin faltar á la verdad.

¿Cabe mucho en aquellas alforjas?

No lo creeréis. Cabe una ciudad y muchas y reinos enteros. Unos lleva delante, otros atrás y, cuando se cansa, vuelve las alforjas, la de atrás adelante, y revuelve todo el mundo, sin saber cómo ni por qué, sino por variar. ¿Qué pensáis que es el pasarse el mando, el mudarse el señorío desta provincia en aquélla, de una nación en la otra? Es que se muda las alforjas el tiempo: hoy está aquí el imperio y mañana acullá; hoy van delante los que ayer iban detrás: mudóse la vanguardia en retaguardia. Así veréis que la África, que en otro tiempo era madre de prodigiosos ingenios, de un Augustino, Tertuliano y Apuleyo ¿quién tal creyera? hoy está hecha un barbarismo, engendradora de alarbes. Y lo que es de mayor sentimiento, la Grecia, progenitora de los mayores ingenios, la inventora de las ciencias y las artes, la que daba leyes de discreción á todo el mundo, madre del bien decir, hoy está hecha un solecismo en poder de los bárbaros traces. Y á ese modo está trocado todo el mundo. La Italia, que mandaba á todas las demás naciones y triunfaba de todas las provincias, hoy sirve á todas: mudóse las alforjas el tiempo.

Pero la que fué gran vista y espectáculo de mucho gusto fué una gran rueda, que bajaba por toda la redondez de la tierra, desde el oriente al ocaso de la ocasión. Veíanse en ella todas cuantas cosas hay, ha habido y habrá en el mundo, con tal disposición, que la una mitad se veía clara y esentamente sobre el horizonte y la otra estaba hundida acullá abajo, que nada de ella se veía; pero iba rodando sin cesar, dando vueltas, al modo de una grúa, en que se metió el tiempo y, saltando de la grada de un día en la del otro, la hacía rodar y con ella todas las cosas. Salían unas de nuevo y escondíanse otras de viejo y volvían á salir al cabo de tiempo. De modo que siempre eran las mismas; sólo que unas pasaban, otras habían pasado y volvían á tener vez. Hasta las aguas al cabo de los años mil volvían á correr por donde solían; aunque no serían por los ojos, que ésas más presto vuelven: que hay mucho que llorar.

Aquí hay mucho que ver, dijo Critilo.

Y que notar, el cortesano. Bien lo podéis tomar de propósito. Atended cómo va pasando todo en la rueda de la vicisitud, unas cosas van, otras vienen. Vuelven las monarquías y revuélvense también: que no hay cosa que tenga estado, todo es subida y declinación.

Veíanse acullá al un cabo de la rueda y que ya habían pasado unos hombres y unos príncipes parcos, que no pobres, pródigos de su sangre y guardadores de la hacienda. Vestían de lana y la sabían cardar. Crujían mangas de seda los días de fiesta por gran gala y todo el año la malla.

¿Quiénes son aquellos, preguntó Critilo, que cuanto más llanos, mejor parecen?

Aquéllos fueron, respondió el cortesano, los que conquistaron los reinos. Nota bien que allí hallarás un don Jaime de Aragón, un don Fernando el Santo de Castilla y un don Alfonso Enríquez de Portugal. Mira qué pobres de gala y qué ricos de fama. Hicieron muy bien su papel, pues llenaron las historias de sus hazañas y metiéronse en el vestuario común de las mortajas; pero no en olvido.

Al mismo tiempo, por la contraria banda de la rueda, salían otros y muy otros, ricos, bizarros y suntuosos, rozando sedas, arrastrando telas y gozando de lo que sus antepasados les ganaron; pero iban éstos pasando también su carrera y hundíanse al cabo, después de hundido todo y volvían á salir aquellos primeros, volviendo á juego las materias. Y con esta alternación procedían las cosas humanas, al fin temporales.

¡Hay tal variedad!, ponderaba Andrenio. ¿Y siempre ha sido desta suerte?

Siempre, decía el cortesano, y esto en cada provincia, en cada reino. Vuelve la cabeza atrás y mira qué moderados entraron en España los primeros godos, un Ataulfo, Sisenando, hasta el rey Bamba. Sucede al cabo el delicioso Rodrigo y da al traste con las más florida monarquía. Va pasando la rueda y vuelve otra vez el valor con la parsimonia, en el famoso Pelayo. Restáurase poco á poco lo que se perdió tan aprisa. Descaece otra vez; pero resucita en el rey don Fernando el Católico y así se van alternando las ganancias y las pérdidas, las dichas y las desdichas.

¡Oh, lo que son de ver, decía Critilo, aquellos primeros vestidos de paño, ya los segundos de brocado, aquéllos crujiendo acero y éstos seda, arreados aquéllos en el alma y desnudos en el cuerpo, adornados éstos de galas y desnudos de hazañas, faltos de noticias y sobrados de delicias!

Escondíanse unas mujeres y señoras y aun princesas, con las ruecas en la cinta, refilando el uso, y salían otras con abanicos costosos de varillas de diamantes, fuelles de su vanidad. Aquéllas con sus manguitos de paño, estas otras de martas, nada piadosas y muy suyas. Aquéllas exprimidas de talle, estas otras más huecas, que campanas. Y no obstante esto, aquéllas sonaban mejor.

Por eso digo yo, ponderaba Critilo, que siempre lo pasado fué mejor.

Alargaba el cuello Andrenio, mirando hacia el oriente de la rueda y preguntóle el cortesano: ¿Qué buscas? ¿Qué echas menos?

Y él miraba si volvía á salir aquel plausible rey don Pedro de Aragón, llamado bastón de franceses, que con ellos solos fué cruel. ¡Oh, cómo que despicaría á España! ¡Qué coscorrones pegaría! ¡Cómo que les abajaría las crestas á los galos! Pero mudóse las alforjas el tiempo. Iba dando sin parar la vuelta la rueda y volteando con ella cuanto hay. Salía una ciudad con sus casas de tierra y los palacios á piedralodo. Paseaban sus calles en carros los caballeros, el mismo Nuño Rasura. Que las damas, como tan recatadas, ni eran vistas ni oídas. Cuando mucho, salían á alguna romería: que no se nombraban las ramerías. Más colorada se volvía entonces una mujer de ver un hombre, que agora de ver un ejército. Y es de advertir que entonces no había otro color, que el de la vergüenza y el blanco de la inocencia. Parecían de otra especie, porque eran muy calladas, no andariegas, honestas, hacendosas. Al fin mujeres para todo y no como agora, para nada. Pero daba la vuelta la rueda, hundíase aquella ciudad y al cabo de tiempo volvía á salir otra, digo, la misma; pero tan otra, que no la conocían.

¿Qué ciudad es ésta?, preguntó Andrenio.

La misma, respondió el cortesano.

¿Cómo puede ser eso, si estas casas de agora son de mármoles y de jaspes, con tanto dorado balcón, en vez de los de palo? ¿Qué tienen que ver estas tiendas con aquellas otras de docientos años atrás? Allí, señor cortesano, no había guantes de ámbar, sino de lana; no tahalíes bordados de oro, sino una correa; no sombreros de castor ni por sueño, cuando mucho bonetillos ó monteras. Manguitos de á ciento de á ocho, ¿quién tal dijo? Fuera heregía. No, sino de paño y abanicos de paja y ésos llevaba la señora y la condesa; que aún no había duquesas, y la misma reina doña Constanza y por mucha gala, que costaba cuatro maravedís; y no como agora de garapiña y de rapiña francesa. Con un real compraba entonces un hombre sombrero, zapatos, medias, guantes y aún le sobraban algunos maravedises. Las que aquí son telas de oro y brocados, allí eran bureles y por cosa muy preciosa se hallaba algún contray para mantos á las ricas fembras en el día de su boda, que por eso se llamaron de velarse. Las que allí eran carretillas, aquí son coches y carrozas; las que angarillas, son sillas de mano tachonadas. Aquí no se ve ruar el carretón de la Inés tirado de sola una bestia, que no había entonces tantas. Las calles hierven de mujeres tan descocadas cuan escotadas, cuando allí, si se les veía una muñeca, era ya perderse todo y ser ellas unas perdidas. Muchos de estrados y cojines y no se ve una almohadilla, sin hacer hacienda, antes deshaciéndolas y acabando con las casas.

Pues te aseguro, dijo el cortesano, que es la misma ciudad; aunque tan otra de lo que fué, tan mudada, que no la conocerían sus primeros habitadores. Mira lo que hace y deshace el tiempo.

¡Válgame el Cielo!, dijo Critilo. ¿Y qué dijeran, si volvieran hoy á Roma los Camilos y Dentatos, si el buen Sancho Minaya á Toledo, si Gracián Ramírez á Madrid, Laín Calvo á Burgos, el Conde Alperche á Zaragoza y Garci Pérez á Sevilla, si pasearan por estas calles y las hallaran ocupadas de coches y de carrozas, si vieran estas tiendas y esta perdición?

Volteaba la rueda y escondíase el buen tiempo y todo lo bueno con él. Aquellos hombres buenos y llanos sin artificio ni embeleco, tan sencillos en el vestido como en el ánimo, sin pliegues en las capas y sin dobleces en el alma, con el pecho desabrochado, mostrando el corazón, la conciencia á ojo, con el alma en la palma y por eso vitoriosa: hombres al fin del tiempo antiguo y con todo eso muy ricos y sobrados, desaliñados y nunca más bienpuestos. Que, cuando los hombres eran más sencillos, aseguran que había más doblones. Escondíanse aquéllos y salían otros antípodas suyos en todo, embusteros, mentirosos, falsos y faltos, que se corrían de que les llamasen buenos hombres, más pequeños de cuerpo y también de alma. Y con ser todos palabras, no tenían palabra. Mucho de cumplimiento y nada de verdad. Mucho de circunstancia y nada de sustancia. Gente de poca ciencia y de menos conciencia.

Éstos, decía Critilo, yo juraría que no son hombres.

¿Pues qué?

Sombras de aquellos que van delante, medio hombres, pues no tienen entereza. ¡Oh, cuándo volverán aquellos primeros agigantados, hijos de la fama!

Dejad, decía el cortesano, que aún volverán á tener vez.

Sí; pero ¡qué tarde!, si se ha de acabar primero la mala semilla déstos.

De lo que gustaba mucho Andrenio y tanto, que no pudo contener la risa, era de ver rodar los trajes y dar vueltas los usos y más mirando hacia España, donde no hay cosa estable en esto del vestir. Á cada tumbo de la rueda se mudaban y siempre de malo en peor, con mucho gasto y figurería. Un día salían con unos sombreros anchos y bajos, que parecían gorras; al otro día otros amorrionados, que parecían capacetes; luego otros pequeños y puntiagudos, que parecían alhajas de títeres y hacían bravas figuras. Pasaban éstos y sucedían otros chatos y anchos, con dos dedos de falda, que parecían bacinillas y aun olían mal; mas al otro día los dejaban y salían con otros tan altos, que parecían orinales. Quebrábanse éstos también y sacaban los gaviones con una vara de copa y otra de falda, ya pequeños, ya tan grandes, que se pudieran hacer dos de cada uno de los primeros. Y es lo bueno que los que hacían más ridículas figuras se burlaban de los pasados, diciendo que parecían figurillas; mas luego los que se seguían les llamaban á ellos figurones. Fué de modo que en poco rato, que lo estuvieron mirando, contaron más de una docena de formas diferentes de solos sombreros. ¿Qué sería de todo el demás traje? Las capas ya eran tan largas y prolijas, que parecían ir fajados en ellas, ya tan cortas y tan biencriadas, que, cuando sus amos estaban sentados, ellas se quedaban en pie. Dejo las calzas, ya afolladas, ya botargas, los zapatos ya romos, ya puntiagudos.

Qué cosa tan graciosa, decía Andrenio. Señores, ¿quién inventa estos trajes? ¿Quién saca estos usos?

Ahí me digas tú que hay bien que reir. Porque has de saber que llega un gotoso que tiene necesidad de llevar el pie holgado y cálzase un zapato romo y ancho, por su comodidad, diciendo: ¿Qué importa que el mundo sea ancho, si mi zapato es estrecho?

Los otros, que lo ven, luego lo apetecen y dan todos en llevar zapatos romos y parecer gotosos y patituertos. Si una mujer pequeña hubo menester ayudarse de chapines, añadiendo de corcho lo que le faltaba de persona, luego todas las otras dan en llevarlos, aunque sean más crecidas que la giralda de Sevilla ó la torre nueva de Zaragoza. Llega en esto una muy estirada en todo, que no necesita dellos, antes la hacen embarazo. Dales del pie y gusta de irse en zapato. Luego todas las otras la quieren imitar, aunque sean unas enanas, valiéndose de la ocasión para más soltura y para parecer niñas. La otra flamenca dió en ir escotada, vendiendo el alabastro y quiérenla seguir las de Guinea, feriando el azabache, que en unas y en otras es una gran frialdad y un traje muy desarrapado. Y es de advertir que el peor y el más deshonesto es el que dura más. Pero para que riáis de buen gusto mirad aquella ristra de mujeres, que van una tras otra en la rueda del tiempo. La primera lleva aquel desproporcionado tocado, que llamaron almirante y lo inventó una calva. La otra, que se sigue, lo trocó por la arandela, que hizo brava visión. Sucede la otra con el bobo, que fué su más propio traje. Trocólo ya la que viene detrás, por el trenzado, no mendigando un pelo ajeno á su belleza. La quinta en orden lo dejó para las mozas de cántaro y echó el cabello atrás en una crecida cola. La sexta inventó el moño, desmintiendo lo pelado. La séptima se echó un gobelete al tozuelo, echando allá cuanto la pudiesen decir. La octava va con una trenza á la jineta, á tuerto y á derecho. La nona con asa de cántaro y pudiera de cantarilla. Desta suerte van variando y desvariando, hasta que vuelvan á su primera impertinencia. Pero lo que fué, no ya de reir, sino de sentir, que siempre se va todo empeorando. Pues es cosa cierta que con lo que gasta hoy una mujer se vestía antes todo un pueblo. Más plata echa hoy en relumbrones una cortesana, que había en toda España antes que se descubrieran las Indias. No conocían las perlas aquellas primeras señoras; pero éranlo ellas en la fineza. Los hombres eran de oro y se vestían de paño; agora son asco y rozan damasco y después, que hay tantos diamantes, ni hay fineza ni firmeza.

Hasta en el hablar hay su novedad cada día, pues el lenguaje de hoy ha docientos años parece algarabía. Y si no, leed esos fueros de Aragón, esas partidas de Castilla, que ya no hay quien las entienda. Escuchad un rato aquellos, que van pasando uno tras de otro, en la rueda del tiempo.

Atendieron y oyeron que el primero decía fillo, el segundo fijo, el tercero hijo y el cuarto ya decía gixo á lo andaluz y el quinto de otro modo, sino que no lo percibieron.

¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Señores, en qué ha de parar tanto variar? ¿Pues no era muy buena aquella primera palabra fillo y más suave, más conforme á su original, que es el latín?

Sí.

¿Pues por qué la dejaron?

No más de por mudar, sucediendo lo mismo en las palabras, que en los sombreros. Éstos de agora tienen por bárbaros á los de aquel lenguaje, como si los venideros no hubiesen de vengarlos á aquéllos y reirse déstos.

Púsose de puntillas Critilo, desojándose hacia el oriente de la rueda.

¿Qué atiendes con tanto ahinco?, le preguntó el cortesano.

Estoy mirando si vuelven á salir aquellos Quintos tan famosos y plausibles en el mundo, un don Fernando el Quinto, un Carlos Quinto y un Pío Quinto.

¡Ojalá que eso fuese y que saliese un don Felipe, el Quinto en España! Y cómo que vendrá nacido. ¡Qué gran rey había de ser, copiando en sí todo el valor y el saber de sus pasados! Pero lo que noto es que antes vuelven á salir los males, que los bienes. Tardan éstos lo que se avanzan aquéllos.

Oh, sí, dijo el cortesano: detiénense y mucho en volver los siglos de oro y adelántanse los de plomo y de hierro. Son las calamidades más ciertas en repetir, que las prosperidades. Así como el mal humor de una terciana y de una cuartana tienen su día fijo, su hora sabida, sin discrepar un punto y el buen humor la alegría, el contento, no le tienen ni repiten, á la hora las guerras, las rebeliones no discrepan un lustro, las pestes ni un año, las secas no pierden vez, vuelven las hambres, las mortandades, las desdichas por sus pasos contados.

Pues si eso es así, dijo Andrenio, ¿no se les podía tomar el pulso á las mudanzas y el tino á la vicisitud de la rueda, para prevenir los remedios á los venideros males y saberlos desviar?

Ya se podría, respondió el cortesano; pero como fenecieron aquellos, que entonces vivían, y suceden otros de nuevo sin recuerdo de los daños, sin experiencia de los inconvenientes, no queda lugar al escarmiento. Vinieron unos noveleros, amigos de mudanzas peligrosas, que no probaron de las calamidades de la guerra, atropellaron con la rica y abundante paz y después murieron suspirando por ella. Con todo ya hay algunos de bueno y sano juicio, prudentes consejeros, que huelen de lejos las tempestades, las pronostican, las dicen y aun las vocean; pero no son escuchados. Que el principio de los males es quitarnos el cielo el inestimable don del consejo. Sacan los cuerdos por discurso cierto las desdichas, que amenazan: en viendo en una república la desolación de costumbres, pronostican la disolución de provincias; en reconociendo caída la virtud, atinan la caída de las monarquías; grítanlo á quien tiene atapados los oídos, y así veréis que de tiempo á tiempo se pierde todo para volverse otra vez á ganar todo.

Pero buen ánimo, que todas las cosas vuelven á tener día, lo bueno y lo malo, las dichas y las desventuras, las ganancias y las pérdidas, los cautiverios y los triunfos, los buenos y los malos años.