SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 2)

Page 17 of 19

Sí, dijo Andrenio; ¿pero qué me importa á mí que hayan de suceder después las felicidades, si á mí me cogen de medio á medio todas las calamidades? Eso es decir que para mí se hicieron las penas y para otros los contentos.

Buen remedio ser prudente, abrir el ojo y dar ya en la cuenta. Ea, alégrate, que aún volverá la virtud á ser estimada, la sabiduría á estar muy valida, la verdad amada y todo lo bueno en su triunfo.

Y cuando será eso, suspiró Critilo, ya estaremos nosotros acabados y aun consumidos. ¡Oh, quién viera aquellos hombres con sus sayos y aquellas mujeres con sus cofias y sus ruecas, que desde que se arrimaron los husos, no se usa cosa buena! ¿Cuándo volverá la reina doña Isabel la Católica á enviar recados: decidle á doña Fulana que se venga esta tarde á pasarla conmigo y que se traiga su rueca, y á la condesa que venga con su almohadilla? ¿Cuándo oiremos al otro rey escusarse en las cortes que no había comido gallina y decía la verdad y que una que comió un jueves había sido presentada? Y al otro que si las mangas del jubón eran de seda, pero el cuerpo de tela. ¡Oh, cuánto me holgaría ver salir aquellos siglos de oro y no de lodo y basura, aquellos varones de diamantes y no de claveques, aquellas hembras de margaritas y sin perlas, las Hermesindas y Jimenas, con que no faltan Urracas, aquellos hombres de bien, que ya no sólo no corren, pero ni dan un paso, de Tasso lenguaje, pero de buena lengua, de pocas razones y de mucha razón, de mucha sustancia y poca circunstancia, gente de apoyo y no de tramoya y de sola apariencia, que no hay cosa más contraria á la verdad, que la verisimilitud! ¿Qué soldados eran aquellos de acullá, vestidos de pieles y calzados de cuero, que repetían de fieras?

Ésos eran los Almugábares, la milicia del rey don Jaime y de su valeroso hijo; no como los capitanes de agora, vestidos de tafetán, dando cuchilladas de seda.

Aguarda, ¿qué varas eran aquéllas tan macizas y tan firmes?

Las de la justicia del buen tiempo, gruesas; pero no groseras, que no se torcían á cualquier viento ni se doblaban, aunque las cargasen del metal pesado, aunque colgasen de ellas un bolsón de doblones.

Qué diferentes, decía Andrenio, destas otras tan delgadas, al fin juncos, que ceden al soplo del favor y se inclinan por poco que les cuelguen á un par de capones, á cualquier pluma. ¿Quién es aquel que habla ronco?

Pues á fe que no es ronca, sino bien clara su fama. Aquél es el plausible alcalde Ronquillo, blasón de la justicia.

¿Y aquel otro, que todo lo averigua?

Ése es el del proverbio, por quien decía el rey Católico, á cualquiera escándalo que sucedía: Vaya y averígüelo Vargas.

Todo lo aclaraba y nada confundía, con que también ha tenido en estos tiempos la justicia sus Quiñones.

Cansábanse ya ellos de ver; pero no la rueda de dar vueltas y á cada tumbo se trastornaba el mundo, caían las casas más ilustres y levantábanse otras muy oscuras, con que los descendientes de los reyes andaban tras los bueyes, trocándose el cetro en aguijada y tal vez en un cepillo. Al contrario, los lacayos subían á Belengabores y Taicosamas. Vieron un nieto de un herrador muy puesto á la jineta y otro muy á caballo rodeado de pajes, aquél cuyo abuelo iba tal vez lleno de pajas. Decantábase la rueda y comenzaban á bambalear las torres y los homenajes, caían los alcázares y empinábanse los aduares y al cabo de años los nobles eran villanos.

¿Quién es aquel, decía Andrenio, que vive en la casa solar de los condes de tal?

Un hornero, que haciendo mala harina hizo muchos ducados, de modo que valen más sus salvados, que la harina de muchos nobles.

¿Y en aquella otra de los duques de cual?

Un otro, que vendió mal y las compró bien.

¿Pues es posible, ponderaba Critilo, que no se contente ya la desvergonzada vanidad déstos con levantar sus casas de nuevo, sino que quieren hollar las más antiguas y las que eran de mejor solar?

Salían unos ingenios noveleros con unos discursos viejos, opiniones rancias, pero bien alcoholadas, con lindo lenguaje y vendíanlas por invención suya y de verdad que lo era. Engañaban luego luego á cuatro pedantes; mas llegaban los varones sabios y leídos y decían: ¿Ésta no es la dotrina de aquellos antiguos? En un rincón del Tostado se hallará, sazonado y cocido todo lo que éstos blasonan por crudo y valiente pensar. Lo que éstos hacen no es más que sacarlo de aquella letra gótica y estamparlo en la romana más legible, mudando la cuadrada en redonda, echando un papel blanco y nuevo y con esto cátalo aquí concepto nuevo. Á fe que estos ecos que son de aquella lira y que este tomo es de Toma.

Lo mismo que en la cátedra sucedía en el púlpito con notable variedad, que en el breve rato, que se asomaron á ver la rueda, notaron una docena de varios modos de orar. Dejaron la sustancial ponderación del sagrado texto y dieron en alegorías frías, metáforas cansadas, haciendo soles y águilas los santos, inares las virtudes, teniendo toda una hora ocupado el auditorio, pensando en una ave ó una flor. Dejaron esto y dieron en descripciones y pinturillas. Llegó á estar muy valida la humanidad, mezclando lo sagrado con lo profano. Y comenzaba el otro afectado su sermón por un lugar de Séneca, como si no hubiera San Pablo, ya con trazas, ya sin ellas, ya discursos atados, ya desatados, ya uniendo, ya postillando, ya echándolo todo en frasecillas y modillos de decir, rascando la picazón de las orejas de cuatro impertinentillos bachilleres, dejando la sólida y sustancial doctrina y aquel verdadero modo de predicar del Boca de oro y de la ambrosía dulcísima y del néctar provechoso del gran prelado de Milán.

Cortesano mío, decía Andrenio, ¿volverá al mundo otro Alejandro Magno, un Trajano y el gran Teodosio? ¡Gran cosa sería!

No sé qué me diga, le respondió, que de uno déstos hay para cien siglos y mientras sale un Augusto, ruedan cuatro Nerones, cinco Calígulas, ocho Eliogábalos, y mientras un Ciro, diez Sardanápalos. Sale una vez un Gran Capitán y bullen después cien capitanejos, con que se ha de mudar cada año de jefe. He aquí que para conquistar á todo Nápoles bastó el gran Gonzalo Fernández y para Portugal un duque de Alba, para la una India Fernando Cortés y para la otra Alburquerque; y hoy para restaurar un palmo de tierra no han sido bastantes doce cabos. Llevóse de carrera Carlos Octavo á Nápoles y con otra vista, que dió el desposeído Fernando con cuatro naves vacías, lo volvió á cobrar. De un Santiago cogió el rey Católico á Granada y su nieto Carlos Quinto toda la Alemania.

Oh, señor, replicó Critilo, no hay que admirar: que iban los mismos reyes en persona, no en sustituto. Que hay gran diferencia de pelear el amo ó el criado. Asegúroos que no hay batería de cañones reforzados, como una ojeada de un rey.

Tras de una reina doña Blanca, proseguía el cortesano, salen cien negras. Mas hoy en otra española vuelve á florecer aquélla y en una católica Cristina de Suecia renace hoy la emperatriz Elena. Más os digo, que vuelve á salir el mismo Alejandro. Ya le veo y le reverencio, no gentil, sino muy cristiano; no profano, sino santo; no tirano de las provincias, sino padre de todo el mundo, conquistándole para el cielo. Pasad un lienzo, les dijo, por esos cristales y, si fuere el de la mortaja, mejor: quedarán más limpios del polvo apegadizo de la tierra. Y mirad otro rato hacia el cielo.

Realzaron la vista y en virtud de aquella diáfana perspicacidad divisaron cosas, en que jamás habían reparado. Vieron una gran multitud de hilos y muy sutiles, que los iban devanando los celestes tornos y, sacándolos de cada uno de los mortales como de un ovillo.

¡Qué delgado hilan los cielos!, decía Andrenio.

Ésos son, respondió el cortesano, los hilos de nuestras vidas. Notad qué cosa tan delicada y de qué dependemos todos.

Era mucho de ver cuáles andaban los hombres rodando y saltando, como si fueran otros tantos ovillos, sin parar un instante, al paso que las celestiales esferas les iban sacando la sustancia y consumiendo la vida hasta dejarlos de todo punto apurados y deshechos, de tal suerte que no venía á quedar en cada uno sino un pedazo de trapo de una pobre mortaja, que en esto viene á parar todo. De unos tiraban hebras de seda fina; de otros, hilos de oro; y de otros, de cáñamo y estopa.

Sin duda que aquellos de oro y de plata, dijo Andrenio, serán de los ricos.

Engáñaste.

¿De los nobles?

Tampoco.

¿De los príncipes?

No discurres bien.

¿No son los hilos de las vidas?

Sí.

Pues, según fueren ellas, así serán ellos.

Noble hay, que sacan del hilo de estopa y plebeyo, que sacan del hilo de plata y aun de oro.

Allí se acababa uno, acullá otro, faltábale muy poco á éste, cuando comenzaba aquél. Que lo que la naturaleza va hilando de la vida el cielo lo va devanando y quitándonos los días con sus vueltas. Y cuando los mortales andan más diligentes y más solícitos, saltando y brincando, entonces se van más deshaciendo.

¡Pero qué á lo callado, qué á las sordas nos van urdiendo la muerte, ponderaba Critilo, cuando nos van devanando la vida! Engañóse sin duda aquel otro filósofo en decir que al moverse esas celestes esferas de esos once cielos hacen una suavísima música, un muy sonoro ruido. Ojalá que eso fuera, que nos despertaran de nuestro sueño. Fuera un citarnos á cada instante de remate. No fuera música para entretenernos, sino un recuerdo para desengañarnos.

Miráronse ya á sí mismos y vieron lo poco que les faltaba por devanar, que fué materia de harto desengaño para Critilo, si para Andrenio de melancolía.

Esto bastará por ahora, les dijo el cortesano, y bajemos á comer, no diga el otro simple letor: ¿De qué pasan estos hombres, que nunca se introducen comiendo ni cenando, sino filosofando?

Acertaron á pasar por una plaza, la de mayor concurso, que sería sin duda la Navona, donde hallaron un numeroso pueblo, dividido en enjambres de susurro, aguardando alguno de sus espectáculos vulgares, que el cortesano al verle realzó con su moral observación y ellos con especial desengaño. Pero qué espantavulgo fuese éste nos lo afianza declarar la siguiente Crisi.

CRISI XI _La suegra de la vida._ Muere el hombre, cuando había de comenzar á vivir, cuando más persona, cuando ya sabio y prudente, lleno de noticias y experiencias, sazonado y hecho, colmado de perfecciones, cuando era de más utilidad y autoridad á su casa y á su patria. Así que nace bestia y muere muy persona. Pero no se ha de decir que murió agora, sino que acabó de morir, cuando no es otro el vivir que un ir cada día muriendo. ¡Oh, ley por todas partes terrible la de la muerte, única en no tener excepción, en no privilegiar á nadie, y debiera á los grandes hombres, á los eminentes sujetos, á los perfectos príncipes, á los consumados varones, con quienes muere la virtud, la prudencia, la valentía, el saber y tal vez toda una ciudad, un reino entero! Eternos debieran ser los ínclitos héroes, los varones famosos, que les costó tanto el llegar á aquel cenit de su grandeza; pero sucede tan al contrario, que los que importan menos viven más y los que mucho valen viven menos. Son eternos los que no merecían vivir un día y los insignes varones, momentáneos, pasaban como lucidos cometas. Plausible resolución fué la del rey Néstor, de quien se cuenta que, habiendo consultado los oráculos acerca de los plazos de su vida y habiéndole sido respondido que aún había de vivir mil años cabales, dijo él: Pues no hay que tratar de hacer casa.

Instando sus amigos que no sólo casa, pero un palacio y no sólo uno, sino muchos, para todos tiempos y pasatiempos, respondió: ¿Para sólos mil años de vida queréis que me ponga agora á fabricar casa? ¿Para tan poco tiempo un palacio? He, que bastará una tienda ó una barraca, donde me aloje de paso. Que sería calificada locura tomar el vivir de asiento.

¡Qué bien viene esto con lo que hoy se platica, pues no llegando los hombres á vivir lo más cien años y no teniendo seguro ni un día, emprenden edificios de á mil años, fabrican casas, como si se hubiesen de perpetuar sobre la haz de la tierra! De estos sería uno sin duda aquel que decía que, aunque supiera que no había de vivir sino un año, hiciera casa; si un mes, se casara; si una semana, comprara cama y silla; y si un día sólo, hiciera olla. ¡Oh!, cómo debe reirse destos necios la muerte discreta, siquiera por lo fea, viendo que, cuando ellos están levantando grandes casas, ella les está abriendo corta sepultura, según el proverbio: á casa hecha, sepultura abierta. En acomodándose uno, ella le desacomoda. Acabarse de construir el palacio y acabarse la vida todo es á un tiempo, trocándose las siete columnas del más soberbio edificio en siete pies de tierra ó siete palmos de mármol, vana necedad de muchos. Porque ¿qué más tiene el pudrirse entre pórfidos y mármoles, que entre terrones?

Sobre esta tan llana verdad venía echando el contrapunto de un singular desengaño el cortesano discreto con nuestros dos peregrinos en Roma. Llegaron á una gran plaza, embarazada de infinito vulgo, muy puesto en expectación de alguna de sus necias maravillas, que él suele admirar mucho.

¿Qué querrá ser esto?, preguntó Andrenio.

Y respondiéronle: Tened paciencia y tendréis ciencia.

Así fué, que á poco rato vieron salir bailando y brincando sobre una maroma un monstruo, que en la lijereza parecía un pájaro y en la temeridad un loco. Estaban los que le miraban tan pasmados, cuanto él intrépido. Ellos temblando de verle y él bailando porque le viesen.

¡Brava temeridad!, exclamó Andrenio. Sin duda que éstos primero pierden el juicio y después el miedo. Á pie llano no llevamos segura la vida y éste la mete en precipicios.

¿De éste te espantas tú?, le dijo el cortesano.

¿Pues de quién, si de éste no?

De ti mismo.

¿De mí? ¿Y por qué?

Porque es niñería esto, respecto de lo que por ti pasa. ¿Sabes tú dónde tienes los pies? ¿Sabes por dónde caminas?

Lo que yo sé es, replicó Andrenio, que no me metiera allí por todo el mundo y éste por un vil interés se expone á tan grande riesgo.

¡Qué bueno está eso!, le dijo el cortesano. ¡Oh, si tú te vieses andar, no sólo de aquel modo, sino con harto mayor peligro, qué sentirías y qué dirías!

¿Yo?

Sí, tú.

¿Por qué?

Díme, ¿no caminas cada hora y cada instante sobre el hilo de tu vida, no tan grueso ni tan firme como una maroma, sino tan delgado como el de una araña y aun más y andas saltando y bailando sobre él? Ahí comes, ahí duermes y ahí descansas sin cuidado ni sobresalto alguno. Créeme que todos los mortales somos volatines arriesgados sobre el delgado hilo de una frágil vida, con esta diferencia, que unos caen hoy, otros mañana. Sobre él fabrican los hombres grandes casas y grandes quimeras, levantan torres de viento y fundan todas sus esperanzas. Admíranse de ver al otro temerario andar sobre una gruesa y asegurada maroma y no se espantan de sí mismos, que restriban sobre una, no cuerda, sino muy loca confianza de una hebra de seda. Menos, sobre un cabello. Aún es mucho, sobre un hilo de araña. Aún es algo, sobre el de la vida, que aún es menos. De esto sí que debrían andar atónitos, aquí sí que se les habían de erizar los cabellos y más reconociendo el abismo de infelicidades, donde los despeña el grave peso de sus muchos yerros.

Salgamos, salgamos de aquí luego luego, al mismo punto, gritó Andrenio.

Poco importa, dijo Critilo, dejar la consideración, si no salimos del riesgo. Bien podremos olvidarle, mas no evitarle.

Volvieron ya á su posada, llamada el mesón de la vida. Aquí les dejó el cortesano citados para otro gran día, si ya no les faltase la noche, que fué atención precisa. Recibióles con lisonjero agasajo su agradable huéspeda, mostrándose muy cuidadosa en su asistencia y regalo. Convidólos á la cena, diciendo: Aunque no se vive para comer, se come para vivir.

Cerróse la noche y trataron ellos de cerrar los ojos, pasando á ciegas y á escuras la mitad de la vida. Y si dicen que el sueño es un ensayo de la muerte, yo digo que no es sino un olvido de ella. Íbanse ya encaminando al sepulcro del sueño, muy descuidados y seguros, cuando llegó á embargárseles uno de los muchos pasajeros, que allí se alojaban. Éste, acercándose á ellos disimulado, les dió voces á la sorda, diciéndoles: ¡Oh, inconsiderados peregrinos! ¡Cómo se os conoce cuán ajenos vivís de vuestro mal y cuán ignorantes de vuestro riesgo! Decidme, ¿cómo, estando presos, tratáis de dormir á sueño suelto? No es tiempo de cerrar los ojos, sino de abrirlos al mayor peligro, que os amenaza por instantes.

Tú debes ser el que sueñas, le respondió Andrenio. ¿Aquí peligros, en el albergue de la vida, en el mesón del sol y tan claro y tan risueño?

Y aun por eso mismo, respondió el pasajero.

He, que no es creíble que para traiciones en tales agrados, que se escondan fierezas entre tales lindezas.

Pues advertid que aquí donde la veis tan cortesana, esta nuestra huéspeda, que es de nación troglodita, hija del más fiero caribe, aquel que se chupa los dedos tras sus proprios hijos.

Quita de ahí, le replicó Andrenio. ¿Aquí en Roma trogloditas? ¿Cómo es posible?

¿Y es nuevo el concurrir en esta cabeza del orbe de todas sus naciones los erizados etíopes, los greñudos sicambros, los alarbes, los sabeos y los sármatas, aquéllos, que llevan consigo la fuente para socorrer la sed en la picada vena del caballo? Sabed, pues, que esta hermosa y agradable patrona alimenta sus fierezas de nuestras humanidades.

Es cosa de risa eso, replicó Andrenio. Lo que yo experimento es que ella no atiende á otro, que á nuestro agasajo y regalo.

¡Oh, qué engaño el vuestro!, exclamó el pasajero. ¿Nunca habéis visto cebar antes las engañadas aves, para cebarse en ellas después, sacándoles para esto los ojos? Pues así lo platica esta hechicera común, que no hay Alcina, que la iguale. Miradla bien, reconocedla y veréis que no es tan linda como se pinta; antes la hallaréis corta de faiciones y larga de traiciones, breve de tercios y cumplida de enredos. ¿Es posible, que no habéis reparado en estos días, que aquí estáis, cómo han desaparecido casi todos los pasajeros que han entrado? ¿Qué se hizo aquel gallardo mancebo, que tanto celebrastes de lindo, airoso, galán, rico y discreto? Ya no se ve ni se oye. ¿Pues aquella otra peregrina de la belleza, que tan bien pareció á todos? Ya no parece. Pregunto, ¿qué se hace tanto pasajero como aquí va entrando? Unos anochecen y no amanecen y otros al contrario: todos, todos, unos en pos de otros van desapareciendo, tan presto el cordero como el carnero, el amo como el criado, el soldado valiente y el cortesano discreto. Ni al príncipe le vale su soberanía ni al sabio su ciencia. No le aprovechan al valentón sus bríos ni al rico sus tesoros. Ninguno trae salvaguardia.

Ya yo lo había notado, respondió Critilo. Como á la deshilada se nos iban todos desvaneciendo y os aseguro que me ha ocasionado harto desvelo.

Aquí arqueando las cejas y encogiéndose de hombros el pasajero: Habéis de saber, les dijo, que yo, llevado de mi cuidadoso recelo, traté de escudriñar todos los rincones desta traidora posada y he descubierto una muy afectada traición contra nuestras descuidadas vidas. Amigos, que estamos vendidos, minada tenemos la salud con pólvora sorda, armada nos está una emboscada traidora contra la felicidad más segura. Pero, para que me creáis, seguidme, que lo habéis de ver con vuestros ojos y tocar con esas manos, sin hacer el menor sentimiento, porque seríamos perdidos antes con antes.

Y diciendo y haciendo, levantó una losa, que estaba bajo de su mismo lecho, de modo que la asechanza estaba inmediata á su descanso. Descubrióse un boquerón espantoso y lúgubre, por donde les animó á bajar, yendo él delante, y á la luz de una disimulada linterna los fué conduciendo á unas profundas cuevas, á unos soterráneos tan inferiores, que pudieran ser llamados con mucha razón infiernos. Allí les fué mostrando un expectáculo tan crudo y tan horrendo, que pudiera hacer estremecer los huesos y dar diente con diente el solo imaginarlo. Porque allí vieron y conocieron todos aquellos pasajeros, que habían echado menos; aunque muy desfigurados, tendidos por aquellos suelos. Estuvieron un gran rato sin poder hablar palabra, que aun para alentar les faltó el ánimo, tan muertos ellos como los que yacían.

¡Hay tal carnicería!, dijo Andrenio más suspirando, que pronunciando. ¡Hay tal catástrofe de bárbara impiedad! Aquél es sin duda el príncipe, que vimos cuatro días ha, tan agraciado y lindo, que era las delicias del mundo, tan cortejado y adorado de todos. Mirad qué solo yace, dejado y olvidado. Pereció su memoria con el ruido, que no haciéndole, luego es uno olvidado.

Aquel otro, decía Critilo, es aquel ruidoso campeón, conducidor de huestes valerosas. Mirad agora qué desacompañado yace y solo. El que antes hacía temblar el mundo con su valor agora nos hace temblar á nosotros con horror, y el que triunfa de tanto enemigo ya es trofeo de tanto gusano.

Contemplad, les decía el pasajero, qué fiera y qué fea está aquella tan hermosa. Convirtióse su florido Mayo en un erizado Diciembre. ¿Cuántos por ver esta cara perdieron el ver la de Dios y gozar del cielo?

Amigo, decía Andrenio, dínos por tu vida quién ejecuta semejantes atrocidades. ¿Son acaso ladrones, que por robarles el oro les quitan la preciosa vida? Pero más malicia indica el estar tan desfigurados, medio comidos algunos y aun roídas las entrañas. Aquí alguna cruel Medea se oculta, que así desmiembra sus hermanos; alguna infernal Meguera, que ya poco es troglodita.

¿No os decía yo? ponderaba el pasajero. Celebrad agora el cortés agasajo de vuestra agradable patrona.

Pues aún no acabo yo de creer, dijo Andrenio, que una fiereza tan atroz quepa en tal agrado, tal crueldad en tal beldad, ni es posible que una patrona tan humana nos sea tan traidora.

Señores míos, esto pasa en su misma casa, aquí lo estamos viendo y lamentando. Ved ahora quién lo ejecuta, por lo menos ella lo consiente. Éste es el dejo de su cortejo, éste el paradero de su agasajo y éste el remate de su hospedaje. Mirad qué caro se paga, atended en qué paran las paredes entoldadas de sedas, el servicio de plata, las doradas y mullidas camas, el convite y el regalo.

Esto estaban viendo y no creyéndolo, cuando de repente se hizo bien de sentir un horrible sonido, un espantoso estruendo como de muchas campanas, que doblaban el espanto. Correspondíale otro lastimero ruido de suspiros y lamentos. Quisieron nuestros peregrinos echar á huir y meterse en salvo; mas no pudieron, porque ya comenzaban á entrar de dos en dos funestos enlutados, con sus capuces tendidos, que no se les divisaba el gesto. Traían antorchas amarillas en las manos, no tanto para alumbrar los muertos, cuanto para dar luz de desengaño á los vivos, que la han bien menester. Retiráronse á un rincón los espantados peregrinos, sin osar hablar palabra, con que dieron más lugar á la atención, para ver lo que pasaba y oir lo que decían, aunque muy bajo, dos de aquellos enlutados, que les cayeron más cerca.

¡Qué brava fiereza, decía el uno, la de esta cruel tirana! Al fin hembra, que todos los mayores males lo son, la hambre, la guerra, la peste, las arpías, las sirenas, las furias y las parcas.

Sí, respondía el otro; pero ninguna como ésta, que, si las demás persiguen y atormentan, no es con tal exceso. Si una calamidad os quita la hacienda, déjaos la salud; si la otra la salud, déjaos la vida; si ésta os priva de la dignidad, déjaos los amigos para el consuelo; si aquélla os roba la libertad, déjaos la esperanza. De modo que ninguna de las desdichas apura del todo; todas operan algo para el consuelo. Esta sola, peor de cuantas hay, todo lo barre, con todo acaba de una vez, con la hacienda, con la patria, amigos, deudos, hermanos, padres, contento, salud y vida, enemiga mayor del género humano, asesina de todos.

Bástale, dijo el otro, ser peor que cuñada, peor que madrastra. Pues suegra de la vida, ¿qué otro puede ser la muerte?

Mas al nombrarla ella como tan ruin acudió luego. Comenzaron á entrar los de su séquito, que es grande, unos que la preceden y otros que la siguen. Estaban espantados nuestros peregrinos, callando como unos muertos y, cuando esperaban ver entrar en fúnebre pompa tropas de fantasmas, catervas de visiones, ejércitos de trasgos, multitud de larvas y un escuadrón de funestos monstruos, vieron muy al contrario muchos ministros suyos muy colorados, gruesos y lucidos, no sólo no tristes, pero muy risueños y placenteros, cantando y bailando con brava chanza y bureo. Fuéronse partiendo por todo aquel teatro soterráneo, con que comenzaron ya á respirar nuestros peregrinos y, aun habiendo cobrado ánimo Andrenio, se fué acercando á uno de ellos, que le pareció de mejor humor y de buen gusto: Señor mío, le dijo, ¿qué buena gente es ésta?

Miróselo él y, viéndole algo encogido, le dijo: Acaba ya de desenvolverte, que aun en el palacio de la muerte no conviene el ser mozo vergonzoso; más vale tener un punto y aun dos de entremetido. Sabrás que éste es el cortejo de la reina de todo el mundo, mi señora la Muerte, que ahí cerca viene; nosotros somos sus más crueles verdugos.

No lo parecéis, replicó Critilo, desencogiéndose también, pues veniste de fiesta y de placer, cantando y riendo. Yo siempre creí que los asesinos suyos eran tan fieros como crueles, intratables y ásperos, consumidores y consumidos, de tan mala catadura como ella.

Ésos, respondió él, doblando la risa, eran los del tiempo antiguo; ya no se usan, todo está muy trocado, nosotros la asistimos agora.

¿Y quién eres tú?, le preguntó Andrenio.

Yo soy, no lo creeréis, un Hartazgo.

Y aun por eso tan cariharto. ¿Y aquel otro?

Es un convitón, éste de mi otro lado es un almuerzo, el de más allá un merendón, la otra una fiambrera, aquéllas las buenas cenas que han muerto á tantos.

¿Y aquel adamado y galán?

Es un mal francés.

¿Y aquellas otras tan lindas?

Son unas búas. Y así de las que veis, que ya los más de los mortales se mueren por lo que les mata y apetecen lo que les acarrea la muerte. Antes moría un hombre de una pesadumbre, de un despecho, de un cansancio; pero ya han dado muchos en la cuenta. No los matan ya pesares ni acaban penas. ¿Quién creerá que aquella tan blanca, que está allí, es una leche de almendras y que no pocos mueren de ella? Otra cosa te sé decir, que ya los menos son los que matan los asesinos de la muerte y los más los que ellos mismos se matan. Ellos se la toman por sus manos. Veis allí los desórdenes, asesinos de la juventud. Aquel tan agradable es un jarro de agua fría. Aquellos otros tan bellos son los soles de España, los serenísimos de Italia, las lunas de Valencia, los dolores de Francia, toda ella linda gente.

No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas partes. Y decía Andrenio: Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos?

¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos.

¿En qué lo conoces?

En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente.

No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que estoy ya temblando aquel su mal gesto.

Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más descarada.

¿Con qué ojos nos mirará?

Con ningunos, que no tiene miramiento.

¡Qué mala cara nos hará!

Antes no la hace, sino que la deshace.

Hablemos bajo, no nos oiga.

No hay que temer, que á nadie escucha ni oye razón ni querella.

Entró finalmente la tan temida reina, ostentando aquel su tan estraño aspecto á media cara. De tal suerte, que era de flores la una mitad y la otra de espinas; la una de carne blanda y la otra de huesos; muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de jazmines; muy seca y muy marchita ésta, con tal variedad, que al punto que la vieron dijo Andrenio: ¡Qué cosa tan fea!

Y Critilo: ¡Qué cosa tan bella!

¡Qué monstruo!

¡Qué prodigio!

De negro viene vestida.

No, sino de verde.

Ella parece madrastra.

No, sino esposa.

¡Qué desapacible!

¡Qué agradable!

¡Qué pobre!

¡Qué rica!

¡Qué triste!

¡Qué risueña!

Es, dijo el ministro que estaba en medio de ambos, que la miráis por diferentes lados y así hace diferentes visos, causando diferentes efectos y afectos. Cada día sucede lo mismo, que á los ricos les parece intolerable y á los pobres, llevadera; para los buenos viene vestida de verde y para los malos de negro; para los poderosos no hay cosa más triste ni para los desdichados más alegre. ¿No habéis visto tal vez un modo de pinturas, que, si las miráis por un lado, os parece un ángel, y si por el otro, un demonio? Pues así es la muerte. Haceros heis á su mala cara dentro de breve rato, que la más mala no espanta en haciéndose á ella.

Muchos años serán menester, replicó Andrenio.

Sentóse ya en aquel trono de cadáveres, en una silla de costillas mondas, con brazos de canillas secas y descarnadas, sitial de esqueletos, y por cojines calaveras, bajo un deslucido dosel de tres ó cuatro mortajas, con goteras de lágrimas y randas al aire de suspiros, como triunfando de soberanías, de bellezas, de valentías, de riquezas, de discreciones y de todo cuanto vale y se estima.

Luego que estuvo de asiento, trató de tomar residencia á sus ministros, comenzando por el valido. Y cuando la imaginaran terrible: ¡Será horrenda y espantosa, al fin de residencia!, la experimentaron al revés, gustosa, placentera y entretenida y muy de recreo. Cuando aguardaban que arrojase en cada palabra un rayo, oyeron una y otra chanza. Y en vez de una envenenada saeta en cada razón, comenzó con lindo humor á entretenerse desta suerte: Venid acá, pesares, decía, y no os me alleguéis muy cerca; más allá, más de lejos. ¿Cómo os va de matar necios? Y vosotros, cuidados, ¿cómo os va de asesinar simples? Salid acá, penas, ¿cómo va de degollar inocentes?

Muy mal, señora, la respondieron, que ya todos caen en la cuenta de no caer ni en la cama, cuanto menos en la sepultura. No se usa ya el morir de tontos; todo va á la malicia.

Apartaos, pues, vosotros matabobos, y salid acá vosotros, matalocos.

Saltó al punto la guerra con sus asaltos y choques.

¡Oh, amiga mía!, la dijo: ¿Cómo te va de degollar centenares de millares de franceses en España y de españoles en Francia? Que, si se sacase la cuenta de los que han muerto las gacetas francesas y relaciones españolas, llegaría sin duda á docientos mil españoles cada año y otros tantos franceses, pues no viene relación, que no traiga veinte y treinta mil degollados.

Es engaño, señora, que no mueren peleando al cabo del año ocho mil de ambas partes. Mienten las relaciones y mucho más las gacetas.

¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no vuelve ninguno? ¿Qué se hacen?

¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de necesidad, de desnudez y de desdichas.

He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre, sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se denominó del ejercicio?

Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el mundo.

¿Quién eres tú?

¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en tu valimiento?

No doy en la cuenta.

Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta para castigo de su soberbia.

Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo: ¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á nosotros se nos debe?

¿Quién sois vosotros?

¿Quiénes? Los contagios.

¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes?

¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es más simple que yo.