Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio, después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos, no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo, esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver. De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no ministros fieles de la divina justicia.
Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los poderosos.
¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males?
Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas.
Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas. Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo. Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca.
Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían.
¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo acá?
Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona. Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos concitamos el odio universal de todos los otros.
¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso? Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales, que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que, cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado, aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso, si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos? Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro, déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho. Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el mundo contra mí, clamando y diciendo: ¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora. Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud!
Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien años.
Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán, que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran, sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia, la que así mataba un varón tan esencial á la república.
Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud, hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales del bien común.
Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa.
Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo, porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos, trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y pequeños, echándome á centenares las maldiciones.
¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho lisonja en quitárnoslas de delante!
Concitaban más el odio contra mí sus padres, que llorándola noche y día, decían: ¡La mejor hija, la que más estimábamos, la más bienvista, que ya se estaba casada! Llevárase la tuerta, la coja, la corcovada: aquéllas serán eternas, como vajilla quebrada.
Impacientes los amantes me acuchillaran si pudieran: ¡Hay tal crueldad! ¡Que no la enterneciesen aquellas dos mitades del sol en sus dos ojos y ni la lisonjeasen aquellos dos floridos meses de sus dos mejillas, aquel oriente de perlas de su boca y aquella madre de soles de su frente, coronada de los rayos de sus rizos! Ello ha sido envidia ó tiranía.
Quedé aturdida desta vez. Quise hacer el arco mil astillas; mas no podía dejar de hacer mi oficio: los hombres á vivir y yo á matar. Volví la hoja y maté una fea.
Veamos agora, decía, si callará esta gente, si estaréis contentos.
¡Pero quién tal creyera! Fué peor, porque comenzaron á decir: ¡Hay tal impiedad! ¡Hay tal fiereza! ¿No bastaba que la desfavoreció la naturaleza, sino que la desdicha la persiguiese? No se diga ya ventura de fea.
Clamaban sus padres: La más querida, decían, el gobierno de la casa; que estas otras lindas no tratan sino de engalanarse, mirarse al espejo y que las miren.
¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta!
Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos contra mí.
Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase; pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad!
Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un poderoso.
Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme valientes mazadas.
¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á quién he de matar?
Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí; pero para morir, de ningún modo.
Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado. ¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas.
De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente. Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces. Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y, cuando llegué, me dijo: No te he llamado para mí, sino para mi mujer.
Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo: Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido!
Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre, si el rico, si el ignorante, si el sabio: Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi oficio.
Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos, arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor, ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé donde diere.
Veamos agora si estaréis contentos.
Con este modo de proceder me hallé bien. Que el poco mal espanta y el mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren, murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo haré y así habéis de hacer vosotros.
En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y aun hacerse de pencas.
¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él?
No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al tercero no es nada y al cuarto mueren.
¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer?
Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del enfermo, hecho á su gusto é imperio.
¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer por él?
Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de conocer el diablo.
¿Pues en qué reparas?
En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y dependientes.
Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican, aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas, danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran de cumplimiento y ríen de contento.
¿Recelas el descrédito?
De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y así acaban presto.
¿Pues en qué reparáis?
Yo te lo diré. Reparo, señora, y dijo esto con notable sentimiento y aun con lágrimas, en que con todo lo que matamos, hacemos más riza que provecho, pues no enmiendan sus vidas los mortales ni corrigen sus vicios; antes se experimenta que hay más pecados después de una gran peste y aun en medio della, que antes.
Luego hallé una ciudad de rameras y, en lugar de una que pereció, acuden cuatro y cinco. Matamos á unos y á otros y ninguno de los que quedan se da por entendido. Si muere el joven, dice el viejo: Éstos son unos desreglados, fíanse en sus robusteces, atropellan con todo, no hay que espantar. Nosotros sí que vivimos, que nos sabemos conservar, caemos de maduros. De aquí es que mueren más mozos que viejos. Toda la dificultad está en pasar de los treinta, que de ahí adelante es un hombre eterno.
Al contrario discurren los mozos, cuando muere el viejo: ¿Qué se podía esperar déste? Bien logrado va, todos como él, de lo que ha vivido me admiro.
Si muere el rico, se consuela el pobre: Éstos son voraces, comen bien, cenan mejor, hasta reventar, no hacen ejercicio, no dijieren, no consumen los malos humores, no trabajan, no sudan como nosotros.
Pero si muere el pobre, dice el rico: Estos desdichados comen poco y mal alimento, andan desarrapados, duermen por los suelos. ¿Qué mucho? Para ellos se hicieron los contagios y faltaron las medicinas.
Si muere el poderoso, luego dicen que de pesares; si el príncipe, de veneno; si el docto, trabajaba de cabeza; si el letrado, tenía muchos negocios; si el estudiante, estudiaba mucho, viviera un poco más y supiera un poco menos; si el soldado, llevaba jugada la vida, como si él la llevase ganada; si el sano, fíase en la salud; si el enfermizo, estábase dicho. Desta suerte todos tratan y piensan vivir ellos, lo que los otros dejan. Ninguno escarmienta ni se da por entendido.
Buen remedio, dijo la Muerte: matar de todo y por un parejo, mozos y viejos, ricos y pobres, sanos y enfermos, para que viendo el rico que no solos mueren los pobres y el mozo que no solos los viejos, escarmienten todos y cada uno tema. Con eso no echarán el perro muerto á la puerta del vecino ni se apelarán al otro reloj, como el que está cenando capones en víspera de ayuno. Por eso yo doy bravos saltos de la choza al alcázar y de la barraca al homenaje.
Señora, yo no sé ya qué hacerme, dijo un malcarado ministro. No sé de qué valerme contra un cierto sujeto, que ha muchos años que ando tras acabarle y él bueno que bueno.
Si eso es, no le acabarás ni bastan con él pesares, desdichas, malas nuevas, pérdidas grandes, muertes de hijos y parientes: siempre vivo que vivo.
¿Es italiano?, preguntó la muerte. Porque eso sólo le basta, que saben vivir.
No señora, que, si eso fuera, no me cansara.
¿Es necio? Porque ésos antes matan que mueren.
No lo creo, que harto sabe quien sabe vivir. Él no trata sino de holgarse. No hay fiesta que no goce, paseo en que no se halle, comedia que no vea, prado que no desfrute ni día bueno que no le logre. ¿Cómo puede ser necio?
Sea lo que fuere, concluyó la Muerte, no hay tal cosa como echarle un médico ó un par, para más asegurarlo. Mirad, decía, ministros míos, no os canséis, no pongáis estudio en matar los muy sanos y robustos, los valientes, que la misma confianza los engaña; en quien habéis de poner todo el cuidado y conato es en matar un achacoso, un enfermizo, un podrido, uno déstos que cenan huevos. Ahí está toda la dificultad, porque éstos cada día acaban y cada día resucitan y así veréis que, mientras acaba de acabar uno déstos, mueren ciento de los muy robustos y llevan traza de acabar con todos.
Despachaba dos esbirros, un Ahito á matar un pobre, y una Inedia á un rico. Replicaron ellos que llevaban encontrados los frenos.
He, que no lo entendéis, les dijo. ¿No habéis oído, cuando enferma el pobre, decir á todos que es de hambre y unos y otros le envían y hacen que comer y le embuten, con que viene á morir de repleción? Al contrario al rico luego dicen que es de ahito, que todo su mal es de tragar, con que le quitan el comer y viene á morir de hambre.
Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales: ¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado?
Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de Constantinopla y la Sarna de Pamplona.
¿Y en la isla pestilente, quién ha estado?
Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más por sus moradores, que por sus males.
Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida.
¿Y también los prelados?
Mejor, que no tienen el vulgar remedio.
Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos, cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo: Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y habrán encontrado la Desdicha.
Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio.
Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados, asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.
Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no faltará remedio.
¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la muerte?
Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de valer agora.
¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de maldiciones, el ser desdichados?
Nada, nada de todo eso.
¿Pues qué será?
Remedio para no morir.
Ya muero por saberlo y por probarlo.
Tiempo tendremos, que el morir de viejos no suele ser tan de repente.
Este único remedio, tan plausible, cuan deseado, será el asunto de nuestra última Crisi.
CRISI XII _La isla de la inmortalidad._ Error plausible, desacierto acreditado fué aquel tan celebrado llanto de Jerjes, cuando, subido en una eminencia, desde donde pudo dar vista á sus innumerables huestes, que agotando los ríos inundaban las campañas, cuando otro no pudiera contener el gozo, él no pudo reprimir el llanto. Admirados sus cortesanos de tan estraño sentimiento, solicitaron la causa tan escondida, cuan impensada. Aquí el rey, ahogando palabras en suspiros, les respondió: Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán. Pues del modo que el viento lleva mis suspiros, así se llevará los alientos de sus vidas. Prevéngoles las obsequias á los que dentro de pocos años, todos los que hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir á ellos.
Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho, este dicho y este hecho; mas yo ríome de su llanto, porque, preguntárale yo al gran monarca del Asia: Sire, estos hombres ó son insignes ó vulgares. Si famosos, nunca mueren; si comunes, mas que mueran. Eternízanse los grandes hombres en la memoria de los venideros; mas los comunes yacen sepultados en el desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán. Así que son eternos los héroes y los varones eminentes inmortales.
Éste es el único y el eficaz remedio contra la muerte, les ponderaba á Critilo y á Andrenio su peregrino, tan prodigioso que nunca envejecía ni le surcaban los años el rostro con arrugas del olvido ni le amortajaron la cabeza con las canas, repitiendo para inmortal: Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es bien nombrada y apetecida.
Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo, remitiéndola á su simple credulidad.
¿Cómo es eso de _bene trobato_?, replicó el peregrino. Isla hay de la inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida. Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por empleo conducir allá los famosos varones.
Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en ella, á Dios muerte?
Dígote, que la has de ver.
Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que la misma muerte?
Tampoco.
¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas?
Menos: no hay nada de eso.
De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos después niñear, los que eran tan hombres?
Nada, nada de eso se experimenta en ella.
¡_Oh, la bella cosa_!
En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de veinte años, aunque mejor será de treinta.
¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto, ¿hay relojes por allá?
No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas.
¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla? Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan? ¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar. De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más gustosas y apetecibles.
En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir.
Y que pensar, añadió Andrenio.
Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones; pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama, con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta, este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces Santo. No hay cetro como el...
Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales, hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre.
He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y díjoles: Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama.
Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido.
Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas.
¿Pues cómo están tan denegridas?
Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre, pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se acordó de ellos.
Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de los varones famosos.
Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella?
Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros.
Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón, relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra, de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo, de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables, con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un _bel parlar_ entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite; pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad y empleo mayor del hombre.
Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál fuese ésta.
¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo?
No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su grandeza.
¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta bizarría?
Tampoco, que tiene malos dejos.
¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro?
Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida.
¿Á la garza, por su bizarra altanería?
De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida.
Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo?
Por ningún caso, que, demás de ser dudosa, no pudo ser feliz, pues le faltó consorte: si hembra, no tiene macho, y si macho, no tiene hembra.
Válgate por ave, dijeron, ¿y cuál sería, que no queda ya cosa, que envidiar?
Sí, sí queda.
¿Quién tal creyera?
No sé cómo me lo diga. No fué sino al cuervo.
¿Al cuervo?, dijo Andrenio. ¡Qué mal gusto de hombre!
No sino muy bueno y rebueno.
¿Pues qué tiene que lo valga? ¿Lo negro, lo feo, lo ofensivo de su voz, lo desazonado de sus carnes, lo inútil para todo? ¿Qué tiene de bueno?
Oh, sí, una cierta ventaja, que empareja todo eso.
¿Cuál es, que yo no topo con ella?
¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún?
Sí, algo es eso.
¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera.
Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne.
¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan cumplida de miserias?
No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y respondióle: ¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden. Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los insignes hombres nunca mueren.
Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó Andrenio: Tierra, tierra.
Y el inmortal: Cielo, cielo.
Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos.
No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los exceden á todos.