Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber hecho la salva á la sagrada Teología, verdaderamente divina, pues toda se consagra á conocer á Dios y rastrear sus infinitos atributos, [Marginal: _Competencia de las Ciencias._] habiéndola sublimado sobre sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla, prosiguióse la competencia entre todas las demás, que se nombran de las tejas abajo luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento.
Viéronse luego hacer de parte de ambas filosofías todos los mayores sujetos, los ingeniosos á la banda de la natural y los juiciosos de la moral, señalándose entre todos Platón, eternizando divinidades, y Séneca sentencias. No fué menos numeroso ni lucido el séquito de la humanidad, gente toda de buen genio. Y entre todos un discreto de capa y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo: ¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber! Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena.
Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia, acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación. Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores dignidades, hasta la suprema.
Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo: Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud? Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.
Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es dar vida y hacer inmortales las personas.
He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta. Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para los canoros cisnes.
¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?
He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella es la princesa de las ciencias.
Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y levantándole en alto á toda ostentación, dijo: Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta la brújula de los entendidos.
Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar: Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.
Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en la boca de un atento.
Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: _De Conscribendis epistolis_; Arte de escribir...No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á serenarlos, y muy compuesto les dijo: Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser satisfación el reconoceros desengañados. [Marginal: _Dictar una Carta._] Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante aforismo: _Qui vult regnare, scribat_, quien quiere reinar, escriba.
Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hacer ni podía hombrear ni en toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le preguntó: ¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives?
Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el mundo.
¿Tú, replicó Andrenio, mandar?
Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso Ferdinando Augusto. [Marginal: _Honra y virtud._] Él es la honra de nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio no puede haber cosa grande.
Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada.
[Marginal: _Corte de Cortes._] Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos peregrinos, preguntaron si era aquella la corte.
¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser postrero.
Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos; mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que estaban arriba, con que pudo trepar ligero. [Marginal: _Volatines de la ambición._] Y déstos había raros volatines de la ambición, que por maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle: Echa votos, por los que le han faltado.
Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo blanco parecía jabón y en lo brillante plata.
¡Hay más calificada necedad!, decía.
Pero él Asombrado: Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto.
Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y seguridad, sin amagar el menor vaivén.
[Marginal: _Untar para no resbalar._] ¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no se le deslicen á él los pies!
Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que, cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.
¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió el Asombrado, porque se la hagan!
Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos, que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo.
¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este tonto, procurando con tantas veras entronizarle?
¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque sea cuñado! Porque decían: ¡De los tuyos hayas!
Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo: He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas.
Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros: Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio? Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.
¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio.
Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía: Allá va, allá va.
Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre, fuertes hombros y trabadas costillas.
Asegundó el grito: Allá van.
Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear. Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes hizo espaldas para su mayor ascenso.
[Marginal: _La fuente del olvido._] Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza; pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las honras las costumbres!
Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de verdades. [Marginal: _Príncipe de Estrella._] Mas llegó el día y no pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco. No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo tan soez. Mas él les respondió: En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi vida?
Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él: [Marginal: _Rey de sí mismo._] Dejadme estar, respondió, que ahora comienzo á vivir: ya me gozo y soy rey de mí mismo.
Pues, señor, volviéronle á hacer instancia, ¿cómo un príncipe de tan alto genio ha podido humanarse á conversar con tan vil canalla, horrura mayor del vulgo?
He, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, á dicho de un rey Magnánimo?
Rogáronle unos y otros volviese al mando y él por última resolución les dijo: Andad, que, habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver á la pasada.
Trataron de elegir otro, que debía ser en Polonia, y pusieron la mira en uno, nada niño y mucho hombre, [Marginal: _Prendas majestuosas._] de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey. Presentáronle la corona; mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía: Á gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por vida? Tú pesando y yo pensando.
Pidió que por lo menos se la sustentase con dos manos un hombre de valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza. Mas díjole el venerable presidente del parlamento: Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano, que vos en la cabeza.
Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué significaba y el gran Canceller le dijo: [Marginal: _Cetros con ojos._] Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres, ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior.
[Marginal: _Cetros con alma._] Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían, la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los hombres, morir en pie y despachando.
Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de dar tormento.
Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar los cargos y no las cargas.
Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida.
Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á él, le dijo: ¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda?
¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio.
Y él: ¡Oh cómo te engañas de barra á barra!
Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, arrastrando un grande globo: Éste es, le dijo, el que manda el mundo.
Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar.
Mas él se fué desempeñando á toda seriedad: Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser, sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer. Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre, ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre los pies de un esclavo, errado de sus pasiones.
Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver jugar. Reparó Critilo y dijo: Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra.
Y éste es, respondió el Estremado, el juego del mando, éste el gobierno de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan siempre, sin dejar tocar pelota á los demás. Que no hay política, que no tenga sus faltas y sus azares. Pero si me creéis, dejaos de todo mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real, que es el verdadero.
Aquí hacemos alto, respondió Critilo. El mayor favor sería guiarnos á casa de aquel ínclito marqués, embajador de España, cuya casa es nuestro centro, donde pensamos poner término á nuestra prolija peregrinación, hallando nuestra felicidad deseada.
Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la Crisi siguiente.
CRISI XIII _La jaula de todos._ Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco años y el corazón hasta los cincuenta; mas el ánimo siempre. ¡Gran argumento de su inmortalidad! Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en el medio. Llega ya el hombre á su punto, el espíritu á su sazón, el discurso es sustancial, el valor cumplido y el dictamen de la razón muy ajustado á ella. Al fin todo es madurez y cordura. Desde este punto se había de comenzar á vivir; mas algunos nunca comenzaron y otros cada día comienzan. Ésta es la reina de las edades y, si no perfecta absolutamente, con menos imperfecciones. [Marginal: _Las tres libreas del hombre._] Pues no ignorante como la niñez ni loca como la mocedad ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al mediodía. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades la naturaleza á sus criados. Comienza por el rubio y purpurante en la aurora de la niñez; al salir del sol de la juventud, gala de color y de colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de la virtud, librea de la vejez lo cándido.
Había Andrenio llegado á la cumbre de la varonil edad, cuando ya Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión. Porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el discurso de tan varia vida, que quien mucho vive, mucho experimenta; mas éste les causó harta novedad. Porque crecía y menguaba como él quería. [Marginal: _Gigante enano._] Estirábase, cuando era menester, iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreábase de modo, que parecía un gigante tan descomunal, que hiciera cara al mismo capitán Plaza y aun á Pepo. Por otro estremo, cuando á él le parecía, se volvía á encoger y se empequeñecía de modo, que parecía un pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una virtud tan variable.
No te admires, le dijo él mismo. Que yo con los que tratan de empinarse y levantarse á mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal á mal, también sé hacer piernas; pero con los que se humillan y llevan las cosas de bien á bien me allano de modo, que de mi condición harán cera, cuando más sincera. Que tengo por blasón perdonar á los humildes y contrastar los soberbios.
Éste, pues, hombre por estremos, habiéndoles desengañado de que el marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte imperial, sino en la romana con negocios de extraordinaria grandeza, y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y marchar á la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.
Y porque me empeñé, decía, en mostraros el señorío verdadero, sabed que no consiste en mandar á otros, sino á sí mismo. ¿Qué importa sujete uno todo el mundo, si él no se sujeta á la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos. Y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, sino pensión; pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. [Marginal: _Tiranía de pasiones._] Asegúroos que no hay tiranía como la de una pasión y, sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto al más bárbaro africano, como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas veces querría dormir á sueño suelto el necio amante y dícele su pasión: Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo; sino un infierno de estar suspirando toda la noche á los umbrales de la desvanecida belleza!
Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina y dícele su codicia: Anda, perro, ni una sed de agua y siempre de dinero.
Suspira el ambicioso por la quietud dichosa y grítale el deseo de valer: Hola, perro, anda aperreado toda la vida.
¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? He, que no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey, y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce mitad, el importante valor, la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez el mando verdadero.
¿Qué os ha parecido, preguntó el agigantado camarada, de los bravos alemanes?
Grandes hombres, iba á decir Critilo, cuando perturbó su definición uno, que parecía venir huyendo en lo desalentado y á gritos maldistintos repetía: ¡Guarda la fiera, guarda la mala bestia!
No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y á otros, que todos volvían atrás de espanto.
¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?
Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo: No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte.
¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan cruel, que no perdona al hombre más persona?
¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo.
Y él: Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.
Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los menos asustados: ¿No me diríais, qué fiera es ésta?
¿Vístela tú?
Y aun he experimentado, respondió, por desgraciada dicha su fiereza.
Éste es un monstruo tan ruin como desapiadado, que sólo se sustenta de hombres muy personas. Cada día le han de echar para su pasto el mejor hombre, que se conoce, un héroe; y por el mismo caso que es conocido y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en gobierno; y si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza rosa á rosa, estrella á estrella, y se la traga; que de las feas y fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran. En habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen y tal vez sus propios hermanos. Que el primer hombre, que despedazó, un hermano suyo le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado, cuanto más valiente y hazañoso, cómo perece, hecho víctima de su vilísima rabia.
¿Pues qué, á los valientes se atreve?
¿Cómo, si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo duque de Feria y otros tan excelentes. ¿Fiero monstruo de deshacer todo lo bueno? Pues ved cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con el gestillo, con el modillo y de todas maneras.
¡Qué buen gusto debe tener!, dijo Critilo.
Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, oliendo de cien leguas una eminencia y rabia por deshacerla. Y así yo doy voces: Afuera, lindas; á huir, sabios; guardaos, valientes; alerta, príncipe: que viene, que llega rabiando la apocada bestia: ¡guarda, guarda!
He, aguarda, dijo el ya Enano gigante.
Por lo menos no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas las cosas grandes. Antes es muy poca cosa y, aunque no hinca el diente venenoso, sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el sol y deslucir las mismas estrellas. Los cristales empaña y la plata más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y rara, la toma de ojo y de tema.
¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó Andrenio.
¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño; antes los venga y consuela. No los grandes hombres, porque ella acaba con todos. ¿Pues quién le ha de emprender?
¿Es bruto, ó persona?
Algo, aunque poco, tiene de hombre, de mujer mucho y de fiera todo.
Ya en esto venía para ellos un rayo en monstruo, dando crueles dentelladas, espumando veneno: Aquí el remedio es, gritó el ya Enano, y mucho menos, no sobresalir en cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna.
Así lo platicaron y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el imaginado Gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los despreció, dando la vuelta á su poquedad y vileza.
¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja?, preguntó el ya otra vez Gigante.
Y Critilo: Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que á todos los insignes varones destierra y querría echar del mundo, no más de porque lo son. En oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena á no ser oído; al esclarecido á deslucido; al valiente le hace cargos, transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, á no ser vista; y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.
¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas?, replicó Andrenio.
Y hoy pasa en hecho de verdad, le respondió.
¿Y dónde van á parar tantos buenos?
¿Dónde? Los valientes á Estremadura y la Mancha, los buenos ingenios á Portugal, los cuerdos á Aragón, los hombres de bien á Castilla, las discretas á Toledo, las hermosas á Granada, los bellos decidores á Sevilla, los varones eminentes á Córdoba, los generosos á Castilla la Nueva, las mujeres honestas y recatadas á Cataluña y todo lo lucido á parar en la corte.
Á mí me pareció, dijo Andrenio, en aquel mirar de mal ojo, en el torcer de boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el enfadillo que era la Envidia.
La misma, respondió el Gigante; aunque ella lo niega.
Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron á un paso inevitable, donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos, de cómo han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros á medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy cortos á tres ó á cuatro dedos de necios. Ya por esto, ya por lo otro. Uno, porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba. Éste era ingenioso, pero cándido; aquél docto, pero rústico. De modo, que ninguno venía cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos. Hablaban unos bien; pero se escuchaban. Sabían otros; pero se lo presumían. Y todos éstos enfadaban. Así que unos por cortos, otros por largos, unos por carta de más, otros de menos, todos perdían. Á unos les faltaba un pedazo de entendimiento y á otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre mil, venía á ser de la medida y aun quedaba en opiniones. En viendo el juicioso varón que uno no llegaba ó un otro se pasaba, los mandaba meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos, de que siempre estaba llena. Que de loco ó simple, raro es el que se escapa, los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose todos, unos por tontos, otros por locos. Comenzó á vocearles uno de los que ya estaban dentro y decía: Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos.
Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y guiados de su gran hombre, entraron allá. Vieron cómo los más andaban, pero no discurrían. Cada uno con su tema y alguno con dos y tal con cuatro. Había caprichosas setas y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal de linajudo y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos de todo algunos. Los graciosos muy desgraciados, los dejados muy fríos, los porfiados insufribles, los singulares señalados, los valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los encarecedores desacreditados, los tiesos enfadosos, los vulgares desestimados, los juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle.
Advertí que ésta es la semilla, que más cunde hoy en la tierra, pues da á ciento por uno y en partes á mil. Cada loco hace ciento y cada uno déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca á un pueblo y mañana haber ciento imitadoras de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan hacer cuerdo un loco y un loco vuelve orates á cien cuerdos. De nada sirven los cuerdos á los locos. Éstos sí hacen gran daño á aquéllos: es en tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos por ver si se remediaría.
Y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó á dar gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos, si no querían que perdiese el juicio en cuatro días.
Era de ponderar, cuáles procedían, sin parar un punto ni reparar en cosa y todos fuera de sí y metidos en otro de lo que eran y tal vez todo lo contrario. Porque el ignorante se imaginaba sabio, con que no estaba en sí; el nonadilla se creía gran hombre; el vil, gran caballero; la fea se soñaba hermosa; la vieja, niña; el necio, muy discreto. De suerte que ninguno está en sí ni se conoce ninguno en el caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si estaba en su juicio.
¿Hombre del diablo, estáis loco?
¿Estamos en casa?, decía uno.
¿Estáis conmigo?, decía otro.