SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 2)

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Y á fe estuviera bien apañado, si con él. Á todos los otros imaginaban sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos cielos; él muy tieso y los otros rodando.

¡Qué errado anda fulano!, decía éste.

Y respondía el otro: ¡Qué calzado por agua va él!

Todos se burlan unos de otros. El avaro del deshonesto y éste de aquél, el español del francés y el francés del español.

¡Ay locura de todo el mundo!, filosofaba Critilo. ¡Y con cuánta razón se llamó jaula de todos!

Iban discurriendo y toparon los ingleses metidos en una muy alegre jaula.

¡Qué alegremente se condenan éstos!, dijo Andrenio.

Y respondiéronle estaban allí por vanos: es achaque de la belleza. Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas y los polacos á la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los avaros y del agua los Narcisos. Y éste era simplicísimo elemento. En el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la corte ni en el mundo.

Topaban estremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no hacer bien á nadie y podía. Preguntóle Andrenio la causa y respondióle: Señor mío, por no morirme luego.

Antes no, le replicaron, que, haciendo bien á todos, todos os desearán la vida.

Engañáisos, respondió él, que ya el hacer bien sale mal. Y si no, prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa. Los más ingratos son los más beneficiados.

He, que ésos son cuatro ruines y por ellos no han de perder tantos buenos, que lo reconocen y agradecen.

¿Quién son éstos, dijo él, y harémosles un elogio?

Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que ya sabéis que quien bien te hará ó se te irá ó se te morirá.

Á par déste estaba otro gran agorero y era hombre de porte. En encontrando un bizco, se volvía á casa y no salía en quince días; que si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico perdido: ¿Qué tenéis?, le preguntó un amigo. ¿Qué os ha sucedido?

Y él: Un grande azar.

¿Qué?

Que se volcó el salero en la mesa.

Riólo mucho el otro y díjole: Dios os libre, no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor agüero que salir ella güera.

Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios y muy ingeniosos y decía Critilo: Señor, que estén aquí los amantes, vaya: que no va sino una letra para amentes; que estén los músicos en su traste, bien; pero ¿hombres de entendimiento?

Oh, sí, respondía Séneca: que no hay entendimiento grande sin vena.

Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés. Llegaron á términos de perdérselos y el francés trató al alemán de borracho y éste le llamó loco. Dióse por muy agraviado el francés y arremetiendo para él, que siempre procuran ser los agresores y con eso ganan, juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco. Y el alemán que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía.

Púsose de por medio un español; mas, aunque echó algunos votos, no podía aplacar al francés.

No tenéis razón, le dijo, que si él os ha tratado de loco, vos á él de borracho, con que sois iguales.

No, Monsiur, decía el francés; más cargado quedo yo: peor es loco que borracho.

Malo es lo uno y lo otro, replicó el español; pero la locura es falta y la embriaguez es sobra.

Así es, dijo el francés; pero aquello de ser mentecato de alegría es una gran ventaja, es tacha de gusto.

He, que también un loco, si da en rey ó papa, pasa una linda vida. Así que no sé yo de qué os dais por tan sentido.

Siempre estoy en mis trece, dijo el francés, que yo hallo gran diferencia de loco á borracho. Porque el uno es mentecato de secano y el otro de regadío.

Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no tienen un adarme de juicio.

Ésta sí, dijo Critilo, que volverá locos á ciento.

Y aun á más, dijo Andrenio.

Y fué así, que ella estaba loca y loca su madre con ella y loco el marido de celos y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje y decía: ¿Á mí, á un hombre como yo, de mi calidad, á un magnate intentar meterlo aquí? Eso no. Si es por esto y esto, yo tuve mi razón: no se ha de dar cuenta de las acciones á todos. Si es por aquello, engáñanse. ¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no las alcanzan? ¿Por qué se meten á censurarlas? Que hay historiador y aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible; mas los superintendentes de la jaula, tratándole muy mal hasta ajarle le llevaban muy contra su voluntad, diciendo: Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya á la jaula derecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo y, viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

He, sí señor, dijeron ellos, que estos hombres grandes hacen siempre locuras de su tamaño y mayores cuanto mayores.

Por lo menos, replicó Critilo, no le pongáis en el común, sino aparte: haya una jaula retirada para los tales.

Riéronlo mucho ellos y dijeron: Señor mío, á quien perdió el mundo entero todo él sea su jaula.

Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una jaula de loco; mas los del gobierno no quisieron. Antes le llevaron á las de los simples, que estaban de la otra banda, y fué porque pretendía mandar, que á todos los pretendientes de mando los metían á un lado del limbo.

Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista; que de voluntad y entendimiento ya es ordinario. Y éstos eran los prósperos, los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez y los que se casaron dos, los engañados entre los bobos. Y el que dos veces, jaula doble. Y señalaron pienso á los de penseque.

Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que el primero ya se sabe. Nombraron muchos y bien solemnes, antiguos y modernos, en Francia á pares y en España á nones. Concluyeron la disputa, concluyendo el poema del galán Medoro.

Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto á los tristes, los consolados á par de los podridos, los satisfechos de los confiados. Respondió uno que para igualar el peso y el pesar. Pero otro mejor, para que los unos curen con los otros.

¿Pues qué, sanan algunos?

Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vió en aquel, que, habiéndole sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez, que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto á estar loco. Respondía que ni con él se había hecho el concierto ni le había hecho buena obra; sino muy mala en haberle vuelto á su juicio, diciendo que no había tenido mejor vida, que cuando estaba loco, pues no sentía los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría. Un día se imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el mundo, ya en el paraíso y siempre en gloria; pero ahora sano de lodo se consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo.

Intimóle que pagase ó volviese á ser loco y él escogió esto último.

Llamóles uno con grande instancia, que estaba en la jaula de los descontentos. Comenzóles á hablar con grande consecuencia, quejándose de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo dudar si la tendría. Porque decía: Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre, padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero, soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado, penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones; si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable, menosprecios. ¿Pues qué ha de hacer un hombre y más si es persona? ¿Quién puede vivir contento, sino algún tonto? ¿No os parece que tengo razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta.

Aquí se la conocieron y grande. Mal de muchos, vivir tan satisfechos de su entendimiento, cuan descontentos de su poca dicha.

¡Oh cuántos, dijo Critilo, echan la culpa de la sobra de su locura á la falta de su ventura!

Muy confiado uno llegó á entretenerse y ver las gavias; mas al punto agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que por qué. Pues él ni era músico ni enamorado ni desvanecido ni salía fianza por el mismo Creso ni había confiado en hombres ni fiado de mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos á lo antiguo ni por los dedos á lo moderno contando el dinero ni había llevado plumaje ni ramo ni se mataba de lo que otros vivían ni suspiraba de lo que otros daban carcajadas ni por decir un dicho había perdido un amigo ni era de alguna de las cuatro naciones y así que á ningún traste pertenecía. Nada le valió.

Enjáulenle, gritaba el regidor mayor.

Y él: ¿Por qué?

Porque él solo se tiene por cuerdo. Y aunque no sea loco, puede ser tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por cuerdos que sean, si dan los otros en decirles ¡al loco, al loco!, ó le han de sacar de tino ú de crédito.

Ponderaba Andrenio que casi todos eran hombres; no había niños ni muchachos.

Es que aún no se han enamorado, le respondió uno.

Mas otro: ¿Cómo han de perder lo que aún no tienen?

Defendía un físico que por ser húmedos de celebro; pero mejor un filósofo, que por vivir sin penas.

Trajeron los esbirros un tudesco y él decía que por yerro de cuenta. Que su mal no procedía de sequedad de celebro; sino de sobrada humedad. Y aseguraba que nunca más en su juicio, que cuando estaba borracho.

Dijéronle que en qué se fundaba. Y él con toda puridad decía que, cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de verdad así va el mundo y todas sus cosas al revés, nunca más acertado iba él ni mejor le conocía que, cuando le miraba al revés, pues entonces le veía al derecho y como se había de mirar. Con todo cayó de su casa y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él derecho. Y así le metieron entre los alegres.

Dondequiera que se volvían, topaban ó locos ó mentecatos: todo el mundo lleno de vacío.

Yo creí, dijo Andrenio, que todos los locos cabían en un rincón del mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio; y ahora veo que ocupan toda la redondez de la tierra.

Podíamos responder á eso, dijo uno, lo que el otro en cierta ciudad bien noble y bien florida, que, habiéndola paseado con un estranjero y habiéndole mostrado todas las cosas más célebres y más de ver, que eran tan muchas como grandes, soberbios edificios, plazas abundantes, jardines amenísimos y magníficos templos, reparó el huésped que no le había llevado á una casa de que él gustaba mucho.

¿Cuál es? Que al punto os llevaré allá.

La casa de los que no están en ella.

¡Oh, señor, respondió, aquí no hay casa especial; toda la ciudad lo es!

De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen entendimiento.

Éstos, le dijo uno, son los peores, porque no tienen cura. He allí uno, que tiene el mayor entendimiento que se conoce; pero entendimiento, que menos sirva á su dueño, yo dudo que le haya.

¡Oh casa de Dios, exclamó Critilo, poblada de orates!

Mas al decir esto se enfurecieron todos y arremetieron contra ellos de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el Gigante, echando mano á la cinta, descolgó una bocina de marfil terso y puro y aplicándola á la boca comenzó á hacer un son tan desapacible para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron á huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado. Admirado Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan celebrado.

Primo hermano dél; aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es que me lo dió la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces y de terribles trances. Porque, como habéis visto, en oyendo cada uno la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me dejan estar. Todos veréis que enmudecen, en oyendo que les dicen las verdades, se van más que de paso. En diciéndole al otro desvanecido que advierta, que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al punto se hiela. Si le decís al magnate que no adjetive lo grande con lo vicioso, luego os tuerce el rostro. Si le decís á la otra que no parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel, os para un gesto de un demonio. Si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí. Si al soldado que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota, si á Baldo que no sea venal ni admita todas las causas, si al marido que no sea siempre novio, si al médico que no se mate por matar, si al juez que no se equivoque con Judas, si á la doncella que no comienza ya bien con el don, ni la dama con el dar, si á la bella casada que escuse el vella, todos vuelven las espaldas. De modo que, en resonando el odioso cuerno de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el señor desfavorece, todo el mundo os deja y todos van gritando: ¡Á huir á huir!, por no oir.

Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando á los canos Alpes, distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió ofrece referir la tercera parte en el erizado invierno de la vejez.

EL CRITICÓN TERCERA PARTE EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ POR LORENZO GRACIÁN Y LO DEDICA AL DOCTOR DON LORENZO FRANCÉS DE URRITIGOITI DEÁN DE LA SANTA IGLESIA DE SIGÜENZA.

_Á don Lorenzo Francés de Urritigoiti, deán de la santa iglesia de Sigüenza._ Esta tercera parte del discurso de la vida humana, que retrata la vejez, ¿á quién mejor la pudiera yo dirigir, que á un señor anciano, tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que comenzó v. m. á lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y entrarse unos en la jurisdición de los otros: el Otoño se muda en Invierno y la Primavera usurpa porción del Estío. Así en algunos la vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil y ésta de la mocedad. Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez sin decrepitud, copiada de la perfecta de v. m. Ésta es la idea de prendas autorizadas, bien conocidas, no bastantemente estimadas. Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las muchas partes, de los heroicos talentos, que en v. m. depositaron con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente, he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor, que, empeñado en retratar una perfección á todas luces grande y viendo que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban á poderla copiar toda junta con los cuatro perfiles, pues, si la pintaba del un lado, se perdían las perfecciones de los otros, discurrió modo cómo poder expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía y fingió á las espaldas una clara fuente, en cuyos cristalinos reflejos se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza. Puso al un lado un grande y lucido espejo, en cuyos fondos se lograba el perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete, donde se representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer á la vista todo aquel relevante agregado de bellezas. Que tal vez la grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto.

Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces y tantos como en v. m. admiro, unos propios, otros ajenos, aunque ninguno estranjero, después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble, lo ilustre, que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta Imperial Ciudad de Zaragoza, por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que todo en él fué grande; y de una madre, ejemplo de cristianas y nobles matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dió de tantos y tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana: _Mis galas, mis joyas, mis arreos son mis hijos_.

Pondré luego al lado derecho, no un espejo solo, sino cuatro, de cuatro hermanos, dedicados todos á Dios en las más ilustres iglesias catedrales de España. El Ilustrísimo señor don Diego Francés, Obispo de Barbastro, espejo de ilustrísimos Prelados en lo santo de su vida, en lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo caritativo de sus muchas limosnas.

Sea el segundo el señor Arcipreste de Valpuesta, en la santa Iglesia de Burgos, espejo también de Prebendados, ya en la cátedra, ya en el púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino culto, sin perdonar días, no perdonándole sus achaques una hora de alivio.

El tercero, que pudiera ser primero, es el señor Arcediano de Zaragoza, aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres con limosnas y asistencias de Regidor mayor del Hospital General, de eclesiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos y de todas maneras venerable.

Sea corona religiosa el Muy Reverendo Padre Fray Tomás Francés, antorcha brillante de la Religión Seráfica, esparciendo rayos, ya de su mucha doctrina en los púlpitos, de que dan testimonio dos Cuaresmas, que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores talentos, ya de su mucha teología, en tantos años de cátedra, ya de su erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y prelacías, que ha obtenido y Secretario, que fué, de dos Generales de su Orden, doblada prueba de sus muchos méritos.

Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, nobles caballeros, don Martín y don Marcial y don Pablo, que tan bien supieron hermanar lo lucido con lo cristiano. Ni son menos de ver los lejos de sobrinos Canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más suelo celebrar es que todos, por lo cristiano y por lo caballeroso, han sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.

Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas van á parar en v. m. como en su primero centro, á quien el cielo espere y prospere.

De v. m. su más afecto estimador LORENZO GRACIÁN AL QUE LEYERE Á los grandes hombres nada les satisface, sino lo mucho. Por eso no desprecio yo letores grandes, convido sólo al benigno y gustoso y le presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie censura que las cosas no se hagan; pero sí que no se hagan bien. Pocos dicen por qué no se hizo esto ó aquello; pero sí por qué se ha hecho mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra; pero no lo fuera ya el no acabarla. Eche el sello esta tercera parte á las otras.

Muchos borrones toparás, si lo quisieres acertar. Haz de todos uno. Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas. Que suelo yo decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando de lo que olvidó ó no supo el autor, para que corrija él lo que erró éste. Sola una cosa quisiera que me estimases y sea el haber procurado observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio en su inmortal arte de todo discurrir, que dice: _Denique sit quodvis simplex dumtaxat et unum_. Cualquier empleo del discurso y de la invención, sea lo que quisieres, ó épica ó cómica ó oratoria, se ha de procurar que sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, haciendo un todo perfecto.

También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas ya flaquean y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo contrario, no sé si lo habré conseguido, que la segunda fuese menos mala que la primera y esta tercera, que la segunda. Dijo un grande lector de una obra grande que sola le hallaba una falta y era el no ser ó tan breve, que se pudiera tomar de memoria, ó tan larga, que nunca se acabara de leer. Si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco y, aunque no puedo lo que franqueaba á sus apasionados el erudito humanista y insigne jurisperito Tiraquelo, sí aquello de un librillo en cada un año, redituará mi agradecimiento. Vale.

PARTE TERCERA EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ PRIMERA CRISI No hay error sin autor ni necedad sin padrino y de la mayor, el más apasionado. Cuantas son las cabezas, tantos son los caprichos, que no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta naturaleza los reagudos, entremetiéndose á procuradores del género humano: El haber dado principio á la vida por la niñez, la más inútil, decían y la menos á propósito de sus cuatro edades. Que, aunque se comienza á vivir á lo gustoso y lo fácil; pero muy á lo necio. Y si toda ignorancia es peligrosa, ¿cuánto más en los principios? Gentil modo de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡He!, que no estuvo esto bien dispuesto, llamémonos á engaño y procúrese el remedio.

Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo: que oyen mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano acatamiento y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar á vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria. De modo que, si se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de ser por el triste invierno de la senectud ó al otoño de la varonil edad habían de salir por el contrario, y si por el sazonado destemplado estío de la juventud. Dióles tiempo para que lo pensasen y confiriesen entre sí y que, en estando ajustados, volviesen con la resolución, que al punto se ejecutaría.

Mas aquí fué la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían unos se comenzase á vivir por la mocedad, que de dos extremos, más valdría loco, que tonto.

Calificada necedad, replicaban otros: no sería eso entrar á vivir, sino á despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no por la puerta de la virtud, sino del vicio, y, apoderados éstos una vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará á desencastillarlos después? Advertid que es un niño planta tierna, que, en declinando á la siniestra mano, con facilidad se endereza á la diestra; mas un mozo absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos más arriesgada corre la locura, que la ignorancia.

Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no faltó quien la propusiese, porque no quedase piedra por mover y todo se alterase.

¡He!, dijeron los menos necios, que ésa no es edad, sino tempestad, más á propósito para dejar la vida, que para comenzarla, cuyos multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño; cáese el fruto de maduro y aun de pasado.

El que llegó á estar más adelantado fué el partido de la edad varonil.

Ése sí, ponderaban los resabidos, que es gran comenzar el mediodía de la razón y á toda luz del juicio. Ventaja única entrar á entero sol en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación esta excelencia.

Aguarda, les dijo un cuerdo, y ¿quién vió jamás comenzar por lo más dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; antes bien ambas á dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de lo fácil á lo dificultoso, de lo poco á lo mucho, hasta llegar á lo muy perfecto. ¿Quién jamás comenzó á subir por el reventón de una cuesta? Apenas comenzaría á vivir el hombre y bien á penas, cuando se hallaría abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. Y, si no son á propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida, si sabe lo que es? Y ¿quién meterá el pie en el mundo, si le conoce? ¡He!, dejadle vivir al hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la juventud. Ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.

De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia.

Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre.

Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de la vida.

Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y, si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja: Á la de mi naranjo me apelo.

No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.

¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio.

¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.

Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y, cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos.

No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces. Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos, cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento. Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.

¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio.

Y el Jano: ¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado, y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos, más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y decía una linda: