Primero me caiga muerta.
Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!
Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio.
Y el Jano: Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á la experiencia.
Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente, tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro.
Y ponderaba el Jano para buen consuelo: Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.
Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos, batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación, que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne. Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había salido del cascarón.
Y ellos con mucha risa decían: ¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?
Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco.
Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado y con linda chanza dijo: Éste es el de criado.
¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro.
Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de vestidos y de miembros.
Toma allá, le dijo, esa cabellera.
Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele, para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo.
Y el criado fuera de sí, diciendo: ¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres?
Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos correones: Estira, le dijo, de esa bota.
Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado.
Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así turbado: De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.
Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.
Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y, aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?
He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia.
Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible.
¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio.
Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan.
Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado.
No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.
Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes, sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies.
Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar y en la otra para que entrasen.
En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva, le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una batalla, gritaba: Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá.
Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de provecho.
Para sí, decían los soldados.
Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.
Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer ruido ni llamar á la puerta de la otra vida.
Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada dellos, cuan temida de los otros.
Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían: ¿Qué pretendréis con eso?
Y ellos: Dejadnos, que nosotros nos entendemos.
Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo: Siquiera en lugar nuestro.
¡Mirad ahora qué prebenda!
¡Oh, sí lo es!, respondieron los porteros. Que para esos lo es y acomodada y aun beneficio, ni otro, sino zonzo. No los entendéis vosotros. No buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad; no para llamar á las puertas de la muerte, sino de más vida, de la autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo.
En consecuencia desto, llegó uno bien lucio de tozuelo, pretendiendo ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso y para esto se ayudaba del toser y del quejarse. Á éste le retiraron diez leguas lejos, digo diez años atrás, diciendo: Éstos por no trabajar se hacen viejos antes con antes: añádense años y achaques.
Y realmente era así, porque se dejó caer uno: Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vire, á la italiana.
Así que de todo hay en el mundo. Unos que, siendo viejos, quieren parecer mozos, y otros que, siendo mozos, quieren parecer viejos. Así fué que tenía ya uno los ochenta ó no los podía tener. Porfiaba que ni era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno de los más superiores puestos. Y así dijo otro: Á éstos siempre les parece que han vivido poco y á los que esperan, que mucho.
Acusaron á otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo y, cuando viejo, mozo. Y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta dignidad y después conservarse en ella.
Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y decía: Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada; yo al contrario, veo más. Pues, si antes no veía sino una en cada cosa, ahora se me hacen dos: un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante. Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier cosa; que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y cuatro veces la cosa y no se hace; que en otro tiempo, á la primera palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas: que, si antes desmontaba de un caballo mi persona sola, agora me traigo la silla tras mí. Hágome más de sentir, arrastrando el mundo con los pies y haciendo ruido con la tos y con el báculo.
Todo eso tenéis más de viejo, le dijeron; pero sírvaos de consuelo.
Fuéronse ya acercando á la palaciega antigualla y descubrieron dos grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía: Ésta es la puerta de los honores.
Y el de la segunda: Ésta es la de los horrores.
Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor á cuantos llegaban y, en topando alguno, que venía de los verdes prados de sus gustos, regoldando á obscenidades, al punto le encaminaban á la puerta de los horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana entrega cansado el cuerpo á la vejez.
Entren los livianos, decían, por la puerta de la pesadumbre, que no de la gravedad.
Y ellos sin réplica obedecían. Que se tiene observado que todos estos livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, á todos, cuantos hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del valor, les abrían de par en par las puertas de los favores. Que una misma vejez para unos es premio y para otros apremio; á unos autoriza, á otros atormenta. En reconociendo á Critilo los vigilantes porteros, le franquearon la entrada de las honras; mas á Andrenio le obligaron á entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle: ¡Guarda de caer! que aquí ú de comida ú de caída.
Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues, apenas entró Andrenio, cuando vió y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fué una furia ó una fiera, prototipo de monstruos, tan dentro de fantasmas, idea de trasgos y lo que es más que todo una vieja. Ocupaba una silla de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de ecúleos, potros y catastas, como presidenta de tormentos, donde todos los días son aciagos martes. Rodeábanla inumerables verdugos, enemigos declarados de la vida y muñidores de la muerte y ninguno desocupado; todos se empleaban en hacer confesar á los envejecidos delincuentes á cuestión de tormentos que eran vasallos de aquella tirana reina y, en declarándolo, les cargaban de villanos pechos, que les hacían toser y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto y las camas tan duras, emperezaban en ellas con mucha flema y aun flemas.
Tenían á uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de sus pasadas mocedades y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando á un lado y á otro la cabeza y diciendo á todo de no. Que es de viejos el negar, así como de niños el conceder. En la boca del viejo siempre hallaréis el no y en la del niño el sí.
Preguntábanle de dónde venía. Y él, dos veces sordo, porque lo afectaba y lo era, todo lo entendía al revés y respondía: ¿Que estoy muy viejo? Eso niego.
Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón á los cordeles y volvíanle á preguntar: ¿Á dónde irá?
Y decía: ¿Que me muero? No hay tal.
Y sacudía ambas orejas. Á sus mismos hijos, si le interrogaban, respondía: ¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto.
Y movía á toda prisa la cabeza: Yo dejaré el mando con el mundo.
Defendíase otro, diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de convencerle de todo lo contrario con hartos testigos. Replicaba él no ser de vista y respondíanle: Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta, los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas que descaecieron y el brío que se acabó.
Y dió Vejecia sentencia contra él, casi de muerte. Escusábase un podrido rancio, que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque decía: Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como á traición, que ni se oyen ni se dan á entender. En mi tiempo todos hablaban alto, porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado, pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase apretado y corto, vístese estrecho y tan justo, que no se puede valer un hombre. Las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas. Hasta los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros, romadizos, distinciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien ajes. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que no hacen cosa bien los criados malmandados, mentirosos, gastarrecados; las criadas perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa á derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y malpareja, la mesa malcompuesta, la casa malbarrida, todo sucio y todo mal. De modo, que ya un hombre oye mal, come peor, ni viste ni duerme ni puede vivir. Y si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez.
Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban á este pasaje los que ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que no se podían mirar sin grande horror. Las que ya fueron Floras y aun Elenas y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes. Que, cual suele rústica, grosera mano esgrimir el villano acero contra el más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas, tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos, dando con todo en tierra, hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las flores y esqueleto del prado: tal es el tiempo, con propriedad tirano, pues que de todo tira, aja y deshoja la mayor belleza, marchita el rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes, que lloró risueña aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza, da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente era anciano. Porque le sobraba tiempo y le faltaba seso. Y todos convinieron en que estaba muy verde. Mas Vejecia: Éstos, dijo, son de casta de higueras locas, que nunca llega á madurar el fruto: hacen higa á la prudencia.
Apelábase un calvo y otro cano á sus pocos años.
Eso tiene el vivir aprisa, les respondieron, que las tempranas mocedades ocasionan anticipadas vejeces. No hubiérades sido tan mozos y no estuviérades tan viejos.
¡Qué pocas canas llegan de la corte!, reparó Andrenio.
Y respondióle Marcial en dos palabras y un verso: Miradlos de noche y hallaréislos cisnes, los que todo el día cuervos.
Llegó uno cojeando y juraba que no era ni una gota de mal humor, sino haber tropezado. Y díjole otro riendo: Guardaos mucho de tales tropiezos, porque cada vez que los dais, si no caéis, avanzáis mucho á la sepultura.
No fué malvisto ni maltratado otro, que realmente tenía años y no canas, averiguado el secreto que era sabérselas quitar con las ocasiones que quitaba. Concediósele gozase de los privilegios de viejo y de las esenciones de mozo, diciendo Vejecia: Viva quien sabe vivir.
Al contrario, llegó otro con pocos años y muchas canas y, bien miradas, hallaron que eran verdes ó amarillas.
No le han salido ellas, dijo uno, sino que se las han sacado. Vos, sin duda, venís de alguna comunidad, no digo comodidad, donde hijos de muchas madres bastan á sacar canas á un embrión.
Llamaron á una de abuela y ella enfurecida dijo: Nieta y muy nieta.
Y Marcial, que acertó á estar allí ó su malicia dijo: Si ella no tiene más años que cabellos, yo juraré que no llegan á cuatro.
Porfiaba otra era suyo el oro de la madeja y la nieve de sus dientes y ninguno lo creía. Volvió por ella el mismo poeta, como tan cortesano, diciendo: Sí, sí, suyos son, pues le cuestan su dinero.
Correspondían lastimeros gritos á los insufribles tormentos. Los glotones y bebedores no podían agora pasar una gota y hacíanles beber la toca y aun morder la sábana; aunque se notó que raros de los regalones llegaron tan adelante. Era tan general el sentimiento, que los más tenían hechos lágrima del continuo llanto y del maltratamiento de Vejecia andaban contrechos y agobiados, cojos y desdentados y semiciegos, tratándolos como á villanos, cargándolos de nuevos pechos sobre los viejos.
Encontraron ya los crudos criados con el no bien maduro Andrenio. Agarraron dél. Pero, antes de decir lo que con ellos le pasó ó le hicieron pasar, demos una vista á Critilo, que, habiendo entrado por la puerta de los honores, había llegado á la mayor estimación. Introdujéronle la Cordura y la Autoridad en un teatro muy capaz y muy señor, pues lleno de seniores y de varones muy capaces. Presidía en majestuoso trono una venerable matrona con todas las circunstancias de grande. No mostraba semblante fiero, sino muy sereno; no desapacible, sino autorizado, coronada del metal cano, por reina de las edades. Y como tal, estaba haciendo grandes mercedes á sus cortesanos y concediéndoles singulares privilegios. Estaba en aquella sazón honrando á un grande personaje, tan cargado de espaldas como de prudencia, haciéndole todos acatamiento. Y preguntó Critilo á su Jano colateral, que nunca le desamparó, quién era aquel varón de estimaciones.
Éste es, le respondió, un Atlante político.
¿De qué piensas tú que está así tan agobiado?
De sostener un mundo entero.
¿Cómo puede ser, le replicó, si no se puede tener él á sí mismo?
Pues advierte que éstos, cuanto más viejos, son más firmes y, cuantos más años, más fuerzas sustentan; más y mejor que los mozos, que luego dan con el cargo y con su carga en tierra.
Vieron otro, que llegaba y, arrimando su báculo á una montaña de dificultades, la alzaprimaba, no habiendo podido muchos y muy robustos mancebos ni aun moverla.
Nota, le dijo Jano, lo que puede la maña de un sagaz viejo. ¿No reparas en aquel otro, que, estando para caer aquella gran máquina de coronas, llega él y arrima su carcomido báculo y con segura firmeza las sustenta? Las manos le tiemblan al que allí miras y están temblando dél los ejércitos armados. Que eso le dijo el trompeta francés á don Felipe de Silva: No teme mi señor, el mariscal de la Mota, esos vuestros pies gotosos; sino esa vuestra testa desembarazada.
¡Qué gafos tiene los dedos aquel que llaman el rey viejo!
Pues te aseguro que están colgados dellos dos mundos.
¡Qué palos sacude aquel coronado ciego aragonés!
¿Y cómo que hace pedazos tanta espada y tanta lanza rebelde?
Salían al mismo punto seis varones de canas, que, cuanto más alto un monte, más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia el Areópago real y otros cuatro más, á ladear á un gran príncipe, que entraba mozo á reinar y viéndole sin barbas le rodeaban de canas. Allí toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto, gran profundidad con tanta claridad.
Repara, dijo el Jano, en aquel semiciego. Pues más descubre él en una ojeada que echa, que muchos garzones que se precian de tener buena vista. Que al paso que van perdiendo éstos los sentidos, van ganando el entendimiento, tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin ignorancias. Aquél, que está sentado, porque no puede estar de otro modo, camina medio mundo en un instante. Y aún dicen que le trae en pie y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir en él, cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente dice más en una palabra, que otros con ciento. No pases por alto aquel lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo: pues de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos de los malos pies pisan muy firme y, cojeando ellos, hacen asentar el pie á muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus cerrados pechos; no son sino secretos podridos, de callados.
Una cosa admiro yo mucho, dijo Critilo: que no se oye aquí vulgo ni se parece.
¡Oh! ¿no ves tú, le dijo el Jano, que entre viejos no le hay, porque entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho, porque han visto y leído mucho.
¡Qué pausado se mueve aquél!
¡Pero qué apriesa va restaurando viejo lo que desperdició mozo!
¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios, que ocupan el banco del Cid! Cada uno parece un oráculo.
Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la juventud.
¡Qué quietud tan feliz!, ponderaba Critilo.
Es que asisten aquí, decía el Jano, el reposo, el asiento, la madurez, con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento músico ni bélico, que están prohibidos por la cordura y el sosiego.
Trató ya de conducir el sagaz Jano á su maduro Critilo ante la venerable Vejecia. Llegó él muy de su grado y así le recibió ella con mucho agrado. Mas fué mucho de ver que al mismo punto, que se postró á sus pies, corrieron de improviso ambas cortinas, que estaban á los dos lados del majestuoso trono, con que á un mismo tiempo se vieron y se conocieron, de la otra parte Andrenio entre horrores y desta otra Critilo entre honores, asistiendo entrambos ante la duplicada presencia de Vejecia, que, como tenía dos caras januales, podía muy bien presidir á entrambos puestos, premiando en uno y apremiando en otro.
Ordenó luego se leyesen en voz alta y clara los nuevos privilegios, que en atenciones de méritos de sus concertadas vidas se les concedían á éstos; y al contrario los agravados pechos, que se les imponían á aquéllos: á unos cargos, á otros cargas, muy dignos de ser sabidos y escuchados. Quien los quisiere lograr, estienda el gusto á la Crisi siguiente.
CRISI II _El estanco de los vicios._ Llamó acertadamente el filósofo divino al compuesto humano, sonoro animado instrumento, que, cuando está bien templado, hace maravillosa armonía; mas, cuando no, todo es confusión y disonancia. Compónese de muchos y muy diferentes trastes, que con dificultad grande se ajustan y con grande facilidad se desconciertan.
La lengua dijeron algunos ser la más dificultosa de templar; otros que la codiciosa mano. Éste dice que los ojos, que nunca se sacian de ver la vanidad; aquél que las orejas, que jamás se ven hartas de oir lisonjas propias y murmuraciones ajenas. Tal dice que la loca fantasía y cual que el apetito insaciable. No falta quien diga que el profundo corazón ni quien sienta que las maleadas entrañas.
Mas yo con licencia de todos éstos diría que el vientre y esto en todas las edades. En la niñez por la golosina, en la mocedad por la lascivia, en la varonil edad por la voracidad y en la vejez por la vinolencia. Es el vientre el bajo y aun el vil desta humana consonancia; y esto no obstante, no hay otro Dios para algunos. Hizo siempre apóstatas los sabios. No dijo cuántos, porque los más y con menos razón hacen mayor guerra á la razón.
Es la embriaguez fuente de todos los males, reclamo de todo vicio, origen de toda monstruosidad, manantial de toda abominación, procediendo tan anómala, que, cuando todos los otros vicios caducan y se despiden en la vejez, ella entonces comienza y, sepultados ya, los aviva. Conque no hay un vicio sólo, sino todos de mancomún. Gran comadre de la herejía: dígalo el Septentrión, llamado así, no tanto por las siete estrellas que le ilustran, cuanto por los siete capitales vicios que le deslucen. Amiga de la discordia: vocéenlo ambas Alemanias, siempre turbulentas. Camarada de la crueldad: llórelo Inglaterra en sus degollados reyes y reinas. Paisana de la ferocidad: publíquelo Suecia, inquietando muy de atrás toda la Europa. Compañera inseparable de la lujuria: confiéselo todo el mundo. Y finalmente tercera de toda maldad, muñidora de todo vicio, escollo fatal de la vejez, donde zozobra el carcomido bajel humano, yéndose á pique cuando había de tomar puerto. El desempeño desta verdad será, después de haber referido las severas leyes, que mandó promulgar Vejecia por todo el ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros. Subido en lugar eminente el secretario, intimó desta suerte: Á nuestros muy amados seniores y hombres buenos, á los beneméritos de la vida y despreciadores de la muerte ordenamos, mandamos y encargamos: Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades, sin escrúpulo de necedades. Que, si la verdad tiene muchos enemigos, también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es que ni las digan ni las escuchen: porque desdice mucho de su entereza un tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser engañados.
Item, que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y catedráticos de experiencia. Y esto sin aguardar á que se les pidan: que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento á que suelen ser estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de modo, que siempre precedan los ejemplos á los consejos.
Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado: que monta más el de un solo viejo chapado, que los de cien mozos caprichosos.
Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo: que esto no es murmurar, sino hacer justicia. Y lo que en ellos sería recatado silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación.
Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fué y lo malo es, el bien se acaba y el mal dura.
Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe lo mejor.
Permíteseles el dormirse en medio de la conversación y aun roncar, cuando no les contentare, que será las más veces.
Corregirán á los mozos de continuo, no por condición, sino por obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia.
Dáseles licencia para gritar y reñir: porque se ha advertido que luego anda perdida una casa, donde no hay un viejo que riña y una suegra que gruña.
Item más, se les permite el olvidarse de las cosas: que las más del mundo son para olvidadas.
Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego, pedir de beber, alargar la mano al plato: que á canas honradas nunca ha de haber puertas cerradas.
Permíteseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando á la salud: por cuanto el nunca enojarse es de bestias.
Item, que puedan hablar mucho, porque bien, aun entre los muchos, porque mejor que todos.
Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos, que siete veces agradan y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía.
Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo á que no les falte la hacienda y les sobre la vida.
Escusarse han del no hacer cortesías, no tanto por conservarse, cuanto porque no ven ya las personas como solían y que desconocen los hombres de agora.
Harán repetir dos y tres veces lo que les dicen, para que todos miren cómo y lo que hablan.
Háganse dificultosos de creer, como escarmentados de tanto engaño y mentira.
No darán cuenta á nadie de lo que hacen ni tendrán que pedir consejo, sino para aprobación.
No sufran que otro alguno mande más que ellos en su casa, que sería querer mandar los pies donde hay cabeza.
No tendrán obligación de vestir al uso, sino á su comodidad, calzando holgado, por cuanto se ha advertido que todos, cuantos calzan muy justo, no pisan muy firme.
Item más, podrán comer y beber muchas veces al día, poco y bueno, y tratar de su regalo, sin nota de gula, para conservar una vida, que vale más que las de cien mozos juntas. Y podrán decir lo que el otro: Yo soy largo en la Iglesia y en la mesa y no me pesa.
Ocuparán los primeros asientos en todo lugar y puesto, aunque lleguen tarde, pues llegaron al mundo primero. Y podrán tomárselos, cuando los otros se descuidaren en ofrecérselos. Que, si las canas honran las comunidades, justo es que sean honradas de todos.
Mándaseles que en todas sus cosas procedan con espera y así podrán ser flemáticos, que no procederá de cansados, sino de pausados y prudentes.
No tendrán que ceñir acero los que han de caminar con pies de plomo; pero llevarán báculo, no sólo para su descanso, sino para las correcciones prontas, aunque no gusten los mozos de tales besamanos.
Podrán ir tosiendo, arrastrando los pies y hiriendo fuerte con los báculos, como gente que hace ruido en el mundo, atento á que todos en la casa se irán recatando dellos, ocultándoles las cosas.
Podrán por el mismo caso ser amigos de saberlo todo y preguntarlo y, atendiendo también á que, si se descuidan en saber los sucesos, se irían ayunos de muchas cosas á la otra vida, podrán informarse qué hay de nuevo, qué se dice, y qué se hace, demás que es muy de personas el querer saber lo que en el mundo pasa.
Escúsese de su seca condición, en achaque de su seco temperamento, templando con su austeridad el demasiado bullicio y la necia risa de la gente joven.
Que puedan quitarse años, ya por los que les impondrán, ya por los que ellos en su juventud se impusieron.
Tendrán licencia para no sufrir y quejarse con razón, viéndose malasistidos de criados perezosos, enemigos suyos dos veces, por amos y por viejos: que todos vuelven las espaldas al sol que se pone, y la cara hacia el que sale. Sobre todo viéndose odiados de ingratos yernos y de nueras viejas, haránse estimar y escuchar, diciendo: Oid, mozos, á un viejo, que, cuando era mozo, los viejos le escuchaban.
Finalmente se les encarga que no sean chanceros; sino severos, estando siempre de veras atentos á su madurez y entereza.
Estas leyes en lo público y otras de mayor arte en lo secreto les fueron intimadas, que ellos aceptaron por obligaciones, aunque otros las calificaron privilegios.
Aquí, volviendo la hoja y teniendo el rostro hacia la contraria banda, esforzando la voz, leyó desta suerte: Intimamos á los viejos por fuerza, á los podridos y no maduros, á los caducos y no ancianos, á los que en muchos años han vivido poco: Primeramente, que entiendan y se lo persuadan que realmente están viejos, si no en la madurez, en la caduquez; si no en ciencia, en impertinencia; si no en prendas, en achaques.
Item más que, así como á los jóvenes se les prohibe el casar hasta cierta edad, así también á los viejos se les vede de tal edad en adelante y esto en pena de la vida, si con mujer moza; y, si hermosa, en costas de la hacienda y de la honra, que no puedan enamorarse y mucho menos darlo á entender ni asentar plaza de galanes, en pena de risa de todos; podrán, empero, pasear los cimenterios, donde envió á uno cierta gentil dama, como apalabrado con la muerte.
Item, se les prohibe el añadirse años, en llegando á perderles la vergüenza, echando á noventa y á ciento. Porque, demás de engañar á algunos simples, dan ocasión á que muchos ruines se confíen y sientan largo el enmendar su perversa vida.
No vistan de gala los que huelen á mortaja y entiendan que el traje, que para un joven sería decente, para ellos es gaitería. Ni por eso han de andar vestidos de figura con monterillas ó sombrerillos chiquitos y puntiagudos ni con lechuguillas y calzas afolladas, haciendo los matachines.
Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos.
Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos; vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las arcas.
Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos.
Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades. Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para poblar las sepulturas.
Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.
Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados.
No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que no supieron hacer casa.
Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los amarillos y pisasecos.
Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, pagando pecho en toser á su envejecer.
Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.