SigPhi · Baltasar Gracian

El Héroe; El Discreto (Farinelli, 1900)

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Engaña muchas veces la pasión, y no pocas la 62 Kl, ÜISCJRETO obligación, barajando lOvS empleos á los genios; vistiera prudente toga el que desgraciado arnés; acertado aforismo el de Chiló, conocerse y apli- carse.

Comience por si mismo el discreto á saber, sabiéndose; alerte á su Minerva, asi genial como discursiva, y dele aliento si es ingenua. Siempre fué desdicha el violentar la cordura, y aun ur- gencia alguna vez, que es un fatal tormento, porque se ha de remar entonces contra las co- rrientes del gusto, del ingenio y de la estrella.

Hasta en los países se experimenta esta con- natural proporción, ó esta genial antipatía; más sensiblemente en las ciudades, con fruición en unas, con desazón en otras; que suele ser más contrario el porte al genio que el clima al tem- peramento. La misma Roma no es para todos genios ni ingenios, ni á todos se dió gozar de la culta Corinto. La que es centro para uno, es para el otro destierro; y aun la gran Madrid al- gunos la reconocen madrastra. ¡Oh, gran felici- dad topar cada uno y distinguir su centro! No anidan bien los grajos entre las musas, ni lo? varones sabios se hallan entre el cortesano bu- llicio, ni los cuerdos en el áulico entreteni- miento.

En la variedad de las naciones es donde se aprueban y aun se apuran al contraste de tan varios naturales y costumbres. Es imposible combinar con todas, porque, ^^quién podrá tole- BALTASAR GRACIÁN 63 rarla aborrecible soberbia de ésta, la desprecia- ble liviandad de aquélla, lo embustero de la una, lo bárbaro de la otra, si no es que la conformi- dad nacional en los mismos achaques haga gusto de lo que fuera violencia?

Gran suerte es topar con hombres de su genio y de su ingenio; arte es saberlos buscar; conser- varlos, mayor: fruición es el conversable rato, y felicidad la discreta comunicación, especialmen- te cuando el genio es singular, ó por excelente ó por extravagante; que es infinita su latitud, aun entre los dos términos de su bondad ó su malicia, la sublimidad ó la vulgaridad, lo cuerdo ó lo caprichoso; unos comunes, otros singu- lares.

Inestimable dicha cuando diere lugar lo pre- cioso de la suerte á lo libre de la elección, que ordinariamente aquélla se adelanta y determina la mansión, y aun el empleo; y lo que más se siente, la misma familiaridad de amigos, sirvien- tes y aun corteses, sin consultarlo con el genio; que por esto hay tantos quejosos de ella, penan- do en prisión forzosa y arrastrando toda la vida ajenos yerros.

Cuál sea preferible en caso de carencia ó cuál sea ventajoso en el de exceso, el;buen genio ó el ingenio hace sospechoso el juicio. Puede me- jorarlos la industria ó rechazarlos el arte. Pri- mera felicidad participarlos en su naturaleza heroicos, que fué sortear alma buena. Malogra- 64 EL DISCRETO ron esta dicha muchos magnates, errando la vo- cación de su genio y de su ingenio.

Compi tense de extremos uno y otro, para os- tentar á todo el mundo, y aun á todo el tiempo, un coronado prodigio en el príncipe, nuestro se- ñor, el primero Baltasar y el segundo Carlos, porque no tuviese otro segundo, que á si mismo y él solo se fuese primero. lOh, gloriosas espe- ranzas, que en tan florida primavera nos ofrecen católico Julio de valor, y aun Augusto de feli- cidad!

DEL SEÑORÍO EN EL DECIR Y EN EL HACER DISCURSO ACADÉMICO Es la humana naturaleza aquella que fingió Hesiodo Pandora. No la dió Palas la sabiduría, ni Venus la hermosura; tampoco Mercurio la elocuencia, y menos Marte el valor; pero si el arte, con la cuidadosa industria, cada día la van adelantando con una y con otra perfección. No la coronó Júpiter con aquel majestuoso señorío en el hacer y en el decir, que admiramos en algu- nos; dióselo la autoridad conseguida con el cré- dito, y el magisterio alcanzado con el ejercicio.

Andan los más de los hombres por extremos. Unos tan desconfiados de sí mismos, ó por na- BALTASAR GRACíA 65 turaleza propia ó por malicia ajena, que les pa- rece que en nada han de acertar, agraviando su dicha y su caudal, siquiera en no probarlo; en todo hallan qué temer, descubriendo antes los topes que las conveniencias; y rindense tanto á esta demasía de poquedad, que no atreviéndose á obrar por sí, hacen procura á otros de sus ac- ciones y aun quereres. Y son como los que no se osan arrojar al agua sino sostenidos de aque- llos instrumentos, que comúnmente tienen de viento lo que les falta de substancia.

Al contrario, otros tienen una plena satisfac- ción de sí mismos; vienen tan pagados de todas sus acciones, que jamás duraron, cuanto menos condenaron alguna Muy casados con sus dictá- menes, y más cuanto más erróneos; enamorados de sus discursos, como hijos más amados cuan- to más feos; y como no saben de recelo, tampo- co de descontento. Todo Ies sale bien, á su en- tender; con esto viven contentísimos de sí, v mucho tiempo, porque llegaron á una simplicí- sima felicidad.

Entre estos dos extremos de impruder.cia se halla el seguro medio de cordura; y consiste en una audacia discreta, muy asistida de la diffha.

No hablo aquí de aquella natural superioridad, que señalamos por singular realce al héroe, sino de una cuerda intrepidez, contraria al deslucido encogimiento, fundada, ó en la comprensión de las materias, ó en la autoridad de los años, ó en 5 66 EL DISCRETO la calificación de las dignidades, que en fe de cualquiera de ellas puede uno hacer y decir con señorío.

Hasta las riquezas dan autoridad. Dora las más veces el oro las necias razones de sus due- ños, comunica 'a plata su argentado sonido á las palabras, de modo que son aplaudidas las necedades de un rico, cuando las sentencias de un pobre no son escuchadas.

Pero la más ventajosa superioridad es la que &e apoya en la adecuada noticia de las cosas, del continuo man* jo de los empleos. Hácese uno primero señor de las materias, y después entra y sale con despejo; puede hablar con magistral potestad, y decir como superior á los que atien- den, que es fácil señorearse de los ánimos des- pués de los puntos primeros.

No basta la mayor especulación para dar este señorío; requiérese el continuado ejercicio en los empleos; que de la continuidad de los actos se engendra el hábito ^eñoril.

Comienza por la naturaleza y acaba de perfec- cionarse con el ane. Todos los que lo consiguen se hallan las cosas hechas, la superioridad mis- ma les da facilidad, que nada les embaraza; de todo salen con lucimiento. Campean al doble sus hechos y sus dichos; cualquiera medianía, socorrida del señorío, pareció eminencia, y todo se logra con ostentación.

Los que no tienen esta superioridad entran BALTASAR GRACIÁN 67 con recelo en las ocasiones, que quita mucho del lucimiento, y más si se diere á conocer; del re- celo nace luego el ^emor, que destierra criminal- mente la intrepidez, con que se deslucen y aun se pierden la acción y la razón. Ocupa el ánimo de suerte que le priva de su noble libertad, y sin ella se ataja el discurrir, se hiela el decir y se impide el hacer, sin poder obrar con desahogo, de que pende la perfección.

El señorío en el que dice, concilia luego res- peto en el que oye; hácese lugar en la atención del más crítico, y apodérase de la aceptación de todos. Ministra palabras y aun sentencias al que dice, así como el temor las ahuyenta, que un en- cogimiento basta á helar el discurso, y aunque sea un raudal de elocuencia, lo embarga la frial- dad de un temor.

El que entra con señorío, ya en la conversa- ción, ya en el razonamiento, hácese mucho lugar y gana de antemano el respeto; pero el que llega con temor, él mismo se condena de desconfiado y se confiesa vencido; con su desconfianza da pie al desprecio de los otros, por lo menos á la poca estimación.

Bien es verdad que el varón sabio ha de ir de- teniéndose, y más donde no conoce; entra con recato sondando los fondos, especialmente si pre- siente profundidad, como lo encargaremos en nuestros Avisos al Varón atento.

Con los príncipes, con los superiores y ccn 68 toda gente de autoridad, aunque conviene y es preciso reformar esta señoril audacia; pero no de modo que dé en el otro extremo de encogimien- to. Aquí importa mucho la templ^aza, atendien- do á no enfadar por lo atrevido, ni deslucirse por lo desanimado; no ocupe el temor de modo que no acierte á parecer, ni la audacia se haga sobrasalir, Hay condiciones de personas que es menester entrarles con superioridad, no sólo en caso de mandar, sino de pedir y de rogar; porque si estos tales conciben que se les tiene respeto, no digo ya recelo, se engrien á intolerables; y éstos co- múnmente son de aquellos que los humilló bien naturaleza y los levantó mal su suerte. Sobre todo, Dios nos libre de la vil soberbia de remo- zos de palacio, insolentes de puerta y de saleta.

Brilla este superior realce en todos los sujetos, y más en los mayores. En un orador es más que circunstancia. En un abogado, de esencia. En un embajador, es lucimiento. En un caudillo, ventaja; pero en un principe es extremo.

Hay naciones enteras majestuosas, asi como otras sagaces y despiertas.

Realza grandemente todas las humanas ac- ciones, hasta el semblante, que es el trono de la decencia. El mismo andar, que en las huellas suele estamparse el corazón, y allí suelen ras- trearlo los juiciosos en el obrar y en el hablar con eminencia; que la sublimidad de las acciones BALTASAR GRACIAK 69 la adelanta al doble la majestad en el obrarlas.

Nácense algunos con un señorío universal en todo cuanto dicen y hacen, que parece que ya la naturaleza los hizo hermanos mayores de los otros; nacieron para superiores, si no por digni- dad de oficio, de mérito. Infúndeseles en todo un espíritu señoril, aun en las acciones más co- munes; todo lo vencen y sobrepujan. Hácense luego señores de los demás, cogiéndoles el co- razón, que todo cabe en su gran capacidad; y aunque tal vez tendrán los otros más ventajosas prendas de ciencia, de nobleza y aun de entere- za, con todo eso prevalece en éstos el señorín, que los constituye superiores, si no en el dere- cho, en la posesión.

Salen otros del torno de su barro ya destina- dos para la servidumbre de unos espíritus servi- les, sin género de brío en el corazón, inclinados al ajeno gusto, y ceder el propio á cuantos hay. Estos no nacieron para si, sino para otros; tanto, que alguno fué llamado el de todos. Otros dan en lisonjeros, aduladores, burlescos, y peores empleos si los hay. iOh, cuántos hizo superiores la suerte en la dignidad, y la naturaleza esclavos en el caudal!

Este coronado realce, como es el rey de los demás, lleva consigo gran séquito de prendas; sigúele el despejo, la bizarría de acciones, la plausibilidad y ostentación, con otras muchas de «ste lucimiento. Quien las quisiere admirar todas 7^ EL DISCRErO ¡untas, hallarlas ha en el excelentísimo señor don Fernando de Borja, hijo del Benjamín de aquel gran duque santo; heredado en los bienes de su diestra, digo, en su prudencia, en su entereza y en su cristiandad, que todas ellas le hicieron amado, no virrey, sino padre en Aragón, vene- rado en Valencia, favorecido del grande de los Filipos en lo más, que es confiarle á su pruden- te, majestuosa y cristiana disciplina, un príncipe único, para que le enseñe á ser rey y á ser héroe, á ser fénix, émulo del celebrado Aquiles, en fe de su enseñanza.

Y aunque todos estos realces la veneran reina, atiende mucho esta gran prenda á que no la des- luzcan algunos defectos, que como sabandijas siguen de ordinario la grandeza; puede tal vez degenerar por exceso, en afectación, en temeri- dad imprudente, en el aborrecible entretenimien- to, vana satisfacción y otros tales, que todos son grandes padrastros de la discreción y de la cor- dura.

HOMBRE DE ESPERA ALEGORÍA En un carro y en un trono, fabricado éste de conchas de tortugas, arrastrado aquél de rémo- ras, iba caminando la Espera por los espaciosos BALTASAR GRACIAN 71 campos del Tiempo al palacio de la Ocasión.

Procedía con majestuosa pausa, como tan hechura de la madurez, sin jamás apresurarse ni apasionarse; recostada en dos cojines que la presentó la Noche, Sibilas mudas del mejor con- sejo en el mayor sosiego. Aspecto venerable, que lo hermosean más los muchos días; serena y espaciosa frente, con ensanches de sufrimiento, modestos ojos entre cristales de disimulación; la nariz grande, prudente desah )g"o de los arreba- tamientos de la irascible y de!as llamaradas de la concupiscible; pequeña boca con labios de vaso atesorador, que no permiten salir fuera el menor indicio del rec^nce itrado sentimiento porque no descubra corte dades del caudal; dila- tado el pecho, donde se maduran y aun proceden los secretos, que se malo¿^ran comúnmente por aborto; capaz estómago, hecho á grandes boca- dos y tragos de la fortuna, de tan gran buche que todo lo digiere; sobre todo, un corazón de un mar, donde quepan las avenidas de pasiones y donde se contengan las más furiosas tempes- tades, sin dar bramidos, sm romper sus olas, sin arrojar espumas, sin traspasar un punto los límites de la razón. Ai fin, toda ella de todas maneras grande: gran ser, gran fondo y gran capacidad.

Su vestir no era de gala, sino de decencia; más cumplido cuanto mas ajustado, que lo aliñó el decoro. Tiene por coior propio suyo el de la 72 iLL DISCRETO esperanza, y lo afecta en sus libreas sin que ha- ya jamás usado otro, y entre todos aborrece po- sitivamente el rojo, por lo encendido de su có- lera primero y de su empacho después. Ceñía sus sienes por vencedora y por reina, que quien supo disimular supo reinar, con una rama del moral prudente, Conduela la prudencia ei grave séquito. Casi todos eran hombres, y muy mucho algunas raras mujeres. Llevaban todos báculos por ancianos y peregrinos; otros se afirmaban en los cetros^ cayados, bastones y aun tiaras, que los más eran gente de gobierno. Ocupaban el mejor puesto de los italianos, no tanto por habe'*sido señores del mundo, cuanto porque lo superior ser es- pañoles, franceses, algunos alemanes y polacos, que á la admiración de no ir todos satisfizo la política juiciosa con decir que aquella su deteni- da común causa procede más de lo helado de su sangre que de lo detenido de su espíritu. Queda- ba un grande espacio de vacio, que se decía haber sido de la prudentísima nación inglesa; pero que desde Enrico VIII acá faltaban al triun- fo de la cordura y de la entereza. Sobresalían por su novedad y por su traje los políticos chinos.

Iban muy cerca del triunfante carro algunos grandes hombres, que los hizo famosos esta co- ronada prenda, y ahora en llevarlos á su lado mostraba su estimación. Allí iba el tardador Fabio Máximo, que con su mucha espera desva- BALTASAR GRACIAí<^ necio la gallardía del mejor cartaginés y restauró la gran república romana. A su lado campeaba el bastón de los franceses, consumiendo sus nu- merosas huestes con la detención y acabando con la vida y con la paciencia de Filipo. El Gran Capitán, muy conocido por su empresa, que sacó en Barleta aquella que con grande ingenio enseñaba á tener juicio y le valió un reino, con- quistado más con la cordura que con la braveza. Antes de él, el magnánimo aragonés, forjando á fuego lento, de las cadenas de su prisión una corona. Iban muchos filósofos y sabios y cate- dráticos de ejemplo y maestros de experiencia.

Gobernaba el Tiempo la autorizada pompa, que el mismo ir tropezando con sus muletas era lo que mejor le salía. Cerraba la Sazón por re- taguardia, ladeada de! Consejo, del Pensar, de la Madurez y del Seso.

Era esto una muy tarde, cuando vivamente Ics comenzó á tocar arma un furioso escuadrón de monstruos, que lo es todo extremo de pasión, el indiscreto empeño, la aceleración imprudente, la necia facilidad y el vulgar atropellamiento; la inconsideración, la prisa y el ahogo, toda gente del vulgacho de la imprudencia.

Conoció su grande riesgo la Espera, por no llevar armas ofensivas, faltar el polvorín, que es munición velada en su milicia, por estar refor- mado el ímpetu y desarmado el furor.

Mandó hacer alto á la Detención, y ordenó á 74 EL DISCRETO la Disimulación que los entretuviese mientras sonsultaba lo hacedero. Discurrióse con proliji- dad muy á la española, pero con igual provecho Decía el sabio Biante, gran benemérito de, esta gran señora de sí misma, que imitase á Jú- piter, el cual no tuviera ya rayos si no tuviera espera. Luis XI de Francia votó que se disimu- lase con ellos, que él no había enseñado ni más gramática ni más política á su sucesor. El rey D. Juan II de los aragoneses (que hay naciones de espera, y ésta lo es por extremo, y de la pru~ dencia,) la dijo que advirtiese que hasta hoy más había obrado la tardanza española que la cólera francesa. El grande Augustino coronó su voto y sus aciertos con el Festina leíite. El duque de Alba volvió á repetir ^ razonamiento en la jor- nada sobre Lisboa.

Dijeron todos mucho en breve. Dilatóse más ci Católico rey don Fernando, como príncipe de la política, y eslo mucho la Espera. ((Sea uno, decía, señor de sí, y lo será de los demás. La detención sazona los aciertos y madura los se- cretos; que la aceleración siempre pare hijos abortivos sin vida de inmortalidad. Hasede pen- sar despacio y ejecutar de presto; ni es segura la diligencia que nace de la tardanza. Tan presto como alcanza las cosas se le caen de las manos; que á veces el estampido del caer fué aviso del haber tomado..Es la Espera fruta de grandes corazones y muy fecunda de aciertos. En los BALTASAR GRACIÁK 75 hombres de pequeño corazón ni caben el tiempo ni el secreto.)) Concluyó con este oráculo catalán* Deu no pega de bastón sino de sao.

Pero el gran triunfador de reyes, Carlos V, aquel que en Alemania, con más espera que gente, quebrantó las mismas penas, las duras y las graves, la aconsejó que si quería vencer pe- lease á su modo, esto es, que esgrimiese la mu- leta del Tiempo, mucho más obradora que la acerada clava de Hércules. Ejecutólo tan leliz- mente, que pudo al cabo frustrar el ímpetu y en- frenar el orgullo á aquellas mas furias que las infernales, y quedó victoriosa, repitiendo: ((F^l Tiempo y yo á otros dos.)) Este suceso contó el Juicio al Desengaño, como quien se halló pre- sente.

DE LA GALANTERÍA MEMORIAL Á LA DISCRECION Tienen su bizarría las almas harto más rele- vante que la de los cuerpos: gallardía del espíri- tu, con cuyos galantes actos queda muy airoso un corazón: llévanse los ojos del alma bellezas interiores, así como los del cuerpo la exterior; \ son más aplaudidas aquélla del juicio que li- sonjeada ésta del gusto.

Soy realce nada común, y aunque universal en los objetos, en los sujetos soy muy singular.

76 EL DISCRETO No quepo en iodos, porque supongo magnani- midad: y con tener tantos pechos un villano, para la galantería no la tiene.

Tuve por centro el corazón de Augusto, que excusándose conmigo venció la vulgar murmu- ración y triunfó galante de los públicos convi- cios, quedando más memorable grandeza de ha- berlos despreciado que la romana libertad de haberlos dicho.

Asi que mi esfera es la generosidad, blasón de grandes corazones y grande asunto mío, ha- blar bien del enemigo y aun obrar mejor, máxi- ma de la divina fe, que apoya tan cristiana ga- lantería.

Mi mayor lucimiento libro en los apretados lances de la venganza; no se los quito, sino que se los mejoro, convirtiéndola cuando más ufana en una impensada generosidad con aclamacio^ nes de crédito.

Por este camino consiguió la inmortal repu- tación Luis XII, que siempre fueron galantes los franceses, digo, los nobles. Temíanle rey los que le injuriaron duque; mas él, transformando la venganza en bizarría, pudo asegurarles con aquel más repetido que asaz apreciado dicho: ((He, que no venga el rey de Francia los agra- vios hechos al duque de Orliens»; pero, iqut mucho quepan estas bizarrías en un rey de hom- bres, cuando campean en el de las fieras? Puede el león enseñar á muchos galantería; que las fie- BALTASAR GRACIAN 77 ras se humanan cuando los hombres se enfiere- cen; y si degeneraron tal vez, fué (á ponderación de Marcial) por haberse maleado entre los hom- bres.

No estimo tanto las victorias que consigo de la envidia, si bien mi amor emula; solicitólas, pero no las blasono; nunca afecto vencimiento, porque nada afecto; y cuando los alcanza el me- recimiento los disimula la ingenuidad.

Pierdo tal vez de mi derecho, para adelantar- me más, y cuando parece que me olvido del de- coro en el ceder, me levanto con la reputación en el exceder. Transformo en gentileza lo que fuera en vulgar desaire; pero no cualquiera; que las quiebras de infamia con ningún artificio se sueldan.

Fué siempre grande sutileza hacer gala de los desaires y convertir en realces de la industria los que fueron disfavores de la naturaleza y de la suerte. El que se adelanta á confesar el defec- to propio, cierra la boca á los demás; no es des- precio de si mismo, sino heroica bizarría; y al contrario de la alabanza, en boca propia se en- noblece.

Soy escudo bizarro en los agravios, socorrien- do con notable destreza en las burlas y en las veras. Con un cortesano desliz, ya de un mote y ya de una sentencia, doy salida muchas veces á muchos graves empeños, y saco airosamente del más confuso laberinto.

7» EL DISCRETO 7» EL DISCRETO Gran consorte del despejo y muy favorecida de él, adelantando siempre las acciones, porque las espaciosas en sí las realzo más, y las sospe- chosas las doro á titulo del despejo, y á excusa de bizarría. Desembarázame tal vez de un reca- to majestuoso á lo humano, de un encogimiento religioso á lo cortés, de un melindre femenil á lo discreto; y lo que se condenara por descuido del decoro se disimula por galantería de condi- ción; pero siempre con templanza, no deslice á demasía, por estar muy á los confines de la li- viandad.

Tengo grandes contrarios, para que sean más lucidas mis victorias; atropello muchos vicios para valer por muchas virtudes; de sola la vile- za triunfo con algo de afectación, que jamás la supe hacer, y aborrezco de oposición toda po- quedad, ya de envidia, ya de miseria. Préciome de muy noble y lo soy, hidalga de condición y de corazón. Tengo por empresa al gavilán, el galante de las aves, aquel que perdona por la mañana al pajarillo que le sirvió de calentador toda la noche, si pudo darle calor la sangre he- lada del miedo; y prosiguiendo con la comenza- da gentileza, vuela á la contraria parte que él voló, por no encontrarle y poner otra vez su ge- nerosidad en contingencia.

Todo grande hombre fué siempre muy galan- te, y todo galante héroe, porque ó supongo ó comunico la bizarría de corazón y de condición.

BALTASAR GRACIAN 79 Toda prenda campea mucho en eJ varón grande^ y más cuanto mayor, porque juntas entonces la grandeza del realce y la del sujeto, doblan la perfección.

Pareceré á algunos realce nuevo, pero no á aquellos que ha mucho me admiran en aquella mayor esfera de mi lucimiento, el excelentísimo conde de Aranda; aquel, digo, que ha hecho tantos y tan relevantes servicios á su Dios en culto, á su rey en donativo y á su patria en celo; aquel á quien debe más esplendor su real casa de Urrea, que á todos juntos sus antepuestos soles; aquel que ha eternizado juntamente su piedad cristiana y su nobilísima grandeza en conven- tos, en palacios y en hazañas, y todo esto con grande galantería, consiguiendo el inmortal re- nombre de bizarro, de galante, de magnánimo y héroe máximo de Aragón, á sombra de cuyo patrocinio llego yo á darte, ¡oh gran rey de lo discreto!, este memorial de mis méritos, con pre- tensiones de que me admitas al plausible cortejo de tus heroicas, inmortales y válidas prendas.

HOMBRE DE PLAUSIBLES NOTICIAS RAZONAMIENTO ACADÉMICO Más triunfos le consiguió á Hércules su dis- creción que su valor. Más plausible le hicieron las brillantes cadenillas de su boca que la formr- 8o EL DISCRETO dable clava de su mano: con ésta remedia moiis- trüos, con aquéllas aprisionaba entendidos, con- denándolos á la dulce suspensión de su elocuen- cia; y al fin, más se le rindieron al tebano dis- creto que valiente.

Luce, pues, en algunos una cierta sabiduría cortesana, una conversable sabrosa erudición, que los hace bien recibidos en todas partes y aun buscados de la eterna curiosidad.

Un modo de ciencia es este que no lo enseñan los libros ni se aprende en las escuelas; cúrsase en los teatros del buen gusto y en el general tan singular de la discreción.

Hállanse unos hombres apreciadores de todo sazonado dicho, y observadores de todo galante hecho; noticiosos de todo lo corriente en cortes y en campañas. Estos son los oráculos de la curiosidad y maestros de esta ciencia del buen gusto.

Vase comunicando de unos á otros en la eru- dita conversación, y la tradición puntual va en- tregando estas sabrosísimas noticias á los veni- deros entendimientos, como tesoros de la curio- sidad y de la discreción.

En todos los siglos hay hombres de alenta- do espíritu, y en el presente los habrá no menos valientes que los pasados, sino que aquéllos se llevan la ventaja de primeros; y lo que á los mo- dernos les ocasiona envidia, á ellos autoridad: la presencia es enigma de la fama. El mayor BALTASAR GRACTAN Sl prodigio por alcanzadio cayó de su esUmación: la alabanza y el desprecio van encontrando en el tiempo y en el lugar, aquélla siempre de lejos y éste siempre de cerca.

La primera y más gustosa parte de esta eru- dición plausible es una noticia universal de todo lo que en el mundo pasa, transcendiendo á las cortes más extrañas, á ios emporios de la fortu- na. Un práctico saber de todo lo corriente, asi de efectos como de causas, que es cognición entendida, observando las acciones mayores de los príncipes, los -acontecimientos raros, los pro- digios de la naturaleza y las monstruosidades de la fortuna.

Goza de los suavísimos frutos del estudio, re- gistrando lo ingenioso en libros, lo curioso en avisos, lo juicioso en discursos y lo picante Qii sátiras. Atiende a los aciertos de una monar- quía con felicidad, á los desaciertos de la otra con desdicha. Ni perdona á los estruendos mar- ciales en armadas por la mar, en ejércitos por tierra, suspensión del mundo, empleo mayor de la fama, ya engañada, ya engañosa.

Su mayor realce es una juiciosa comprensión, de los sujetos, una penetrante cognición de los principales personajes de esta actual tragi come- dia de todo el universo; da su definición á cada principe y su aplauso á cada héroe. Conoce ea cada reino y provincia los varones eminentes por sabios, valerosos, prudentes, galantes, en- 6 82 EL DISCRETO 6 82 EL DISCRETO tendidos, y sobre todo santos, astros todos de primera magnitud y majestuoso lucimiento de las repúblicas. Dale su lugar á cada uno quila- tando las eminencias y apreciando su valor. Po- ne también en su juiciosa nota lo paradoxo de un principe, lo extravagante del otro señor, lo afectado de éste, lo vulgar de aquél, y con esta moral anatomía puede hacer concepto de las co- sas y ajustar el crédito á la verdad. Esta cogni- ción superiormente culta sirve para mejor apre- ciar los dichos y los hechos, procurando siem- pre sacar la enseñanza, si no la admiración, y por lo menos la noticia.

Sobre todo tiene una tan sazonada como cu- riosa copia de todos los buenos dichos y galan- tes hechos, así heroicos como donosos: las sen- tencias de los prudentes, las malicias de los crí- ticos, los chis-es de los áulicos, las sales de Alenquer, los picantes del Toledo, las donosi- dades del Zapata y aun las galanterías del Gran Capitán, dulcísima munición toda para conquis- tar el gusto.

Mas subiendo de punto y tiempo, tiene con letras de aprecio las sentencias de Felipe II, los apotegmas de Carlos y las profundidades del rey Católico. Si bien l(>s más frescos, y corrien- do donaire, son los que tiene más sal y los más apetitosos; los flamantes hechos y modernos di- chos, añadiendo á lo excelente la novedad, re- cambian el aplauso; porque sentencias rancias, BALTASAR GRAClÁN hazañas carcomidas, es tan cansada como pro- pia erudición de pedantes y gramáticos.

Más sirvió á veces esta ciencia usual, más honró este arte de conversar, que todas juntas las liberales. Es arte de ventura, que si la da el cielo, poco de aquéllas basta, digo, para lo pro- vechoso, que no para lo adecuado. No excluye las demás graves ciencias, antes las supone por basa de su realce; asi como la cortesía asienta muy bien sobre el tener, asi esta parte de dis- creción sobre aleruna otra grande eminencia, cae como esmalte. Lo que dice es que ella es la hermosura formal de todas, realce del mismo sa- ber, ostentación del alma, y que tal vez apro- vechó más saber el escribir una carta, acertar á decir una razón, que todos los Bártulos y Baldos.