SigPhi · Baltasar Gracian

El Héroe; El Discreto (Farinelli, 1900)

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Supone, además de lo extremado del gusto, una adecuada comprensión de todas las circuns- tancias que se requieren para el acierte indivi- dual. Su primera atención es á la ocasión, que es la primera regla del acertar. No se paga en las cosas de la eminencia á solas, sino de con- veniencia también; que tal vez lo más excelente fué lo menos á propósito para la sazón, si bien cuando concurren en los medios, lo realzado del BALTASAR GRACIÁN lOQ íser y lo sazonado de la conveniencia, concluyen felicidad. Regúlase con el tiempo, atiende al puesto, hacen distinción de personas, y ajustarse adecuadamente á la ocasión, con que viene á ser perfectísimo el delecto.

Es la pasión enemiga declarada de la cordura, y, por el consiguiente, de la elección; nunca atiende á la conveniencia, sino á su afecto; y es- tima más salir con su antojo, que con el acierto. Todos sus favorecidos son buenos, no más de porque lo desea, no porque en la realidad lo son, y afecta el engañarse voluntariamente; y así, todo mal intencionado sale peor ejecutado.

Los asuntos de la elección son muchos y su- blimes. Elígense en primer lugar los empleos y los estados, delecto de toda una vida, donde se acierta ó se yerra para siempre; que es un echar- se á cuestas una irremediable infelicidad. El mal es que las resoluciones más importantes se to- man en la primera edad, destituida de ciencia y experiencia, cuando aúu no fueran bastantes la mayor prudencia y la más sazonada madurez.

Ni es el menor empeño el escoger los amigos que han de ser de elección, y no de acaso; acción muy de la prudencia, y en lo más de la contin- gencia. Elígense también los familiares, que son alindantes del vivir, las más veces enemigos excusados.

Mas si en los hijos tuviera lugar el delecto, fuera la primera de las dichas. Ello hay tales 1 lO EL DISCRETO caprichos en el mundo, que eligieran los peores; y asi, favor fué de ¡a naturaleza el prevenirlos, pues aun los que le dió el cielo buenos, ellos, ó con su ejemplo ó con su descuido, vienen á ha- cerlos malos; que son muchos los que malogran favores de la naturaleza y de la fortuna.

No hay perfección donde no hay elección. Dos ventajas incluye el poder elegir y elegir bien. Donde no hay delecto, es un tomar á ciegas lo que el acaso ó la necesidad ofrecen. Pero al que le faltare el acierto, búsquelo en el consejo ó en el ejemplo, que se ha de saber ó se ha de oir á los que saben, para acertar.

NO SER MARAVILLA SÁTIRA Achaque es lodo lo muy bueno, que su mucho uso viene á ser abaso. Codicianlo todos por lo excelente, con que se viene á hacer común, y perdiendo aquella primera estimación de raro, consigue el desprecio de vulgar; y es lástima que su misma excelencia le cause su ruina. Trué- case aquel aplauso de todos en un enfado de todos.

Esta es ía ordinaria carcoma de las cosas, muy plausibles en todo género de eminencia, que naciendo de su mismo crédito y cebándose BALTASAR GRAClÁff en SU misma ostentación, viene á derribar y aun á abatir la más empinada grandeza; basta á hacer una demasía de lucir de los mismos proí- digios vulgaridades.

Gran defecto es ser un hombre para nada; pero también lo es ser para todo, ó quererlo ser. Hay sujetos que sus muchas prendas los hacen ser buscados de iodos. No hay negocio, aunque sea repugnante á su instituto y genio, que no se remita, ó á su dirección ó á su manejo; todos se pronostican la felicidad de cuanto ponen éstos mano, y aunque no sean entrometidos de si, su misma excelencia los descubre, y la convenien- cia ajena los busca y los placea; de suerte que en ellos su mucha opinión obra lo que en otros su mucho entretenimiento. Pero esto es ya azar, si no defecto, y una como sobra de valor, pues vienen á rozarse y aun perder por mucho ganar. ¡Oh, gran cordura la de un buen medio! Pero, cquién supo ó pudo contenerse y caminar con esta seguridad?

Pensión es de las pinturas muy excelentes, de las tapicerías más preciosas, que en todas las fiestas hayan de salir, y como todo lo andan, reciben muchos encuentros, con que presto vie- nen á ser inútiles ó comunes, que es peor.

Hay algunos, ni pocos ni cuerdos, sobresali- dos, amigos de que todos los llamen y busquen; dejarán el dormir y aun el comer, por no parar; no hay presente para ellos como un negocio, ni EL DISCRETO mejor día que el más ocupado; y las más veces no aguardan á que los llamen, que ellos se in- gieren en todo, y añadiendo al entretenimiento la audiencia, que es forzar!a necedad, se expo- nen á grandes empeños; pero bien ó mal consi- guen que todos hablan de sus cabellos, que es lo mismo que quitarlos la lengua para la mur- muración y desprecio.

Aunque no hubiese otro desaire que aquel continuo topar con ellos, oír siempre hablar de ellos causa un tan enfadoso hartazgo, que vienen á ser después tan aborrecidos como fueron antes deseados.

No todo sale de sus manos con igual felicidad, y tal vez la que comenzó á ser una hazañosa va- sija, deslizándose la rueda (ya sea la de la suer- te), viene á rematar en un bellísimo vaso de su ignominia y descrédito. Métense á querer dar gusto á todos, que es imposible, y vienen á dis- gustar á todos, que es más fácil.

No escapan los que mucho lucen de envidia- dos ó de odiados, que á más lucimiento, más emulación. Tropiezan todos en el ladrillo que so- bresale á los demás; de modo que no es aquélla eminencia, sino tropiezo; asi en muchos el que- rer campear no viene á ser realce, sino tope. Es delicado el decoro, y aun de vidrio, por lo que- bradizo; y si muy placeado, se expone á más en- cuentros; mejor se conserva en su retiro, aunque ^ea en el hecho de su humildad.

BALTASAR GRACIAN Quieren algunos ser siempre los gallos de la publicidad, y cantan tanto que enfadan; bastaría una voz ó un par, para consejo ó desvelo; que lo demás es cantar mal y porfiar.

El manjar más delicioso, á la segunda vez pierde mucho de aquel primer agrado; á tres ve- ces ya enfada; mejor fuera conservarse en las pri- micias del gusto, solicitando el deseo. Y si esto pasa en lo material, ¿cuánto más en el verdade- ro pasto del alma, delicias del entendimiento y del gusto? Y es éste delicado y mal contentadi- zo, cuanto mayor; más vale una excelente cari- dad, que siempre fue lo dificultoso estimado.

Al paso que un varón excelente, ya en valor, y ya en saber, ó sea en entereza, ó sea en pru- dencia, se retira, se hace codiciable; porque él a detenerse, y todos á desearle con mayor crédito y aun felicidad; toda templanza es saludable, y más de apariencia, que conserva la vida á la re- putación.

Rózanse de estas malillas en todo género de emifiencias. Las hay también de la belleza, cuyo ostentarse, además del riesgo, tiene luego el cas- tigo de la desestimación, y más adelante el des- precio.

¡Qué bien conoció este vulgar riesgo, y qué bien supo prevenirlo la celebrada Popea de Nerón! La que mejor supo lograr la mayor be- lleza, siempre la brujuleaba, que nunca hartó, ni los ojos de ella, avara con todos, envidiándo- EL DISCRETO la á SÍ misma. Franqueaba un día los ojos y la frente, y en otro la boca y las mejillas, sin echar jamás todo el resto de su hermosura, y ganó con esto la mayor estimación.

Gran lección es esta del saberse hacer estimar, de saber vender una eminencia, afectando el en. cubrirla, para conservarla, y aun aumentarla con el deseo, que en los Avisos al varón atento se discurrirá con enseñanza. Célebre confirmación la de las esmeraldas del indiano, y que declara esta sutileza con buen gusto. Traía gran canti- dad de ellas en calidad igual. Expuso la primera al aprecio de un perito lapidario, que la pagó en admiración. Sacó la segunda, aventajada en todo, guardando el orden de agradar: pero bajó- le éste por mitad la estimación, y con esta pro- porción fué prosiguiendo con la tercera y con la cuarta; al paso que ellas iban excediéndose en quilates, iba cediendo el aprecio. Admirado el dueño de semejante desproporción, oyó la causa con enseñanza nuestra; que la misma abundan- cia de preciosidad se hacía daño á sí misma^ y al paso que se perdía la raridad, se disminuía la estimación.

Oh, pues, el varón discreto, si quisiere ganar la inmortal reputación, juegue antes del basto que de la malilla. Sea un extremo en la perfec- ción; pero guarde un medio en el lucimiento.

BALTASAR GRACIAN HOMBRE DE BUEN DEJO CARTA AL DOCTOR DON JUAN ORENCIO DE LASTANO- SA, CANÓNIGO DE LA SANTA IGLESIA DE HUESCA, SINGULAR AMIGO DEL AUTOR.

Si yo creyera á lo vulgar que había fortuna, también creyera (amigo canónigo y señor) que su casa era ia casa con dos puertas, muy diferen- tes la una de!a otra y encontradas en todo; por- que la una está fabricada de piedras blancas, dignas de la más dichosa urna en el mejor día; y la otra su contraria, de piedras negras, que en su deslucimiento agüeran su infelicidad; majes- tuosamente alegre aquélla, y ésta lúgubremente humilde. Allí asisten el contento, el descanso, la honra, la hartura y las riquezas, con todo géne- ro de felicidad. Aquí la tristeza, el trabajo, el hambre, el desprecio y la pobreza, con todo el linaje de la desdicha; por el tanto, la una se se llama del placer y la otra del pesar. Todos los mortales frecuentan esta casa, y entran por una ■ de estas dos puertas; pero es ley inviolable, y que con sumo rigor se observa, que el que entra por la una haya de salir por la otra; de modo que ninguno puede salir por la que entró, sino por la contraria; el que entró por el placer, sale siempre por el pesar, y el que entró por el pesar, sale siempre por el placer.

ii6 EL DISCRETO ii6 EL DISCRETO Desaire común es de afortunados tener muy felices las entradas y muy trágicas las salidas. El mismo aplauso de los principios hace más ruidoso el murmullo de los fines. No está el punto en el vulgar consentimiento de una entra- da, que esas todas las tienen plausibles; pero sí en el sentimiento general de una salida, que son raros los deseados.

¡Oh, cuantos soles habemos visto entrambos nacer con risa de la aurora y también nuestra, y sepultarse después con llanto del ocaso! Saludá- ronlos al amanecer las lisonjeras aves con sus cantos, al fin quiebros, y despidiéronlos al po- nerse nocturnos pájaros con sus aúllos.

Todas las fachadas de los cargos son ostento- sas, mas las espaldas humildes. Corónanse de Víctores las entradas de las dignidades, y de mal- diciones las salidas. ¡Qué aplaudido comienza un mando! Ya por el vulgar gusto del mudar, ya por la concebida esperanza de los favores parti- culares y de los aciertos comunes; pero ¡qué ca- llado fina! Que aun el silencio le sería favorable aclamación.

i Qué adorado, ó de la esperanza ó del temor, entra un valimiento, si él mismo no se desmin- tiera á la mitad de la dicción dividida, que aun- que se varíe en privanza, no puede escapar al principio ó al íin de una pronosticada infelicidad. Todos los íines son desvíos, y todos los cargos paran en cargos, si no de la justicia, de la ven- BALTASAR GRACIAN í^ada murmuración. Transfórmase el contento de comenzar, en muchos descontentos al acabar. Aunque no haya otro azar más que el ponerse, que aun en un sol el caer ocasiona desvíos, obs- curécese el esplendor y resfriase el afecto. Pocas veces acompaña la felicidad á los que salen, ni dura la aclamación hasta los fines; lo que se muestra de cumplida con los que vienen, de des- cortés con los que van.

Hasta las amistades se traban con el gusto v se pierden con la quiebra. Súbese volando al favor, y bájase de él rodando; y comúnmente en todos los empleos, y aun estados, se suele en- trar por la puerta. del contento y de la dicha, y se sale por la del disgusto y de la desdicha.

Gala viste de extremos la fortuna, y hace gala de igualar; los pechos cubre de blanco, y de ne- gro las espaldas, que el no esperarlas es dar en el blanco, ó gran extremo de la prudencia la atención á los extremos al acabar bien, poniendo más la mira en la felicidad de la salida que en el aplauso de la entrada; que no gobierna el des- pierto Palinuro su bajel por la proa, sino por la popa; allí asiste al gobernarle en el viaje de la vida.

Tienen algunos mu\ felices los principios en todo, y aun plausibles; entran en un cargo con aceptación, llegan á un puesto con aplauso, co- mienzan una amistad con favor; todo comenzar es con felicidad. Pero suelen tener estos tales ii8 EL DISCRETO comúnmente muy trágicos los fines, y los dejos muy amargos; quédase para la postre toda la in- felicidad, como en vaso de purga la amargura.

Gran regla de comenzar y de acabar dió el ro- mano cuando dijo que todas las dignidades y ios cargos los había cons'.-guido antes de desear- los, y todos los había dejado antes que otros los deseasen. Más es esto que lo primero, aunque todo mucho; aquello fué favor de la suerte, esto- tro fué asunto de una singular prudencia. Es tal vez castigo de la intemperancia la desdicha^ y gran gloria la del anticiparse. Consuelo es de sabios haber dejado las cosas antes que ellas los dejasen, y consejo el prevenirlas.

Puédese regular también la dicha, acompañán- dola con el buen modo hasta el buen dejo, y conservándola en la gracia de las gentes con tal arte, que la común aclamación del entrar se con- vierta en universal sentimiento del salir.

Nunca se ha de atabar con rompimiento, ya sea amistad, ya sea favor, empleo ó cargo; que toda quiebra ofende la reputación, demás de la pena que causa.

Pocos de los afortunados se escaparon los fina- les reveses de la fortuna, que suele tener malos dejos la gran dicha. Sí aquellos que con tiempo los retiró, ó la misma suerte ó la cordura. A otros, á los héroes, previno el mismo cielo de remedio, realzando misterioso su fm, como en Moysén desaparecido y en Elias arrebatado, BALTASAR GRAClÁN haciendo triunfo del fenecer. Aun allá en la fa- bulosa gentilidad un Rómulo dudosamente aca- bó, transformándose la malicia de los senadores en misterio, qué le ocasionó mayor veneración.

Otros, aunque eminentes y aun héroes, bo- rraron, como el dragón, con la infeHcidad de sus fines, la gloria de sus hazañas. Hiló Hércules, liccho Parca de su propia inmortalidad, y puso, liO colofón, sino colón á sus proezas, que asi se usa. Materia fué de sentimiento á los valerosos y de desengaño á los sabios.

Sola la virtud es el fénix, que cuando parece que acaba, entonces renace, y eterniza en vene- ración lo que comenzó por aplauso.

HOMBRE DE OSTENTACIÓN APÓLOGO Prodigiosos son los ojos de la envidia, mucho tienen del sentir, no querrían ver tanto como \ en; con ser los más perspicaces, nunca se vieron serenos; y si bien de ellos no pudo decir que tu- vieron siempre buena vista, nunca más propia- mente que cuando por los ojos de todas las aves miraron aquel portento alabado de la belleza, el pavón de Juno. Mirábanle sol de pluma amane- cer con rayos, cuantos descoge plumajes en su bizarra rueda.

EL DISCRETO Del mirar se pasa al admirar, donde no hay pasión, que si la hay, luego degenera; y cuando no puede llegar á emulación, se convierte en la poquedad de la envidia. Cegáronse, pues, con tanto ver. Comenzó la corneja á malear, como más vil, después que quedó pelada con afrenta: íbase de unas á otras, solicitándolas á todas; ya las águilas en sus riscos, los cisnes en sus estan- ques, los gavilanes en sus alcandoras, los gallos en sus muladares, sin olvidarse de los buhos y lechuzas en sus lóbregos desvanes.

Comenzaba con una bien solapada alabanza, y acababa en una declarada murmuración. Her- moso es y galán, decía el pavón, no puede ne- garse; pero todo lo pierde cuando lo afecta, que el mayor merecimiento, el c la que se conoce á si mismo, no digo aun darse á conocer, cae de su nobleza y baja á liviandad; la alabanza en boca propia es el más cierto vituperio; siempre los que merecen más hablan de si menos. Her- mosa era fábula, donairosa y entendida, y sobre todo, muchacha, y todo lo dejó de sen cantó el cisne de Bilbilis cuando trató de engreirse. Para mi tengo que si el águila ostentase sus reales plumas, que se llevaría los aplausos por lo ma- jestuoso y por lo grave. He que el mismo fénix, único pasmo del orbe, aborrece esta vulgarísima ostentación, y vive más estimado en aquel su tan cuerdo como acreditado retiro.

De esta suerte no paraba de sembrar envidia.

BALTASAR GRACIAN y más en pequeños corazones, que de todo se llenan fácilmente. Es la envidia pegajosa, siem- pre halla de qué asir, hasta de lo imaginado. Fiera cruelísima, que con el bien ajeno hace tanto mal á su dueño propio. Comenzó á cebarse en las entrañas, ó para mayor tormento ó para desterrar de ellas toda humanidad. Conjuráron- se todas para obscurecerle, ya que no destruirle su belleza. Produjeron astucia, sutilizaron su malicia en no declararse contra su hermosura, sino contra su ufanía. Porque si esto consegui- mos, dijo la picaza, que él no pueda hacer aquel odiosísimo alarde de sus plumas, le eclipsamos de todo punto su belleza.

Lo que no se ve, es como si no fuese; y como dijo aquel avechucho satírico, nada es tu saber, si los demás ignoran que tú sabes; y dense por entendidas todas las demás prendas, aunque ha- bló de la reina de todas. Las cosas comunmenie no pasan por lo que son, sino por lo que pare- cen. Son muchos más los necios que los enten- didos, páganse aquéllos de la apariencia, y aun- que atienden éstos á la substancia, prevalece el engaño y estimanse las cosas por de fuera. ' Fue ion á hacerle el cargo de parte de toda la república ligera, el cuervo, la corneja y la pica- za, con otras de este porte; que las demás todas se excusaron, el águila por lo grave, el fénix por lo retirado, la paloma por lo sencillo, el faisán por lo peligroso y el cisne por lo callado, que EL DISCRETO piensa siempre, para cantar dulcemente una vez.

Volaron en su busca al majestuoso palacio de la riqueza. Encontraron luego con un papagayo, que estaba en un balcón y en una jaula, propia esfera de la locuacidad. Dijoles con facilidad grande cuanto supo, que fué cuanto quisieron, tinviáronle un recado con un gimió, holgóse mucho el pavón de su llegada, que logra las ocasiones de ostentarse. Recibiólos en un espa- cioso patio, teatro augusto de su ostentosa bi- zarría y paseado palenque de su competencia, galante con el. mismo sol plumas á rayos y rue- da á rueda.

Pero salióle mal la ostentativa, cuanto más airosa; que aun lo muy excelente depende de circunstancias y no siempre tiene vez. Achaques de arpía son los de la envidia, que todo lo infi- ciona, y á fuer de basilisco, su mirar es matar; y aunque no suele hechizar la hermosura, aquí las irritó más, y trocando los aplausos en agra- vios, vulgarmente enfurecidas, le dijeron: «iQué bien que viene esto, oh, loco y desvanecido pája- ro! con la embajada que te traemos de parte de todo el alígero senado. En verdad que cuando la oigas, que amaines la plumajería y que reformes la soberbia.

))Sabe que están muy ofendidas todas las aves de esta tu insufrible hinchazón, que asi llaman á esa gran balumba de plumas, y con mucho fundamento; porque es una odiosísima síngala- BALTASAR GRACIÁN ridad querer tú solo, entre todas las aves, des- plegar esa vanísima rueda; cosa que ninguna otra presume, pudiendo tantas también mejor que tú; pues ni la garza tremola sus cirones, ni el avestruz placea sus plumajes, ni el mismo fénix vulgariza sus zafiros y esmeraldas, que no las llamo ya plumas. Mándante, pues, é inape- lablemente ordenan, que de hoy más no te sin- gularices: y esto es mirar por tu mismo decoro, pues si tuvieras más cabeza y menos rueda, re- pararás en que cuando más quieres placear la hermosura de tus plumas, entonces descubres la mayor de tus fealdades, que tales son tus ex- tremos.

))Siempre fué vulgar la ostentación, nace del desvanecimiento. Solicita la aversión, y con los cuerdos está muy desacreditada. El gra\ e retiro, el prudente encogimiento, el discreto recato, viven a lo seguro, contentándose con satisfacer- se á si mismos; no se pagan de engaño las apa- riencias, ni las venden. Bástase á si misma la realidad, no necesita de extrínsecos engañados aplausos; y. en una palabra, tú eres el símbolo de las riquezas, no es cordura, sino peligro el publicarla.))

Quedó suspenso el bellísimo pájaro de Juno, y cuando recordó de la turbación ó de la pro- fundidad, exclamó asi: (íjOh alabanza, que siem- pre vienes de los extraños! iOh, desprecio, que siempre llegas de los propios! íEs posible que EL DISCRETO cuando me llevo los ojos de todos tras mi belle- za, que eso denotan estos materiales de mis plumas, que así ande yo en lenguas de picaza^ y cornejas^ Que condenáis en mí la ostentación, y no la hermosura; el cielo, que me concedió ésta, me aventajó con aquélla; que cualquiera á solas fuera en balde de que sirviera la reali- dad sin la apariencia. La mayor sabiduría, hoy encargan políticos que consiste en hacer parecer. Saber y saberlo mostrar es saber dos veces. De la ostentación diría yo lo que otros de la ventu- ra, que vale más una onza de ella, que arrobas de caudal sin ella. iQué aprovecha ser una cosa relevante en sí, si no lo parece?

))Si el sol no amaneciera haciendo lucidísimo alarde de sus rayos; si la rosa entre las flores se estuviera siempre encarcelada en su capullo, y no desplegara aquella fragante rueda de rosicle- res; si el diamante, ayudado del arte, no cambia- ra sus fondos, visos y reflejos, ide qué sirvieran tanta luz, tanto valor y belleza, si la ostentación no los realzara? Yo soy el sol alado, yo soy la rosa de pluma, yo soy el joyel de la naturaleza; y pues me dió el cielo la perfección, he de tener también la ostentación.

))El mismo Hacedor de todo lo criado, lo pri- mero á que atendió fué al alarde de todas las cosas, pues crió luego la luz, y con ella el luci- miento; y si bien se nota, ella fué la que mere- ció el primer aplauso, y ese divino; que, pues, la BALTASAR GRACIAN 125 luz ostenta todo lo demás, el mismo Criador quiso ostentarla á ella. De esta suerte, tan pres- to era el lucir en las cosas, como el ser; tan váli- da está con el primero y sumo gusto la osten- ción.»

Y diciendo y haciendo, volvió á desplegar aquella su gran rodela de cambiantes, tan de- fensiva de su gala, cuan ofensiva á la envidia. Aquí ésta acabó de perder la cordura, y en con- juración de malevolencia arremetieron todas, el cuervo á los ojos y las demás á las plumas. Vió- se en grande aprieto el pájaro bellísimo, y en sumo riesgo su bizarría; y aun dicen que del <asto le quedó aquella voz. que juntamente le denominaba, y significa pavoroso. No tuvo otra defensa que la ordinaria de la hermosura, de hablar alto; dió voces y muy agrias, invocando el favor del cielo y suelo. Voceaban también los contrarios por ahogarle hasia la voz, á cuyo grande estruendo acudieron por los aires mu- chas aves y por la tierra muchos brutos, aqué- llas volando, éstos corriendo. Convocáronse las sabandijas todas de palacio, un león, un tigre, un oso }■ dos gimios á la famular defensa; y á los graznidos de los cuervos y los grajos, vinie- ron del campo el lobo y la vulpeja, creyendo eran clamores para dar sepultura á algún cadá- ver. Avisaron al águila también, que llegó muy asistida de sus guardas de rapiña. Interpuso el león su autoridad, que bastó á moderarlas, y EL DISCRETO EL DISCRETO mostró gusto de enterarse de la contienda, encar- gando á entrambas partes, á la una la modestia y á la otra el silencio. A pocas razones conoció la sinrazón de la envidia y lo falso de su celo, y propuso por conveniencia se remitiese la causa á juicio de un tercero, y ese fuese la vulpeja por sabia, y también por desapasionada. Convocá- ronse las partes y sujetáronse al astuto arbitrio.

Aquí la vulpeja se valió de todo su artificio para cumplir con todos juntamente, lisonjear al león y no descontentar al águila, hacer justicia y no perder amistades; y asi, muy á lo sagaz dijo de esta suerte..

((Política contienda es que importe más la realidad ó la apariencia. Cosas hay muy gran- des en si, y que no lo parecen; y al contrario, otras que son poco y parecen mucho; ¡ordinaria monstruosidad! Tanto puede la ostentación ó la falta de ella; mucho suple, mucho llena; y si en las cosas materiales califica, como es en el ador- no, en el menaje y séquito, cqué será en las verdaderas prendas del ánimo, que son gala del entendimiento y belleza de la voluntada Espe- cialmente cuando le llega su vez á una prenda y la sazón lo pide, allí cae bien el ostentar. Ló- grese la ocasión, que aquél es el día de su triunfo.

))Hay sujetos bizarros en quienes lo poco luce mucho, y lo mucho hasta admirar hombres de os- tentativa, que cuando se junta con la eminencia.

BALTASAR GRACIÁN forman un prodigio; al contrario hombres vimos eminentes, que por faltarles este realce, no pare- cieron la mitad. Poco ha que aterraba todo el mundo un gran personaje en las campañas, y metido en una consulta de guerra, temblaba de todos, y el que era para hacer no lo era para decir. Hállanse también naciones ostenrosas por naturaleza, y la española con superioridad; de suerte que la ostentación da el verdadero luci- miento á las heroicas prendas y como un segun- do ser á todo.

))Mas esto se entiende cuando la realidad la afianza, que sin méritos no es más que un en- gaño vulgar; no sirve sino de placear defectos, consiguiendo un aborrecible desprecio, en vez del aplauso. Danse gran prisa algunos por salir y mostrarse en el universal teatro, y lo que ha- cen es placear su ignorancia, que la desmentía el retiro; no es ésta ostentación de prendas, sino un necio pregón de sus defetos; pretenden, en vez del timbre de su esplendor, una nota q je infame sus desaciertos.

))Ningún realce pide ser menos afectado que la ostentación, y perece siempre de este acha- que, porque está muy al canto de la variedad, y ésta del desprecio. Ha de ser muy templada y muy de la ocasión; que es aún más necesaria la templanza del ánimo que la del cuerpo; va en ésta la vida material, y la moral en aquélla; que aun á los yerros los dora la templanza.

EL DTSCRETO ))A veces consiste más la ostentación en una elocuencia muda, en un mostrar las eminencias al descuido; y tal vez un prudente disimulo es plausible alarde del valor, que aquel esconder los méritos es un verdadero pregonarlos, por- que aquella misma privación pica más en lo vivo á la curiosidad.

)) Válese, pues, de este arte con felicidad y se realza más con el artificio; gran treta suya no descubrirse toda de una vez, sino ir por brújula, pintando su perfección y siempre adelantándola, que un realce sea llamado de otro mayor, y el aplauso de una. prenda nueva espectación de la otra, y lo mismo en las hazañas, manteniendo siempre el aplauso y cebando la admiración.

»Mas viniendo ya á nuestro punto, digo, y lo siento asi, que seria una imposible violencia concederle al pavón la hermosura y negarle el alarde. Ni la naturaleza sabia vendrá en ello, que sería condenar su providencia, y contra su fuerza no hay preceptos donde no tercie la polí- tica razón, y aun entonces, lo que la horca des- tierra con su miedo, la naturaleza lo revoca de potencia.

))Más práctico será el remedio, tan fácil como eficaz, y sea éste: que se le mande seriamente al pavón, y criminalmente se le ordene, que todas las veces que desplegue al viento la varie- dad de su bizarría, haya de recoger la vista á la fealdad de sus pies, de modo que el levantar plumajes y el bajar los ojos todo sea uno; que yo aseguro que esto sólo baste á rerormar su os- tentación.» Aplaudieron todas el arbitrio, obe- deció él y deshizose la junta, despachando una de las aves á suplicar al donosamente sabio Eso- po se dignase de añadir á los antiguos este mo- derno y ejemplar suceso.

NO RENDIRSE AL FK'MOR INVECTIVA Rey es de los montes el celebrado Olimpo, no porque se descuella sobre los más erguidos, obligación de la superioridad; no porque se os- tenta á todas partes, objeto de imitación la gran- deza; no porque es el primero que esplendoriza los solares rayos, centro de lucimiento la majes- tad; no porque se corona de estrellas, ápice de la felicidad la primacía; no porque llega á dar o á tomar nombre al mismo cielo, asunto de la íama el mando. Sí, empero, porque nunca se sujeta á vulgares peregrinas impresiones; que es ei mayor señorío el de si mismo. Cuando mu- cho, llegan á besarle el pie los vientos, á ser su alfombra las nubes, y no pasan de ahí; con esto nunca se inmuta, que es una inapasionable eminencia.

Una gran capacidad no se rinde á la vulgar EL DISCRETO