SigPhi · Baltasar Gracian

El Héroe; El Discreto (Farinelli, 1900)

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alternación de los humores, ni aun de los afee- tos; siempre se mantiene superior á tan material destemplanza. Es efecto grande de la prudencia de reflexión sobre si, un reconocer su actual dis- posición, que es un proceder como señor de su ánimo; indignamente tiraniza á muchos el hu- mor que reina, ordinaria vulgaridad, y llevados de él dicen y hacen desaciertos. Apoyan hoy lo que ayer contradecían, arriman á veces la razón y aun la atrepellan, quedando perenales en jui- cio, que es la más calificada necedad.

A estos tales no hay que tomarles en razón la que no tienen, porque de hoy á mañana con- tradictoriamente se empeñan; y siendo contra- rios primero de sí mismos, contradicen después á cuantos hay; mejor es, conociendo su desabri- miento, dejarlos en su confusión, que cuanto más empeñan, más se desempeñan.

Todo lo contradicen con Saturno, y todo lo otorgan con Júpiter, sin salir de su casa de la luna. No sólo gasta la voluntad esta civilidad, sino que se atreve al juicio; todo lo altera el que- rer y el entender, así como toda pasión, si no se previene.

Importará mucho conocer esta destemplanza de humor para vencerla, y aun entonces conven- drá declinar al otro extremo, si ha de dejar algu- na vez la acertada medianía para ajustar el fiel de la prudencia.

Gran superioridad de caudal arguye prevenir BALTASAR GRAClÁN SU humor y corregirlo, que es indisposición de ánimo, y hase de portar el sabio en ella, como en las del cuerpo, que no condenan por amargo el almíbar, por más que el gusto enfermo lo acu- se corrígelo el juicio; así pues, se ha de proceder en las alteraciones superiores.

Hay algunos tan extremados impertinentes que siempre están de aigún humor, siempre co- jean de pasión, intolerables á los que los tratan, padrastros de la conversación y enemigos de la afabilidad, que malogran todo rato de buen gus- to. Son de ordinario grandes contradecidores de todo lo bueno y padrinos de toda la necedad; á cada razón tienen su contra, oponiéndose luego a lo que el otro dice, no más de porque se ade- lantó; si ^no les hubiera ganado de mano, triunfaran ellos con lo mismo, y si el otro dis- creto cede, y aun se hace de su banda, por no atajar el decoro, al punto ellos se pasan á la con- traria, con que se halla atajada la mayor discre- ción; sin duda que son más irremediables que los verdaderos locos, porque con estos vale e hacerse de su tema, pero que con aquéllos es peor; ni valen razones, porque como no la tienen no la admiten.

Quien no tiene usado el genio de esta gente, que hay naciones enteras tocadas de este acha- que, admírase á los principios de tan exótica monstruosidad; pero en sondando el extravagan- te porte, hace graciosísimo deporte, que el cuer- EL DISCRETO do de todo sale airoso por el atajo de la galan- tería.

Mas cuando dos de una misma mal humorada impertinencia topan y se empeñan, estése á la mira el varón cuerdo, no tercie, que yo le afian- zo el mejor rato con tal que asegure su partido y mire desde la talanquera de su cordura los toros de la necedad ajena.

Que alguna rara vez y con sobra de ocasión se destemple y aun se desazone uno, no será vulgaridad, que el nunca enojarse es querer ser bestia siempre. Pero la perenal destemplanza y con todo género de personas es una intolerable grosería. El sinsabor que ocasionó el esclavo no ha de ser desabrimiento de la ingenuidad; mas quien no tiene capacidad para conocerse, menos tendrá valor para enmendarse.

De aquí nace que estos tales, muy pagados de su paradoxia, solicitan la ocasión y andan á caza de empeños, van á la conversación como á contienda, levantan las porfías, y hechos arpías insufribles del buen gusto, todo lo arañan con sus acciones y todo lo desazonan con sus pala- bras. riPues qué, si Ies coge este picante humor algo leídos, aunque sepan las cosas á lo necio, que es mal sabidas? Se pasan luego de bachille- res de presunción á licenciados de malicia, monstruos de la impertinencia.

BALTASAR GRAClÁN TExNER BUENOS REPENTES PROBLEMA Erase el rayo el arma más cierta del fabuloso Júpiter, en cuya instantánea potencia libraba sus mayores vencimientos. Con rayos triunfó de los rebelados gigantes; que la presteza es madre de la dicha. Ministrábalos el águila porque realces de prontitud salieron siempre de remontes de ingenio.

Hombres hay de excelentes pensados y otros de extremados repentes; éstos admiran, aquéllos satisfacen.

((Harto presto si harto bien», dijo el sabio; nunca examinamos en las obras la presteza ó la tardanza, sino la perfección; por aquí se rige la estimación, son aquéllos accidentes que se igno- ran ó se olvidan, y el acierto permanece. Antes bien, lo que luego se hizo luego se deshará, y se acaba presto, porque presto se acabó. Cuanto más tiernos sus hijos, se los traga Saturno con más facilidad, y lo que ha de durar una eterni-^ dad ha de tardar otra en hacerse.

Pero si á todo acierto se le debe estimación, á los repentinos aplauso; doblan la eminencia por lo pronto y por lo feliz piensan mucho algunos para errarlo todo después, y otros lo aciertan todo, sin pensarlo antes. Suple la vivacidad del EL Discreto ingenio la profundidad del juicio, y previene el ofrecimiento á la consultación. No hay acasos para éstos, que la lealtad de su prontitud subs- tituye á la providencia.

Son los prestos lisonjas del buen gusto y los repentes hechizo de la admiración, y por esto tan plausibles; salen más las medianas impensadas que los superlativos prevenidos. No decía mu- cho, aunque bien, el que deía: ((El tiempo y yo, á otros dos; el sin tiempo y yo, á cualquiera.)) Esto si que es decir, y más hacer. Quien dice tiempo todo lo dice: el consejo, la providencia, la sazón, la madurez, la espera, fianzas todas del acierto; pero el repente sólo se encomienda á su prontitud y á su ventura.

Después que la providencia previene, la pru- dencia dispone y la sazón asiste, suele abortar la ejecución; pues que una prontitud á solas saque á luz sus aciertos, apláudasele su dicha y su va- lor; campee el acertar de una presteza á vista del errar de un reconsejo.

Atribuyen algunos estos aciertos á sola la ven- tura, y debieran también á una perspicacia pro- digiosa; á quien no reconoce deuda este realce de héroes es al arte; todo lo agradece á la natu- raleza y á la dicha. No cabe artificio donde ape- nas la advertencia socorre la facilidad del conce- bir, donde no hay lugar para discurrir, y la faci- lidad del ofrecerse donde no hubo tiempo para pensarse, ayúdase del señorío contra el ahogo y BALTASAR GRACIÁN del despejo contra la turbación y con esto, muy señora la prontitud de la dificultad y de sí mis- ma, no llega, ve y vence, sino que vence, y des- pués ve y llega.

Hace examen de su vivacidad en los más apre- tados lances y obra deposición su inteligencia. Suele un aprieto aumentar el valor, asi una difi- cultad la perspicacia. Cuanto más apretados hay algunos que discurren más, y con el acicate de la mayor urgencia vuelan; á mayor riesgo ma- yor desempeño, que hay también superior anti- p.iristasi, que aumenta la intensión a la inteli- gencia, y sutilizando el ingenio engorda subs- tancialmente la prudencia.

Bien es verdad que se halian monstruos de ca- beza, que de repente todo lo aciertan y todo lo yerran de pensado, iiay algunos que lo que no se les ofrece luego no se les ofrece más; no hay que esperar al consejo ni apelar á después. Pero ofrecérseles mucho, que recompensó la natura- leza próvida con la eminente prontitud la falta del pensar, y en fe de su acudir, no temen con- tingencias.

Son muy útiles sobre admirados estos re- pentes. Bastó uno á acreditar á Salomón del ma- yor sabio y le hizo más temido que toda su feli- cidad y potencia. Por otros dos merecieron ser primogénitos de la fama Alejandro y César. Cé. lebre fué el de aquél al cortar el nudo Gordiano, y plausible el de éste al caer; á entrambos les va- EL DISCRETO lieron dos panes del mundo dos repentes y fue- ron el examen de si eran capaces del mando del mundo.

Y si la prontitud en dichos fué siempre plau- sible, la misma en hechos merece aclamación; la presteza feliz en el efecto arguye eminente acti- vidad en la causa; en los conceptos, sutileza; en los aciertos, cordura; tanto más estimable cuan- to va de lo agudo á lo prudente, del ingenio al juicio.

Prenda es ésta de héroes que los supone y los acredita, arguye grandes fondos y no menores altos de capacidad. Muchas veces la reconocimos con admiración y la ponderamos con aplauso en aquel tan grande héroe, como patrón nuestro, el excelentísimo duque de Nochera, D. Francisco iMaría Carrafa, á cuya prodigiosa contextura de prendas y de hazañas, bien pudo cortarla el hilo la suerte, pero no mancharla con el fatal licor de aquellos tiempos. Era máximo el señorío que ostentaba en los casos más desesperados la im- perturbabilidad con que discurría, el despejo con que ejecutaba, el desahogo con que procedía, la prontitud con que acertaba; donde otros enco- gían los hombros él desplegaba las manos. No había impensados para su atención, ni confusio- nes en su vivacidad, emulándose lo ingenioso y lo cuerdo, y aunque le faltó al fin la dicha no la fama.

En generales y campeones ésta es la ventaja BALTASAR GRAClÁN mayor, tan urgente cuan sublime, porque casi todas sus acciones son repentes y sus ejecucio- nes prestezas; no se pueden llevar alli estudia- das á las contingencias ni prevenidos los acasos; hase de obrar á la ocasión, en que consiste el triunfo de una acertada prontitud, y sus victo- rias en ella.

En los reyes dicen mejor los pensados, porque todas sus acciones son eternas; piensan por mu- chos, vélense de prudencias auxiliares y todo es menester para el universal acierto. Tienen tiem- po y lecho donde se maduren las resoluciones, pensando las noches enteras para acertar los dias, y al fin ejercitan más la cabeza que las manos.

CONTRA LA FIGURERÍA SATIRICÓN Reparo fué en los advertidos, si risa en los necios, el discurrir. Diógenes con la antorcha en- cendida al mediodía, rompiendo por el innume- rable concurso de una calle, pasó á admiración cuando, preguntándole la causa, respondió. «Voy buscando hombres con deseo de encontrar alguno, y no le hallo.» ((^Pues y éstos — le repli- caron ellos —, no son hombres?» «No — respon- dió el filósofo —; figuras de hombres, sí; verda- deros hombres, no.))

EL DISCRETO Así como hay prendas plausibles, asi también hay defectos muy salidos, y si aquéllas consi- guen la gracia de los exquisitos, éstos el despre- cio universal. Es éste de los más notables, y famoso con propiedad, ya por sí, ya por los suje- tos en quien se halla*, él es tan vario, que es aná- logo, y ellos tantos, que no se pueden especi- ficar.

Son muchos los terreros de la risa y aquéllos, afectadamente, lo quieren ser, que por diferen- ciarse de los demás hombres siguen una extra- vagante singularidad y lo observan en todo. Se- ñor hay que pagaría el poder hablar por el colo- drillo por no hablar con la boca como los de- más; y ya que no es posible eso, transforman la voz, afectan el tonillo, invenían idiomas y usan graciosísimos bordones para ser de todas mane- ras peregrinos. Sobre todo martirizan su gusto, sacándolo de sus quicios; él es común con los de- más hombres, y aun con los brutos, y quiérenlo ellos desmentir con violencias de singularidad, que son más castigo de su afectación que eleva- ciones de su grandeza. Beberán á veces lejía y la celebrarán por néctar; dejan al generoso rey de los licores por antojadizas aguas que repiten á jarabes, y ellos las bautizan por ambrosía, y tie- nen de frialdad lo que les falta de generosidad. De esta suerte inventan cosas cada día para lle- var adelante su singularidad, y realmente lo con- siguen, porque el común de los hombres no halla BALTASAR GRAClÁN en estas cosas el verdadero gusto y la real bon- dad que ellos exageran; no las apetece, y qué- danse ellos con su extravagancia; llámanla otros impertinencia.

De este modo, ó tan sin él, se portan en todo lo demás. Si bien la necesidad y aun el gusto tal vez desmiente su capricho, por más que procu- ren engañarlo. Sábeles bien uno y alaban otro, como le sucedió á un gran valedor de esta secta de excepciones que, bebiendo un caduco vino, no pudiendo contenerse, exclamó y dijo: «¡Oh, pre- ciosísimo néctar, que vences á los bálsamos y al- quermes! Lástima es que seas tan vulgar; ídolo fueras de príncipes, si ellos solos te bebieran.»

Lo celebre es que en los vulgares vicios no se corren de asemejar, no digo ya á los más viles de los hombres, pero á los mismos brutos, y á las cosas humanas quieren dictar divinidades.

En las acciones heroicas dicen bien la singula- ridad, ni hay cosa que concilien más que vene- ración en las hazañas. En la alteza del espíritu y en los altos pensamientos consiste la grande- za. No hay hidalguía como la del corazón, que nunca se abate á la sutileza. Es la virtud carác- ter de heroicidad, en que dice muy bien la dife- rencia. Han de vivir con tai lucimiento de pren- das los príncipes, con tal esplendor de virtudes, que si las estrellas del cielo, dejando sus celestes esferas, bajaran á morar entre nosotros, no vi- vieran de otra suerte que ellos.

I40 EL DISCRETO cQué aprovecha la fragancia de los ámbares, si la desmiente la hediondez de las costumbres?-' Bien pueden embalsamar el cuerpo, pero no m- mortalizar el alma. No hay olor como el del buen nombre, ni fragancia como la de la fama, que se percibe de muy lejos, que conforta los atentos y va dejando rastro de aplauso por el teatro del mundo, que durará siglos enteros.

Pero asi como á los unos los hace aborreci- bles, y aun intratables, esta enfadosa afectación, que todos los cuerdos la silban, asi á otros los hace singulares el no querer serlo y menos pa- decerlo. Este vivir á lo práctico, un acomodarse á lo corriente, un casar lo grave con lo humano, hizo tan plausible al excelentísimo conde de Aguilar y marqués de la Minojosa, segundo Me- cenas nuestro; hacíase á todos, y así era á modo de todos; que hasia los enemigos le aplaudieron vivo y le lloraron muerto. Oí decir de él á mu- chos y muy cuerdos: uEste sí que sabe ser señor sin ilgurerias»; elogio digno de un tan gran héroe.

Otro género hay de éstos, que no son hom- bres, y son aún más figuras; pues si los prime- ros son enfadosos, éstos son ya ridiculos; aque- llos, digo, que ponen el diferenciarse en el traje y singularizarse en el porte: aborrecen todo io práctico, y muestran una como antipatía con el uso; afectan ir á lo antiguo, renovando vejcda- des. Otros hay que en España visten á lo francés BALTASAR GRACIA N y en Francia á lo español, y no falla quien en la campaña sale con golilla y en la corte con valo- na, haciendo de esta suerte celebrados matachi- nes, como si necesitase de sainetes la fisga.

Nunca se ha de dar materia de risa ni á un niño, cuanto menos á los varones cuerdos y jui- ciosos; y hay muchos que parece que ponen todo su cuidado en dar qué reir, y que estudian cómo dar entretenimiento á sus hablillas. El día que no salen con alguna ridicula singularidad, lo tienen por vacio; pero cde qué pasaría la fisga de los unos, sin la figurería de los otros) Son unos vicios materia de otros; de esta suerte la necedad es pasto de la murmuración.

Pero si la singularidad frivola en la corteza del traje es una irrisión, {qué será la del inte- rior, digo, del ánimo? Hay algunos que parece que les calzó la naturaleza el gusto y el ingenio al revés, y lo afectan por no seguir el corriente. Exóticos en el discurrir, paradoxos en el gustar y anómalos en todo; que la mayor figurería es sin duda la del entendimiento.

Ponen otros su capricho en una vanísima hin- chazón, nacida de una loca fantasía y forrada de necedad; con esto afectan una enfadosa grave- dad en todo y con todos, que parece que hon- ran con mirar y que hablan de merced. Hay na- ciones enteras tocadas de este humor: que si para uno de éstos no tiene espera la risa, -:qué será en tan ridicula pluralidad?

EL DISCRETO Sea el decir con juicio, el obrar con decoro, las costumbres graves, las acciones heroicas; que esto hace á un varón venerable, que no fantásti cas presunciones. Ni da de censura este critico discurso la verdadera gravedad, que atiende siempre á su decoro; aquel nunca rozarse en conservar la flor del respeto, y como en la funda de su fondo de la estimación. Condena, si, el exceso de una vana singularidad, que toda vie- ne á parar en inútiles afectaciones.

Pero (qué remedio habría tan eficaz, que cu- rase á todos éstos de figuras, y los volviese al ser de hombres)^ Pues de verdad que lo hay, y es infalible. Dejo la cordura, que es el remedio común de todos males, y voy al singular de la singularidad. El remedio de todos éstos es po- ner la mira en otro semejante afectado, para- doxo, extravagante, figurero; mirarse y remirar- se en este espejo de yerros, advirtiendo la risa que causa y el enfado que solicita, ponderando lo feo, lo ridículo, lo afectado de él, ó por mejor decir, propio en él; que esto sólo bastará para hacer aborrecer eficazmente todo género de figu- rería, y aun temblar del más leve asomo, del más mínimo arnago de ella.

BALTASAR GRACIAN EL HOMBRE EN SU PUNTO Diálogo entre el doctor don Manuel Salinas y Li' zana, canónigo de la santa iglesia de Huesca, y el autor,- AUTOR Notable singularidad la de los persas, no que- rer ver sus hijos hasta que tenían siete años. El mismo paternal amor, que es el mayor, sin duda no era bastante á desmentir, ó por lo menos disi- mular, las imperfecciones de la común niñez. No los tenían por hijos hasta que los veían dis- currir.

CANÓNIGO CANÓNIGO Pero si un padre no puede sufrir L un igno- rante hijuelo, y espera siete años la hermosísi- ma razón para admitirle á su comunicación ya capaz, (qué mucho que un varón entendido no pueda tolerar un necio extraño, y que lo extrañe á su culta familiaridad?

AUTOR No conduce la natraleza, aunque tan próvida, sus obras á la perfección el primer día, ni tam- poco la industriosa arte; vanlas cada día adelan- tando, hasta darles su complemento.

EL DISCRETO CANÓNIGO Así es que, lodos los principios de las cosas son pequeños, aun de las muy grandes, y vase poco á poco llegando al mucho mucho del per- fec-o ser. Las cosas que presto llegan á su per- fección, valen poco y duran menos; una flor, presto es hecha y presto desecha; mas un dia- mante, que tardó en foimarse, apela para eterno.

AUTOR Sin duda que esto mismo sucede en los hom- bres, que no de repente se hallan hechos. Van- se cida día perfeccionando, al paso que en lo natural en lo moral, hasta llegar al deseado complemento de la sindéresis, á la sazón del gusto y á la perfección de una consumada uti- lidad/ CANÓNIGO CANÓNIGO Es tan cierto eso, que á cada paso vemos, y lo censuramos en algunos, que realmente saben y discurren; pero se conoce que aun no están del todo hechos, que aún les falta un algo, y á veces lo mejor; y hay más y menos en esto, que va también por grados la discreta intensión. Unos están muy á los principios de lo entendi- do, pero se harán. Otros hay más.adelantados en todo, y algunos que han ya llegado al com- BALTASAR GRACÍAN piemento de prendas; que es menester mucho para llegar á ser un varón totalmente consu- mado.

AUTOR Al modo, diría yo, que el generoso licor que es bueno, y más si es bueno el vino; tiene cuan- do comienza una ingratísima dulzura, una in- suave rigidez, como no esiá aún hecho; pero en comenzando á hervir, comienza á desecarse, pierde con el tiempo aquella crudeza primitiva, corrige aquella enfadosa dulzura y cobra una suavísima generosidad, que ha^ta con el color lisonjea y con su fragancia solicita, y ya en su punto es pasto de hombres y aun celebrado néc- tar. Conque entiendo por qué de Júpiter fingie- ron que introdujo el abortivo hijuelo Baco, no en la boca desapacible al gusto por lo imperfec- to, sino en la rodilla, reservando para la discre- ta Palas el cerebro.

CANÓNIGO CANÓNIGO A ese modo, en el vaso frágil del cuerpo se va perfeccionando de cada día el ánimo. No luego está en su punto. Tienen todos los hombres á los principios una enfado-a dulzura de la niñez, ana suave rudeza de la mocedad; aquel resabio a los deleites, aquella inclinación á cosas poco graves, empleos juveniles, ocupaciones frivolas, y aunque tal vez en algunos, y bien raros, se 10 EL DISCRETO anticipe la maduren, conócese que es antes de tiempo en lo desazonado: quiere de-mentir en otros la seriedad, ó natural ó afectada, estas im- perfecciones de la edad, mas luego se descuide- y desliza en juveniles desaires, dando á enten- der que aún n. estaba en el punto de la ente- reza.

AUTOR Gran médico es el tiempo por lo viejo y por k; experimentado.

CANÓNIGO El sólo puede curar á uno de moz'^^, que ver- daderamente es achaque. En la mayor edad son ya mayores y más levantados los pensamientos, reálzase el gusto, purificase el inerenio, sazóna- se el juicio, deséase la voluntad; y al fin hombre hecho, varón en su punto, es agradable y aun apetecible al comercio de los en endidos. Con- forta con sus consejos, calienta con su eficacia, deleita cr >n su discurso, y todo él huele á una muy viril generosidad.

AUTOR AUTOR Pero antes de sazonarse, qué aspereza nos brindan en todo, qué insuavidad en el entendi- miento, qué acedia en el trato, qué desazón en e! porte!

BALTASAR GRACIAM CANÓNIGO ¡Pero qué tormento es para un hombre y£ maduro y cuerdo, haberse de a justar, ó por ne- cesidad ó por conveniencia, á uno de estos desa- zonados y no hechos! Bien puede competir y ai)n exceder á aquel de Falaris, cuando ataba un vivo con un muerto mano á mano y boca á boca, por ser éste de las almas, donde se apura el entendimiento.

AUTOR Revuelve después ya cuerdo sobre sus pasa- das imperfecciones, reconoce ya con seso los bo- rrones de su ignorancia ó imprudencia, acusa su mal gusto y ríese de sí mismo liviano, ahora grave, condenando con juiciosa refleja los apa- sionados desaciertos, en los elementos de su imperfección.

CANÓNIGO El mal es que algunos nunca llegan á estar del todo hechos, ni llegarán jamás á ser cabales.

AUTOR Es que les falta alguna pieza, ya en el gusto, que es harto mal, ya en el juicio, que es peor.

l^S EL DISCRETO CANÓNIGO Y muchas veces advertimos que les falta algo, y lio acertamos á definir lo que es.

AUTOR También tengo observado que anda muy des- leal el tiempo en hacer los sujetos.

CANÓNIGO Es que para unos vuela y para otros cojea; ya se vale de sus alas, ya saca sus muletas. Hay al- gunos que muy pres'iO consiguen la perfección en cualquier materia, hay otros que tardan en ¡nacerse, y á veces con daño universal, por serlo •a obligación. Que no sólo en la perfección co< mún de la prudencia se van haciendo los hom- bres, sino en las singulares de cada estado y empleo.

AUTOR {De modo que se hace un rey> CANÓNIGO Sí, que no se nace hecho; gran asunto de la prudencia y de la expíriencia, que son menester mil perfecciones para que llegue á tan grande complemento. Hácese un general á costa de su sangre y de la ajena, un orador después de mu- BALIASAR GRACIÁN cho estudio y ejercicio; hasta un médico, que para levantar á uno de una cama echó ciento er_ la sepultura. Todos se van haciendo, hasta lle- gar al punto de su perfección, AUTOR Y pregunto: ese punto á que llegaron, ^serr fijo?

CANÓNIGO Esa es la infelicidad de nuestra inconstancia. No hay dicha, porque no hay estrella fija de k luna acá; no hay estado, sino continua mutabi- lidad en todo. O se crece ó se declina, desvarian- do siempre con tanto variar.

AUTOR De modo que sigue lo moral á lo natural, des- caece con la edad la memoria y aun el entendi- miento.

CANÓNIGO Y aun por eso conviene lograrlo en su sazón y saber gozar de las cosas en su punto, y mucho más de los varones entendidos.

AUTOR Mucho es menester para llegar al colmo dt perfecciones y de prendas.

¿L DISCRETO CANÓNIGO xMacea primero Vulcano, y después contribuye el numen; sobre los favores de la naturaleza asienta bien la cultura, digo la estudiosidad, y el continuo trato con los sabios, ya muertos, en sus libros, ya vivos, en su conversación; la ex- periencia fiel, la observación juiciosa, el manejo de materias sublimes, la variedad de empleos; todas estas cosas vienen á sacar un hombre con- sumado, varón hecho y perfecto; y conócese en lo acertado de su juicio, en lo sazonado de su gusto; habla con atención, obra con detención; sabio en dichos, cuerdo en hechos, centro de toda perfección.

AUTOR Ahora digo que no hay bastante aprecio pa-.a un hombre en su punto.

CANÓNIGO Hay logro, ya que no aprecio, buscándo- le para amigo, griinjeándole para consejero, obligándole para patrón y suplicándole para maestro.

BALTASAR GRACíÁN DE LA CULTURA Y ALIÑO FICCIÓN HEROICA Fué tü pad e el artificio. Quiron de ia natu- raleza, naciste de su cuidado, para ser perfección de todo; sin li, las mayores acciones se malogran y los mejo es trabajos se deslucen. Ingenios vi- mos prodigiosos, ya por lo inventado, ya por lo discurridj; pero tan desaliñados, que antes me- recieron desprecio que aplauso.

El sermón más grave y docto, fué desazonado sin tu gracia; la alegación m ^s autorizada, fué infeliz sin tu aseo; el libro más erudito, faé as- queado sin tu ornato; y al fin, la inventiva más rara,!a elección más aceriaJa, la erudición más profunda, la más dulce elocuencia, sin el realce de tu cultura, fueron acusadas de una indigna vulgar barbaridad y condenadas al olvido.

Al conuario, otras vemos que, si con rigor se examinan, no se les conoce eminencia, ni por lo ingenioso ni por lo profundo; y con todo eso son plausibles, en íe de lo aliaado. Lo mismo acon- tece á todas las demás prendas, por ser trans- cendental su perfección; venció la fealdad á la belleza muchas veces socorrida del al ño, y ma- logróse otras tantas por descuidada la hermosu- ra; fiase de sí la perfección, y siempre los con- EL DISCRETO fiados fueron los vencidos. Cuanto mayor la gala, si desaliñada, es más deslucida; porque la misma bizarría está pregonando el perdido aseo: contigo, al fin, lo poco parece mucho, y sin ti lo mucho pareció nada.

Tuviste por madre á la buena disposición, aquella que da su lugar á cada cosa, aquella que todo lo concierta. Consiste mucho el aseo en estar cada parle en su puesto. Que fuera de su centro, todo lo natural padece violencia y todo lo artificial desconcierto. Una misma casa para una estrella es de exaltación, y para otra de detrimento; que según es el lugar, es el bri- llar. La turbación causa confusión, y ésta enfa- do. Lo que no está compuesto, no es más que una rudísima indigesta balumba, asqueada de todo buen gusto; las cosas bien compuestas, á más de lo que alegran con el desembarazo, de- leitan con su concierto.

Frustrada quedaría lastimosamente la buena elección de las cosas, si después las malograse un bárbaro desaseo; y es lástima que lo que merecieron por excelentes y selectas, lo pierdan por una barbarie inculta. Cansóse en balde la invención subüme de los conceptos, la sutileza en los discursos, la estudiosidad en la varia y selecta erudición, si después lo desazona todo un tosco desaliño.

Hasta una santidad ha de ser aliñada, que edi- fica al doble cuando se hermana con una reli- BALTASAR GRACIAN giosa urbanidad. Supo juntar superiormente en- trambas cosas aquel gran patriar:a arzobispo de Valencia, don Juan de Rivera; ¡qué aliñadamen- te que fué santo!, y aun eternizó su piedad y su cultura en un suntuosamente sacro colegio, vin- culando en sus doctos y ejemplares sacerdotes y ministros la puntualidad en ritos, la riqueza en ornamentos, la armonía en voces, la devoción en culto y el aliño en todo.

No gana la santidad por grosera, ni pierde tampoco por entendida; pues vemos hoy corte- sana la santidad y santa la cortesía en otro pa- triarca, aunque no otro de aquel sino muy inti- mador, el ilustrísimo señor don Alonso Pérez de Guzmán, que no se oponen la virtud y la discre- ción; y con el mismo aplauso se celebran en aquel gran espejo de prelados, tan cultamente santo y erudito, el ilastrisimo señor don Juan de Palafox, obispo de la Puebla de los Ángeles, y pudiera en singular por su ilustrisima, pues se llamó primero en profecía. De esta suerte se ve y se admira hoy tan culta la santidad y tan aliñada la perfección.

No solamente ha de ser aseado el entendi- miento, sino la voluntad también. Sean cultas las operaciones de estas dos superiores poten- cias, y si el saber ha de ser aliñado, ipov qué el querer ha de ser á lo bárbaro y grosero?

Tus hermanos fueron el despejo, el buen gus- to y el decoro, que todo lo hermosean y todo lo EL DISCRETO sazonan, no sola la corteza exterior del traje, sino mucho más el atavio interior, que son las prendas, los verdaderos arreos de la persona.

Pero cqué inculto, qué desaliñado lenia la co- mún barbaridad el mundo todo? Comenzó la culta Grecia á introducir el aliño, al paso que su imperio. Hicieron cultas sus ciudades, tanto en lo material de los edificios, como en lo formal de sus ciudadanos. Tenian por bárbaras á las demás naciones, y no se engañaban. Ellos in- ventaron los tres órdenes de la arquitectura para el adorno de sus templos y palacios, y las cien- cias para sus célebres universidades. Supieron ser hombres, porque fueron cultos y aliñados.

Mas los romanos, con la grandeza de su áni- mo y poder, al paso que dilataron su monarquía, extendieron su cultura, no sólo la emularon á los griegos, sino que la adelantaron, desterran- do la barbaridad de casi todo el mundo, hacién- dole culto y aseado de todas maneras. Quedan aún vestigios de aquella grandeza y cultura en algunos edificios, y por blasón el ordinario en- carecimiento de lo bueno, ser obra de romanos. Rastréase el mismo artificioso aliño en algunas estatuas, que en fe de la rara destreza de sus ar- tífices, eternizan la fama de aquellos héroes que representan. Hasta en las monedas y en los se- llos se admira esta curiosidad, que en nada per- donaban al aliño y en nada dejaban parar la barbarie.

¿ÍALTASAR GRACIÁN