rompiese con los romanos. Hallábase, es verdad, asistido de una facción poderosa; pero aun prescindiendo de las ordinarias contingencias de que en una república libre se transfiera el mayor peso de un brazo a otro de la balanza, la facción opuesta, sostenida de los créditos de Hannon, podría, si no cortarle los pasos, hacerlas inútiles con la escasez y tardanza de los socorros.
Si este gigante cúmulo de embarazos, dificultades y riesgos se considera en el proyecto de Aníbal antes de empezar tan grande obra, sin atender a la grande mente que le había ideado y al gran corazón que le tenía resuelto, se graduará, sin duda, de temeridad, locura y delirio. Pero Aníbal, al paso que extremamente osado, era igualmente cauto, perspicaz, advertido. Su designio fue hijo de una meditación muy pausada, no aborto de un rapto de furor o cólera. Luego es de creer que tuvo fundamentos sólidos para esperar el logro de tan ardua empresa, y que, considerando con sabia reflexión sus fuerzas, las halló muy probablemente superiores a las de los romanos. La cantidad de sus tropas no podía inspirarle esta confianza, pues aunque podía sacar, y de hecho sacó, un grueso ejército de España, se debía hacer cuenta de los grandes menoscabos que había de padecer en un camino tan largo, donde en cada paso se pisaba un peligro, y que puesto en Italia, aunque se idease una continua serie de prósperos sucesos, estos mismos le habían de ir disminuyendo la gente, al paso que los romanos siempre quedaban con fondos bastantes para reparar las ruinas. Luego es preciso confesar que le alentó, no la cantidad, sin la calidad de las tropas.
Estas se componían de africanos y españoles. De unos y otros tenía sobrada experiencia en la guerra de España. Lo primero que se representa al discurso es que habiendo vencido los africanos a los españoles, juzgó que no tendrían dificultad en triunfar de los romanos. Esto bastaría para gloria de nuestra nación. Pero otra mayor descubro, atendiendo a la conducta de Aníbal en el discurso de aquella guerra. Es constante que Aníbal, cuando se presentaba el combate, ponía los soldados españoles en la vanguardia o frente del ejército. Cuéntalo Livio, el cual añade que éstos eran la fuerza principal del ejército de Aníbal: Ab Annibale Hispani primam obtinebant frontem et id roboris in omni exercitu erat. Luego más confianza hacía el caudillo africano de los soldados de nuestra nación que de los de la suya.
Desde la primera acción empezaron los nuestros a desempeñarse del concepto en que los tenía Aníbal. Hablo del tránsito del Ródano, a quien esguazando los primeros, dieron furiosamente sobre las tropas de Publio Cornelio, que defendían el paso, quedando aún el grueso del ejército africano en la opuesta orilla. ¡Oh qué diferentes se nos representan los españoles en el Ródano que en el Tajo! Uno y otro río acometen intrépidos; pero en el Tajo son vencidos, en el Ródano, vencedores. Tenían caudillo en el Ródano; faltóles en el Tajo. Nunca Aníbal hubiera vencido a los españoles, si éstos fuesen comandados de otro jefe como Aníbal. Siempre que tuvieron cabeza proporcionada a su corazón fueron invencibles.
VII Viose esto en las guerras que tuvieron acaudillados de Viriato y de Sertorio. Debajo de las banderas del primero destrozaron varias veces a los romanos, y, en fin, éstos apelaron a la alevosía para quitar a los españoles tan glorioso jefe corrompiendo a sus propios domésticos para que le quitasen la vida, en cuya torpeza tácitamente confesaron, como dice Lucio Floro, que era imposible vencerle de otro modo.
Lo propio hicieron con Quinto Sertorio. Venció éste en muchos encuentros a los romanos, siendo comandados éstos (lo que es muy ponderable) ya por Metelo, ya por el primer Pompeyo. En fin, Marco Perpenna, uno de los proscritos de Roma, brindado con la esperanza del perdón, le mató pérfidamente en medio de un festín. Así hacían los romanos la guerra en España, no hallando otro medio para su conquista que la traición.
No con más generosidad y limpieza procedieron en la guerra de Numancia. Por espacio de catorce años resistió esta pequeña república todos los esfuerzos de la romana potencia. Con solos cuatro mil soldados (según Lucio Floro) triunfó diferentes veces de un ejército de cuarenta mil. Y aunque, con Veleyo Patérculo, concedamos que llegaron tal vez los numantinos a juntar diez mil guerreros, siempre queda en la enorme inferioridad del número altamente acreditada la ventaja del valor. Dos veces obligaron a los romanos a pedirles humildes la paz y se la concedieron, pudiendo destruirlos enteramente. Capitularon la primera con el cónsul Pompeyo Rufo; la segunda, con Hostilio Mancino, que sucedió a aquél en el comando del ejército. En tal consternación habían puesto con repetidas rotas a los romanos, que ya les faltaba a éstos el ánimo y el aliento para ver la cara u oír la voz de cualquier vecino de Numancia. Esto no lo dice algún autor español, sino romano, y de los más ilustres: Ut ne oculos quidem, aut vocem Numantini viri quisquam sustineret. Dos veces, dice, les pidieron humildes la paz; dos veces la obtuvieron y dos veces inicuamente la violaron. Es verdad que respecto a la soberbia del pueblo romano, las condiciones habían sido ignominiosas; pero con ellas habían redimido las vidas cuando tenían puestas las gargantas debajo de los aceros numantinos, en cuya circunstancia, ¿quién sino un insensato espera capitulaciones honradas, y especialmente cuando el que se humilla es el que movió injustamente la guerra, como consta que los romanos lo hicieron?
En todo fue consiguiente su ruin proceder, pues habiendo empezado inicuamente la guerra, dos veces violaron pérfidamente la paz. Al fin venció a los numantinos, no el valor romano, sino la hambre, en cuyo último apuro, quitándose voluntariamente las vidas, ya con el hierro, ya con el fuego, no dejaron a la codicia de los conquistadores otro despojo que sus propias cenizas.
VIII Siempre que me vienen a la memoria las conquistas con que se engrandeció el imperio romano y el aplauso con que el mundo las clamorea, admirando al mismo tiempo aquella república como la norma de todas en cuanto a las virtudes políticas y militares, no puedo menos de lastimarme de la debilidad del juicio humano, que dejándose fácilmente deslumbrar de un falso resplandor, apenas en materia alguna acierta a mirar con ojos fijos la verdad. ¿Qué fue la república romana? Una gavilla de ladrones que engrosándose más y más cada día, empezó robando ganados prosiguió robando poblaciones y acabó robando reinos. El origen regio de Rómulo es tan incierto, que no faltan justísimos títulos para colocarlo entre las fábulas. Graves autores juzgan que, bien lejos de ser de la estirpe de los reyes de Alba, ni aun era natural de Italia, sino un vagabundo advenedizo. Diocles, autor griego, fue el primero que, según refiere Plutarco, hizo al fundador de Roma nieto de un Rey e hijo de un dios agregando a esta ficción todas las demás que la acompañan y cuyo tejido muestra por todas partes el carácter de fábula griega. Pero, ¿qué había de hacer la vanidad romana, que se veía tan lisonjeada con ella, sino admitirla como verdadera historia? Son siempre felices los embustes que dan ilustre origen a cualesquiera naciones. Un adulador los forja. El pueblo, si no los cree, quiere por lo menos que se crean. Esto basta para que nadie se atreva a impugnarlos y para que muchos los vayan transcribiendo como verdades inconcusas. Con que, a la vuelta de dos o tres siglos, si alguno quiere escribir con desengaño, o mostrarse dubitante en la materia, es despreciado como un temerario que se opone a una posesión inmemorial y a una constante tradición.
El hecho del robo de las Sabinas es una conjetura tan eficaz de que es fábula cuanto se dice del augusto origen de Rómulo, que pasa de conjetura. ¿Es creíble que un príncipe tan ilustre, descendiente de los reyes de Alba, dominación famosísima en Italia, no había de hallar para esposa la hija de algún reyezuelo vecino? ¿Es creíble que no encontrase arbitrio para casarse, sino el engaño y el robo? Lo mismo digo a proporción de sus súbditos y especialmente de los que entre ellos eran más poderosos. ¿Cómo podían faltar para ellos mujeres en los pueblos inmediatos? Esto hace creer que los demás Estados de Italia miraban entonces la nueva colonia como una colección de gente vil, establecida por el robo, al modo que nosotros consideraríamos una población formada de gitanos, a quienes ni los aldeanos más pobres se dignarían de dar por mujeres sus hijas.
Pasemos de los principios a los progresos. Es verdad que conquistaron los romanos el mundo, ¿pero cómo? Del mismo modo que conquistaron a España. Usando de la perfidia, del dolo, de la alevosía, siempre que no podían lograr con mejores artes la ventaja. Si algún caudillo, valeroso de la parte contraria los llevaba de vencida, con promesas magníficas disponían que algún infiel doméstico le matase, como hicieron con Viriato y con Sertorio. Si se veían debajo de la cuchilla enemiga, en la constitución fatal de perder todo el ejército, se humillaban como los hombres más apocados del mundo, pidiendo y aceptando cualesquiera condiciones, por ignominiosas que fuesen; pero no bien salían del ahogo, cuando, faltando vilmente a todo lo pactado y atropellando la religión del juramento, repetían la guerra. Esto hicieron dos veces con Numancia, y esto habían hecho antes con los Samnites, cuando éstos, pudiendo degollar todo el ejército romano y acabar de un golpe con aquella ambiciosa república, le dejaron salir de las horcas caudinas, donde le tenían cogido como en una ratonera. Si Poncio, gallardo general de los Samnites, hubiera usado entonces de su derecho, no sólo no se haría Roma señora del orbe, mas ni aun quedaría memoria de Roma, o cuando quedase alguna, sólo sería para oprobio suyo, representándonos a los Samnites como unos gloriosos bienhechores de la Italia, en la extirpación de una república ambiciosa, perturbadora de todos sus vecinos y enemiga del común sosiego.
IX IX Pero aún queda, se me dirá, dilatado campo a la gloria de los romanos en tantas empresas, cuya felicidad sin intervención de la traición o mala fe sólo se debió a su constancia, valor y pericia militar. Hayan sido en algunas ocasiones alevosos y pérfidos; pero, ¿cómo podrá negarse que fueron los más ilustres guerreros del orbe, los que, de los angostos límites de su primer establecimiento, con la punta de la espada se fueron abriendo campo hasta hacerse dueños de Europa y Asia?
La causa más universal de los errores comunes es que los más de los hombres no pasan con el discurso más allá de la superficie de las cosas. Yo estoy tan lejos de asentir a las ventajas del valor romano sobre las demás naciones del mundo, que vivo persuadido a que cualquiera de éstas hubiera hecho todo lo que hicieron los romanos, puesta en las mismas circunstancias. Parecerá una extraña paradoja si digo que la conquista de todo el orbe, en la forma que los romanos la lograron, fue una cosa facilísima, que sólo pedía de parte de los ejecutores ambición y tiempo, pero no manos ni valor. Sin embargo, lo digo, y lo demostraré con muy pocos rasgos de pluma.
Nótese que nunca los romanos combatieron potencia superior ni aun igual a la suya. Desde los principios fueron ganando tierra poco a poco, empeñándose con tal tiento, que nunca provocaban sino a quien consideraban con inferiores fuerzas. Así tardaron poco más o menos de quinientos años en dominar a toda Italia. Acometieron luego a Sicilia, inferior (ya se ve) al poder unido de toda Italia. Y se añadió a favor de los romanos el tener partido dentro de la isla en los mamertinos. Sucedió la primera guerra púnica. No igualaba, ni con mucho, según todas las apariencias, la potencia de Cartago a la de Roma. Sin embargo, vencieron varias veces los cartagineses a los romanos, y es creíble que acabarían con ellos si no hubieran despedido y aun quitado alevosamente la vida al valeroso general Jantipo. Fueron después invadiendo provincia por provincia, ya los ligures, ya los insubres, ya los ilíricos, y así a todos los demás, aumentando siempre sus fuerzas a costa de pequeños y débiles enemigos porque los iban cogiendo separados. A la rudeza de aquellos tiempos debieron todas sus conquistas. Estábase quieta esta provincia cuando veía arder la comarcana, sin prevenir que dentro de poco se había de introducir en sus entrañas, aumentado de nuevas fuerzas, el incendio. Con estas conquistas, cada una por sí pequeña y fácil, se fueron engrosando de modo que cuando llegó el caso de la segunda guerra púnica, ya era formidable el poder romano, y con grandes ventajas superior al cartaginés. ¿Qué mucho que destruyesen aquella república? Ni, ¿qué era menester un héroe grande (cual pintan a su Scipión) para tan fácil empresa? A la expugnación de Cartago sucedió el empeño de rendir a nuestra península, cuya reducción bien lejos de contribuir algo a la vanidad romana, se puede considerar como su mayor ignominia, no sólo por las infamias que, como vimos ya, ejecutaron en varias ocasiones, mas también por el gran coste que les tuvo cada palmo de tierra. Cada pequeña provincia les hizo tanta resistencia como si estuviesen las dos fuerzas en equilibrio. Así tardaron no menos que doscientos años en conquistar a España. ¡Qué afrenta para los romanos, y qué gloria para los españoles, que en cada partido o pequeña provincia, congregándose el rudo paisanaje, años enteros hiciese frente a las disciplinadas tropas romanas, comandadas por sus más escogidos caudillos! No es esto lo más, sino que llegó tiempo en que no había en Roma quien quisiese cargarse de la guerra de España. Tan aterrados tenían a los romanos nuestros valerosos españoles. Quien no me creyere a mí, léalo en Tito Livio, década III, libro VI.
X En fin, fueron menester para acabar de conquistar a España dos emperadores. ¿Pero cuáles? Julio César y Octaviano Augusto: el uno, el mayor guerrero del mundo; el otro, el hombre más feliz y prudente de cuantos ocuparon el solio. Menos fatiga le costó a César vencer al gran Pompeyo en Grecia, que a su hijo Cneo Pompeyo en España. Mayor soldado, sin comparación alguna, era el padre que el hijo; pero mandaba el padre tropas romanas; el hijo, españolas. Nunca se vio en peligro igual César que en la famosa batalla de Munda. Nunca el ejército de César estuvo resuelto a huir, y ya empezaba a ejecutarlo, sino entonces. Debió César todas las demás victorias que tuvo, ya a su valor, ya a su pericia; ésta a su desesperación. Viendo retroceder, amedrentado, todo aquel grande cuerpo de tropas, hasta entonces juzgadas invencibles, por lo menos siempre victoriosas, voló a colocarse delante de la primera fila, donde dejando el caballo, y resuelto a morir, el peligro del Emperador excitó la vergüenza del ejército; y la vergüenza, dando impetuoso movimiento a la sangre, que tenía helada el susto, hizo más de lo que pudiera hacer el valor.
Con todos los triunfos del César aún le quedó en España bastante que hacer a Augusto. A este emperador, por tantos títulos grande, pues se unieron en él suma prudencia, suma felicidad y sumo poder, resistieron por algún tiempo los feroces montañeses de la Cantabria, donde no debo ocultar una singularísima gloria del país que habito, y es que los últimos que se rindieron fueron los asturianos. Dícelo con expresión Lucio Floro, libro IV, capítulo XII, donde, después de referir cómo el ejército romano los sorprendió cuando no le esperaban, y que, sin embargo, fue muy sangriento el combate, concluye con que éste fue el término de todas las guerras de Augusto: Hic finis Augusti bellicorum certaminum fuit. Disputen ahora norabuena, como lo hacen algunos, a los asturianos si esta provincia fue comprehendida o no en la antigua Cantabria. Para nada han menester los asturianos esa gloria. Si fueron cántabros, fueron los más valientes de los cántabros; si no fueron cántabros, fueron más valientes que los cántabros, pues rendidos ya éstos, aún mantenían la guerra aquéllos.
XI XI La rendición de España, que parece había de eclipsar sus glorias, le abrió campo para sus mayores lucimientos. Nunca diera España emperadores a Roma, si Roma no hubiera hecho antes a España provincia suya. Dio, digo, España, emperadores a Roma; pero ¡qué emperadores! Tales, que fueron honra de España y de Roma: un Trajano, un Adriano, un Teodosio, todos tres insignes guerreros, a que añadieron el resplandor de otras muchas virtudes. Trajano no careció de vicios personales, pero nadie le niega todas las cualidades de un gran príncipe en el grado más eminente. Dio con sus innumerables victorias mucha mayor extensión a los términos del imperio romano; fue verdadero padre del pueblo; ninguno construyó tantos edificios públicos. La demencia y la justicia, virtudes que casi todos sus antecesores, desde la muerte de Augusto, habían desterrado de Roma, fueron por él revocadas como en triunfo. En fin, fue tal, que después de él en la inauguración de los emperadores, los votos públicos del pueblo eran que los dioses les diesen la felicidad de Augusto y la bondad de Trajano.
Adriano fue especialmente recomendable por su continua aplicación al gobierno, a quien sacrificó su sosiego y su salud, quebrantando ésta en tantas jornadas como hizo por visitar todas las provincias del imperio; de modo que de veinte años que reinó, apenas reservó dos o tres para vivir con alguna quietud dentro de Roma. Fue hombre de admirable comprensión, pues entre tantas ocupaciones políticas y militares se hizo lugar para adornar el espíritu con el conocimiento de varias artes y ciencias. Era muy buen poeta, pintor, escultor, médico, geómetra, astrólogo e insigne arquitecto.
Teodosio el grande, fue tan grande, que todo elogio le viene corto. ¡Qué príncipe tan cabalmente perfecto! Gran capitán, magnánimo, demente, justiciero, liberal, religioso, afable, sobrio. En fin, ¿qué virtud hay que no brillase en él en un grado eminente? Perdonen todos los demás que ocuparon el solio, aunque entren el gran Constantino y el gran Carlos; en ninguno hallo un todo tan cumplido como en Tedosio. A Constantino no le faltaron graves manchas; favoreció no poco a los arrianos, nimiamente crédulo a sus hipocresías; de modo que no faltan quienes opinen que profesó y murió en aquella errada creencia. Aun en el gobierno civil degeneró mucho de sí mismo en los últimos años, dejándose llevar al impulso de injustos y avaros ministros. De Carlo Magno es innegable que con todas las excelencias propias de un gran príncipe, mezcló muchas fragilidades de hombre. En vano han pretendido algunos explicar en buen sentido las cinco concubinas que le cuenta su secretario e historiador Eginardo.
Pero, ¿qué se podrá oponer al gran Teodosio? Sólo un rapto de cólera, una deliberación violenta concebida en el ardor de la ira, cuando, irritado de que hubiesen muerto a un lugarteniente general suyo en un tumulto popular de Tesalónica, entregó aquella ciudad al furor de los soldados, los cuales hicieron en ella un horrible estrago, degollando algunos millares de personas. Este es el único lunar que se encuentra en la vida de Teodosio; grande, a la verdad, si se mide a bulto; pero debe descontarse al rigor del castigo todo lo que de parte del príncipe faltó de previsión en orden al daño, siendo muy verosímil que no esperase ejecución tan sangrienta. Debe también rebajarse a la culpa otro tanto, cómo la ira robó de advertencia al discurso. En fin, este delito, comoquiera que se mida, dio ocasionalmente a conocer toda la grandeza del espíritu de Teodosio, motivando la más gloriosa penitencia, la más heroica humildad que jamás se vio en príncipe alguno. ¿Cuándo se esperó ni aun creyó posible que, no digo ya el dueño augusto de todo el imperio romano, más aún cualquiera que poseyese en soberanía cuatro palmos de terreno, no sólo tolerase que un obispo le corrigiese delante de todo el pueblo, mas también se rindiese a su sentencia para abstenerse de entrar en la iglesia para hacer penitencia pública?
Miren este grande ejemplo aquellos desnaturalizados políticos que de los príncipes quieren hacer, no sólo deidades, sino deidades crueles; no sólo ídolos, sino ídolos como el de Saturno, que no se saciaba de humanas víctimas. ¡Cuántos estadistas se hallarán, no sólo entre los bárbaros de Asia o África, más aún en las más cultas cortes de Europa, a quienes si se les propone un desacato contra la majestad, semejante al que se cometió en Tesalónica, resolverán como castigo proporcionado que se lleve a sangre y fuego todo el pueblo, que no se haga distinción entre el culpado y el inocente, que no quede piedra sobre piedra en la ciudad tumultuante! Dirán que toda esta satisfacción pide el ultraje de la corona. No llegó a tanto el rigor de Teodosio y lo lloró como gravísima culpa. ¡Oh, sangre humana! ¡Qué licor tan vil eres para los que no tienen más religión que la política!
Habiendo sido nuestro Teodosio por tantos capítulos plausible, lo que obró por la religión católica constituye su mayor gloria, pues cuanto hizo en esta parte el gran Constantino se puede decir que es menos que lo que hizo Teodosio. Aquél empezó la grande obra de destruir el paganismo; éste la perfeccionó. Hizo aquél mucho, pero mucho dejó por hacer, y de lo mismo que hizo, lo más fue deshecho por el apóstata Juliano, que sucedió en el imperio a Constancio, hijo de Constantino; de modo que cuando Teodosio se ciñó la diadema, halló reinante la idolatría y cuando salió de este mundo a recibir la corona del cielo la dejó, no sólo abatida, sino totalmente arruinada. Fue, pues, un español el instrumento de que se sirvió la mano omnipotente para arrasar todos los templos del paganismo.
XII Pues con ocasión de Teodosio hemos tocado en la mayor gloria de España, esto es, el influjo que tuvo nuestra nación en el establecimiento de la fe católica, razón es detenernos algo en un asunto que constituye la suprema honra de los españoles.
Admirable es, sin duda, el cuidado que puso la Providencia divina en la conversión de España a la religión verdadera. Con estar esta Península en los últimos fines de la tierra y tan distante de Palestina, dos apóstoles destinó para su conversión: Santiago el Mayor y San Pablo. De la venida del primero ya no se puede dudar razonablemente, después de tantos y tan doctos escritos como la han comprobado. La del segundo está asegurada con los superiores testimonios de San Atanasio, San Cirilo Jerosolimitano, San Epifanio, San Juan Crisóstomo, Teodoreto, San Jerónimo y San Gregorio el Grande. Véase Natal Alejandro en el tercer tomo de la Historia eclesiástica, donde eruditamente prueba este asunto y satisface a las objeciones contrarias.
El esmero del dueño de esta viña en su cultivo es argumento de que había de sacar de ella copiosísimo fruto. ¿Quién beneficia con especial aplicación un terreno estéril, que sabe ha de corresponder a su fatiga con una cortísima cosecha? Dos apóstoles, apóstoles tan grandes, empleados, por misión divina, en plantar la fe católica en España, muestran que España abultaba mucho en la soberana mente, como quien había de servir, sobre todas las demás naciones, a la exaltación de la fe católica.
En los tres primeros siglos de la Iglesia, cuando los cristianos no tenían otros templos que las cavernas más oscuras ni otras imágenes de Dios y de sus santos que las que traían grabadas en sus corazones, porque el furor de los emperadores gentiles no permitía otros templos ni otros simulacros que los de sus falsas deidades, entonces tenía España, según nos enseña la piadosa tradición, templo y simulacro consagrados a la Virgen María, Señora nuestra, no retirados entre algunos escarpados cerros, sino patentes a todo el mundo en la insigne ciudad de Zaragoza. Oponen a esta tradición los extranjeros que no es verosímil que gobernando en España los idólatras romanos, permitiesen aquel monumento público de nuestro culto. Pero esto, cuando más, probará que ni el templo ni la imagen pudieron subsistir sin especial protección del cielo. ¿Y por dónde, pregunto, se hace ésta increíble? ¿Por qué entre tantos millares de prodigios como Dios obró en la grande empresa de desterrar del mundo la idolatría, no podremos asentir a que hizo uno continuado por tres siglos, a fin de mantener el templo e imagen del Pilar? Si para dar prudente asenso a un milagro no basta el testimonio de la tradición, será preciso condenar como fabulosos casi todos cuantos se hallan escrito en las historias eclesiásticas. Si la valiente fe de una alma sola basta para recabar de la divina piedad un prodigio, ¿por qué en atención a tantos millares de fervorosísimos espíritus como se debe creer dejaría en España la predicación de los apóstoles, no haría Dios el de conservar para su consuelo el templo e imagen de Zaragoza?
Correspondió España a tan señalado favor con su constancia en la fe, por la cual ofreció a Dios innumerables, preciosas víctimas en tantos insignes mártires como la ilustraron, cuya gloriosa multitud excede a todo guarismo. Un monasterio solo de San Benito (el de Cardeña) dio de una vez doscientos. Una ciudad sola (la de Zaragoza) da con justicia a los suyos el epíteto de innumerables. La calidad no fue inferior a la cantidad, pues entre los mártires españoles no pocos se descuellan como estrellas de primera magnitud del cielo de la Iglesia. Díganlo un Lorenzo y un Vicente, a quienes la Iglesia, en las deprecaciones públicas, prefiere a todos después del protomártir Esteban; una Eulalia y un Pelayo que en la edad más tierna lograron el triunfo más alto; hermosas flores que, de cándidas, hizo el cuchillo purpúreas, y fueron tantos más mártires cuanto padecieron más niños; siendo cierto que hace mayor sacrificio quien, anticipándose en temprana edad la muerte, se corta por Dios mayor porción de vida.
XIII XIII No sirvió menos España a la religión con la doctrina que con el ejemplo. A los primeros amagos de la sangrienta persecución de Diocleciano se congregaron nuestros obispos en el Concilio Iliberitano, cuyos cánones, destinados a la observancia de la más severa disciplina y a la confirmación de los fieles contra el rigor de los edictos imperiales, admitió y aprobó la Iglesia. Presidió en este Concilio el grande Osio, obispo de Córdoba, cuya virtud y erudición se descolló tanto en los reinados de Constantino y de Constancio, que fue mirado como el más ilustre campeón de la Iglesia contra los portentosos esfuerzos de la herejía arriana. Este es aquel a quien San Atanasio con veneración reconoce por su gran patrono, a quien apellida el grande Osio, a quien llama padre de los obispos, príncipe de los Concilios y terror de los herejes. Pudiera España gloriarse de haber servido mucho a la Iglesia aun cuando no hubiera hecho más que lo que hizo por medio de este nobilísimo hijo suyo. Presidió Osio no menos que cuatro Concilios: el Iliberitano, de que hemos hablado; el Alejandrino primero, el general Niceno primero y el Sardicense. Por esto le dio San Atanasio el singularísimo atributo de príncipe de los Concilios. En el Niceno, donde presidió en nombre de San Silvestre, pontífice máximo, a él sólo fió la Iglesia, y él solo compuso el famoso símbolo, donde está recapitulada toda la sana y católica doctrina.
Flaqueó Osio, no lo disimulemos; flaqueó Osio al fin de sus días, suscribiendo a una confesión de fe compuesta por los arrianos. Discúlpanle los escritores eclesiásticos con el quebranto de sus fuerzas, porque tenía cien años, o muy cerca de ellos, cuando las amenazas, rigores y malos tratamientos del emperador Constancio le redujeron a aquella indignidad. Pero yo extraño que en tan alta edad no se atribuya el desliz antes a flaqueza de la razón que a imbecilidad corporal. Esta disculpa es mucho más verosímil, y verdaderamente disculpa. Es accidente rarísimo abandonar en la vejez la religión que se profesó desde la infancia, sin perder antes el juicio. Los viejos son muy tenaces de sus antiguas máximas. Cuando va creciendo la edad se va aumentando el tesón. Profundan más y más sus raíces los dictámenes en el espíritu, del mismo modo que los vegetables en la tierra. No hace a los muy ancianos mudar creencia la fuerza del argumento, sino la extinción del discurso. El rigor de la persecución también hace menos impresión en ellos que en los jóvenes cuando está fortificada la tolerancia con una larga costumbre de padecer y resistir, como sucedió en Osio. Fuera de esto, mientras están capaces de alguna reflexión, es naturalísimo ocurrirles que es muy poco lo que la tiranía puede quitarles de vida y de conveniencia. Así, el accidente de Osio se debe atribuir a una perfecta decrepitez, la cual, sin milagro, es casi inseparable de la edad centenaria. Acaso a aquel venerable Eleazaro, que a los noventa años sufrió constantemente la muerte por la religión, si hubiera vivido diez más, sucediera lo mismo que a Osio.