Debajo de este supuesto subsiste ilesa la fama de tan gran varón aun cuando fuese verdad lo que Marcelino y Faustino, cismáticos, sectarios de Lucifero Calaritano, citados por San Isidoro, esparcieron contra Osio; esto es, que dos años que vivió después de la apostasía, permaneció tenaz en ella. Sea así por cierto. La decrepitez es una enfermedad de quien nadie convalece jamás, antes siempre va creciendo. Si Osio desvarió a los cien años, como decrépito, nada le faltaría para serlo a quien esperase que a los ciento dos, revocado su antiguo juicio, conociese el yerro cometido. Sin embargo, algunos que asienten a que Osio erró con conocimiento, aseguran su pública enmienda y que a la hora de la muerte dejó como en testamento, recomendada a todos los fieles la detestación de la arriana perfidia. Comoquiera que sea, los altos y repetidos elogios con que, aun después de su muerte, le coronó San Atanasio, son prueba, a lo menos, de que fue santa la muerte, ya que no canonicen todas las acciones de su vida. Un desliz solo en cien años, casi nada disminuye su gigante mérito a quien llenó todo el resto de gloriosísimas acciones. ¿Qué proporción hay del descuido de un instante a los servicios de un siglo?
XIV XIV El espíritu y aplicación de Osio en servir a la Iglesia fueron heredados con grandes mejoras por otros muchos prelados españoles. La religión sola de San Benito dio a España cuatro excelsas constantes columnas de la fe en San Leandro, San Isidoro de Sevilla, San Fulgencio y San Ildefonso. Los innumerables Concilios de Toledo muestran claramente cuánto era el ardor de nuestros obispos en promover la disciplina eclesiástica y purgarla de todo género de abusos, y el grande aprecio que siempre hizo la Iglesia de aquellos Concilios adoptando varios establecimientos suyos, califica la prudencia y doctrina de los padres que los componían. La erección de Seminarios para educar la juventud destinada al estado eclesiástico tuvo origen del Concilio Toledano segundo, de quien lo tomaron después varios Concilios provinciales, como el Vacense, Cabilonense, Turonense y Aquisgranense, y en fin, el Concilio Tridentino lo hizo ley universal. En el toledano tercero se ordenó decir el Símbolo niceno en la misa, y de aquí se extendió a toda la Iglesia. Lo mismo sucedió con otras muchas saludables ordenanzas de los Concilios toledanos, hasta que, con ocasión de la guerra de los moros, se interrumpieron por más de seis siglos aquellas venerables asambleas.
Pero el mismo motivo de la interrupción sirvió a avivar el celo de los españoles por la fe, y juntamente a hacer lucir su valor. España, siempre admirable, fue más admirable que nunca en aquel espacio de tiempo. Castigó Dios los desórdenes de un rey con las desdichas de toda la nación; y de estas desdichas nacieron sus mayores glorias, habiéndose con esta ocasión dignado el cielo de abrir en nuestro terreno un amplísimo teatro de virtudes y maravillas.
XV Nunca puedo acordarme de la pérdida de España sin añadir al dolor de tan grande calamidad otro sentimiento por la injusticia que comúnmente se hace al más inculpable instrumento de ella. Hablo de la hija del conde don Julián, que, violada por el rey don Rodrigo, participó la injuria a su padre; y no habiendo hecho más que buscar este inocente desahogo a la aflicción que le reventaba el pecho, sin persuasión o influjo alguno de su parte para que el Conde introdujese los africanos en España, sobre ella cargan toda la culpa de nuestra ruina. ¡Oh feliz Lucrecia! ¡Oh desdichada Florinda! ¿Qué hizo esta española que no hubiese hecho primero aquella romana? Una y otra recibieron la misma especie de injuria, una y otra la revelaron: aquélla, al esposo; ésta, al padre; una y otra deseaban la venganza, y que ésta cayese sobre el príncipe que había hecho la ofensa. ¿Por qué, pues, es celebrada Lucrecia y detestada Florinda? Sólo porque el común de los hombres, ni para el aplauso ni para el vituperio, considera las acciones en sí mismas, sino en sus accidentales resultas. Fue saludable a Roma la queja de Lucrecia; fue funesta a España la de Florinda. Pero del bien y el mal fueron autores únicos el esposo de una y el padre de otra, sin intervención ni aun previsión de las dos damas. Y aun el que la venganza fuese fatal para una república y útil para otra dependió menos del designio de los autores que de las circunstancias y positura de las cosas. Es cierto que si el conde don Julián hallase en los españoles para cooperar a su desagravio toda la disposición que Colatino halló en los romanos, no se valdría para vengarse de tropas forasteras. Y es creíble también que el marido de Lucrecia no tropezaría en el escrúpulo de socorrerse de alguna potencia enemiga de Roma no hallando en los suyos medio para desquitarse de la injuria. Espero me perdone el lector esta breve digresión, por ser en defensa de una principal señora española, a quien algunos porfiados maldicientes persiguen aún, después de la apología que por ella hice en el Discurso diez y seis del primer Tomo, acerca de la defensa de las mujeres.
XVI Volviendo al propósito, digo que la pérdida de España dio ocasionalmente a España el supremo lustre. Sin tal fatal ruina no se lograra restauración tan gloriosa. Cuanta sangre derramó el cuchillo agareno en estas provincias sirvió a fecundarlas de palmas y laureles. Ninguna nación puede gloriarse de haber conseguido tantos triunfos en toda la larga carrera de los siglos como la nuestra logró en ocho, que se gastaron en la total expulsión de los moros. No se recobró palmo de tierra que no costase una hazaña. No se podía adelantar un paso sin que las manos abriesen camino a los pies. No había otra senda que la que rompía la punta de la lanza. No había movimiento sin peligro, no había peligro sin combate, y por el número de los combates se contaban las victorias. Verdad es que interpuso la Omnipotencia muchas veces en nuestro favor extraordinarios auxilios. Pero ese es nuestro mayor blasón. Tan unidos estaban los intereses del cielo y los de España, que en los mayores ahogos de España se explicaba como auxiliar suyo el cielo. ¿Qué grandeza iguala a la de haber visto los españoles a los dos celestes campeones Santiago y San Millán mezclados entre sus escuadras? Era el empeño de la guerra de España común a la triunfante milicia del empíreo; porque juntándose en los españoles los dos motivos del amor de la libertad y el celo por la religión, cuanto para sí ganaban de terreno, tanto aumentaban al cielo de culto.
Pero en esta causa suya y de los españoles dispensaba Dios con sabia conducta sus asistencias extraordinarias, de modo que quedaba mucho, y muy mucho, que vencer a nuestras naturales fuerzas. Tomaba la Omnipotencia a cargo suyo, no las empresas comunes, ni aun las arduas, sino las imposibles, dejando a cuenta del valor español todo aquello de que el humano esfuerzo es capaz. Milagros hacían los españoles con el valor, y donde no alcanzaba el valor, obtenían de Dios otros milagros de superior orden con la fe. Así se llenó de maravillas todo aquel tiempo, que fue menester para la total restauración de España; de maravillas digo, ya del esfuerzo humano, ya de la virtud divina.
XVII XVII Lástima es que los sucesos de aquellos siglos no quedasen delineados a la posteridad con alguna mayor especificación. La obscura o imperfecta imagen que nos resta de ellos basta a representarnos que todos los triunfos de los antiguos héroes son muy inferiores a los que lograron nuestros españoles. ¿Qué hazañas pueden Roma o Grecia poner en paralelo con las del Cid y de Bernardo del Carpio? ¿Quién duda que en ocho siglos, en que apenas se dejaron las armas de la mano, y en que los españoles se llevaban casi siempre en la punta de la lanza la victoria, habría otros muchos famosísimos guerreros, poco o nada inferiores a los dos que hemos nombrado? Pero al paso que todos se ocupaban en dar asuntos grandes para la historia, ninguno pensaba en escribirla. Todos tomaban la espada, y ninguno la pluma. De aquí viene la escasez de noticias que hoy lloramos. Y aún no es lo más lamentable que con muchos de nuestros ilustres progenitores se haya sepultado la memoria de ellos y de sus hazañas, por faltar autores que la comunicasen, sino que haya hoy autores que quieran borrar la memoria de algunos pocos que por dicha especial se eximieron de aquel común olvido.
Un historiador aragonés, que escribió el siglo pasado, dudó de la existencia del famoso Bernardo del Carpio, sin exponer algún fundamento para la duda, ni se juzgó que tenía otro que cierto espíritu de emulación, manifestando en varias partes de su historia que le inclinaba a cercenar parte de sus glorias a los castellanos, para exaltar sobre éstos a sus aragoneses. Pero a más se adelantó poco ha un historiador castellano (el doctor don Juan de Ferreras), pues se atrevió a estampar resueltamente que no hubo tal Bernardo del Carpio en España, sin más motivo que hallar mezcladas algunas fábulas en las hazañas de este héroe y algunas contradicciones en las varias noticias que nos han quedado de él.
Debilísimo fundamento, por cierto, pues con él mismo se podría negar la existencia de casi cuantos hombres ilustres tuvo la antigüedad. ¿Quién ha habido en cuyas acciones y circunstancias concuerden, sin discrepancia alguna, todos los autores? ¿Qué hombre cuerdo negará (pongo por ejemplo) que hubo en la Asia un príncipe, famoso por sus conquistas, llamado Ciro? Pues ve aquí que en su historia se han mezclado muchas más fábulas y contradicciones que en la de Bernardo del Carpio. Es infinita la discrepancia que hay entre las narraciones de Herodoto y Jenofonte, y ni aquél ni éste concuerdan en todo con alguno de los demás autores que escribieron del mismo príncipe. Si queremos saber cómo murió Ciro, en Herodoto hallamos que pereció en una batalla contra Thomiris, reina de los scitas; en Diodoro Sículo, que no fue muerto, sino prisionero en aquella batalla, y después Thomiris le hizo crucificar; en Ctesias, que cayó atravesado de una saeta, batallando contra los dervicios, pueblos vecinos de la Hircania; en Jenofonte, que murió en Persia de muerte natural. En fin, en otros, que pereció en una batalla naval contra los samios. Añádese el que nadie duda que Jenofonte introdujo muchas fábulas en la vida que escribió de Ciro; que los mejores críticos convienen en que no está exento de ellas Herodoto, y que Ctesias es autor sospechoso por muchos capítulos. ¿Será lícito concluir de aquí que Ciro es un héroe fabuloso?
XVIII XVIII He dicho que no usa el doctor Ferreras de otro fundamento que el expresado para negar la existencia de Bernardo del Carpio; porque aunque también aplica al asunto presente aquel cuasi trascendental argumento suyo de que se sirve para negar innumerables hechos históricos, esto es, no hallarse la noticia en autores coetáneos o inmediatamente posteriores a los sucesos, esta prueba ha sido tantas veces concluyentemente rebatida sobre otros asuntos, que en el presente se debe reputar como ninguna. Sin embargo, ya que se ofreció la ocasión, diré algo sobre esta materia.
No se halla, arguye el doctor Ferreras, noticia de Bernardo del Carpio en algún autor o escrito anterior al arzobispo don Rodrigo y a don Lucas de Tuy, luego no hubo tal Bernardo. ¡Consecuencia infeliz! Para que ésta fuese buena, sería menester probar que esa noticia anterior, no sólo hoy no se halla, mas tampoco se hallaba cuando aquellos dos autores escribieron; y esto jamás podrá probarse, antes lo contrario, se debe tener por moralmente cierto, porque de dos escritores de tanta gravedad y sabiduría, como todos los críticos reconocen en aquellos dos prelados, es totalmente increíble, o el que forjasen en su cabeza la persona y hazañas de Bernardo del Carpio, o que asintiesen a las noticias que podría ministrarles algún vano rumor del vulgo.
En las naciones más cultas y amantes de las letras perecieron infinitos escritos de autores muy recomendables. Claro se ve que es mucho más natural que esto sucediese en España en aquellos tiempos, cuando casi todo el cuidado se llevaban las armas y ninguno las letras. Llegarían, pues, y llegaron, sin duda, a los dos prelados instrumentos y memorias seguras de la persona de Bernardo del Carpio, las cuales después se perdieron. Instemos de nuevo en el ejemplo alegado arriba. Herodoto, Ctesias, Jenofonte, Diodoro Sículo y Trogo Pompeyo, cuya historia abrevió Justino, fueron un buen espacio de tiempo posteriores a Ciro. No se halla algún autor contemporáneo o inmediatamente posterior a aquel príncipe que dé noticia de él. ¿Deberá inferirse de aquí que no hubo tal príncipe, y que cuanto de él se cuenta es fabuloso? Es claro que no, y no por otra razón sino porque debe creerse que aquellos autores escribieron sobre memorias o escritos que entonces existían y después se perdieron. Es cierto que antes de los nombrados hubo varios historiadores que escribieron las cosas de la Asia y de la Grecia, como Simias, Rhodio, Eumeles Corintiaco, Cadmo Milesio, Caron Lampsaceno, Janto Lidio y otros de quienes sólo sabemos los nombres. De éstos pudieron copiar los historiadores que les sucedieron las noticias, que por sus manos llegaron a nosotros, y es de creer que lo hicieron así. Perecieron las historias primitivas de Grecia y Asia y quedaron las segundas, a las cuales damos aquella fe que es proporcionada al carácter de los autores y calidad de los sucesos, persuadiéndonos la recta razón que las segundas se tomaron de las primeras.
Vaya otro ejemplo. Las historias más antiguas que tenemos de las cosas de Alejandro son las de Plutarco, Arriano y Quinto Curcio. El más antiguo de estos autores es más de trescientos años posterior a Alejandro. ¿Será motivo éste bastante para disentir positivamente a cuanto hallamos escrito de aquel héroe? De ningún modo; porque aunque ninguno de ellos fue testigo de sus hazañas ni alcanzó a los que lo fueron, se debe creer que las participaron de otros escritos anteriores, que hoy no existen. De Arriano se sabe, porque él lo dice, que arregló su narración a la de Aristóbulo, historiador griego, contemporáneo del mismo Alejandro; pero el manifestarnos la fuente de donde derivó su historia fue un accidente, sin el cual ésta no dejaría de ser copia de aquel original. Y como el caso de callarla sería temeridad insigne repudiar como fabulosa la historia de Arriano, por ignorar de qué autor anterior se había copiado, del mismo modo, y aun con más fuerte razón, en el nuestro será temeridad insigne condenar como fabuloso lo que el arzobispo don Rodrigo y el obispo don Lucas refieren de Bernardo del Carpio por ignorar de qué instrumentos o escritos se tomaron aquellas noticias. Dije con más fuerte razón, porque estos dos prelados, en virtud de las graves circunstancias que concurren en ellos, fundan un evidente derecho contra toda sospecha de ficción o vana credulidad, a menos que de aquélla o de ésta se exhiban pruebas ciertas y positivas.
Con esta reflexión se derriban, digámoslo así, de un golpe casi todas las opiniones especiales que el doctor Ferreras lleva en la historia de España, porque casi todas se fundan en la misma especie de argumento; quiero decir, en la ignorancia de los escritos o memorias primitivas de donde tomaron sus noticias los autores que hoy tenemos. No negará el doctor Ferreras, ya se ve, que en muchos de éstos concurren todas aquellas calidades y señas que pueden acreditarlos de sabios, prudentes y sinceros; luego tienen evidente derecho para que no presumamos, o que forjaron en su celebro las noticias, porque esto sería. capitularlos de mentirosos, o que las tomaron de algún vano rumor, porque sería acusarlos de imprudentes.
XIX XIX Todavía se puede oponer contra la existencia de Bernardo del Carpio y el testimonio de los dos prelados el silencio de los cronicones o crónicas anteriores, en las cuales no se halla noticia alguna de nuestro héroe. Pero este argumento sólo podrá hacer fuerza a quien no haya visto aquellos cronicones o ignore el carácter, intento y forma de tales escritos, los cuales no son otra cosa que unos brevísimos compendios de la Historia de España; de tal modo, que algunos reinados, abundantes en grandes y notabilísimos sucesos, apenas ocupan en ellos media página. ¿Cómo es posible hallar expresado el nombre y hazañas de Bernardo del Carpio, ni de otros muchos caudillos que rigieron las escuadras españolas, en unos sumarios que en algunos reinados sólo dicen a secas que tal y tal rey ganaron muchas victorias, sin expresar cuántas, ni cuándo, ni dónde, ni contra quién, ni con qué gente, ni otra circunstancia alguna? Es innegable, como poco la argüía muy bien un famoso antagonista del doctor Ferreras, que en aquellos siglos en que los españoles lograron tan continuadas victorias, hubo entre ellos algunos ilustres guerreros y excelentes capitanes. No obstante, de ninguno de ellos se hace memoria en los cronicones. Luego como el silencio de éstos no prueba contra la existencia de famosos caudillos en común, tampoco prueba contra la existencia de Bernardo del Carpio en particular.
XX XX No pretendo en esta crítica contra los argumentos del doctor Ferreras defraudar aun en una mínima porción el respeto que merecen su doctrina, virtud, sinceridad y modestia, prendas que notoriamente resplandecen en este autor, y que así como me inclinan a amarle y venerarle, me alejan mucho de sospechar que la singularidad de sus opiniones nazca de algún principio vicioso o reprehensible, como algunos han imaginado. Lo que juzgo es que ésta se ha originado de que, queriendo huir con demasiado conato de un escollo de la historia, dio, sin pensarlo, en otro escollo opuesto. Con movimiento tan violento quiso apartarse de la vana credulidad, que no paró hasta caer en la nimia desconfianza. No siendo capaz de evidencia la Historia, debemos contentarnos en ella con un asenso prudente, y será prudente el asenso siempre que estribe en motivo grave, cual lo es el testimonio de autores juiciosos y fidedignos, aunque ignoremos por qué conducto llegaron a su conocimiento los sucesos, porque debemos creer tuvieron alguno que no fue despreciable.
No ignoro que algunos escritores extranjeros, especialmente franceses, acusan a los españoles de fáciles en creer y escribir noticias mal comprobadas, y acaso esta nota ayudó a inclinar al doctor Ferreras al extremo opuesto. Refiere Esteban Balucio en la vida de Pedro de la Marca, que habiéndole escrito a este grande hombre nuestro monje español el maestro fray Francisco Crespo el designio que tenía formado de escribir la historia del celebérrimo monasterio de Monserrate, Pedro de la Marca, en su respuesta, después de aprobar el propósito, le previno que no usase en aquella historia, de testimonios falsos, como suelen hacer los españoles: Admonetque Crespum, ne in ea historia scribanda, falsis, uti Hispani solent, testimoniis utatur. Pero la injusticia de esta acusación es notoria. En España hay de todo, historiadores buenos y malos, del mismo modo que en Francia. La nota que más frecuentemente nos imponen los críticos franceses de que admitimos todo género de tradiciones, creo que más cae sobre sus historiadores que sobre los nuestros. Digan lo que quisieren de la venida del apóstol Santiago a España, de la imagen del Pilar y otras tradiciones nuestras, es visible la retorsión sobre ellos en la identidad de San Dionisio, obispo de París, con el Areopagita; en el arribo de los tres hermanos Lázaro, Marta y María, a Marsella; en las tres lises traídas del cielo por un ángel a Clodoveo; en la santa ampolla de Reims, dejando aparte la ley sálica, la fundación de la monarquía por Faramundo, y otras cosas de este género. Apuremos la probabilidad de estas tradiciones francesas.
El que San Dionisio Areopagita haya sido obispo de París tiene contra sí, lo primero, el silencio de todos los autores por todo el espacio de los ocho primeros siglos, pues el abad Hilduino, que floreció en el nono, es el primero en cuyos escritos se halla esta noticia. Tiene, lo segundo, que Sulpicio Severo, hablando de la persecución que se suscitó contra los fieles en tiempo de Marco Aurelio, dice que entonces empezó a haber mártires en Francia, lo cual es incompatible con el martirio atribuido mucho antes al Areopagita dentro de las Galias. Tiene, lo tercero, que San Gregorio Turonense afirma que San Dionisio, obispo de París, vino a Francia en el tiempo del emperador Decio, esto es, cerca del año 250 de nuestra redención, y del Areopagita se sabe que murió en el primer siglo de la Iglesia.
El arribo de los tres santos hermanos a Marsella tiene también contra sí, lo primero, el silencio de todos los escritores eclesiásticos por ocho o nueve siglos, exceptuando únicamente a Desiderio, obispo de Tolón, de quien alega Natal Alejandro no sé qué recopilación de actas de los santos tutelares de aquella Iglesia, escrita hacia el fin del siglo sexto. Mas la autoridad de este escritor se debilita mucho, ya por ser único, ya por la carencia de toda noticia anterior en el espacio de cinco siglos. Tiene, lo segundo, el testimonio de Honorio Augustodunense, que refiere haber Lázaro transmigrado a la isla de Chipre, donde fue treinta años obispo, lo que es incomposible con la otra navegación a Marsella, la cual suponen los autores que la afirman haber sido hecha en derechura desde Palestina, poco después del martirio de San Esteban. Tiene, lo tercero, la autoridad de Modesto, patriarca de Jerusalén, el cual dice consta de las historias que la Magdalena murió en la ciudad de Éfeso.
Contra la santa ampolla hay, lo uno, que Hincmaro, arzobispo de Rems, fue el primero que refirió aquel prodigio, y éste floreció trescientos cincuenta años después del bautismo de Clodoveo, en cuya ceremonia se dice haber sido presentada por una paloma la ampolla del precioso bálsamo con que se ungen los reyes franceses. Hay, lo otro, que San Gregorio Turonense, que floreció mucho antes que Hincmaro, tratando en su historia del bautismo de Clodoveo, no habla palabra de aquel prodigio, siendo así que fue sumamente exacto, y no pocos dicen que nimiamente crédulo, en referir cuantos milagros llegaron a su noticia. Hay también que en la vida de San Remigio (este santo bautizó a Clodoveo), escrita por Venancio Fortunato no mucho después de su muerte, tampoco se dice palabra del prodigio, siendo tan propio de aquella historia, que parece imposible se omitiese siendo verdadero. Hay, en fin, que la vida de San Remigio, atribuida a Hincmaro, fue escrita sobre poco fieles memorias, pues en ella se lee que Clodoveo fue bautizado el día antes de la Pascua de Resurrección, lo cual ciertamente es falso, constando por una carta de Alcimo Avito, arzobispo de Viena, en el Delfinado, al mismo Clodoveo, que el bautismo de este príncipe fue celebrado la Víspera de Navidad.
La historia de las lises traídas por el ángel es un cuento de mucho más reciente data que los antecedentes. En ningún autor antiguo se halla vestigio de esta maravilla, ni yo sé quién fue el primero que la inventó. Pero parece indubitable que esta fábula se forjó después que los reyes de Francia dieron en tomar por armas las lises; lo que, según el Diccionario universal de Trevoux, tuvo su principio en Ludovico VII, que fue coronado el año de 1131. Dicen los autores del Diccionario que este príncipe tomó tal divisa por la alusión de la voz lis al nombre Luis, y porque le llamaban Ludovicus Floridus.
Tan mal fundadas, como se ha visto, están las tradiciones francesas. Sin embargo, muchos críticos de aquella nación sólo tienen ojos para ver la flaqueza de las españolas. Y lo más admirable es que pretendan hacer valer contra las nuestras el argumento negativo tomado del silencio de los autores antiguos, siendo así que éste, bien miradas las cosas, es, sin comparación, más fuerte contra las suyas. La disparidad consiste en que nosotros padecimos en muchos siglos suma penuria de escritores. Por la continua inquietud de las guerras, o no había quien escribiese, o faltaba quien atendiese a conservar lo que se escribía. Sólo han quedado esos pocos míseros y descarnados cronicones, o porque sólo hubo ocio para escribir unos volúmenes de tan poco bulto, o porque su pequeñez ayudó a preservarlos de la injuria del tiempo. Míseros y descarnados los llamo, porque en ellos no se atendió a dar noticia de aquellos sucesos ilustres en que se funda la vanidad de las naciones, sí sólo un diminutísimo resumen de los diferentes reinados. Así es preciso que muchas cosas grandes y dignas del mayor aprecio sólo llegasen por tradición verbal a nosotros, al contrario en Francia. Así como desde que se plantó en ella la religión cristiana nunca se vio la nación en las angustias que la nuestra, nunca les faltó oportunidad para escribir y para conservar lo que escribían. Así nosotros con justicia podemos pedirles los instrumentos o memorias antiguas de donde derivaron lo que en gloria suya nos refieren hoy sus historiadores, y el argumento negativo, tomado de la falta de tales instrumentos, que es muy débil contra nosotros, viene a ser eficacísimo contra ellos.
Todos debemos convenir en que las tradiciones populares, destituidas del apoyo de instrumentos antiguos, son generalmente muy falibles. Mil veces me he explicado sobre esta materia. El transcurso de un siglo sólo basta a propagar la ficción o ilusión de un individuo, de modo que se haga voz de todo un pueblo. De la voz del pueblo pasa el error a la pluma, ya de este, ya de aquel escritor menos advertido. Puesto en este estado, si en él se interesa la vanidad del público, ya no hay contradicción que le contraste. Son muy pocos, tal vez ninguno, los que se atreven a impugnarle, y contra esos pocos luego se hace un gran ruido, que les sofoca la voz con aquel argumento sumamente poderoso con el vulgo, de que es temeridad oponerse a la opinión común, y será imprudencia creer antes a esos pocos que a los innumerables que están por la sentencia opuesta, mayormente que entonces se pondera gravemente la sabiduría de éstos y se desacredita cuanto se puede la de aquéllos. Si se hace juicio que la tradición presta algún fomento a la piedad, ya no sólo es empresa desesperada combatirla, mas sumamente peligrosa al que la intenta. Exclámase contra el combatiente, fingiéndole o aprehendiéndole enemigo, por lo menos oculto, de la religión. Ármase tan furiosamente el celo como si viese poner fuego al santuario. Con que al más osado se le hace abandonar un intento en que no ve otro éxito que la ruina de su fortuna y pérdida de su fama.
Cuando, no obstante, haya argumentos eficaces contra las opiniones recibidas, considero indispensablemente obligados los escritores a batallar por la verdad y purgar al pueblo de su error. ¿Para qué se escribe la historia, o cómo se puede escribir bien sin apartar las fábulas de las realidades? Ni en este caso se debe desesperar del triunfo. Será probablemente tan tardo, así sucede comúnmente, que el autor no le goce por estar ya colocado en el túmulo. Pero quien como debe sacrifica su pluma al bien común, a éste atiende y no a su interés particular.
Mas cuando no hay argumento positivo contra las tradiciones, sí sólo el negativo de la falta de monumentos que las califiquen, como sucede por la mayor parte a las de nuestra nación, dos reglas me parece se deben seguir: una en la teórica, otra en la práctica; una dictada por la crítica, otra por la prudencia. La primera es suspender el asenso interno o prestar un asenso débil acompañado del recelo de que la ilusión o embuste de algún particular haya dado principio a la opinión común. Puede ser ésta verdadera, y puede ser falsa, porque la creencia popular es como la fama.
Tam ficti pravique tenax, quam nuntia veri.
La segunda es no turbar al pueblo en su posesión, ya porque tiene derecho a ella siempre que no puede apurarse la verdad, ya porque de mover la cuestión no puede cogerse otro fruto que disensiones en la república literaria y dicterios contra el que emprendió la guerra. Cuando yo, por más tortura que dé al discurso, no pueda pasar de una prudente duda, me la guardaré depositada en la mente y dejaré al pueblo en todas aquellas opiniones que entretienen su vanidad o fomentan su devoción. Sólo en caso que su vana creencia le pueda ser perjudicial, procuraré apearle de ella, mostrándole el motivo de la duda, y entonces le clamaré con el profeta: Popule meus, qui te beatum dicunt, ipsi te decipiunt et viam gresuum tuorum dissipant.
Volvamos ya de la crítica a la historia, para dar una vista a las postrimeras glorias de España.
XXI Después que con repetidos millares de proezas insignes fueron arrinconando los españoles a los sarracenos en las provincias meridionales, poniéndolos a la vista del África, de donde habían salido, parecía que tenían poco que hacer en arrojarlos de la otra parte del Estrecho, pues bien consideradas las fuerzas de uno y otro partido, apenas se podía considerar que fuese obra más que de ocho o diez años la total expulsión de los moros; pero divididas ya entonces las provincias reconquistadas en varios dominios, las discordias de unos príncipes con otros hicieron lo fácil difícil, retardando mucho tiempo la conclusión de tan grande obra.
No obstante estos embarazos, no faltaron ocasiones en que brillase extremadamente el valor y religión de los españoles. Singularmente fue glorioso el reinado de Fernando III, cuyas virtudes tiene canonizadas la Iglesia. Este príncipe, grande en el cielo y grande en la tierra, héroe verdaderamente a lo divino y a lo humano, en quien se vio el rarísimo conjunto de gran guerrero, gran político y santo, bastaría por sí solo para dar gloria inmortal a nuestra nación; pues si se atiende al todo de sus virtudes cristianas, militares y políticas, se puede asegurar con toda verdad que en otra nación alguna non est inventus similis illi. Gobernó en paz y justicia a sus vasallos. Fue amado de los buenos, temido de los malos, padre de todos, especialmente de los pobres. Juntó las dos coronas de Castilla y León, adquiriendo con su conducta y valor esta segunda, que la injusticia de su padre y ambición de sus hermanas doña Sancha y doña Dulce, querían desmembrar de la primera. Ganó para Castilla y para el cielo los reinos de Murcia, Córdoba y Sevilla. Estableció el Supremo Consejo de Castilla, obra grande para la recta administración de la justicia en estos reinos; instituyó excelentes leyes y empezó la colección de las Partidas, que absolvió su sucesor. En fin, lleno de todo género de laureles, subió al empíreo a recibir otra corona infinitamente más ilustre que la que dejó en la tierra.