fi-”- jzmA KTlTl’A^ jl J Jaime Balmes Presbi'tero Cartas a un escéptico en materia de religión 1 Advertencia De las 25 cartas que se han reunido en este volumen, catorce salieron a la luz en la revista La Sociedad, que el mismo autor pu- blicó en Bareel o na, en los anos de 1843 y 1844. Después se ana- dieron once cartas més para completar la presente edición. Esta colección puede considerarse como una apologia de la Religión Católica, escrita con la variedad amena a que de suyo convida el estilo epistolar. La circunstancia de dirigirse todas las cartas a un escéptico, hace que se puedan presentar las pruebas, las dificulta- des y las soluciones, bajo el aspecto més acomodado al espfritu y necesidades de la época.
2 INDICE Carta I: El escepticismo. Caracter de la autoridad ejercida por la Iglesia católica. La fe y la libertad de pensar. Vano prestigio de las dendas.
Carta II: Multitud de religiones. Impotencia de la filosofia en la explicación de los misterios del hombre.
Carta III: Sencilla demostración de la existencia de Dios. Eter- nidad de las penas del infierno. El purgatorio.
Carta IV: Filosofia del porvenir. El catolicismo no esta amena- zado de muerte. En los cuatro angulos del universo esta dando senales que acreditan su vida y vigor. En todas las épocas la Igle- sia ha sufrido grandes males.
Carta V: La sangre de los martires. El valor y la fortaleza. Los martires. Situación horrible en que se encontraban. La persecución y el entusiasmo. El perseguir una doctrina no es buen medio para propagarla. Comparación entre la propagación del cristianismo y la del protestantismo.
Carta VI: La transición social. Pruebas históricas de que es gene- ral a todos los tiempos. Se examina si el progreso es la ley de las sociedades. Se admite este principio, pero con alguna restricción. La civilización antigua y la moderna. Nuestros males no son tantos como los de otros tiempos. Causas que contribuyen a abultarlos. El cristianismo nada tiene que temer de las transiciones sodales.
Carta VII: La tolerancia. La gracia y la fe. Doctrina católica sobre la fe. Injusticia e intolerancia de los incrédulos. Un fiel puede tener idea clara del estado de espiritu de un incrédulo. Lo que debe ha- cer un católico antes de disputar con un incrédulo. En las disputas religiosas es necesario guardarse del orgullo.
Carta VIII: Doctrinas falsas sobre la inmortalidad del alma, la libertad del hombre y la duración del mundo. Observaciones sobre la abnegación de la razón. Su vanidad intolerable.
Carta IX: Pantei'smo de la filosofia alemana. La substancia uni- versal de su sistema. La idea. La existencia. La razón impersonal. Las leyes objetivadas.
3 Carta X: El pantei'smo niega la libertad humana. Escuela filosófi- ca francesa de Mr. Cousin. Su panteismo. Con sus teorias todas las religiones quedan reducidas a la nada.
Carta XI: Es falso que la religión nos prohiba amarnos a noso- tros mismos. Lo que nos dice el catecismo sobre el origen y des- tino del hombre. La religión cristiana hermana y armoniza de una manera admirable el amor de Dios, el de si mismo y el del prójimo. Cómo se entiende la muerte del amor propio de que hablan los au- tores misticos. Cómo se entiende el aborrecimiento de si mismo. La moralidad del Evangelio ha sido aplaudida hasta por los mas violentos enemigos del cristianismo.
Carta XII: Contradicciones de los incrédulos. La moral de los hombres irreligiosos. Defensa de la moral del Evangelio. Las pa- siones. Actos internos y externos. Diferencia Capital entre la religión cristiana y los filósofos que la combaten. Vicio radical del sistema de los incrédulos. Aplicación al principio de fraternidad universal. Sabiduria de la moral evangélica. Suavidad de los incrédulos con- vertida en crueldad. Observaciones sobre la Providencia. Importan- cia de la religión.
Carta XIII: La humildad. Dicho de Santa Teresa. Pasaje de San Francisco de Sales. Cuan agradable es la humildad a los ojos del mundo.
Carta XIV: Los cristianos viciosos. Los tibios. Cómo es posible que un hombre religioso sea vicioso. El jugador. El disipador. Ob¬ servaciones sobre las pasiones humanas. Efecto de la religión so¬ bre la moral de los hombres. Sus efectos preventivos. Flaqueza de la moral de los hombres irreligiosos.
Carta XV: Destino de los ninos que mueren sin bautismo. Pena de daho y de sentido. Las opiniones y el dogma. Protestantes y ca- tólicos. Santo Tomas. Ambrosio Catarino. Se defiende la justicia de Dios.
Carta XVI: Los que viven fuera de la Iglesia. Justicia de Dios. La culpa supone la libertad. Observaciones sobre la obscuridad de los misterios.
Carta XVII: La visión beati'fica. El conocimiento y el afecto en sus relaciones con la felicidad. Dos conocimientos de intuición y de concepto. En qué consiste el dogma de la visión beatifica.
4 Carta XVIII: El purgatorio. Cómo se alian el dogma del infierno y el del purgatorio. Los sufragios. La caridad. Belleza de nuestro dogma. No es invención humana.
Carta XIX: La felicidad en la tierra. Justos e injustos. Preocupa- ción general sobre la fortuna de los malos. Los males generales al- canzan a todos. La virtud es mas feliz. Leyes fisicas y morales. Se debe prescindir de excepciones. Los criminales que caen bajo la ley. Los que la evitan. Ilusión de su dicha. Parangón de buenos y malos. De ambas clases los hay felices e infelices. La diferencia en la desgracia. La preocupación en contradicción con los proverbios. Los ambiciosos violentos. Su suerte. Los intrigantes. Sus padeci- mientos. El avaro. El pródigo. El disipador. Harmoma de la virtud con todo lo bueno. Hay justicia sobre la tierra.
Carta XX: El culto de los Santos. Cómo se distingue del que se da a Dios. Por qué honramos a los Santos. Diferencias entre el jus- to en vida y el santo en el cielo. Veneración de la virtud. Las ima¬ genes. La religión y el arte. Los Santos bienhechores de la huma- nidad.
Carta XXI: La invocaclón a los Santos. Valor de la oración de un hombre por otro. Inclinación natural a esta oración. Tradición uni- versal en su favor.
Carta XXII: Veneración de las reliquias y de los sepulcros. Si el culto debe interesar la sensibilidad. Dos movimientos de adentro afuera y de afuera adentro. Naturalidad y utilidad de este culto.
Carta XXIII: Comunidades religiosas. Injusticia de ciertas restric- ciones. Su derecho a la libertad. Si las comunidades religiosas son cosa esencial en la Iglesia. Las comunidades religiosas y la socie- dad; su historia y porvenir.
Carta XXIV: La severidad de las instituciones religiosas. Qué es el religioso. Necesidad de un pabulo. Leyes e instituciones. Su ne- cesidad de preservativos. Gradación de los transitos del bien al mal. Ejemplo de la infracción de las leyes. Las formalidades. Las leyes mas fuertes no son las mas observadas. Sabiduria de los fundadores de los institutos religiosos. Abundancia de ocupaciones y practicas. Ley de la distribución de fuerzas entre las facultades del alma.
5 Carta XXV: La objeción del escéptico contra lo extraordinario.
No es signo de sabiduna la incredulidad en lo extraordinario. Razón de la credulidad de los grandes pensadores. Incredulidad de los ig- norantes. Lo extraordinario en muchas cosas. Origen del lenguaje. Origen del hombre. Origen del mundo. Misterio de la vida. Misterios astronómicos. Por qué los hombres grandes son religiosos. Gran- dor y misterios de la realidad.
& 6 Carta I Cuestiones importantes sobre el escepticismo.
Caracter de la autoridad ejercida por la Iglesia católica. La fe y la libertad de pensar. Vano prestigio de las dendas. Un pronuncia- miento cientffico. Naufragio de las convicciones filosóficas. Sistema para aliar cierto escepticismo filosófico con la fe católica. El escep¬ ticismo y la muerte. El escepticismo, causante de un tedio insopor- table, es una de las plagas caracterfsticas de la época. Motivos de la permisión divina. La fe contribuye a la tranquilidad de espfritu.
Mi estimado amigo: Dificil tarea me ha deparado usted en su apreciada carta, ha- blandome del escepticismo: éste es el problema de la época, la cuestión Capital, dominante, que se levanta sobre todas las demas, cual entre tenues arbustos el encumbrado ciprés. ^Qué pienso del escepticismo; qué concepto formo de la situación actual del espfritu humano, tan tocado de esta enfermedad?; ^cuales son los proba- bles resultados que ha de acarrear a la causa de la religión? Todo esto quiere usted que Ie diga; a todas estas preguntas exige usted una respuesta cabal y satisfactoria; ahadiéndome que «quizas de esta manera se esclarezcan algün tanto las tinieblas de su enten- dimiento, y se disponga a entrar de nuevo bajo el imperio de la fe».
Deja usted entrever algunos recelos de que mis respuestas sean sobradamente dogmaticas y decisivas; haciéndome, la carita- tiva advertencia de que «es menester despojarse por un momento de las convicciones propias, y procurar que la discusión filosófica se resienta todo lo menos posible de la invariable fijeza de las doc- trinas religiosas». Asomaba a mis labios la sonrisa al leer las pala- bras que acabo de transcribir, viendo que de tal manera vivia usted equivocado sobre la verdadera situación de mi espfritu; pues se fi- guraba hallarme tan dogmatico en filosoffa como me habfa encon- trado en religión. Me parece que, a fuerza de declamar contra la esclavitud del entendimiento de los católicos, han logrado en buena parte su dahado objeto los incrédulos y los protestantes, persua- diendo a los incautos de que nuestra sumisión a la autoridad de la 7 Iglesia en materias de fe, quebranta de tal suerte el vuelo del espi- ritu y anonada tan completamente la libertad de examinar, hasta en los ramos que no pertenecen a la religión, que somos incapaces de una filosofia elevada e independiente. Asi tenemos por lo comün la desgracia de que sin conocernos se nos juzgue, y sin oirnos se nos condene. La autoridad ejercida por la Iglesia católica sobre el entendimiento de los fieles, en nada cercena la libertad justa y razonable que se expresa en aquellas palabras del Sagrado Texto: entregó el mundo a las disputas de los hombres.
Todavia me atreveré a arïadir que, seguros los católicos de la verdad en los negocios que mas les importan, pueden ocupar- se en las cuestiones puramente filosóficas con animo mas tranquilo y sosegado, que no los incrédulos y escépticos: me- diando entre ellos la diferencia que va de un observador que con- templa los fenómenos terrestres y celestes desde un lugar a cubier- to de todo peligro, a otro que se halla precisado a verificarlo desde una fragil tabla abandonada a merced de las olas. ^Cuando enten- deran los enemigos de la religión que la sumisión a la autoridad legftima nada tiene de servilismo, que el homenaje tributado a los dogmas revelados por Dios no es torpe esclavitud, sino el mas noble ejercicio que podamos hacer de la libertad? También los católicos examinamos, también dudamos, también nos engolfamos en el piélago de las investigaciones; pero no dejamos la brüjula de la mano, es decir, la fe; porque, asi en la luz del dia como en las tinieblas de la noche, queremos saber dónde esta el polo para dirigir cual conviene nuestro rumbo.
Habla usted de la flaqueza de nuestro espiritu, de la incerti- dumbre de los conocimientos humanos, de la necesidad de discutir con aquella modesta reserva inspirada por el sentimiento de la pro- pia debilidad; ^pues qué?, ^por ventura esas mismas reflexiones no son la mas elocuente apologia de nuestra conducta?; ^no es esto mismo lo que estamos continuamente encareciendo, cuando probamos y evidenciamos que es ütil, que es prudente, que es cuerdo, que es indispensable el vivir sometido a una regla? Su- puesto que se ofrece la oportunidad, y que la buena fe exige que hablemos con toda sinceridad y franqueza, debo manifestarle, mi estimado amigo, que, salvo en materias religiosas, me inclino a 8 creer que no lleva usted tan adelante el escepticismo como éste que usted se imaginaba tan dogmatico.
Hubo un tiempo en que el prestigio de ciertos hombres, el des- lumbramiento producido por la radiante aureola que coronaba sus sienes, la ninguna experiencia del mundo cientifico, y, sobre todo, el fuego de la edad, avido de cebarse en algün pabilo noble y se- ductor, me habian comunicado una viva fe en la ciencia y me ha- cian saludar con alborozo el dia afortunado, en que introducirme pudiera en su templo para iniciarme en sus profundos arcanos, si- quiera como el ültimo de sus adeptos. jOhl, aquélla es la mas her- mosa ilusión que halagar pudo el alma humana: la vida de los sa- bios me parecia a mi la de un semidiós sobre tierra; y recuerdo que mas de una vez fijaba con infantil envidia mis ojos sobre un alber- gue que encerraba un hombre mediano, que yo en mi experiencia conceptuaba gigante. Penetrar los principios de todas las cosas, levantar un tupido velo que cubre los secretos de la naturaleza, le- vantarse a regiones superiores descubriendo nuevos mundos que se escapan a los ojos de los profanos, respirar en una atmósfera de purisima luz, donde el espiritu se despegara del cuerpo, adelan- tandose a gozar de las delicias de un nuevo porvenir: éstos creia yo que eran los beneficios que proporcionaba la ciencia; nadando en esta felicidad contemplaba yo a los sabios; viniendo, por fin, los aplausos y la gloria que a porfia les rodeaban, a solazarlos en los breves momentos en que, descendiendo de sus celestiales excursiones, se dignaban poner de nuevo sus pies sobre la tierra.
La literatura, me decia yo a mi mismo, sus investigaciones sobre lo bello, lo sublime, sobre el buen gusto, sobre las pasiones, les suministraran reglas seguras para producir en el animo del oyente o del lector el efecto que se quiera; sus estudios sobre la logica e ideologia les daran un clarisimo conocimiento de las ope- raciones del espiritu, y de la manera de combinarlas y conducirlas para alcanzar la verdad en todo linaje de materias; las ciencias matematicas y fisicas deben de rasgar el velo que cubre los se¬ cretos de la naturaleza; y la creación entera con sus arcanos y ma- ravillas se desplegara a los ojos de los sabios, como se desarrolla un raro y precioso lienzo a la vista de favorecidos espectadores; la psicologi'a los llevara a formarse una completa idea del alma hu¬ mana, de su naturaleza, de sus relaciones con el cuerpo, del modo 9 de ejercer sobre éste su acción, y de recibir de él las varias impre- siones; las ciencias morales, las sodales y poli'ticas les ofrece- ran en un vasto cuadro la admirable armonia del mundo moral, las leyes del progreso y perfección de la sociedad, las infatigables re- glas para bien gobernar; en una palabra, me imaginaba yo que la ciencia era un talisman que obraba maravillas sin cuento, y que quien llegase a poseerla, se levantaba a inmensa altura sobre el vulgo de la triste humanidad. jVana ilusión, que bien pronto co- menzó a marchitarse, y que al fin se deshojó como flor secada por los ardores del estio!
Cuanto mas dorados habian sido mis suenos, y mayor, por consiguiente, mi avidez de conocer lo que tenian de realidad, tanto mas dura fue la lección que recibi y mas temprana vino la hora de entender mi engaho. Apenas entrado en aquellas asignaturas donde se ventilan algunas cuestiones importantes, principió mi espfritu a sentir una inquietud indefinible, a causa de no ha- llarme bastante ilustrado por lo que leia ni por lo que oia. Ahoga- ba en el fondo de mi alma aquellos pensamientos que surgian in- cesantemente sin poderlo yo remediar; y procuraba acallar mi des- contento, lisonjeandome con la esperanza de que para mas ade¬ lante me estaba reservado el quedarme enteramente satisfecho. «Sera menester, me decia yo, ver primero todo el cuerpo de doctri- na, de la cual no alcanzas ahora mas que los primeros rudimentos; y entonces, a no dudarlo, encontraras la luz y la certeza que en la actualidad echas de menos.»
Dificilmente hubiera podido persuadirme a la sazón de que hombres cuya vida se habia consumido en improbos trabajos, y que con tal seguridad ofrecian al mundo el fruto de sus sudores, hubiesen aprendido sobre las gravisimas materias en que se ocu- pan, poco mas que el arte de hablar con facilidad en pro o en contra de una opinión, metiendo mucho ruido con palabras huecas y con discursos pomposos. Todas mis dificultades, todas mis dudas y escrüpulos, todo lo atribuia a mi inexperiencia, a mi torpeza en comprender el sentido de lo que me decian autores tan respetables: por cuyo motivo se apoderó de mi la idea de saber el arte de aprender. No se afanaron tanto los antiguos quimicos en pos de la piedra filosofal, ni los modernos publicistas en busca del equilibrio de los poderes, como yo andando en zaga del arte mara- 10 10 villoso: y Aristóteles, con sus infinitos sectarios, y Raimundo Lulio, y Descartes, y Malebranche, y Locke, y Condillac, y no sé cuantos menos notables, cuyos nombres no recuerdo, no bastaban a satis- facer mi ardor. Quién me ocupaba y confundia con las mil reglas sobre los silogismos, quién senalaba mayor importancia a los jui- cios y proposiciones, quién a la claridad y exactitud de la percep- ción, quien me abrumaba con preceptos sobre el método, quién me llevaba de la mano a la investigación del origen de las ideas, de- jandome mas a obscuras que antes: en breve no tardé en adver- tir que cada cual echaba por su camino favorito, y que a quien se empenase en seguirlos Ie habian de volver la cabeza.
Estos senores directores del entendimiento humano, dije para mi mismo, no se entienden entre si: esto es la torre de Babel, en que cada cual habla su lengua; con la diferencia de que alli el orgu- llo acarreó el castigo de la confusión y aqui la confusión misma aumenta el orgullo, erigiéndose cada cual en ünico legitimo maestro, y pretendiendo que todos los demas no ofrecen para el derecho de ensenanza sino titulos apócrifos. Al propio tiempo, iba notando que lo mismo con corta diferencia sucedia en los demas ramos del humano saber; con lo que entendi que era necesario, urgente, desterrar la hermosa ilusión que sobre las ciencias me ha- bia formado. Estos desengahos habian preparado mi espiritu a una verdadera revolución; y, aunque vacilando algunos momentos, al fin me decidi a pronunciarme contra los poderes cientificos, y, al- zando en mi entendimiento una bandera, escribi en ella: abajo la autoridad cientifica.
Nada tenia yo para substituir al poder destruido, porque, si esos respetables filósofos sabi'an poco sobre las altas cues- tiones cuya soluclón andaba buscando, yo sabia menos que ellos, pues no sabia nada. Ya puede usted imaginarse que no deja- ria de serme doloroso el consumar una revolución semejante; y que a veces hasta me acusaba de ingrato, cuando, llevando la re¬ volución hasta sus ültimas consecuencias, forzaba a emigrar de mi espiritu personas tan respetables como Platón, Aristóteles, Descar¬ tes, Malebranche, Leibnitz, Locke y Condillac. La anarqma era el necesario resultado de un paso semejante; pero yo me resignaba gustoso a ella, antes que llamar nuevamente al gobierno de mi en¬ tendimiento a estos senores que asi me habian engahado. Ade- 11 mas, que, habiendo probado ya el placer de la libertad, no queria deslustrar el triunfo pasando por las horcas caudinas.
Apremiado mi espiritu por la sed de verdad, no podia que- dar en un estado de completa inercia; y asi es que emprendi' bus- carla con mayor empeno, no pudiendo oreer que estuviera el hombre condenado a ignorarla mientras vive en este mundo. Sin duda creera usted que un escepticismo universal fue el inmediato resultado de mi revolución, y que, concentrado dentro de mi mis- mo, dudé de la existencia del mundo que me rodeaba, dudé de la existencia de mi propio cuerpo, y que, temeroso de que se me es- capara toda existencia, y que a manera de encantamiento me ha- llase reducido a la nada, me apresuré a asirme del raciocinio de Descartes: yo pienso, luego soy; ego cogito, ergo sum. Pues nada de eso, mi estimado amigo: que, si bien tenia alguna afición a la fi- losofia, no estaba, sin embargo, fanatizado por el filósofo; y sin re- flexionar mucho me convenci de que dudar de todo, es carecer de lo mas precioso de la razón humana, que es el sentido co- mün. No me faltaba la noticia del axioma o entimema de Descartes y de otras semejantes proposiciones o principios; pero siempre me pareció que tan cierto me estaba de que existia como de que pen- saba, como de que tenia cuerpo, como del movimiento, como de las impresiones de los sentidos, como del mundo que me rodeaba; y, por consiguiente, reservandome fingir por algunos momentos esa duda para cuando el ocio y el humor lo consintieran, me quedé con todas las convicciones y creencias que antes, salvo las llamadas filosóficas. Para éstas fui, y he sido, y seré inexorable: la filo- sofi'a proclama sin cesar el examen, la evidencia, la demostra- ción; enhorabuena; pero sepa al menos que, cuando seamos hombres y no mas, nos arreglaremos en nuestras convicciones cual a nosotros nos cumpla, siguiendo las inspiraciones del buen sentido; pero, en los ratos en que seamos filósofos, que para to¬ do hombre son ratos muy breves, reclamaremos sin cesar el de- recho de examen, exigiremos evidencia, pediremos demostración seca. Quien reina en nombre de un principio, menester es que se resigne a sufrir los desacatos que puedan dimanar de las conse- cuencias.
Claro es que en este naufragio universal de las convicciones filosóficas no entraban las religiosas: éstas las habia adquirido por 12 otro camino, se presentaban a mi espiritu con otros tftulos, y, sobre todo, se encaminaban de suyo a dirigir la conducta, a hacerme, no sabio, sino bueno; de consiguiente, contra ellas no se irritó mi susceptibilidad pirrónica. Todavia mas: lejos de que sintiera inclina- ción a separarme de las creencias que se me habfan inspirado en la Infancia, me convenci mas y mas de la necesidad, y hasta del interés propio, que tenia en no perderlas; pues que comencé a mirarlas como la ünica tabla de salvación en este proceloso mar de las cavilaciones humanas. Se acrecentó el deseo de aferrarme en la fe católica, cuando, ocupandome algunos ratos, con espiritu de completa independencia, en el examen de las transcendentales cuestiones que la filosoffa se propone resolver, me vi rodeado por todas partes de espesisimas tinieblas; sin que se descubriese mas luz que algunas rafagas siniestras, que, sin alumbrar el camino, so¬ lo servian para hacerme visible la profundidad de los abismos a cu- yo borde se hallaban mis plantas.
Por esto conservaba en el fondo de mi alma la fe católica co¬ mo un tesoro de inestimable valor; por esto, al encontrarme angus- tiado en vista de la nada de la ciencia del hombre, y cuando me parecia que la duda se iba apoderando de mi espiritu, haciendo desaparecer de mis ojos el universo entero, como desaparecen de la vista de los espectadores las mentirosas ilusiones con que por algunos momentos los ha entretenido un habil prestigiador, daba una mirada a la fe, y su solo recuerdo era bastante a conformarme y alentarme.
Recorriendo las cuestiones que cual insondables piélagos ro- dean los principios de la moral, examinando los incomprensibles problemas de la ideologia y de la metafisica, echando una ojeada a los misterios de la historia y a los escrüpulos de la critica, contem- plando la humanidad entera en su actual existencia y en los som- brios arcanos de su porvenir, se deslizaban a veces por mi enten- dimiento pensamientos aciagos, cual monstruos desconocidos que asoman su cabeza, asustando al viajero en una playa solitaria; pe- ro yo tenfa fe en la Providencia, y la Providencia me salvo. He aqui cómo discuma para fortificar mi espiritu, dejando a la gracia que no dejara estériles mis débiles esfuerzos. «Si dejas de ser ca- tólico, no seras por cierto ni protestante, ni judfo, ni musui¬ man, ni idólatra; estaras, pues, de golpe en el defsmo. Entonces 13 13 te hallaras con Dios; pero, no sabiendo nada sobre tu origen y tu destino, nada sobre los incomprensibles misterios que por expe- riencia ves y sientes en ti mismo y en la humanidad entera, nada sobre la existencia de premios, y penas en otro mundo, sobre la otra vida, sobre la inmortalidad del alma; nada sobre los motivos que haya podido tener la Providencia en condenar a sus criaturas a tantos sufrimientos sobre la tierra, sin darles ninguna noticia que consolarlas pudiera con la esperanza de otros destinos; nada en- tenderas de las grandes catastrofes que con tanta frecuencia ha padecido, padece y andara padeciendo el humano linaje, es decir, que no hallaras la acción de la Providencia en ninguna parte; no hallaras, por consiguiente, a Dios; por tanto, dudaras de su exis¬ tencia, si es que no abraces decididamente el ateismo. Fuera Dios del universo, el mundo es hijo del acaso, y el acaso es una pa- labra sin sentido, y la naturaleza un enigma, y el alma humana una ilusión, y las relaciones morales nada, y la moral una mentira. Consecuencia logica, necesaria, inflexible; el término fatal que no puede el hombre contemplar sin estremecerse, negro e insondable abismo al cual no cabe abocarse sin espanto y horror».
Asi media el camino que me era preciso seguir, una vez apar- tado de la fe católica, si intentara continuar en el examen filosófico sacando consecuencias de los principios que yo mismo hubiera sentado en el momento de la defección. A tanta insensatez no que- ria yo llegar, no queria suicidarme de tal suerte matando mi exis¬ tencia intelectual y moral, apagando de un soplo la sola antorcha que alumbrarme podia en el breve trecho de la vida. Asi me he quedado con mucha desconfianza en la ciencia del hombre, pero con profunda fe religiosa: llamelo usted pusilanimidad o como mas Ie agradare: no creo, sin embargo, que me pese de la resolu- ción cuando me halle al borde de la tumba.
Hay en las regiones de la ciencia, como en los senderos de la practica, ciertas reglas de buen juicio y prudencia de las que no debe el hombre desviarse jamas. Todo lo que sea luchar contra el grito de nuestro sentido mtimo, contra la voz de la naturaleza mis¬ ma, para entregarse a vanas cavilaciones, es ajeno de la cordura, es contrario a los principios de la sana razón. Por esta causa, debe condenarse como insensato el sistema de un escepticismo univer- sal hasta en las materias puramente filosóficas; sin que por esto 14 14 sea menester abrazar ciegamente las opiniones de esta o aquella escuela. Pero donde conviene particularmente la sobriedad en el uso de la razón, es en materlas religiosas: porque, siendo és- tas de un orden muy elevado, y rozandose en muchos puntos con las torcidas inclinaciones del corazón, tan presto como la razón empieza a cavilar y sutilizar en demasia, se halla el hombre en un laberinto donde paga muy caros su presunción y orgullo. Se queda el entendimiento en un cansancio, en un abatimiento, en una pos- tración indecibles, desde que se ha levantado contra el cielo; como nos cuentan las historias de aquel brazo que, en el momento de ex- tenderse a un objeto sagrado, se sintió herido de paralisis.
jSingularidad notablel, el escepticismo religioso sirve üni- camente en medio de la dicha terrena, solo se alberga tranqui- lamente en el hombre, cuando, rebosando de salud y de vida, mira como eventualidad muy lejana el instante supremo en que Ie sera preciso al espiritu el despegarse del cuerpo mortal y pasar a otra vida. Pero desde el momento en que la existencia esta en peli- gro, cuando vienen las enfermedades, como heraldos de la muer- te, a indicarnos que no esta lejos el terrible trance; cuando un ries- go imprevisto nos advierte que estamos como colgados de un hilo sobre el abismo de la eternidad, entonces el escepticismo deja de ser satisfactorio; la mentida seguridad que poco antes nos pro- porcionara, se trueca en incertidumbre cruel, angustiosa, llena de remordimientos, de sobresalto, de espanto. Entonces el escepti¬ cismo deja de ser cómodo, y pasa a ser horroroso; y en su mortal postración busca el hombre la luz, y no la encuentra; llama a la fe, y la fe no Ie responde; invoca a Dios, y Dios se hace sordo a sus tardias invocaciones.
Y para ser el escepticismo duro, cruel tormento del alma, no es necesario hallarse en esos trances formidables en que el hom¬ bre fija azorada su vista en las tinieblas de un incierto porvenir; en el curso ordinario de la vida, en medio de los acontecimientos mas comunes, siente mil veces el hombre cual cae gota a gota so¬ bre su corazón el veneno de la vibora que en su seno abriga. Mo- mentos hay en que los placeres cansan, el mundo fastidia, la vida se hace pesada, la existencia se arrastra sobre un tiempo que ca- mina con lentitud perezosa. Un tedio profundo se apodera del al¬ ma; un indecible malestar Ie aqueja y atormenta. No son los pesa- 15 res abrumadores que destrozan el corazón, no es la tristeza que abate el espiritu y Ie arranca dolorosos suspiros por medio de pun- zantes recuerdos: es una pasión que nada tiene de viva, de aguda; es una languidez mortal, es un disgusto de cuanto nos circunda, es un penoso entorpecimiento de todas las facultades, como aquel desasosegado estupor que en ciertas dolencias anuncia crisis peli- grosas. <,Para qué estoy yo en el mundo?, se dice el hombre a si mismo. <j,Qué ventajas me trae el haber salido de la nada? <j,Qué pierdo apartandome de la vista de una tierra para mi agostada, de un sol que para mi no brilla? El dia de hoy es insipido como el dia de ayer, y el dia de manana lo sera como el de hoy; mi alma esta sedienta de gozar y no goza; avida de dicha y no la alcanza; con- sumiéndose como una antorcha que por falta de pabilo desfallece. ^No ha sentido usted repetidas veces, mi estimado amigo, este tormento de los afortunados del mundo, ese gusano roedor de los espiritus que se pretenden superiores?; ^no asoma jamas en su pecho ese movimiento de desesperación que se ofrece al hombre como el ünico remedio de un mal tan insoportable? Pues sepa us¬ ted que uno de sus funestos manantiales es el escepticismo, ese vacio del alma que la desasosiega y atormenta, esa ausencia espantosa de toda fe, de toda esperanza, esa incertidumbre so- bre Dios, sobre la naturaleza, sobre el origen y destino del hombre. Vacio tanto mas sensible cuanto mas recae en almas ejercitadas en el discurso por el estudio de las ciencias, excitadas en todas sus facultades mentales por una literatura loca que solo se propone producir efecto, aunque sean los sacudimientos de la electricidad o las convulsiones del galvanismo; almas que sienten avivadas y aguzadas todas las pasiones por un mundo sagaz, que les habla en todos los idiomas y las conmueve de tan varias maneras, echando mano de infinidad de recursos.
He aqui, mi estimado amigo, lo que pienso del escepticismo, lo que opino de sus efectos sobre el espiritu humano. Le considero como una de las plagas caracteristicas de la época, y uno de los mas terribles castigos que ha descargado Dios sobre el humano linaje.
^Cómo se puede remediar un mal tamaho? No lo sé; pero si me atreveré a decir que se pueden atajar algün tanto sus progre- sos; y me inclino a esperar que asi se hara, siquiera por el interés 16 de la sociedad, por el buen orden y bienestar de la familia, por el reposo y sosiego del individuo. El escepticismo no ha caido de re- pente sobre los pueblos civilizados; es una gangrena que ha cun- dido con lentitud; lentamente se ha de remediar también; y seria uno de los mas estupendos prodigios de la diestra del Omnipoten¬ te, si para su curación no fuera menester el transcurso de muchas generaciones.
Asi entendera usted, mi estimado amigo, que no me hago ilu- siones sobre la verdadera situación de las cosas; y que, flotando yo en medio de las olas sobre la tabla que me conducira a la salva- ción, no pierdo de vista el destrozo que en mis alrededores existe, no olvido la funesta catastrofe que han sufrido los espiritus por un fatal concurso de circunstancias durante los tres ültimos siglos.