óCómo permite Dios, me dice usted, que ande fluctuando la humanidad en medio de tantos errores, y que de tal suerte se ex- travie sobre los puntos que mas Ie interesan? Esta dificultad no se limita a la permisión divina con respecto a las sectas separadas, sino que se extiende a las demas religiones; y, como éstas han si- do muchas y extravagantes desde que el humano linaje se apartó de la pureza de las tradiciones primitivas, la objeción abarca la his- toria entera, y el pedir su solución es nada menos que demandar la clave para explicar los arcanos que en tanta abundancia se ofrecen en la historia de los hijos de Adan.
No es éste asunto que se preste a ser aclarado en pocas pa- labras, si aclaración llamarse puede lo que sobre tan profundo mis- terio alcanza el débil hombre; como quiera, procuraré hacerlo en otra carta, dado que la presente va tomando mas ensanche del que fue menester.
Manifestada tiene usted mi opinión sobre el escepticismo reli- gioso, y declarado también cual se aviene la fe católica con una prudente desconfianza de los sistemas de los filósofos. Mu- chos quizas no se avengan con esta manera de mirar las cosas; sin embargo, la experiencia demuestra que el espiritu se halla muy bien en este estado; y que cierto grado de escepticismo cientffi- co hace mas facil y llevadera la fe religiosa. Si en ella no me mantuviese la autoridad de una Iglesia que lleva mas de 18 si¬ glos de duración, que tiene en confirmación de su divinidad su misma conservación a través de tantos obstaculos, la sangre 17 de innumerables martires, el cumplimiento de las profeci'as, in- finitos milagros, la santidad de la doctrina, la elevación de sus dogmas, la pureza de su moral, su admirable armom'a con todo cuanto existe de bello, de grande, de sublime, los inefables beneficios que ha dispensado a la familia y a la sociedad, el cambio fundamental que en pro de la humanidad ha realizado en todos los pai'ses donde se ha establecido, y la degradación, el envilecimiento, que sin excepción veo reinando allf donde ella no domina; si no tuviera, digo, todo este imponente conjunto de moti- vos para conservarme adicto a la fe, haria un esfuerzo para no apartarme de ella, cuando no fuera por otra razón, por no perder la tranquilidad de espi'ritu.
Dé usted una ojeada en torno, mi estimado amigo; no vera mas por doquier que horribles escollos, regiones desiertas, playas inhospitalarias. Éste es el ünico asilo para la triste humanidad: arró- jese quien quiera al furor de las olas; yo no dejaré esta tierra bendita donde me colocó la Providencia. Si algün dia, fatigado y rendido de luchar con las tempestades, se aproxima usted a las venturosas orillas, se tendra por feliz si en algo puede favorecerle tendiéndole una mano auxiliadora este S. S. S. Q. B. S. M.
J. B.
18 Carta II Multitud de religiones.
Profundo misterio que aquf se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este dano mucho més que todos los sectarios. Explica- ción del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba de m as iad o no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificul- tad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosoffa en la explicación de los misterios del hombre.
Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que usted me propoma, relati¬ va a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religio¬ nes. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de se- guridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirar- la cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentandola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Anadiré, ademas, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de senalar razones del todo satisfactorias en esclareci- miento de la objeción indicada, pues estoy mtimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providen- cia, que al hombre no Ie es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos mas mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la ver- dad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuer¬ za de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la ünica verdadera.
Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravi'simo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay mas que una re¬ ligión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la 19 eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las reli- giones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la ensenanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi animo atenuar en lo mas mmimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este dano que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla co¬ mo la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen unica verdadera, no profe- san el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pue¬ den contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humani- dad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, ademas, estan obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo mtimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su va- lor, presentandola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comünmente.
Tienen los dialécticos un principio que dice; quod nimis probat nihil probat; lo que prueba demasiado no prueba nada; lo que significa que, cuando un argumento cualquiera no solo concluye lo que nosotros nos proponemos, sino también lo que a las claras es falso, de nada sirve para probar ni aün lo que nosotros intentamos. La razón en que este principio se funda es muy clara: lo que con- duce a un resultado falso, ha de ser falso también; luego, por mas especioso que sea su argumento, por mas apariencias que tenga de solidez, por el mismo hecho de llevarnos a una conse- cuencia falsa, nos da una infalible senal de que o entrana alguna falsedad en las proposiciones de que se compone, o algün vicio de razonamiento en el enlace de las mismas, y por tanto en la deduc- ción a que nos lleva. Si, por ejemplo, me propongo demostrar que la suma de los angulos de un triangulo es mayor que un recto, y 20 con mi demostración pruebo que dicha suma es mayor que dos rectos, esta demostración de nada servira, porque con ella pruebo demasiado, es decir, que es mayor que dos rectos, lo que no pue- de ser; y este resultado sera para mi una infalible senal de que hay un vicio en la demostración, y que no puedo aprovecharme de ella para probar nada.
Otros ejemplos: si, examinando un antiguo manuscrlto, pre- tendo desecharle como apócrifo, y senalo para ello una razón criti¬ ca, de la que resulten condenados también codices cuya autentici- dad no admite duda, claro es que debo apartarme de mi razona- miento, seguro de que esta mal concebido: prueba demasiado, y por lo mismo no prueba nada. Si, examinando la veracidad de la narración de un viajero, me empeno en que se ha de dar fe a sus palabras alegando razones de las que se infiere que es menester dar crédito a otras relaciones conocidamente falsas, mi manera de discurrir seria mala también porque probana demasiado.
Perdone usted, mi querido amigo, si me he detenido algün tan- to en desenvolver este principio que en muchisimos casos sirve y de que pienso hacer uso en la cuestión que nos ocupa: y con esto entendera usted que no juzgo del todo inütiles las reglas para bien discurrir, y que mi desconfianza en los filósofos no se extiende a todo lo que se halla en la filosofia.
Apliquemos estos principios. Se nos objeta a los católicos la multiplicidad de religiones, como si a nosotros ünicamente embara- zara la dificultad, como si todos los que profesan un culto, sea cual fuere, no debiesen sobrellevar in solidum todos los inconvenientes que de ahi pueden resultar. En efecto: si la multiplicidad de reli¬ giones algo prueba contra la verdad de la católica, lo mismo prueba contra la de todas; tenemos, pues, que no solo viene al suelo la nuestra, sino cuantas existen y han existido. Ademas: si la dificultad que se levanta contra la permisión de este mal significa algo, es nada menos que una completa negación de toda provi- dencia, es decir, la negación de Dios, el ateismo. La razón es ob- via: el mal de la multiplicidad de religiones es innegable; esta a nuestra vista en la actualidad, y la historia entera es un irrefragable testimonio de que lo mismo ha sucedido desde tiempos muy remo- tos; si se pretende, pues, que la Providencia no puede permitirlo, 21 se pretende también que la Providencia no existe, es decir, que no hay Dios.
Infiérese de aqui que la permisión de la muchedumbre de reli- giones es una dificultad que embaraza al católico y al protestante, al idólatra y al musuiman, al hombre que admite una religión cual- quiera, como al que no profesa ninguna, con tal que no niegue la existencia de Dios. Por ejemplo: si se me presenta un mahometano con su Alcoran y su Profeta, pretendiendo que su religión es verda- dera y que ha sido revelada por el mismo Dios, Ie podré objetar el argumento y decirle: «Si tu creencia es verdadera ócómo es que Dios permite fantas otras? Si se enganan miserablemente los que viven en religión diferente de la tuya, <j,por qué, permite Dios que todos los demas pueblos del mundo permanezcan privados de la luz?» A quien no niegue la existencia de Dios, imposible Ie ha de ser el no admitir su bondad y providencia; un Dios malo, un Dios que no cuida de la obra que él mismo ha criado, es un absurdo que no tiene lugar en cabeza bien organizada; y hasta me atreveré a decir que menos imposible se hace el concebir el ateismo en to- do su error y negrura, que no la opinión que admite un Dios ciego, negligente y malo. Suponiendo, pues, la existencia de un Dios con bondad y providencia, queda en pie la misma dificultad arriba pro- puesta: óCómo es que permite que el humano linaje yerre tan las- timosamente en el negocio mas grave e importante, que es la reli¬ gión? Si se nos dijera que Dios se da por satisfecho de los homenajes de la criatura, sean cuales fueren las creencias que profese y el culto en que Ie tribute la expresión de su gratitud y acatamiento, entonces preguntaremos: ócómo es posible que a los ojos de un Ser de infinita verdad sean indiferentes la verdad y el error?; ^cómo es dable concebir que a los ojos de la santidad infinita sean indiferentes la santidad y la abominación?; ^cómo es posible que un Dios infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente pró- vido, no haya cuidado de proporcionar a sus criaturas algunos medios para alcanzar la verdad, para saber cual era el modo que Ie era agradable de recibir los obsequios y las süplicas de los mor- tales? Si las religiones solo tuviesen entre si diferencias muy lige- ras, el absurdo de darlas todas por buenas fuera menos repugnan- te, pero recuérdese que casi todas ellas estan diametralmente opuestas en puntos importantisimos; que las unas admiten un solo Dios, y otras los adoran en crecido numero; que unas recono- 22 een el libre albedrio del hombre, y otras lo desechan; que unas asientan por uno de los principios fundamentales la creación, otras se avienen con la eternidad de la materia; recórrase la enorme va- riedad de sus respectivos dogmas, de su moral, de su culto, y di- gase si no es el mayor de los absurdos el suponer que Dios puede darse por satisfecho con adoraciones tan contradicto- rias.
Vea usted, mi estimado amigo, cuan bien se aplica a esta cuestión el principio dialéctico que mas arriba he recordado; y có- mo una dificultad que algunos se empenan en dirigir exclusivamen- te contra los católicos, no les toca a ellos ünicamente, sino a to¬ dos los hombres que profesan una religión, y aün a los puros deis- tas. ^Qué debe hacerse en semejantes casos? <j,Cómo se pueden obviar tamanas dificultades? He aqui el camino que en mi concepto debe seguir un hombre juicioso y prudente; he aqui la manera de discurrir mas conforme a razón: «El mal existe, es cierto; pero la Providencia existe tamblén, no es menos cierto; en apariencia son dos cosas que no pueden existir juntas; pero, supuesto que tü sabes ciertamente que existen, esta apariencia de contradicción no te basta para negar esa existencia; lo que debes hacer, pues, es buscar el modo con que pueda desaparecer esta contradicción, y, en caso de que no te sea posible, considerar que esta imposibilidad nace de la debilidad de tus alcances.»
Si bien se observa, en los negocios mas comunes de la vida hacemos a cada paso un raciocinio semejante. Nos encontramos con dos hechos cuya coexistencia nos parece imposible; a nuestro juicio se excluyen, se repugnan; pero ^nos obstinamos por esto en negar que los hechos existan, cuando tenemos bastantes motivos para darnos la competente certeza? De seguro que no. «Esto es para mi un misterio, decimos; no lo entiendo, me parece imposible que asi sea, pero veo que asi es.» En seguida, si la cosa merece la pena, buscamos la razón secreta que nos explique el misterio; pero, si no darnos con ella, no por esto nos creemos con derecho a desechar aquellos extremos de cuya existencia no po- demos dudar, por mas que nos parezean contradictorios.
Por donde vera usted, mi estimado amigo, que una inconce- bible ceguera nos impide a menudo el emplear en el examen de las verdades mas importantes, que son las religiosas, aquellas re- 23 glas de prudencia de que nos valemos en los negocios mas comu- nes; y rechazamos como ofensiva de nuestra independencia y de la dignidad de nuestra razón, aquella conducta que no vacilamos en seguir a cada paso en la dirección y arreglo de nuestros mas pequenos asuntos.
Tan grabados tengo en mi animo estos principios ensenados por la buena logica y por la mas sana prudencia, que me sirven so- bremanera en muchas otras dificultades pertenecientes a la religión y no dejan que se perturbe mi espiritu a la vista de la obscuridad que en ellas descubro y que en mi debilidad no soy bastante a des- vanecer. ^Qué consideraciones mas espantosas que las sugeridas por la terrible dificultad de conciliar la libertad humana con los dogmas de la presciencia y predestinación? Si el hombre no atiende a mas que a la certeza e infalibilidad de la presciencia divi- na, se queda sobrecogido de horror, se Ie erizan los cabellos a la sola consideración de la fijeza del destino, la sangre se Ie hiela en las venas al pensar que, antes de nacer él, ya sabia Dios cual ha- bia de ser su paradero; pero, tan luego como reflexiona un instante, sobreponiéndose al terror y a la desesperación que se apoderaban de su alma, encuentra abundantes motivos para sosegarse, halla aqui un misterio pavoroso, es verdad, pero que no Ie abate ni des- alienta.
«^Eres libre, se dice a si mismo, para obrar el bien y el mal? Si, dudarlo no puedes, te lo enseha la fe, te lo dicta la razón, lo ex- perimentas por el sentido intimo, y con experiencia tan clara, tan infalible, que no quedas mas cierto de tu existencia que de tu libre albedrio. Luego nada importa que no comprendas cómo esta liber¬ tad se concilia con la presciencia de Dios.»
«Este misterio que yo no comprendo, ódebe alterar en al- go mi conducta, volviéndome flojo para el bien, y poco cuidadoso de evitar el mal?; <j,es prudente, es lógico el pensar que, haga yo lo que quiera, siempre se verificara lo que Dios tiene previsto, y que, por consiguiente, son vanos todos mis esfuerzos en seguir el ca- mino de la virtud? No. <j,Y por qué? Porque lo que prueba dema- siado no prueba nada; y, si este raciocinio valiera, se seguiria que tampoco he de cuidar de mis negocios temporales, porque al fin no sera de ellos mas de lo que Dios tiene previsto; que por la mis¬ ma razón no he de corner para sustentarme, ni guarecerme de la 24 24 intemperie, ni andar con tiento al pasar por la orilla de un precipicio, ni medicarme cuando me halle indispuesto, ni retirarme cuando se me viene encima un caballo desbocado, ni salir de una casa que se esta desplomando, y cien y cien otras locuras por este jaez; es de- cir, que el atenerme a tal regla me privarfa de sentido comün, hasta de juicio; haria de mi un loco rematado. Luego la tal regla es falsa, luego de nada debe servirme, luego lo que he de hacer es dejarle a Dios sus incomprensibles arcanos, y portarme yo como hombre recto, juicioso y prudente.»
A esto vienen a parar muchas de las dificultades que contra la religión se proponen: miradas superficialmente, ofrecen una ba- lumba 1 abrumadora; examinadas de cerca, al tocarlas con la vara de la razón y del buen sentido, desaparecen cual vanos fantasmas.
Veamos ahora si se puede encontrar la razón de que Dios permita tal muchedumbre de religiones, tal masa de informes erro- res en el punto que mas interesa al humano linaje. La explicación de este mlsterio, yo no alcanzo que pueda encontrarse sino en otro misterio, en el dogma de la Religión Católica sobre la prevari- cación y consiguiente degeneración de la descendencia de Adan. El pecado, y, como su consiguiente castigo, las tinieblas en el entendimiento, la corrupción en la voluntad: he aqui la fórmula para resolver el problema; revolved la historia, consultad la filoso- fia, nada os diran que pueda ilustraros, si no se atienen a este he- cho misterioso, obscuro, pero que, como ha dicho Pascal, es me¬ nos incomprensible al hombre que no lo es el hombre sin él.
Ésta es la unica clave para descifrar el enigma; solo por ella alcanzamos a explicar esas lamentables aberraciones de la mayor parte de la humanidad; no hay otro medio de dar una explicación plausible a esta calamidad inmensa, como ni a tantas otras que afligen la infortunada prole de los primeros prevaricadores. El dogma es incomprensible, es verdad; pero atreveos a desecharle, y el mundo se os convierte en un caos, y la historia de la humanidad no es mas que una serie de catastrofes sin razón ni objeto, y la vida del individuo es una cadena de miserias; y no encontrais por doquiera sino el mal, y el mal sin contrapeso, sin Embrollo, desorden, Ifo, caos...25 i compensación; todas las ideas de orden, de justicia, se confunden en vuestra mente, y, renegando de la creación, acabais por negar a Dios.
Sentad, al contrario, este dogma como piedra fundamental; el edificio se levanta por si mismo, vivisima luz esclarece la historia del género humano, divisais razones profundas, adorables de- signios, alli donde no vierais sino injusticias, o acaso; y la serie de los acontecimientos desde la creación hasta nuestros dias se desarrolla a vuestros ojos, como un magmfico lienzo donde encon- trais las obras de una justicia inflexible y de una misericordia inago- table, combinadas y hermanadas bajo el inefable plan trazado por la sabiduria infinita.
Si entonces me preguntais ópor qué tan considerable por- ción de la humanidad esta sentada en las tinieblas y sombras de la muerte?, os diré que el primer padre quiso ser como un Dios sabiendo el bien y el mal, que su pecado se ha transmiti- do a toda su descendencia, y que en justo castigo de tanto orgu- llo esta el género humano tocado de ceguera. Esta calamidad, grande como es, no necesita que se Ie sehale otro manantial que a todas las otras que nos afligen. Las terribles palabras que siguieron al llamamiento de Adan cuando Ie dijo Dios: Adan, ^dónde estas?, resuenan dolorosamente todavia después de tantos siglos: y en to¬ dos los acontecimientos de la historia, en todo el curso de la vida, siempre se trasluce el terrible fulgor de la espada de fuego, coloca- da a la entrada del Paraiso. El sudor del rostro, la muerte, se os ofreceran por doquiera: en ninguna parte notaréis que las cosas si- gan el camino ordinario; siempre herira vuestros ojos la formidable enseha del castigo y de la expiación.
Cuanto mas se medita sobre estas verdades, mas profundas se las encuentra: in sudore vultus tui vesceris pane, comeras el pan con el sudor de tu rostro, dijo Dios al primer padre; y con es¬ te sudor lo come toda su descendencia. Recordad esa pena, y ha- ced las aplicaciones a cuantos objetos os plazca, y no hallaréis na- da que de ella se exceptüe. No vive el hombre de solo pan, sino de toda palabra que procédé de la boca de Dios; no se verifica, pues, la terrible pena solo con respecto al pedazo de pan que nos susten- ta, sino en todo cuanto concierne a nuestra perfección. En nada adelanta el hombre sin penosos trabajos, no Mega jamas al pun- 26 to que desea sin muchos extravios que Ie fatigan; en todo se reali- za que la tierra, en vez de frutos, Ie da espinas y abrojos. <j,Ha de descubrir una verdad? No la alcanza sino después de haber anda- do largo tiempo tras extravagantes errores. ^Ha de perfeccionar un arte? Cien y den inütiles tentativas fatigan a los que en ello se ocu- pan, y a buena dicha puede tenerse si recogen los nietos el fruto de lo que sembraron los abuelos. ^Ha de mejorarse la organización social y politica? Sangrientas revoluciones preceden la deseada regeneración; y a menudo, después de prolongados padecimien- tos, se hallan los infelices pueblos en un estado peor del en que antes gemian. ^Se ha de comunicar a un pueblo la civilización o cultura de otro? La inoculación se hace con hierro y fuego: genera- ciones enteras se sacrifican para alcanzar un resultado que no ve- ran sino generaciones muy distantes. No veréis el genio sin gran- des infortunios; no la gloria de un pueblo sin torrentes de sangre y de lagrimas; no el ejercicio de la virtud sin penosos sinsabores; no el heroismo sin la persecución; todo lo bello, lo grande, lo subli- me, no se alcanza sin dilatados sudores, ni se conserva sin fati- gosos trabajos; la ley del castigo, de la expiación, se muestra por todas partes de una manera terrible. Ésta es la historia del hombre y de la humanidad; historia dolorosa ciertamente, pero in- contestable, auténtica, escrita con letras fatales dondequiera que los hijos de Adan hayan fijado su planta.
Yo no sé, mi estimado amigo, por qué no ha llamado mas la atención este punto de vista, y por qué han debido escandalizarse tanto los filósofos de los dogmas de la religión que tan en armonia se encuentran con lo que nos estan diciendo los fastos de todos los tiempos y la experiencia de cada dia. La prevaricación y degene- ración del humano linaje es el secreto para descifrar los enigmas sobre la vida y los destinos del hombre; y, si a esto se ahade el adorable misterio de la reparación, comprada con la sangre del Hijo de Dios, se forma el mas admirable conjunto que imaginarse pueda; un sistema tan sublime, que a la primera ojeada manifiesta su origen divino. No, no pudo nacer de cabeza humana combina- ción tan asombrosa; no pudo el espiritu finito idear un plan tan vas- to, tan estupendo, donde se trabaran de tal suerte unos arcanos con otros arcanos, que del fondo de su obscuridad pavorosa arroja- ran rayos de vivisima luz para esclarecer y resolver todas las cues- 27 tiones que sobre el origen y destino del hombre andaba hacinando la filosofia.
Esto es lo principal que tenia que decirle a usted sobre las di- ficultades propuestas; ignoro si usted quedara enteramente satisfe- cho; sea como fuere, lo que puedo asegurarle con toda la sinceri- dad y convicción de que soy capaz, es que, en las obras de todos los filósofos, desde Platón hasta Cousin, no hallara usted sobre el particular nada con que un espiritu sólido pueda contentar- se, si no esta tornado de la religión. Ellos lo saben, y ellos propios lo confiesan. Una vez han llegado a dudar de la divinidad del cris- tianismo, no saben de qué asirse; acumulan sistemas sobre sis- temas, palabras sobre palabras; si su espiritu no es de alto temple, abandonan la tarea de investigar, fastidiados de no divisar en nin- gün confin del horizonte un rayo de luz, y se abandonan al positi¬ visme), o, en otros términos, procuran sacar partido de la vida disfrutando de las comodidades y placeres; si su alma ha nacido para la ciencia, si sedienta de verdad no quiere abandonar la tarea de buscarla, por grandes que sean las fatigas y patente la inutilidad de los esfuerzos, sufren durante toda su vida, y acaban sus dias con la duda en el entendimiento y la tristeza en el corazón.
En la actualidad, entusiasta como es usted de la filosofia y admirador de ciertos nombres, no comprendera facilmente toda la verdad y exactitud de mis palabras; pero dia vendra en que recuer- de mis avisos aün mucho antes de que blanqueen su cabeza las canas. No, no necesitara usted que la tardia vejez, cargada de es- carmientos y desengahos, venga a abrirle los ojos: no sé si los abri- ra usted para ver y abrazar la verdadera religión, pero si al menos para conocer la futilidad de todos los sistemas filosóficos en lo tocante al origen, vida y destino del hombre. ^Qué mas? Ni siquie- ra necesitara usted estudiarlos a fondo para quedarse profunda- mente convencido de la impotencia del espiritu humano, abando- nado a sus propios recursos: en el vestibulo mismo del templo de la filosofia, encontrara la duda y el escepticismo; y penetrando en su santuario oira el orgullo disputando sobre objetos de poca enti- dad, ocupandose en juegos de palabras simbólicas e ininteligibles, y procurando en cuanto Ie es posible ocultar su ignorancia, elu- diendo con una afectada preterición las cuestiones que mas de cerca nos interesan, cuales son, las relativas a Dios y al hombre.
28 28 No se deje usted deslumbrar con los vanos titulos con que se adornan los diferentes sistemas, ni se abandone a supersticiosas creencias con respecto a los pretendidos misterios de la filosofia alemana, ni tome usted por profundidad de ciencia la obscuridad del lenguaje. No olvidemos que la sencillez es el caracter de la verdad, y que poco fia de sus descubrimientos quien no se atreve a presentarlos a la luz del dia. Estos tan ponderados filósofos, que rodeados de tinieblas viven como trabajadores que estuviesen ex- plotando riquisimas minas en las entranas de la tierra, ^por qué no nos manifiestan el oro puro que han recogido? Otro dia, si la opor- tunidad se brinda, entraremos de nuevo en esta cuestión; entre tan- to, disponga de su afectisimo y S. S. Q. B. S. M.
J. B.
29 Carta III Sencilla demostración de la existencia de Dios. Eterni- dad de las penas del infierno.
Errado método que suelen seguir en las disputas los enemigos de la religión. Método que debiera observarse. Dogma de la Iglesia sobre la eternidad de las penas. La misericordia no ex- cluye la justicia. El sentimiento. Abuso que de él se hace. Re- flexión sobre su influencia en los errores de nuestra época. Aplicación al dogma de la eternidad de las penas. Razones na- turales que apoyan al dogma. Imposibilidad de comprender los misterios. Nuestra ignorancia hasta en las cosas naturales. La duración eterna y la temporal. El purgatorio. Observaciones sobre un caracter distintivo del hombre en esta vida con res- pecto a las cosas futuras. Necesidad de una impresión aterra- dora. La explicación filosófica. Los fra Hes y los poetas. Magnf- fico pasaje de Virgilio.
Mi querido amigo: Cuando, segün me indica usted en su ülti- ma, veo que llegaremos a entablar una seria disputa sobre mate- rias religiosas, me ha llenado de indecible consuelo la seguridad que me da usted de no haber llegado su extravio al extremo de po¬ ner en duda la existencia de Dios: esto allana sobremanera el camino a la discusión, pues que no es posible dar en ella un solo paso sin estar de acuerdo sobre esta verdad fundamental. Y no sin motivo he querido cerciorarme de las ideas que sobre este particu- lar profesaba usted; pues que nunca podré olvidar lo que me suce- dió con otro escéptico, de quien sospechando yo si tal vez hasta ponia en duda la existencia de Dios, o si al menos no la concebia tal como es menester, y dirigiéndole en consecuencia algunas pre- guntas, me salió con una extraha ocurrencia, que fuera chistosa, a no ser sacrilega. Advirtiéndole yo que ante toda discusión era ne- cesario estar los dos de acuerdo sobre este punto, me respondió con la mayor serenidad que imaginarse pueda: «me parece que podemos pasar adelante; porque opino que es de poca importancia el aclarar si Dios es una cosa distinta de la naturaleza, o si es la 30 misma naturaleza». jA tanto Mega la confusión de ideas trastorna- das por la impiedad, y este hombre, por otra parte, era de mas que mediana instrucción, y de ingenio muy despejado!
Desde luego Ie doy a usted mil satisfacciones por haberme atrevido a indicarle mis recelos en este punto, bien que dificilmente me arrepiento de semejante conducta, porque cuando menos ha producido un gran bien, cual es, el que usted se explica sobre este particular de tal modo, que, revelando mucho buen sentido, me ha- ce concebir grandes esperanzas de que no seran estériles mis es- fuerzos. Una y mil veces he leido aquellas juiciosas palabras de su apreciada carta, en las que expone el punto de vista desde el cual considera esta importante verdad. Permitame usted que se las re- produzca en la mia, y que Ie recomiende encarecidamente que no las olvide jamas. «Nunca me he devanado mucho los sesos en buscar pruebas de la existencia de Dios; la historia, la fisica, la me- tafisica, serviran para esta demostración todo lo que se quiera; pe- ro yo confieso ingenuamente que para mi convicción no he menes¬ ter tanto aparato cientifico. Saco la muestra de mi faltriquera, y al contemplar su curioso mecanismo y su ordenado movimiento, na- die serïa capaz de persuadirme de que todo aquello se ha he- cho por casualidad, sin la inteligencia y el trabajo de un artifice: el universo vale, a no dudarlo, algo mas que mi muestra; alguien, pues, debe de haber que lo haya fabricado. Los ateos me hablan de casualidad, de combinaciones de atomos, de naturaleza, y de qué sé yo cuantas cosas; pero, sea dicho con perdón de estos se- hores, todas estas palabras carecen de sentido.» Nada tengo que