SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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Mi estimado amigo: Voy a pagar el resto de la deuda que hace muchos dias tengo contraida, de hacerle a usted una breve resena de cierta escuela filosófica, que, nacida en Alemania y difundida por Francia, causa los mayores estragos a la religión, y tiende a comprometer gravemente el porvenir de la ciencia. Bien recordara usted lo que dije en mis anteriores sobre la filosofia alemana que tan abiertamente profesa el panteismo, por mas que de vez en cuando quiera envolverse en formas enigmaticas, hablando, en lenguaje ininteligible, de Dios, del hombre y de la naturaleza. Esta acusación procuraré fundarla en pasajes del mismo filósofo contra quien la dirigia; y creo que no Ie habra quedado a usted ninguna duda de que la imputación no era calumniosa. Quizas Ie sera diffcil a usted persuadirse de que iguales cargos puedan hacerse a la escuela francesa que sigue las huellas de M. Cousin; porque, ha- biendo oido repetidas veces las invectivas de los universitarios con¬ tra la intolerancia del clero, se habra usted imaginado que la filoso¬ fia del jefe del eclecticismo es inocente en todas sus partes; y que solo cabe apellidarla impia en hombres que se alarmen, no por el error sino por la sola luz de la razón, y se empehen en condenar el entendimiento humano a eterna inmovilidad y a la mas estüpida ig- norancia.

No me costara mucho trabajo sacarle a usted de este error, y demostrarle hasta la ültima evidencia que no sin razón levanta la voz el clero francés contra el veneno que se procura ofrecer a los jóvenes en copa de oro.

En primer lugar, debe saber usted que ya en 1819 ensehaba M. Cousin que no habia demostración de la existencia y de los atri- butos de Dios, ni experimental, ni de otra clase. Es cierto que, al propio tiempo, afirmaba que la existencia de Dios es una verdad superior a todas las otras y hasta a los principios que se llaman axiomas; mas no deja de anadir lo siguiente: «Sea cual fuere la opinión que se adopte sobre el particular, queda establecido que ni la experiencia sola, ni la experiencia ayudada del raciocinio, puede alcanzar la existencia de los atributos esenciales de Dios.» <j,De qué servia el decir que la existencia de Dios es una verdad supe¬ rior a todas las otras, si luego se la combatia por sus cimientos, asegurando que la razón no podia alcanzarla, y declarando, por consiguiente, vana ilusión la creencia en que estuvieron los filóso- fos de que habian conseguido por medio de las criaturas elevar- se al conocimiento del Criador? <j,No podriamos suponer que en 1819 no se atrevia M. Cousin a manifestar su pensamiento todo entero; y que asi tributaba aparentes homenajes a la verdad para poder continuar minandola, sin alarmar demasiado a los que no se hubieran podido resignar a la ensenanza del panteismo? Bien pronto se convencera usted de que esta conjetura no esta destitui- da de fundamento.

Leamos las palabras de su Curso de 1818, pag. 55, y por ellas echaremos de ver que el fondo de su filosofia era el mismo que hemos hecho notar en la escuela alemana. «El ser absoluto, dice, conteniendo en su seno el yo y no yo finito, y formando, por decirlo asi el fondo idéntico de todas las cosas, uno y muchos a un tiempo, uno por la substancia, muchos por los fenómenos, se aparece a si mismo en la conciencia humana.»

No puede haber mas que una substancia, ahade en la pagina 139, la substancia de la verdad o la suprema inteligencia. Dios es el ser ünico y universal (pag. 274); Dios es la substancia universal, cuyas ideas absolutas componen la sola manifestación accesible a la inteligencia del hombre (pagina 390); Dios no es mas que la ver¬ dad en su esencia (128); no es otra cosa que el mismo bien, el or¬ den moral tornado substancialmente.» (Obras de Platón, tomo 1. s, argumento del Euthyphron, pagina 3). «No sabemos de Dios otra cosa, sino que existe; y que se manifiesta a nosotros por la verdad absoluta.» (Curso de 1818, pag. 140.) «La materia, tal como se la define vulgarmente, no existe; pues que por lo comün se la mira como una masa inerte, sin organización y sin regla, cuando en realidad esta penetrada de un espiritu que la sostiene y ordena; ella no es, pues, otra cosa que el reflejo visible del espiritu invisible: el mismo ser que vive en nosotros, vive en ella; est Deus in nobis: est Deus in rebus» (pag. 265.) «Estudiad la naturaleza, elevaos a las leyes que la rigen y que hacen de ella una verdad viviente, una verdad que se ha hecho activa, sensible: en una palabra, Dios es la materia. Profundizad, pues, la naturaleza; cuanto mas os penetra- réis de sus leyes, mas os acercaréis al espiritu divino que la anima. Estudiad sobre todo la humanidad, pues que ella es todavia mas santa que la naturaleza, porque, estando animada de Dios como ésta, lo conoce asi, mientras la naturaleza lo ignora: abarcad el conjunto de las ciencias fisicas y de las morales: separad los prin- cipios que ellas encierran; poneos en presencia de estas verdades, referidlas al ser infinito que es su origen y sostén, y habréis conoci- do con respecto a Dios todo lo que de él nos es dado conocer en los estrechos limites de nuestra inteligencia finita» (pags. 141-142).

Si usted reflexiona sobre estos pasajes de M. Cousin, mejor diré, con solo que usted atienda al sentido literal y obvio de algunas de sus proposiciones, vera usted el panteismo cubierto con un velo muy transparente. Segün M. Cousin, no puede haber mas que una substancia: Dios es el ser ünico y universal: el ser ab- soluto es uno por la substancia, y muchos por los fenómenos; el hombre no es mas que una participación de ese ser absolu- to, pues que el ser que contiene en si el yo, y el no yo finito, y que constituye, por decirlo asi, el fondo idéntico de todas las cosas, se aparece a si mismo en la conciencia humana. Si estudiamos la na¬ turaleza, si nos penetramos de sus leyes, nos acercaremos al espi¬ ritu divino que la anima, pues que en ella no es mas que una ver¬ dad viviente, una verdad que ha pasado a ser activa, sensible: en una palabra, Dios en la materia. Todo lo que podemos saber de Dios, lo conocemos poniéndonos en presencia de los principios de las ciencias fisicas y morales, y refiriéndolos al ser infinito que es su origen y su sostén. Para que no nos quedase duda de que M. Cousin no entendia estas palabras en sentido que pudiese ser aceptado por hombres que admiten la existencia de Dios como dis¬ tinto de la naturaleza, tuvo buen cuidado el autor de explicarse mas en otro lugar, revelando todo el fondo de su sistema: he aqui sus palabras: «Dios cuenta tantos adoradores cuantos son los hombres que piensan; pues que no es posible pensar sin admitir alguna ver¬ dad, aunque no fuese mas que una sola» (ib., pag. 128). He aqui, segün M. Cousin, reducida la adoración de Dios al conocimiento de una verdad cualquiera; asi, por ejemplo, quien conozca un principio de matematicas, sean cuales fueren su ignorancia o sus errores sobre todos los demas puntos naturales y sobrenaturales, este tal sera un adorador de Dios. De esta suerte no es posible que haya ateos; pues que, como todo hombre admitira cuando menos su propia existencia, ya admite una verdad, y, por consiguiente, adora a Dios. M. Cousin vio que esta consecuencia nacia de su doctrina, y lejos de rechazarla la abrazó y la consignó en sus escri- tos. He aqui cómo se expresa sobre el particular: «No hay ateos; el que hubiese estudiado todas las leyes de la fisica y de la quimica, aun cuando no resumiese su saber bajo la denominación de verdad divina o de Dios, seria, no obstante, mas religioso, o, si se quiere, sabria mas sobre Dios, que quien, después de haber recorrido dos o tres principios como el de la razón suficiente o el de causalidad, hubiese formado desde luego un todo al que llamara Dios. No se trata de adorar un nombre, Dios, sino de encerrar en este titulo el mayor numero de verdades posible; pues que la verdad es la mani- festación de Dios» (pag. 141). «Cuando habéis concebido una ver¬ dad como idea, dice en otro lugar, concebid que ella existe, y asi la unis a la substancia; el que concibe la verdad, concibe, pues, la substancia, sea que él lo sepa o que lo ignore...Para saber si al- guno cree en Dios, yo Ie preguntarfa si cree en la verdad; de donde se sigue que la teologia natural no es mas que la ontologia y que la ontologia esta en la psicologia. La verdadera religión no es mas que esta palabra anadida a la idea de la verdad, ella es» (pag.

Bien claro se echa de ver que el Dios de M. Cousin no es el Dios de los cristianos; pues no es otra cosa, segün él, que la na- turaleza misma, el conjunto de las leyes que la rigen, bastando conocer una cualquiera de ellas o una verdad, sea la que fuere, pa¬ ra eximirse de la nota de ateo. Creer en Dios, segün M. Cousin, es creer en la verdad; la teologia natural no es mas que la ciencia de los seres en abstracto; y la religión no es otra cosa que una pala¬ bra, anadida a esta verdad: con esta teoria tenemos proclamado sin rodeos el panteismo: segün ella, Dios es todo, y todo es Dios: es decir, que el ser infinitamente perfecto, esencialmente dis¬ tinto de la naturaleza, sera una quimera; pues que no hay otro ser que la naturaleza misma: todo cuanto existe, todo sera fenómenos de la substancia universal, de ese ser ünico que todo lo absorbe, que todo lo identifica en si mismo, que es a un tiempo espiritu y materia, que es activo e inerte, que ha existido siempre y siempre existira; y, por consiguiente, no hay creación, y todas las transfor- maciones que vemos en el universo, no son otra cosa que diferen- tes fases de un ser ünico que se modifica de varias maneras.

No crea usted, mi estimado amigo, que estas doctrinas de M. Cousin con respecto a Dios fuesen vertidas como al acaso, sin es- tar enlazadas con otros principios que las sostuviesen. Muy al con- trario, ellas son las consecuencias del principio fundamental de los panteistas sobre la substancia; he aqui cómo la define en sus Fragmentos filosóficos (torn. 1. s, pagina 312 de la 3.- edición): «La substancia es aquello que no supone nada fuera de si, relativamen- te a la existencia.» Tenemos, pues, que la substancia ha de ser unica, ya que en su esencia excluye la coexistencia de otros seres; luego todo cuanto existe, finito o infinito, no puede ser mas que una substancia unica; luego los seres que a nosotros nos parecen dis¬ tintos, no son en realidad otra cosa que modificaciones del ser uni- versal, ünico, que todo lo identifica en sL Estos corolarios no asus- tan a M. Cousin, antes bien los adopta como la ünica doctrina ra- zonable. «Una substancia absoluta, dice, debe ser ünica para ser absoluta...Las substancias relativas destruyen la idea misma de substancia; y substancias finitas que suponen fuera de ellas otra substancia con la cual se ligan, se parecen mucho a fenómenos» (pagina 63). «La substancia de las verdades absolutas, dice en otro lugar, es necesariamente absoluta; y, si es absoluta, es también ünica, porque, si no es ünica, se puede buscar alguna cosa que exista fuera de ella, y entonces se sigue que ella no es mas que un fenómeno relativamente a este nuevo ser, el cual, si se dejase sos- pechar que fuera de él existia también alguna cosa, perderia a su vez la naturaleza de ser, y no seria mas que un fenómeno. El circu- lo es infinito: o no hay substancia, o no hay mas que una» (pag.

No cabe profesar con mas claridad el principio fundamental de los panteistas; solo faltaba saber si M. Cousin admitia en toda su extensión la doctrina de la escuela de Espinosa. Desgraciadamente encontramos un pasaje donde formula su pensamiento de la mane¬ ra mas explicita que imaginarse pueda, diciendo: «El Dios de la conciencia no es un Dios abstracto, un rey solitario, relegado mas allé de la creación sobre el trono desierto de una eternidad silen- ciosa, y de una existencia absoluta que se parece a la misma nada. Es un Dios a un tiempo verdadero y real, a un tiempo substancia y causa, siempre substancia y siempre causa; no siendo substancia, sino en cuanto es causa, y causa, sino en cuanto es substancia; es decir, siendo causa absoluta, uno y muchos, eternidad y tiempo, espacio y numero, esencia y vida, indivisibilidad y totalidad, princi- pio, tin y medio, en la cumbre del ser y en su mas humilde grado, infinito y finito a un tiempo, triple en fin, es decir, a un mismo tiempo Dios, naturaleza y humanidad. En efecto, si Dios no es todo, es na¬ da; si es absolutamente indivisible en si, es incomprensible; y su incomprensibilidad es para nosotros su destrucción. Incomprensible como fórmula y en la escuela, Dios es claro en el mundo que Ie manifiesta, y para el alma que Ie posee y Ie siente: estando en to- das partes, vuelve en algün modo a si mismo en la conciencia del hombre, del cual él constituye indirectamente el mecanismo y la tri- plicidad fenomenal, por el reflejo de su propia voluntad y la triplici- dad substancial, de la cual él es la identidad absoluta» (tomo 1. Q, prefacio de la 1 edición, pég. 76).

Después de una declaración tan terminante, no creo, mi esti- mado amigo, que pueda usted dudar de la mente del filósofo; y, sean cuales fueren las declaraciones de cristianismo que en otras partes haya hecho M. Cousin, convendra usted con nosotros en que se las debe mirar como una especie de cumplimientos que dispensa a la religión dominante, y no como la expresión de la fe, ni siquiera de sanas convicciones filosóficas. Yo por lo menos no al- canzo cómo puede profesarse mós abiertamente el panteismo, que diciendo claramente que Dios es uno y muchos, eternidad y tiempo, espacio y numero, esencia y vida, indivisibilidad y totalidad, princi- pio, fin y medio, en la cumbre de los seres y en su grado més hu¬ milde, infinito y finito a un mismo tiempo, y a un mismo tiempo Dios, naturaleza y humanidad, compendiando el pensamiento en estas inequivocas palabras: «Si Dios no es todo, es nada».

Asentados semejantes principios, bien se deja suponer que las doctrinas morales de M. Cousin no serén muy conformes a la religión cristiana; pues que la profesión del pantei'smo trae con- sigo el anonadamiento de la libertad humana. Porque es eviden¬ te que, siendo el hombre, segün las doctrinas panteistas, un mero accidente de la substancia unica, todo cuanto él piense, quiera o haga, seran modificaciones de la substancia universal; por lo mis- mo, desaparece la libertad del individuo, ya que éste no tiene una existencia distinta y propia, y cuanto en él se encierra pertenece al ser ünico que Ie absorbe. Asi es que M. Cousin no tiene reparo en decir: «el hombre no es libre de una manera absoluta, porque esta fuerza de que esta dotado, una vez caida en el espacio y en el tiempo, pierde de su caracter ilimitado y absoluto». (Introducción general al Curso de 1820, pags. 66 y 67.) En otro lugar, explicando lo que es libertad, dice: «Un ser es libre cuando lleva en si mismo el principio de sus actos, cuando en el ejercicio de su fuerza solo obedece a sus propias leyes.» (Curso de 1818, pag. 40.) De suerte que, segün este filósofo, para ser libre no es necesario tener la elección entre obrar y no obrar, y entre obrar esto o aquello, sino que es suficiente el tener en si mismo el principio de sus actos, y no obedecer mas que a sus propias leyes. Asi el bruto que tiene en si mismo el principio de sus actos, el demente, el imbécil, en una palabra, todos los seres que tienen en si mismos el principio de su acción, seran tan libres como el hombre en sano juicio y en la pleni- tud del conocimiento.

La revelación y hasta todas las religiones quedan reducidas a la nada con las teorias de M. Cousin; y en vano es que este filósofo se empehe en sostener que sus doctrinas no estan rehidas con el cristianismo. Después de haber leido los anteriores pasajes, cier- tamente encontrara usted muy peregrino el lenguaje de M. Cousin cuando se atreve a decir lo siguiente en el prefacio de sus Frag- mentos: «^Qué puede haber entre mi y la escuela teológica? ^Por ventura yo soy un enemigo del cristianismo y de la Iglesia? En los muchos cursos que he hecho y libros que he escrito, <j,se puede acaso encontrar una sola palabra que se aparte del respeto debido a las cosas sagradas? Que se me cite una sola, dudosa o ligera, y la retiro, la repruebo como indigna de un filósofo. ^Sera tal vez que, sin quererlo ni saberlo yo, la filosofia que enseho haga vacilar la fe cristiana? Esto seria mas peligroso, y, al mismo tiempo, menos criminal, porque no siempre es ortodoxo quien quiere serlo. Vea- mos cual es el dogma que mi teoria pone en peligro. ^Es el del Verbo, el de la Trinidad, u otro cualquiera? Digase, pruébese o en- sayese de probarlo: ésta sera cuando menos una discusión seria, verdaderamente teológica: yo la acepto de antemano, y la solicito.»

Ya ve usted, mi estimado amigo, que M. Cousin entiende la re- ligión cristiana de un modo bien singular; pues que, después de haber profesado el panteismo, es decir, después de haber destrui- do la idea fundamental de toda verdadera religión, que es la de un Dios esencialmente distinto de la naturaleza, todavia esta empena- do en pasar plaza de verdadero fiel, y no quiere que se diga que se ha desviado de las doctrinas del cristianismo; usted, que no tiene interés en ver las cosas al revés de lo que son, no podra concebir cómo un hombre grave se atreve a consignar en sus obras seme- jantes palabras, después de haber manifestado en escritos anterio- res cual era su modo de pensar sobre las verdades a que rinde en el citado pasaje tan humilde acatamiento. Esta extraheza se Ie desvanecera a usted algün tanto, cuando sepa que M. Cousin no admite, como él dice, la tiranfa del principio absoluto de que jamas es Ifcito enganar, y que en su opinión hay engahos inocentes, los hay ütiles y hasta obligatorios. (Traducción de Platón, t. 4, pags. 276-277.) Quien de tal modo niega a Dios su naturaleza, y al hom¬ bre su libre albedrio, no es mucho que no escrupulice en legitimar la mentira; lo singular es que él se haya podido hacer la ilusión de que semejante engaho en lo tocante a sus doctrinas habia de alu- cinar a nadie. Es tan vivo el contraste, o, mejor diremos, la contra- dicción entre unos y otros pasajes, que para no veria seria preciso cerrar los ojos a lo que es mas claro que la luz del dia.

Con esta breve reseha habra formado usted concepto de lo que son esos sistemas filosóficos, en los cuales suponia usted ten- dencias espiritualistas muy sanas, y hasta muy conformes con la ensehanza del cristianismo. Asi habra podido usted rectificar, o, mejor diré, variar la opinión que habia formado sobre el clero cató- lico de Francia, imaginandose que sus clamores contra el veneno de alguno de los jefes de la Universidad eran declamaciones fana- ticas, nacidas ünicamente del espiritu de intolerancia, y del empeho de encerrar el entendimiento humano en los limites prescritos por el antojo de los eclesiasticos. Ahora, para en adelante, me tomaré la libertad de advertirle a usted que, cuando lea en alguna de nues- tras publicaciones cientificas y literarias fallos magistrales sobre es¬ te linaje de materias, no se deje usted sorprender facilmente por el tono de seguridad con que se expresa el escritor; que las mas ve- ces, lejos de enterarse a fondo del estado de la cuestión, no hace mas que traducir al pie de la letra las palabras de algün periódico de allende los Pirineos. Y como quiera que los que mas en boga andan en ciertas regiones, no son los mas adictos a las doctrinas católicas, acontece que el fallo emitido con aire de imparcialidad y de pleno conocimiento de causa, es copia literal de una de las par- tes, sin que el escritor espanol se haya tornado la pena de escu- char los descargos que hubiera alegado la otra. Pero basta de la filosofia de Schelling, Hegel y Cousin, pues que, si mucho no me engaho, debe de estar usted medianamente fatigado, con la subs- tancia universal, y las transformaciones, y los fenómenos, y el ser ünico que se revela a si mismo en la conciencia humana, y seme- jantes abstracciones, de la alta concepción de esos filósofos que se levantan a inmensa altura sobre el resto de la humanidad, olvidan- dose en su atrevido vuelo, de llevar consigo las nociones del senti- do comün. Nosotros, que a tanto no alcanzamos, cuidaremos de no desviarnos hasta tal punto de los senderos trazados por una razón juiciosa, sin que nos importe mucho el que se nos diga que recibi- mos la inspiración de musa pedestre. Entre tanto vea usted en qué puede complacerle este su atento y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta XI Es falso que el cristianismo nos prohiba amarnos a nosotros mismos.

Pruebas sacadas del mismo catecismo. Lo que significa el principio de la caridad bien ordenada. Lo que nos dice el catecismo sobre el origen y destino del hombre. La religión cristiana hermana y armo- niza de una manera admirable el amor de Dios, el de si mismo y el del prójimo. Cómo se entiende la muerte del amor propio de que hablan los autores mfsticos. Cómo se entiende el aborrecimiento de si mismo. Cómo entendfan los Santos el amor propio en medio de las mortificaciones. La moralidad del Evangelio ha sido aplaudi- da hasta por los mas violentos enemigos del cristianismo.

Mi estimado amigo: Tengo particular complacencia en que su apreciada [carta] de usted me exima, ahora para siempre, de ha- blarle de la filosofia alemana y de la francesa, que es una imitación de la misma. Ya tenia yo un presentimiento de que su juicio de us¬ ted, naturalmente recto, amante de la verdad y enemigo de abs- tracciones, no habia de avenirse muy bien con ese lenguaje simbó- lico y esos pensamientos fantasticos, con que los buenos alemanes han engalanado la filosofia, sin duda en los ratos de ocio que les habra proporcionado en abundancia su clima de escarchas y de niebla. Extrana usted con razón que esta filosofia haya podido cun- dir en Francia, donde los espiritus propenden mas bien al extremo opuesto, es decir, a un positivismo sensual y materialista. Yo creo que esto ha sido una especie de necesidad, supuesto que, habién- dose desacreditado tan completamente la filosofia volteriana, les era preciso a los que querian echarla de filósofos, cubrirse con un manto mas grave y majestuoso; y, como quiera que no tenian ga- nas de seguir a los buenos escritores que les habian precedido en su mismo pais, menester fue dirigir las miradas allende el Rhin y traer con grande ostentación, en medio de un pueblo caprichoso y novelero, los sistemas de Schelling y Hegel, como portentosos in- ventos que hubiesen hecho progresar de una manera admirable al ingenio humano. Por lo demas, si he de decir francamente lo que pienso, opino que el genio francés no se acomodara bien con la fi- losofia alemana; que descubrira lo que hay en su fondo, a saber, el pantei'smo; y que, sin detenerse mucho en sutilizar y cavilar so- bre la substancia universal y unica, Megara pronto a la ültima con- secuencia, que es el puro atefsmo, sin los ambages de palabras misteriosas. En deduciendo este resultado, observara que nada se Ie dice de nuevo sobre lo que Ie ensenaran sus filósofos del siglo pasado. Desdenara, pues, esta filosofia que se apellida nueva, co- mo un plagio de otra envejecida y caduca; y entonces sera preciso andar en busca de otros manantiales de ilusión, para dar pabulo, siquiera por algün tiempo, a la curiosidad de las escuelas y a la va- nidad de los maestros. Ésta es la historia del entendimiento hu- mano, mi querido amigo; recorra usted sus paginas, y notara desde luego que el fenómeno que nosotros presenciamos, es la repro- ducción de lo mismo que vieron los siglos anteriores. No es poco el provecho que de aqui sacan los hombres religiosos, pues que, contemplando la versatilidad del entendimiento humano, com- prenden mucho mejor la necesidad de una guia en medio de las ilusiones y extravios.

Casi me ha sorprendido el argumento que usted me propone contra la verdad de nuestra religión, fundandose en que contra- riamos con nuestras doctrinas uno de los sentimientos mas indele- bles y al propio tiempo mas inocentes que se abrigan en nuestro pecho: el amor propio. Me han hecho gracia las clausulas en que usted desenvuelve sus ideas; las razones en que las apoya, serian ciertamente muy fuertes, si no estribasen en una suposición falsa, y, por lo mismo, no fueran como edificios sin cimiento. «Yo no sé, dice usted en su apreciada [carta], qué espiritu misantrópico reina entre los católicos, que todo lo cubre de negra tristeza. Vds. no quieren que se hable de nada terreno; no permiten que se piense en las cosas de este mundo; anonadan, por decirlo asi, el universo entero, y cuando lo tienen sacrificado todo a su tétrico sistema, cuando han logrado dejar al hombre aislado en espantosa soledad, quieren que él se revuelva contra si propio, que se niegue, que se anonade también a si mismo, que se despoje de sus sentimientos mas intimos, que se aborrezca, haciendo un esfuerzo cruel con¬ tra los mas vivos instintos de su naturaleza. jPues qué! ^Dios Criador sera contrario de Dios Salvador? Dios, que nos ha cornuni- cado el amor de nosotros mismos, que lo ha escrito en nuestras almas con caracteres indelebles, ese mismo Dios, cuando obra, como dicen Vds., en el orden de la gracia, <,se complacera en obrar contra si mismo como autor de la naturaleza? Estas son cosas que yo no he podido comprender nunca; y dificil se me hace creer que usted consiga disiparme las tinieblas que en esta parte me impiden conocer la verdad. Bien se me alcanza que usted se me ha de descolgar con un elocuente sermón sobre la miseria y la iniquidad del hombre, sobre los justos motivos que tenemos para profesarnos un odio santo; pero desde luego Ie prevengo a usted que esa santidad yo no puedo desearla; que, por mas débil y vano y malo que me conozca, yo no puedo menos de quererme, y que, comparando mi nada con la elevación de los querubines, mas afi- ción me siento, mas amor a mi menguado ser, que no hacia aque- llas elevadas inteligencias que dicen que rayan muy alto alla en las jerarquias celestiales.» El tono de seguridad con que usted se ex¬ presa, me hace entender que tiene usted aqui algo mas que dudas, pues, segün parece, abriga verdaderas convicciones; y no lo extra- ho, supuesto que estrlba usted en un principio falso, lo da por cierto, y sobre él levanta el edificio de sus discursos. Algunas pala- bras que habra, leido usted en ciertos libros misticos las ha tornado usted al pie de la letra, y de aqui el achacar a la religión doctrinas que ella no profesa.

^Quién Ie ha dicho a usted que el cristianismo condena el amor propio, entendiendo esta condenación en un sentido riguro- so? He aqui el vacio que ha dejado usted en sus raciocinios: no se ha cuidado de asegurarse bien del principio en que los apoyaba, y asi, creyendo construir sobre base sólida, ha formado, como suele decirse, un castillo en el alre. No es la primera vez que esto Ie acontece a la religión, pues sucede muy a menudo que para com- batirla se torman fantasmas, y contra ellos se pelea llamandolos hi- jos suyos, cuando no son mas que creaciones del pensamiento del mismo que la ataca. No quiero yo decir que usted haya procedido en esta parte de mala fe; estoy seguro de que padece una equivo- cación, que reconocera tan pronto como yo se la ponga de mani- fiesto; y esto me lisonjeo de poder lograrlo, no obstante lo que us¬ ted dice de que ha de ser dificil disipar las tinieblas que Ie impiden el conocimiento de la verdad. Por lo que toca a descolgarme con el elocuente sermón sobre la miseria y maldad del hombre, me pare¬ ce que debiera usted vivir tranquilo, cuando hartas pruebas Ie tengo dadas de que no soy aficionado a declamaciones de ninguna clase. Pero vamos al punto de la dificultad.

Es falso que la religión nos prohi'ba el amarnos nosotros mismos; y tan falso es, que, antes al contrario, uno de sus precep- tos fundamentales es este mismo amor. Para convencerle a usted, no necesito mas que el catecismo. Creo que no se Ie habra olvida- do todavia aquello de que debemos amar al prójimo como a no¬ sotros mismos, en lo cual esta consignado de la manera mas ex- plicita el precepto del amor que cada cual debe profesarse a si propio. Este amor se nos da por modelo del que debemos tener a los prójimos; y claro es que el precepto seria contradictorio, si se nos prohibiese ese mismo amor, que ha de servir de dechado y como de norma, para arreglar el que debemos a los otros.

<j,Sabe usted que aquel principio que corre muy valido en el mundo de que la caridad bien ordenada comienza por si mismo, esta expresamente consignado en todos los tratados teológicos que se han escrito sobre la caridad? En ellos se explica el orden que ésta debe seguir, segün son diferentes las relaciones con los objetos a que se extiende, y, siendo el primero y principal Dios, el segundo somos nosotros mismos.

Por el pronto ya ve usted que quedan desbaratados todos sus raciocinios, ya que he negado redondamente el principio en que es- tribaban, aduciendo en pro de mi negación pruebas tan claras y sencillas, que usted no podra desechar; sin embargo, quiero am- pliar mis ideas sobre este punto, haciendo de ellas aplicaciones que Ie dejen a usted cumplidamente satisfecho.

Otra vez volveremos al catecismo: en él se nos dice que el hombre es criado para amar y servir a Dios en esta vida y go- zarlo en la eterna bienaventuranza. Ahora bien; todos nuestros actos tienen por fin: Dios y nuestra felicidad eterna. Quien desea ser eternamente feliz, <j,no se ama a si mismo? Quien tie- ne la obligación de trabajar toda su vida para alcanzar esta felici¬ dad, ^no tiene la obligación también de amarse muchisimo a si mismo?; o, mejor diré, estas dos obligaciones, ^no se refunden en una sola? El cristiano tiene por dogma de que esta vida es un transito para la otra; si desprecia lo terreno, si no hace caso de las vanidades del mundo, es porque todo es pasajero, todo es nada en comparación de la dicha que tiene prometida para después de su muerte, si procura merecerla con sus buenas obras: sus bienes, su salud, su vida, su honra, todo debe perderlo antes que empanar su conciencia con un solo acto que Ie cerrara las puertas del cielo; pero en esa abnegación, en ese desprendi- miento de si mismo, queda salvo el amor propio bien ordenado, pues se desprecia lo poco para alcanzar lo mucho, se abandona lo terrenal por obtener lo celeste, se deja lo temporal por ganar lo eterno. Bien examinadas las doctrinas cristianas, se encuentra que hermanan y armonizan de una manera admirable el amor de Dios, el de si mismo y el del prójimo; y, por consiguiente, es de todo pun- to falso que esta inclinación natural que nos lleva a amarnos a no- sotros mismos, quede destruida por la religión; es rectificada, bien ordenada, purificada de las manchas que la afean, preservada de los extravios que pudieran perderla, dirigida al supremo fin, infini- tamente santo, infinitamente bueno, que es Dios.