Kant no llevó tan adelante sus errores con respecto a Dios, al hombre y al universo, como lo han hecho algunos de sus suceso- res; pero menester es confesar que, intentando promover una es- pecie de reacción contra la filosofia sensualista, dejó tan en descu- bierto las principales verdades, que nada Ie tiene que agradecer la filosofia verdadera con respecto a la conservación de ellas. En efecto: quien afirma que las pruebas metafi'sicas en defensa de la inmortalidad del alma, de la libertad del hombre y de la du- ración del mundo Ie parecen de igual peso que las que militan en contra, no es muy a propósito para dejar bien establecidas esas verdades, sin las que seran un nombre vano todas las re- ligiones. Enhorabuena que demos mucha importancia al senti- miento y a las inspiraciones de la conciencia, que conozcamos la debilidad de nuestro raciocinio y no exageremos sus alcances; pero conviene también guardarnos de destruirle, de matar la razón a fuerza de desconfiar de ella, extinguiendo esa antorcha que nos ha dado el Criador, y que es un hermoso destello de la Divi- nidad.
Sucede a veces, mi apreciado amigo, que la abnegación de la razón no proviene de humildad, sino de un excesivo orgullo, de un exagerado sentimiento de superioridad que se desdena de exami- nar, y que cree suficiente mirar para ver, sin necesidad de discu- rrir. No me encontrara usted en el nümero de aquellos que en todo apelan al raciocinio, y que nada conceden al sentimiento, nada a aquellas sübitas inspiraciones que nacen en el fondo de nuestra alma sin que nosotros mismos sepamos de dónde nos han venido; conozco, y se lo he dicho a usted mil veces, que nuestra razón es débil en extremo, que es excesivamente cavilosa, que todo lo prueba, que todo lo combate; pero de aqui a negarle su voto en las altas cuestiones de metafi'sica, y desecharla como incompetente para discernir en ellas entre la verdad y el error, hay una distancia inmensa. Est modus in rebus.
Si Kant llevó la sobriedad de la razón hasta un extremo re- prensible, senalandole limites estrechos en demasia, no faltaron otros que exageraron las fuerzas de la misma, pretendiendo ex- plicar con su sola ayuda el universo entero. Sabido es que Fich- te se entregó a un idealismo tan extravagante, que, dandolo todo al alma, Mega, por decirlo asi, al anonadamiento de todos los objetos exteriores; su sistema conduce a la negación de la existencia de todo cuanto no sea el yo que piensa. A pesar de las danosas con- secuencias a que puede conducir semejante doctrina, no son éstas mas peligrosas, e inmediatamente destructoras de toda religión y moral, que las de Schelling, quien, no obstante todos los velos con que encubre su sistema, al fin viene a parar al panteismo de Espi¬ nosa. Poco me importa que en la escuela de Schelling se me ha- ble de cualidades sntimas que no pereceran cuando yo muera, sino que volveran a entrar en el vasto seno de la naturaleza; cuan¬ do al propio tiempo se me ahade que el individuo, es decir, el ser particular, el alma, se anonada. Poco me importa que se me hable de espiritualismo y que se condene el materialismo, si al fin no se me consuela con el pensamiento de la inmortalidad, si en ul¬ timo resultado se me dice que la inmortalidad es una quimera, y que, si algo queda de mi después de la disolución del cuerpo, no sera yo mismo que pienso y quiero, sino ciertas cualidades que no sé lo que son, y que poco me han de importar cuando yo no exista.
No falta quien ha dicho que Aristóteles habia dejado algo obscuros ciertos pasajes de sus obras, con la mira de que, ofre- ciendo lugar a interpretaciones diversas, diesen pie a sus discipu- los para defenderle contra sus adversarios. Sea lo que fuere de semejante conjetura, es preciso convenir en que los filósofos ale- manes han dejado muy atras en esta parte al filósofo de Estagira pues han sabido envolver en tan espesa nube sus ideas, que ni aun los iniciados en el secreto han podido lisonjearse de penetrar sus profundidades. «En sus tratados de metafisica, dice madame Staël hablando de Kant, torna las palabras como cifras y les da el valor que Ie acomoda, sin pararse en el que tienen por el uso.» Lo mismo puede afirmarse de los mas famosos filósofos de la misma nación; nadie ignora el misterioso lenguaje de Fichte y de Sche¬ lling, por lo tocante a Hegel, él mismo ha dicho: «no hay mas que un hombre que me haya comprendido»; y temiendo, sin duda, que esto era ya demasiado, ahadió: «y ni aun éste me ha comprendi¬ do».
Bien podra suceder que usted se fatigue, si Ie presento algu- nas muestras de esta filosofia tan ponderada; pero creo muy del caso arrostrar el ligero inconveniente, pues de esta manera lograré que usted no se deje facilmente engahar por encomiadores que ensalzan lo que no comprenden. No dudo que usted esta ya en la convicción de que los filósofos alemanes se pasean por un mun- do imaginario, y que quien forme empeho en seguirlos, es menes¬ ter que se despoje de todo lo que se parece a los pensamientos comunes; pero yo creo poderle demostrar algo mas; yo creo poder- le demostrar que no basta el desentenderse de los pensamien¬ tos comunes, sino que es preciso olvidarse hasta del sentido comün. Si encuentra usted la palabra demasiado dura, no me cul- pe de temerario hasta haberme oido; entre tanto, no olvide usted que tratamos de hombres que han manifestado un soberano des- precio de todo lo que no era ellos, que han pretendido ensehar a la humanidad a manera de infalibles oraculos, y que, bajo aparien- cias misteriosas y enfaticas, han llevado su orgullo mucho mas alla que todos los filósofos antiguos y modernos.
Hegel, este hombre a quien, segün afirma él mismo, nadie comprendió, nos asegura que ha fijado los principios, arreglado el sistema y determinado el Ifmite de toda filosofia. Él lo ha descubier- to todo: después de él nada queda por descubrir; la humanidad no debe hacer mas que desarrollar las teorias del sublime filósofo, y aplicarlas a todos los ramos de los conocimientos. Esto no fuera tan intolerable, si se tratase de objetos de escasa importancia, si Hegel no llamara a su tribunal al hombre, a la humanidad, a todas las religiones, a Dios mismo, y no fallase sobre todo con indecible orgullo. «Hegel, ha dicho Lerminier, se glorifica en si mismo; se sienta como arbitro supremo entre Sócrates y Jesucristo; torna al cristianismo bajo su protección, y parece que piensa que, si Dios ha criado el mundo, Hegel lo ha comprendido.»-^ 1 Estas soberbias pretensiones las encontrara usted en otros fi- lósofos, y no escasean de ellas los franceses que han bebido en las mismas fuentes y cuyos nombres se nos citan a veces con mis- terioso énfasis. Asi creo que no sera perdido el tiempo que se em- plee en dar una idea de esos delirios, que tal nombre merecen, por mas que se envanezcan con las infulas de la ciencia. Como es- ta carta va tomando demasiada extensión, no me es posible pre- sentarle a usted los comprobantes de las aserciones emitidas; pero lo haré sin falta en las inmediatas. No dudo que usted se quedara profundamente convencido de que esa nueva filosofia que tanto se nos pondera, no es mas que la repetición de los suehos en que se ha mecido en todos tiempos el espi'ritu humano, siempre que, en la embriaguez de su orgullo, se ha desviado de los principios de eterna verdad.
Afortunadamente, hay en Espaha un fondo de buen sentido que no permite la introducción, y mucho menos el arraigo, de esas monstruosas opiniones, que tan facil y benévola acogida encuen- tran en otros paises; y, por este motivo, no es tan temible que los errores de que estoy hablando, causen entre nosotros los males que en otros paises han producido. Pero en cambio tenemos que, habiéndose descuidado mucho en Espaha los estudios filosó- ficos, siendo muy pocos los que se hallan al nivel del estado actual de la ciencia, seria facil que, sin advertirlo los hombres de sana doctrina y recta intención, se apoderasen de la ensehanza inno- vadores alucinados, que extraviasen a la incauta juventud. Digo esto, porque me temo que a otros suceda lo que, segün veo, Ie estaba sucediendo a usted, de oreer que las modernas escuelas alemanas y francesas caminaban nada menos que a la restaura- ción de un espiritualismo puro, cual lo tenian nuestros mayores, y cual lo profesan todavia los verdaderos cristianos y los filósofos jui- ciosos.
De las demas cartas que pienso escribirle a usted sobre este objeto, sacara usted otro provecho, cual es, el formarse ideas algo mas claras de las que debe tener ahora, sobre una cuestión impor- tantisima que agita en la actualidad a la Francia y llama la atención de Europa: hablo de las desavenencias suscitadas entre el clero francés y la Universidad. Sea cual fuere el juicio que usted forme sobre la mayor o menor templanza con que haya ventilado la cues¬ tión este o aquel periódico, y sobre las medidas que hayan creido conveniente adoptar algunos obispos, al menos se quedara usted convencido de que los católicos del vecino reino no se alarman sin razón; que hay aqui algo mas de lo que nos quieren dar a entender algunos; que lo que en el fondo se agita es algo mas que la ambi- ción del clero, pues estan envueltas en el negocio gravisimas cues- tiones de doctrina. Con esto se me ofrecera excelente oportunidad de manifestarle a usted cuan poco caso debe hacerse de esos ta¬ llos magistrales que se leen a cada paso sobre los asuntos de mas importancia, y con cuanta injusticia acusan algunos la intole- rancia del clero, cuando son ellos los verdaderos intolerantes. Hombres hay que, en tratandose de negocios de religión, o no be- ben sino en determinadas fuentes, o no consultan mas que sus arraigadas preocupaciones. Ya que no puedo esperar de usted mucho celo religioso, a lo menos me prometo la imparcialidad. En¬ tre tanto, viva usted seguro del afecto de este S. S. S. Q. B. S. M.
J. B.
Carta IX Pantefsmo de la filosofia alemana.
Hegel. Lo que es la religión en sentido de este filósofo. La substan- cia universal de su sistema. La idea. Su desarrollo. La existencia. Pantefsmo de Hegel. La esfera logica. La razón impersonal. Las le- yes objetivadas. Sus suenos con respecto a las leyes de la natura- leza. Sus pretendidas demostraciones astronómicas. El planeta Ce- res. Atrevimiento de Hegel contra Newton. Ingenua confesión de Link, admirador del filósofo aleman.
Mi estimado amigo: En la carta anterior Ie manifesté a usted mi opinión poco favorable a la moderna filosofia alemana, aventu- randome a calificarla con una severidad que usted quizas debió de reputar excesiva. Este atrevimiento, tratandose de hombres que han adquirido mucha celebridad, y cuyas palabras son escuchadas por algunos cual si salieran de boca de oraculos infalibles, me im- pone el deber de probar lo que allf dije, y hacerlo de manera que no consienta réplica. Bien se acordara usted de mis quejas sobre la doctrina de dichos filósofos con respecto al pantefsmo, y que los acusaba de resucitar los errores de Espinosa, bien que envueltos en formas misteriosas de un lenguaje simbólico y enfatico; este cargo es el que voy a justificar con respecto a Hegel.
Segün este filósofo, la religión es el «producto del sentimiento o de la conciencia que el espfritu tiene de su origen, de su natura- leza divina, de su identidad con el espfritu universal». Podrfamos dudar del verdadero sentido de aquella expresión su naturaleza di¬ vina, si anduviese sola, pues que, siendo nuestra alma criada a imagen y semejanza de Dios, y distinguiéndose por su eleva- ción sobre todos los seres corpóreos, dable serfa pensar que Hegel solo trataba de recordar la nobleza y dignidad de nuestro es¬ pfritu, fundando el sentimiento religioso en la conciencia que tene- mos de que nuestro origen, nuestra naturaleza y destino, son muy superiores a este pedazo de barro que envuelve nuestra alma, que la embaraza y agrava. Pero el filósofo aleman, tuvo cuidado de ex- planar sus ideas, anadiendo que nuestro espfritu era idéntico con el espiritu universal. <j,Qué sera ese espiritu universal que absorbe, que identifica en si todos los espiritus particulares?; ^no es esto la proclamación pura y simple de un panteismo espiritua- lista?; óno es esto afirmar que Dios es todos los espiritus y que todos los espiritus son Dios?; ^que el pensamiento, el alma de cada hombre, no es mas que una modificación del Ser ünico, en el cual todos se confunden e identifican? Pero oigamos de nuevo al filósofo aleman, por ver si acaso no habriamos comprendido bas¬ tante bien el sentido de sus palabras. «Esta conciencia, continüa Hegel, se halla primero envuelta en un mero sentimiento, cuya ex- presión es el culto: en seguida la conciencia se desenvuelve, Dios pasa a ser objeto, y de aqui nacen las mitologias y todo lo que se llama la parte positiva de la religión; pero detenerse en este segun- do estadio donde el Dios del universo es adorado en el marmol de Fidias, donde Jesucristo no es mas que un personaje histórico, se- ria mentir contra el espiritu.»
«En la religión los pueblos deponen sus ideas sobre la esen- cia del mundo y las relaciones que con ésta tiene la humanidad. El ser absoluto es aqui el objeto de su conciencia; hay otro mas alla que ellos se representan, ora con los atributos de la bondad, ora con los del terror. Esta oposición no existe en el recogimiento de la oración y en el culto: y el hombre se eleva a la unión con el Ser di- vino. Pero este Ser divino es la razón en si y para sf, la substancia universal concreta; la religión es la obra de la razón que se revela.» Quizas extrahara usted que el filósofo aleman se anduviera en tan- tos rodeos para venirnos a decir que la religión no es mas que una ulterior manifestación de la razón, que el Ser divino, el Ser ob¬ jeto religioso y del culto, es decir, Dios, no es mas que la razón misma, bien que en si y para sf, o bien la substancia universal concreta: yo no sé si estara usted muy versado en estas materias, para comprender la jerigonza de un ser que es en sf y para sf, que es la razón humana, y que, por ahadidura, es la substancia universal concreta. Sea como fuere, procuraré darle a usted algu- na explicación del sentido que envuelven las enigmaticas palabras de nuestro metafisico.
Para la inteligencia de esto debe usted advertir que segün Hegel, el mundo entero no es mas que la evolución de la idea, y que, segün el grado en que se encuentra la expresada evolución se dice que los seres son en sf; y, cuando ésta ha llegado a mayor progreso, se dice que los seres son para sf. Me preguntara usted ^qué es la idea? En dictamen de Hegel no es otra cosa que la «harmoniosa unidad de este conjunto universal que se desarrolla eternamente»; «todo lo que existe, ahade, no entraha verdad sino en cuanto es la idea que ha pasado al estado de existencia, porque la idea es la realidad verdadera y absoluta». Y no crea usted que con semejante definición se nos quiera expresar la inteligencia di- vina, o bien la infinita esencia del Criador, en la cual esta represen- tado, desde toda la eternidad, todo lo existente y todo lo posible; nada de esto: cuando Hegel habla de la harmoniosa unidad, se re- fiere a este conjunto universal que tiene un desarrollo eterno, es decir, al mundo mismo, que va tomando diferentes formas y modifi- candose de varias maneras. «Para comprender, dice, lo que es es¬ ta evolución, por la cual la idea se produce y acaba, es preciso dis- tinguir dos estados: el primero es conocido con el nombre de dis- posición, virtualidad, potencia, y yo Ie llamo ser en sf, el segundo es la actualidad, la realidad, o lo que yo apellido ser para sf. El niho que nace tiene la razón virtualmente, en germen, mas no posee to- davia la posibilidad real de la razón. Es razonable en sf, pero no Mega a serlo para sf, sino a medida que se desenvuelve. Todo es- fuerzo para conocer y saber, toda acción, no tiene otro objeto que sacar a luz lo que esta oculto, que realizar o actualizar lo que existe virtualmente, de objetivar lo que es en sf, de desenvolver lo que existe en germen.»
«Llegar a la existencia es sufrir un cambio, y, sin embargo, quedar lo mismo; ved, por ejemplo, cómo la encina sale de la bello- ta; se producen cosas muy diversas, pero todo estaba encerrado ya en el germen, aunque invisible e idealmente.»
Pasaré por alto las muchas y graves consideraciones que po- drian hacerse sobre el peregrino significado que da el filósofo ale- man a la palabra idea. Se les habia ocurrido a los autores de sis- temas ideológicos el excogitar varios para explicar el misterio del pensamiento, dando también diferentes acepciones a la palabra idea\ pero decir que ésta es «la harmoniosa unidad del conjunto universal que se desarrolla eternamente», o, en términos mas da¬ ros, llamar idea a la naturaleza misma, creo que solo podia venir a la mente de quien, proponiéndose confundirlo todo en el monstruoso panteismo, comienza por dar a las palabras una significación inusitada y extravagante. Yo desearia que se me explicase qué necesidad hay de tantos rodeos para llegar a decirnos que en el mundo no hay mas que un ser, o una substancia, que ésta sufre diferentes modificaciones, y que todo cuanto existe no es mas que uno de los accidentes del conjunto universal que sin cesar se transforma. Éste es ciertamente el pensamiento de Hegel: el ni- ho tenia el uso de razón en potencia, el adulto en acto; aün mas, y hablando con mayor precisión: el mismo adulto, cuando piensa, es¬ ta en acto: cuando duerme, esta en potencia de pensar.
Dice Hegel que todo esfuerzo para conocer y saber, y hasta toda acción, tiene por objeto el sacar a luz lo que esta oculto, reali- zar o actualizar lo que es virtualmente: esto necesita comentarios: es verdad que el esfuerzo para conocer y saber tiende a hacernos presente y ponernos en claro lo que para nosotros esta obscuro o enteramente oculto; pero no lo es que ninguna acción tenga otro objeto que realizar o actualizar lo que es virtualmente. No puede negarse que en el orden de la naturaleza hay un desarrollo conti¬ nuo en que unos seres salen de otros, como la end na de la bello- ta; pero los hay también cuya esencia se opone a que hayan dimanado de otro cualquiera, a no ser que hayan pasado ins- tantaneamente de la no existencia a la existencia, es decir, sin haber sido criados.
«Llegar a la existencia, dice Hegel, es sufrir un cambio, y sin embargo, quedar lo mismo»: esta proposición asentada en general destruye toda idea de creación, pues que no existe ésta, cuando no se pasa de la nada al ser. Si llegar a la existencia no es mas que sufrir una mudanza y quedar lo mismo, tendremos que, cuando el universo comenzó a existir, no fue porque hubiese sido criado por Dios, sino porque, verificandose una gran transfor- mación en la materia preexistente, resultó ese conjunto que nos asombra con su inmensidad, y nos encanta con su belleza y harmoma. Semejante suposición nos lleva en derechura a la eter- nidad del mundo, al caos de los antiguos, a todos los absurdos sobre el origen de las cosas, que las luces del cristianismo ha- bian desterrado de la tierra.
Extraho es que filósofos que se glorian de altamente espiritua- listas, que manifiestan despreciar el materialismo francés del siglo pasado, lo establezcan tan lisa y llanamente combatiendo la espiri- tualidad, la inmortalidad, y el origen divino de nuestra alma. Si cuando ésta comienza a existir no hay més que la mudanza de un ser, a manera que la encina es lo contenido en la bellota, bien que desenvuelto y transformado, podremos inferir que el alma brota del fecundo seno de la naturaleza lo propio que los gérmenes ma- teriales; sera un producto mas o menos ütil, mas o menos activo, mas o menos depurado, pero no sera mas que el ser que ya an- tes existi'a, que la planta salida de la semilla. Esta doctrina es esencialmente materialista, sin que basten a sincerarla de tan gra- ve cargo todos los misterios y enigmas del nuevo lenguaje filosófi- co. Lo que es simple, lo que es indivisible, no puede ser el re- sultado de la transformación de otro ser; lo que pasa de un es- tado a otro adquiriendo una nueva forma, una nueva existencia, como lo hacen los vegetales salidos del germen, es compuesto; porque no es dable concebir esa mudanza sucesiva sin acompa- narle la idea de partes. Podemos muy bien admitir que una subs- tancia enteramente simple ejerza actos muy diferentes, y reciba impresiones muy varias, pues que todas estas modificaciones pue- den realizarse sin alterar su naturaleza, como en efecto lo estamos experimentando a cada paso con respecto a nuestro espiritu; pero afirmar que la substancia misma no es mas que otra transfor- mada y desenvuelta, es asentar que esta substancia consta de partes, que se pueden combinar de distintas maneras.
La dificultad de atacar semejantes delirios proviene de que esos nuevos filósofos han tenido la ocurrencia de adoptar un len¬ guaje tan extrano y enigmatico, que siempre esta uno en la duda de si ha dado o no en el verdadero sentido del autor. Asi, en el ca- so que nos ocupa, si Hegel hubiese dicho sencillamente que en el mundo no hay mas que un ser, una substancia, que comprende en si todo el conjunto de cuanto existe, ahadiendo que lo que a noso- tros nos parecen seres o substancias particulares, no son otra cosa que modificaciones de la substancia unica que todo lo absorbe, sa- briamos que tenemos a la vista un profesor del panteismo, y al combatirle no vacilariamos sobre cuales son los mejores argumen- tos para demostrar la falsedad del monstruoso sistema. Pero, <j,có- mo quiere usted habérselas con un hombre que empieza hablando- le de idea, de harmoniosa unidad, de conjunto que se desarrolla eternamente, de idea que es la realidad misma, de evoluciones, de ser en si y para si, de transitos de virtualidad a la actualidad, todo para venir a parar a que el universo entero no es mas que un desa- rrollo sucesivo, saliéndole al fin con el estupendo descubrimiento de que un niho al nacer tiene la razón virtualmente, mas que no la posee actualizada, y que la encina ha salido de la bellota?
Las ramas, dice Hegel, las hojas, las flores, el fruto de una misma planta, proceden cada uno para si, mientras que la idea in- terior determina esta sucesión. ^Sabria usted decirme lo que debe de ser el que las ramas, las hojas, las flores, el fruto procedan para si, ni cual podra ser el significado de la idea interior, aplicada a las plantas? ^Supone Hegel que dentro de la naturaleza hay un ser in- teligente y próvido que lo ve todo, que lo arregla todo, queriendo llamar idea el pensamiento de este ser, distinguiéndole, empero, de la materia? Entonces vendra a parar a la idea de Dios, porque tam- bién decimos nosotros que Dios esta en todos los seres, en todas las partes, viéndolo todo, ordenandolo todo, conservandolo todo, presidiendo a ese magmfico desarrollo que de continuo se esta obrando en la naturaleza, conforme a las leyes establecidas por el Criador. Mas nosotros afirmamos que el autor de fantas maravi- llas existia desde toda la eternidad, antes que nada existiese fuera de él; y ahora conserva, mueve, vivifica el mundo; no como el alma al cuerpo, sino de una manera independiente, libre, sin es- tar ligado con su criatura, sino obrando por medio de su voluntad omnipotente, y repitiendo a cada paso lo que con tan sublime pin- celada nos describió Moisés: hagase la luz, y la luz fue hecha. Pe- ro, el dar a la naturaleza una idea interior, atada, por decirlo asi, con los seres corpóreos, es afirmar que el mundo es un ser animado, que funciona del propio modo que nuestro cuerpo, vivificado por el alma; lo que, si anda acompahado de la confusión del espiri- tu con la materia, si se supone que la existencia de los seres espiri- tuales y corporales no es mas que un desarrollo simultaneo del admirable conjunto, forma el panteismo puro, tal como lo concibiera Espinosa.
Quizas no creia usted, mi apreciado amigo, que a tal extremo llegara la filosofia moderna de los indignos sucesores de Leibnitz; mas, por esto he creido conveniente presentarle a usted los mis¬ mos textos del ponderado filósofo, para que se convenciera a un tiempo de que la ensalzada superioridad se reduce a resucitar errores antiguos, bien que cubiertos con nombres extravagantes. In- terminable seria esta carta, y estoy seguro de que se Ie haria a us- ted algo pesada, si me propusiera mostrarle, ni aun en resumen, todas las paradojas a que fue conducido Hegel por su enigmatico sistema. Nada Ie diré a usted del desarrollo de la idea en la esfera logica, de la razón impersonal, y otras cosas por este tenor; quiero limitarme a decirle dos palabras sobre la peregrina esperanza que abrigaba el filósofo de que por medio de su teoria era dable deter- minar a priori las leyes del mundo fisico. Se reirian ciertamente Newton y Leibnitz de pretensión tan extrana; se reirian todos los fisicos modernos, acordes en que no hay otro medio para llegar al conocimiento de las leyes de la naturaleza que la observa- ción; pero Hegel les responderia con la mayor seriedad que, no siendo las leyes del mundo fisico otra cosa que las de nuestro espi- ritu, bien que objetivadas, es muy posible pasar del conocimiento de éstas al de aquéllas. Ciertamente que debiera de encontrarse algo embarazado el filósofo aleman, si se Ie exigiese una explica- ción clara y precisa sobre esas leyes de nuestro espiritu, que son al propio tiempo leyes de la naturaleza. Curioso seria ver indicada la ley de nuestro espiritu que, aplicada al mundo corpóreo, se con- vierte en atracción universal, ejercida en razón directa de las ma- sas e inversa del cuadrado de las distancias; a qué se reducen las leyes de afinidad cuando, al dejar de ser objetivadas, quedan sim- plemente leyes de nuestra alma. Los poetas, los oradores, los filó- sofos, habian descubierto ya muchas analogias entre el mundo moral y el fisico; analogias que, aprovechadas por el ingenio, y embellecidas con los colores de fecunda imaginación, sirven admi- rablemente para comparar de continuo, unos con otros, órdenes de seres muy diferentes, animando, variando y hermoseando el estilo; pero estaba reservado a Hegel el no contentarse con simples com- paraciones, el establecer completa identidad, de suerte que la ob- servación dejase de sernos necesaria para penetrar los arcanos de la naturaleza, bastandonos meditar sobre las leyes de nuestro espi¬ ritu, es decir, abstraernos de todo cuanto nos rodea, y en seguida objetivar las leyes descubiertas, quedando de esta manera demos- tradas a priori todas las que rigen el cielo y la tierra.
Creera usted, sin duda, que sin fundamento me estoy chan- ceando a costa del filósofo aleman y que trato de dar a la discusión este giro, sin cuidar de la verdadera mente de Hegel, y solo atendiendo a que es preciso amenizar algün tanto materias tan ingratas de puro abstrusas. Pues debe usted saber que no estoy comba- tiendo un gigante fantastico que yo haya tenido la humorada de crear para partirle de un tajo; las paradojas que acabo de impugnar las sostema Hegel con la seriedad de un aleman, y no tengo yo la culpa si el negocio es extravagante con sus ribetes de ridiculo. Se propuso nada menos que construir con el auxilio de un sistema to- das las ciencias naturales; y en sus obras encontrara usted aplica- ciones a la mecanica, a la fisica, a la geologia, las que pretende fundar en sus teorias metafisicas. Verdad es que el cielo no se cui- daba mucho de las profecias del filósofo y que alguna vez Ie dejó muy malparado; pues que, habiendo tenido la ocurrencia de de- mostrar a priori que entre Marte y Jüpiter, no podia haber otro planeta, nos vino cabalmente en el mismo aho el célebre as- trónomo Piazzi descubriendo a Ceres, que, como usted no igno- ra, tiene su asiento alli donde, segün la demostración de Hegel no podia tener cabida ningün planeta.
Quien a tanto se atrevia no es extrano que se permitiese mo- tejar al inmortal Newton hasta de una manera poco decorosa. A pesar de tamano orgullo, es cierto que la posteridad nos aprobaria que se escribiera sobre el sepulcro del metafisico aleman lo que con tanta razón se halla en el del astrónomo inglés: «sibi gratulen- tur mortales tale tantumque extitisse humani generis decus.»
Llegó a tal punto la mania de Hegel sobre este particular que su admirador Link no pudo menos de decir: «aflicción causa el ver de qué manera habla nuestro autor de los objetos pertenecientes al dominio de las ciencias naturales, de la astronomia y de las mate- maticas; y, sin embargo, él gusta de hablar sobre esto, y lo hace siempre con tono tan magistral y tan amargo, que Ie daria a uno ri- sa, si reirse pudiera al ver a un hombre como él, extraviarse de un modo tan lastimoso. Este mal de Hegel empeoraba en la ültima época de su vida, y hasta se enojaba contra los que no se deci- dian a admirarle.»
Bien se habra convencido usted, mi apreciado amigo, de que no sin razón me habia mostrado algo severo con la moderna filoso- fia alemana; ciertamente que no necesita comentarios la doctrina que acabo de examinar, para que se vean, no solo su tendencia y espiritu, sino lo que es en si, en realidad. Espero volver otro dia sobre este punto, y entre tanto viva usted seguro del afecto de este su amigo y S. S. Q. B. S. M.
J. B.
Carta X El panteismo niega la libertad humana.
Escuela filosófica francesa de Mr. Cousin. Su panteismo. Citas jus- tificadas. Con las teorias de monsieur Cousin; todas las religiones quedan reducidas a la nada.