óCómo se entiende, pues, esa muerte del amor propio de que estan hablando los autores rmsticos? Se entiende la extir- pación de los vicios, el refrenar las pasiones, el guardarnos del orgullo; en una palabra, el cuidar de que el amor del hom- bre sensual no dane al hombre moral. El hacer que prevalezca lo superior sobre lo inferior, no es matar el amor, sino hacerle obrar en un sentido conforme a la ley eterna y altamente provechoso a nosotros mismos: quien se abstiene de una comida a la que se siente inclinado por su apetito, si lo hace con el fin de evitarse el dano que de ella terne, ^podra decirse, por ventura, que no se ame, que se aborrezca a si propio? Se dira, con mucha verdad, que se priva de un gusto; pero esta privación dimana del mismo afecto que tiene a la conservación de la salud, y por lo mismo pro¬ cédé de este mismo amor propio bien entendido, que Ie induce a sacrificar lo menos a lo mas, y no Ie permite danarse la salud por complacer el apetito del momento. Con este ejemplo tan sencillo, y que presenciamos todos los dias sin que cause ninguna extraneza, se explican facilmente las relaciones de las doctrinas cristianas con el amor propio, no siendo necesario mas que extender el mismo principio a objetos elevados, y considerar que la norma que ha diri- gido una acción particular, es la misma con que se ordena toda la conducta del cristiano.
«Pues, ócómo se dice que nos aborrezcamos a nosotros mismos?» Este aborrecimiento no se refiere, ni puede referirse, sino a lo que hay en nosotros de malo, ya sea actos o habitos pecaminosos, ya sea ciertas inclinaciones que tienden a apartarnos del camino de la ley de Dios; pero de ninguna manera debemos ni podemos aborrecer nuestra naturaleza en lo que tiene de bueno, en lo que es obra de Dios; antes al contrario, debemos amarla, y la prueba de que es asi, esta en que debemos aborrecer el mal que haya en ella, y aborrecer el mal de una cosa, es desear su bien, es amarla.
Ya sabe usted, mi estimado amigo, que de las reglas dadas para la conducta de los cristianos, unas son preceptos, otras con- sejos: la observancia de las primeras es necesaria para la eterna salvación: la de las segundas contribuye a hacernos perfectos en esta vida, y a merecernos mas alto grado de gloria en la venidera; mas no nos obliga de tal suerte, que, si lo omitimos, nos hagamos reos de culpa. Esto mismo se aplica a la conducta con respecto al amor propio: por los preceptos estamos obligados a abstener- nos de toda infracción de la ley de Dios, por mas que a ello nos impulsen nuestros apetitos desordenados, asi como debemos sa- crificar el placer que nos resulta de la satisfacción de las pasiones, cuando se trate de ejercer un acto expresamente mandado en la ley divina: a sofocar de esta manera el amor propio todos esta¬ mos obligados; si no lo hacernos asi, tenemos por dogma que no nos sera otorgada la vida eterna, antes si un castigo que no tendra fin. Pero hay ciertas abstinencias, ciertas mortificaciones de los sentidos que no entran en el orden de los preceptos, y pertenecen solo al de los consejos. Estas mortificaciones las vemos practica- das, con mas o menos rigor, por las personas que desean caminar hacia la perfección, y en algunos santos hallamos la austeridad conducida a tan alto punto, que nos asombra y aterra. Mas en es¬ tos mismos santos no estaba ahogado el amor bien entendido de si mismo: se entregaban sin tasa a la penitencia, ya para purificarse cumplidamente de sus faltas, ya también para hacerse mas agra- dables al Sehor, ofreciéndole en holocausto sus sentidos, su cuerpo, todo cuanto tenian y todo cuanto eran; pero estos hombres extraordinarios <j,se olvidaban, por ventura, de si mismos? Se olvi- daban, si, del hombre sensual, o, mejor diremos, Ie tenian decla- rada guerra a muerte, abatiéndole, atormentandole cuanto les era posible; pero la razón de esto se encuentra en que Ie miraban co- mo enemigo del hombre espiritual, como enemigo temible, alta- mente peligroso, de quien no convema fiarse un solo instante, a quien no se podia soltar la cadena del cuello sin el riesgo inminente de que se levantara contra su dueho, que es el espiritu, y Ie reduje- se a esclavitud. Pero la salvación de su alma, la felicidad eterna en la otra vida, tanto distaban de olvidarla aquellos ilustres penitentes, que antes bien suspiraban incesantemente por ella; ansiaban vi- vamente que Dios les librase de este cuerpo que los agravaba: asi es que el mayor de sus deseos era disolverse y estar con Cristo. La visión de Dios, la unión con Dios en lazos de inefable amor, era el objeto de sus esperanzas, de sus ardientes deseos, de sus continuos gemidos; asi es que no puede decirse que se aborrecie- sen a si mismos en toda la propiedad de la palabra, sino que se amaban con amor mas bien entendido que el resto de los mortales.
Con las consideraciones que preceden, creo que se habra convencido usted de que estribaba en una suposición falsa, y de que, si intenta continuar sus ataques contra la religión, consideran- dola como contraria al amor propio, Ie sera preciso argumentar so- bre otros principios. En efecto, desvanecido completamente el error en que usted vivia de que la religión cristiana nos prohibe amarnos a nosotros mismos, y probado hasta la ültima evidencia que no solo no nos lo prohibe, sino que, muy al contrario, nos lo manda, solo Ie resta a usted un camino, que es probar que la religión entiende de una manera equivocada el amor propio, y que, proponiéndose diri- girle y purificarle, Ie sofoca y Ie mata. Pero ^sabe usted en qué te- rreno se habra colocado entonces la cuestión? ^Sabe usted que, considerada bajo este aspecto, nada tiene que ver con lo que esta- bamos discutiendo hasta aqui, y que se trata nada menos que de examinar si los preceptos y consejos del Evangelio son justos, son santos, son prudentes? No creo que usted se atreva a enta- blar disputa sobre una verdad generalmente reconocida hasta por los mas violentos enemigos del cristianismo. Ellos niegan sus dogmas, se burlan de sus creencias, se rien de su jerarquia, desprecian su autoridad, la consideran como un mero sistema filo- sófico, despojandole de todo caracter sobrenatural y divino; pero, en llegando a su moral, todos estan acordes en que es pura, en que es admirable, sublime, en que es superior a la de todos los le- gisladores antiguos y modernos, en que se halla en mtima harmoma con la luz de la razón, con los mas nobles y bellos sentimientos que se albergan en nuestra alma, en que es la ünica digna de reinar sobre la humanidad y de dirigir los destinos del mundo; de suerte que, cuando, entregados a sus vanos pensamientos, forjan allé en su mente cristianismos reformados o religiones totalmente nuevas, todos adoptan como modelo de su moral lo ensenado en el Evangelio, y, aun cuando quizas en el fondo de su corazón profe- sen, con respecto a la moral misma, doctrinas degradantes y alta- mente funestas, no se atreven por lo comün a exponerlas en pübli- co, y se deshacen en elocuentes elogios de la dulzura, de la santi- dad, de la elevación de las maximas salidas de la boca de Jesucris- to.
Se hallara usted, pues, en grave conflicto si se propone dirigir sus ataques sobre este punto; y asi es que me atreveré a darle un consejo, que bien lo han menester la mayor parte de los que incul- pan a la religión, y es que, al juzgar alguno de sus dogmas o ma¬ ximas, no se deje usted llevar de esa ligereza que falla sobre los objetos de la mayor importancia, sin haberse tornado la pena de examinarlos con la debida atención; y que reflexione que lo que han crei'do y ensenado y practicado tantos hombres eminentes en talento y sabiduria, sin duda debe de estar muy fundado, y no es facil que venga al suelo con cuatro observaciones, que, por ingeniosas, no dejan de ser extremadamente fütiles. Créame usted: cuando se Ie ocurran argumentos de esta clase, que con tanta faci- lidad Ie parecen derribar alguna verdad religiosa, suspenda usted el juicio; no se precipite, medite, o lea, o consulte, que bien pronto echara de ver que el invencible Aquiles no tiene mas fuerza que la que Ie suministra una suposición falsa, o un raciocinio mal trabado. No dudo que se habra usted convencido de que, si con el tiempo se resuelve a volver al seno de la religión, podra usted amarse a si mismo. Entre tanto viva usted seguro del afecto de este S. S. y amigo Q. B. S. M.
J. B.
Carta XII Contradicciones de los incrédulos.
La moral de los hombres irreligiosos. Defensa de la moral del Evangelio. Las pasiones. Actos internos y externos. Diferencia ca¬ pita! entre la religión cristiana y los filósofos que la combaten. Vicio radical del sistema de los incrédulos. Aplicación al principio de fra¬ ternidad universal. Sabiduria de la moral evangélica. Suavidad de los incrédulos convertida en crueldad. Observaciones sobre la Pro- videncia. Importancia de la religión.
Mi estimado amigo: El método que va siguiendo usted en la discusión epistolar que hemos entablado, me va manifestando una verdad, que, si bien ya la tenia conocida, me la hace usted mucho mas evidente: hablo de la poca fijeza y exactitud en la moral; vi¬ cio de que adolecen generalmente los que no estan fundados sobre el sólido cimiento de la religión. Con mucha verdad se ha dicho que la moral sin dogma era justicia sin tribunales. Se les oye a ustedes ponderar y ensalzar con entusiasmo la sublime doc- trina de Jesucristo en todo lo concerniente a la conducta del arreglo del hombre; confiesan que nada hay superior ni igual entre los filósofos antiguos y modernos; reconocen que nada hay que ahadir ni quitar; todo esto con una sinceridad y una expresión de buena fe, que no Ie dejan a uno duda de que, si rechazan los dogmas de la religión cristiana, al menos abrazan como convicción filosófica la moral que ella nos enseha. Cuando he aqui que a lo mejor, hablando de puntos de alta importancia, se disparan de im- proviso con la exposición de una doctrina que no puede conciliarse con la moral del Evangelio, pues que se halla en abierta oposición con lo que éste prescribe. Asi me ha sucedido con la ültima [carta] de usted, en la cual, después de resignarse a abandonar la trinche- ra en la que se habia hecho fuerte, pretendiendo que nuestra reli¬ gión se empehaba en luchar con lo mas intimo de la naturaleza, al prohibir como cosa mala el amor propio, me viene usted modificando su argumento, pero en realidad proponiéndose un objeto seme- jante.
Dice usted que esta de acuerdo conmigo en que la religión no destruye sino que rectifica el amor propio; y no tiene usted incon- veniente en reconocer que las objeciones de su carta anterior estri- baban en un supuesto falso. No obstante, deseando no abandonar el terreno sin combatir, se empeha usted en sostener que la ma¬ nera con que la religión rectifica el amor propio es demasiado dura, y contraria por demas a los instintos de la naturaleza. Aqui tiene su aplicación lo que Ie estaba diciendo poco antes, a sa- ber, que los hombres irreligiosos caen con frecuencia en una contradicción patente, alabando, de una parte, la moral de Je- sucristo, y atacandola, por otra, sin consideración ni miramien- to. Usted pertenece al numero de aquellos que se glorfan de re¬ conocer la santidad de la moral evangélica, y, sin embargo, no tiene reparo en condenarla por lo que prescribe con respecto a las pasiones. Y <j,sabe usted que el declarar una moral mala, o inütil, o inaplicable en lo relativo a las pasiones, es condenarla poco menos que en su totalidad? ^No ha advertido usted que la mayor parte de los preceptos de la moral se rozan con el arreglo y repre- sión de las pasiones? Si, pues, la del Evangelio no sirve para ellas, ^para qué servira?
Afirma usted que los preceptos evangélicos son duros en de- masia, por oponerse a irresistibles instintos de la naturaleza; y, por lo que toca a algunos de sus consejos, se adelanta usted a decir que dificilmente se Ie persuadira de que sean conformes a la razón y a la prudencia. Asienta usted por principio que el secreto de dirigir las pasiones es dejarles respiradero para evitar la ex- plosión, ahadiendo que el olvido de esta maxima es uno de los de- fectos capitales de que adolece la moral del Evangelio. No lleva us¬ ted a mal que se declaren culpables los actos que introducirian la perturbación en las familias, y aun aquellos que tienden a multipli- car la población, encargando a la caridad püblica el fruto de la in- continencia; pero no puede persuadirse de que el rigor se haya de llevar hasta el punto de prohibir el mismo pensamiento, declarando culpable a los ojos de Dios aquel que admitiera la liviandad en su corazón, por mas que se abstenga de todo cuanto repugne a la na¬ turaleza o pueda acarrear algün daho a la familia y a la sociedad. Dejando aparte la discusión a que bajo muchos aspectos podria dar lugar la objeción de usted, y cihéndonos al punto de vista de la prudencia, que es el que usted encarece principalmente, sostengo que la moral del Evangelio es tan profundamente sabia y cuer- da en su pretendida dureza, que seria mucho mas dura si se amoldase a las doctrinas de usted Extravagante aserción ha de pa- recer esta que acabo de emitir, y, no obstante, me lisonjeo de po- derla apoyar con tales razones, que se vea usted precisado a subscribir a mi dictamen.
Ya que usted parece aficionado al estudio del corazón, me atreveré a preguntarle si, en el supuesto de haberse de prohibir un acto es mas dificil alcanzar la obediencia prohibiendo también el deseo, o dejandole campear libremente. Tengo por seguro que es harto mas facil lograr que el hombre evite aquello que no pue- de ni desear, que no el que, siéndole permitido el deseo, haya de abstenerse de la obra. Se ha dicho muy bien que del pensa- miento a la ejecución va tan poca distancia como de la cabeza al brazo, y la experiencia esta ensehando todos los dias que quien ha concebido deseos vehementes de poseer un objeto, deja con mucha dificultad de emplear los medios para lograrlo. Cabalmente en la materia de que estamos tratando, se ciega de tal modo la ra- zón, y preponderan de tal suerte las pasiones, que el que se deja arrastrar por ellas se degrada y embrutece, olvidando lastimo- samente su honor, sus bienes, su salud y hasta su vida. Y con una pasión semejante, <j,cree usted que la prudencia aconseja permitir el deseo y prohibir la ejecución? Afirma usted sin vacilar que es du¬ ra la prohibición que se extiende al deseo, sin advertir que solo en el sistema de usted hay la verdadera crueldad, pues que se pone al hombre en el tormento de Tantalo, haciendo correr a las inmedia- ciones de sus sedientos labios, aguas frescas y cristalinas que no se Ie permite probar. Reflexione usted maduramente sobre estas observaciones y se convencera de que la verdadera dureza esta en la moral de usted y no en la del Evangelio; que en la de usted, bajo la apariencia de indulgente suavidad, se pone en verdadera tortura al corazón; y que en la del Evangelio, con una severidad prudente y oportuna, se procura a las almas virtuosas la tranquilidad y la cal- ma. El hombre que sabe no serie li'cito deleitarse ni siquiera en un pensamiento malo, lo rechaza con fuerza desde el momento que se Ie ocurre, y asi no da lugar a que la pasión se exalte y Ie ciegue; el que creyese no caber pecado sino en la ejecución, procuran'a complacer las inclinaciones de la naturaleza, enga- handose a si mismo con la esperanza de que el placer del pensamiento y del deseo no Ie arrastrana hasta cometer el acto; pero, desde el momento que la razón y la voluntad hubiesen abdica- do su soberama, aun cuando fuese con la condición expresa de que no se los habia de llevar mas alla de lo que permitieran los de- beres, les seria imposible contener las pasiones turbulentas, que, engreidas con la primera concesión, no cederian hasta satis- facerse cumplidamente.
Una diferencia Capital existe entre la religión cristiana y los fi- lósofos que bajo distintos nombres la combaten: aquélla asienta por principio que es preciso atajar las pasiones en su cuna, cre- yendo que sera tanto mas dificil dirigirlas o sujetarlas cuanto mas incremento se les haya dejado tornar, mientras éstos se conducen por la regla de que conviene permitir que las pasiones, aun las de tendencias mas aviesas, se desenvuelvan hasta cierto punto, en el cual afirman que es necesario detenerlas. Y jcosa notablel, asi se portan los filósofos que no disponen de otros medios para dominar el corazón que estériles discursos, cuya impotencia se manifiesta siempre que se hallan en lucha con una pasión algo vehemente; y la religión obra en sentido contrario, ella que abunda de medios efi- cacisimos para obrar sobre el entendimiento y la voluntad, y seho- rear al hombre entero. La religión fundada por el mismo Dios se atiene a una regla prudente, estimando en mas la precaución del mal que no el tener que remediarlo, procurando curarlo cuando es pequeho por ahorrar la dificultad de hacerlo cuando sea grande; y el débil mortal se atreve a soltar el dique a las aguas, afirmando que conviene dejarlas correr libres, y que basta el que, cuando lle- guen al limite prefijado, se les diga: «de aqui no pasaréis, y aqui quebrantaréis el orgullo de vuestras olas».
Yo no sé si se habra convencido usted, mi estimado amigo, con las razones que acabo de alegar en defensa de la moral del Evangelio y en contra del sistema filosófico. Como quiera, no podra usted negarme que estas consideraciones no son para despreciar- las, dado que se fundan en la misma naturaleza del hombre y en lo que nos esta ensehando la experiencia de todos los dias. Lo que hemos aplicado a la pasión mas turbulenta y peligrosa de las que afligen a los miseros humanos, puede decirse de todas las demas, bien que de ella se verifica de una manera particular aquello de que no hay mas remedio que la fuga. Sentencia profundamente sabia y prudente, que advierte al hombre de lo mucho que importa no perder el dominio sobre si mismo, porque no Ie seria facil enca- denar las pasiones, una vez hubiese llegado a soltarlas.
Sucede con el individuo lo propio que con la sociedad: si el poder supremo, cuyo cargo es gobernar, principia a ceder a las exigencias de los que deben obedecer, éstas van cada dia en aumento, la autoridad se degrada a proporción que pierde te- rreno, hasta que al fin se Mega a una completa anarquia o se apela a una reacción violenta, para recobrar lo perdido y restablecer de- rechos que jamas se debieran haber abdicado. Las leyes de orden tienen una analogia singular, aun en sus aplicaciones a cosas de naturaleza muy diferente; pudiera decirse que es una misma ley, sin mas modificaciones que las absolutamente indispensables para atender a la especie del sujeto que por ellas se ha de regir.
He dicho que cuanto acababa de afirmar sobre la pasión vo- luptuosa era también aplicable a las demas, y voy a hacérselo sen- tir a usted, atacandole por la parte mas sensible, que es la filantro- pia, ya que ustedes los filósofos no pueden tolerar que se ponga en duda su ardiente amor a la humanidad. Estan ustedes encarecien- do continuamente el precepto de fraternidad universal, que, segün la religión de Jesucristo, enlaza a todos los hombres como miem- bros de una misma familia. Se infiere de dicho mandamiento la prohibición de danar al prójimo, y, segün nuestros principios, no solo no podernos danarle, pero ni aun tener este deseo; por manera que pecamos con solo complacernos en nuestro corazón un pensamiento de venganza.
Ahora bien, aplicando al caso presente la teoria de usted, re- sultara que debe condenarse por sobrado dura la moral cristiana en esta parte, y para seguir los consejos de una suave prudencia, sera preciso contentarse con declarar que es malo el cometer un acto que dahe a nuestros hermanos, pero no lo es el deseo, si nos limi- tamos a él. Asi la bella fraternidad de ustedes se podra expresar de esta suerte: «Hombres, no os causéis daho, ni de obra, ni de pala- bra, porque con esto faltariais a las reglas de la sana moral, y ofenderiais al Dios que os ha criado, no para que os perjudiquéis mutuamente, sino para que vivais en pacifica harmoma. Hasta aqui Mega la obligación; pero entrando en el santuario de vuestro inte- rior, sois duehos de desear a los demas hombres todo el mal que os pluguiere, seguros de que con ello no cometeréis ninguna falta, pues que Dios no es tan duro que haya querido, no solo prohibir los hechos, sino también el pensamiento y el deseo.» ^No Ie parece a usted que el precepto de la caridad, de la fraternidad universal, es cosa curiosa y peregrina, si la explicamos de esta manera? Y, sin embargo, es evidente que de esta suerte lo explica usted, no ha- biendo yo hecho otra cosa que reunir las partes del sistema para que se notara mas vivamente el contraste.
El vicio radical de dicho sistema es poner en desacuerdo lo in- terior con lo exterior, es suponer que conviene limitar las obligacio- nes morales a los actos externos, es establecer una especie de moral civil que en ultimo analisis vendria a parar a una jurispruden- cia puramente humana, sin otro objeto que impedir el que se per- turbase la tranquilidad püblica. A este resultado conducen las doc- trinas de usted; y nada extrano es que asi sea, puesto que es muy natural que, en desterrando a Dios del mundo, o no admitiendo religión alguna, es decir, quitando la influencia divina sobre los actos del hombre, queden éstos considerados en el orden pu¬ ramente externo, y no tengan importancia a los ojos del filósofo, sino en cuanto son capaces de producir algün bien exterior o de causar algün mal. Quitando ustedes a Dios, o, lo que viene a parar a lo mismo, destruyendo la religión, destruyen también la con- ciencia, destruyen al hombre interior, y reducen toda la moral a una combinación de utilidades bien calculadas.
Estas consecuencias Ie seran a usted desagradables, y no me cabe duda de que hara un esfuerzo por rechazarlas; mas, para evi- tar disputas, Ie ruego a usted que vuelva a seguir el hilo del racioci- nio que me ha conducido a ellas, pues estoy cierto de que, hacién- dolo asi con imparcialidad y buena fe, no podra menos de recono- cer que mis palabras nada tienen de falso ni hiperbólico.
Entre tanto, y para hacer sentir mas y mas los errores o incon- venientes de la doctrina que usted abrazaba con tanta seguridad, voy a hacer una aplicación de ella al mismo precepto de fraternidad universal, no considerado en su parte prohibitiva, sino en la precep- tiva. Dando por sentado que el mal esta ünicamente en los actos externos, deberemos convenir también en que la bondad de las ac- ciones estara también en lo exterior: asi ejerceremos un acto lau- dable haciendo bien al prójimo, mas no deseandoselo. Y ^sabe usted a dónde nos conduce este principio? ^Sabe usted que nada menos se logra con él que destruir de un golpe esa fraternidad uni- versal tan encarecida por la filantropia de los filósofos? <j,Qué es el amor que se limita a los actos exteriores? <,Es verdadero amor el que no esta en el corazón? <j,No es esto lo mismo que nos esta indicando el lenguaje cuando distingue entre la beneficencia y la benevolencia, es decir, entre hacer el bien y el desearlo? Asi la primera como la segunda, <j,no son virtudes muy loables? Quien no puede ser benéfico por faltarle los medios necesarios, <j,no es muy laudable que sea benévolo, esto es, que tenga deseos de hacer el bien, ya que no Ie sea posible realizarlo? Quien hace el bien ^no lo desea antes de ponerlo en practica? Es decir, el hombre be¬ néfico <j,no es antes benévolo? <j,Y no es benéfico por lo mismo que es benévolo? Yo no sé si usted mirara las cosas desde este punto de vista, pero de mi sabré decirle que considero tan enlazados el deseo y el acto, que se me presentan como cosas de un mismo orden, y como que la una es complemento de la otra. Mas diré, limitandome a la beneficencia: cuando me figuro a un hombre que hace el bien por un motivo cualquiera, pero que al mismo tiempo no abriga en su corazón un afectuoso deseo que Ie impulsa a estos actos, es decir, cuando veo la beneficencia separada de la benevo¬ lencia, o no concibo alli un acto de virtud, o por lo menos la encuentro manca, despojada de los mas bellos adornos que la hacian agradable y encantadora.
Ya ve usted, mi querido amigo, que la religión cristiana no an- da tan desacertada en entrometerse en los actos internos, en ex- tender sus mandamientos y sus prohibiciones hasta lo mas recón- dito que ejecutamos en el fondo de la conciencia; y que el tacharla de dura por este procedimiento, es dar por el pie, no solo a la moral religiosa, sino también a la ensehada por la luz de la razón. Asi se enlazan las cosas que parecen mas distantes; asi se encadenan las verdades con tan estrecha intimidad, que quien se atreve a ne- gar una, se ve forzado a desechar muchas otras, que él tal vez respeta y venera con toda sinceridad y acatamiento. De estas con- sideraciones desearia yo que sacase usted una consecuencia que Ie he indicado varias veces, y que no me cansaré de repetirle, y es la importancia de que, al examinar las cuestiones religiosas, no nos empenemos en aislarlas demasiado, pues que corre- mos peligro de mutilar la verdad, y una verdad mutilada es un error. Los incrédulos y los escépticos incurren casi siempre en este defecto: toman un dogma, un precepto moral, una practica, una ce- remonia de la religión, la separan de todo lo demas, la analizan prescindiendo de todas las relaciones que tiene con otros dogmas, preceptos y practicas o ceremonias; no miran el objeto sino por un lado, y de esta manera consiguen que la ceremonia parezca ri- dicula, que la practica sea irracional, que el precepto sea cruel, que el dogma sea absurdo. No hay orden de verdades que no venga al suelo si de este modo se las examina; porque entonces no se las considera como son en si, sino como las ha arreglado alla en su mente el antojo del filósofo. En tal caso se crean fantasmas que no existen, se huye el cuerpo a los verdaderos enemigos, para pe- lear con otros imaginarios, con lo cual es poco peligroso el entrar en la lucha, partiendo de un tajo descomunales jayanes [gigantes].
En la parte moral, mayormente cuando se trata de los senti- mientos mas dulces y seductores, no es dificil alucinar a los incau- tos ofreciéndoles como una expansión inocente lo que es un ve- neno mortifero. Asi, por ejemplo, en la dificultad que usted me pro- pone en su apreciada [carta], <j,qué cosa mas conforme a los instin- tos de la naturaleza, a los mas suaves impulsos del corazón, que la doctrina por usted sustentada? «^Qué, decia usted, no basta prohibir los actos que podrian producir malos resultados a la socie- dad, a la familia, o al individuo, que sea preciso penetrar hasta lo interior del alma y alli complacerse en atormentar el corazón, obli- gandole a abstenerse hasta de aquellas exhalaciones que, mas bien que crimenes, deberan ser a los ojos de Dios inocentes desahogos de la naturaleza? Si el mal no se consuma, <j,a quién daha el deseo? ^Es posible que el Criador pueda ofenderse de los actos mas inofensivos de su criatura?» He aqui lo que se apellidan golpes sentimentales, y que son argumentos decisivos para las al- mas candorosas y ardientes, que estan ansiosas de una doctrina que excuse sus debilidades, aflojando algün tanto la austeridad de la moral que aprendieron en el catecismo.