Hasta aqui me he cenido a la defensa del dogma católico, y a la exposición de las doctrinas de los teólogos; y creo haber mani- festado que, limitandose aquél a la simple privación de la visión beatifica, por efecto del pecado original no borrado por el bautismo, esta muy lejos de hallarse en contradicción con los principios de justicia, ni trae consigo la pretendida dureza que usted Ie achaca- ba. Como es natural, los teólogos se han aprovechado de esta lati- tud para emitir varias opiniones mas o menos fundadas, sobre las que es dificil formar un juicio acertado, faltandonos noticias que so¬ lo pudiera proporcionarnos la revelación. Como quiera, parece muy razonable la doctrina de Santo Tomas de que estos ninos podran tener un conocimiento y amor de Dios en el orden puramente natu¬ ral, y que podran gozarse en estos bienes que les ha otorgado el Criador. Siendo criaturas inteligentes y libres, no podemos su- ponerlos privados del ejercicio de sus facultades; pues, de lo con- trario, seria preciso considerar sus espiritus como substancias iner- tes, no por su naturaleza, sino por estar ligadas sus potencias del orden intelectual y moral. Y como, por otra parte, no se admite que sufran pena de sentido, y se afirma que no se duelen de la de da- ho, es preciso otorgarles las afecciones que en todo ser resultan naturalmente del ejercicio de sus facultades. Queda de usted su afectisimo y S. S. Q. S. M. B.
Carta XVI Los que viven fuera de la Iglesia.
Equivocación del escéptico. Justicia de Dios. La culpa supone la libertad. Observaciones sobre la obscuridad de los misterios.
Mi estimado amigo: Mucho me alegro que la carta anterior ha- ya disipado el horror que Ie inspiraba el dogma católico sobre la suerte de los nihos que mueren sin bautismo, manifestandole que atribuia a la Iglesia una doctrina que ella jamas reconoció por suya: el haberse usted convencido de la equivocación que en este punto padecia, hara menos dificil el que se persuada de que esta igual- mente equivocado en lo tocante a la doctrina de la Iglesia sobre la suerte de los que viven fuera de su seno. Esta usted en la creencia de que es un dogma de nuestra religión que todos los que no viven en el seno de la Iglesia católica seran por este mem he- cho condenados a penas eternas: éste es un error que nosotros no profesamos, ni podemos profesar, porque es ofensivo a la jus¬ ticia divina. Para proceder con buen orden y claridad, voy a expo- ner sucintamente la doctrina católica sobre este particular.
Dios es justo: y, como tal, no castiga ni puede castigar al inocente: cuando no hay pecado, no hay pena, ni la puede haber.
El pecado, dice San Agustin, es voluntario, de tal manera, que, si deja de ser voluntario, ya no es pecado. La voluntad que se necesita para hacernos culpables a los ojos de Dios, es la de libre albedrio. Para constituir la culpa no bastaria la voluntad, si ésta no fuese libre.
No se concibe el ejercicio de la libertad, si no va acompahado de la deliberación correspondiente; y ésta implica conocimiento de lo que se hace, y de la ley que se observa, o se infringe. Una ley no conocida no puede ser obligatoria.
La ignorancia de la ley es culpable en algunos casos, es decir, cuando el que la padece ha podido vencerla: entonces la infracción de la ley no es excusable por la ignorancia.
La Iglesia, columna y firmamento de la verdad, depositaria de la augusta enserïanza del Divino Maestro, no admite el error de que todas las religiones sean indiferentes a los ojos de Dios, y que el hombre pueda salvarse en cualquiera de ellas, de tal modo, que no esté ni siquiera obligado a buscar la verdad en un asunto tan im¬ portante. Estas monstruosidades las condena la Iglesia con mucha razón; y no puede menos de condenarlas, so pena de negarse a si propia. Decir que todas las religiones son indiferentes a los ojos de Dios, equivale a decir que todas son igualmente verda- deras, lo que en ultimo resultado viene a parar a que todas son igualmente falsas. La religión que, ensenando dogmas opuestos a los de otras religiones, las tuviese a todas por igualmente verdade- ras, seria el mayor de los absurdos, una contradicción viviente.
La Iglesia católica se tiene a si misma por la verdadera Igle- sia, fundada por Jesucristo, iluminada y vivificada por el Espiritu Santo, depositaria del dogma y de la moral, y encargada de condu- cir a los hombres, por el camino de la virtud, a la eterna bienaven- turanza. En este supuesto, proclama la obligación en que todos es- tamos de vivir y morir en su seno, profesando una misma fe, reci- biendo la gracia por sus sacramentos, obedeciendo a sus legitimos pastores, y muy particularmente al sucesor de San Pedro y vicario de Jesucristo, el romano Pontifice.
Ésta es la ensenanza de la Iglesia; y no veo que se Ie pueda objetar nada sólido, aun examinada la cuestión en el terreno de la filosofia. De los principios arriba enunciados, unos son conocidos por la simple razón natural, otros por la revelación. A la primera clase pertenecen los que se refieren a la justicia divina y a la liber- tad del hombre; corresponden a la segunda los que versan sobre la autoridad e infalibilidad de la Iglesia. Estos ültimos, considerados en si mismos, nada encierran contrario a la justicia y a la misericor- dia divina; porque es evidente que Dios, sin faltar a ninguno de es¬ tos atributos, ha podido instituir un cuerpo depositario de la verdad y sometido a las leyes y condiciones que hayan sido de su agrado en los arcanos inescrutables de su infinita sabiduria.
Hasta aqui se ha examinado la cuestión de derecho, o sea de doctrinas; descendamos ahora a la cuestión de hecho, en la cual se fundan las dificultades que a usted Ie abruman. Es necesario no perder de vista la diferencia de estas dos cuestiones: una cosa son las doctrinas, otra su aplicación; aquéllas son claras, expli- citas, terminantes; ésta se resiente de la obscuridad a que estan sujetos los hechos, cuya exacta apreciación depende de muchas y muy varias circunstancias.
Debe tenerse por cierto que no se condenara ningün hombre por solo no haber pertenecido a la Iglesia católica, con tal que haya estado en ignorancia invencible de la verdad de la religión, y, por consiguiente, de la ley que Ie obligaba a abrazarla. Esto es tan cier¬ to, que fue condenada la siguiente proposición de Bayo: «La infide- lidad puramente negativa es pecado.» La doctrina de la Iglesia so- bre este punto se funda en principios muy sencillos: no hay pecado sin libertad, no hay libertad sin conocimiento.
Cuando existe el conocimiento necesario para constituir una verdadera culpa a los ojos de Dios en lo tocante a no abrazar la verdadera religión; quiénes se hallan en ignorancia vencible, quié- nes en ignorancia invencible; entre los cismaticos, entre los protes- tantes, entre los infieles, hasta dónde Mega la ignorancia inven¬ cible, quiénes son los culpables a los ojos de Dios por no abrazar la verdadera religión, quiénes son los inocentes: éstas son cuestio- nes de hecho, a las que no desciende la ensehanza de la Iglesia. Ésta nada enseha sobre dichos puntos: se limita a establecer la doctrina general, y deja su aplicación a la justicia y a la misericordia de Dios.
Permitame usted que Ie llame la atención sobre esta diferen- cia, a la que no siempre se atiende como seria menester. Los in- crédulos nos abruman con preguntas sobre la suerte de los que no pertenecen a la Iglesia católica; y como que nos exigen que los salvemos a todos, so pena de que nuestros dogmas sean acusados de ofensivos a la justicia y misericordia de Dios. Con esto nos tienden un lazo, en el cual es muy facil que se dejen enredar los incautos, incurriendo en uno de dos extremos: o echando al in- fierno a todos los que no pertenecen a la Iglesia, o abriendo las puertas del cielo a los hombres de todas las religiones. Lo primero puede dimanar del celo para poner en salvo nuestro dogma sobre la necesidad de la fe para salvarse; y lo segundo puede nacer de un espiritu de condescendencia y del deseo de defender el dogma católico de las acusaciones de duro e injusto. Yo creo que no hay necesidad de incurrir en ninguno de estos extremos, y que la posidón de un católico es en este punto mas desembarazada de lo que parece a primera vista. <j,Se Ie pregunta sobre la doctrina, o, va- liéndome de otras palabras, sobre la cuestión de derecho? Puede presentar el dogma católico con entera seguridad de que nadie po- dra tacharlo de contrario a la razón. «j,Se Ie pregunta sobre los hechos? Puede confesar francamente su ignorancia, y envolver en ella al mismo incrédulo, que por cierto no sabe mas sobre el parti- cular que el católico a quien impugna.
Para que usted se convenza de lo expedita que es nuestra posición, con tal que sepamos colocarnos en ella y mantenernos constantemente en la misma, voy a hacer un ensayo en forma de dialogo entre un incrédulo y un católico.
INCRÉDULO. El dogma católico es injusto porque condena a los que no viven en la Iglesia, no obstante haber muchos que no pueden tener conocimiento de la verdadera religión.
CATÓLICO. Esto es falso; cuando hay ignorancia invenci¬ ble, no hay pecado; y tan lejos esta la Iglesia de ensenar lo que usted dice, que antes bien ensena lo contrario. Los hombres que hayan tenido ignorancia invencible de la divinidad de la Iglesia ca- tólica, no son culpables a los ojos de Dios de no haber entrado en ella.
INCRÉDULO. Pero, ^cuando, en quiénes se hallara esta igno¬ rancia invencible? Sehaleme usted un limite que separe estas dos cosas, segün las diferentes circunstancias en que se hallan los hombres y los pueblos.
CATÓLICO. ^Tendra usted la bondad de sehalarmelo a mi?
INCRÉDULO. Yo no lo sé.
CATÓLICO. Pues yo tampoco, y asi estamos iguales.
INCRÉDULO. Es verdad; pero Vds. hablan de condenación, y yo no me acuerdo de ella.
CATÓLICO. Es cierto; pero advierta usted, que nosotros solo hablamos de condenación con respecto a los culpables, y no creo que nadie se atreva a negarme que la culpa merezca pena; pero, cuando usted me viene preguntando quiénes y cuantos son, la ignorancia es igual por parte de ambos. Yo me atengo a la doc¬ trina; y para su aplicación me limito a preguntar quiénes son los culpables. Si usted no me lo puede decir, es injusto el exigirme que yo se lo diga.
Por este pequeno dialogo se echa de ver que hay aqui dos cosas: por una parte, el dogma, que, a mas de ser ensenado por la Iglesia, esta de acuerdo con la sana razón; por otra, la ignorancia de los hombres, que no conocemos bastante los secretos de la conciencia para poder determinar siempre a punto fijo en qué indi- viduos, en qué pueblos, en qué circunstancias deja la ignorancia de ser invencible en materia de religión, y constituye una culpa grave a los ojos de Dios.
Nada mas facil que extenderse en conjeturas sobre la suerte de los cismaticos, de los protestantes y aun de los infieles; pero nada mas dificil que apoyarlas en fundamentos sólidos. Dios, que nos ha revelado lo necesario para santificarnos en esta vida y al- canzar la felicidad eterna, no ha querido satisfacer nuestra curiosi- dad haciéndonos saber cosas que de nada nos servirian. Estas sombras de que estan rodeados los dogmas de la religión, nos son altamente provechosas para ejercitar la sumisión y la humil- dad, poniéndonos de manifiesto nuestra ignorancia, y recordando- nos la degeneración primitiva del humano linaje. Preguntar por qué Dios ha llevado la luz de la verdad a unos pueblos y permitido que otros continuasen sumidos en las tinieblas, equivale a investigar la razón de los secretos de la Providencia, y a empeharse en rasgar el velo que cubre a nuestros ojos los arcanos de lo pasado y de lo futuro. Sabemos que Dios es justo, y que al propio tiempo es mise- ricordioso; sentimos nuestra debilidad, conocemos su omnipoten- cia. En nuestro modo de concebir, se nos presentan a menudo gra- ves dificultades para conciliar la justicia con la misericordia, y no figurarnos a un ser sumamente débil cual victima de un ser infi- nitamente fuerte. Estas dificultades se disipan a la luz de una refle- xión severa, profunda, y, sobre todo, exenta de las preocupaciones con que nos ciegan las inspiraciones del sentimiento. Y si, merced a nuestra flaqueza, restan todavia algunas sombras, espere- mos que se desvaneceran en la otra vida, cuando, libertados del cuerpo mortal que agrava al alma, veremos a Dios como es en si y presenciaremos el encuentro amistoso de la misericordia y de la verdad y el santo ósculo de la justicia y de la paz. Queda de usted su afectisimo y S. S. Q. S. M. B.
J. B.
Carta XVII La visión beatffica.
Dificultad del escéptico. El conocimiento y el afecto en sus relacio- nes con la felicidad. Dos conocimientos de intuición y de concepto. En qué consiste el dogma de la visión beatffica. Sublimidad de este dogma.
Mi estimado amigo: Las ültimas palabras de mi carta anterior han excitado en usted el deseo de que yo me extienda en algunas aclaraciones sobre la visión beatffica, porque, segün dice, nunca ha podido formarse una idea bien clara de lo que entendemos por esta soberana felicidad. Por cierto que me ha complacido sobre- manera el que se me llame la atención hacia este punto, que no deja en el alma las dolorosas impresiones con que nos afligen al- gunos de los examinados en otras cartas. Al fin se trata de felici¬ dad, y ésta no puede causar mas afecciones ingratas que el temor de no conseguirla.
Segün veo, no comprende usted bien «cómo puede constituir felicidad cumplida un simple conocimiento; y no ha de ser otra cosa la visión intuitiva de Dios. No puede negarse que el ejercicio de las facultades intelectuales nos proporciona algunos goces; pero también es positivo que éstos necesitan la concomitancia del sen- timiento, sin el cual son frios y severos como la razón de la cual dimanan.» Quisiera usted que nos hubiésemos hecho cargo los ca- tólicos de «este caracter de nuestro espiritu, el cual, si bien por medio del entendimiento Mega a los objetos, no se une mtimamente con ellos de manera que Ie produzcan el goce, hasta que viene el sentimiento a realizar esa misteriosa expansión del alma, con la cual nos adherimos al objeto percibido, estableciéndose entre él y nosotros una afectuosa compenetración.» Estas palabras de usted encierran un fondo de verdad, en cuanto para la felicidad del ser inteligente exigen, a mas del acto intelectual, la unión de amor. Es indudable que, si falta esta ültima, el conocimiento puro no nos ofrece la idea de felicidad. Sea cual fuere el objeto conocido, no nos haria felices, si lo contemplasemos con indiferencia. Admito sin dificultad que el alma no seria dichosa si, conociendo el objeto que la ha de hacer feliz, no Ie amase. Sin amor no hay felicidad.
Pero, si bien es verdadera en el fondo la doctrina de usted, es¬ ta aplicada con mucha inexactitud e inoportunidad, cuando se pre- tende fundar en ella un argumento en contra de la visión beatifica, tal como la ensehan los católicos. La eterna bienaventuranza la ha- cemos consistir en la visión intuitiva de Dios; mas no por esto ex- cluimos el amor, antes por el contrario, decimos que este amor esta necesariamente ligado con la visión intuitiva. Por manera que los teólogos han llegado a disputar si la esencia de la bienaventuranza consistia en la visión o en el amor; pero todos estan de acuerdo en que éste es cuando menos una consecuencia necesaria de aqué- lla. Bien se conoce que hace largo tiempo ha dado usted de mano a los libros misticos, y aun a todos los que tratan de religión, puesto que piensa mejorar la felicidad cristiana con este filosófico senti- mentalismo, que esta muy lejos de levantarse a la purisima altura del amor de caridad que reconocemos los católicos, imperfecto en esta vida, y perfecto en la otra.
El simple conocimiento de que usted habla al tratar de la vi¬ sión intuitiva de Dios, me hace sospechar con harto fundamento que no comprende usted bien lo que entendemos por visión intuiti¬ va, y que confunde este acto del alma con el ejercicio comün de las facultades intelectuales, a la manera que Ie experimentamos en es¬ ta vida. Séame, pues, permitido entrar en algunas consideraciones filosóficas sobre los diferentes modos con que podemos conocer un objeto.
Nuestro entendimiento puede conocer de dos maneras: por intuición o por conceptos. Hay conocimiento de intuición, cuando el objeto se ofrece inmediatamente a la facultad perceptiva, sin que ésta necesite combinaciones de ninguna clase para com- pletar el conocimiento. En esta operación, el entendimiento se limi- ta a contemplar lo que tiene delante: no compone, no divide, no abstrae, no aplica, no hace nada mas que ver lo que esta patente a los ojos. El objeto, tal como es en si, Ie es dado inmediatamente, se Ie presenta con toda claridad; y, si bien termina objetivamente la operación, y en este sentido ejercita la actividad del sujeto, influye también a su vez sobre éste, sehoreandole, por decirlo asi, y em- bargandole con su mtima presencia.
El conocimiento por concepto es de naturaleza muy diferen- te. El objeto no es dado inmediatamente a la facultad perceptiva: ésta se ocupa en una idea que en cierto modo es obra del enten- dimiento mismo, el cual ha llegado a formarla combinando, divi- diendo, comparando, abstrayendo, y recorriendo a veces la dilata- da cadena de un discurso complicado y penoso.
Aunque estoy seguro de que no se ocultara a la penetración de usted la profunda diferencia que hay entre estas dos clases de conocimiento, voy a hacerla sensible en un ejemplo que esta al al- cance de todo el mundo. El conocimiento intuitivo se puede comparar a la vista de los objetos; el que se hace por concep- tos es semejante a la idea que nos formamos por medio de las descripciones. Usted, como aficionado a las bellas artes, habra admirado mil veces las preciosidades de algunos museos, y habra leido las descripciones de otras que no Ie ha sido dado contemplar. ^Encuentra usted alguna diferencia entre un cuadro visto y un cuadro descrito? Inmensa, me dira usted El cuadro visto me pre- senta de golpe su belleza; no necesito producir, me basta mirar; no combino, contemplo; mi alma esta mas bien pasiva que activa; y, si en algün modo ejerce su actividad, es para abrirse mas y mas a las gratas impresiones que recibe, como las plantas se dilatan con suave expansión para ser mejor penetradas por una atmósfera vivi- ficante. En la descripción, necesito ir recogiendo los elementos que se me dan, combinarlos con arreglo a las condiciones que se me determinan, y elaborar de esta manera el conjunto del cuadro, con imperfección, de una manera incompleta, sospechando la distancia que va de la idea a la realidad, distancia que se me presenta ins- tantaneamente, tan pronto como se ofrece la ocasión de ver el cuadro descrito.
He aqui un ejemplo, que, aunque inexacto, nos da una idea de la diferencia de estas dos clases de conocimiento, y que manifiesta en algün modo la distancia que va del conocimiento de Dios a la visión de Dios. En aquél tenemos reunidas en un concepto las ideas de ser necesario, inteligente, libre, todopoderoso, infinitamen- te perfecto, causa de todo, fin de todo; en ésta, se ofrecera la esencia divina inmediatamente a nuestro espiritu, sin comparacio- nes, sin combinaciones, sin raciocinios de ninguna especie: inti- mamente presente a nuestro entendimiento, Ie dominara, Ie embargara; los ojos del alma no podran dirigirse a otro objeto, y en- tonces experimentaremos de una manera purisima, inefable, para el débil mortal, aquella compenetración afectuosa, aquella intima unión del serafico amor, descrito con tan magmficas pinceladas por algunos Santos, que, llenos del Espiritu Divino, presentian en esta vida lo que bien pronto habian de experimentar en la mansión de los bienaventurados.
Permitame usted que Ie manifieste la extraneza que me causa el notar que usted no ha sentido la belleza y sublimidad del dogma católico sobre la felicidad de los bienaventurados. Prescindiendo de toda consideración religiosa, no puede imaginarse cosa mas grande, mas elevada, que el constituir la dicha suprema en la Vi¬ sion intuitiva del Ser infinito. Si este pensamiento fuese debido a una escuela filosófica, no habria bastantes lenguas para ponderar- le. El autor que Ie hubiese concebido seria el filósofo por excelen- cia, digno de la apoteosis, y de que Ie tributasen incienso todos los amantes de una filosofia sublime. El vago idealismo de los alema- nes, ese confuso sentimiento de lo infinito que respira en sus enig- maticos escritos; esa tendencia a confundirlo todo en una unidad monstruosa, en un ser obscuro e ignorado, que se llama absoluto; todos esos suehos, todos esos delirios, encuentran admiradores y entusiastas, y conmueven profundamente algunos espiritus, solo porque agitan las grandes ideas de unidad e infinidad; ^y no tendra derecho a la admiración y entusiasmo la sublime ensehanza de la Iglesia católica, que, presentandonos a Dios como principio y fin de todas las existencias, nos Ie ofrece de una manera particular como objeto de las criaturas intelectuales, cual un océano de luz y de amor en que iran a sumergirse las que lo hayan merecido por la observancia de las leyes emanadas de la sabiduria infinita? ^No es digno de admiración y de entusiasmo, aun cuando se Ie mirara co¬ mo un simple sistema filosófico, el augusto dogma que nos presen- ta a todos los espiritus finitos sacados de la nada por la palabra to- dopoderosa, dotados de una centella intelectual, participación e imagen de la inteligencia divina, destinados a morar por breve es- pacio de tiempo en uno de los globos del universo, donde puedan contraer mérito para unirse con el mismo Ser que los ha criado, y vivir después con Él en intimidad de conocimiento y de amor, por la eternidad?
Si esto no es grande, si esto no es sublime, si esto no es digno de excitar la admiración y el entusiasmo, no alcanzo en qué consisten la sublimidad y la grandeza. Ninguna secta filosófica, ninguna religión ha tenido un pensamiento semejante. Bien puede asegurarse que las primeras palabras del catecismo encierran infi- nitamente mas sublimidad de la que se contiene en los mas altos conceptos de Platón, apellidado por sobrenombre el Divino. Es la- mentable que Vds., preciados de filósofos, traten con tarnaha lige- reza misterios tan profundos. Cuanto mas se medita sobre ellos, mas crece la convicción de que solo han podido emanar de la inte- ligencia infinita. En medio de las sombras que los rodean, al través de los augustos velos que encubren a nuestra vista profundidades inefables, se columbran destellos de vivisima luz, que, fulgurando repentinamente, iluminan el cielo y la tierra. Durante los momentos felices en que la inspiración desciende sobre la frente del mortal, se descubren tesoros de infinito valor en aquello mismo que el escép- tico mira desdehoso cual miserable pabulo de la superstición y del fanatismo. No se deje usted dominar, mi estimado amigo, por esas mezquinas preocupaciones que obscurecen el entendimiento y cor- tan al espiritu sus alas: medite, profundice usted enhorabuena las verdades religiosas: ellas no temen el examen, porque estan segu- ras de alcanzar Victoria tanto mas cumplida, cuanto sea mas dura la prueba a que se las sujete. Queda de usted su afectisimo y S. S.
Carta XVIII El purgatorio.
Dificultades. Cómo se alfan el dogma del infierno y el del pur¬ gatorio. Los sufragios. La caridad. Belleza de nuestro dogma. No es invención hu mana. Su tradición universal.
Mi estimado amigo: Tarea diffcil es para los católicos la de contentar a los escépticos. Una de las pruebas mas poderosas que tenemos en favor de la razón y justicia de nuestra causa, es la in- justicia y la sinrazón con que somos atacados. Si el dogma es se- vero, se nos acusa de crueles; si es benigno, se nos Mama contemporizadores. La verdad de esta observación la justifica us- ted con las dificultades que en su ültima carta objeta al dogma del purgatorio, con el cual, segün afirma, esta mas renido que con el del infierno. «La eternidad de las penas, dice usted, aunque formi- dable, me parece, sin embargo, un dogma lleno de terrible grandor, y digno de figurar entre los de una religión que busca la grandeza, aunque sea terrible. Al menos veo alli la justicia infinita ejerciéndo- se en escala infinita; y estas ideas de infinidad me inclinan a creer que este dogma espantoso no es concepción del entendimiento del hombre. Pero, cuando llego al del purgatorio; cuando veo esas po- bres almas que sufren por las faltas que no han podido expiar en su vida sobre la tierra; cuando veo la incesante comunicación de los vivos con los muertos por medio de los sufragios; cuando se me dice que se van rescatando estas o aquellas almas, me parece descubrir en todo esto la pequenez de las invenciones humanas, y un pensamiento de transacción entre nuestras miserias y la inflexi- bilidad de la divina justicia. Hablando ingenuamente, me atrevo a decir que, en este punto, los protestantes han sido mas cuerdos que los católicos, borrando del catalogo de los dogmas las penas del purgatorio.» También hablando ingenuamente, replicaré yo que solo la seguridad que abrigo de salir victorioso en la disputa, ha podido hacer que leyese con animo sereno tanta sinrazón acu- mulada en tan pocas palabras. No ignoraba que el purgatorio suele ser el objeto de las burlas y sarcasmos de la incredulidad; pero no podia persuadirme de que una persona preciada de juiciosa e im- parcial se propusiera nada menos que lavar a esas burlas y sarcasmos su fealdad grosera, dandoles un bano de observación filo- sófica. No podia persuadirme de que a un entendimiento claro se Ie ocultase la profunda razón de justicia y equidad que se encierra en el dogma del purgatorio; y que un corazón sensible no hubiese de percibir la delicada ternura de un dogma que extiende los lazos de la vida més allé del sepulcro y esparce inefables consuelos sobre la melancolia de la muerte.
Como en otra carta he hablado largamente de las penas del infierno, no insistiré aqui sobre ellas; mayormente cuando usted pa- rece reconciliarse con aquel dogma terrible, a trueque de poder combatir con mas desembarazo el de las penas del purgatorio. Yo creo que estas dos verdades no estan en contradicción; y que, le- jos de danarse la una a la otra, se ayudan y fortalecen reciproca- mente. En el dogma del infierno resplandece la justicia divina en su aspecto aterrador; en el del purgatorio brilla la misericor- dia con su inagotable bondad; pero, lejos de vulnerarse en nada los fueros de la justicia, se nos manifiestan, por decirlo asi, mas in- flexibles, en cuanto no eximen de pagar lo que debe, ni aun al justo que esta destinado a la eterna bienaventuranza.
Supongo que no profesa usted la doctrina de aquellos filóso- fos de la antigüedad que no admitian grados en las culpas, y no puedo persuadirme de que juzgue usted digno de igual pena un li- gero movimiento de indignación manifestado en expresiones poco mesuradas, y el horrendo atentado de un hijo que clava su puhal asesino en el pecho de su padre. ^Condenaria usted a pena eterna la impetuosidad del primero, confundiéndola con la desnaturalizada crueldad del segundo? Estoy seguro de que no. Henos aqui, pues, con el infierno y el purgatorio; henos aqui con la diferencia entre los pecados veniales y los mortales; he aqui la verdad católica apoyada por la razón y por el simple buen sentido.
Las culpas se borran con el arrepentimiento: la misericor- dia divina se complace en perdonar a quien la implora con un co¬ razón contrito y humillado; este perdón libra de la condenación eterna, pero no exime de la expiación reclamada por la justicia.
Hasta en el orden humano, cuando se perdona un delito, no se exime de toda pena al culpable perdonado; los fueros de la justicia se templan, mas no se quebrantan. ^Qué dificultad hay, pues, en admitir que Dios ejerza su misericordia, y que al propio tiempo exija el tributo debido a la justicia? He aqui, pues, otra razón en favor del purgatorio. Mueren muchos hombres que no han tenido voluntad o tiempo para satisfacer lo que debian de sus culpas ya perdonadas; algunos obtienen este perdón, momentos antes de exhalar el ultimo suspiro. La divina misericordia los ha librado de las penas del in- fierno; pero, ^deberemos decir que se han trasladado desde luego a la felicidad eterna, sin sufrir ninguna pena por sus anteriores ex- travios? ^No es razonable, no es equitativo, el que, si la misericor¬ dia templa a la justicia, ésta modere a su vez a la misericordia?
La incesante comunicación de los vivos con los muertos, que tanto Ie desagrada a usted, es la consecuencia natural de la unión de caridad que enlaza a los fieles de la vida presente con los que han pasado a la futura. Para condenar esta comunicación, es necesario condenar antes a la caridad misma, y negar el dogma sublime y consolador de la comunión de los Santos. Extraho es que, cuando se habla tanto de filantropia y fraternidad, no sean dignamente admiradas la belleza y ternura que se encierran en el dogma de la Iglesia. Se pondera la necesidad de que todos los hombres vivan como hermanos, ^y se rechaza esa fraternidad que no se limita a los de la tierra, sino que abraza a la humanidad entera en la tierra y en el cielo, en la felicidad y en el infortunio? Donde hay un bien que comunicar, alli esta la caridad, que no lo deja aislar en un individuo, y lo extiende largamente sobre los de- mas hombres; donde hay una desgracia que socorrer, alli acude la caridad llevando el auxilio de los que pueden aliviarla. Que este infortunio sea en esta vida o en la otra, la caridad no Ie olvida. Ella, que manda dar de corner al hambriento, vestir al desnudo, amparar al desvalido, asistir al doliente, consolar al preso, ella misma es la que llama al corazón de los fieles para que socorran a sus her¬ manos difuntos implorando la divina misericordia, a fin de que abrevie la expiación a que estan condenados. Si esto fuese in- vención humana, seria ciertamente una invención bella y sublime.