Los cuerpos de los difuntos han sido mirados siempre con una especie de respeto religioso; y las profanaciones de los se- pulcros causan mas horror que el atropello de la habitación de los vivientes. Todos los pueblos han respetado los sepulcros y los han puesto bajo el amparo de la religión; y, ademas, el cadaver de un hombre ilustre ha sido considerado siempre como un tesoro de mucho valor, digno de que se lo disputasen los pueblos, y tuviesen a dicha y orgullo la fortuna de poseerlo. Esta veneración se ha ex- tendido a todo cuanto Ie perteneciera. Su habitación es conser- vada cuidadosamente y libertada de las injurias de los tiempos para que puedan visitarla las generaciones venideras; su traje, sus utensilios, sus muebles mas insignificantes, se ensehan como una preciosidad, y tienen una estimación superior a todo precio. Santifique usted ese sentimiento del género humano; purifiquele de cuanto pueda mancillarle; llévele a un orden sobrenatural por su objeto y su fin, y tiene usted una explicación filosófica del culto de las reliquias, y se libra de la necesidad de condenar a las gentes sencillas y no sencillas, que hacen, por motivos religiosos, lo que hace, hasta en las cosas profanas, todo el género humano. Ya ve usted que donde se creyera sorprender misterios de supers- tición, se encuentran los sentimientos mas tiernos y mas sublimes de nuestra alma, purificados, elevados, dirigidos por la religión ca- tólica.
Voy finalmente a contestar a la ültima pregunta que usted me hace sobre la utilidad del culto de los Santos, respecto a conser- var y promover el espiritu religioso entre los pueblos. Terne usted que, dandose al culto una dirección sobrado sensible, se pierda de vista el objeto principal, y se substituyan a lo esencial de la religión practicas secundarias. Ante todo conviene advertir que la Iglesia católica no es culpable de ciertos abusos en que puedan haber caido algunos fieles. Cuando usted me arguye en este sentido, lejos de debilitar el dogma católico y la santidad de las practicas de la Iglesia, me suministra una nueva razón para defender esas prac- ticas y el dogma en que se fundan. La excepción confirma la regla: no hubiera usted notado el abuso, si no fuera general el buen uso. Mucho antes que usted pensase en ello, habia tornado la Iglesia las convenientes precauciones para evitar todo linaje de abusos, ensenando a los pueblos el verdadero sentido de las doc- trinas católicas, y amonestandolos a que en semejantes actos pro- curasen conformarse al espiritu de la Iglesia y a sus venerables practicas, con arreglo al ejemplo y ensenanza de sus legitimos pas¬ tores. Si usted insiste en que a pesar de esto ha habido algunos abusos, yo replicaré que esto es inevitable, atendida la condición de la flaca humanidad; y Ie rogaré que me sehale una verdad, una costumbre, una institución, por puras y santas que sean, de que los hombres no hayan abusado repetidas veces. Dejando, pues, estas excepciones, que nada prueban, sino la debilidad humana, que, por cierto, no necesita ser probada de nuevo, vamos a la dificultad Principal.
Tan lejos estoy de oreer que pueda ser dahoso a la conserva- ción y fomento de la religión el que se ofrezcan objetos a la sensibi- lidad, que antes bien lo considero ütil y hasta necesario. El argu- mento de usted es de aquellos que, por probar demasiado, no prueban nada; pues que, sacando las ültimas consecuencias del culto puramente espiritualista que usted desea, llegariamos a con- denar todo culto externo. Si hay inconveniente en interesar la sensibilidad con el culto, sera preciso desterrar de los templos toda insignia religiosa, la müsica y toda especie de canto; y no solo esto, sino arruinar los templos mismos, pues que estan destinados a conmover al alma por medio de la sensibilidad, con sus formas magmficas e imponentes. De esto resulta con toda evi- dencia que no se puede admitir la teoria de usted sin condenar to¬ do culto externo; por consiguiente, lo ünico que puede exigirse es que la sensibilidad no traspase sus limites, y se someta a las leyes que Ie imponga el verdadero espiritu religioso.
Es notable que el espiritu humano esté sujeto continua- mente a una acción y reacción. Cuando se halla muy penetrado de una idea o de un sentimiento, expresa su afección intima con una forma sensible, y, por el contrario, las formas sensibles ejercen sobre nuestro espiritu una reacción misteriosa, excitando y aclarando las ideas, y avivando y enardeciendo los sentimientos. Hay aqui dos movimientos que se ayudan reciprocamente: uno de dentro hacia fuera, otro de fuera hacia dentro: resultado natural de la intima unión del cuerpo con el espiritu, y expresión de la har- monia establecida por el Criador entre dos seres tan diferentes, unidos mtimamente con un lazo misterioso.
En estos principios se funda la razón filosófica de la naturali- dad y utilidad del culto externo. Naturalidad, en cuanto es muy na¬ tural al hombre expresar sensiblemente sus pensamientos y sentimientos; utilidad, en cuanto esas expresiones sensibles tienen la propiedad de aclarar y conservar los pensamientos, y excitar y enardecer los sentimientos. Ahora bien: presentada la cuestión desde este punto de vista, se descubre a la primera ojea- da la inmensa utilidad del culto de los Santos. En él se despliegan los sentimientos mas naturales del corazón, se pone el hombre en comunicación con la divinidad por medio de seres que fueron un dia fragiles como él, y que, aun ahora, son de su misma naturaleza. Les habla su lenguaje, les cuenta sus penas, los interesa para que Ie ayuden en su desventura; y al darles gracias por algün favor conseguido, como que se propone hacerlos participantes de su di- cha. Esto, sin dejar de ser muy puro y muy santo, acomoda en cier- ta manera la sublimidad de la religión a la flaqueza humana: los misterios mas altos se graban en la memoria con formas sen¬ sibles, y el cristiano encuentra en los Santos un dulce atractivo pa¬ ra la devoción, y hermosos modelos de donde puede tornar re- glas seguras para dirigir su conducta.
Estas consideraciones son suficientes para desvanecer las di- ficultades que Ie presentaban a usted los dogmas católicos desde un punto de vista falso; por ellas se habra usted convencido de que no confundimos lo principal con lo accesorio, ni lo esencial con lo accidental. Dios, Ser infinito, origen de todo, fin de todo, término final de todo culto; Jesucristo, Dios y hombre, redentor del humano linaje, en cuyo nombre esperamos salvarnos; los Santos, amigos de Dios, unidos con nosotros por el vmculo de la caridad e intercediendo por nosotros; el hombre, compuesto de cuerpo y al¬ ma, expresando sensiblemente lo que experimenta en su espiritu, y fomentando sus afecciones interiores con objetos sensibles; Dios, Jesucristo, principales objetos de nuestro culto; los Santos, objeto de nuestra veneración en cuanto estan unidos con Dios y con Jesucristo, Dios y hombre: he aqui en resumen las grandes ideas del catolicismo en materia de culto. Exammelas usted bajo todos los aspectos y nada encontrara en ellas que no sea razonable, jus- to, santo, digno de una religión divina. De usted afectisimo y S. S.
J. B.
Carta XXIII Comunidades religiosas.
Injusticia de ciertas restricciones. Su derecho a la libertad. Si las comunidades religiosas son cosa esencial en la Iglesia. Se explican los varios sentidos de esta cuestión. Las comunidades religiosas y la sociedad; su historia y porvenir.
Mi estimado amigo: Ya extranaba yo que, habiendo dado us- ted rienda suelta a su imaginación para recorrer todo lo relativo a los dogmas cristianos, sin olvidarse de la moral y del culto, no me hubiese hablado de las comunidades religiosas, siendo éstas una institución predilecta en la Iglesia católica. Los incrédulos apenas saben mentar el catolicismo, sin permitirse algunos ataques contra las comunidades religiosas; y, hablando ingenuamente, me ha sorprendido no poco el hallarle a usted tan moderado en este pun- to. No dudaba yo de que usted profesase principios de tolerancia y libertad; pero, como la experiencia me ha ensehado que a esos principios de libertad y tolerancia no siempre se les da una ri- gurosa aplicación, no estaba seguro de que no hiciese usted una excepción en contra de las comunidades religiosas, poniéndolas, por decirlo asi, fuera de la ley. Afortunadamente, he tenido el placer de engaharme; y ha sido para mi una particular satisfacción el oir de boca de usted que, aun cuando no profese las doctrinas católi- cas, ni se sienta inclinado a trocar el bullicio del mundo por el silen- cio y la soledad de los claustras, no deja de comprender la posibili- dad de que otros hombres se hallen en disposición de animo muy diferente, y abracen con sinceridad y fervor un sistema de vida to- talmente contrario a las ideas y costumbres mundanas.
Ademas, también veo con mucho gusto que usted reconoce la necesidad y la justicia de dejar a cada cual en amplia libertad pa¬ ra abrazar la vida religiosa en el modo y forma que bien Ie pa- reciere. Nada tengo que ahadir a las siguientes palabras que en- cuentro en la apreciada de V.: «Nunca he podido comprender en qué se fundan los sistemas restrictivos en lo tocante a la vida reli¬ giosa. Los que tienen dinero disfrutan amplia libertad de gastarle como mejor les agrada, y nadie se mete con ellos, aunque lo hagan lo mas alegremente del mundo; los aficionados a placeres los gozan sin mas restricción que los limites de su bolsillo o sus previsiones higiénicas; los amigos de festines los celebran cuan- do quieren sin que nadie se lo impida, aunque la algazara de los brindis y el ruido de la orquesta atruenen la vecindad; los que gus- tan de habitar en espléndidas moradas, y lucir soberbios trajes, lo ejecutan sin mas formalidades que la de consultar las existencias de la caja o la longanimidad de los acreedores; ni siquiera falta li- bertad para la corrupción de costumbres, y las autoridades tole- ran el libertinaje bajo distintas formas, con tal que no se insulte al decoro püblico con demasiada impudencia. El pródigo derrama; el codicioso amontona; el inquieto se agita; el curioso viaja; el erudito estudia; el filósofo medita: cada cual vive conforme a sus ideas, necesidades o caprichos. Hay completa libertad para todo el mundo: se torman compamas de comercio; sociedades de fabri- cantes o de operarios; asociaciones de fomento para este o aquel ramo; sociedades de beneficencia, de ciencias, de literatura, de he¬ llas artes; <,y no dejaremos en libertad a algunos individuos que creen hacer una obra buena, servir a Dios, ser ütiles a sus se- mejantes, obedecer a una vocación del cielo, reuniéndose bajo determinadas leyes, con tales o cuales obligaciones, con este o aquel objeto? Le repito a usted que jamas he podido comprender esa peregrina jurisprudencia, que restringe una cosa que, si no es buena, es ciertamente inofensiva. Alcanzo sin dificultad que, cuan- do las comunidades religiosas contaban no solo con crecido nüme- ro de individuos, sino también con mucha riqueza, violentasemos algün tanto en su contra los principios de tolerancia y libertad; pero ahora, cuando los peligros de la dominación monastica no son mas, hablando entre nosotros, que armas de partido para gritar y revolver, me parece sumamente injusto y hasta impolitico el em- plear una violencia opresiva que no conduce a nada. El espiritu de la época no es ciertamente favorable a los institutos monasticos; y me parece que el mundo esta mas bien amenazado de ser disuelto por el amor de los goces positivos, que esterilizado y helado por el cilicio y los ayunos.» De esta manera me ha evitado usted el traba- jo de extenderme en reflexiones sobre este punto, expresando cla- ra y brevemente lo mismo que sienten todos los hombres juiciosos, libres de un espiritu de rencorosa parcialidad. Voy, pues, a contestar rapidamente a las demas preguntas que se sirve usted dirigirme sobre las relaciones de los institutos religiosos con la religión mis¬ ma y con la sociedad en general.
Desea usted que Ie aclare un tanto las ideas sobre la debatida cuestión de si los institutos religiosos son cosa tan esencial en la Iglesia, que no se los pueda combatir sin conmover los cimientos del catolicismo; pues que «la variedad que en este punto nos ofre- cen la historia y la experiencia, da lugar a encontrados discursos y disputas interminables». Nada mas facil, mi apreciado amigo, que satisfacer en esta parte los deseos de usted; pues creo que, con tal que se aclaren debidamente las ideas, no hay ni puede haber dis¬ cursos encontrados, ni interminables disputas, ni cuestión de nin- guna clase.
Son cosas esenciales en la Iglesia católica la unidad en la fe, los sacramentos, la autoridad de los pastores legftimos, distribuidos en la conveniente jerarqma, todos bajo el primado de honor y de jurisdicción del sucesor de San Pedro y vicario de Jesucristo, el Romano Pontffice. Aqui no encuentra usted las comunidades religiosas; y, si por un momento suponemos que han sido todas suprlmidas, sin quedar ni una sola sobre la faz de la tierra; la Iglesia permanece aün; vive con sus dogmas, con su moral, con sus sacramentos, con su disciplina, con su admirable jerarqma, con su autoridad divina; esto es verdad, es cierto, indu- dable; y, si en este sentido se quiere decir que las comunida¬ des religiosas no son esenciales al catolicismo, se afirma una cosa muy sabida, que ningün católico niega ni puede negar. En cu- yo caso no hay disputa ni cuestión de ninguna especie. Prosigamos aclarando las ideas.
En la Iglesia católica hay la fe, que nos enseha sublimes verdades sobre los destinos del hombre, unas terribles, otras con- soladoras; hay la esperanza, que nos levanta en sus alas divinas, y nos lleva hacia las regiones celestiales, inspirandonos fortaleza en las adversidades de un momento que sufrimos sobre la tierra, y comunicandonos una santa moderación en la deleznable fortuna que tal vez nos sonrie, haciendo que la veamos en toda su peque- hez, en toda su volubilidad, cuando la comparamos con el bien eterno e infinito a que debemos aspirar; hay la caridad, que nos hace amar a Dios sobre todas las cosas, inclusos nosotros mismos, que nos hace amar a todos los hombres en Dios y que, por consi- guiente, nos inspira el deseo de ser ütiles a nuestros semejantes; hay el Evangelio, donde, a mas de los preceptos cuyo cumpli- miento es necesario para entrar en la vida eterna, se contienen los sublimes consejos de venderlo todo y darlo a los pobres, de llevar una vida casta como los angeles en el cielo, de despojarse comple- tamente de la propia voluntad, de abrazar la cruz y seguir a Jesu- cristo sin mirar hacia atras: hay un espiritu vivificante que ilumina los entendimientos, domina las voluntades, ablanda los corazones, transforma al hombre entero, y Ie hace capaz de resoluciones he- roicas, que ni siquiera podria concebir la humana flaqueza. Todo esto hay en la religión cristiana; y <j,cual es, cual debe ser el resul- tado? Helo aqui: algunos hombres no quieren limitarse al cumpli- miento de los mandamientos divinos, y desean tornar por regla de su conducta no solo los preceptos, sino también los consejos del Evangelio. Recordando las palabras de Jesucristo en que re- comienda la oración en comün, y promete a los que asi lo hagan, su asistencia de un modo particular; recordando las augustas cos- tumbres de la primitiva iglesia, en que los fieles vendi'an sus pro- piedades y llevaban su precio a los pies de los Apóstoles; recor¬ dando lo muy agradable que es a Dios la virtud de la castidad, lo muy acepta que es a Jesucristo la obediencia, pues que él se hizo obediente hasta la muerte, se reünen para animarse y edificarse reciprocamente; prometen a Dios observar las virtudes de pobre- za, castidad y obediencia; ofreciéndole de esta manera en holo- causto lo que el hombre tiene de mas caro, que es la libertad, y precaviéndose al mismo tiempo contra su propia inconstancia. Los unos se abandonan a las mayores austeridades; otros se entregan a incesante contemplación; otros se dedican a la educación de la nihez; otros a la instrucción de la juventud; otros se consagran al ministerio de la divina palabra; otros al rescate de los cautivos; otros al consuelo y cuidado de los enfermos; y he aqui los institu- tos religiosos. Sin ellos se concibe la religión; pero ellos son un fruto natural de la religión misma; nacen espontaneamente en el campo de la fe y de la esperanza, bajo el soplo vivificante del amor de Dios. Donde se plantea la religión, alli aparecen; si se los arran- ca, vuelven a brotar; si se los destroza, sus miembros dispersos sirven de fecunda semilla para que resuciten bajo nuevas formas, igualmente bellas y lozanas.
Ya ve usted, mi apreciado amigo, que, mirada la cosa desde esta altura, desaparecen las cuestiones arriba indicadas. Pregun- tar si puede haber catolicismo sin comunidades religiosas, es preguntar si donde hay sol que esparce en todas direcciones el ca- lor y la luz, si donde hay un aire vivificante, si donde hay una tierra feraz regada con abundante lluvia, puede faltar la vegetación; pre¬ guntar si las comunidades religiosas pueden morir para siempre, es preguntar si los huracanes transitorios que devastan las campihas, pueden impedir que la vegetación renazca, que los arboles florez- can de nuevo y produzcan sus frutos; que los campos se cubran de mieses. Asi nos lo enseha la historia, asi nos lo atestigua la expe- riencia; querer un catolicismo que no inspire a algunos hombres privilegiados el deseo de abandonarlo todo por amor de Jesucristo, de consagrarse a la meditación de las verdades eternas y al bien de sus semejantes, es querer un catolicismo sin el calor de la vida, es imaginarse un arbol endeble, cuyas raices no penetran en el corazón de la tierra, y que se seca a los primeros ardores del ve- rano, o es arrancado facilmente al soplo del aquilón.
Me pregunta usted lo que pienso sobre la utilidad social de las comunidades religiosas, y si creo que bajo este aspecto se les puede otorgar algün porvenir, atendido el espiritu y la marcha de la civilización moderna. Como una carta no permite la amplitud reque- rida por la inmensa cuestión suscitada con esta pregunta, me limi- taré a dos puntos de vista, que espero seran aprovechados por el talento y la ilustración de usted.
Bajo el aspecto histórico, se puede establecer, por regla gene- ral, que la fundación de los diferentes institutos religiosos, a mas de su objeto cristiano y mistico, ha tenido otro eminentemente social, y exactamente acomodado a las necesidades de la época. Si se estudia la historia de las comunidades religiosas teniendo presente esta idea, se la encuentra realizada en todos tiempos y paises, de una manera asombrosa. El oriente y el occidente, lo antiguo y lo moderno, la vida contemplativa y la activa: todo ofrece abundantes materiales históricos que comprueban la exactitud de la observa- ción; en todas partes se la encuentra verificada con admirable re- gularidad.
Esto pienso sobre la historia de las comunidades religiosas; no me es posible reproducir en una carta las razones y los hechos en que fundo mi opinión; si tiene usted ocio bastante para dedicarse a esta clase de estudios, abandono con entera seguridad la cuestión al buen juicio de usted Ahora voy a presentar en breves palabras el otro punto de vista, relativo al porvenir de dichos institutos.
Como nosotros creemos que la Iglesia no perecera, sino que durara hasta la consumación de los siglos, estamos seguros también de que el divino Espiritu que la anima, no la dejara nunca estéril, y que la hara producir no solo los frutos necesarios para la vida eterna, sino también los que contribuyen a realzar su lozania y hermosura. Las comunidades religiosas, pues, duraran bajo una u otra forma: ignoramos las modificaciones que ésta podra sufrir; pe- ro descansamos tranquilos a la sombra de la Providencia.
Tocante a la utilidad social de las comunidades religiosas en el porvenir, la cuestión es para mi muy sencilla. óPueden ser ütiles a la civilización moderna grandes ejemplos de moralidad, el es- pectaculo de virtudes heroicas, de abnegación y desprendi- miento sin h'mites? ^Tienen las sociedades modernas grandes necesidades que satisfacer? La educación de la infancia, y muy particularmente la de las clases pobres, la organización del trabajo, el espiritu de asociación para el fomento de los grandes intereses procomunales, las casas de expósitos, las penitenciarias, los esta- blecimientos de corrección, y toda clase de instituciones de benefi- cencia, ^dejan de ofrecer problemas sumamente complicados, de presentar gravisimas dificultades, de necesitar el auxilio del des- prendimiento, del amor de la humanidad desinteresado y ar- diente? Ese desinterés, esa abnegación, ese ardiente amor de la humanidad, solo pueden nacer de la caridad cristiana; ésta puede obrar de infinitas maneras; pero el secreto para que su acción sea mas bien dirigida, mas enérgica, mas eficaz, es hacer que se per- sonifique en algunas de esas instituciones que se sobreponen a las afecciones particulares, que viven largos siglos como un grande in- dividuo, en el cual no figuran las personas sino como en el cuerpo humano las moléculas que entran y salen incesantemente en el movimiento de la organización.
Repito que tengo viva esperanza en la utilidad social de las comunidades religiosas. En el porvenir de la civilización moderna se me ofrecen como poderosos elementos de conservación en me¬ dio de la destrucción que nos amenaza, como un lenitivo a crueles sufrimientos, como un remedio a males terribles. El egoï'smo lo in- vade todo; y yo no conozco medio mas eficaz para neutralizarle, que la caridad cristiana. Los hombres se reünen para ganar, y también para socorrerse por calculo; yo deseo que se reünan, ademas, para auxiliarse con absoluto desprendimiento del interés propio, ofreciéndose en holocausto por el bien de sus semejantes. Esto hacen las comunidades religiosas; y, por esta razón, me pro- meto mucho de su influencia en el porvenir del mundo. No pueden ser inütiles mientras haya salvajes y barbaros que civilizar, ignoran- tes que instruir, hombres corrompidos que corregir, enfermos que aliviar, infortunados que consolar. De usted afectisimo S. S. Q. B. S. M.
Carta XXIV La severidad de las comunidades religiosas.
Sus razones. Qué es el religioso. Sus peligros. Contraste. Actividad humana. Necesidad de un pabulo. Leyes e instituciones. Su nece- sidad de preservativos. Gradación de los transitos del bien al mal. Ejemplo de la infracción de las leyes. Las formalidades. Las leyes mas fuertes no son las mas observadas. Sabiduna de los fundado- res de los institutos religiosos. Abundancia de ocupaciones y prac- ticas. Ley de la distribución de fuerzas entre las facultades del al¬ ma. Dicho de Chateaubriand sobre San Jerónimo, San Bernardo, Santa Teresa de Jesüs.
Mi apreciado amigo: Ha podido usted notar en mi carta ante- rior que exponia mis ideas con la mayor brevedad posible, y para esto tenia una razón especial, que consistia en el temor de que el asunto se Ie hiciese pesado; pues que daba yo por cierto que las comunidades religiosas no habrian sido el objeto favorito de los es- tudios de usted, y que, por consiguiente, solo podria soportar algu- nas indicaciones rapidas en las que la memoria de los claustros no Ie hiciese perder el recuerdo del mundo. Ahora veo que su espiritu de usted va tomando una dirección algo mas seria; y no cree ya que objetos cuya historia ocupa largos siglos, y que de tal modo se enlazan con el desarrollo social de las naciones modernas, puedan ser conocidos con un estudio superficial, ni deban ser condenados con ocurrencias agudas. Al tin va usted penetrandose de la injus- ticia y frivolidad del método volteriano, que traduce sus dificul- tades en sarcasmos, y contesta a las razones mas sólidas con una sonrisa burlona. El error es mas tolerable cuando va acom- pahado de cierto amor a la razón y sentimientos de equidad. Mis observaciones sobre las comunidades religiosas Ie parecen a usted dignas de atención; esto me basta, pues que mi objeto no era otro que excitar la curiosidad de usted por si lograba que algün dia es- tudiase a fondo estas materias con el detenimiento que su grave- dad reclama. Mal podia lisonjearme de circunscribir esta cuestión a los reducidos Ifmites de una carta, cuando estoy persuadido de que podria escribirse sobre este punto una interesante obra y de no es- casas dimensiones. Como quiera, ya que usted se empeha en con- tinuar discutiendo, no tengo inconveniente en satisfacer sus de- seos.
Considera usted los institutos religiosos bajo el aspecto de la severidad, pareciéndole ésta un tanto excesiva, atendida la huma- na flaqueza; e innecesaria, ademas, para conseguir el objeto que los fundadores se propoman. Yo tengo sobre este particular con- vicciones muy diferentes; y para ello me fundo, no precisamente en el respeto debido a la sabiduria y santidad de aquellos ilustres va- rones, sino en razones nacidas de la naturaleza misma del corazón humano. Voy a exponerlas brevemente.
La vida religiosa aisla en cierto modo de los demas hom- bres al individuo que la profesa. Con los votos se rompen los lazos que Ie unen al mundo; la amistad y la familia desapare- cen, en cuanto se opongan al objeto del instituto. El religioso es un hombre que, aunque mora sobre la tierra, esta enteramente consagrado a las cosas del cielo. La propiedad, ese poderoso vinculo que liga a los individuos y a las familias, que los hace pe- gar, por decirlo asi, a un lugar determinado, como se pega la planta a la tierra de donde recibe su vida, no existe para el religioso; no solo no la tiene, sino que se ha privado de la facultad de tenerla; por amor de Jesucristo, se ha hecho pobre para siempre; se ha condenado a no poseer nada. Con el voto de castidad esta pri¬ vado de la familia; y con la vida comün no puede tener aquellas relaciones domésticas que substituyen en el corazón a las de la familia propia. La obediencia no Ie permite elegir el lugar de su habitación, ni tampoco entregarse a sus ocupaciones predilec- tas. Es un hombre excepcional en todo; que en todo se mueve por reglas diferentes de las del comün de los hombres.
Este individuo, aislado de esta manera, sin mas contacto con el mundo que el que Ie permiten las prescripciones a que se halla sometido, no deja de ser hombre, no se ha convertido en angel; tiene sus flaquezas, sus deseos, sus caprichos; abriga un co¬ razón que late, que esta sometido a las mismas impresiones que el de los que viven en medio del mundo. Lleno de juventud y de vida, su pensamiento vuela mas alla del recinto monastico; su corazón se dilata, necesita satisfacerse con algunos objetos que si no los encuentra en su instituto, ira a buscarlos en otra parte. jDesgra- ciado, si aflojada la severidad de la disciplina religiosa, teniendo un pie en el claustro, pone el otro en los umbrales del mundo; si quie- re vivir en dos elementos, a manera de anfibio que tan pronto se sepulta en las inmensidades de un lago, como respira un aire que abrasa, en el ardor de los arenales! Los resultados no pueden me¬ nos de ser funestos: se establece una implacable lucha entre las influencias de elementos tan contrarios; el infortunado se halla so- metido a la acción de dos fuerzas opuestas; su alma necesita di- vidirse en dos partes, por decirlo asi; su corazón, sujeto a violentas alternativas de expansión y compresión, se rompe y destroza.
Entonces, resulta por necesidad un chocante desacuerdo en¬ tre el instituto y la conducta, entre las palabras y las obras: siendo el desorden tanto mas monstruoso, cuanto es mas vivo el contras- te. He aquf una razón profunda de la severidad de los fundado- res: he aqui por qué lo que a primera vista pudiera parecer exage- radamente riguroso, es altamente cuerdo y previsor. Un hombre sin propiedad, sin familia, sin libertad en sus actos, consagrado por vo- to a la practica de las virtudes evangélicas, y que, sin embargo, se olvidase de sus deberes y reuniese en torpe mezcolanza el traje de la austeridad con la relajación del mundo, seria un objeto repug- nante.
Ahora bien, en el fondo del alma humana hay un caudal de ac- tividad que se despliega con el ejercicio de diferentes facultades: el entendimiento, la voluntad, la imaginación, el corazón, necesi- tan pabulos en que cebarse; mientras el hombre vive, sus facul¬ tades viven con él; vano empeho seria pretender ahogarlas; lo que conviene es moderarlas, dirigirlas, subordinar a las mas no- bles, las menos nobles; procurar que la expansión y energia de aquéllas no permitan a éstas traspasar los limites sehalados por la razón y la moral. La indulgencia con las malas pasiones, con los instintos peligrosos, lejos de producir el saludable desahogo que usted se promete, levantarian en el corazón movimientos tem- pestuosos, y acabarian pronto con toda disciplina. La historia de la Iglesia nos ofrece repetidos ejemplos que confirman esta verdad y justifican la previsión de los fundadores de los institutos religiosos. La naturaleza humana es tan débil, son tantos los pliegues de nuestro corazón, son tan varias e ingeniosas las ilusiones con que procuramos enganarnos, que la experiencia atestigua no estar de sobra ninguna precaución cuando se trata de evitar abusos; mayormente, si es preciso extender la vista mas alla de la esfera individual y ocuparse en instituciones que han de vivir largos siglos. Esta consideración me lleva naturalmente al examen de lo que us- ted llama «pequeneces que se pueden despreciar sin perjuicio de la disciplina».
Todas las leyes, todas las instituciones aplicables a los hom- bres, necesitan, a mas de su constitutivo esencial, fuertes preser- vativos contra la destructiva acción del tiempo y del contacto hu- mano. El mundo moral, a semejanza del fi'sico, esta sujeto a un continuo flujo y reflujo de acción y reacción. A todo lo que debe durar mucho tiempo, no Ie basta abrigar un poderoso principio de vida que rechace la corrupción y la muerte de las regiones del co- razón y de las visceras indispensables a las principales funciones del organismo; es necesario que los preservatlvos se hallen a lar- ga distancia del centro de la vida, en todos los puntos de la perife- ria, como centinelas avanzados que rechazan la corrupción y la muerte, mucho antes que lleguen a entablar su lucha destructora en los puntos mas delicados de la organización.