SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

Page 18 of 18

Eche usted una ojeada sobre las leyes sin observancia, sobre las costumbres corrompidas, sobre las instituciones politicas o so¬ dales que han perdido su fuerza; siga usted la historia de la deca- dencia de las cosas mejores; y notara que en el blen como en el mal hay en el mundo una ley por la cual se hacen los transitos de un extremo a otro, no repentinamente, sino por una grada- ción suave y muchas veces imperceptible.

óPor qué ha cai'do en desuso una ley utih'sima, hasta el punto de que nadie répara en infringirla abiertamente? <j,Se co- menzó por quebrantarla sin rebozo? De ninguna manera. Lo que se hizo fue principiar por el descuido de una formalidad, al pare- cer de poca importancia: la prescripción de la ley quedaba cumpli- da; lo que se dejaba sin observancia era una cosa insignificante, puramente reglamentaria, que ni se hallaba en la mente del legisla- dor, ni siquiera formaba parte de la ley. La rendija estaba abierta; el tiempo debia encargarse de ensancharla.

La ley, mientras estaba cubierta por la formalidad llamada in¬ significante, no se hallaba en contacto inmediato con las resistendas que encontraba en la ejecución. La formalidad era una especie de cuerpo tupido y elastico, que quebrantaba el impetu de los cho- ques, y no dejaba que saliesen lastimados los articulos de la ley. La formalidad ha desaparecido; los articulos se hallan descubier- tos, desnudos; encontrando una resistencia, ellos tendran que sufrir el roce o el golpe; y sera mas facil que los lastime. Y esa resisten¬ cia mas o menos fuerte, la encuentra toda ley; porque la ley seria inütil, si no tuviese por objeto el restringir en algo la libertad, el oponerse a fuerzas que quieren extralimitarse.

<j,Qué sucede en tal caso? Antes se luchaba con la formalidad, ahora se lucha con el mismo texto de la ley: su letra esta terminan- te; pero su espiritu, cosa de suyo algo vaga, se presta a interpreta- ciones favorables. El legislador dijo esto; no cabe duda; pero su mente no podia ser tan rigida; las circunstancias han variado nota- blemente; y, ademas, el caso de que se trata hic et nunc, es de tal naturaleza, que, si el legislador pudiera ser consultado, se pondria de parte de la interpretación benigna. También se ha de tener pre¬ sente que el articulo a cuya letra se quiere faltar, es de los menos importantes; si se tratase de alguno fundamental, ya seria otra co¬ sa; entonces se observarian con todo rigor la mente y la letra. La transacción se ha consumado, mi apreciado amigo; el articulo de la ley es quebrantado, la rendija se ha convertido en un anchuroso boquerón: bien pronto entraran por él cuantos deseen marchar a su objeto por el camino mas corto; con el transito continuo la aber- tura se hara mas espaciosa, y la ley, sin ser derogada, quedara anulada completamente. La infracción habia comenzado por la formalidad insignificante, y el resultado ha sido quedar reduci- da la pobre ley a una insignificante formalidad; porque tales somos los hombres: cuando hay algo que contraria nuestras pasio- nes o intereses, atropellamos por todo, rompiendo primero las for- mas, destruyendo después el fondo mas intimo de los objetos; pero cuando los intereses y las pasiones pueden ya obrar holgadamen- te, sin encontrar ninguna resistencia, entonces nos acordamos de alguna formalidad inofensiva, la ponemos en practica, y con la ma- yor seriedad del mundo nos hacemos la ilusión de que observando la formalidad, observamos todavia la difunta ley.

La historia de la infracción de las leyes es la historia de la co- rrupción de las costumbres, de la decadencia de las instituciones mas robustas, de la degeneración de las cosas mas santas. Nues- tro corazón es profundamente sagaz; somos mas hipócritas con nosotros mismos, que con los otros. Las arterias que emplea- mos para enganarlos a ellos, no tienen comparación, ni en nümero ni en calidad, con las que inventamos y practicamos para enganar- nos a nosotros mismos.

Toda ley, toda institución, deben estar rodeadas de fuer- tes preservativos. La habilidad del legislador, del fundador o del institutor, se manifiesta en el modo con que ha sabido tornar las avenidas por donde su obra debia recibir los ataques de las pasio- nes y flaquezas humanas. Una ley puede ser muy severa, estar acompahada de una sanción terrible, y, sin embargo, no servir para su objeto, y estar segura de ser luego quebrantada; asi como otra muy suave en el fondo, puede estar combinada tan sabiamente, rodeada de tan oportunos preservativos, que se estrellen en ellos los ataques mas impetuosos, y posea fuerza bastante para triunfar de las mayores resistencias.

A la luz de estas observaciones, comprendera usted sin difi- cultad la dilatada previsión encerrada en las minuciosidades que Ie escandalizan a usted En general, los fundadores de los insti- tutos religiosos se distinguieron no solo por su santidad, sino por un profundo conocimiento del corazón humano. No pocos, entre ellos, habrian sido excelentes legisladores. Tan distante me hallo de tener por excesivas las precauciones que a usted Ie parecen ta- les, que, por el contrario, creo no se los pudiera culpar, y antes bien alabar, si las hubiesen tornado mayores. La acción del tiempo y el fuego de las pasiones humanas ejercen de continuo un roce, destructor, que muchas veces no ha menester choques violen¬ tos para acabar con las cosas mas robustas. Juzgue usted lo que sucederia, si no se hubiesen tornado a tiempo las precaucio¬ nes convenientes.

No comprende usted la razón del «cümulo de obligaciones con que se hallan abrumados algunos institutos religiosos»: siendo ésta una objeción general, solo se Ie puede contestar con reflexio- nes generales. Una de éstas, y que me parece decisiva, la tengo ya indicada anteriormente. La actividad, y sobre todo en individuos aislados, necesita un pabulo continuo. La llama de la vida ha de consumir algo; si la dejamos encerrada, ociosa en nuestro interior, nos devora a nosotros mismos. Sin mucha ocupación, sin multi- plicadas practicas, ócómo se llena la vida de un solitario?; ^cómo se evita que se levanten en su corazón formidables borras- cas, o que sucumba bajo el peso de un tedio insoportable? Estas consideraciones son bastantes para desvanecer las prevenciones de usted contra lo que apellida «exagerado misticismo de algunos institutos religiosos», pero, como este ultimo punto es de la mas al- ta importancia, quiero someter al buen juicio de usted otras refle- xiones, que me parecen dignas de atención.

Es un hecho fundamental, constantemente observado, que, la actividad de nuestras facultades gasta de un fondo comün, y que el aumento de fuerza en las unas suele llevar consigo disminución en las otras. No es posible tener en muchos sentidos un mismo grado de actividad; y de aqui ha nacido el proverbio de las escuelas: «pluribus intentus minor est ad singula sensus». Cuando las facultades animales tienen un gran desarrollo, las inte- lectuales y morales padecen debilidad; y, por el contrario, cuando la parte superior del hombre, el entendimiento y la voluntad, se desenvuelven con grande energi'a, las pasiones se enflaque- cen y pierden su imperio sobre la conducta. Los grandes pensado- res se han distinguido, casi siempre, por su alejamiento de los pla- ceres de la vida; y los hombres entregados a la sensualidad, rara vez se distinguen por la elevación de sus pensamientos. Quien es- ta dominado por pasiones brutales, pierde aquella delicadeza de sentimientos que hace percibir inefables bellezas en el orden moral y hasta en el fisico; y un continuado ejercicio de sentimientos exquisitos y puros, que saliendo de la esfera de la sensibilidad co¬ mün, parecen tocar a las regiones de un modo ideal, se opone al desarrollo de las pasiones groseras, que lastiman el alma, arras- trandola por un lodazal inmundo.

Ya habra usted comprendido a dónde voy a parar con estas observaciones: me propongo nada menos que defender el misti¬ cismo en el terreno de la filosofia; y manifestar la utilidad de que se Ie desenvuelva fuertemente en los institutos religiosos. La imagi- nación necesita espectaculos en que pueda saborearse; el co¬ razón ha menester de objetos que exciten su amor; si no se Ie ofrecen en el terreno de la virtud, ira a tomarlos en el del vicio, y la llama no dirigida hacia Dios, se enderezara hacia las criaturas.

<i,Le parece a usted que un corazón como el de Santa Teresa de Jesüs podia vivir sin amar? Si no se hubiese consumido con la llama purisima del amor divino, se hubiera abrasado con el fuego impuro del amor terreno. En vez de un angel que excita la admira- ción de los mismos incrédulos que han leido por casualidad alguna de sus paginas admirables, tal vez hubiéramos tenido que deplorar los extravios de una mujer peligrosa, trasladando al papel sus pa- siones con caracteres de fuego.

Chateaubriand, hablando de San Jerónimo, ha dicho con pro- funda verdad: «aquella alma de fuego necesitaba de Roma o del desierto.» jA cuantas y cuantas almas no pudiera aplicarse el pen- samiento del ilustre poeta! El gran corazón de San Bernardo, ^qué hubiera hecho de su sensibilidad, si no hubiese encontrado un in- menso pabulo en las cosas divinas? Aquella actividad inagotable, que atendia a las ocupaciones de religioso, a las de consejero de reyes y papas, y caudillo de un movimiento europeo que lanzaba el occidente sobre el oriente, ^en qué se hubiera cebado, si desde sus primeros ahos no hubiese tenido un objeto infinito, Dios?

Hago estas indicaciones con la rapidez que exige la brevedad de una carta; usted podra facilmente desenvolverlas, aplicandolas a muchos personajes y a varias situaciones de la historia de la Iglesia en todos los siglos. No todos los hombres son como San Je¬ rónimo y San Bernardo; pero todos necesitan ocuparse y amar. Si no se ocupan bien, se ocupan mal; el ocio no suele ser otra cosa que la practica del vicio. Si no se ama lo bueno, se ama lo malo; si no arde en nuestro pecho la llama que purifica, arde la llama que afea. Queda de usted su afectisimo y S. S. Q. S. M. B.

J. B.

Carta XXV La objeción del escéptico contra lo extraordinario.

No es signo de sabidurfa la incredulidad en lo extraordinario. Razón de la credulidad de los grandes pensadores. Incredulidad de los ig- norantes. Lo extraordinario en muchas cosas. Origen del lenguaje. Origen del hombre. Origen del mundo. Misterio de la vida. Misterios astronómicos. Por qué los hombres grandes son religiosos. Gran- dor y misterios de la realidad. Alta filosofia de los católicos.

Mi estimado amigo: No me parece de mal agüero la disposi- ción de animo que manifiesta usted en su ültima [y] apreciada [car¬ ta]; pues, aunque duda todavia de que la religión cristiana sea ver- dadera, desearia que lo fuese; es decir, que comienza usted a sen- tirse inclinado en favor de la religión: cuando se ama un objeto considerado siquiera como puramente ideal, ya no es tan dïfi- cil creer en su existencia; de la propia suerte que el odio a una realidad molesta produce deseos de negarla. El fiel que aborrece la verdad religiosa, esta ya en el camino de la incredulidad; el incrédulo que la ama, esta en el camino de la fe.

Se ha dicho con profunda verdad que nuestras opiniones son hijas de nuestras acciones; esto es, que nuestro entendi- miento se pone con mucha frecuencia al servicio del corazón.

Conserve usted, pues, mi estimado amigo, esas disposiciones be- névolas hacia las verdades religiosas; déjese usted llevar de esa inclinación suave que «en medio del escepticismo Ie causa con fre¬ cuencia la ilusión de que es un verdadero creyente»; ya que ha te- nido la fortuna de no dudar de la Providencia, viva usted persuadi- do de que esta Providencia es quien Ie conduce: en mano todopo- derosa estan los entendimientos y los corazones; usted perdió la fe siguiendo las extraviadas inspiraciones de su corazón; Dios quiere volverle a la fe por inspiraciones del mismo corazón. Comience us¬ ted por amar las verdades religiosas, y bien pronto acabara por creer en ellas. Solo piden ser vistas de cerca, no ser miradas con aversión; si llegan a ponerse en contacto con un alma sincera, estan seguras de triunfar. El divino Espiritu que las anima, les comunica un sano atractivo a que nada resiste, sino los corazones empedernidos.

Al lado de esta disposición de animo que me llena de consue- lo y esperanza, he visto con alguna extraneza una de las razones que Ie impiden salir del escepticismo, y que usted con admirable serenidad apellida muy poderosa. «La regularidad de las leyes que gobiernan al mundo, y que tan visible se nos ofrece en todos los fenómenos sometidos a nuestra experiencia, Ie inspira a usted una especie de aversión a todo lo extraordinario; haciéndole temer que todo cuanto sale del orden comün, aunque sea muy bello y muy sublime, deba limitarse a las regiones de la poesia. Recela usted que haya desacuerdo entre la realidad y esas bellas creaciones de fantasias fecundas y sentimientos sublimes; por mas que sea usted amigo de la poesia, no puede resignarse a trocarla por la filosofia, siquiera se presente esta ültima con traje prosaico.» Tampoco quie- ro yo cambiar la realidad por ninguna ilusión, aun cuando fuese la mas bella que cabe en humana fantasia; también amo la verdad, siquiera se presente con traje prosaico; pero no comprendo que es¬ ta verdad haya de encontrarse siempre, como usted indica, «en lo ordinario, en lo comün, en lo que no llama la atención con aparien- cias prodigiosas, ni excita admiración y entusiasmo, pero que en cambio es muy real, muy positivo, y sigue su camino con uniforme regularidad». No tengo inconveniente en que «a los ruidos noctur- nos que imaginaciones poéticas o asustadas se complacerian en atribuir a seres misteriosos, prefiera usted encontrarles la causa en el viento, en la lluvia, en el chirrido de aves inocentes, que no espe- raban verse trocadas en genios maléficos»; pero cuando, animado con esa filosofia positiva, sale usted al encuentro de los creyentes, y exclama «lo ordinario, lo ordinario, lo demas esta poco de acuer- do con el espiritu filosófico»; dudaba si la carta que estaba leyendo era de una persona tan ilustrada como usted, sentia entonces un vivo deseo de vengarme, y espero que podré realizarlo a cumplida satisfacción.

Ante todo séame permitido observar que el no creer en co- sas extraordinarias, no siempre es signo seguro de mucha fi¬ losofia. Esta incredulidad puede nacer de ignorancia; en cuyo caso, es dura, tenaz, poco menos que invencible. En la conversa- ción con gentes poco instruidas y un tanto orgullosas, se nota este fenómeno de una manera chocante. Como los Infelices han oi'do repetidas veces que en el mundo hay muchos engahos y que se cuentan grandes mentiras, toman esa vulgaridad por un ex- celente criterio, y Ie aplican desapiadadamente a cuanto se aparta del orden comün. No tengo necesidad de protestar de que en el numero de estos ignorantes no cuento a mi ilustrado adversa- rio; pero, como usted insiste tanto en hermanar la filosofia con lo ordinario y lo comün, no he podido resistir a la tentación de recor- dar un hecho, que me ha llamado la atención repetidas veces.

Pascal ha dicho con mucha verdad que hay dos clases de ignorantes: los que lo son completamente, y los que solo pue- den llamarse tales, porque, habiendo llegado al mas alto grado de sabiduna, tienen un claro conocimiento de su propia igno- rancia. Este dicho es aplicable en algün modo a la incredulidad en cosas extraordinarias. Los verdaderos sabios tienen en este pun- to una incredulidad templada por la razón, y sometida siempre a las condiciones de posibilidad, que les ha ensehado la obser- vación o la luz de la ciencia. En general, puede asegurarse que es¬ tos hombres son incrédulos con alguna timidez, y que no pocas ve¬ ces propenden a oreer lo extraordinario. Cuando se penetra en los abismos, tanto del mundo fisico, como del intelectual y moral, son tales las profundidades que se descubren, son tantos los mis- terios que se ven divagar entre las sombras atravesadas con algu- nas rafagas de luz, que los grandes pensadores, los que se han acercado al borde de aquellos abismos contemplando sus profun¬ didades insondables, apenas encuentran nada de que se atrevan a decir: esto no ha sido, esto no sera, esto es imposible. Semejantes hombres no se espantan de la palabra extraordinario, porque en los fenómenos en apariencia mas ordinarios, descubren un conjunto de cosas extraordinarias: o, hablando con mas exacti- tud, un conjunto de cosas tanto mas incomprensibles, cuanto son mas ordinarias.

La incredulidad de los ignorantes, cuando se trata de cosas extraordinarias, es sumamente curiosa. Si oyen hablar de un fenó¬ meno poco comün o de una ley de la naturaleza que ofrezca algo sorprendente, aplican su soberano criterio: «en el mundo hay mu¬ chos engahos; a mi no se me hace creer eso»; y menean tonta- mente la cabeza, con un aire de satisfacción indecible.

Ya ve usted que no soy demasiado indulgente con los enemi- gos de lo extraordinario; pero, ya que estas observaciones no son aplicables a una persona como usted, voy a entrar en otra clase de consideraciones sobre lo ordinario y extraordinario, sin salir nunca del terreno de los hechos.

Usted no admite que Dios haya hablado al hombre, y prefiere explicar las tradiciones del género humano por el método ordinario de las ilusiones, de las imposturas, de la previsión de los legislado- res, de las necesidades sociales, etc., etc. Todo esto es muy ordi¬ nario, y por lo mismo Ie deja a usted muy satisfecho. Ahora bien; ^quiere usted que yo encuentre en la raiz de esto mismo una cosa muy extraordinaria, que todos los filósofos del mundo no seran ca- paces de explicarme? Hela aqui. óQuién ha ensehado a hablar a los hombres? Hasta el fin del mundo, Ie doy a usted tiempo para contestarme a la pregunta, si no quiere apelar a medios extraordi- narios. No necesito repetir aqui lo que usted sabe tan bien como yo, sobre la opinión de los filósofos mas eminentes respecto a la imposibilidad de que los hombres hayan inventado el lenguaje. Te- nemos, pues, que el género humano ha recibido este don. óDe quién? No ciertamente de los seres mudos que Ie rodean; henos aqui, pues, al hombre comunicandose con un ser superior, y reci- biendo de éste la palabra. Esto no es de lo que usted llama ordina¬ rio y comün; pero, desgraciadamente para los incrédulos, es abso- lutamente necesario.

Otra cosa extraordinaria. óDe dónde ha salido el hombre? ^Admite usted la narración de Moisés? Si la admite, óqué dificul- tad tiene usted en que Dios, que cri'a al hombre, que Ie enseha, que Ie habla una vez, Ie hable y Ie ensehe otras muchas? Lo extraordinario no se halla menos en un caso que en otro. Si no ad¬ mite usted la relación de Moisés, pregunto nuevamente: ^De dónde ha salido el hombre? <j,De las entrahas de la tierra y repentinamen- te? He aqui una cosa bien extraordinaria. óPor qué, una vez naci- do, ha podido propagarse? He aqui otra cosa no menos extraor¬ dinaria. ^Se ha formado por un desarrollo sucesivo, pasando por diferentes grados en el orden animal, de manera que los ascen- dientes de Bossuet, Newton y Leibnitz sean ilustres monos que a su vez hayan descendido de reptiles terrestres o de monstruos acuatiles, hasta bajar al infimo grado de los vivientes? Todas estas cosas creo que no dejarian de ser bastante extraordinarias; y ello es cierto, sin embargo, que es preciso admitir la narración ex- traordinaria de Moisés u otra semejante, o bien apelar a las apa- riciones repentinas o a las transformaciones sucesivas, cosas todas muy extraordinarias.

El origen del mundo encierra algo que tampoco puede entrar en el cauce de los acontecimientos ordinarios. Apele usted al sis- tema que quisiere: a Dios o al caos, a la historia o a la fabula, a la razón o a la fantasia; poco importa para la cuestión presente; el problema del origen de las cosas esta aqui: ni la existencia ni el orden de las mismas pueden explicarse sin algo extraordina- rio.

Hablando ingenuamente, siento verme obligado a emplear esa clase de argumentos para convencer a quien ha estudiado las ciencias naturales. La naturaleza toda óqué es sino un inmenso misterio? <j,Ha meditado usted alguna vez sobre la vida? ^Ha comprendido ningün filósofo en qué consiste esa fuerza magica, que anda por caminos desconocidos, que obra por medios incom- prensibles, que mueve, que agita, que hermosea, que produce dul- cisimos placeres y causa tormentos insoportables; que se encuen- tra en nosotros y fuera de nosotros; que no se halla cuando se la busca; que ocurre cuando no se piensa en ella; que se propaga al través de la corrupción; que se enciende y se apaga sin cesar en innumerables individuos; que revolotea como una llama impercep- tible, en las regiones de la atmósfera, en la faz y en las entrahas de la tierra, en la corriente de los nos, en la superficie y profundidades del océano? óIMo hay aqui un misterio, y un misterio incom- prensible? <j,No ve usted aqui, no siente algo que no cabe en esa cosa ordinaria, que usted quiere confundir con la filosofia?

La electricidad, el galvanismo, el magnetismo, ofrecen cier- tamente fenómenos extraordinarios. ^Los negaremos por no comprenderlos? <,Y nos haremos la ilusión de que los com- prendemos, solo porque algunos de sus efectos se ofrecen a nuestros sentidos? Al fijar la consideración en esos arcanos de la naturaleza, <j,no se halla usted poseido de un profundo sentimien- to de asombro?; ^no se ha preguntado usted alguna vez: óqué hay tras de ese velo con que la naturaleza cubre sus secre- tos?; <j,no ha sentido usted desaparecer esa pequeha filosofia que clama: lo ordinario, lo ordinario?, <j,no ha sentido usted la necesidad de reemplazarla con el pensamiento sublime de que todo es ex- traordinario? En lugar de ese sentimiento pequeho, que confunde al filósofo con el vulgo, y que Ie comunica una miserable increduli- dad por las cosas extraordinarias, ^no ha experimentado usted una secreta inclinación a ver en todas partes el sello de lo extraordina- rio?

En una noche serena, cuando el firmamento se despliega a nuestros ojos como un manto azul tachonado de diamantes, fije us¬ ted la vista en aquel sublime espectaculo. <j,Qué hay en aquellas profundidades; qué son aquellos cuerpos luminosos que durante largos siglos brillan en la inmensidad del espacio, y siguen su ma- jestuosa carrera con una regularidad inefable? ^Quién ha extendi- do esa faja blanquecina llamada por los astrónomos via lactea, y que en realidad es una zona inmensa cuajada de cuerpos cuyo vo¬ lumen y distancias no caben en nuestra imaginación? <j,Qué hay en esos espacios infinitos donde el telescopio descubre cada dia nue- vos mundos; en esos espacios cuyos umbrales se hallan a una dis- tancia de que no alcanzamos a formarnos idea? Las estrellas mas cercanas ofrecen a nuestros ojos, no su situación actual, sino la que tuvieron hace largos ahos. Unas 55.660 leguas de 20.000 pies recorre la luz cada segundo; y, no obstante, se ha calculado que la mas cercana de las estrellas no puede hacer llegar hasta noso- tros su rayo luminoso, sino en el término de diez ahos; ^qué sucedera con las mas distantes? Lo que esta sucediendo en las Nebuiosas, las revoluciones que se estan operando en aquellas profundidades sin fin, <j,no Ie parece a usted que se explicarian per- fectamente con la pequeha fórmula de lo ordinario?

Los hombres mas grandes han sido religiosos, y no es de extrahar: en el mundo fisico, como en el moral, se encuentran tan- to grandor, tan augustas sombras, tanto manantial de elevados pensamientos, de inspiraciones sublimes, que el alma se siente profundamente conmovida, y descubre por todas partes una especie de solemnidad religiosa. La claridad es la excepción, el misterio es la regla; la pequehez esta en alguna que otra aparien- cia; en el fondo de las cosas hay un grandor que excede toda pon- deración. Ese grandor, ese misterio, no los sentimos porque no meditamos; pero, tan pronto como el hombre se concentra y reflexiona sobre ese conjunto de seres en cuya inmensidad se halla sumergido, y piensa en esa llama que siente arder dentro de si propio, y que es en la escala de los seres como una ligera chispa en un océano de fuego, se siente sobrecogido por un sentimiento profundo, en que el orgullo se mezcla con el abatimiento, el placer con el espanto. jOhl, entonces es bien pequena esa filosofia que habla de lo ordinario, de lo comün, y que tiene un ridiculo horror a todo lo que sea extraordinario o misterioso. jPues quél, ótodo cuanto nos rodea, todo cuanto existe, todo cuanto vemos, todo cuanto somos, es, por ventura, otra cosa que un conjunto de asombrosos misterios?

Dispénseme usted, mi apreciado amigo, si se me ha ido la pluma, y me he olvidado algün tanto de que lo que escribia era una carta. Sin embargo, no me podra usted acusar de que me haya lanzado a mundos imaginarios; no he salido de la realidad. Usted me ha provocado inculcandome la necesidad de atenernos a lo or¬ dinario, a lo comün, a lo llano, dejandonos de cosas extraordinarias y misteriosas; me he visto precisado a interrogar al universo, no al ideal, no al ficticio, sino al real, al que tenemos a nuestra vista; y no tengo yo la culpa si este universo, si esta realidad es tan grande, tan misteriosa, que no se la pueda contemplar sin un arrebato de entusiasmo.

Déjenos usted oreer en cosas extraordinarias; con esto no contradecimos la verdadera filosofia, sino que estamos de acuerdo con sus mas altas inspiraciones. El que no crea, el que no esté sa- tisfecho de los motivos de credibilidad que ofrece nuestra religión augusta, opónganos, si quiere, dificultades contra la verdad de nuestras doctrinas; pero guardese de echarnos en cara la creencia en misterios incomprensibles, y de acusarnos por esto de poca filo¬ sofia; porque entonces mejora indudablemente nuestra causa; el incrédulo se confunde con el vulgo; y estan de parte del católico los filósofos mas eminentes. Queda de usted su afectisimo y S. S. Q.

FIN